Detrás de ChatGPT
No es la inteligencia artificial la que ha aprendido a pensar como nosotros, somos nosotros los que hemos dejado de pensar como personas y la mayor responsabilidad la tenemos nosotros. Me explico.
Para quienes no hayan estado encerrados en un refugio
antiaéreo durante los últimos años, una serie de nuevos algoritmos generativos,
entrenados con enormes cantidades de datos procedentes de seres humanos, ya ha
desarrollado la capacidad de producir textos, sonidos e imágenes.
Quienes los han probado se quedan sorprendidos y
maravillados: la impresión es que estos algoritmos son capaces de captar la
estructura del pensamiento de los seres humanos y declinarla en nuevas
combinaciones.
ChatGPT, quizás el más famoso, es capaz de escribir
poemas, responder a preguntas sobre cualquier tema, redactar textos e informes.
Parece que ChatGPT es como nosotros.
Se han escrito ríos de palabras sobre su potencial y sus riesgos, desde el problema de los derechos de autor hasta los efectos, por ejemplo, en el sistema educativo.
No hay duda de que tienen capacidades hasta ahora
impensables y que su impacto está siendo y será profundo e irreversible, pero
la pregunta es otra: ¿estamos seguros de que el pensamiento es simplemente la
manipulación de símbolos y la producción de contenidos?
Es un hecho que, entre los textos producidos por
ChatGPT y los escritos por seres humanos, no hay diferencias evidentes, y esta
similitud encierra una amenaza.
Los estudiosos de diversos ámbitos temen el día en que
estas inteligencias artificiales sean capaces de producir contenidos similares
a los que ellos, a lo largo de muchos años, han aprendido a producir con
esfuerzo y dedicación.
¿Nos hemos quedado obsoletos? ¿Estamos a punto de ser
superados por la inteligencia artificial en lo que creíamos que era nuestra
capacidad más esencial? ¿Es decir, el pensamiento?
Seguramente la respuesta se esconde en la pregunta.
El mero hecho de plantearse esta pregunta implica que el pensamiento ha sido degradado a cálculo, operatividad, recombinación. Pero, ¿es realmente así?
En realidad, hay dos formas de entender el
pensamiento: como manipulación de símbolos o como manifestaciones de la
realidad.
La primera forma se ha declinado de muchas maneras hasta
la inteligencia artificial actual. Se ajusta a la idea de que el hogar del
pensamiento es el lenguaje y que este, en el fondo, no es más que una
recombinación continua de símbolos. Es una idea muy popular.
Todo es información, dicen algunos. La información no
es más que una serie de símbolos que hay que recombinar. Todo esto es muy
convincente, pero deja fuera algo fundamental: la realidad.
La realidad es un término incómodo, casi molesto, para
algunos. Desde Immanuel Kant hasta las neurociencias, se nos repite que no podemos
conocer el mundo, sino solo nuestras representaciones (que nunca son del todo
fiables).
Y así, poco a poco, el pensamiento se vacía de
significado. Las palabras son cada vez más símbolos dentro de un universo de
símbolos y cada vez menos la manifestación de algo real.
Tanto las redes sociales como el metaverso nos llevan
a un mundo digital cada vez más alejado de la realidad, donde escribir palabras
que producen otras palabras, en un laberinto de símbolos y el me gusta
autorreferenciales, parece ser el único objetivo.
En este mundo de representaciones digitales que son un fin en sí mismas, ChatGPT es como nosotros. De hecho, es mejor que nosotros. No hay comparación. La IA está a punto de convertirse en el dios de una realidad hecha solo de símbolos sin significado.
Más allá de este entusiasmo por el pensamiento
reducido al cálculo de nuevas combinaciones, existe otra gran intuición sobre
la naturaleza del pensamiento.
En esta visión, la persona no es solo una calculadora,
sino una unidad de existencia. Es una perspectiva poco popular hoy en día,
acostumbrados como estamos al lenguaje informático y tecnológico (donde la
informática es hegemónica).
El pensamiento no es ni un flujo de conceptos ni una
secuencia de operaciones, sino el punto en el que se manifiesta la realidad. El
pensamiento adquiere significado si está iluminado por la realidad; algo que no
se puede reducir a un algoritmo, pero que no por ello es menos verdadero.
El significado de nuestras palabras no depende de la
corrección de su gramática, sino de la realidad que se manifiesta a través de
ellas en el lenguaje.
Estas dos actitudes corresponden a formas de ser
incompatibles y atraviesan el arte, la ciencia y la filosofía. El primero es
interno al discurso, el segundo traspasa el nivel dialógico para llegar (o
intentar llegar) a la realidad. Entre los dos campos no hay simpatía, sino un desprecio
explícito.
La pregunta que deberíamos hacernos no es si Chat GPT (que se alimenta de lo que nosotros mismos le proporcionamos con nuestros datos a través de Internet, las redes sociales y los teléfonos móviles) piensa como nosotros, sino más bien qué significa pensar.
Yo soy real y mi realidad va más allá de la cascada de
cifras digitales verdes de Matrix. Somos reales y esta realidad no está dentro
de nuestros símbolos. No somos simples calculadoras. Y qué más da si hoy en día
la mayoría piensa que es así, dejándose encantar por la perspectiva de cambiar
la realidad por un metaverso digital.
Volvamos a la realidad y abandonemos los símbolos.
Volvamos a las cosas y dejemos las palabras. No es cierto que las palabras o la
información sean más importantes que la vida y las cosas.
ChatGPT reconoce, pero no ve; escucha, pero no oye;
manipula los símbolos, pero no piensa. Para pensar hay que ser real, pero ¿qué
es el pensamiento? El pensamiento es mundo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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