Luchar por
entrar por la puerta estrecha
La
lectura de las tentaciones de Jesús nos permite descubrir las raíces de cada tentación
y de cada pecado. Ciertamente la Escritura nos brinda algunas indicaciones sobre
cómo afrontar la batalla invisible. Es lo que se suele llamar una especie de
"gramática de la lucha espiritual". Entre los muchos
caminos que podrían seguirse, podemos centrarnos sólo en dos de los elementos especialmente
relevantes.
a) El corazón,
lugar del combate espiritual
Hay un lugar específico donde se desarrolla el
combate espiritual. De manera más general, toda vida espiritual procede de un
órgano central del hombre que la Biblia llama “corazón”.
Se
trata de un concepto que va mucho más allá del valor casi exclusivamente
emocional que le atribuye nuestra cultura.
En
la antropología bíblica, de hecho, el corazón es la sede de la inteligencia y
de la memoria, de la voluntad y del deseo, del amor y del coraje, es el órgano
que mejor representa la vida en su totalidad: sede de la vida sensible, de la
vida afectiva y de la vida intelectual, el corazón contiene los elementos
constitutivos de lo que llamamos “persona”.
No
es fácil hablar de este «lugar impenetrable» (cf. Sal 64,7), que sólo Dios
conoce, escruta y discierne en verdad, como atestiguan en varias ocasiones las
Escrituras:
Señor Dios de Israel,… sólo tú conoces el corazón de
todos los hijos de los hombres (1 Reyes 8,26,39); Tú sondeas el corazón y lo
profundo; Tú, sólo Tú eres el Dios justo (Sal 7,10); ¿Quién
puede conocer el corazón? Yo, el Señor, escudriño el corazón y examino lo
profundo (Jer 17,9-10).
Es en el corazón, la parte más secreta de cada ser
humano, donde está impresa en nosotros la imagen de Dios.
En
este espacio que escapa al rigor de los conceptos, pero que puede ser penetrado
a través del lenguaje simbólico, Dios habla al hombre y lo invita a responder,
a abrir un diálogo con él (cf. Os 2,16-17).
Y es precisamente en este nivel donde se hace la
elección cotidiana entre un «corazón que escucha» (1 Re 3,9), que lucha
por acoger y hacer fecunda la Palabra de Dios sembrada en él (Mc 4,1-20),
y
un corazón insensible a la Palabra, que acaba cayendo en esa incredulidad que
el Nuevo Testamento define como «dureza de corazón» (Mt 19,8; Mc 10,5;
16,14).
Es evidente que éste es precisamente el terreno en
el que se asienta la lucha espiritual.
Si
en efecto el corazón es el lugar del encuentro íntimo y de la alianza entre
Dios y el hombre, es también la sede de la avidez y de las pasiones fomentadas
por el poder del mal: «de dentro, es decir, del corazón de los
hombres» – dice claramente Jesús – «salen los malos designios»
(Mc 7,21). El corazón se convierte así en el lugar donde se encuentran las
artimañas de Satanás y la acción de la gracia de Dios.
Es
una experiencia común, que la Biblia registra con sencillez: el corazón puede
estar sin inteligencia, incapaz de comprender y discernir (cf. Mc 6,52;
8,17-21); puede cerrarse a la compasión (cf. Mc 3,5), alimentando el rencor y
el odio (cf. Lv 19,17), los celos y la envidia (cf. St 3,14); puede ser engañoso
y “doble” (Santiago 1,8; 4,8), adjetivo que transpone al griego una expresión
hebrea que literalmente suena como “un corazón y un solo corazón” (Sal 12:3).
Además,
es posible extender a todo pecado la síntesis penetrante que hace Jesús acerca
del adulterio: «Quien mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su
corazón» (Mt 5, 28). Sí, antes de ser percibido externamente y
llevarnos por caminos mortales de desemejanza con Dios, cada pecado ya ha sido
consumado en nuestros corazones…
El corazón es pues el lugar de la lucha invisible. Es
allí donde puede comenzar el retorno a Dios, la conversión (cf. Jr 3,10;
29,13), o bien puede sucumbir a la seducción del pecado y a la esclavitud de la
idolatría.
