domingo, 15 de febrero de 2026

Las tentaciones: dar muerte a dios - San Mateo 4, 1-11 -.

Las tentaciones: dar muerte a dios - San Mateo 4, 1-11 -

No hacer nada, resistir, dejar que las piedras sigan siendo piedras, esperar que el pan se comparta por sentido de fraternidad y no por imposición divina. Resistir la tentación de triunfar, de aparecer y de resolver.

 

De alguna manera, resistir la tentación de ser Dios, de ser Dios tal y como lo imagina el hombre. Jesús, ese día, y todos los días siguientes, decide empezar a dar muerte a Dios. Matar la idea de Dios que habita en el corazón del hombre. Y no lo conseguirá. Todavía no lo ha conseguido.

 

En el desierto, cara a cara con el Tentador, tentación única para mostrar quién es Dios, lucha abierta, vida y muerte en prodigioso duelo, tentación verdadera, ese día, como siempre.  

 

Pero la del Manipulador no es seguramente la voluntad del Padre. Entonces no queda más remedio que decepcionar al hombre, que mostrar que no existe un Dios que transforme las piedras en pan, que no existe un Señor que intervenga para sostener mientras se arriesga la vida, que no existe un Amor que use el poder en nombre del bien.

 

Ese Dios no existe, ese Dios debe ser asesinado, con todos los riesgos que ello conlleva.

 

El primer riesgo de todos será que, sin esta idea, el hombre ya no entienda por qué debe creer en alguna divinidad inútil. No es fácil matar a Dios. Es una elección difícil. Tanto es así que esta idea del Dios Todopoderoso que detiene las guerras y los virus y hace milagros si se le reza sigue resurgiendo sin piedad.


 

La verdadera tentación es saber que matar a ese Dios es y será inútil porque, al final, el hombre siempre lo mantendrá vivo. Lo necesita. Por costumbre, por supervivencia o simplemente por miedo, pero lo necesita, se inclina ante Él y le adora y le sacrifica.

 

Jesús, en cambio, se muestra fracasado, inútil y perdedor a los ojos del mundo, deja pasar el desafío, aprende de alguna manera a ser fiel a ese silencio que seguirá siendo impenetrable y escandaloso incluso en el Calvario.

 

Un Padre mudo, más allá de las nubes, mientras su Hijo, abajo, muere por amor. Un drama sin precedentes. Dios ha muerto, en nombre de la libertad humana. Dios sigue muriendo por la libertad humana.

 

Mientras que la idea de un Dios religioso y poderoso, de un Dios defensor de las tradiciones, o de un Dios fascinante, o de un Dios útil para satisfacer nuestras necesidades, resiste sin piedad. Un Dios que no se rinde al silencio sigue resucitando, renaciendo, obstinado como nuestro miedo.

 

Cada uno tiene su propio Dios a su imagen y semejanza: presbíteros, teólogos, catequistas, santos, tradicionalistas, progresistas, políticos, feligreses, videntes, misioneros y religiosos, tú y yo que estamos leyendo... cada uno tiene su Dios y lo defiende. Jesús, en cambio, intenta matarlo.

 

No sé si el Señor no nos deja caer en la tentación, pero lo que dice el Evangelio es que el desierto, el hambre y el recuerdo del Éxodo no son una desgracia, sino el espacio que el Espíritu elige para Jesús. Una bendición arriesgada.

 

Porque esas tentaciones, las del Evangelio, no son las mías, no son las nuestras, aquí no se trata de la vaga tentación del poder, la banal, la que nos atrapa a todos, aquí hay algo más, algo indecible, aquí está el Hijo que aprende el escandaloso silencio del Padre.

 

El desierto, espacio del hambre. Lugar que nos vuelve salvajes, como leones, cuando el hambre nos devora el cerebro, cuando lo que queda del hombre es un cuerpo amenazado, un cuerpo violento y dispuesto a todo con tal de sobrevivir.

 

Jesús se hace verdaderamente hombre, más aún que en aquella cueva de ángeles y pastores. Aquí Jesús encarna la naturaleza del hombre que tiene hambre, de lo que realmente somos cuando el hambre revela nuestra naturaleza. Aquí Jesús no habla abstractamente de los hombres, sino que se encarna en nuestra naturaleza.

 

Cuando tenemos hambre nos convertimos en leones violentos. Cuando tenemos miedo exigimos intervenciones divinas. Cuando no queremos morir nos inclinamos ante cualquiera para que nos tranquilice.

 

Estas no son nuestras tentaciones, esta página es la descripción más verdadera del hombre. En el desierto, después de cuarenta días, Jesús se adentra en el hombre, Jesús desciende verdaderamente a nuestra naturaleza, nos revela tal y como somos, sin fingimientos, ese es el desierto y allí se le pide que decida: ¿qué tipo de Dios quieres ofrecer a estos leones hambrientos de pan, seguridad y poder?


 

El Tentador y Manipulador no tiene dudas: se necesita un Dios fácil, uno que llene los vacíos, eso es lo que piden, eso es lo que necesitan. Y Jesús lo piensa, siente que de alguna manera es cierto, pero lucha.

 

El Tentador y Manipulador no tiene dudas, el único Dios al que seguirán rezando incluso después de Ti, Jesús, es el que resuelve la vida, el que multiplica los milagros, el que es omnipotente. Jesús lo sabe. Esta es la tentación. Dramática.

 

Pero Jesús elige hacer frente a esa imagen de Dios, la golpea a muerte y seguirá matándola durante tres años, sabiendo muy bien que ese asesinato será su sentencia de muerte. Creo que Jesús es Hijo de Dios precisamente porque al matar al ídolo se condena a la cruz.

 

Aquel día en el desierto no se trata de una cuestión dialéctica entre un Mesías y el Tentador y Manipulador, lo que está en juego es el hombre, es la gran tentación: ¿satisfacer al hombre, prestarse a su banalidad y dejarlo esclavo de sus instintos o aceptar decepcionarlo dando muerte a una determinada idea de Dios?

 

No sé si el Señor no nos deja caer en la tentación, pero sé bien que aquel día las tentaciones eran suyas, eran tan poderosas que solo podían ser suyas. Y que si sigo creyendo en Dios es precisamente por su forma de dar muerte mi idea de Dios, aunque esto me deje siempre en camino e insatisfecho.

 

Creo en el Padre por su ausencia, por su silencio, por haber destrozado las imágenes de Él, incluso y sobre todo las más devotas.

 

Sé bien, cada día más, que creer es caminar hacia el silencio, es matar la imagen divina y consoladora que obstinadamente resucita cada mañana.

 

Sé bien que la tentación es transformar, complacer, demostrar, bajar de la cruz.

 

Sé bien que la verdadera tentación es no fallar, no perder la cara. Ganar. Triunfar. Vencer.

 

Sé muy bien que todavía no soy capaz de morir.

 

Y por todo ello te doy gracias, Señor. Porque Tú habitas en el desierto y mueres derrotado, porque muestras otra imagen y semejanza divinas para el hombre que yo todavía no soy capaz de hacer nacer en mí.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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