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viernes, 6 de febrero de 2026

El culto a la egolatría: el nuevo señor feudal Elon Musk

El culto a la egolatría: el nuevo señor feudal Elon Musk

Hay quien describe la emergencia de una crisis actual que no se puede comprender ni con los instrumentos de la ciencia, ni con los de la política o la ética.

 

Es la crisis de la verdad, la crisis de la soberanía estatal y territorial, la crisis de la forma de gobierno que nos parecía la más adecuada para satisfacer un proyecto de emancipación: la democracia.

 

La nueva colonización se ha convertido prácticamente en un monopolio entre las empresas privadas que aseguran las conexiones: todos sus proyectos encarnan a la perfección una visión que considera el mundo como un vacío que hay que reconstruir desde cero y en el que las relaciones sociales, las comunidades y la propia política son variables que se pueden manipular a voluntad con vistas a la creación de un nuevo orden basado en los principios de la propiedad y la empresa.

 

Las instituciones, la historia, la economía de mercado, así como el ser humano o su cerebro, se vuelven sustancialmente irrelevantes. Las prácticas de gobierno se identifican con lo que la tecnología y los recursos financieros hacen posible, traspasando las fronteras geopolíticas, mientras que las ruinas de lo moderno y lo humano que esta transformación conlleva se consideran reliquias de un pasado demasiado lento en disolverse y, sobre todo, desfasado con respecto a la actualidad y al futuro.

 

En consecuencia, las palabras que han marcado los mayores sueños de la modernidad —emancipación, libertad, igualdad, por no hablar de la fraternidad— se revelan a su vez como cascarones vacíos. Son palabras que pueden seguir ejerciendo una fuerza de atracción en las estrategias de comunicación, pero se convierten simplemente en #hashtags y solo valen mientras son funcionales para crear una espiral que se envuelve sobre sí misma, diluyendo cada vez más las referencias al mundo exterior.


Las tecnologías ya han cambiado sin duda el uso y la naturaleza de los poderes, y su concentración en muy pocas manos permite ejercer una influencia sin precedentes y, sobre todo, sin fronteras.

 

Elon Musk es un ejemplo del nuevo señor feudal de la modernidad.

 

Es el primero en haber dado un salto tan activo en el campo de la política, ya que esta debe parecerle la máxima oportunidad para que se cumpla un destino del que él mismo se presenta como el ejecutor o el facilitador. La suya es, de hecho, una política que apuesta por la maximización de la entropía para que de ella se desarrolle la energía opuesta y se produzca un sistema de dominio a la medida de los vacíos que ha creado.

 

Si hay un sueño detrás de todo esto, se puede pensar que es el sueño distorsionado de un niño que creció en la Sudáfrica del apartheid y que sigue teniendo ante sus ojos esa infancia dorada y blanca. La fatalidad del futuro tecnocrático no prevé que haya opciones, sino oportunidades que acelerar y ofrecer a una sociedad civil que ya no está anclada en la realidad sino en lo virtual y, por lo tanto, reducida práctica y fundamentalmente a un fantasma.

 

El deseo todopoderoso e ilimitado es parte integrante de una actividad tan intrínsecamente destructiva que no se preocupa por lo existente y querría liquidarlo para perfeccionar su juego de construcción. Si se quiere, es el rasgo infantil de su personalidad, su delirio de omnipotencia, la idea de que el mundo es un terreno indefinidamente disponible para experimentos de gobierno financiero y tecnocrático, que cualquier cosa puede no solo permitirse, sino autorizarse por la firma del destino solo porque entra dentro de los sueños que el poder de la empresa legitima.


De hecho, ningún gasto puede considerarse excesivo si su objetivo no es el beneficio, sino la construcción de una red de poder autosuficiente que se postule como alternativa al arcaísmo del mundo común. Cada uno de sus pasos en esta dirección parece formar parte de un megaproyecto. Su caso encarna de hecho nuevas fuerzas que presionan sobre el presente.

 

El corazón de las sociedades de control es la lógica de la empresa y la empresa es intangible, es un sujeto que cambia de un instante a otro y cuyas redes cambian de un punto a otro. Pero su empresa, o mejor dicho, la acumulación entrópica/constructiva de sus empresas de la que es propietario, ya va un paso más allá: quiere erigirse en quien dicta los códigos de nuevas soberanías. 


Los cambios sistémicos que estamos viviendo presagian un horizonte de dominio colonial o feudal cuyas líneas de aplicación aún nos cuesta comprender, aunque comenzamos a ver claramente sus signos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 16 de noviembre de 2025

El “carril smartphone”: una parábola de un mundo ensimismado sonámbulo… absorto deprimido y abstraído impotente… en mil y una conexiones.

