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domingo, 27 de julio de 2025

El Padrenuestro de Jesús: pasar de rezar a orar y aprender a tutear a Dios.

El Padrenuestro de Jesús: pasar de rezar a orar y aprender a tutear a Dios 

Jesús estaba en un lugar orando, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos». 

Lo primero es la soledad, Jesús oraba solo. Los discípulos se mantenían a distancia y esperaban, esperaban a que terminara. No podían acercarse. La oración era, y es, ante todo, un asunto de encuentro personal. 

Cuando uno de los Doce le pidió: «Enséñanos a orar», lo que ese discípulo le estaba pidiendo al Maestro, sin comprenderlo, era que le enseñara el valor de estar solo ante el Señor. Un cuerpo a cuerpo. Rezar es muy difícil porque significa dejarlo todo y empezar la lucha con lo Absoluto. Y a menudo parece que no pasa nada, como intentar agarrar el vacío. A veces, la lucha se disuelve en un abrazo. 

Cuando recéis, decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan de cada día, y perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben, y no nos dejes caer en la tentación». 

La segunda cosa es la esencialidad. Más aún, la miseria de pocas palabras. Padre, solo Padre, ni siquiera «nuestro» y tal vez ni siquiera «mío», solo Padre. Padre, un nombre que parece un clavo clavado en la madera al que colgar solo lo indispensable. Un Padre que no está en los cielos, que no está situado en ningún lugar concreto, pero que solo pide ser santificado y que nosotros estemos dispuestos a que se haga su Reino. Punto.   

Una oración, la que recoge el evangelista Lucas, que ni siquiera nos permite ilusionarnos de ser capaces de hacer su voluntad, esta parte no está. Una oración despojada de espacio, ha desaparecido el cielo y también la tierra. Pero el pan sí, eso hay que pedirlo, eso es necesario, es esencial, vital. Así que me pregunto si mi espiritualidad, tan llena de palabras e ideas, sigue teniendo la urgencia del pan. 

Y luego, quizá, perdona también nuestros pecados y ayúdanos a perdonar a los demás. Eso es todo. Para terminar la súplica: no nos dejes a merced de las tentaciones. 

¿Demasiado poco? 

Me gusta esta franqueza. Todo reducido a lo esencial. Lo que puedo hacer solo lo puedo hacer en mi propia historia, luego quizá pensemos en las guerras del mundo, nos escandalicemos por la crueldad en Palestina, expongamos banderas y hagamos marchas por la paz y enviemos vídeos para compartir, para implorar el fin de la guerra, todo muy bien, pero antes, antes, si cojo esta página del Evangelio, me dan ganas de mirar el territorio horrible que soy yo. 

Mi violencia, mi incapacidad para comunicarme, mi ira por tonterías. Si entro en esta página y me pongo realmente manos a la obra con las cosas más básicas, no me siento mucho mejor que quien mata a un inocente. Y, en cualquier caso, se me quitan las ganas de multiplicar gestos que no me cuestan nada y que, en el fondo, me hacen pasar por una persona buena, justa, correcta, sensible e informada. 

Ni siquiera me atrevo a pensar en lo que haría si me mataran a un hijo. Lo único que puedo hacer es depositar mi maldad en el Huerto de los Olivos de mi oración secreta, en la mirada de Dios. Solo allí. 

¿Y luego? 

Que yo sepa construir un pedacito microscópico del Reino aquí, en este lugar inútil en el que vivo, y que santifique en mí su nombre, aquí y ahora, en este poco que vivo, con mis medios pobres e insuficientes, con mi miseria, con mi inutilidad. 


Luego les dijo: «Si uno de vosotros tiene un amigo y a medianoche va a su casa y le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje un amigo mío y no tengo nada que ofrecerle”; y el que está dentro le responde: “No me molestes, la puerta ya está cerrada, mis hijos y yo estamos acostados, no puedo levantarme para darte los panes”, os digo que, aunque no se levante a dárselos porque es su amigo, al menos por su insistencia se levantará para darle los que necesite.

Tercera cosa: Jesús nos propone un Dios al que pedir. Pedir descaradamente. Un amigo al que molestar, un amigo que ni siquiera es bueno, pero que nos responderá solo por agotamiento. Siento mucha ironía en Jesús. Como si hablara de mí. Como si quisiera ensuciar aún más la oración, hacerla revolotear entre mis miserias. Como si me pidiera que no puliera las fórmulas, sino que llevara la vida real, la que nos pesa, la que no es en absoluto perfecto. 

Así que me encuentro preguntándome cuáles son las necesidades decepcionantes que llevo en mi corazón. No las cosas políticamente correctas que leemos en los folletos impresos de la Misa dominical, no la paz en el mundo y la lucha contra el cambio climático, sino aquellas cosas que me hieren de cerca. Una pelea con el vecino, la incomprensión con los amigos, el miedo a no estar a la altura, los errores que estoy cometiendo en el ámbito profesional, las veces que me pierdo en mis pensamientos inútiles, las presunciones de verdad, la cantidad astronómica de excusas que me doy a mí mismo para no tomar las riendas de mi vida con franqueza. 

He aquí, leo esta página del Evangelio y me parece que Jesús me golpea contra mi vida, tal y como es, con la espalda contra la pared, contra mi banalidad. Luego, tal vez pensamos en la paz en el mundo. O, mejor aún, en esta gran conexión de la Creación, la verdad sobre mí mismo, sobre esta mínima parte del todo, reverbera luego luz sobre todas las cosas. Ciertamente, se necesita conversión, y es una lucha muy dura que solo se puede librar personalmente. Por mí y por toda la Creación. 

Pues bien, yo os digo: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abre. 

Cuarta cosa: pedir, buscar y llamar. Y mientras escucho, me doy cuenta de que mi oración se ha vuelto cada vez más burguesa, refinada pero esencialmente vacía, elegante y exageradamente correcta. Anémica porque rica en sí misma. El pobre pide, el pobre busca, el pobre llama. No hay escapatoria, no me está pidiendo que escuche, que me deje encontrar o que esté dispuesto a abrir la puerta de mi casa, no me está pidiendo que sea bueno, eso es cosa de quienes están dispuestos a dar respuestas y ofrecer servicios, eso es cosa de ricos, Jesús me está suplicando que siga teniendo hambre. Me está preguntando si sigo teniendo frío, si sigo teniendo miedo... y si no lo tengo, es imposible rezar. 

¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide un pescado, le da una serpiente en lugar del pescado? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!». 

Quinta cosa: soy malo. En la oración podemos decirlo, Dios y yo podemos confesárnoslo. Sin fingir, al menos aquí. La oración saca a relucir mi maldad. Pero también revela la paradoja del Padre que me pide que reconozca que siempre me ha dado cosas buenas, incluso aquellas que yo veía como serpientes o escorpiones. 

Quizás la oración sea todo esto, bajar todo al nivel del suelo, dejarse encontrar allí. Sin engañarse a uno mismo creyendo que es bueno. Dejar que Dios se revuelque conmigo en mi barro. Sin tapujos. Salvándome. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El «nosotros» del Padrenuestro.

El «nosotros» del Padrenuestro 

El Evangelio nos invita a tomar una postura extraña y necesaria: estar en medio. En medio del conflicto. Es la posición del intercesor como mediador. En el corazón del Evangelio, la oración es una voz que no calla, es el paso que no retrocede ante la injusticia, sino que espera a Dios para entrar en su justicia. 

Pedir, buscar, llamar: tres verbos que nos arrancan de la indiferencia. Exponerse. Moverse. Reconocer que solos no se entra. Si esta es la petición, rezar es entrar en relación con Dios, con los demás, con nosotros mismos. 

No rezamos para obtener algo, sino para convertirnos en lo que pedimos. Es el valor de ponerse en medio, entre Dios y la humanidad, entre la justicia y la misericordia, entre la culpa y la redención. Rezar es interceder. E interceder es mantener unido lo que el miedo querría separar. 

Jesús nos enseña el «Padrenuestro», pero dentro de esta invocación hay un «nosotros» que nos involucra: no puedo pedir pan solo para mí, perdón solo para mí, salvación solo para mí. La oración auténtica es intercesión, es voz que se hace cargo también del otro, es justicia que se mancha de misericordia. 

Abraham lo hace. Con una audacia gentil, no manipula a Dios, sino que lo busca. Negocia con Dios para salvar Sodoma. No justifica el mal, pero no abandona a quien lo comete. Quiere creer que cada ciudad, incluso la más corrupta, tiene en su interior una chispa de bondad desde la que partir. 

Nosotros también estamos en medio. Entre el grito de dolor de las víctimas y la culpa de quienes han infligido el golpe. Entre nuestra demanda de justicia y nuestra necesidad de perdón. Entre un Dios que queremos puro y una vida marcada por las contradicciones. 

Abraham nos enseña una justicia que no se conforma con salvarse a sí misma. Como todo verdadero mediador, se hace equi-próximo a ambas partes. No toma partido para ganar, sino que abre un espacio en el que ambos pueden expresarse. No se convierte en tribunal del mundo, sino en una presencia que se sitúa en medio. Y allí donde todos lanzan sentencias, suspende el juicio, escucha y da voz a quienes no la tienen. 

La oración del cristiano no separa, sino que une. No busca absolverse a sí misma para condenar a otros, ni condena a otros para salvarse a sí misma. Está arraigada en la fe de Jesús, que en el Padre no ve un juez que divide el mundo en buenos y malos, sino un corazón que espera, que no excluye. Es una fe que está en medio, entre la ruina y la gracia. No busca su propio beneficio, sino que se consume por la salvación del otro. 

¿Puedes prestar tu voz para interceder por el mundo? No se te pide que lo entiendas todo, sino que lleves ante Dios la vida del otro, incluso cuando te ha decepcionado, te ha herido, te parece imperdonable. Como Moisés en el Sinaí, que se atreve a decir: «Si tú, Dios, los destruyes, no cuentes más conmigo. Yo me quedaré de su parte». Como Jesús en el Gólgota, que no levanta el dedo para acusar, sino que eleva el corazón en un grito extremo que atraviesa las nubes: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». 

Hay otra lección de humanidad en Abraham: la intercesión es también un arte del encuentro. En la cultura oriental, la negociación es parte del respeto: no se regatea para engañar, sino para reconocer el valor del otro. Abraham nos muestra que Dios no se molesta por su insistencia, no se ofende por la audacia. Es precisamente ahí, en la tenacidad de quien relanza, donde se abre un paso. Quien relanza, quien insiste, dice: «tú cuentas para mí». 

Así, Abraham negocia con Dios, pero en realidad está diciendo: «Señor, sé que tu corazón es más grande que mi miedo. Déjame estar contigo, ahí en medio, hasta que encontremos una brecha para salvar». 

Se necesitan hombres y mujeres que permanecen en medio por amor a los demás. Se necesitan hombres y mujeres que no cierren las puertas. Que tengan el valor de decirle a Dios: «¿Y si solo faltaran cinco?». Que sepan negociar, no para obtener más, sino para salvar también al último. Y esta es hoy nuestra urgencia evangélica: interceder, no por unos pocos, sino por todos, manteniendo abierto el cielo para los demás. 

La oración no es evasión, es exposición. Y toda intercesión, si se hace en nombre del amor, cumple toda justicia. Hoy más que nunca se necesitan hombres y mujeres que recen así: no para doblegar a Dios a sus propios intereses, sino para ampliarse a sí mismos en su misericordia sin rendirse a la lógica de la venganza y la indiferencia. Personas que no se dejan devorar por el rencor ni anestesiar por el cinismo. Personas que, en el día de la venganza, aún saben pronunciar el Nombre del Amor. 

Hoy es el momento, también para la Iglesia, no de la injerencia, sino de la intercesión incómoda. Estamos llamados a unir voces rotas, a ablandar el corazón de toda dureza. A convertirnos, como escribía Paul Ricoeur, en esa «tercera presencia» que ayuda a los demás a reescribir su historia. Allí, en medio, puede nacer algo nuevo. Allí se abre espacio al Espíritu. Y el Reino, silenciosamente, viene. 

Puedes pensar en alguien a quien has juzgado rápidamente, sin escucharlo realmente. Intenta releer su historia, pero desde el principio, no desde el final. Recórrela toda, con el corazón abierto. Llévala ante Dios, tal como es. Luego, deja que tu mirada se transforme en oración. 

No reces «para que cambie», sino para que tú puedas cambiar la forma en que lo miras. Y para que él, ella, el otro, contigo, sea salvado. Puedes escribir esa oración. Presta tu voz a quien tal vez no tenga palabras. Conviértete en intercesión. 

Estar en medio

es un arte sutil,

es un cuerpo que se mantiene

entre dos fuegos,

una voz que no calla

cuando el mundo grita.

 

Estar en medio.

Entre los que gritan por venganza

y los que callan por miedo.

Donde el golpe ya está dado

y el llanto aún

no ha encontrado voz.

 

Estar en medio,

donde nadie quiere estar:

sin saber, sin certezas,

entre quienes han hecho daño

y quienes lo han sufrido.

 

Estar en medio

no es equidistancia,

es equi-proximidad

a unos y otros.

Porque nadie se salva solo.

 

Quien está en medio

no justifica,

no abandona.

No separa.

Mantiene unido.

Sigue soñando el encuentro

en una ciudad dividida y polarizada.

 

Estar en medio

es suspender el juicio

mientras todos lanzan sentencias,

es decir «tú importas» y «estoy aquí»

aunque el corazón tiemble.

Es apostar por el bien

que queda incluso en el culpable.

 

Estar en medio,

no a medias,

con todo uno mismo.

Hasta que nazca

otra posibilidad.

 

Es un trabajo de locos,

el de quienes mantienen abierto

el cielo para los demás.

 

Estar en medio

es convertirse en puente,

es hacer espacio al futuro

antes de que llegue.

Y llamarlo, en silencio,

con el nombre del amor.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de junio de 2025

De las oraciones a la oración - San Lucas 11, 1-13 -.

De las oraciones a la oración - San Lucas 11, 1-13 - 

Damos el salto cuando descubrimos que tenemos alma. Y al seguir a nuestra alma aprendemos a dialogar con Dios. Un Dios desconocido, al principio (y nos parece un poco tonto hablar con alguien que aún no sabes si existe), hasta que poco a poco descubrimos que ese diálogo nos lleva a otro lugar, a un mundo desconocido.

 

Nos acercamos a la fe por lo que hemos oído, y luego, paso a paso, experimentamos al Dios de Jesús y nos descubrimos amados y capaces de amar.

 

Nos descubrimos amados.

 

Es una mirada suave, sutil, libre, pura, la que descubrimos en nosotros mismos.

 

Eres engendrado a una nueva vida.

 

Tú sigues siendo el mismo y tu vida también, pero tu corazón y tu mirada cambian, se hacen profundos, ves más allá del horizonte.

 

Más allá del caos, los miedos, las angustias, los lugares comunes. Ves el diseño oculto a lo largo de los siglos.

 

Cuando, finalmente, dejamos de lado los muchos prejuicios, las cosas que creemos creer, nos abrimos a escuchar verdaderamente el mensaje evangélico. Y, después de haber seguido al Señor, después de habernos sentado también nosotros a escuchar su Palabra, llega un momento en el que pedimos, como hacen los discípulos: Maestro, enséñanos a orar.

 

No piden: enséñanos oraciones.

 

Esas ya las saben, como nosotros, fórmulas breves memorizadas. Pero lo que hace Jesús es otra cosa.

 

Algo nuevo. Intenso. Verdadero.

 

Un verdadero encuentro.

 

¡Por favor!

 

No sabemos rezar, no bromeemos.

 

Tratamos a Dios como a un poderoso al que hay que convencer. Para que nos haga felices, para que nos conceda alguna gracia, al fin y al cabo.

 

La oración, por desgracia, goza de muy mala fama entre los católicos.

 

Como algo inútil, que debe dejar espacio, en cambio, a la acción.

 

Detrás de esta idea hay siglos de invitaciones a la devoción, a la recitación de fórmulas que nacieron espléndidas y murieron distraídas, de rosarios rezados pensando en otra cosa.

 

La oración concebida como un agotamiento para convencer a Dios. Un agotamiento que lleva al agotamiento, el nuestro y el de Dios. El término mismo, «oración», se ha convertido en sinónimo de «recitación», de cantinela, de insistencia para convencer a alguien de nuestras buenas intenciones.

 

¡Por favor, hazme un favor!

 

Se ha convertido en el estribillo de nuestra petición, de nuestra oración cotidiana.

 

Antes de hablar de oración, debemos hacer el enorme esfuerzo de borrar todas estas ideas falsas y ponernos a escuchar.

 

Escuchar

 

Como María, la oración es, ante todo, sentarse a escuchar.

 

Escuchar a alguien a quien se ama, se estima, se admira.

 

Ese Jesús que rezaba como nadie había rezado jamás, que sorprendía y fascinaba a los Apóstoles cuando, en plena noche, se levantaba para hablar en su corazón con el Padre. Un estilo nuevo, diferente de la oración colectiva, en el templo, en la sinagoga. Una oración íntima que los apóstoles intuyen como origen de la serenidad y la fuerza del Señor, del Maestro.

 

Por eso le piden que les enseñe a rezar.

 

Y Jesús lo hace, entregándoles la oración por excelencia, el Padrenuestro, que en la versión de Lucas es aún más esencial. Y que ya nos dice lo que es la oración: diálogo con el Padre, para pedir, sí, pero también para actuar, para cambiar de actitud ante la vida.


 

La oración es confianza

 

Jesús nos revela el rostro del Padre: es a Él a quien dirigimos nuestra oración. No a un déspota caprichoso, ni a un poderoso al que hay que convencer. Nos hemos convertido en hijos, nos dice San Pablo, Dios nos trata como trata a su hijo amado. Un buen padre sabe lo que necesita su hijo, no le deja sufrir. Muchas de nuestras oraciones no son escuchadas porque se dirigen al destinatario equivocado: no se dirigen a un padre, sino a un padrastro o a un tutor antipático al que pedir algo que, en realidad, creemos que nos corresponde.

 

Tantas veces confieso algo que he descubierto en mi pobre vida: pedí y no me fue dado. Entonces, en esos momentos, me desanimé. Hoy, años después, sé que obtuve todo lo que necesitaba y que, a menudo, no era lo que pedía.

 

La oración es amistad y constancia

 

Como aquel que va a pedir pan en plena noche.

 

Cuando rezamos, nos dirigimos a un amigo. Y lo hacemos para pedirle algo con lo que alimentar a los huéspedes de nuestra vida, no para ganar la lotería.

 

Amistad recíproca, como leemos en la hermosa página del Génesis: la relación con Abraham se consolida y Dios decide hablarle de su proyecto de abandonar Sodoma a su maldad. Abraham siente un vuelco en el corazón: en Sodoma vive Lot, su sobrino, y comienza una dura negociación. Al final, Abraham se sale con la suya: si Dios encuentra en Sodoma tan solo diez justos, salvará toda la ciudad, dando la vuelta a la teoría de la solidaridad según la cual todos pagan por la culpa de uno. En este caso, todos serán salvados por los méritos de diez.

 

La oración es una conversación íntima, un intercambio de opiniones, un entendimiento mutuo.

 

No es una lista de la compra, ni un intento de corrupción, ni una letanía para dar suerte.

 

Concebimos la oración como una serie de fórmulas de buenos deseos, pero la oración es ante todo escuchar, escuchar a Dios, e interceder, interceder por el mundo, no por mis necesidades.

 

¿Por qué no?

 

¿Por qué no aprender a rezar?

 

La oración te necesita a ti, ante todo: tal como eres, devoto o ateo, santo o pecador. Pero un «tú» verdadero, no falso, no aparente. La oración necesita tiempo: cinco minutos, para empezar, el tiempo en el que no estás completamente atontado o distraído, apagando el móvil y aislándote. La oración necesita un lugar: tu habitación, el metro, la pausa para comer. La oración necesita una palabra que escuchar: mejor si es el Evangelio del día, para leerlo con calma y saborearlo. La oración necesita una palabra que decir: las personas con las que te encuentras, las cosas que te angustian, un «gracias» dicho a Dios. La oración necesita una palabra que vivir: ¿qué cambia ahora que retomas tu actividad cotidiana?

 

Venga el Espíritu prometido por el Señor, amigos, el Espíritu que nos permite ver con una mirada diferente incluso las cosas que nos parecen indispensables para nuestra felicidad, comprendiendo, finalmente, que lo que consideramos un obstáculo insuperable no es tan importante resolverlo y, tal vez, ni siquiera es un obstáculo.

 

Porque, en la oración, descubriremos que nada nos puede impedir decir con verdad: Padre.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 


La oración según Jesús.

La oración según Jesús 

El pasaje del Evangelio del Padre Nuestro se compone en realidad de tres partes: la oración de Jesús, la parábola del amigo insistente y, por último, su aplicación. Todo el pasaje se basa en la información que nos da Lucas sobre la actitud de Jesús durante el viaje a Jerusalén (cf. Lc 9,51). También en este camino, Jesús se detenía, se quedaba y rezaba: los discípulos lo veían ocupado en esta acción, que sin duda les impactaba y les interrogaba. 

Justo al final de una de estas paradas en oración, no sabemos a qué hora del día, si por la mañana o por la tarde, un discípulo le pide que enseñe a toda la comunidad a orar, siguiendo el ejemplo de lo que había hecho Juan el Bautista con sus seguidores. 

En respuesta, Jesús entrega una oración breve y esencial que Lucas y Mateo (cf. Mt 6,9-13) nos han transmitido en dos versiones. La de Lucas es más breve y consta principalmente de dos peticiones que tienen su paralelo en la oración judía del Qaddish: la santificación del Nombre y la venida del Reino. 

