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sábado, 21 de febrero de 2026

Jesús, aprendió siendo tentado, a ser fiel - San Mateo 4, 1-11 -.

Jesús, aprendió siendo tentado, a ser fiel - San Mateo 4, 1-11 -

Hay una forma de contar los días a partir de la noche, tal y como los cuenta el Génesis: «y fue la tarde y fue la mañana»; cada día comienza al atardecer del anterior; y así, cada noche está llena de luz, cada oscuridad contiene ya en sí misma el día.

 

¡Quién sabe si ocurre lo mismo con la Cuaresma! Puede ser que, en el fondo, la Cuaresma es así: desde fuera no se ve, pero en su interior ya hay toda una vida esperando a explotar.

 

Es el momento en el que se contiene la respiración antes de que llegue lo bello. La oscuridad de la tierra ya está llena del brote que está surgiendo y pide florecer.

 

Qué aroma, qué sabor, qué dulzura, entonces, este tiempo suspendido, este tiempo de luces tenues, este tiempo de espera, si sentimos que ya palpita el secreto guardado en su silencio, si ya sentimos como Amor que presiona la maravilla inminente de su Pascua.

 

Y, en este suspiro, la primera página del Evangelio que nos llega nos toma en serio, nos trata como adultos, nos lleva al corazón del drama de todo: «El tentador se le acercó».

 

Existe, pues, un Tentador; existe un enemigo: Satanás es el tentador de las soledades, porque las peores tentaciones llegan allí, en el desierto, donde muerde la soledad.

 

Pero lo inaudito es que este enemigo se le acerca a Él, el Hijo de Dios, el Verbo eterno del Padre, Aquel por quien todo subsiste.

 

Nada que ver con el nacimiento en el pesebre, nada que ver tampoco con los insultos, las bofetadas y los escupitajos de los soldados; no hay humillación, degradación más alta que esta: el Enemigo tiene poder sobre Él.

 

Se le acerca, lo lleva a la ciudad santa, lo coloca en el punto más alto del Templo y luego sobre una montaña altísima: dispone de Él sin que Él oponga resistencia; se deja llevar, como una presa. Y se dejará llevar aún más abajo, al final de sus días: «Se apartó de él para volver en el tiempo señalado» (Lc 4,13).

 

No hay distancia entre Dios y Satanás, entre el infierno y el paraíso: es una lucha cuerpo a cuerpo. Y si el Enemigo tiene este poder sobre Él, ¿qué será de nosotros, tan pequeños?

 

El Hijo de Dios fue tentado. Y no solo por esta encantadora solidaridad suya, que quiso conocer desde dentro la fatiga de la tentación, mucho más grave la nuestra que la suya, que no tenía ninguna complicidad con el mal, mientras que nosotros, cuánta tenemos.

 

En el fondo, las tentaciones hasta parecen peticiones incluso evangélicas: el hambre en el mundo; un mundo cristiano; la paz, por fin. Pero… Jesús repite «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos» (cf. Is 55,8). Se lo dirá también a Pedro, algún tiempo después: «¡Apártate de mí, Satanás, que me haces tropezar!» (Mt 16,23).

 

Nosotros, como Pedro, como Satanás, no habríamos entendido la cruz, no se la habríamos sugerido, la habríamos impedido con todas nuestras fuerzas. Le habríamos propuesto sacar pan de las piedras, mostrarse poderoso, tomar todos los reinos del mundo.

 

Pero Jesús elige quedarse sin pan, aunque tenga hambre; elige quedarse sin imperios y sin riquezas; se pone del lado de los pobres, de los que no tienen nada: ese es su lugar. Y es cuando elige ese lugar cuando, como en una creación renovada, «los ángeles se le acercaron y le servían».


 

No es fácil comprender a un Dios así. No es fácil comprender un Amor así. No lo entiende el Tentador, que quiere enseñar a Dios cómo se hace de dios. Nosotros tampoco lo entendemos.

 

Tenemos cuarenta días por delante para intentar comprenderlo un poco más. Solo cuando la oscuridad se disipe un poco y logremos comprender, o al menos aceptar, a un Dios que ama y salva así, nuestra Cuaresma sentirá ya el calor y el aroma de la vida que fluye en su interior hacia el asombro de la Pascua.

 

Por el momento, contemplamos cómo Jesús vive la tentación. No es una prueba de su voluntad. Hay algo más y mucho más profundo. Jesús se enfrenta a una prueba más radical: debe elegir quién quiere ser y debe sufrir en su carne al Dios del que es Hijo.

 

La cuestión no es si consigue o no resistir heroicamente ante el pan cuando tiene hambre: el problema más radical es ¿qué Dios es el Dios vivo, el que propone Satanás (es decir, una especie de proveedor de servicios para el hombre) o un Dios que se hace cargo de todo el hombre y no solo de sus necesidades inmediatas?

 

El Tentador propone una ecuación simple e inmediata: el hombre es en la medida en que satisface todas sus necesidades. Dios es si está al servicio de las necesidades del hombre.

 

Jesús cuestiona esta ecuación: existe un orden de necesidades, y la necesidad de escuchar es lo que realmente humaniza; se puede ser hombres hambrientos, pero no se es hombre sin hambre de la Palabra de Dios.

 

El modelo del Tentador tiene la ventaja de ser extremadamente simple y lineal. La tentación prevé que Dios debe acreditarse ante el hombre. Dios debería mostrar sus credenciales. Esquema atávico y peligroso: querríamos tener garantías antes de correr el riesgo de una relación. Pero Jesús intenta desactivar este mecanismo.