El “carril smartphone”: una parábola de un mundo ensimismado sonámbulo… absorto deprimido y abstraído impotente… en mil y una conexiones 

La sensación de impotencia, la convicción de que, a estas alturas, las cosas solo pueden ir en la dirección que ellas mismas marcan, gobernadas por fuerzas superiores fuera de control; y, como reflejo, la ira que, incapaz de afrontar los problemas de raíz, se ensaña con los detalles al alcance de la mano, a la medida de la propia debilidad, y desemboca en rencor verdadero hacia cualquiera que tenga los conocimientos y el poder para actuar… como queriéndonos proteger del impacto de la nada a veces incluso somos como el enemigo que nos reduce a esta nada o nos entrega como presa... 

Es la condición en la que a menudo se encuentran muchos de nosotros, que se traduce en pereza, melancolía, aburrimiento, apatía, indiferencia, inmovilidad, cansancio endémico, ... que conforman la inercia que impregna y corroe nuestra vida como si fuera la característica más peculiar del mundo en el que vivimos desde hace décadas. 

Instalada desde siempre en el recinto de la experiencia humana, la inercia resume sus humores corrosivos, los fantasmas de la disolución, las ruinosas abulias... y acecha el corazón y la mente de las mujeres y los hombres de este primer tramo del siglo XXI… también aquí, en Occidente, paradójicamente precisamente en una época como la nuestra, en la que predominan las rápidas transformaciones que a menudo nos pillan desprevenidos para afrontarlas, en primer lugar desde el punto de vista intelectual, porque se comprenden poco, se aceptan y se sufren. 

Inercia de los individuos, pero también de las colectividades, de los Estados que ven acercarse la catástrofe pero se encuentran en la imposibilidad, y no solo en la incapacidad, de hacerle frente. Tanto es así que quizás la única acción que queda por realizar, la más importante, es mantenernos en lo humano, sabiendo que los postulados éticos se han ido desmoronando y que sus límites ya no son evidentes y que hay que reinventarlo todo desde cero... el derecho, la política, las artes, la arquitectura, las ciudades, pero, lo que es aún más extraño, hay que reinventar lo humano… 

Y hacerlo cuando prevalece el agotamiento, tanto del pensamiento como de la energía vital, que no es el preludio, sino ya la señal, la evidencia, de la esclavitud consumada y aceptada por la mayoría como irreversible. Al menos aquí, en nuestro Occidente más que maduro. Quizá no sea así en otros lugares donde prevalecen otras urgencias muy diferentes, y el dinamismo, la voluntad de hacer, es una necesidad primaria que ninguna represión ni violencia, al menos por ahora, consigue sofocar. Ya veremos. Las maniobras de asfixia ya están en marcha. 

Precisamente desde ahí, desde las constantes y las transformaciones de esta enfermedad del cuerpo y del alma, conviene empezar si se quiere intentar hacer balance de dónde estamos y esbozar la geografía en la que nos movemos, o estamos como bloqueados, atascados en un aire gomoso de gestos lentos y fatigosos que a menudo se convierten en agitaciones frenéticas que se consumen en el mismo sitio, con sus cielos negros, sus pantanos, las asperezas que parecen insuperables y los abismos que nosotros mismos hemos cavado y en los que hemos caído, o nos hemos arrojado, desde un tiempo que nos parece inmemorial, sin tener ya la fuerza, y ni siquiera la voluntad, al parecer, de salir de ellos. 

La inercia, el desánimo, la apatía no son una novedad en la vida del hombre, y a veces responden a dificultades muy graves o simplemente al curso de la vida, a las desgracias desiguales que afectan a cualquiera, al envejecimiento, las enfermedades y la miseria, la violencia y la guerra en las que la mayoría se ve envuelta sin haberlo querido ni previsto. Pero esto no basta para explicar su difusión, y se diría que su asunción como estrella polar, apagada, negra como el negro de la melancolía, de nuestros días. 

¿Qué ha pasado entonces? Tal vez algo que no encontraremos en las crónicas de la época... Hemos renunciado a nuestras prerrogativas como sujetos, cayendo en un estado paralizante, donde todo sucede sin nuestro conocimiento. Las mujeres y los hombres de estos años se sienten «superfluos». Sus acciones parecen superfluas. 

El resultado es la difusión universal de la indiferencia, el progresivo entumecimiento hasta la neutralización de la sensibilidad que produce un embotamiento socialmente difundido, el grado cero de nuestra presencia en el mundo, que se traduce en la renuncia a la conciencia, en una aceptación sonámbula de la deriva cotidiana. Un constante dormir soñando con estar despiertos. 