A continuación, siguen tres peticiones relativas a lo que es verdaderamente necesario para el discípulo: el pan de cada día, la remisión de los pecados y la liberación de la tentación. 

La oración del cristiano es sencilla, sin muchas palabras, pero llena de confianza en Dios —invocado como Padre—, en su santo Nombre y en su Reino que viene. 

La parábola solo la recoge Lucas, que quiere presentar la oración de petición como una oración insistente, asidua, que no desfallece, sino que sabe mostrar ante Dios una determinación y una perseverancia fieles. Jesús intriga a los oyentes, los involucra y, por eso, en lugar de contar una historia en tercera persona, les pregunta: «¿Quién de vosotros...?». Es una parábola que narra lo que le puede suceder a cada uno de los oyentes: 

¿Quién de vosotros, si tiene un amigo y va a su casa a medianoche y le dice: «Amigo, préstame tres panes, porque ha venido a mi casa un amigo mío de viaje y no tengo nada que ofrecerle», le oye responder desde dentro: «¡No me molestes! ¡La puerta ya está cerrada y mis hijos están en cama conmigo! No puedo levantarme para dártelos». Os digo que, aunque no se levante para dárselos por ser su amigo, al menos por su insistencia se levantará para darle los que necesite. 

Es una parábola sencilla, que quiere mostrar cómo la insistencia en una petición provoca la respuesta incluso de quien, a pesar de ser amigo, en un primer momento no está dispuesto a satisfacerla. Sí, es la insistencia (¡incluso molesta!) del amigo y no el sentimiento de amistad lo que provoca la concesión y el consiguiente regalo: con su pregunta insistente, un amigo molesto puede hacer cambiar de opinión a otro amigo molesto. 

Precisamente porque las cosas son así, Jesús comenta:

 

Pedid y se os dará,

buscad y hallaréis,

llamad y se os abrirá. 

Es cierto que no se utiliza explícitamente el verbo «rezar», pero es evidente que Jesús se refiere siempre a la oración, precisamente en respuesta a la pregunta inicial del discípulo. Pedid —recomienda Jesús—, es decir, no tengáis miedo de pedir a Dios, que es Padre, pedid con sencillez, seguros de que seréis escuchados por quien os ama, y pedid sin cansaros nunca. 

Se trata de buscar con la convicción de la necesidad de la búsqueda, con la convicción de que hay algo que vale la pena buscar, a veces con esfuerzo, a veces durante mucho tiempo, pero hay que estar seguros de que tarde o temprano se encontrará. Donde hay una promesa, hay que esperar vigilantes, buscar su cumplimiento. 

Se trata también de llamar a una puerta: si se llama, es porque hay esperanza de que alguien desde dentro abra y nos acoja, pero a veces hay que llamar repetidamente... 

Por consiguiente, nos planteamos inmediatamente la pregunta: ¿por qué Dios necesita ser suplicado una y otra vez, por qué quiere ser buscado, por qué quiere que llamemos una y otra vez? ¿Lo necesita tanto? 

No, somos nosotros los que necesitamos pedir, porque somos mendigos y no queremos reconocerlo; somos nosotros los que debemos renovar nuestra búsqueda de lo que es verdaderamente necesario; somos nosotros los que debemos desear que se nos abra una puerta para poder encontrar a quien nos acoge. 

Dios no necesita nuestra insistencia en la oración, sino que somos nosotros los que la necesitamos para grabarla en las fibras de nuestra mente y de nuestro cuerpo, para aumentar nuestro deseo y nuestra espera, para decirnos a nosotros mismos nuestra esperanza. 

Pero a esta parábola y a su primer comentario, Jesús añade otra aplicación, siempre breve y siempre en forma de pregunta: 

¿Qué padre de entre vosotros, si su hijo le pide un pescado, le dará una serpiente en lugar del pescado? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? ¿O si le pide un pan, le dará una piedra (esta última adición solo aparece en una parte de la tradición manuscrita)? 

Esto no ocurre entre un padre y un hijo, porque el vínculo de sangre impide un comportamiento paterno semejante, incluso en caso de escaso afecto. Con mayor razón —dice Jesús— si esto no ocurre entre vosotros, que sois malos, y sin embargo sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre que está en el cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan. 

Esta última palabra de Jesús ha sido meditada poco y con poca inteligencia por los propios cristianos en los últimos siglos. Jesús sabe, y por eso lo dice con franqueza, que todos los seres humanos somos malos, porque hay en nosotros un impulso, un instinto de pensar en nosotros mismos, de afirmarnos a nosotros mismos, de amor egoísta de uno mismo. 