 

Cuando la fe se convierte en institución, se puede caer en las insidiosas trampas del «menos malo» y del «por el bien». Tenemos muchos bienes, recursos, riquezas,…, pero lo hacemos por el bien común; sí, sería bonito ser una Iglesia profética y valiente, arriesgada y en el límite,…, pero mejor conservar la autoridad y mantener las posiciones ganadas, es lo menos malo y lo hacemos por el bien común.

 

El Tentador propone a Jesús el camino del compromiso, como el camino menos malo o por el bien común. Pero Jesús no elige la versión «menos mala» o «por el bien», sino tomar el difícil camino de la fidelidad desnuda y desarmada a Dios.

 

No, la tentación más difícil no es intentar ver si somos capaces de no comer chocolate durante la Cuaresma. La cuestión más complicada es intuir quiénes queremos ser ante Dios y si elegimos correr el riesgo de entrar en relación con Él sin inmunizarnos.

 

Sí, la cuestión de la fe y del seguimiento se vuelve más compleja, pero también mucho más estimulante. Es decir, más radical y verdadera.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 15 de febrero de 2026

Las tentaciones: de alucinaciones y espejismos- San Mateo 4, 1-11 -.

Las tentaciones: de alucinaciones y espejismos- San Mateo 4, 1-11 -

El primer Domingo de Cuaresma siempre presenta el relato evangélico de las tentaciones de Jesús.

 

El texto comienza con una importante anotación: «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo». La primera acción espiritual, es decir, impulsada por el Espíritu Santo, realizada por Jesús inmediatamente después de recibir el bautismo de Juan, fue el cara a cara con el tentador.

 

No visiones celestiales, sino la visión de la posibilidad de la idolatría, de la posibilidad del mal que atraviesa el propio corazón: esta es la acción a la que Jesús es guiado por el Espíritu.

 

Porque el lugar de la tentación, para Jesús como para todo ser humano, no es tanto el desierto o el Templo de la Ciudad Santa o una montaña muy alta, sino el corazón, el corazón que conoce la aridez y los espejismos del desierto, el corazón que sufre las seducciones y los engaños de lo sagrado y lo religioso, el corazón que alimenta ilusiones de alturas y glorias que dan vértigo.

 

Dicho de otro modo: el mundo en el que vivimos es el mundo que nos habita, que vive en nuestro corazón. Y Jesús afronta las tentaciones adhiriéndose fielmente a su realidad humana y creacional, permaneciendo hombre y humano, custodiando su corazón de carne.



Jesús atraviesa la tentación, no la elimina. Es decir, acepta medirla en sí mismo: no proyecta la imagen del enemigo sobre realidades externas, sino que acepta que el poder de la tentación se despliegue en lo íntimo, en el corazón. Solo quien vence el poder del Tentador en sí mismo puede expulsar los demonios de los demás seres humanos.

 

Y Mateo nos mostrará a Jesús comprometido en esta victoriosa actividad exorcista en la que el poder de su propia palabra expulsará a los demonios de los seres humanos.

 

La victoria de Jesús es interior y espiritual: vence recordando la Palabra de Dios. Y la Palabra recordada le hace recorrer el camino del pueblo después de la salida de Egipto.

 

Las tentaciones de Mateo reproducen el camino de Israel durante los cuarenta años en el desierto, remitiendo (a través de las tres citas del Deuteronomio en boca de Jesús) a tres episodios fundamentales del éxodo: el maná y las codornices (cf. Ex 16) Masa y Meribá (cf. Ex 17,1-7); el becerro de oro (cf. Ex 32).

 

El recuerdo de la Palabra de Dios es lo que guía a Jesús hacia la victoria. Y este recuerdo no es un simple recuerdo de frases bíblicas, sino un acontecimiento espiritual que interioriza la presencia de Dios en el corazón del hombre.

 

¿Por qué las tentaciones de Jesús son tentaciones? Es decir: ¿estamos tan seguros de que todos nos escandalizaríamos y gritaríamos blasfemia si encontráramos escrito en los Evangelios un relato de un milagro en el que Jesús convierte las piedras en pan?

 

En realidad, las tentaciones son tales porque atentan contra la humanidad de Jesús, es decir, contra su ser imagen y semejanza de Dios: y Jesús reacciona custodiando con austeridad y vigor su propia humanidad, sin descender a lo subhumano y sin elevarse a lo sobrehumano.

 

Y así custodia también la imagen de Dios revelada por las Escrituras y no la sustituye por una imagen «artificial» propia. Es significativo que en las tentaciones Jesús no tenga palabras propias, sino solo las de la Escritura.

 

La tentación se hace sentir en el momento de debilidad, en el momento en que Jesús, después del largo ayuno, siente hambre. ¿Qué lo saciará? La respuesta que Jesús da al Diablo en la primera tentación vale en realidad para todas las tentaciones: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4, que cita Dt 8,3).

 

La enseñanza del Deuteronomio se retoma en el libro de la Sabiduría: «No son los diversos frutos los que alimentan al hombre, sino tu palabra la que mantiene con vida a los que creen en ti» (Sab 16,26).


 

Pero intentemos leer e interpretar las tentaciones de Jesús proyectando su luz sobre nuestra vida.

 

Ante el hambre, Jesús no subvierte la creación para satisfacer su necesidad: no absolutiza su necesidad, no busca una satisfacción inmediata y no cede a la tentación del milagro que suprime el esfuerzo y el sudor del trabajo para obtener de la tierra el pan para comer.