Uno quisiera pensar que esta condición pudiera ser el estado silencioso que precede al acto creativo, porque cada forma negativa puede revelarse también como una oportunidad, la premisa para un cambio o para una salida hacia algo diferente, nuevo, formas de creatividad no solo artística, sino de acción y de pensamiento; lo mismo que ocurre con la vacilación, en la que se ve como un «nuevo gesto del pensamiento… 

Pero, en su mayoría, las figuras que emergen permanecen al otro lado de este umbral, ahogados en el tedio infinito. Para ellas ya nada se mueve, no se avanza ni se retrocede. El tiempo ha terminado, se ha agotado. La larga parábola de la civilización occidental concluye en el silencio o en un ruido sin sentido o en su ensimismamiento en el móvil... 

Se extiende un cansancio opresivo y que paraliza. Es el cansancio del burnout que ha consumido todo el capital de sus energías. Es el mundo del hombre más allá de todo cansancio. Lo producen los cambios y las dinámicas en la vida de un individuo o en el mundo social... cuando ya no se viven como elementos dentro de una cadena de desarrollo dotada de sentido y dirección... sino como un cambio sin dirección y frenético en un aceleracionismo sin fin. 

Todos caminamos al borde del abismo, sin querer saberlo, acariciando deseos menores. Para reparar la vulnerabilidad descubierta, se persigue el humo de perspectivas consoladoras, se buscan elixires, medicamentos baratos. Todo para apaciguar la inquietud. No solo se estanca la economía, se estancan los sueños y los deseos, se apagan la fuerza vital y la voluntad de transformación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


martes, 21 de octubre de 2025

Christian Tok: entre ligereza y profundidad.

Christian Tok: entre ligereza y profundidad

Esta reflexión se encuentra en la línea de aquella otra que ya publiqué en mi blog “¿Evangelizar en las redes sociales?”: https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/09/evangelizar-en-las-redes-sociales.html 

En el mundo de las redes sociales, donde todo va muy rápido y la apariencia suele importar más que el contenido, se ha creado un espacio bastante sorprendente: el de los influencers cristianos. 

Jóvenes, parejas, presbíteros, religiosos y laicos están apareciendo en plataformas como Instagram, YouTube y, sobre todo, TikTok para compartir su fe de una manera accesible, cotidiana y, por qué no, viral. 

Me refiero muy especialmente en esta ocasión al llamado «Christian Tok». 

El «Christian Tok» es una burbuja dentro de TikTok - pero también de Instagram y YouTube - donde creadores de fe cristiana de todas las denominaciones publican vídeos cortos que hablan de Dios, la Biblia, la oración, las relaciones, la vocación, la conversión, la liturgia… 

A menudo utilizan lenguajes visuales modernos, con montajes rápidos y música de moda. Desde contenidos divertidos hasta reflexiones teológicas, desde frases motivacionales hasta vlogs - videoblogs - sobre su propia vida: el «Christian Tok» realmente tiene y brinda algo para todos. 

Se diría que la modernidad tecnológica y la dimensión espiritual pueden coexistir con cierta armonía. Y es bueno y necesario que así sea. 

Con todo, y en todo esto, no pocos se plantean una pregunta legítima: ¿hasta qué punto es correcto aligerar los temas espirituales? 

El humor, el lenguaje afable y la creación de contenidos pueden, sin duda, atraer fácilmente a muchos usuarios. 

Pero hay que tener cuidado, porque el Evangelio no es un juego, y se corre el riesgo de reducir la fe a uno de los muchos contenidos que se consumen, entre un vídeo de cocina y un anuncio de ropa. 

La espiritualidad es una esfera esencial de la vida humana y sería un error reducirla también al entretenimiento. 

Algunos aspectos requieren necesariamente silencio, profundidad, reflexión; si todo se vuelve fácil o estético, corremos el riesgo de confundir la emoción con la conversión, o de buscar el consenso en lugar de la verdad. 

Es verdad, la fe cristiana no es necesariamente seria, pero también es seria y debe tomarse en serio. Y las cosas importantes, por otra parte, a veces nos llaman a la formalidad. 

Es correcto usar la ligereza cuando es necesario, y la alegría es parte integrante y profunda de la experiencia espiritual, pero no todo puede simplificarse. 

Se puede (¡de hecho, se debe!) hablar del Evangelio con frescura y vitalidad, pero teniendo mucho cuidado de no reducirlo a eslóganes. Del mismo modo, se puede contar el propio testimonio incluso con ironía, conservando al mismo tiempo su misterio. 

Más que perderse en concursos de visitas y de links, la dimensión de las redes sociales puede ser una oportunidad valiosa para transmitir la verdad con caridad, la belleza con dignidad y la alegría con conciencia. 

El reto puede ser encontrar ese espacio sutil y delicado en el que comunicar a Dios sin hacerlo espectáculo, sí para llegar al corazón de los demás, pero sin malvender la verdad en favor del algoritmo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 13 de septiembre de 2025

¿Evangelizar en las redes sociales?

¿Evangelizar en las redes sociales?

Recientemente, un amigo al que estimo por su profundidad de pensamiento, y al que sigo en sus escritos y reflexiones, me hablaba del Jubileo de los influencers católicos (o mejor dicho, de los misioneros digitales) del pasado 28-29 de julio. Y me decía algo que me hizo reflexionar mucho: 

«A menudo, la impresión que tengo al ver a ciertos influencers católicos es que, más que responder a una necesidad de la Iglesia, están respondiendo a una necesidad personal. Y esta necesidad personal muchas veces les aleja de la verdadera necesidad de la Iglesia». 

Son palabras fuertes, quizás un poco críticas, pero que sin duda contienen algo de verdad y, a partir de este estímulo, surgió una interesante charla/reflexión sobre los «enfoques misioneros» de las redes sociales, de la que quiero compartir algunos aspectos destacados. 

A mí, en primer lugar, me han sido útiles estas reflexiones, no tanto porque me sienta misionero digital, ni mucho menos porque creo que no lo soy, sino porque, al estar presente en las redes sociales, me han ayudado a cuestionarme. 

Me pregunto, y lo hago desde hace bastante tiempo, ¿cuál podría ser la «necesidad personal» que mueve a muchos a hacerse un hueco para evangelizar en las redes sociales? 

No quiero juzgar las intenciones, también porque hay que tener en cuenta que se trata de un terreno complejo, donde las cosas nunca son blancas o negras, y donde incluso las necesidades más distorsionadas (a menudo inconscientes) se mezclan siempre con deseos nobles y propósitos buenos, por lo que hay que actuar con mucha prudencia. 

Sin embargo, las reflexiones con mi amigo al que sí considero influencer o misionero digital me han hecho pensar en tres aspectos que propongo a continuación: 

1.- La necesidad de estima y reconocimiento. 

Cada uno de nosotros necesita naturalmente confirmaciones, alguien que nos devuelva cierta estima y consideración. Esto, obviamente, a diferentes niveles según las personas y el momento de la vida: el joven que está construyendo su personalidad lo necesita mucho, el adulto que ya debería haber consolidado una buena autoestima y confianza en sí mismo, menos. Y, sin embargo, esta inclinación natural, en el entorno social, corre el riesgo de degenerar. 

De hecho, no es raro que detrás de cierta ansia de evangelizar se esconda una necesidad insatisfecha de confirmación, de ser visto y estimado, de sentirse alguien: es esa idea inconsciente de que obtener visibilidad y audiencia coincide con la confirmación de su propio valor. 

Una señal de alarma que puede alertar en este sentido es cuando el hecho de ser considerados y apreciados nos produce una cierta embriaguez, una sensación de euforia y gratificación, un afán que nos empuja a producir contenidos e iniciativas (a menudo no solicitadas) para seguir siendo el centro de atención. Por el contrario, se siente desánimo y tristeza si no se recibe la atención esperada. 

Entonces, uno sin darse cuenta, se produce una especie de cortocircuito: con la noble intención de evangelizar, ¡me encuentro alimentando mi ego! 

Y el contenido, precisamente porque es expresión de mi ego, se vuelve más importante que las personas a las que se dirige. Pero, sobre todo, desvía la atención del propósito de evangelizar, porque más que a Dios lleva... ¡al yo! 

2.- El ansia de sentirse capacitado para hablar de todo. 

Sí creo ir advirtiendo, y desde hace tiempo, como una presuntuosa arrogancia de saberlo todo. Es una tentación que a menudo aflige incluso a los mejor intencionados. A mí, ciertamente. Y también en los ámbitos eclesiales. 

Quiero entender que nadie se siente presuntuoso por defecto, pero cuando nos anima una cierta frenética necesidad de decir y proponer, o nos sentimos del lado de los buenos que deben defender el buen nombre de la moral católica, sin darnos cuenta corremos el riesgo de aventurarnos con ligereza y superficialidad en ámbitos delicados o que nunca hemos profundizado realmente. 

De hecho, sucede que, estimulados por los seguidores o por algún comentario cáustico, o para producir contenidos, acabamos interpretando la Biblia «según mi opinión», citando a «San ChatGPT», o soltando frases hechas y eslóganes escuchados, pero nunca profundizados ni puestos a prueba en la vida. 

He de decir que incluso en intervenciones del episcopado, de superiores generales, …, veo no poca tendencia a eslóganes y frases hechas. Pero eso es otro tema… 

No creo que hagamos un buen servicio al Evangelio cuando, por ejemplo, ofrecemos enfoques por lo menos parciales o incluso distorsionados que acaban fallando significativamente el objetivo y el verdadero bien de las personas a las que se dirige, que siempre pasa por una cierta prudencia. 

