El culto a la egolatría: el nuevo señor feudal Elon Musk
Hay quien describe la emergencia de una crisis actual que no se puede comprender ni con los instrumentos de la ciencia, ni con los de la política o la ética.
Es la crisis de la verdad, la crisis de la soberanía
estatal y territorial, la crisis de la forma de gobierno que nos parecía la más
adecuada para satisfacer un proyecto de emancipación: la democracia.
La nueva colonización se ha convertido prácticamente
en un monopolio entre las empresas privadas que aseguran las conexiones: todos sus
proyectos encarnan a la perfección una visión que considera el mundo como un
vacío que hay que reconstruir desde cero y en el que las relaciones sociales,
las comunidades y la propia política son variables que se pueden manipular a
voluntad con vistas a la creación de un nuevo orden basado en los principios de
la propiedad y la empresa.
Las instituciones, la historia, la economía de
mercado, así como el ser humano o su cerebro, se vuelven sustancialmente
irrelevantes. Las prácticas de gobierno se identifican con lo que la tecnología
y los recursos financieros hacen posible, traspasando las fronteras
geopolíticas, mientras que las ruinas de lo moderno y lo humano que esta
transformación conlleva se consideran reliquias de un pasado demasiado lento en
disolverse y, sobre todo, desfasado con respecto a la actualidad y al futuro.
En consecuencia, las palabras que han marcado los
mayores sueños de la modernidad —emancipación, libertad, igualdad, por no
hablar de la fraternidad— se revelan a su vez como cascarones vacíos. Son palabras que pueden
seguir ejerciendo una fuerza de atracción en las estrategias de comunicación,
pero se convierten simplemente en #hashtags y solo valen mientras son
funcionales para crear una espiral que se envuelve sobre sí misma, diluyendo
cada vez más las referencias al mundo exterior.
Las tecnologías ya han cambiado sin duda el uso y la naturaleza de los poderes, y su concentración en muy pocas manos permite ejercer una influencia sin precedentes y, sobre todo, sin fronteras.
Elon Musk es un ejemplo del nuevo señor feudal de la
modernidad.
Es el primero en haber dado un salto tan activo en el
campo de la política, ya que esta debe parecerle la máxima oportunidad para que
se cumpla un destino del que él mismo se presenta como el ejecutor o el
facilitador. La suya es, de hecho, una política que apuesta por la maximización
de la entropía para que de ella se desarrolle la energía opuesta y se produzca
un sistema de dominio a la medida de los vacíos que ha creado.
Si hay un sueño detrás de todo esto, se puede pensar
que es el sueño distorsionado de un niño que creció en la Sudáfrica del
apartheid y que sigue teniendo ante sus ojos esa infancia dorada y blanca. La
fatalidad del futuro tecnocrático no prevé que haya opciones, sino
oportunidades que acelerar y ofrecer a una sociedad civil que ya no está
anclada en la realidad sino en lo virtual y, por lo tanto, reducida práctica y fundamentalmente
a un fantasma.
El deseo todopoderoso e ilimitado es parte integrante
de una actividad tan intrínsecamente destructiva que no se preocupa por lo
existente y querría liquidarlo para perfeccionar su juego de construcción. Si
se quiere, es el rasgo infantil de su personalidad, su delirio de omnipotencia,
la idea de que el mundo es un terreno indefinidamente disponible para
experimentos de gobierno financiero y tecnocrático, que cualquier cosa puede no
solo permitirse, sino autorizarse por la firma del destino solo porque entra
dentro de los sueños que el poder de la empresa legitima.
De hecho, ningún gasto puede considerarse excesivo si su objetivo no es el beneficio, sino la construcción de una red de poder autosuficiente que se postule como alternativa al arcaísmo del mundo común. Cada uno de sus pasos en esta dirección parece formar parte de un megaproyecto. Su caso encarna de hecho nuevas fuerzas que presionan sobre el presente.
El corazón de las sociedades de control es la lógica de la empresa y la empresa es intangible, es un sujeto que cambia de un instante a otro y cuyas redes cambian de un punto a otro. Pero su empresa, o mejor dicho, la acumulación entrópica/constructiva de sus empresas de la que es propietario, ya va un paso más allá: quiere erigirse en quien dicta los códigos de nuevas soberanías.
Los cambios sistémicos que estamos viviendo presagian un
horizonte de dominio colonial o feudal cuyas líneas de aplicación aún nos cuesta comprender,
aunque comenzamos a ver claramente sus signos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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