 

En otras palabras, Jesús no salta la condición de criatura: Jesús compartirá ciertamente el pan con muchas personas, pero a partir de lo poco que alguien pone a disposición, unos pocos panes y unos pocos peces fruto de la bendición de Dios sobre el trabajo del hombre.

 

Jesús no elude la pobreza en la que consiste la verdad del ser humano. Jesús no evade, con artificios mágicos o técnicos (y la técnica es la forma moderna de la magia, capaz de manipular la realidad y trastornarla basándose en la suposición de que todo lo que es técnicamente factible puede hacerse), la condición humana. Y, sobre todo, no escapa a la mortalidad.

 

En Jerusalén, Jesús se niega a convertir el Templo en el estrado de su afirmación personal, rechaza la tentación de lo prodigioso, de lo espectacular, de lo extraordinario, y no se sustrae al límite de su propio cuerpo, no impone su mesianismo al pueblo con la evidencia de una ostentación similar de fuerza prodigiosa: lanzarse desde el Templo y ser salvado por los ángeles.

 

En otras palabras, Jesús no viola las conciencias, no las obliga a adherirse a Él, no doblega las Escrituras a ese uso impúdico, totalmente orientado a la afirmación de sí mismo. Jesús no convierte las Escrituras en una póliza de seguro y la fe en una garantía de éxito personal. Jesús permanece en el riesgo de quien acepta incondicionalmente la limitación de la condición humana. Y también la mortalidad.

 

Ante el vértigo de las alturas a las que le lleva el Diablo («una montaña muy alta», ante la visión de «todos los reinos del mundo y su gloria» y ante la promesa de poder y gloria, Jesús no se sustrae a los límites de espacio y tiempo constitutivos de la humanidad. No se sustrae a la mortalidad.

 

Jesús no cede a la tentación de la posesión, del poder, del dominio, no se deja llevar por el delirio de la omnipotencia, por el encanto perverso del «todo», no cede a los embriagadores poder y la gloria. Jesús no se hace Dios, no ambiciona el todo, sino que conserva el sentido del límite, de la unicidad de Dios y de la distancia con respecto a Él: «Solo al Señor tu Dios adorarás, solo a él rendirás culto» (Lc 4,8). Jesús permanece en la obediencia a Dios y a su propia creaturalidad.


 

Un aspecto de la dinámica de la tentación es el de la tentación como espejismo, como engaño, como tergiversación de la realidad, que induce a elecciones tan convencidas como ilusorias y engañosas.

 

No es casualidad que, según Mateo, las tentaciones sean llevadas a Jesús por el Diablo, por el dia-bolos, es decir, por el Divisor. No se trata de entrar en especulaciones sobre la naturaleza del diablo, sino de percibir que el resultado de la tentación es diabólico en el sentido de que opera división, nos divide: y si nos divide de Dios, ante todo nos divide de la realidad. Si la fe es adhesión a Dios, comienza con la adhesión a la realidad, fuera de la cual solo hay idolatría o patología.

 

Convertir las piedras en pan, es decir, caer en el delirio de la omnipotencia. Creer que somos más fuertes que las resistencias que la realidad opone a nuestra humanidad, a nuestra voluntad, a nuestro deseo, a nuestra fragilidad. Creemos absurdamente que esas piedras, que son piedras y siempre lo serán, pueden convertirse en pan.

 

La segunda tentación nos presenta a Jesús invitado a lanzarse desde lo alto del Templo. La tentación de la aniquilación de sí mismo, de la autodestrucción, del suicidio. Del rechazo de la realidad que llega hasta la negación de la propia vida, del distanciamiento de la realidad que llega hasta preferir la muerte a la vida.

 

Finalmente, la tercera tentación tiene lugar en una montaña muy alta y desde esta altura el diablo le muestra a Jesús todos los reinos del mundo y su gloria: «todo» se le ofrece a Jesús a cambio de la adoración al Diablo. Aquí tenemos más que nunca la imagen de la tentación como espejismo, como engaño, como alucinación.

 

Jesús no interpreta esa capacidad de ver en un instante el mundo entero y su gloria como una experiencia espiritual muy especial, como un don de Dios, como una acción de la gracia, sino, por el contrario, como una visión distorsionada, como una visión irreal de la realidad, como una alucinación.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


Las tentaciones: dar muerte a dios - San Mateo 4, 1-11 -.

Las tentaciones: dar muerte a dios - San Mateo 4, 1-11 -

No hacer nada, resistir, dejar que las piedras sigan siendo piedras, esperar que el pan se comparta por sentido de fraternidad y no por imposición divina. Resistir la tentación de triunfar, de aparecer y de resolver.

 

De alguna manera, resistir la tentación de ser Dios, de ser Dios tal y como lo imagina el hombre. Jesús, ese día, y todos los días siguientes, decide empezar a dar muerte a Dios. Matar la idea de Dios que habita en el corazón del hombre. Y no lo conseguirá. Todavía no lo ha conseguido.

 

En el desierto, cara a cara con el Tentador, tentación única para mostrar quién es Dios, lucha abierta, vida y muerte en prodigioso duelo, tentación verdadera, ese día, como siempre.  

 

Pero la del Manipulador no es seguramente la voluntad del Padre. Entonces no queda más remedio que decepcionar al hombre, que mostrar que no existe un Dios que transforme las piedras en pan, que no existe un Señor que intervenga para sostener mientras se arriesga la vida, que no existe un Amor que use el poder en nombre del bien.

 

Ese Dios no existe, ese Dios debe ser asesinado, con todos los riesgos que ello conlleva.