Es
una lucha muy dura esforzarse por tener un «corazón único» (Sal 86,11), capaz
de colaborar a la vida nueva realizada en nosotros por el Padre, mediante la fe
en Cristo muerto y resucitado, en el poder del Espíritu Santo: pero ésta es
precisamente la batalla fundamental a la que el cristiano está llamado.
b) Las armas del combate espiritual
Pero ¿cómo puede un cristiano afrontar el combate espiritual?
La
tradición cristiana ha identificado algunas herramientas, algunas “armas”
particularmente adecuadas para llevar a cabo este combate. Las raíces de esta
reflexión se encuentran en el Nuevo Testamento. En particular, un pasaje tomado
de la exhortación final de la Carta a los Efesios, Ef 6, 10-18, constituye un
verdadero clásico sobre este tema. A partir de aquí podemos reconstruir una
constelación de pasajes escriturales que presentan las armas de las que debemos
dotarnos para afrontar las insidias de Satanás, conscientes de que «el
que combate en el combate no recibe la corona si no ha combatido conforme a las
reglas» (2 Tim 2,5).
Fortaleceos en el Señor y en el poder de su fuerza (Efesios 6,10).
La
parábola paulina se abre con un imperativo que puede significar tanto: «sacad
fuerzas, fortaleceos» como: «sed fortificados». En el combate espiritual
se produce una sinergia entre la acción del hombre y la acción proactiva de
Dios. En otras palabras, el hombre está llamado a preparar todo para que la
gracia del Señor Jesucristo actúe en él, a ceder a la gracia que lo atrae. El
Apóstol lo repite en otro lugar con palabras inequívocas: «Confirmaos en la gracia que es en
Cristo Jesús» (1 Tm 2,1); “Trabajo y lucho según el poder que proviene
de Cristo, el cual actúa poderosamente en mí” (Col 1,29).
Esta
fuerza, este poder –leemos al inicio de la Carta a los Efesios– se manifestó de
modo eminente en la resurrección de Cristo (cf. Ef 1,19-20). Es decir, la lucha
invisible del cristiano se basa en la fe en la resurrección de Jesucristo,
acaecida en el poder del Espíritu Santo, acontecimiento que marcó la victoria
definitiva sobre la muerte y sobre «aquel que tiene el imperio de la muerte, el
diablo» (Hb 2,14). Si en realidad todo pecado es en el fondo un torpe
intento de afrontar el miedo a la muerte, el arma más eficaz en la lucha es
precisamente la fe en la resurrección.
Aclarado
este primer punto esencial, el Apóstol puede continuar:
Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis
estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra
sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los
gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de
maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios,
para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, podáis estar
firmes
(Efesios 6,11-13).
San
Pablo utiliza el lenguaje de la guerra, amonestando a los cristianos a ponerse
la armadura de Dios, es decir, la armadura que Dios prepara y pone a
disposición de quienes se adhieren a Él. En esta imagen podemos reconocer las
influencias de aquellos pasajes del Antiguo Testamento en los que se describe,
con valor metafórico, la armadura con la que Dios mismo se ciñe para luchar
contra los malvados y hacer triunfar su plan de salvación en la tierra (cf. Is
59,17; Sb 5,17-20), o bien la armadura que reserva a su Mesías, la Raíz de Jesé
(cf. Is 11,4-5).
Aún
más interesante es notar que sólo hay otro pasaje del Nuevo Testamento en el
que se atestigua el término “armadura”. En el Evangelio según Lucas, ante los
insultos de sus adversarios que le acusan de «expulsar los demonios en nombre
de Beelzebul, el príncipe de los demonios» (cf. Lc 11,15), Jesús
responde: «Cuando el Fuerte, bien armado, custodia su casa, sus bienes están
seguros; pero si viene alguien más fuerte que él y lo vence, le quita todas las
armas en las que confiaba y reparte el botín» (Lc 11,21-22). Sí, Jesús
es más fuerte que el diablo, que con su fuerza intenta seducir también a los
hombres: sólo en Él y a través de Él, por tanto, es posible luchar contra el
Enemigo y desarmarlo.
