Y el Verbo se hizo verborrea: o de las palabras
en exceso en la Iglesia
El
exceso de verborrea en la Iglesia amenaza la grandeza de la Palabra.
Un
anciano monje del desierto, al acercarse al final de su vida, compartió con uno
de sus devotos discípulos un precepto memorable: «Evita impartir
enseñanzas sobre lo que no has practicado a la perfección».
Esta
frase suscita una profunda reflexión sobre el vínculo entre el ser humano y la
palabra, poniendo de relieve cómo las palabras a menudo resuenan vacías,
carentes de sustancia o vitalidad.
Nuestra
Iglesia, inmersa en un flujo incesante de palabras, puede caer en la tentación
de descuidar su verdadero valor, su poder y su eficacia. El uso y abuso de la
palabra encierra múltiples riesgos y peligros.
En
el contexto de nuestra cultura 'logorreica', destaca
de manera significativa la advertencia de los Padres del desierto de evitar la 'verbosidad' excesiva. Las palabras pronunciadas, pero no traducidas en acciones,
generan el engaño de haber hecho algo solo por haberlo dicho.
Esta trampa
insidiosa se conoce como «verborrea» y es un defecto compartido también
por aquellos que tenemos acceso a un micrófono y contamos con un auditorio. Sin
embargo, es una actitud a la que todos estamos predispuestos de diferentes
maneras.
La
«verborrea» representa una tentación no solo para aquel que
impone normas a los demás en lugar de a sí mismo, sino también para quienes
viven una experiencia religiosa. En este último caso, se configura como una
forma errónea de acercarse a la salvación.
Jesús, encarnación de la
Palabra de Dios, transmitió la salvación no solo a través de sus palabras, sino
también a través de gestos tangibles y corporales, expresando la totalidad de
su persona.
En
una sociedad cada vez más inclinada a la verborrea, donde la abundancia de
palabras parece ser una competición para declamar el bien con promesas
enfáticas, los seguidores de Jesús están llamados a traducir su enseñanza
en acciones tangibles, asimilando su mensaje como se hace con la sal y la luz.
La
Iglesia, en este contexto, no puede aceptar pasivamente los excesos de la
verborrea. Es imperativo evitar todo abuso de la palabra, ya que esta conserva
su centralidad solo cuando está libre de toda inclinación al discurso vacío, y
solo cuando se enriquece con la experiencia práctica de su significado en los
diversos contextos en los que se emplea.
Seguramente
hay que reconocer que una cierta dosis de verborrea es inevitable en la vida de
cada uno. La palabra desempeña un papel crucial en la interpretación de la
realidad y en la comunicación con los demás. Sin embargo, es fundamental
no limitarse a la formulación verbal de las cosas, especialmente si esta se
presenta precisa, elegante y refinada.
A
menudo, en lugar de tratar de comprender y transformar la realidad, nos
contentamos con detenernos en su representación verbal, transformándola en un
mundo aparte, una especie de «intersticio» en lugar de un instrumento de
mediación.
Esta tendencia a la evasión y a la defensa afecta inevitablemente también al
enfoque eclesial de Dios.
Asistimos
a un predominio de las palabras humanas sobre Dios. A veces, cuestiones de
crucial importancia antropológica se reducen a discursos puramente léxicos,
donde la sustancia se sacrifica en el altar de la verborrea y de una
superficialidad imprudente. El clero se refugia a menudo en una retórica
dorada, cada uno convencido de poseer la verdad y de ser víctima de las
circunstancias.
Si
la Iglesia habla sobre Jesús sin hacer tangible su presencia a través de
rostros humanos y gestos concretos, esto se traduce en una retórica religiosa
vacía y, más aún, en una misión vanagloriosa, de la que es mejor guardarse.
Y
creo que es necesaria una catarsis, una especie de hoguera purificadora de la
charlatanería a la que nos hemos abandonado y del que nos hemos complacido
hasta el momento presente.