 

El primer riesgo de todos será que, sin esta idea, el hombre ya no entienda por qué debe creer en alguna divinidad inútil. No es fácil matar a Dios. Es una elección difícil. Tanto es así que esta idea del Dios Todopoderoso que detiene las guerras y los virus y hace milagros si se le reza sigue resurgiendo sin piedad.


 

La verdadera tentación es saber que matar a ese Dios es y será inútil porque, al final, el hombre siempre lo mantendrá vivo. Lo necesita. Por costumbre, por supervivencia o simplemente por miedo, pero lo necesita, se inclina ante Él y le adora y le sacrifica.

 

Jesús, en cambio, se muestra fracasado, inútil y perdedor a los ojos del mundo, deja pasar el desafío, aprende de alguna manera a ser fiel a ese silencio que seguirá siendo impenetrable y escandaloso incluso en el Calvario.

 

Un Padre mudo, más allá de las nubes, mientras su Hijo, abajo, muere por amor. Un drama sin precedentes. Dios ha muerto, en nombre de la libertad humana. Dios sigue muriendo por la libertad humana.

 

Mientras que la idea de un Dios religioso y poderoso, de un Dios defensor de las tradiciones, o de un Dios fascinante, o de un Dios útil para satisfacer nuestras necesidades, resiste sin piedad. Un Dios que no se rinde al silencio sigue resucitando, renaciendo, obstinado como nuestro miedo.

 

Cada uno tiene su propio Dios a su imagen y semejanza: presbíteros, teólogos, catequistas, santos, tradicionalistas, progresistas, políticos, feligreses, videntes, misioneros y religiosos, tú y yo que estamos leyendo... cada uno tiene su Dios y lo defiende. Jesús, en cambio, intenta matarlo.

 

No sé si el Señor no nos deja caer en la tentación, pero lo que dice el Evangelio es que el desierto, el hambre y el recuerdo del Éxodo no son una desgracia, sino el espacio que el Espíritu elige para Jesús. Una bendición arriesgada.

 

Porque esas tentaciones, las del Evangelio, no son las mías, no son las nuestras, aquí no se trata de la vaga tentación del poder, la banal, la que nos atrapa a todos, aquí hay algo más, algo indecible, aquí está el Hijo que aprende el escandaloso silencio del Padre.

 

El desierto, espacio del hambre. Lugar que nos vuelve salvajes, como leones, cuando el hambre nos devora el cerebro, cuando lo que queda del hombre es un cuerpo amenazado, un cuerpo violento y dispuesto a todo con tal de sobrevivir.

 

Jesús se hace verdaderamente hombre, más aún que en aquella cueva de ángeles y pastores. Aquí Jesús encarna la naturaleza del hombre que tiene hambre, de lo que realmente somos cuando el hambre revela nuestra naturaleza. Aquí Jesús no habla abstractamente de los hombres, sino que se encarna en nuestra naturaleza.

 

Cuando tenemos hambre nos convertimos en leones violentos. Cuando tenemos miedo exigimos intervenciones divinas. Cuando no queremos morir nos inclinamos ante cualquiera para que nos tranquilice.

 

Estas no son nuestras tentaciones, esta página es la descripción más verdadera del hombre. En el desierto, después de cuarenta días, Jesús se adentra en el hombre, Jesús desciende verdaderamente a nuestra naturaleza, nos revela tal y como somos, sin fingimientos, ese es el desierto y allí se le pide que decida: ¿qué tipo de Dios quieres ofrecer a estos leones hambrientos de pan, seguridad y poder?


 

El Tentador y Manipulador no tiene dudas: se necesita un Dios fácil, uno que llene los vacíos, eso es lo que piden, eso es lo que necesitan. Y Jesús lo piensa, siente que de alguna manera es cierto, pero lucha.

 

El Tentador y Manipulador no tiene dudas, el único Dios al que seguirán rezando incluso después de Ti, Jesús, es el que resuelve la vida, el que multiplica los milagros, el que es omnipotente. Jesús lo sabe. Esta es la tentación. Dramática.

 

Pero Jesús elige hacer frente a esa imagen de Dios, la golpea a muerte y seguirá matándola durante tres años, sabiendo muy bien que ese asesinato será su sentencia de muerte. Creo que Jesús es Hijo de Dios precisamente porque al matar al ídolo se condena a la cruz.

 

Aquel día en el desierto no se trata de una cuestión dialéctica entre un Mesías y el Tentador y Manipulador, lo que está en juego es el hombre, es la gran tentación: ¿satisfacer al hombre, prestarse a su banalidad y dejarlo esclavo de sus instintos o aceptar decepcionarlo dando muerte a una determinada idea de Dios?

 

No sé si el Señor no nos deja caer en la tentación, pero sé bien que aquel día las tentaciones eran suyas, eran tan poderosas que solo podían ser suyas. Y que si sigo creyendo en Dios es precisamente por su forma de dar muerte mi idea de Dios, aunque esto me deje siempre en camino e insatisfecho.

 

Creo en el Padre por su ausencia, por su silencio, por haber destrozado las imágenes de Él, incluso y sobre todo las más devotas.

 

Sé bien, cada día más, que creer es caminar hacia el silencio, es matar la imagen divina y consoladora que obstinadamente resucita cada mañana.

 

Sé bien que la tentación es complacer, contemporizar, demostrar, bajar de la cruz.

 

Sé bien que la verdadera tentación es no fallar, no perder la cara. Ganar. Triunfar. Vencer. Salir con la mía.

 

Sé muy bien que todavía no soy capaz de morir.

 

Y por todo ello te doy gracias, Señor. Porque Tú habitas en el desierto y mueres derrotado, porque muestras otra imagen y semejanza divinas para el hombre que yo todavía no soy capaz de hacer nacer en mí.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Cuaresma: tiempo de fortaleza.