Es necesario invocar el don de la prudencia, ¡no basta con tener buena fe para anunciar una buena fe! El hecho de hacer algo «oficialmente» noble no me autoriza a hablar de todo. 

3.- Sentirse heraldos paladines que defienden la fe. 

A menudo, cuando uno se siente así, cree evangelizar explicando a las personas cómo deben comportarse y por qué. 

Esta actitud, que hasta se podría resumir en la palabra «moralismo», crea inexorablemente divisiones y cierres: sentirse juzgado y tratado con superioridad apaga toda apertura al diálogo y al encuentro. 

He aquí la paradoja del moralismo: en lugar de tender puentes, se alimentan polémicas y debates estériles; en lugar de sembrar belleza y alegría, se difunden juicios y sentencias propios de auténticos gurús. 

El Papa Francisco, en Evangeli Gaudium - un texto que podría ser el vademécum de cualquiera que deseara evangelizar -, recuerda que el anuncio cristiano no debe obsesionarse con la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas, sino que debe centrarse en lo esencial: lo que es más bello, más grande, más atractivo y más necesario (cf. EG 35). 

También en este tercer caso se cae lejos del objetivo: el moralismo hace daño a los demás, pero también me hace daño a mí porque me hace sentir del lado de los buenos, de los justos, de los que «han entendido», y me aleja de los demás y de reconocer mi necesidad de misericordia. 

Entonces, ¿qué es hacer misión en las redes sociales? ¿Explicar lo que está bien y lo que está mal? ¿Mostrar las cosas «imprescindibles» para un auténtico católico? ¿Defender los principios cristianos contra un mundo feo y malo? ¿Crear el enésimo curso o podcast? ¿Ofrecer la enésima propuesta de comentario al Evangelio? ¿Qué es evangelizar? 

El Jubileo de los misioneros digitales y de los influencers católicos no sé si ha ofrecido una oportunidad para repensar el significado de la misión digital, porque las buenas intenciones no bastan para evangelizar. 

Seguramente deberíamos liberarnos de la idea un tanto clerical de que evangelizar es solo o fundamentalmente «explicar cosas». Es verdad, la palabra tiene un poder muy fuerte, pero evangelizar, en el fondo, es manifestar una vida nueva, revelar en los gestos y en las relaciones un encuentro que nos ha cambiado la vida, el encuentro con Cristo vivo y actuante en nuestra vida. Como recordaba el Papa Francisco: «El misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y a través de Él, el amor del Padre». 

Si el misionero digital (como el que no es digital) y el influencer católico se define como «misionero», no estará de más recordar que el misionero siempre responde a una llamada.

Muchos podemos sentir que queremos aportar nuestro granito de arena en las redes sociales, pero habría que verificar en la Iglesia si este sentimiento es realmente una llamada y no solo una autoproclamación

O, como preguntaba alquien, Dios se sirve de ti para contruir su Reino o tú te sirves de Dios para contruir tu reino. Una pregunta directa, seguramente hasta incómoda, pero no menos pertinente y necesaria. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 17 de agosto de 2025

Que las palabras se hagan carne.

Que las palabras se hagan carne 

«Preferimos no hablar... por miedo a decir demasiado o a no poder transmitir nada; por miedo a crear confusión o vergüenza; por miedo a estropear el momento o a arruinar una relación; por miedo a no llegar realmente al fondo del asunto; por miedo a no ser claros y explícitos o a no ser comprendidos realmente hasta el fondo; por miedo a que se nos quiebre la voz o a que las emociones nos dominen; por miedo a la verdad, sea cual sea... 

Preferimos no hablar por miedo, a pesar de que esto inevitablemente lleva a crear muros. Y no nos damos cuenta de que es precisamente la distancia lo que debería asustarnos. 

Preferimos no hablar por miedo a equivocarnos, pero el único gran error que cometemos es precisamente no hablar». 

Esto me parece significativo con lo que vivimos en el día a día, además de resonar como una provocativa invitación a transformar nuestra cotidianidad en palabras. 

«Preferimos no hablar...». Sin embargo, me parece que hoy en día vivimos ahogados por las palabras, en su mayoría sumergidos por la charlatanería, incluso eclesial, las palabras superficiales, los «he oído decir», las palabras impersonales, los llamamientos generalistas, los mensajes obvios ... 

No es raro que nos dejemos llevar por los tópicos habituales, sin esforzarnos demasiado por comprender lo que decimos: con demasiada frecuencia nuestras palabras son obvias y ambiguas, y así acabamos banalizándolas, ignorándolas o instrumentalizándolas. O nos inundamos de palabras «vacías», aquellas que parecen querer decir algo, pero que en realidad no dicen nada. 