El
Apóstol utiliza aquí esta misma imagen, sólo que variando los términos para
definir al Adversario: lo define como un “diablo”, es decir, un
“divisor”. Un poco más tarde hablará de él como el Maligno (Efesios 6,16).
En v. 12, después de haber precisado que la lucha del cristiano no se dirige
contra otros hombres ("carne y sangre"), ofrece una
pintoresca descripción en plural de las fuerzas dominantes del mal y del
pecado: los términos utilizados "designan acumulativamente las fuerzas del
mal que tienden a reconducir al cristiano a su situación prebautismal.
Frente
a estos dominios sutiles, que llegan hasta saturar el aire (cf. Ef 2,2), la primera
actitud que se pide con insistencia al creyente es la de «permanecer» (Ef
6,11.13.14), la de «resistir» (Ef 6,13). Esta firmeza consiste ante todo en
afrontar los ataques del Enemigo, sin huir ante él: en este sentido es nuevamente
ejemplar la conducta de Jesús, que aceptó permanecer cuarenta días en el
desierto, mirando de frente las seducciones de Satanás sin miedo. Quien esté
preparado para este duro trabajo previo, para esta pasividad activa sin la cual
la lucha está perdida desde el principio, puede escuchar la última parte de la
exhortación de San Pablo. En ella el Apóstol enumera uno por uno los que en
otro lugar define en su conjunto como «armas de justicia» (Rm 6,13; 2 Co
6,7), «armas de luz» (Rm 13,12), «armas que reciben su fuerza de Dios»
(2 Co 10,4).

Manteneos, pues, firmes, con la verdad ceñida a la
cintura
(cf. Is 11,5). Me revisto con la coraza de la justicia (cf. Is 59,17). Calzados
y preparados para el Evangelio de la paz (cf. Is 52,7). Tomad
siempre el escudo de la fe (cf. Sb 5,19), con el que podréis apagar todos
los dardos encendidos del Maligno. Tomad también el yelmo de la salvación
(cf. Is 59,17) y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.
Las
diversas armas enumeradas están tomadas precisamente de los pasajes del Antiguo
Testamento. La gran novedad que aporta San Pablo consiste en describir la
armadura del creyente a través de los elementos que habitualmente componen la
armadura de Dios. Sin embargo, esto no debe sorprender al cristiano que tiene
los ojos de su corazón iluminados por la fe: sabe de hecho que él y Dios están
ahora unidos por la misma vida, la vida del hombre Jesucristo. Jesucristo, en
efecto, narración del Dios invisible (cf. Jn 1,18),
- es la
verdad (cf. Jn 14,6; Ef 4,21);
- es la
justicia de Dios (cf. Rm 3,21-22.26; 1 Co 1,30; Flp 3,9), que
justifica a los que creen en Él;
- es el
Evangelio (Mc 8,35; Rm 15,19; 2Cor 2,12; Gal 1,7), la Buena Noticia que trae ‘shalom’,
plenitud de vida a todos los hombres;
- Él es
«el principio y el cumplimiento de nuestra fe» (cf. Hb 12,2), Aquel
en cuya fe firme estamos llamados a dejar nuestra fe siempre vacilante
(cf. Ga 2,20; Ef 3,12);
- Él es nuestra
salvación (cf. 1Ts 5,9; 2Tm 2,10) y nuestra esperanza (cf. 1Tm 1,1), es
decir, aquel en quien esperamos para participar de la salvación por él obtenida
(cf. 1Ts 5,8).
- es la
Palabra de Dios hecha carne (cf. Jn 1,1.14). Una Palabra «viva y eficaz, más
cortante que toda espada de dos filos y capaz de discernir los pensamientos y
las intenciones del corazón (cf. Hb 4, 12). Una palabra que acompaña siempre
el don del Espíritu.
El cristiano está llamado, pues, a «revestirse del
Señor Jesucristo» (cf. Rm 13, 14): ésta es, con diferencia, el arma más eficaz
en la batalla espiritual. Y el terreno en el que puede germinar
el ejercicio permanente de asumir los sentimientos y las acciones de Cristo es
el de la oración, en la que San Pablo termina significativamente su
exhortación:
Orad sin cesar con toda oración y súplica en el
Espíritu, y velad en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos
(Efesios 6,18).
La
oración, que es en sí misma una auténtica lucha (cf. Rm 15,30; Col 4,12), se
define aquí por algunas características muy específicas. Debe ser incesante (cf.
también 1 Ts 5,17), ocurriendo “en todo tiempo”.
No se trata de repetir continuamente fórmulas, sino
de vivir una existencia marcada por lo que los Padres llaman “memoria Dei”, el
recuerdo constante de Dios, es decir, esforzarse por ser siempre conscientes de
su presencia dentro de nosotros.
El Apóstol habla también de la oración “en el
Espíritu”.
De nuevo, ningún protagonismo por parte del cristiano: él está llamado a estar
siempre en “epíclesis”, a dejar que el Espíritu ore en él y transforme su vida
en oración. Y todo esto para alcanzar una comunión cada vez más plena con Dios
y con sus hermanos, los "santos" por los cuales eleva siempre sus
súplicas a Dios.
Y finalmente, la oración está preparada por la gran
virtud de la vigilancia (relacionado también con la oración en Lucas
21,36). La vigilancia, actitud global de tensión interior para discernir la
presencia del Señor y de apertura para dejar espacio dentro de sí a su venida,
coloca al creyente en un estado de lucidez espiritual.
Es
en su raíz la matriz de todas las virtudes cristianas, porque templa al
creyente, haciéndolo persona capaz de resistir, de luchar, de transformar la
energía vital desviada o bloqueada por las pasiones idólatras en energía para
alcanzar el único fin verdadero de la lucha espiritual: el “ágape”, el amor
hacia Dios, hacia todos los hermanos y hacia todas las criaturas.
Conclusión
Jesús
dijo: «Esforzaos a entrar por la puerta estrecha» (Lc 13,24), y Él
mismo nos dio el ejemplo cuando en el Huerto de los Olivos afrontó la lucha, la
agonía decisiva, en la oración (Lc 22,44).
Ante
la elección entre permanecer fiel al Padre, incluso a costa de sufrir una
muerte ignominiosa, o seguir los caminos sugeridos por el diablo, Jesús permaneció
plenamente obediente a la voluntad de Dios, hasta aceptar el arresto sin
cambiar el estilo de mansedumbre y amor que había marcado toda su vida.
Lo
mismo hizo en la cruz, donde, simétricamente a las tentaciones sufridas en el
desierto, escuchó palabras repetidas por hombres similares a las de Satanás:
- “A
otros salvó, sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo de Dios, su Elegido”.
- “Si
eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.
- “¿No
eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros también!” (Lc
23.35.37.39).
Pero
Jesús no quería salvarse a sí mismo. Al contrario, eligió cumplir fielmente la
voluntad de Dios, continuando su conducta en obediencia a Él hasta la muerte,
es decir, amando y sirviendo a Dios y a los hombres: ¡esta fue la causa de la
muerte para Jesús, pero la causa de la vida para todos los hombres! Y es
precisamente en respuesta a esa vida en la que luchó para resistir a las
seducciones de Satanás y permanecer siempre capaz de amar, que el Padre lo
llamó de entre los muertos.
Todo
esto tiene una consecuencia crucial para nosotros: sólo Jesucristo, que vive en cada
uno de nosotros, puede vencer el mal que habita en nosotros, y la lucha
espiritual es precisamente el espacio en el que la vida de Cristo triunfa sobre
el poder del mal, del pecado y de la muerte.
Cada
una de nuestras victorias no es otra cosa que un reflejo de la victoria pascual
de Cristo, que sabe compadecerse de nuestras debilidades, habiendo sido tentado
en todo como nosotros, pero sin cometer pecado (cf. Hb 4,15), y ahora «está
vivo para interceder por nosotros» (Hb 7,25).
Es
a Cristo, pues, a quien podemos invocar con las palabras del salmista: «En mi
lucha, ¡sé tú quien lucha!». (Sal 43,1; 119,154). Es con él y en él que
cada día, incluso en el cansancio de la lucha, podemos dar gracias a Dios
cantando: «Bendito sea el Señor, mi Roca. Él adiestra mis manos para la batalla y mis
dedos para la destreza» (Sal 144,1).
P.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF