miércoles, 26 de noviembre de 2025

Sobre la nota doctrinal "Una caro. Elogio de la monogamia".

Sobre la nota doctrinal “Una caro. Elogio de la monogamia. El valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca” 

«Unión exclusiva y pertenencia recíproca»: así define el matrimonio la Nota doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, es decir, como una «unión indisoluble». El documento —aprobado por el Papa León XIV el pasado 21 de noviembre, memoria litúrgica de la Presentación de la Santísima Virgen María, y presentado a la prensa el 25 de noviembre— se titula «Una caro (una sola carne). Elogio de la monogamia». 

En el documento se explica que solo dos personas pueden entregarse plena y completamente la una a la otra, ya que, de lo contrario, se trataría de una entrega parcial que no respeta la dignidad de la pareja. 

En la base del documento hay tres motivaciones en el origen del texto: 

1.- el actual contexto global de desarrollo del poder tecnológico que lleva al ser humano a considerarse una criatura sin límites y, por lo tanto, alejado del valor de un amor exclusivo y reservado a una sola persona; 

2.- los debates con los obispos africanos sobre el tema de la poligamia, recordando que estudios en profundidad sobre las culturas africanas desmienten la opinión común sobre la excepcionalidad del matrimonio monógamo; 

3.- el crecimiento del «poliamor» en Occidente, es decir, de formas públicas de unión no monógama. 

En este contexto, la Nota quiere destacar la belleza de la unidad conyugal que, con la ayuda de la gracia, representa también la unión entre Cristo y su amada esposa, la Iglesia. 

Aunque destinada en primer lugar a los Obispos, la Nota también quiere ser de ayuda para los jóvenes, los novios y los esposos, para que comprendan la riqueza del matrimonio cristiano, de modo que se estimule una reflexión serena y una profundización detenida y prolongada sobre el tema. 

El documento está dividido en siete capítulos. A los que hay que añadir las Conclusiones. La Nota reafirma que la monogamia no es una limitación, sino la posibilidad de un amor que se abre a la eternidad. 

Hay dos elementos parecen decisivos: la pertenencia recíproca y la caridad conyugal. 

Por lo que se refiere a la pertenencia recíproca, ésta se funda en el libre consentimiento de los dos cónyuges que es reflejo de la comunión trinitaria y que se convierte en fuerte motivación para la estabilidad de la unión. Se trata de la pertenencia del corazón, donde solo Dios ve y donde solo Él puede entrar, sin perturbar la libertad y la identidad de la persona. 

Esta pertenencia mutua propia del amor recíproco exclusivo implica un cuidado delicado, un santo temor a profanar la libertad del otro, que tiene la misma dignidad y, por lo tanto, los mismos derechos. 

Quien ama sabe que el otro no puede ser un medio para resolver las propias insatisfacciones y sabe que el propio vacío nunca debe llenarse a través del dominio del otro. 

A este respecto, la Nota lamenta las tantas formas de deseo malsano que desembocan en diversas manifestaciones de violencia explícita o sutil, de opresión, de presión psicológica, de control y, finalmente, de asfixia. Se trata de falta de respeto y reverencia ante la dignidad del otro. 

Un «nosotros dos» sano implica la reciprocidad de dos libertades que nunca se violan, sino que se eligen mutuamente, dejando siempre a salvo un límite que no se puede sobrepasar. Esto ocurre cuando la persona no se dispersa en la relación, no se funde con la persona amada, respetando todo amor sano «que nunca pretende absorber al otro. 

A este respecto, la Nota subraya que la pareja podrá comprender y aceptar un momento de reflexión o algún espacio de soledad o autonomía solicitado por uno de los cónyuges, ya que el matrimonio no es posesión ni pretensión de tranquilidad absoluta, ni liberación total de la soledad (solo Dios, de hecho, puede llenar el vacío que siente un ser humano), sino confianza y capacidad para afrontar nuevos retos. 