¿Cuántas veces, por ejemplo, preguntamos «¿Cómo estás?», «¿Qué tal hoy?», pero no nos detenemos a escuchar la respuesta de nuestro interlocutor, porque en realidad ya estamos pensando en otra cosa? Es nuestra forma de llenar el espacio con quien tenemos delante, librándonos de la vergüenza y del esfuerzo de comprometernos de verdad. 

Sigmund Freud escribió: 

«Las palabras eran originalmente hechizos, y la palabra conserva aún hoy gran parte de su antiguo poder mágico. Con palabras, un hombre puede hacer feliz a otro o llevarlo a la desesperación; con palabras, un maestro transmite su conocimiento a sus alumnos; con palabras, el orador arrastra a su audiencia y determina sus juicios y decisiones. Las palabras despiertan afectos y son el medio general por el que los hombres se influyen mutuamente». 

Es decir: las palabras no son solo sonidos. La palabra tiene tal fuerza que puede dejar una huella indeleble en la vida de los demás: lo que decimos tiene realmente el poder de herir o de reconfortar. Una palabra buena y generosa, dicha en el momento adecuado, puede sanar un corazón afligido; por el contrario, unas palabras ambiguas pronunciadas con malicia pueden herir mortalmente a un hermano («Hay quienes hablan sin pensar: hieren como una espada, pero la lengua de los sabios cura» – Proverbios 12,18). 

La capacidad de comunicarse a través del lenguaje es un don de Dios, dador de «todo don bueno y todo don perfecto» (Santiago 1, 17). Este don distingue al hombre de los animales, permitiéndole expresar no solo sus pensamientos, sino también sus sentimientos. 

Palabras... palabras... palabras... y, sin embargo, cuando tenemos que decir palabras verdaderas, palabras que marcan la vida, tenemos miedo. Miedo a no gustar, miedo a no ser comprendidos, miedo a poner en crisis a alguien, miedo a responder a las palabras vacías que escuchamos con palabras «llenas», que tienen significado, porque dicen algo de nosotros, porque describen lo que sentimos, lo que vemos, lo que queremos sin adornos, tal y como es. 

Si nos esforzáramos por utilizar palabras «llenas» y trabajar las vacías para cambiarlas, llegaríamos realmente a comunicarnos a nosotros mismos, nuestra vida; la palabra sacaría a la luz nuestra verdadera esencia y nuestro amar, sufrir, esperar se convertiría en un auténtico regalo de nosotros mismos a los demás y no solo en palabrería. 

Entonces también el otro se dejaría llevar, se abriría un paso y las relaciones formales en las que vivimos en su mayor parte se transformarían en relaciones auténticas, en las que el juicio deja espacio a la escucha verdadera, la que comprende y acoge al otro en la plenitud de sus pensamientos, sentimientos y emociones. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 10 de agosto de 2025

Y el Verbo se hizo verborrea: o de las palabras en exceso en la Iglesia.

Y el Verbo se hizo verborrea: o de las palabras en exceso en la Iglesia 

El exceso de verborrea en la Iglesia amenaza la grandeza de la Palabra. 

Un anciano monje del desierto, al acercarse al final de su vida, compartió con uno de sus devotos discípulos un precepto memorable: «Evita impartir enseñanzas sobre lo que no has practicado a la perfección». 

Esta frase suscita una profunda reflexión sobre el vínculo entre el ser humano y la palabra, poniendo de relieve cómo las palabras a menudo resuenan vacías, carentes de sustancia o vitalidad. 

Nuestra Iglesia, inmersa en un flujo incesante de palabras, puede caer en la tentación de descuidar su verdadero valor, su poder y su eficacia. El uso y abuso de la palabra encierra múltiples riesgos y peligros. 

En el contexto de nuestra cultura 'logorreica', destaca de manera significativa la advertencia de los Padres del desierto de evitar la 'verbosidad' excesiva. Las palabras pronunciadas, pero no traducidas en acciones, generan el engaño de haber hecho algo solo por haberlo dicho. 

Esta trampa insidiosa se conoce como «verborrea» y es un defecto compartido también por aquellos que tenemos acceso a un micrófono y contamos con un auditorio. Sin embargo, es una actitud a la que todos estamos predispuestos de diferentes maneras. 

La «verborrea» representa una tentación no solo para aquel que impone normas a los demás en lugar de a sí mismo, sino también para quienes viven una experiencia religiosa. En este último caso, se configura como una forma errónea de acercarse a la salvación. 

Jesús, encarnación de la Palabra de Dios, transmitió la salvación no solo a través de sus palabras, sino también a través de gestos tangibles y corporales, expresando la totalidad de su persona. 

En una sociedad cada vez más inclinada a la verborrea, donde la abundancia de palabras parece ser una competición para declamar el bien con promesas enfáticas, los seguidores de Jesús están llamados a traducir su enseñanza en acciones tangibles, asimilando su mensaje como se hace con la sal y la luz. 

La Iglesia, en este contexto, no puede aceptar pasivamente los excesos de la verborrea. Es imperativo evitar todo abuso de la palabra, ya que esta conserva su centralidad solo cuando está libre de toda inclinación al discurso vacío, y solo cuando se enriquece con la experiencia práctica de su significado en los diversos contextos en los que se emplea. 

Seguramente hay que reconocer que una cierta dosis de verborrea es inevitable en la vida de cada uno. La palabra desempeña un papel crucial en la interpretación de la realidad y en la comunicación con los demás. Sin embargo, es fundamental no limitarse a la formulación verbal de las cosas, especialmente si esta se presenta precisa, elegante y refinada. 

A menudo, en lugar de tratar de comprender y transformar la realidad, nos contentamos con detenernos en su representación verbal, transformándola en un mundo aparte, una especie de «intersticio» en lugar de un instrumento de mediación. Esta tendencia a la evasión y a la defensa afecta inevitablemente también al enfoque eclesial de Dios. 

Asistimos a un predominio de las palabras humanas sobre Dios. A veces, cuestiones de crucial importancia antropológica se reducen a discursos puramente léxicos, donde la sustancia se sacrifica en el altar de la verborrea y de una superficialidad imprudente. El clero se refugia a menudo en una retórica dorada, cada uno convencido de poseer la verdad y de ser víctima de las circunstancias. 

Si la Iglesia habla sobre Jesús sin hacer tangible su presencia a través de rostros humanos y gestos concretos, esto se traduce en una retórica religiosa vacía y, más aún, en una misión vanagloriosa, de la que es mejor guardarse. 

Y creo que es necesaria una catarsis, una especie de hoguera purificadora de la charlatanería a la que nos hemos abandonado y del que nos hemos complacido hasta el momento presente. 

El fenómeno de la verborrea se ha extendido también a la liturgia, poniendo de manifiesto un cierto racionalismo que se manifiesta a través de un uso excesivo de las palabras y una sobreexposición fonética. En este contexto, cobra cada vez más importancia el uso de palabras, discursos, exhortaciones, comentarios y razonamientos, mientras que las acciones, los gestos y los movimientos quedan relegados a un segundo plano. 

Ante la difusión rampante de la verborrea, ya en 1973 la Congregación para el Culto Divino se sintió obligada a aclarar: «En cada advertencia se respete su carácter, de modo que no se convierta en un discurso o una homilía; se procure la brevedad y se evite la verbosidad que podría aburrir a los presentes» [Carta a los Presidentes de las Conferencias Episcopales 14]. 

Nos encontramos ante una excesiva prolijidad verbal, que parece sobreponerse al valor del silencio y al arte de escuchar. En los tiempos actuales, es como si todos estuvieran empeñados en expresarse. 

El abuso actual no se expresa solo en una cantidad excesiva de pronunciamientos, sino en la proliferación de opiniones, posturas y actitudes. Todos hablan (fieles, magisterio, organismos, congregaciones, instituciones, fundadores) dando por cierto lo que a menudo es solo una opinión propia, a veces incluso discutible y gratuita. 

Una de las peculiaridades de la verborrea eclesial se manifiesta en la repetitividad y la estereotipia. Se utiliza un lenguaje común, casi recitando de memoria un texto fijo. La verborrea traslada a las palabras el peso que debería corresponder a los hechos de las obras. 

También la verborrea acontece en el vasto universo de la llamada «pastoral», una actividad muy extendida pero a menudo ineficaz. A veces se presenta como prolija y artificiosa. En el ámbito eclesial, asistimos a numerosas reuniones, asambleas y consejos, muchas veces improvisados, con órdenes del día inciertos y una conducción poco clara. 

La capacidad de comunicar, por desgracia, no siempre está a la altura de las nobles intenciones. Una de las antiguas reglas de la retórica, que sugiere a quien habla en público que tenga algo que decir, lo diga y luego concluya, parece a menudo ignorada. 

En el mundo de las reuniones, a menudo largas e infructuosas, todos nos preguntamos si ha valido la pena dedicar tanto tiempo. Estas reuniones, caracterizadas por disputas inconclusas, dificultades para llegar a una conclusión y falta de claridad en el enfoque del discurso, dejan una sensación de cansancio y de no haber alcanzado los objetivos. 

Las convocatorias de reuniones a todos los niveles eclesiales se están extendiendo hasta multiplicarse, casi como para poner de relieve el dinamismo sinodal de las diferentes realidades eclesiales. Convocar un consejo, independientemente de los temas tratados, es un signo inequívoco de la pérdida de tiempo de la verborrea

Quizás sea precisamente por eso que, a veces (o a menudo), cuanto menos se interactúa de manera incisiva con el territorio o con las personas, más se organizan reuniones. Los participantes son tristemente conscientes de que el aburrido ritual de las reuniones es uno de los males necesarios de la vida actual. 

Es fácil identificar algunas de las patologías de la comunicación contemporánea: el aislamiento en lo virtual, que ha vaciado las relaciones humanas; la indiferencia hacia la verdad; la sumisión a la lógica d lo establecido y del poder; ... 

En esta delicada encrucijada, con el riesgo concreto de que la corrupción de la palabra se traduzca en una corrupción de la humanidad, Josef Pieper, inspirado en la gran lección de los clásicos, aún capaces de ofrecer profundas reflexiones, lanza una invitación fundamental: es necesario reapropiarse de las palabras, de su significado que pone de manifiesto la verdad, y del diálogo que tiene como único fin el intercambio sincero. Porque una comunicación leal hacia las personas y la verdad de las cosas es el hábitat fértil del ser humano, lo que nos da sentido. 

La palabra sufre abusos cada vez que se aleja de la búsqueda de la verdad. Pero ¿qué significa para la palabra no buscar la verdad? Significa no reflejar la realidad, no tener ningún anclaje en la concreción de las cosas. 

Cuando la palabra se desprende de la realidad, por ejemplo, manifestándose como adulación personal o institucional o propaganda autorreferencial, establece una convivencia distorsionada entre los seres humanos, carente de fundamentos sólidos para la comunidad y abierta al abuso. La alteración de la palabra genera realidades ilusorias que se vuelven funcionales a una estructura institucional o a un sistema de organización. 

Ante el abuso de la palabra, existe una tarea nunca completada: resistir toda simplificación parcial, toda exaltación ideológica y toda emotividad ciega derivada de palabras sin significado. 

La retórica, desde sus orígenes, se ha centrado en la función persuasiva de las palabras, es decir, en el análisis de los efectos que las palabras pueden tener en nuestras vidas. Ha incluido el análisis del poder de las palabras en una reflexión más amplia sobre el lenguaje y el papel que desempeña no solo en la construcción de los vínculos sociales, sino también en su mantenimiento. 

En las Sagradas Escrituras, la Palabra divina, de la que toda expresión humana no es más que un reflejo y un eco, se concibe como una fuerza tan poderosa que materializa lo que proclama. Es importante recordar que la Biblia comienza con una palabra... Sin embargo, según Qohelet, esta poderosa realidad es intrínsecamente enferma: «Todas las palabras son gastadas» (Eclo 1,8). 

Ante el poder de la Palabra divina, toda la retórica vacía, los argumentos efímeros, los sofismas y las elucubraciones intelectuales se desmoronan en un instante, se disuelven como la lava al contacto con el agua, desapareciendo por completo ante el deslumbrante resplandor de la Palabra. 

Habría que recordar por ejemplo al escritor Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914-Ciudad de México, 20 de abril de 1998), premio Nobel de Literatura cuando decía aquello de: «Un pueblo comienza a corromperse cuando se corrompe su gramática y su lengua». 

Esta declaración subraya la extraordinaria relevancia de la máxima de Qohelet, que refleja la enfermedad de la comunicación y del lenguaje que observamos hoy en día:

 

1.- por un lado, el individuo contemporáneo se ve limitado al uso de un vocabulario extremadamente reducido, a menudo basado en palabras sin significado, que utiliza como apoyo para desarrollar el discurso;

 

2.- por otro lado, nos encontramos inmersos en un flujo de palabras vacías, carentes de “incisividad” y sin ninguna contribución significativa a la verdadera comunicación de un contenido. 

Si estamos envueltos en una trama de palabras superfluas, especialmente si pensamos en el contexto de la comunicación televisiva y las redes sociales, también conviene reconocer que la observación de Qohelet se aplica bien a las palabras vacías pronunciadas en el ámbito eclesial. 

Porque también en el contexto del lenguaje religioso, deberíamos apreciar el valor del silencio, de la palabra que se presenta envuelta en luz, que es similar a una semilla en lugar de a una dispersión de paja. 

Se trataría pues de ser precavidos y de no dejarse invadir por la charlatanería, esa difusa e incompetente verborrea caracterizada por estereotipos, por frases hechas, por palabras o frases de eslogan titular y por un recurso regresivo a tópicos que quieren ser brillantes. El lenguaje eclesial, para encontrar un sentido auténtico, debe beber no del abuso de la palabra sino más bien de la Palabra de Dios encarnada en hechos. 

Nuestro tiempo necesita palabras poderosas, pero para que la Iglesia haga un uso legítimo de ellas, debe permitir que estas palabras se impregnen de la concreción de los gestos y del realismo de los hechos, de lo contrario corren el riesgo de resonar en el flujo indiferenciado del hablar vacío. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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