Sin embargo, aunque esta es nuestra condición, somos capaces de realizar buenas acciones, al menos en el caso de una relación familiar entre padre e hijo. Pues bien, si nosotros, a pesar de nuestra maldad, damos cosas buenas a los hijos que nos las piden, ¡cuánto más Dios, que «es el único bueno», dará cosas buenas a quienes se las pidan! 

Pero ¿cómo olvidar que a menudo hemos hecho de Dios un padre más malo que nuestros padres terrenales? Voltaire escribía: «Nadie querría tener a Dios como padre terrenal», y Engels se hacía eco de él: «Cuando un hombre conoce a un Dios más severo y malo que su padre, entonces se vuelve ateo». Así es, y así ha sucedido porque los cristianos han dado una imagen de Dios como juez severo, vengativo y perverso, hasta el punto de empujar a los seres humanos a abandonar a ese Dios y a negarlo. 

Jesús, en cambio, nos habla de un Dios Padre más bueno que los padres que hemos conocido, enseñándonos que Dios siempre nos da cosas buenas cuando lo invocamos. 

Pero en este pasaje hay una precisión importante y decisiva sobre la oración. Lucas se aleja de la versión de estas palabras de Jesús que nos da Mateo, porque siente la necesidad de aclararlas y explicarlas. Sí, es cierto que Dios nos escucha con cosas buenas (cf. Mt 7,11), pero estas no siempre son las que nosotros consideramos buenas. 

La oración no es magia, no es «fatigar a los dioses» —como escribía el filósofo pagano Lucrecio (De la naturaleza de las cosas IV, 1239)— ni aturdir a Dios con palabras multiplicadas, dice Jesús en otro lugar (cf. Mt 6,7-8). 

Dios no está a nuestra disposición para satisfacer nuestros deseos, a menudo egoístas, pero sobre todo ignorantes, en sentido literal: ¡no sabemos lo que queremos! Por eso, precisa la versión lucana, «las cosas buenas» son en realidad «el Espíritu Santo». 

Dios siempre nos da el Espíritu Santo, si se lo pedimos en la oración, y el Espíritu que desciende en nuestra mente y en nuestro corazón, Él que se une a nuestro espíritu (cf. Rom 8,16) es la respuesta de Dios. 

Pero es bueno poner un ejemplo, aunque sea duro. Si yo, afectado por una grave enfermedad, pido a Dios la curación, no es seguro que esta se produzca efectivamente, pero puedo estar seguro de que Dios me dará el Espíritu Santo, la fuerza y el amor para vivir la enfermedad en un camino en el que seguir amando y aceptando que los demás me amen. ¡Esta es la verdadera y auténtica respuesta, esto es lo que realmente necesitamos!

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

El Padrenuestro, gramática de Dios.

El Padrenuestro, gramática de Dios

Desde siempre, los cristianos han intentado definir el contenido esencial de su fe. Jesús mismo nos lo entrega: lo hace con una oración, no con un dogma. 

Enséñanos a orar, le pidieron. No para pedir cosas, sino para ser transformados. Rezar es volver a unirnos a Dios, como se une la boca a la fuente; es abrir canales por donde puede fluir el cielo; es tratar a Dios de padre, de papá enamorado de sus hijos, es llamar cerca a un Dios que sabe de abrazos, y con él custodiar las pocas cosas indispensables para vivir bien. 

Pero custodiarlas como hermanos, olvidando las palabras «yo y mío», porque fuera de la gramática de Dios, fuera del Padrenuestro, nunca se dice «yo», nunca «mío», sino siempre Tú, tuyo y nuestro. Palabras que están ahí como brazos abiertos: tu Nombre, nuestro pan, Tú da, Tú perdona. 

Lo primero que hay que custodiar: que Tu nombre sea santificado. El nombre contiene, en el lenguaje de la Biblia, a toda la persona: es como pedirle a Dios a Dios, pedirle que Dios nos dé a Dios. Y el nombre de Dios es amor: que el amor sea santificado en la tierra, por todos. Si hay algo santo y eterno en nosotros, es la capacidad de amar y de ser amados. 

Venga tu Reino, nazca la tierra nueva como Tú la sueñas, una nueva arquitectura del mundo y de las relaciones humanas. 

Danos nuestro pan de cada día. El Padrenuestro me prohíbe pedir solo para mí: el pan para mí es un hecho material, el pan para mi hermano es un hecho espiritual. Danos a todos lo que nos hace vivir, el pan y el amor, ambos necesarios, danoslos para hoy y para mañana. 