Al mismo tiempo, se invita a los cónyuges a no rechazarse mutuamente, porque cuando la distancia se hace demasiado frecuente, el “nosotros dos” se expone a su posible eclipse. Un diálogo sincero permite sanar las causas del distanciamiento mutuo y encontrar el equilibrio adecuado. 

Esta pertenencia recíproca se expresa también en la ayuda mutua entre los cónyuges para madurar como personas. En esto, la oración es un medio precioso con el que la pareja puede santificarse y crecer en el amor. 

De este modo, se realiza la caridad conyugal, potencia unificadora «afectiva, fiel y total, don divino pedido en la oración y alimentado en la vida sacramental y que, precisamente en el matrimonio, se convierte en la mayor amistad entre dos corazones cercanos, próximos, que se aman y se sienten en casa el uno en el otro. 

Gracias al poder transfigurador de la caridad, será además posible entender la sexualidad en cuerpo y alma, es decir, no como un impulso o un desahogo, sino como un maravilloso regalo de Dios que orienta a la entrega de uno mismo y al bien del otro, asumido en la totalidad de su persona. 

La caridad conyugal se derrama también en la fecundidad, aunque esto no significa que este deba ser el fin explícito de todo acto sexual. Por el contrario, el matrimonio conserva su carácter esencial aunque no haya hijos. 

En el contexto socio cultural actual que tantas veces niega el fin unitivo de la sexualidad y del matrimonio, ¿cómo se puede preservar la posibilidad de un amor fiel? 

La respuesta, afirma el documento, se encuentra en la educación: «El universo de las redes sociales, donde la modestia se desvanece y proliferan las violencias simbólicas y sexuales, muestra la urgencia de una nueva pedagogía». 

Es necesario preparar a las generaciones para acoger la experiencia amorosa como un misterio antropológico, presentando el amor no como un mero impulso, sino como una llamada a la responsabilidad y capacidad de esperanza de toda la persona. 

La educación en la monogamia no es «arcaísmo» ni coacción moral, sino que constituye una iniciación a la grandeza de un amor que trasciende la inmediatez y anticipa de alguna manera el misterio mismo de Dios. 

La caridad de la unión conyugal se ve también en las parejas que no se encierran en su individualismo, sino que se abren a proyectos compartidos para hacer algo bello por la comunidad y por el mundo, ya que el ser humano se realiza a sí mismo relacionándose con los demás y con Dios. 

De lo contrario, es solo egoísmo, autorreferencialidad, endogamia que hay que combatir, por ejemplo, practicando el sentido social de la pareja que se compromete, juntos, en la búsqueda del bien común. 

La Nota reitera que todo matrimonio auténtico es una unidad compuesta por dos individuos, que requiere una relación tan íntima y totalizante que no puede compartirse con otros. 

Por lo tanto, entre las dos propiedades esenciales del vínculo matrimonial —unidad e indisolubilidad—, la primera es la que fundamenta la segunda: la fidelidad solo es posible a partir de una comunión elegida y renovada. Solo así el amor conyugal será una realidad dinámica, llamada a un crecimiento y un desarrollo continuos en el tiempo, en una promesa de infinito. 

El documento ofrece también un amplio excursus teológico, filosófico y poético sobre el tema de la monogamia, a partir del capítulo 2 del Génesis - «Los dos serán una sola carne» - y pasando por los Padres de la Iglesia, entre ellos San Agustín, que describe la belleza de la unidad conyugal como «un caminar juntos, uno al lado del otro». 

No faltan, además, las referencias a las principales intervenciones magisteriales en la materia: desde el Papa León XIII, que vincula la defensa de la monogamia a la defensa de la dignidad de la mujer, hasta el Papa Pío XI, autor de la Encíclica Casti connubii. Son numerosas también las citas del Concilio Vaticano II, en las que se destaca cómo el amor monógamo es espejo de la «igual dignidad de cada uno de los cónyuges». 

Otros puntos de reflexión surgen de los pasajes del Papa Pablo VI que, en la Encíclica Humanae vitae, subraya el significado procreativo del matrimonio, pero, al mismo tiempo, muestra también otro, inseparable del primero, es decir, el significado unitivo. 

Del Papa Juan Pablo II se recuerda, en cambio, la hermenéutica del don: el ser humano, imagen de Dios, ha sido creado para donarse al otro y solo en este don de sí mismo lleva a cabo el verdadero significado de su existencia. Además, dado que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, creándolo varón y mujer, se deduce que la humanidad, para parecerse a Dios, debe ser una pareja. 

De Karol Wojtyła se retoma también la reflexión filosófica realizada como joven Obispo, en particular el «principio personalista» que exige tratar a la persona de manera correspondiente a su ser y no como un objeto al servicio de otra persona. 

Al mismo tiempo, el futuro Papa niega la tesis rigorista que considera la sexualidad matrimonial solo con fines procreativos, sosteniendo en cambio que existe una alegría conforme tanto a la unión física como a la dignidad de la persona. Porque el otro puede ser amado como persona y, al mismo tiempo, deseado. 

Amplias citas remiten también a Deus caritas est y Amoris laetitia: con la primera Encíclica del Papa Benedicto XVI se recuerda que el matrimonio recoge y lleva a cabo esa fuerza disruptiva que es el amor que, en su dinámica de exclusividad y definitividad, no quiere mortificar la libertad humana sino que abre la vida a un horizonte de eternidad. De la Exhortación Apostólica del Papa Francisco se retoma en particular el capítulo IV, con una descripción detallada del amor y la caridad conyugal. 

Por último, del Papa León XIV se cita sobre todo el mensaje con motivo del décimo aniversario de la canonización de los padres de Santa Teresa del Niño Jesús. En él, el Papa describe a los cónyuges como un modelo de fidelidad y atención al otro; de fervor y perseverancia en la fe; de educación cristiana de los hijos, de generosidad en el ejercicio de la caridad y la justicia social; un modelo también de confianza en la prueba. 

El documento repasa también el pensamiento de algunos filósofos del siglo XX, como Emmanuel Lévinas, que ve en la unión exclusiva del matrimonio “un cara a cara” que reivindica para sí la pertenencia recíproca exclusiva e intransferible fuera de ese “nosotros dos”. Del pensador Jacques Maritain se recuerda, en cambio, la concepción del amor como una donación completa e irrevocable del uno al otro, en busca del bien del otro hasta la unión total con Dios. 

Un capítulo aparte está dedicado a la palabra poética: los famosos versos de autores como Whitman, Neruda, Montale, Tagore y Dickinson profundizan en el sentido de pertenencia que se siente en el “nosotros dos” y que llega a percibirse como totalizador, indestructible e intransferible. 

Después de esta somera presentación de algunos rasgos del contenido de la Nota, me permito una valoración más personal. 

En los años 70/80, la frontera de la moralidad sexual para la Iglesia parecía seguir siendo el de las relaciones prematrimoniales. Una batalla perdida hace tiempo y de la que ya nadie habla. Hoy en día, ese límite, en la percepción del Magisterio, ha retrocedido mucho, hasta situar el debate en la cuestión de la monogamia. 

Ya sea por la pérdida de autoridad de la Iglesia, o por el cambio radical que ha experimentado el mundo entretanto, o por la aparición de diferentes generaciones de cristianos, la sensación que transmite la lectura de esta Nota no es la de una Iglesia en trinchera. 

El intento, declarado por los redactores, y por tanto consciente, es, de hecho, mostrar la belleza y el atractivo de la monogamia, en comparación con otras formas de amor sexual, sin la presión de defender posturas que hoy ya sería difícilmente defendibles 

En mi opinión algunas luces del documento pueden ser, por ejemplo, las siguientes: 

1.- Su lenguaje. Fluido y no destinado a expertos, salvo por algunas citas de autores, entre las muchas que se incluyen, que complican un poco la lectura. Pero, en general, un texto realmente legible, aunque declaradamente largo para ofrecer abundante material a quienes quieran utilizarlo con fines educativos, formativos, pastorales… 

2.- El notable intento de reconstruir la historia del pensamiento eclesiástico sobre la monogamia ampliando la mirada a autores menos conocidos pero muy interesantes para el tema, al área oriental de la Iglesia cristiana y a las tradiciones asiáticas arraigadas en otras religiones. 

En esto, destaco el valor de situar a Santo Tomás de Aquino en la sección de perspectivas filosóficas y culturales, y no incluirlo entre los autores teológicos medievales. Salvo para retomarlo luego en la síntesis teológica de la sexta parte, pero en pasajes mucho menos «escolásticos» y más «antropológicos». 

3.- El evidente esfuerzo por releer la monogamia fuera del horizonte moralista, como un rasgo atractivo del amor pleno, posible en la tierra. Esto se ve al dar un espacio interesante a las voces poéticas sobre la monogamia, ofreciendo una lectura en dirección a la belleza y la plenitud del amor y del matrimonio. Y dando espacio en varios puntos a la afirmación decidida y explícita de que la relación sexual tiene como valor primario la unión de los dos cónyuges y no la procreación. 

Entre las sombras destacaría particularmente estas dos: 

1.- El no haber abordado la relación entre la unidad interna de la persona y la unidad de la relación de pareja. Cuando se pregunta cómo se puede preservar un amor monógamo, se da casi por sentado que todavía es posible en la práctica para las personas de hoy. Y la respuesta genérica es la educación. 

Quizás el texto no quería abordar este aspecto del problema, pero, en mi opinión, un documento así debería haberse planteado la cuestión de por qué hoy en día la monogamia está en crisis, sin limitarse a constatar y denunciar la situación actual. 

Tal vez se podría haber escrito que la condición media de las personas de hoy en día es estar fragmentadas por dentro, en una situación existencial en la que a menudo ya se da por perdido que las dimensiones intelectuales, emocionales, volitivas, …, puedan realmente reunificarse. Sobre esto no hay ni una palabra. 

Y se podría haber observado que hoy en día las relaciones se basan en las emociones y no en los valores, donde el nacimiento auténtico de los sentimientos como base efectiva para mantener una relación monógama es realmente difícil de llevar a cabo. 

Entiendo que falta una asunción seria de la condición antropológica real de las personas de hoy, quizás también porque aún se perciben los ecos de una antropología de las «partes» que componen a la persona, en la que el alma, el cuerpo y el espíritu se siguen considerando elementos diferentes, reunidos en la persona, en la que la cabeza debe guiar a los otros dos. 

2.- La dificultad del texto para centrar la representación de la vida monógama como algo que produce placer, no solo sexual, sino existencial. El mundo actual espera una respuesta sobre esto, porque de este elemento depende también la credibilidad de una propuesta existencial atractiva. 

En cambio, el texto menciona a menudo el placer como un elemento disfuncional del que se hace un uso incorrecto, mientras que se muestra vacilante a la hora de mostrar el valor teológico positivo de las experiencias conyugales de placer, indicadas, no por casualidad, en los mismos números en los que se describe un uso incorrecto del placer. 

La confianza fundamental en la experiencia del placer como lugar de la presencia de Dios en la persona aún no es nada segura y se termina por recurrir a la voluntad, entendida como un dato más racional que sensible, cuando este placer ya no existe o se debilita. 

Entiendo que esta Nota a modo de elogio del matrimonio pretende ser proactiva y propositiva. Y, precisamente por eso, puede enriquecer la reflexión sobre el matrimonio y constituir una aportación útil para la lectura, el estudio, el diálogo en las comunidades cristianas eclesiales en general y, particularmente, en aquellas laicales y en los grupos matrimoniales. 

La palabra ‘elogio’, en una Nota doctrinal como ésta, no indica simplemente un aprecio, sino un verdadero canto de alegría. 

Y quiero pensar que esta Nota doctrinal, precisamente a través de este término de ‘elogio’, ofrece una clave para interpretar el amor conyugal como alianza de vida, es decir, como promesa de infinito.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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