¿Algoritmos, Cookies,…? Libres… pero menos… o no tanto. Más rastreados y vigilados
Las sociedades contemporáneas están cada vez más envueltas en una gigantesca red que está imponiendo progresivamente su modelo cultural y comunicativo. Nacida como un espacio de libre acceso y sin fronteras, internet se ha ido transformando en un espacio cerrado, en el que aumentan las restricciones para el individuo, que solo puede acceder a determinados servicios pagando un precio determinado…
Este proceso lleva tiempo en marcha, gracias al
desarrollo de una amplia gama de herramientas de control que regulan y limitan
la libertad de acción: registro de usuarios, contraseñas de acceso, filtros,
cookies, rastreabilidad de contenidos, etc.
La aparición de herramientas como los móviles y
las tabletas lo ha acelerado. Porque las apps, es decir, las
aplicaciones informáticas que permiten obtener prestaciones específicas de
estos dispositivos, establecen límites precisos de acción para el usuario.
Además, todas las empresas que operan en la web
intentan que el usuario permanezca el mayor tiempo posible dentro de su
sistema: comprar un móvil con el sistema Android implica verse empujado
a vincularse a los diversos servicios que ofrece Google (desde el navegador
Chrome hasta los mapas de Google Maps), la música se disfruta cada vez más a
través de una escucha ininterrumpida de canciones que a menudo plataformas como
Spotify eligen directamente para el usuario, Netflix y Mediaset (a través de su
servicio Infinity), una vez terminado un episodio de una serie de televisión,
inician automáticamente el siguiente sin pedir permiso.
Y se podrían citar muchos otros ejemplos.
Por otra parte, las empresas recopilan hoy en día enormes cantidades de información personal sobre los usuarios, por lo que los conocen a fondo y pueden ofrecerles servicios a medida.
Pero cabe pensar también en el efecto de homologación
cultural que producen actualmente los modos de funcionamiento de las redes
sociales.
De hecho, al tener que seguir la lógica empresarial de
la estandarización, suelen reducir la riqueza de la personalidad de cada
individuo a unos pocos datos y obligan a comunicarse a través de formatos
técnicos empobrecidos y rígidamente establecidos de antemano.
Es decir, se basan en un esquema gráfico de aspecto
tranquilizador porque es limpio y ordenado, pero perfectamente idéntico para
todos y en el que las frases verbales largas y complejas, o los pensamientos
demasiado complejos se desalientan si no son fáciles ni simples de expresar. Las
redes sociales acumulan y organizan, según sus propios fines específicos, las
imágenes y la información relacionadas con las existencias individuales.
Hoy en día hay quien piensa que la web es una realidad
extremadamente libre y accesible para todos… mientras que nos encontramos ante
una estructura cerrada y privada cuyo funcionamiento está orientado a los
intereses de las grandes empresas que la controlan.
El debilitamiento del poder ejercido de forma
centralizada por los Estados crea, en apariencia, una libertad de acción total,
pero, en cambio, permite a los sujetos más poderosos imponer progresivamente su
poder y crear disparidades en cuanto a la capacidad de uso.
De hecho, la red está lejos de estar distribuida de
manera homogénea y funciona concentrando su poder de influencia en algunas
áreas concretas. Por otra parte, este proceso es similar al que se desarrolló
en la primera fase de desarrollo del sistema capitalista, cuando se empezó a
cercar los territorios que antes eran de libre acceso y a establecer que, a
partir de ese momento, su naturaleza se había convertido en privada.
La web se presenta y se vive generalmente como una especie de paraíso en el que cada uno dispone de la máxima libertad para realizar sus deseos. En realidad, también aquí, como en todo el sistema social, las posibilidades dependen de los niveles de poder, y estos niveles son claramente desiguales.
Al igual que en la sociedad física, también en la red
el poder no se distribuye de manera equitativa. Hay sujetos que, como algunas
grandes empresas, disponen de un gran poder y sujetos que, por el contrario,
son débiles, como la mayoría de los usuarios.
No creo a estas alturas que tengamos que ser ingenuos considerando
la red y las nuevas tecnologías de la comunicación como un verdadero
instrumento de emancipación de los seres humanos, como todavía se tiende a
sostener muy a menudo. Es decir, un instrumento capaz de permitir a los
individuos una plena libertad de expresión y a la colectividad experimentar
nuevas formas de democracia y sociabilidad.
Seguramente este aspecto está presente pero sobre todo
porque el sistema económico solo puede aumentar rápidamente su nivel de
productividad si es capaz de aprovechar libremente todo lo que se desarrolla
dentro de la sociedad. Y esto, también, tiene un precio aunque aparezca
gratuito.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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