Cuaresma: tiempo de fortaleza 

Cada tiempo litúrgico que se nos da vivir es un don, una oportunidad para retomar el camino, para dar nueva fuerza a nuestros pasos a veces vacilantes, cansados ​​o desilusionados. 

La Cuaresma es un tiempo de lucha, pero no como lo estamos haciendo nosotros. «Nuestra lucha», dice Pablo, «no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de este siglo de tinieblas, contra huestes espirituales de maldad» (Efesios 6,12). La Cuaresma es el «tiempo favorable» (cf. 2 Co 6,2) para una batalla que quiere prepararnos a la Pascua, que es el paso de la muerte a la vida y no al revés, hacia una existencia más respetuosa de nuestra dignidad, de los demás y del mundo que nos rodea. 

Un tiempo que debe estar habitado por preguntas capaces de ayudarnos a renacer; de palabras que sondean el corazón, para revelárselo a nosotros mismos que muchas veces lo albergamos ignorando lo que lo habita. 

Esto es lo que sugiere el pasaje del Deuteronomio donde Moisés justifica el camino del Pueblo de Israel durante cuarenta años en el desierto con estas palabras: «Para humillaros y probaros, para saber lo que había en vuestro corazón» (Dt 8,2). En el texto hebreo no está claro quién es el sujeto de ese “conocimiento”. Puede que parezca Dios, pero Él conoce nuestros corazones mejor que nosotros mismos. Es por tanto más probable que este verbo se refiera al hombre, que necesita tomar conciencia de lo que hay en su corazón, porque de allí, como enseña también Jesús (cf. Mc 7,21-22), brotan los pensamientos, las miradas y las acciones. 

El corazón humano –que bíblicamente hablando indica no sólo la sede de los sentimientos sino también la conciencia y la dimensión interior del ser– es un gran contenedor de “palabras poderosas”, a las que hacemos espacio de manera más o menos consciente, dejándonos determinar. Son las palabras que se convierten en pensamientos y acciones. Palabras y acciones que hay que cribar para emprender la verdadera lucha, que debe dirigirse contra aquello que nos arrastra hacia el mal. 

El primer domingo de Cuaresma escuchamos el pasaje evangélico donde Jesús se enfrenta a estas mismas palabras, dirigidas por el “diablo”. 

Surgen seducciones y seductores respecto a necesidades y deseos, que pertenecen constitutivamente al ser humano, que tienen legitimidad propia, pero que se prestan fácilmente a distorsiones y desfiguraciones. 

Jesús se encuentra, en efecto, confrontado con la necesidad de alimento, con el deseo de autoridad, con la necesidad de protección. 

Pero lo que es o podría parecer legítimo -el diablo, de hecho, motiva sus palabras citando las Escrituras- está colocado en una cima desde la que es fácil caer ruinosamente. 

La satisfacción del hambre puede llevar, de hecho, a la alteración del orden natural (las piedras convertidas en pan), la autoridad puede llevar al abuso de poder (el prometido por el diablo), y la necesidad de protección a la búsqueda de espectacularidad y de visibilidad mundana (las hazañas asombrosas). 

Jesús evita el peligro midiendo esas palabras con el rasero de las Escrituras y, al hacerlo, también nos muestra el camino. Éste es el camino de conversión que la Cuaresma nos invita a recorrer: exponer, discernir, cribar los pensamientos de nuestro corazón a la luz de las Escrituras. 

En la celebración de la Pascua, hacia la que tiende el itinerario cuaresmal, este modo alternativo de habitar el propio ser y las propias necesidades está representado icónicamente por la acción de Jesús, por cómo afronta esos días intensos y convulsos que transcurren entre su entrada en la ciudad santa, el Domingo de Ramos (cf. Lc 19,28-44), y su salida en la tarde del día de Pascua, habiéndose convertido en el compañero anónimo de los dos discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). 

Allí mismo, Jesús, con sus acciones más que con sus palabras, intentará mostrar la culminación de su lucha, diseñando y luego siguiendo una especie de vía de escape que vislumbra y con la que amplía el estrecho espacio donde las fuerzas del mal intentan coartarle para aniquilarle. 

Inventa y señala esa otra dimensión del ser y del tiempo, única capaz de redimir la vida del aplanamiento de los propios deseos y necesidades, también de los propios instintos, que se transforma fácilmente en violencia contra los demás. Al entregarse en la mansedumbre, Jesús muestra no que la vida no tiene sentido, sino que tiene una dimensión ulterior respecto a la que estamos acostumbrados a ver: la dimensión de la eternidad, que no quita nada a la historia, sino que la humaniza haciéndonos intuir su dimensión escondida, esa otra parte de la realidad que da a los pensamientos que habitan en el ser humano la posibilidad de ser vividos para el bien y no para el mal. 

Pero ¿qué sentido puede tener todo esto y qué ayuda puede ser en los tiempos complejos y difíciles, no exentos de elementos dramáticos y trágicos, en los que vivimos? 

Puede recordarnos el punto desde el cual podemos reiniciar nuestra lucha por seguir siendo humanos: cuestionando los pensamientos que habitan en nuestro corazón y exponiéndolos a la luz de las Escrituras. 