Y perdona nuestros pecados, quita todo lo que envejece el corazón y lo hace pesado; danos la fuerza para soltar las amarras y zarpar cada amanecer hacia tierras intactas. Libera el futuro. 

Y nosotros, que sabemos cómo el perdón potencia la vida, lo daremos a nuestros hermanos y a nosotros mismos, para volver ligeros a construir de nuevo la paz. 

No nos abandones a la tentación. No te pedimos que nos eximes de la prueba, sino que no nos dejes solos para luchar contra el mal. Y sácanos de la desconfianza y el miedo; y levántanos de cada herida o caída, buen samaritano de nuestras vidas. 

El Padrenuestro no solo hay que recitarlo, hay que deletrearlo cada día de nuevo, de rodillas ante la vida: en las caricias de la alegría, en los arañazos de las espinas, en el hambre de los hermanos. 

Hay que tener mucha hambre de vida para rezar bien. Hambre de Dios, porque en la oración no obtengo cosas, obtengo a Dios mismo. Un Dios que no domina, sino que se involucra, que entrelaza su aliento con el mío, que mezcla sus lágrimas con las mías, que solo pide que le dejemos ser amigo. 

No podíamos imaginar una aventura mejor.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En el «Padre nuestro», Jesús nos enseña la gramática de Dios.

En el «Padre nuestro», Jesús nos enseña la gramática de Dios 

Señor, enséñanos a rezar. Rezar es reconectar la tierra con el cielo, volver a unirnos a Dios, como se une la boca a la fuente. 

Rezar es abrirse, con la alegría silenciosa y llena de paz de la tierra que se ofrece al agua que la vivifica y la hace fecunda: Saber que Dios es secretamente lo que es la primavera para las flores. 

Rezar es mirar y tratar a Dios como padre, como papá enamorado de sus hijos, y no como señor, rey o juez. Es un Dios que no se impone, sino que sabe abrazar; un Dios afectuoso, cercano, cálido, al que pedir las pocas cosas indispensables para vivir bien. 

Y pedírselas como hermanos, olvidando las palabras «yo» y «mío», porque están fuera de la gramática de Dios. De hecho, en la oración que Jesús nos enseña solo hay los adjetivos «tu» y «nuestro», que están ahí como brazos abiertos. 

Y lo primero que hay que pedir es esto: que se santifique tu nombre. El nombre de Dios es amor. Que el amor sea santificado en la tierra, por todos, en todo el mundo. Que el amor santifique la tierra. Si hay algo santo en este mundo, algo eterno en nosotros, es nuestra capacidad de amar y de ser amados. 

Lo segundo que hay que pedir: venga tu Reino, nazca la tierra nueva como Tú la sueñas. Que venga pronto, que tome forma completa la levadura santa que ya late y fermenta en lo más profundo de las cosas; que la semilla se convierta en pan, que el amanecer se convierta en un mediodía cargado de luz. 

Y luego lo tercero, pero solo viene en tercer lugar porque sin los dos primeros no nos basta: danos nuestro pan de cada día. «Pan» indica todo lo que sirve para la vida y la felicidad: danos el pan y el amor, ambos necesarios; el pan y el amor, ambos cotidianos. Pan para sobrevivir, amor para vivir. Y que sea «nuestro» pan, porque si uno está saciado y otro muere de hambre, ese no es el pan de Dios, y el mundo nuevo no llega. 

Y la cuarta cosa: perdona nuestros pecados, quita todo lo que pesa sobre el corazón y lo envejece, lo que de mí ha hecho daño a los demás, lo que de los demás me ha hecho daño a mí, todas las heridas que mantengo abiertas. 

El perdón no se reduce a borrar el pasado, sino que libera el futuro, abre caminos, enseña a respirar. Y nosotros, que ahora conocemos el poder del perdón, lo regalamos a nuestros hermanos y a nosotros mismos (¡qué difícil es a veces perdonarse ciertos errores!) para volver a construir la paz. 

Y lo último: no nos dejes caer en la tentación. Si nos ves caminar en el miedo, la desconfianza, la tristeza, o si nos sientes atraídos hacia lo que nos hace daño, Padre, buen samaritano de nuestras vidas, danos tu mano y acompáñanos fuera. 

Será como despegar, atravesar las nubes y volver al azul y a la luz. Y luego volver a la tierra, cargados de sol.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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