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domingo, 19 de abril de 2026

No demasiado rápido.

No demasiado rápido 

Ya estamos otra vez. 

Ya desde el final del funeral del Papa Francisco aparecieron, entre la multitud, manifestaciones y se escucharon cánticos que reclamaban: «santo subito». 

Todos recordamos que las mismas pancartas y los mismos cánticos aparecieron también en la muerte del Papa Juan Pablo II o del Papa Benedicto XVI. 

En el caso del Papa polaco, se puede decir que la Iglesia oficial aceptó la petición y canonizó, a toda prisa, a Juan Pablo II. Digo a toda prisa, teniendo en cuenta los plazos que normalmente se requieren para llegar a la canonización. 

El amor por el Papa Francisco es evidente en algunos de nosotros. Pero no es necesario convertirlo en santo de inmediato. 

El Papa Juan Pablo II murió en 2005, fue declarado beato en 2011 y canonizado en 2014, solo nueve años después de su muerte, junto con el Papa Juan XXIII. Este, sin embargo, había fallecido en 1963 y, por lo tanto, tardó 51 años en subir a los altares. 

Un observador externo, no especialmente versado en asuntos de la Iglesia y la Curia, podría concluir que el P Juan Pablo II fue un santo formidable, mientras que el Papa Juan XXIII fue un santo más o menos: 51 años son realmente unos cuantos años. Conclusión inevitable cuando no se siguen las reglas y las prácticas. 

La petición que se repite dice algo obvio que ya se sabe y se sabe bien: mucha gente, y muchos creyentes en particular, hemos querido al Papa Francisco. Y esa simpatía impulsa esa petición. Sin embargo, ante una petición tan obvia, vale la pena recordar algunas verdades, al menos tan obvias como la petición. 

En primer lugar, se puede amar a un hombre de Iglesia sin que sea santo. Todos recordamos a un presbítero, a un laico, a un pariente… a quien, si dependiera de nosotros, pondríamos inmediatamente en los altares. Pero esa persona amada y admirada como gran creyente no ha acabado en los altares y nunca acabará allí. Esto no impide ni nuestra admiración ni nuestra convicción: ese presbítero, esa persona que conocí y admiré, es un santo. 

Esto, por cierto, no solo se aplica a los creyentes particulares y desconocidos, sino también a ilustres hombres de Iglesia. 

Volviendo al Papa Juan XXIII, durante los más de cincuenta años en los que aún no era santo, multitudes de peregrinos siguieron visitando los lugares de la vida y la muerte del «Papa Bueno», quien, por lo tanto, era considerado universalmente «bueno» incluso antes de ser elevado a la gloria de los altares. Se podrían citar cientos de casos similares. El Papa Francisco los llamó «los santos de la puerta de al lado».

Si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada por dedicar unos años a reflexionar sobre esa historia de santidad. 

Hasta entiendo que detrás del deseo de su declaración como santo no se revele tanto una pasión particular por la santidad sino que más bien se pida que la Iglesia sancione nuestras convicciones, nuestras emociones, nuestros afectos. 

Y, sin embargo, si se piensa que el Papa Francisco es un santo, no se pierde nada si se dedican algunos años a reflexionar sobre esa historia de santidad, para comprenderla más a fondo. De modo que esa figura sea realmente una figura que hable a todos, y no solo a algunos: al fin y al cabo, es mejor una convicción serena de muchos que una pasión ardiente de pocos. 

En otras palabras, es mejor que la Iglesia vuelva a los tiempos de la sabiduría, tiempos largos también a la hora de proclamar a sus santos. Además, ya hay muchos santos (y los Papas de épocas cercanas a nosotros son casi todos santos) y yo no soy más santo solo porque la Iglesia haya proclamado, con toda prisa, a un nuevo santo. Ser santo es posible. Pero no de inmediato. 

«Era un hombre de Dios, pero no es necesario convertirlo en santo»: así se podía resumir el juicio del Cardenal Carlo Maria Martini sobre la santidad del Papa Juan Pablo II, tal y como se desprende de la «declaración» como testigo que figura en las actas del proceso. 

Mutatis mutandis, y de manera análoga, hasta se podría decir del Papa Francisco. 

Yo creo que sobre la conveniencia o no de beatificar y canonizar a los Papas, dado que ya son conocidos y divulgados en cada acto y palabra, habría que contemplar si no es hasta más «provechoso», para la vida de los cristianos, señalar a personas ejemplares que vivieron en el anonimato la santidad. 

Con lo que, en otras palabras, hasta pienso que es mejor elegir a los santos entre la gente común. Porque, así lo creo, estamos llenos - sobresaturados - de causas que atañen a personajes muy conocidos (papas, obispos, presbíteros, mártires, monjas y monjes,…) y me parece más conveniente buscar más bien a los santos desconocidos, por ejemplo y especialmente laicos, es decir, a los miembros del estamento "llano" del Pueblo de Dios, a aquellos del Pueblo Profético, Real y Sacerdotal que son los que constituyen una novedad en la forma de vivir el Evangelio en la vida cotidiana de su condición laical… y que es la mayoritaria. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 14 de abril de 2026

Un corazón pastoral según el Papa Francisco.

Un corazón pastoral según el Papa Francisco

«Cristo tiene nostalgia de quien se aleja»: así se expresaba el Papa Francisco en la catequesis de una audiencia general el 18 de enero de 2023 (https://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2023/documents/20230118-udienza-generale.html), y en el marco del ciclo de catequesis sobre la evangelización y el celo apostólico después del ciclo sobre el discernimiento. 

El Papa Francisco reflexionaba sobre Jesús y su corazón, que no deja que nadie «se las arregle», es decir, que no se olvida de nadie, sino que todos están en su corazón. Para describir esta «pasión de Jesús por el hombre», el Papa Francisco utilizó la imagen del Buen Pastor que «da la vida por sus ovejas» (Jn 10,11). 

En aquella época, ser pastor no era solo un trabajo que requería tiempo y mucho esfuerzo, sino que era una forma de vida: veinticuatro horas al día, estar con el rebaño, llevarlo a pastar, dormir con ellas, cuidar de las más débiles. En pocas palabras, Jesús no hace algo por nosotros, sino que lo da todo, da su vida por nosotros y su corazón es pastoral porque hace de pastor con todos nosotros. 

Este término, pastoral, también indica la acción de la Iglesia, de la comunidad de cristianos que debe confrontarse e imitar, en su acercamiento al mundo y en su acción evangelizadora, el modelo de Jesús, Buen Pastor. 

De ahí la invitación del Papa Francisco a estar con Jesús para descubrir su «corazón de pastor» que late siempre por los que están extraviados, perdidos y alejados: «Cuántas veces nuestra actitud con las personas un poco difíciles se expresa con estas palabras: ‘Es problema suyo, que se las arregle’. Pero Jesús nunca dijo esto, sino que siempre fue al encuentro de todos los marginados, de los pecadores. Se le acusaba de esto, de estar con los pecadores, porque precisamente a ellos les llevaba la salvación de Dios». 

De ahí deriva «el celo de Dios», que no se queda contemplando el redil de las ovejas ni las amenaza para que no se vayan, sino que busca a las que se han escapado o perdido. El Papa Francisco dice: «Jesús siente una nostalgia continua por los que se han ido... no tiene ira ni resentimiento, sino una nostalgia irreductible por nosotros. Jesús tiene nostalgia de nosotros y este es el celo de Dios». 

¿Y nosotros, cristianos, qué podemos y debemos hacer? En las vicisitudes de nuestra vida cotidiana, al encontrarnos con los demás, tenemos una hermosa y gran oportunidad de dar testimonio de la alegría de un Padre que los ama y que nunca los ha olvidado; sin hacer proselitismo porque, dice el Papa Francisco, «hacer proselitismo es una cosa pagana, no es religiosa ni evangélica... Pidamos en la oración la gracia de un corazón pastoral, abierto, que se ponga cerca de todos para llevar el mensaje del Señor y también sentir por cada uno la nostalgia de Cristo». 

Por último, una advertencia para todos y otra para aquellos que tienen la responsabilidad de guiar: «Sin este amor que sufre y arriesga, corremos el riesgo de alimentarnos solo a nosotros mismos, nuestra vida no va... los pastores que son pastores de sí mismos, en lugar de ser pastores de la grey, son peluqueros de ovejas exquisitas». 

Todo lo dicho hasta ahora son imágenes de una Iglesia «hospital de campaña» -tan querida por el Papa Francisco-, que no tiene miedo de mezclarse con los acontecimientos del mundo y del hombre, aunque no sea «del mundo»... ¿Por qué, si no, se encarnó Dios, se hizo hombre? 

Vale la pena leer y reflexionar lo que significa y cómo se educa un corazón pastoral

Un corazón que sufre, un corazón que arriesga. Sufre: sí, Dios sufre por quien se va y, mientras lo llora, lo ama todavía más. El Señor sufre cuando nos distanciamos de su corazón. Sufre por los que no conocen la belleza de su amor y el calor de su abrazo. Pero, en respuesta a este sufrimiento, no se cierra, sino que arriesga: deja las noventa y nueve ovejas que están a salvo y se aventura por la única perdida, haciendo algo arriesgado y también irracional, pero acorde con su corazón pastoral, que tiene nostalgia de los que se han ido. La nostalgia por aquellos que se han ido es continua en Jesús. Y cuando escuchamos que alguien ha dejado la Iglesia ¿qué decimos? “Que se las arregle”. No, Jesús nos enseña la nostalgia por aquellos que se han ido; Jesús no tiene rabia ni resentimiento, sino una irreductible nostalgia por nosotros. Jesús tiene nostalgia de nosotros y esto es el celo de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 22 de octubre de 2025

Una lectura del Papa Francisco después de seis meses de su muerte.

Una lectura del Papa Francisco después de seis meses de su muerte 

Sin duda, el pontificado del Papa Francisco ha sido complejo, tanto por el turbulento momento histórico como por las dificultades que atraviesa la Iglesia. Un pontificado incómodo, una piedra en el camino, a veces motivo de escándalo también para los sumos sacerdotes.

Las diversas polvorientas levantadas por diversas partes durante su pontificado ahora se han depositado en el suelo, para que se pueda leer y comprender el verdadero alcance de su legado. Una tarea que llevará mucho tiempo.

 

Por supuesto, habrá que esperar el trabajo de los historiadores para comprenderlo plenamente. Y sin duda, como en todo pontificado, se encontrarán luces y sombras. En particular, será interesante comprender hasta qué punto el método de iniciar procesos puede haber sido productivo.

 

Pero, incluso a seis meses de distancia de su fallecimiento, hay un aspecto que destaca con especial fuerza para mí: su capacidad de leer los «signos de los tiempos», es decir, las necesidades profundas de los hombres y las sociedades, que ayudan (o deberían ayudar) a redefinir poco a poco tanto la relación entre la Iglesia y el mundo como la reforma continua de la Iglesia.

 

En su continuo llamamiento a volver al Evangelio en la vida de toda la Iglesia, el Papa Francisco ha centrado la atención en su elemento central: la misericordia. Al final del Jubileo (2015-2016) dedicado a ella, firmará solemnemente en la plaza de San Pedro la Carta Apostólica Misericordia et misera:

 

«La misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su propia existencia, que hace manifiesta y tangible la profunda verdad del Evangelio [...] pide ser celebrada y vivida en nuestras comunidades» (n. 1).

 

«El perdón es el signo más visible del amor del Padre […] La misericordia es esta acción concreta del amor que, al perdonar, transforma y cambia la vida» (n. 2).

 

A la dimensión social de la evangelización le dedicó un capítulo completo y articulado de Evangelii gaudium, el documento programático de su pontificado – 2013 -. La conversión pastoral es uno de los procesos iniciados para afrontar la crisis de la Iglesia:

 

«Tanto el anuncio como la experiencia cristiana tienden a promover consecuencias sociales. […] Una fe auténtica —que nunca es cómoda ni individualista— implica siempre un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor tras nuestro paso por la tierra» (nn. 180, 183).

 

Un compromiso que el Papa Francisco ha sido el primero en tratar de mantener con una atención constante y activa, a través de la Limosnería Apostólica, a las periferias, a las situaciones de marginación, a los pobres que «son la carne de Cristo».


Un trágico signo de los tiempos, que se señalará continuamente después de la primera vez en la homilía de la celebración celebrada con motivo del centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial:

 

«También hoy, tras el segundo fracaso de otra guerra mundial, quizá se pueda hablar de una tercera guerra librada «por partes», con crímenes, masacres y destrucciones» - 13 de septiembre de 2014.

 

El cambio de época es la gran categoría utilizada en múltiples discursos y documentos magisteriales para instar a la búsqueda y al cambio, no solo en la Iglesia:

 

«Hoy no vivimos una época de cambio, sino un cambio de época. Las situaciones que vivimos hoy plantean, por tanto, nuevos retos que a veces nos resultan incluso difíciles de comprender. Nuestra época exige que vivamos los problemas como retos y no como obstáculos» - Convención Nacional de Florencia en 2015 -.

 

Un cambio de época que precisará así en la Constitución para las universidades eclesiásticas, Veritatis Gaudium (2017):

 

un «cambio de época, señalado por una «crisis antropológica» y «socioambiental» global […]. Se trata, en definitiva, de «cambiar el modelo de desarrollo global» y «redefinir el progreso»: «el problema es que aún no disponemos de la cultura necesaria para afrontar esta crisis y es necesario construir liderazgos que indiquen caminos» (n. 3).

 

En el centro del mundo islámico, en Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes, ante setecientos representantes religiosos - obispos, rabinos, imanes -, el Papa Francisco firmará con el Gran Imán de la universidad más antigua del mundo árabe (Al-Azhar de El Cairo) el documento Hermandad humana para la paz y la convivencia común (2019). Para combatir los fundamentalismos religiosos y las guerras que estos provocan, es necesario que la humanidad entre en «un arca que pueda surcar los mares tempestuosos del mundo: el arca de la fraternidad humana». Un arca en la que haya libertad religiosa, protección de los lugares de culto, derechos de las mujeres, protección de los menores y de las minorías religiosas, diálogo y justicia, condena del terrorismo y del uso político de la religión...


Setenta años después del Concilio Vaticano II, el ecumenismo y el diálogo interreligioso se han convertido hoy en signos fuertes de los tiempos. Las migraciones y la identidad cada vez más multiétnica y multirreligiosa de las sociedades han sacado el tema de las salas de los especialistas. Con los pueblos también migran las religiones.

 

Para el Papa Francisco, la búsqueda de la unidad de las Iglesias cristianas ha sido «una prioridad para la Iglesia católica» y, para él, «una de las principales preocupaciones cotidianas», por lo que indicará una doble vía de acción.

 

Superada la etapa del intercambio de información para el conocimiento mutuo, ahora es el momento del «intercambio de dones» que el Espíritu ha hecho a las diferentes Iglesias y que puede construir relaciones de amistad. Por ejemplo, el intercambio con las Iglesias ortodoxas puede ayudarnos a comprender la colegialidad y la sinodalidad (EG, 246).


Una segunda directriz se refiere a trabajar y dar testimonio juntos para hablar a la humanidad de los grandes retos a los que se enfrenta: la paz, ante todo; la salvaguarda de la creación; los derechos humanos; la libertad religiosa; las migraciones; la pobreza; las obras de misericordia.

 

Las migraciones son un fenómeno global y persistente al que la Iglesia presta atención desde hace mucho tiempo. El Papa Benedicto XVI ya lo había definido como un «signo de los tiempos» en su Mensaje de la Jornada de las Migraciones del año 2006.

 

El Papa Francisco ha mantenido viva la atención no solo con los mensajes del día dedicado a este tema, sino también con múltiples viajes e iniciativas: nada más ser elegido, el viaje a Lampedusa… Y también las palabras del mensaje «Urbi et orbi» del día de Pascua, pocas horas antes de su muerte: «¡Cuánto desprecio se nutre a veces hacia los más débiles, los marginados, los migrantes!».

 

Los abusos de conciencia, de poder y sexuales más que un signo de los tiempos son una plaga que se ha vuelto purulenta y que ha sido puesta al descubierto por iniciativa de la justicia civil en muchos países. En 2018 se alcanza el punto álgido del escándalo. El Papa Francisco interviene convocando en Roma, durante cuatro días, a los Presidentes de las Conferencias Episcopales y a los Superiores de las Congregaciones Religiosas entre el 21 y el 24 de febrero de 2019. Una especie de formación para ayudar a la Iglesia a superar la «cultura del silencio». A continuación, se adoptan una serie de medidas legislativas que aclaran las responsabilidades y las modalidades de intervención

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Se trata de un proceso iniciado, pero que sigue dolorosamente abierto por la lentitud y los «olvidos» en su aplicación. Es un signo de los tiempos que la Iglesia haya comenzado a hablar abiertamente y haya tratado de abordar un mal que también afecta a muchos otros ámbitos: la familia…


Que la Iglesia siempre necesite ser reformada (semper reformanda) es un signo de los tiempos que atraviesa todas las épocas. El Papa Francisco ha elegido el camino de la sinodalidad para llevar a cabo una profunda renovación, en esencia, una reforma de la Iglesia.