“Nuestras” batallas o combates, pequeños y grandes, entre individuos y entre pueblos, son siempre el resultado de una falta de vigilancia sobre los pensamientos que habitan en el corazón de nosotros, los seres humanos, de aspiraciones que se transforman en delirios, de deseos o necesidades que se convierten en absolutos, de ilusiones y sueños que se transforman en ensoñaciones, espejismos, quimeras… 

La Cuaresma y la Pascua nos recuerdan la necesidad de plantearnos siempre, sin cansarnos nunca, como individuos y como sociedad, estas sencillas preguntas: ¿Qué dejamos que nos domine? ¿Qué deseos tenemos en nuestro corazón? 

Y luego, de nuevo: ¿En qué espacios reducimos nuestros horizontes? ¿Somos capaces de percibir la otra dimensión del tiempo y de la historia, esencial para desactivar el poder, tantas veces inhumano, que se esconde en nuestros pensamientos, sentimientos,  actitudes...? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Luchar por entrar por la puerta estrecha.

Luchar por entrar por la puerta estrecha 

La lectura de las tentaciones de Jesús nos permite descubrir las raíces de cada tentación y de cada pecado. Ciertamente la Escritura nos brinda algunas indicaciones sobre cómo afrontar la batalla invisible. Es lo que se suele llamar una especie de "gramática de la lucha espiritual". Entre los muchos caminos que podrían seguirse, podemos centrarnos sólo en dos de los elementos especialmente relevantes. 

a) El corazón, lugar del combate espiritual 

Hay un lugar específico donde se desarrolla el combate espiritual. De manera más general, toda vida espiritual procede de un órgano central del hombre que la Biblia llama “corazón”. 

Se trata de un concepto que va mucho más allá del valor casi exclusivamente emocional que le atribuye nuestra cultura. 

En la antropología bíblica, de hecho, el corazón es la sede de la inteligencia y de la memoria, de la voluntad y del deseo, del amor y del coraje, es el órgano que mejor representa la vida en su totalidad: sede de la vida sensible, de la vida afectiva y de la vida intelectual, el corazón contiene los elementos constitutivos de lo que llamamos “persona”. 

No es fácil hablar de este «lugar impenetrable» (cf. Sal 64,7), que sólo Dios conoce, escruta y discierne en verdad, como atestiguan en varias ocasiones las Escrituras: 

Señor Dios de Israel,… sólo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres (1 Reyes 8,26,39); Tú sondeas el corazón y lo profundo; Tú, sólo Tú eres el Dios justo (Sal 7,10); ¿Quién puede conocer el corazón? Yo, el Señor, escudriño el corazón y examino lo profundo (Jer 17,9-10). 

Es en el corazón, la parte más secreta de cada ser humano, donde está impresa en nosotros la imagen de Dios. 

En este espacio que escapa al rigor de los conceptos, pero que puede ser penetrado a través del lenguaje simbólico, Dios habla al hombre y lo invita a responder, a abrir un diálogo con él (cf. Os 2,16-17). 

Y es precisamente en este nivel donde se hace la elección cotidiana entre un «corazón que escucha» (1 Re 3,9), que lucha por acoger y hacer fecunda la Palabra de Dios sembrada en él (Mc 4,1-20), y un corazón insensible a la Palabra, que acaba cayendo en esa incredulidad que el Nuevo Testamento define como «dureza de corazón» (Mt 19,8; Mc 10,5; 16,14). 

Es evidente que éste es precisamente el terreno en el que se asienta la lucha espiritual. 

Si en efecto el corazón es el lugar del encuentro íntimo y de la alianza entre Dios y el hombre, es también la sede de la avidez y de las pasiones fomentadas por el poder del mal: «de dentro, es decir, del corazón de los hombres» – dice claramente Jesús – «salen los malos designios» (Mc 7,21). El corazón se convierte así en el lugar donde se encuentran las artimañas de Satanás y la acción de la gracia de Dios. 

Es una experiencia común, que la Biblia registra con sencillez: el corazón puede estar sin inteligencia, incapaz de comprender y discernir (cf. Mc 6,52; 8,17-21); puede cerrarse a la compasión (cf. Mc 3,5), alimentando el rencor y el odio (cf. Lv 19,17), los celos y la envidia (cf. St 3,14); puede ser engañoso y “doble” (Santiago 1,8; 4,8), adjetivo que transpone al griego una expresión hebrea que literalmente suena como “un corazón y un solo corazón” (Sal 12:3). 

Además, es posible extender a todo pecado la síntesis penetrante que hace Jesús acerca del adulterio: «Quien mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 28). Sí, antes de ser percibido externamente y llevarnos por caminos mortales de desemejanza con Dios, cada pecado ya ha sido consumado en nuestros corazones… 

El corazón es pues el lugar de la lucha invisible. Es allí donde puede comenzar el retorno a Dios, la conversión (cf. Jr 3,10; 29,13), o bien puede sucumbir a la seducción del pecado y a la esclavitud de la idolatría. 

Es una lucha muy dura esforzarse por tener un «corazón único» (Sal 86,11), capaz de colaborar a la vida nueva realizada en nosotros por el Padre, mediante la fe en Cristo muerto y resucitado, en el poder del Espíritu Santo: pero ésta es precisamente la batalla fundamental a la que el cristiano está llamado. 

b) Las armas del combate espiritual 

Pero ¿cómo puede un cristiano afrontar el combate espiritual? 

La tradición cristiana ha identificado algunas herramientas, algunas “armas” particularmente adecuadas para llevar a cabo este combate. Las raíces de esta reflexión se encuentran en el Nuevo Testamento. En particular, un pasaje tomado de la exhortación final de la Carta a los Efesios, Ef 6, 10-18, constituye un verdadero clásico sobre este tema. A partir de aquí podemos reconstruir una constelación de pasajes escriturales que presentan las armas de las que debemos dotarnos para afrontar las insidias de Satanás, conscientes de que «el que combate en el combate no recibe la corona si no ha combatido conforme a las reglas» (2 Tim 2,5). 

Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza (Efesios 6,10). 

La parábola paulina se abre con un imperativo que puede significar tanto: «sacad fuerzas, fortaleceos» como: «sed fortificados». En el combate espiritual se produce una sinergia entre la acción del hombre y la acción proactiva de Dios. En otras palabras, el hombre está llamado a preparar todo para que la gracia del Señor Jesucristo actúe en él, a ceder a la gracia que lo atrae. El Apóstol lo repite en otro lugar con palabras inequívocas: «Confirmaos en la gracia que es en Cristo Jesús» (1 Tm 2,1); “Trabajo y lucho según el poder que proviene de Cristo, el cual actúa poderosamente en mí” (Col 1,29). 

Esta fuerza, este poder –leemos al inicio de la Carta a los Efesios– se manifestó de modo eminente en la resurrección de Cristo (cf. Ef 1,19-20). Es decir, la lucha invisible del cristiano se basa en la fe en la resurrección de Jesucristo, acaecida en el poder del Espíritu Santo, acontecimiento que marcó la victoria definitiva sobre la muerte y sobre «aquel que tiene el imperio de la muerte, el diablo» (Hb 2,14). Si en realidad todo pecado es en el fondo un torpe intento de afrontar el miedo a la muerte, el arma más eficaz en la lucha es precisamente la fe en la resurrección. 

Aclarado este primer punto esencial, el Apóstol puede continuar: 

Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, podáis estar firmes (Efesios 6,11-13). 

San Pablo utiliza el lenguaje de la guerra, amonestando a los cristianos a ponerse la armadura de Dios, es decir, la armadura que Dios prepara y pone a disposición de quienes se adhieren a Él. En esta imagen podemos reconocer las influencias de aquellos pasajes del Antiguo Testamento en los que se describe, con valor metafórico, la armadura con la que Dios mismo se ciñe para luchar contra los malvados y hacer triunfar su plan de salvación en la tierra (cf. Is 59,17; Sb 5,17-20), o bien la armadura que reserva a su Mesías, la Raíz de Jesé (cf. Is 11,4-5). 

Aún más interesante es notar que sólo hay otro pasaje del Nuevo Testamento en el que se atestigua el término “armadura”. En el Evangelio según Lucas, ante los insultos de sus adversarios que le acusan de «expulsar los demonios en nombre de Beelzebul, el príncipe de los demonios» (cf. Lc 11,15), Jesús responde: «Cuando el Fuerte, bien armado, custodia su casa, sus bienes están seguros; pero si viene alguien más fuerte que él y lo vence, le quita todas las armas en las que confiaba y reparte el botín» (Lc 11,21-22). Sí, Jesús es más fuerte que el diablo, que con su fuerza intenta seducir también a los hombres: sólo en Él y a través de Él, por tanto, es posible luchar contra el Enemigo y desarmarlo. 

El Apóstol utiliza aquí esta misma imagen, sólo que variando los términos para definir al Adversario: lo define como un “diablo”, es decir, un “divisor”. Un poco más tarde hablará de él como el Maligno (Efesios 6,16). En v. 12, después de haber precisado que la lucha del cristiano no se dirige contra otros hombres ("carne y sangre"), ofrece una pintoresca descripción en plural de las fuerzas dominantes del mal y del pecado: los términos utilizados "designan acumulativamente las fuerzas del mal que tienden a reconducir al cristiano a su situación prebautismal. 

Frente a estos dominios sutiles, que llegan hasta saturar el aire (cf. Ef 2,2), la primera actitud que se pide con insistencia al creyente es la de «permanecer» (Ef 6,11.13.14), la de «resistir» (Ef 6,13). Esta firmeza consiste ante todo en afrontar los ataques del Enemigo, sin huir ante él: en este sentido es nuevamente ejemplar la conducta de Jesús, que aceptó permanecer cuarenta días en el desierto, mirando de frente las seducciones de Satanás sin miedo. Quien esté preparado para este duro trabajo previo, para esta pasividad activa sin la cual la lucha está perdida desde el principio, puede escuchar la última parte de la exhortación de San Pablo. En ella el Apóstol enumera uno por uno los que en otro lugar define en su conjunto como «armas de justicia» (Rm 6,13; 2 Co 6,7), «armas de luz» (Rm 13,12), «armas que reciben su fuerza de Dios» (2 Co 10,4). 

Manteneos, pues, firmes, con la verdad ceñida a la cintura (cf. Is 11,5). Me revisto con la coraza de la justicia (cf. Is 59,17). Calzados y preparados para el Evangelio de la paz (cf. Is 52,7). Tomad siempre el escudo de la fe (cf. Sb 5,19), con el que podréis apagar todos los dardos encendidos del Maligno. Tomad también el yelmo de la salvación (cf. Is 59,17) y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. 

Las diversas armas enumeradas están tomadas precisamente de los pasajes del Antiguo Testamento. La gran novedad que aporta San Pablo consiste en describir la armadura del creyente a través de los elementos que habitualmente componen la armadura de Dios. Sin embargo, esto no debe sorprender al cristiano que tiene los ojos de su corazón iluminados por la fe: sabe de hecho que él y Dios están ahora unidos por la misma vida, la vida del hombre Jesucristo. Jesucristo, en efecto, narración del Dios invisible (cf. Jn 1,18),

 

- es la verdad (cf. Jn 14,6; Ef 4,21);

 

- es la justicia de Dios (cf. Rm 3,21-22.26; 1 Co 1,30; Flp 3,9), que justifica a los que creen en Él;

 

- es el Evangelio (Mc 8,35; Rm 15,19; 2Cor 2,12; Gal 1,7), la Buena Noticia que trae ‘shalom’, plenitud de vida a todos los hombres;

 

- Él es «el principio y el cumplimiento de nuestra fe» (cf. Hb 12,2), Aquel en cuya fe firme estamos llamados a dejar nuestra fe siempre vacilante (cf. Ga 2,20; Ef 3,12);

 

- Él es nuestra salvación (cf. 1Ts 5,9; 2Tm 2,10) y nuestra esperanza (cf. 1Tm 1,1), es decir, aquel en quien esperamos para participar de la salvación por él obtenida (cf. 1Ts 5,8).

 

- es la Palabra de Dios hecha carne (cf. Jn 1,1.14). Una Palabra «viva y eficaz, más cortante que toda espada de dos filos y capaz de discernir los pensamientos y las intenciones del corazón (cf. Hb 4, 12). Una palabra que acompaña siempre el don del Espíritu. 

El cristiano está llamado, pues, a «revestirse del Señor Jesucristo» (cf. Rm 13, 14): ésta es, con diferencia, el arma más eficaz en la batalla espiritual. Y el terreno en el que puede germinar el ejercicio permanente de asumir los sentimientos y las acciones de Cristo es el de la oración, en la que San Pablo termina significativamente su exhortación: 

Orad sin cesar con toda oración y súplica en el Espíritu, y velad en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos (Efesios 6,18). 

La oración, que es en sí misma una auténtica lucha (cf. Rm 15,30; Col 4,12), se define aquí por algunas características muy específicas. Debe ser incesante (cf. también 1 Ts 5,17), ocurriendo “en todo tiempo”. 

No se trata de repetir continuamente fórmulas, sino de vivir una existencia marcada por lo que los Padres llaman “memoria Dei”, el recuerdo constante de Dios, es decir, esforzarse por ser siempre conscientes de su presencia dentro de nosotros. 

El Apóstol habla también de la oración “en el Espíritu”. De nuevo, ningún protagonismo por parte del cristiano: él está llamado a estar siempre en “epíclesis”, a dejar que el Espíritu ore en él y transforme su vida en oración. Y todo esto para alcanzar una comunión cada vez más plena con Dios y con sus hermanos, los "santos" por los cuales eleva siempre sus súplicas a Dios. 

Y finalmente, la oración está preparada por la gran virtud de la vigilancia (relacionado también con la oración en Lucas 21,36). La vigilancia, actitud global de tensión interior para discernir la presencia del Señor y de apertura para dejar espacio dentro de sí a su venida, coloca al creyente en un estado de lucidez espiritual. 

Es en su raíz la matriz de todas las virtudes cristianas, porque templa al creyente, haciéndolo persona capaz de resistir, de luchar, de transformar la energía vital desviada o bloqueada por las pasiones idólatras en energía para alcanzar el único fin verdadero de la lucha espiritual: el “ágape”, el amor hacia Dios, hacia todos los hermanos y hacia todas las criaturas. 

Conclusión 

Jesús dijo: «Esforzaos a entrar por la puerta estrecha» (Lc 13,24), y Él mismo nos dio el ejemplo cuando en el Huerto de los Olivos afrontó la lucha, la agonía decisiva, en la oración (Lc 22,44). 

Ante la elección entre permanecer fiel al Padre, incluso a costa de sufrir una muerte ignominiosa, o seguir los caminos sugeridos por el diablo, Jesús permaneció plenamente obediente a la voluntad de Dios, hasta aceptar el arresto sin cambiar el estilo de mansedumbre y amor que había marcado toda su vida. 

Lo mismo hizo en la cruz, donde, simétricamente a las tentaciones sufridas en el desierto, escuchó palabras repetidas por hombres similares a las de Satanás:

 

- “A otros salvó, sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo de Dios, su Elegido”.

 

- “Si eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.

 

- “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros también!” (Lc 23.35.37.39). 

Pero Jesús no quería salvarse a sí mismo. Al contrario, eligió cumplir fielmente la voluntad de Dios, continuando su conducta en obediencia a Él hasta la muerte, es decir, amando y sirviendo a Dios y a los hombres: ¡esta fue la causa de la muerte para Jesús, pero la causa de la vida para todos los hombres! Y es precisamente en respuesta a esa vida en la que luchó para resistir a las seducciones de Satanás y permanecer siempre capaz de amar, que el Padre lo llamó de entre los muertos. 

Todo esto tiene una consecuencia crucial para nosotros: sólo Jesucristo, que vive en cada uno de nosotros, puede vencer el mal que habita en nosotros, y la lucha espiritual es precisamente el espacio en el que la vida de Cristo triunfa sobre el poder del mal, del pecado y de la muerte. 

Cada una de nuestras victorias no es otra cosa que un reflejo de la victoria pascual de Cristo, que sabe compadecerse de nuestras debilidades, habiendo sido tentado en todo como nosotros, pero sin cometer pecado (cf. Hb 4,15), y ahora «está vivo para interceder por nosotros» (Hb 7,25). 

Es a Cristo, pues, a quien podemos invocar con las palabras del salmista: «En mi lucha, ¡sé tú quien lucha!». (Sal 43,1; 119,154). Es con él y en él que cada día, incluso en el cansancio de la lucha, podemos dar gracias a Dios cantando: «Bendito sea el Señor, mi Roca. Él adiestra mis manos para la batalla y mis dedos para la destreza» (Sal 144,1). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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