jueves, 5 de febrero de 2026

Derecho de ser Mujer.

Derecho de ser Mujer

Las mujeres, para hablar, deben superar el ruido de las voces patriarcales que son hasta fáciles de ver, aunque quizá sean los más difíciles de superar. Hacen mucho ruido, especialmente cuando rompen a vociferar, y son potentes dado que el modelo de civilización patriarcal tiene orígenes antiguos y, en virtud de ellos, está consolidado, transmitido, interiorizado e institucionalizado.

 

A mí me gustan las mujeres. Me gustan las mujeres anticonformistas. Me gustan las mujeres independientes. Las mujeres dulces. Me gustan las mujeres fuertes. Las mujeres sensibles. Me gustan las mujeres que saben mantener el poder. Las mujeres que saben usar la belleza sin denigrarla. En definitiva, me gustan las mujeres que no tienen miedo de ser mujeres. Y, por lo tanto, en realidad, me gustan las mujeres incluso cuando no consiguen ser inconformistas, independientes o dulces.

 

Conozco a muchas mujeres, a algunas las he conocido en la calle, a otras en los libros, a otras en los medios de comunicación.

 

Conozco a mujeres que cada mañana se ponen un traje, cogen el tren de primeras horas y se van a trabajar, y mujeres que a primera hora de la mañana se levantan y ponen en marcha a los habitantes de la casa con mil y un quehaceres, mujeres que en la cola del semáforo miran al vacío, mujeres que en la cola del semáforo se empolvan la nariz, mujeres que siempre escriben con lápiz, mujeres que solo escriben en el ordenador, mujeres que solo leen novelas, mujeres que no leen nada.

 

Conozco mujeres a menudo cansadas y mujeres siempre enérgicas; conozco mujeres que crían a cinco hijos y mujeres que no son capaces de mantener viva una planta; mujeres que tienen una habitación para ellas solas en la que escriben el inicio de grandes novelas, y mujeres que en su habitación para ellas solas deciden suicidarse; mujeres que aman, idolatran y exhiben su cuerpo, y mujeres que, si pudieran, nunca lo mostrarían; conozco mujeres que salen a la calle a protestar y mujeres obligadas a embarcar a sus hijos en una lancha neumática porque el mar abierto da menos miedo que la guerra; conozco mujeres enfadadas, mujeres desilusionadas, mujeres excéntricas, mujeres melancólicas.



Y creo que es importante que cada una de estas mujeres siga siendo mujer en la medida de sus posibilidades, pero que entre en relación con el mundo de la realidad y no solo con el mundo de los hombres, y que piense en sí misma para construirse y afirmarse como sujeto libre, no para compadecerse o menospreciarse.

 

Y que sea muy consciente de sus logros y de las limitaciones que aún se le imponen, y que viaje por el mundo como mujer en un cuerpo de mujer y no con la ambición de convertirse en una entidad desencarnada, porque la renuncia a ser mujer en la mente y en el cuerpo esconde el deseo de uniformarse al hombre y, por lo tanto, también esconde el consentimiento a una civilización patriarcal, a la transmisión y perpetuación de ciertos roles, instituciones y poderes de la vida privada y pública.

 

Porque todo ello no hace sino ocultar el consentimiento a la discriminación y la opresión, que, al ser formas de relación, no se eliminan si los oprimidos y discriminados las ignoran, si fingen no verlas; al ser formas de relación, y por lo tanto formas de dar sentido al mundo y a los demás seres humanos, no pueden eliminarse: pueden y deben modificarse.

 

Muchas mujeres han trabajado en esta dirección, abriendo nuevos caminos para sí mismas y para otras. Podría citar a las muchas mujeres —nunca conocidas, muertas o vivas, reales o imaginarias— que forman en mí una cadena invisible, mujeres con las que siento, a pesar de toda su grandeza, que tengo un vínculo, algo en común.

 

Muchas de las mujeres que he admirado y admiro me las han dado a conocer otras mujeres, que han mirado hacia adelante pero sin dejar de mirar a su alrededor, y que se han tomado muy en serio su condición de mujer. Podría hablar de algunas, pero tendría que dejar fuera a muchas.

 

Y, sin embargo, solo pensar en toda esta genealogía no me satisface. No me parece lleno de sentido el mirar atrás . Y mucho menos hacerlo con rabia, o con frustración, o con arrepentimiento; lo hace inútil y perjudicial, y nos vuelve ingratos. Pro es que. a fuerza de mirar atrás, llegamos sin aliento al punto en el que empezamos a mirar hacia adelante.

 

En cambio, creo que las mujeres necesitan todo el aliento del que disponen, porque se ven obligadas a recorrer —y no en circunstancias tranquilas, acogedoras y favorables, sino en esas circunstancias difíciles, de ruidos, de violencias, a veces tan aterradoras— un trayecto que los hombres hemos recorrido incluso con cómoda facilidad o, por lo menos, con aparente normalidad.



No, no se me olvida que el 8 de marzo no es el Día de la Mujer, sino el Día Internacional de los Derechos de la Mujer. La diferencia entre ambas definiciones no es formal, sino sustancial. Hoy en día, más que un día de celebración, es un día de reflexión para todos, mujeres y hombres.

 

Es cierto que se han dado muchos pasos adelante y se han conquistado muchos derechos, pero no podemos bajar la guardia y darlos por sentados. De hecho, incluso los derechos que parecían ya adquiridos y consolidados se cuestionan cíclicamente. Tampoco en el mundo laboral hay nada seguro. Todavía hoy, demasiadas mujeres, a pesar de realizar trabajos similares a los de sus compañeros hombres, perciben salarios inferiores.

 

Todavía hay demasiadas mujeres obligadas a elegir entre el trabajo y la familia. Demasiadas obligadas a elegir entre la maternidad y el trabajo, tal vez vinculando su contratación a garantías concretas de no quedarse embarazadas. O bien, al no existir un bienestar social digno de ese nombre, demasiadas mujeres se ven aún obligadas a abandonar el trabajo para cuidar de sus hijos. Otras, al no poder permitírselo, se ven obligadas a renunciar a él de forma preventiva.

 

Todo ello pasando por alto el hecho de que estamos dando por sentado que, en tal caso, esas renuncias deben recaer exclusivamente sobre las mujeres. No hace falta decir que un terreno tan fértil es perfecto como base para muchos derechos denegados. La emancipación femenina de las últimas décadas no ha impedido que la mujer, aunque en menor medida que en el pasado, siga estando en una situación de subordinación económica con respecto al hombre, lo que reduce su autonomía.

 

De hecho, la incapacidad y el miedo de muchas mujeres a reaccionar ante las agresiones, los abusos y la violencia que sufren por parte de sus parejas están precisamente relacionados con su escasa autonomía económica, además de con una herencia cultural retrógrada de la que aún no hemos logrado desprendernos definitivamente.

 

Por lo tanto, reducir el día de hoy a una banal fiesta es denigrante y ofensivo, sobre todo para las muchas mujeres a las que aún hoy se les niegan incluso los derechos más fundamentales. Para aquellas que han luchado y luchan cada día de su vida por reivindicarlos y afirmarlos, en favor de todas y todos. Pienso en las mujeres que se sacrificaron, si no su vida, gran parte de su juventud para garantizarnos la libertad de hoy.



Pienso en las mujeres obligadas a prostituirse, golpeadas y segregadas. Pienso en las niñas casadas con hombres sin escrúpulos y en las otras tantas jóvenes obligadas a matrimonios concertados.

 

Pienso en las chicas violadas en las calles de nuestras ciudades. En las mujeres violadas por su pareja, al amparo de las paredes de su hogar. Pienso en todas las mujeres que viven en regímenes dictatoriales y que cada día se ven privadas de sus derechos fundamentales. Pienso en las mujeres iraníes, dispuestas a morir por la libertad. Pienso en las mujeres que viven en países en guerra, que intentan sobrevivir con todas sus fuerzas y están dispuestas a sacrificar su vida en un intento desesperado por proteger a sus hijos.

 

Y en aquellas madres obligadas a separarse de sus hijos, con la esperanza de darles la oportunidad de un futuro mejor. Pienso en las mujeres que intentan huir de países azotados por la guerra, el hambre, la sed, las enfermedades, los abusos y las miserias de todo tipo, enfrentándose a un viaje por mar, a veces en condiciones meteorológicas adversas, a bordo de una especie de barco abarrotado de demasiados desesperados, poniendo en peligro la vida de sus hijos, pero en un intento extremo por salvarlos de una muerte segura.

 

Y espero que este sea el sentido del Día Internacional del Derecho a ser Mujer siempre cada día, tanto para las mujeres como para los hombres en su conjunto: no olvidar el camino ya recorrido, pero sobre todo recordar todo el que queda por recorrer. Una especie de puesto de control para la memoria colectiva.

 

Y si un ramo de mimosas puede ayudar simbólicamente a la memoria, entonces bienvenido sea. Por otra parte, existe un lenguaje de las flores; en siglos anteriores se utilizaba mucho. Yo no lo conozco, pero me parece que a menudo las flores sugieren las palabras adecuadas.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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