 

«Una de las herencias más valiosas» del Concilio Vaticano II. Un «caminar juntos, laicos, pastores, obispo de Roma» para que la Iglesia pueda afrontar los poderosos retos del tercer milenio.

 

Seis son las sesiones sinodales convocadas por el Papa Francisco para abordar ámbitos en los que la Iglesia se encuentra en dificultades: la familia (dos sesiones), los jóvenes, la Amazonía y la cuestión crucial de la sinodalidad (dos sesiones).

 

Diseñar un modelo de Iglesia sinodal para dar la vuelta a la pirámide, para llevar a cabo la renovación conciliar, para derrotar el clericalismo, para involucrar a todos los bautizados-laicos, para valorar el papel de las mujeres y la centralidad de la conciencia, para dar nueva fuerza a la evangelización.

 

El suyo ha sido un camino complejo, difícil y largo. Seguramente gran parte de todo ello, ¿no será todo?, ha quedado a medio camino.

 

Acabo ya. El Pueblo de Dios, junto con Pedro, debemos recordar la necesidad de escrutar los signos de los tiempos. La reforma de la Iglesia no la hace un Papa solo o abandonado:

 

«No es tarea del Papa ofrecer un análisis detallado y completo de la realidad contemporánea, pero exhorto a todas las comunidades a tener una «capacidad siempre vigilante de estudiar los signos de los tiempos» (Evangelii gaudium, n. 51): nos lo recordaba el Papa Francisco, citando al Papa Pablo VI en Ecclesiam suam (n. 19), una encíclica de 1964.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 8 de octubre de 2025

A propósito del título de “Vicario de Cristo” aplicado al Papa.

A propósito del título de “Vicario de Cristo” aplicado al Papa

El Papa León XIV, en su discurso a los Caballeros de Colón del pasado 6 de octubre de 2025 (https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/october/documents/20251006-cavalieri-colombo.html) empleó el título “Vicario de Cristo” para referirse al Papa: “Quisiera expresar mi profunda gratitud a ustedes, Caballeros de Colón, por su generosidad al hacer posibles estos proyectos. Son un signo visible de su constante devoción al Vicario de Cristo”. 

Era el Anuario Pontificio 2020 del 25 de marzo de aquel año en el que innovaron los títulos del Papa cuando el Papa Francisco aparecía presentado únicamente con el título de “Obispo de Roma”, mientras que los otros siete títulos se colocaban al pie de la página bajo la rúbrica «Títulos históricos» - títulos que señalaban la continuidad de la consideración que la figura del Papa ha tenido a lo largo de los siglos -: 

«Vicario de Jesucristo / Sucesor del Príncipe de los Apóstoles / Sumo Pontífice de la Iglesia Universal / Primado de Italia / Arzobispo y Metropolitano de la Provincia Romana / Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano / Siervo de los Siervos de Dios». 

Para entender aquella novedad sobre los títulos papales había que tener en cuenta una sugerencia de la Comisión Teológica Internacional, tal y como la refiere Yves Congar en el artículo «Títulos dados al Papa», publicado en Concilium 108 (1975) pp. 194-206, en un número todo él dedicado a la renovación de la Iglesia en las postrimerías del siglo XX: 

«La Comisión Teológica Internacional, en su sesión de 1970, recomendó casi por unanimidad evitar títulos que pudieran dar lugar a malentendidos, como por ejemplo Jefe de la Iglesia, Vicario de Cristo, Sumo Pontífice; y recomendó utilizar en su lugar: Papa, Santo Padre, Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, Pastor supremo de la Iglesia». 

La preferencia del Papa Francisco por el título de «Obispo de Roma», y que se remontaba al comienzo de su pontificado, seguramente se podría poner en relación con aquella sugerencia de la Comisión Teológica Internacional. 

De hecho, y para ser más exactos, el título en cuestión, «Vicario de Cristo», tiene dos significados: uno que puede referirse a cualquier Obispo y otro que, partiendo de esa comunión, se ha convertido en exclusivo del Papa. 

En su momento, el Papa Francisco lo aceptó en su primer significado, que lo acercaba a los demás Obispos, pero prefirió no utilizar ese título, aunque sea históricamente significativo, porque en aquel momento parecía sonar como un distanciamiento de la figura papal con respecto a los demás Obispos. 

Esa era otra prueba más de su preferencia por el título de «Obispo de Roma», que precisamente lo acercaba a los demás sucesores de los Apóstoles: primero entre ellos, pero uno de ellos. 

En el texto citado, Yves Congar recordaba que en la Iglesia antigua el título de «Vicario de Cristo» se atribuía a todos los Obispos y documentaba cómo este uso generalizado se mantuvo desde el siglo V hasta el XII, para acabar restringiéndose progresivamente al Obispo de Roma. 

También señalaba cómo el Concilio Vaticano II, en la Constitución Lumen Gentium, recoge el título de «Vicario de Cristo» atribuido a todos los Obispos. 

En concreto, y para esta recuperación del uso antiguo, remite, en particular, al capítulo III de la mencionada Constitución Dogmática: 

1.- «De hecho, la tradición, tal y como se desprende especialmente de los ritos litúrgicos y del uso de la Iglesia tanto de Oriente como de Occidente, muestra claramente que, mediante la imposición de las manos y las palabras de la consagración, se confiere la gracia del Espíritu Santo y se imprime el carácter sagrado, de tal manera que los obispos, de forma eminente y visible, ocupan el lugar del mismo Cristo maestro, pastor y pontífice, y actúan en su nombre» (n. 21); 

2.- «Los obispos gobiernan las Iglesias particulares que les han sido confiadas como vicarios y legados de Cristo, con el consejo, la persuasión, el ejemplo, pero también con la autoridad y la potestad sagrada, de la que, sin embargo, no se sirven sino para edificar a su rebaño en la verdad y la santidad, recordando que el que es más grande debe hacerse como el más pequeño, y el que es jefe, como el que sirve (cf. Lc 22, 26-27). Esta potestad, que ejercen personalmente en nombre de Cristo, es propia, ordinaria e inmediata, aunque su ejercicio esté sometido en última instancia a la autoridad suprema de la Iglesia» (n. 27). 

Al utilizar el título de «Vicario de Cristo» para el Papa, pues, hay que tener en cuenta que, en origen, se aplicaba al Obispo de Roma, ya que se daba a todos los Obispos: y en ese sentido deberíamos entenderlo también hoy. 

Es decir, y en otras palabras, ese título atribuido en exclusiva por el Obispo de Roma diría demasiado. Tal vez, y precisamente para evitar decir demasiado, el Papa Francisco lo colocó entre los «títulos históricos». 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 7 de mayo de 2025

Magisterio de las cosas.

Magisterio de las cosas 

Si es cierto que el estilo con el que Francisco ha elegido ejercer su ministerio ha sido en gran parte tomado del Concilio Vaticano II, entonces no es difícil pensar que una de las características fundamentales de ese concilio fue haber sido ante todo un «acontecimiento lingüístico». 

Esta definición, que debemos en gran parte a teólogos estadounidenses (estadounidenses y canadienses, como O'Malley y Routhier), puede utilizarse, mutatis mutandis, también para el pontificado del Papa Francisco: desde Evangelii Gaudium hasta Desiderio Desideravi, que abarca casi una década, hemos leído una serie de documentos en los que no era raro, al menos en los pasajes más audaces, una audacia expresiva y una imaginación teológica de nuevo cuño. 

Debemos preguntarnos de dónde viene este «uso de las palabras», que cambia la experiencia, y qué impacto ha tenido y puede tener en el futuro en la relación con las «cosas». Podemos preguntarnos cómo se sitúa en la enseñanza del Papa Francisco la relación entre las palabras y las cosas. 

El acontecimiento que hemos vivido con el Papa «tomado del fin del mundo» se materializó inmediatamente en el lenguaje del saludo, del vestido, de la bendición, de la oración, del tono de voz, de los gestos de las manos: un comienzo de pocos minutos que fue una especie de declaración de intenciones. 

Un uso libre del lenguaje verbal y no verbal ha caracterizado todo el pontificado, desde el principio hasta el final, desde la forma de comenzar hasta la forma de concluir y despedirse. El «léxico del Papa Francisco» se nutrió abundantemente del lenguaje común, de «neologismos» tomados del habla popular, de exégesis originales de la Escritura, de interferencias estructurales entre expresiones de la literatura, el cine, el arte y la palabra del magisterio. 

Esto ha permitido, al menos en los momentos más altos de la expresión magisterial de estos doce años, elaborar «expresiones doctrinales» caracterizadas por una gran novedad, audacia y claridad inesperada: basta pensar en algunas formulaciones doctrinales que se encuentran en Evangelii Gaudium, en Amoris Laetitia, en Laudato sí, en Veritatis Gaudium, en Desiderio Desideravi. 

El léxico del Papa Francisco ha tenido dificultades para convertirse en canon eclesial. Aquí la similitud entre el Papa Francisco y el Concilio Vaticano II es fuerte. 

Así como el Concilio influyó profundamente en el léxico, pero influyó en menor medida en el canon eclesial, lo mismo podemos decir del magisterio del Papa Francisco. Utilizar la expresión «salida de la autorreferencialidad» se ha convertido en algo nuevo y fácil para casi todos. Pero entrar en procedimientos y prácticas no autorreferenciales sigue siendo algo bastante raro y, sin duda, más difícil. 

Este lado «realista» del papado de Francisco se revela con cierta evidencia ante su sucesor. Cómo convertir en «cosas» las palabras del Papa Francisco es el gran desafío del papado y del cuerpo eclesial. 

Probablemente esto implica una «mutación» que el Concilio Vaticano II y el Papa Francisco solo han inaugurado. Es la mutación del magisterio negativo al magisterio positivo. 

El punto delicado es este: el Concilio Vaticano II y, más evidentemente, el papado de Francisco ha jugado solo en el plano del «magisterio positivo». La elección ha sido renunciar al «magisterio negativo», es decir, a un magisterio hecho de «proposiciones de condena». 

Sin embargo, si el magisterio pasa de negativo a positivo, cambia la forma de situarse con respecto a la historia. Ya no basta con «condenar el error» para estar en la verdad. Es necesario decir las cosas y hacerlas de una manera nueva, algo que hemos comenzado a experimentar desde 1962. 

Antes, las cosas estaban realmente organizadas de otra manera. En el aprendizaje de una nueva forma de situarse en relación con la verdad, cambia radicalmente la función del magisterio. Este no debe perseguir todos los temas, sino reconocer una autoridad plural dentro de la Iglesia. Esta es una forma de entender la «sociedad abierta» que no puede basarse únicamente en «eslóganes», sino que debe adoptar la forma de «procedimientos». 

Para que se me entienda, pondré un ejemplo. Si un papa afirma «¿quién soy yo para juzgar?», pero no cambia una proposición doctrinal que juzga de manera clara precisamente el objeto del que se habla, se crea una tensión insuperable entre dos instancias que caen en contradicción. 

El espacio de mediación entre la ley universal y la aplicación particular (que llamamos discernimiento) puede ser una solución frecuente, pero no puede excluir, sino que a veces exige, que se realice no solo una traducción de la disciplina, sino también un replanteamiento y una traducción de la doctrina. Considerar intocable toda proposición doctrinal es una forma ideológica de fidelidad a la tradición. 

Una solución más adecuada de los «sujetos magisteriales», que caracteriza la tradición eclesial, es una tarea en cuya definición trabaja la Iglesia desde hace más de 60 años. El Papa Francisco ha introducido elementos nuevos e importantes, de los que ya no podremos prescindir. 

Pero se ha mantenido muy fiel a una doble convicción: que la verdadera conversión es de los corazones y no de las estructuras; y que la diferencia entre doctrina y disciplina puede seguir funcionando tal y como la hemos recibido del pasado. 

El legado que nos dejan sus palabras llenas de profecía nos entrega una «labor sobre las cosas» que exige una sabia labor de traducción: las formas institucionales se convierten en mediaciones delicadas y decisivas, para que el nuevo léxico tome forma de cosas, de procedimientos, de evidencias, de reconocimientos. 

Un trabajo disciplinario sin una elaboración doctrinal actualizada no puede tener éxito. Haber sacado a la luz esta tensión ha sido un gran mérito histórico del pontificado de Francisco. Emprender su superación, poniendo las palabras en las cosas en el plano estructural e institucional, podrá ser la preocupación y el munus de su sucesor. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 3 de mayo de 2025

La simplicidad desarmante del Evangelio.

La simplicidad desarmante del Evangelio 

Entre las muchas acusaciones que se le han hecho al Papa Francisco, también está la – y no la menor – de relativizar el cristianismo. Y es cierto que Él ha sido partidario de una relativización; pero sana y santa, buena y justa, porque no era la relativización de lo indistinto (en el sentido de que todo es igual), sino la de las cosas del mundo con respecto a lo absoluto (típica de la espiritualidad jesuita). 

Ya en su exhortación apostólica programática Evangelii gaudium afirmaba que las verdades se disponen en un orden de mayor o menor importancia con respecto al corazón del mensaje cristiano y que deben referirse a este. Y el anuncio debe centrarse ante todo en lo que parece «esencial, en lo que es más bello, más grande, más atractivo y, al mismo tiempo, más necesario» (n. 35). 

Y no solo hay una relativización de las verdades con respecto a lo esencial. También hay una relativización de cada una de ellas, por grande que sea, en el momento histórico, porque las verdades siempre se declinan «en situación», ya que siempre se relacionan con el ser humano de un momento y un espacio determinados. 

La relativización de lo esencial —decía el Papa— vale «tanto para los dogmas de la fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, incluida la enseñanza moral» (n. 36). Y, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, establecía como criterio universal de lo esencial la misericordia, que se expresa en la buena nueva, donde «todas las virtudes están al servicio de esta respuesta de amor», que es, según el código olfativo tan querido por el papa Francisco, el «perfume del Evangelio» (n. 39). 

Sobre esa base debemos medir también las diversas devociones eclesiásticas que, aunque útiles y fecundas en el pasado, ya no tienen la misma cercanía al centro de la buena nueva: «No tengamos miedo de revisarlas», exclamaba el Papa (n. 43). 

Dentro de la misericordia se sitúa la opción por los pobres, que está, por tanto, en el corazón del mensaje y, por ello, se revela resistente a la relativización: «Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio» (n. 48). 

Tan fuerte ha sido la convicción del Papa al respecto que no dudaba en desautorizar incluso una actitud hermenéutica que relativiza la obligación radical de cuidar de los pobres. El texto de los Evangelios le parecía un mensaje tan claro, tan directo, tan sencillo y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. La reflexión de la Iglesia sobre estos textos no debe oscurecer ni debilitar su significado exhortativo, sino más bien ayudar a hacerlos propios con valentía y fervor. ¿Por qué complicar lo que es tan sencillo? 

Los aparatos conceptuales existen para facilitar el contacto con la realidad que se quiere explicar y no para alejarnos de ella. Esto vale sobre todo para las exhortaciones bíblicas que invitan con tanta determinación al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia hacia los pobres. Jesús nos ha indicado este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos. ¿Por qué oscurecer lo que es tan claro? ¿Por qué nos preocupamos solo por no caer en errores doctrinales y no también por ser más fieles a este camino luminoso de vida y sabiduría? 

El Papa, naturalmente, era consciente de que también el texto bíblico debe leerse normalmente según los criterios interpretativos que lo median continuamente, lo relacionan con su tiempo y con el tiempo del lector, con la complejidad perenne del ser humano, pero veía que a veces también es necesario establecer jerarquías interpretativas: y por eso prefería exponerse a la acusación de fundamentalismo con tal de preservar textos que para Él eran fundamentales, que debían leerse y vivirse tal como son, «sine glossa», «sin comentarios» (n. 271). 

Esto se debe a que la misericordia hacia los pobres era evidentemente para el Papa un enunciable (es decir, una forma de expresar la fe) que coincide con la res, es decir, con el objeto mismo del acto del creyente. Como lo era para San Francisco de Asís en sus tres puntos fundamentales ineludibles: amor fraternal, espíritu de pobreza, amor a la Iglesia. 

Por un lado, la pobreza, en cuanto estado determinado históricamente por la avaricia de los ricos, es una condición que debe ser eliminada como un pecado social (n. 59), y en esto puede asumir una forma expresiva particular; pero, por otro lado, es una bienaventuranza y, como tal, debe conceder al pobre el primer lugar como interlocutor de la Iglesia, mientras que una práctica eclesiástica habitual tiende a valerse de consejeros influyentes y poderosos, como si la mirada sobre las cosas de la excelencia mundana fuera más verdadera y realista que la del pobre. 

La pobreza se convierte así en un valor según los cánones de la antropología sobrenatural, la que se expresa en el espíritu de las bienaventuranzas, donde la utopía de «bienaventurados los pobres» prevalece sobre el realismo del buen uso de la riqueza, porque recrea en la historia las condiciones de la igualdad inicial y final de la creación. 

Aquí el Papa se convertía verdaderamente en aquel San Francisco de Asís de quien tomó su nombre. Y creo que hay lamentar que la elección de la pobreza haya sido y siga siendo eludida incluso por los hombres de la Iglesia mediante un cambio de nombre, gracias al cual lo que es «avidez» se convierte en «discreción» o «previsión» (cálculo racional y preocupación por el futuro), transformando, mediante la mediación hermenéutica y lingüística, una virtud en un vicio o, si se prefiere, un vicio en una virtud. 

En la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, el Papa Francisco no temía siquiera relanzar una economía controlada por la institución política (el Estado: nn. 56; 202), en contraposición a una economía de mercado que se ha convertido en cultura del «descarte». Donde «los excluidos ya ni siquiera son los «explotados»» (es decir, ya ni siquiera tienen la dignidad de adversarios sociales, como en los cánones de la oposición ideológica marxista), «sino «desechos», «restos»» (n. 53), es decir, residuos pasivos finales de un proceso deshumanizador del que son objetos irrecuperables. 

Después de un Papa como San Juan Pablo II, que desmoronó la inhumanidad inherente a la ideología marxista y al marxismo histórico en lo que implicaba de materialista, de odio clasista y de absolutización estatista despersonalizadora, llegó un Papa, Francisco, que conocía bien los arbitrios de la riqueza inherente a la ideología liberal, con lo que ello conlleva de énfasis individualista, prepotencia y materialismo práctico. 

Pero el Papa Francisco no se ha limitado a la llamada espiritual (por frecuente y necesaria que sea también en nuestras declaraciones, predicaciones). No ignoraba que es difícil, casi imposible hoy en día, en una sociedad organizada en sistemas políticos de convivencia tan formalizados y rígidamente estructurados, practicar la pobreza radical, sobre todo mediante gestos aislados e individuales, que resultarían ineficaces. Precisamente por eso, a menudo apelaba a la intervención de una comunidad y de un pueblo. 

Y aquí volvía a ser discípulo de San Ignacio de Loyola, maestro de los misioneros sudamericanos que amaban las estructuras sociales, con el añadido de la prudencia moderna ante el riesgo del integrismo. Las estructuras tienen una tarea fundamental, ya que, al buscar la promoción de nuevos recursos para combatir la pobreza, pueden y deben llevarnos a practicar la opción preferencial por los pobres, no por la vía de los llamamientos espiritualistas o moralistas sino por la de los proyectos políticos vinculantes, inspirados en la solidaridad y la equidad, es decir, según el criterio de la proporcionalidad entre tener y dar, en el sentido de que quien más tiene, más debe dar. 

Y es en primer lugar la Iglesia de Cristo la que debe ser la primera en disponerse en esta dirección, sin acomodarse en un moderantismo equívoco, justificado con el falso nombre de paz social, o en un espiritualismo devoto, disfrazado de cuidado del ser humano, que merece una atención mucho más global. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 2 de mayo de 2025

Francisco: el Papa de la esperanza.

Francisco: el Papa de la esperanza

La tormenta comenzó al día siguiente de la celebración del Jubileo del año 2000. El escándalo de los abusos sexuales cometidos por presbíteros católicos había partido de Estados Unidos y desde allí se había extendido un poco por todas partes, desde Australia hasta Alemania. 

Teólogo excelente, el Papa Benedicto XVI era consciente de la gravedad de una situación que Él mismo había denunciado, pero también del hecho de que, ingravescente aetate -tenía entonces 85 años-, no tendría la energía necesaria para hacer frente a esta y otras emergencias que afectaban a la Iglesia. 

Mucho se ha escrito sobre el alcance de ese gesto. Al renunciar al pontificado, Benedicto XVI no bajaba de la cruz, como se le reprochaba injustamente, sino que confiaba a la providencia el destino del Pueblo santo de Dios. Utilizando el lenguaje de su sucesor mediante la renuncia, Benedicto XVI optó por iniciar procesos, en lugar de ocupar espacios. 

Esta fórmula, junto con otras imágenes elocuentes del pontificado del Papa Francisco sobre la «Iglesia en salida», conduce a la segunda dimensión a la que aludía, es decir, la dimensión de la esperanza. 

No puede dejar de impresionar el hecho de que la muerte del Papa Francisco haya tenido lugar durante un Jubileo puesto bajo el signo de la esperanza. No puede dejar de impresionar, añado, por el hecho de que haya ocurrido el Lunes de Pascua, el día en que se celebra la necesidad y el escándalo de la esperanza más increíble: la resurrección de la carne, el triunfo del cuerpo glorioso, la vida eterna como acontecimiento concreto y decisivo. 

Desde los primeros días de su pontificado, caracterizados por compartir el sueño de «una Iglesia pobre y para los pobres», el Papa Francisco había alimentado la expectativa de un cambio que hoy, doce años después, solo podemos considerar parcialmente realizado. Pero el objetivo del Papa nunca ha sido obtener resultados inmediatos. Él mismo recordó que se necesita medio siglo para que las decisiones de un concilio ecuménico se apliquen. A fin de cuentas, ese era el intervalo que separaba su elección (13 de marzo de 2013) del cierre de los trabajos del Concilio Vaticano II (8 de diciembre de 1965), en cuyo espíritu, y también en la letra, siempre se ha inspirado su magisterio. 

Desde este punto de vista, basta recordar la similitud que une uno de los documentos fundamentales del Concilio, la constitución pastoral Gaudium et spes (1965), y la exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), considerada con razón el programa inspirador del pontificado del Papa Francisco. En ambos títulos aparece la palabra gaudium, «alegría», y al menos implícita está la referencia a la esperanza, spes. 

El «alcance teológico» de las enseñanzas del Papa Francisco ha sido a menudo objeto de debate. Junto a los documentos oficiales, se ha concedido gran importancia a intervenciones de carácter más informal, desde numerosas entrevistas, también televisivas, y recopilaciones de conversaciones hasta el relato autobiográfico.   

Esta exuberancia mediática ha sido un rasgo característico del Papa Francisco y, no por casualidad, se ha expresado de manera particularmente feliz en el diálogo con los jóvenes y en el uso del peculiar castellano de Buenos Aires, el porteño, del que deriva, por ejemplo, la expresión idiomática primerear, utilizada por el Papa para aludir a la solicitud original de Dios hacia el ser humano. 

El llamamiento a hacer ruido y la repetición intencionada de ese todos, todos, todos con el que, durante la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Lisboa en 2023, quiso reafirmar el alcance universal de la vocación a la salvación son solo los episodios más comentados de una estrategia comunicativa mucho más meditada de lo que se ha querido creer. 

Al adoptar el sencillo nombre de Francisco, el jesuita Jorge Mario Bergoglio no había renunciado a la complejidad de la tradición ignaciana. Al contrario, había logrado proponer una síntesis convincente y, en cierto modo, irrepetible. Una de las expresiones típicas del Papa, que asimila a la Iglesia a «un hospital de campaña», tiene su origen preciso en una meditación de los Ejercicios espirituales, concretamente en la de las «dos banderas», en la que San Ignacio de Loyola describe el dilema interior en términos de una campaña militar. 

Revertir el pontificado del Papa Francisco a su matriz espiritual puede parecer una operación incluso reductiva con respecto a las interpretaciones corrientes, centradas metódicamente en el perfil social y político, si no revolucionario, del magisterio del Papa Francisco. Ahora bien, no cabe duda de que las encíclicas Laudato si’ de 2015, y Fratelli tutti de 2020, han tenido una gran repercusión por la forma en que abordaban, respectivamente, la emergencia climática y medioambiental y la necesidad de un nuevo equilibrio internacional basado en criterios de colaboración y respeto. 

Del mismo modo, la iniciativa La Economía de Francisco ha dado un impulso decisivo al replanteamiento de la lógica económica y financiera, mientras que la propuesta del Pacto Mundial sobre la Educación ha recordado con fuerza la urgencia de invertir en la educación como instrumento de democracia y progreso. 

Sin embargo, sería injusto minimizar la importancia de las otras dos encíclicas del Papa Francisco, la primera de las cuales, Lumen fidei, de 2013, se basaba en los materiales preparatorios elaborados por Benedicto XVI. La otra, fechada en octubre de 2024, es Dilexit nos y es quizás la declaración teológico-doctrinal más completa de todo el pontificado. 

Centrándose en el «amor humano y divino del corazón de Jesucristo», el Papa Francisco apelaba a una consolidada tradición de piedad popular, relacionada precisamente con la devoción al Sagrado Corazón, pero al mismo tiempo la devolvía a la lógica global de la Encarnación y, por extensión, de la antropología cristiana: «El núcleo de todo ser humano, su centro más íntimo —se lee en el n.º 21—, no es el núcleo del alma, sino de toda la persona en su identidad única, que es alma y cuerpo. Todo está unificado en el corazón, que puede ser la sede del amor con todos sus componentes espirituales, psíquicos y también físicos. En definitiva, si en él reina el amor, la persona alcanza su identidad plena y luminosa, porque todo ser humano ha sido creado ante todo para el amor, está hecho en lo más profundo de su ser para amar y ser amado». 

Como es sabido, las cuestiones relativas a la moral sexual —entre las que destacan la admisión de las personas divorciadas y vueltas a casar a la práctica de la Eucaristía, el celibato de los ministros ordenados y la admisión de candidatos homosexuales en los seminarios— han ocupado un amplio espacio en el debate público. 

Del Sínodo para la Amazonía de 2019 y del Sínodo sobre la sinodalidad del cuatrienio 2021-2024 se esperaban decisiones e innovaciones que, sin embargo, no se han producido. No obstante, han surgido con claridad indicaciones de orientación que adquieren un valor casi vinculante en la perspectiva de «iniciar procesos». A algunos podría parecer insuficiente, pero para un juicio más detallado conviene retomar las dos categorías evocadas al principio. 

Francisco, Papa de la esperanza, ha guiado a la Iglesia en la tormenta del «cambio de época», enfrentándose a retos impensables, incluidos los que plantean el resurgimiento de conflictos latentes y el drama de las migraciones, con la consiguiente denuncia de la «globalización de la indiferencia» y de la «cultura del descarte» como causas principales de toda opresión y desigualdad. 

«La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo», escribía Francisco en 2015 en la Bula de Convocatoria del Jubileo de la Misericordia. «De este amor, que llega hasta el perdón y el don de sí mismo, la Iglesia se hace servidora y mediadora ante los hombres. Por eso, donde está la Iglesia, allí debe ser evidente la misericordia del Padre». 

Apasionado lector de Los novios y amigo de Jorge Luis Borges, el primer Papa originario de América Latina fue un narrador formidable, capaz de fascinar con sus palabras y sus gestos a un mundo ya poco acostumbrado a la grandiosidad de la epopeya. 

Incluso cuando hablaba de literatura, como en su carta divulgada en el verano de 2024, el Papa Francisco no renunciaba a insistir en el vínculo originario entre amar y saber, entre cultura y política, entre humanidad y fe: «El lector —subrayaba— no es el destinatario de un mensaje edificante, sino una persona a la que se insta activamente a adentrarse en un terreno poco estable donde los límites entre la salvación y la perdición no están definidos ni separados a priori. El acto de leer es, por tanto, como un acto de «discernimiento», gracias al cual el lector se implica en primera persona como «sujeto» de la lectura y, al mismo tiempo, como «objeto» de lo que lee». 

No hace falta añadir que «discernimiento» es una palabra ignaciana por excelencia. Y que San Francisco de Asís fue un gran poeta. No está de más decir que ambos, discernimiento y poesía, son un arte. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...