El
fenómeno de la verborrea se ha extendido también a la liturgia, poniendo de
manifiesto un cierto racionalismo que se manifiesta a través de un uso excesivo
de las palabras y una sobreexposición fonética. En este contexto, cobra cada
vez más importancia el uso de palabras, discursos, exhortaciones, comentarios y
razonamientos, mientras que las acciones, los gestos y los movimientos quedan
relegados a un segundo plano.
Ante
la difusión rampante de la verborrea, ya en 1973 la Congregación para el Culto
Divino se sintió obligada a aclarar: «En cada advertencia se respete su
carácter, de modo que no se convierta en un discurso o una homilía; se procure
la brevedad y se evite la verbosidad que podría aburrir a los presentes»
[Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales 14].
Nos
encontramos ante una excesiva prolijidad verbal, que parece sobreponerse al
valor del silencio y al arte de escuchar. En los tiempos actuales, es como si
todos estuvieran empeñados en expresarse.
El
abuso actual no se expresa solo en una cantidad excesiva de pronunciamientos,
sino en la proliferación de opiniones, posturas y actitudes. Todos hablan
(fieles, magisterio, organismos, congregaciones, instituciones, fundadores)
dando por cierto lo que a menudo es solo una opinión propia, a veces incluso
discutible y gratuita.
Una
de las peculiaridades de la verborrea eclesial se manifiesta en la
repetitividad y la estereotipia. Se utiliza un lenguaje común, casi recitando
de memoria un texto fijo. La verborrea traslada a las palabras el peso que
debería corresponder a los hechos de las obras.
También
la verborrea acontece en el vasto universo de la llamada «pastoral», una
actividad muy extendida pero a menudo ineficaz. A veces se presenta como
prolija y artificiosa. En el ámbito eclesial, asistimos a numerosas
reuniones, asambleas y consejos, muchas veces improvisados, con órdenes del día
inciertos y una conducción poco clara.
La
capacidad de comunicar, por desgracia, no siempre está a la altura de las
nobles intenciones. Una de las antiguas reglas de la retórica, que sugiere a
quien habla en público que tenga algo que decir, lo diga y luego concluya,
parece a menudo ignorada.
En
el mundo de las reuniones, a menudo largas e infructuosas, todos nos
preguntamos si ha valido la pena dedicar tanto tiempo. Estas reuniones,
caracterizadas por disputas inconclusas, dificultades para llegar a una
conclusión y falta de claridad en el enfoque del discurso, dejan una sensación
de cansancio y de no haber alcanzado los objetivos.
Las
convocatorias de reuniones a todos los niveles eclesiales se están extendiendo
hasta multiplicarse, casi como para poner de relieve el dinamismo sinodal de
las diferentes realidades eclesiales. Convocar un consejo, independientemente de los temas
tratados, es un signo inequívoco de la pérdida de tiempo de la verborrea.
Quizás
sea precisamente por eso que, a veces (o a menudo), cuanto menos se interactúa
de manera incisiva con el territorio o con las personas, más se organizan
reuniones. Los participantes son tristemente conscientes de que el aburrido
ritual de las reuniones es uno de los males necesarios de la vida actual.
Es
fácil identificar algunas de las patologías de la comunicación contemporánea: el
aislamiento en lo virtual, que ha vaciado las relaciones humanas; la
indiferencia hacia la verdad; la sumisión a la lógica d lo establecido y del poder; ...
En
esta delicada encrucijada, con el riesgo concreto de que la corrupción de la
palabra se traduzca en una corrupción de la humanidad, Josef Pieper,
inspirado en la gran lección de los clásicos, aún capaces de ofrecer profundas
reflexiones, lanza una invitación fundamental: es necesario reapropiarse
de las palabras, de su significado que pone de manifiesto la verdad, y del
diálogo que tiene como único fin el intercambio sincero. Porque una
comunicación leal hacia las personas y la verdad de las cosas es el hábitat
fértil del ser humano, lo que nos da sentido.
La
palabra sufre abusos cada vez que se aleja de la búsqueda de la verdad. Pero
¿qué significa para la palabra no buscar la verdad? Significa no reflejar la
realidad, no tener ningún anclaje en la concreción de las cosas.
Cuando
la palabra se desprende de la realidad, por ejemplo, manifestándose como
adulación personal o institucional o propaganda autorreferencial, establece una
convivencia distorsionada entre los seres humanos, carente de fundamentos
sólidos para la comunidad y abierta al abuso. La alteración de la palabra
genera realidades ilusorias que se vuelven funcionales a una estructura
institucional o a un sistema de organización.
Ante
el abuso de la palabra, existe una tarea nunca completada: resistir toda
simplificación parcial, toda exaltación ideológica y toda emotividad ciega
derivada de palabras sin significado.
La
retórica, desde sus orígenes, se ha centrado en la función persuasiva de las
palabras, es decir, en el análisis de los efectos que las palabras pueden tener
en nuestras vidas. Ha incluido el análisis del poder de las palabras en una
reflexión más amplia sobre el lenguaje y el papel que desempeña no solo en la
construcción de los vínculos sociales, sino también en su mantenimiento.
En
las Sagradas Escrituras, la Palabra divina, de la que toda expresión humana no
es más que un reflejo y un eco, se concibe como una fuerza tan poderosa que
materializa lo que proclama. Es importante recordar que la Biblia comienza con
una palabra... Sin embargo, según Qohelet, esta poderosa realidad
es intrínsecamente enferma: «Todas las palabras son gastadas» (Eclo
1,8).
Ante
el poder de la Palabra divina, toda la retórica vacía, los argumentos efímeros,
los sofismas y las elucubraciones intelectuales se desmoronan en un instante,
se disuelven como la lava al contacto con el agua, desapareciendo por completo
ante el deslumbrante resplandor de la Palabra.
Habría
que recordar por ejemplo al escritor Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo
de 1914-Ciudad de México, 20 de abril de 1998), premio Nobel de Literatura
cuando decía aquello de: «Un pueblo comienza a corromperse cuando se
corrompe su gramática y su lengua».
Esta
declaración subraya la extraordinaria relevancia de la máxima de Qohelet, que
refleja la enfermedad de la comunicación y del lenguaje que observamos hoy en
día:
1.- por un lado, el
individuo contemporáneo se ve limitado al uso de un vocabulario
extremadamente reducido, a menudo basado en palabras sin
significado, que utiliza como apoyo para desarrollar el discurso;
2.- por otro lado,
nos encontramos inmersos en un flujo de palabras vacías, carentes
de “incisividad” y sin ninguna contribución significativa a la
verdadera comunicación de un contenido.
Si
estamos envueltos en una trama de palabras superfluas, especialmente si
pensamos en el contexto de la comunicación televisiva y las redes sociales, también
conviene reconocer que la observación de Qohelet se aplica bien a las palabras
vacías pronunciadas en el ámbito eclesial.
Porque
también en el contexto del lenguaje religioso, deberíamos apreciar el valor del
silencio, de la palabra que se presenta envuelta en luz, que es similar a una
semilla en lugar de a una dispersión de paja.
Se
trataría pues de ser precavidos y de no dejarse invadir por la charlatanería,
esa difusa e incompetente verborrea caracterizada por estereotipos, por frases
hechas, por palabras o frases de eslogan titular y por un recurso regresivo a tópicos
que quieren ser brillantes. El lenguaje eclesial, para encontrar un sentido
auténtico, debe beber no del abuso de la palabra sino más bien de la Palabra de
Dios encarnada en hechos.
Nuestro
tiempo necesita palabras poderosas, pero para que la Iglesia haga un uso
legítimo de ellas, debe permitir que estas palabras se impregnen de la
concreción de los gestos y del realismo de los hechos, de lo contrario corren
el riesgo de resonar en el flujo indiferenciado del hablar vacío.
P.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF