Derecho de ser Mujer
Las mujeres, para hablar, deben superar el ruido de las voces patriarcales que son hasta fáciles de ver, aunque quizá sean los más difíciles de superar. Hacen mucho ruido, especialmente cuando rompen a vociferar, y son potentes dado que el modelo de civilización patriarcal tiene orígenes antiguos y, en virtud de ellos, está consolidado, transmitido, interiorizado e institucionalizado.
A mí me gustan las mujeres. Me gustan las mujeres
anticonformistas. Me gustan las mujeres independientes. Las mujeres dulces. Me
gustan las mujeres fuertes. Las mujeres sensibles. Me gustan las mujeres que
saben mantener el poder. Las mujeres que saben usar la belleza sin denigrarla.
En definitiva, me gustan las mujeres que no tienen miedo de ser mujeres. Y, por
lo tanto, en realidad, me gustan las mujeres incluso cuando no consiguen ser
inconformistas, independientes o dulces.
Conozco a muchas mujeres, a algunas las he conocido en
la calle, a otras en los libros, a otras en los medios de comunicación.
Conozco a mujeres que cada mañana se ponen un traje,
cogen el tren de primeras horas y se van a trabajar, y mujeres que a primera
hora de la mañana se levantan y ponen en marcha a los habitantes de la casa con
mil y un quehaceres, mujeres que en la cola del semáforo miran al vacío,
mujeres que en la cola del semáforo se empolvan la nariz, mujeres que siempre
escriben con lápiz, mujeres que solo escriben en el ordenador, mujeres que solo
leen novelas, mujeres que no leen nada.
Conozco mujeres a menudo cansadas y mujeres siempre
enérgicas; conozco mujeres que crían a cinco hijos y mujeres que no son capaces
de mantener viva una planta; mujeres que tienen una habitación para ellas solas
en la que escriben el inicio de grandes novelas, y mujeres que en su habitación
para ellas solas deciden suicidarse; mujeres que aman, idolatran y exhiben su
cuerpo, y mujeres que, si pudieran, nunca lo mostrarían; conozco mujeres que
salen a la calle a protestar y mujeres obligadas a embarcar a sus hijos en una
lancha neumática porque el mar abierto da menos miedo que la guerra; conozco
mujeres enfadadas, mujeres desilusionadas, mujeres excéntricas, mujeres
melancólicas.
Y creo que es importante que cada una de estas mujeres
siga siendo mujer en la medida de sus posibilidades, pero que entre en relación
con el mundo de la realidad y no solo con el mundo de los hombres, y que piense
en sí misma para construirse y afirmarse como sujeto libre, no para
compadecerse o menospreciarse.
Y que sea muy consciente de sus logros y de las
limitaciones que aún se le imponen, y que viaje por el mundo como mujer en un
cuerpo de mujer y no con la ambición de convertirse en una entidad
desencarnada, porque la renuncia a ser mujer en la mente y en el cuerpo esconde
el deseo de uniformarse al hombre y, por lo tanto, también esconde el
consentimiento a una civilización patriarcal, a la transmisión y perpetuación
de ciertos roles, instituciones y poderes de la vida privada y pública.
Porque todo ello no hace sino ocultar el
consentimiento a la discriminación y la opresión, que, al ser formas de
relación, no se eliminan si los oprimidos y discriminados las ignoran, si
fingen no verlas; al ser formas de relación, y por lo tanto formas de dar
sentido al mundo y a los demás seres humanos, no pueden eliminarse: pueden y
deben modificarse.
Muchas mujeres han trabajado en esta dirección,
abriendo nuevos caminos para sí mismas y para otras. Podría citar a las muchas
mujeres —nunca conocidas, muertas o vivas, reales o imaginarias— que forman en
mí una cadena invisible, mujeres con las que siento, a pesar de toda su
grandeza, que tengo un vínculo, algo en común.
Muchas de las mujeres que he admirado y admiro me las
han dado a conocer otras mujeres, que han mirado hacia adelante pero sin dejar
de mirar a su alrededor, y que se han tomado muy en serio su condición de mujer.
Podría hablar de algunas, pero tendría que dejar fuera a muchas.
Y, sin embargo, solo pensar en toda esta genealogía no
me satisface. No me parece lleno de sentido el mirar atrás . Y mucho menos
hacerlo con rabia, o con frustración, o con arrepentimiento; lo hace inútil y
perjudicial, y nos vuelve ingratos. Pro es que. a fuerza de mirar atrás,
llegamos sin aliento al punto en el que empezamos a mirar hacia adelante.
En cambio, creo que las mujeres necesitan todo el
aliento del que disponen, porque se ven obligadas a recorrer —y no en
circunstancias tranquilas, acogedoras y favorables, sino en esas circunstancias
difíciles, de ruidos, de violencias, a veces tan aterradoras— un trayecto que
los hombres hemos recorrido incluso con cómoda facilidad o, por lo menos, con aparente
normalidad.
No, no se me olvida que el 8 de marzo no es el Día de
la Mujer, sino el Día Internacional de
los Derechos de la Mujer. La diferencia entre ambas definiciones no es
formal, sino sustancial. Hoy en día, más que un día de celebración, es un día
de reflexión para todos, mujeres
y hombres.
Es cierto que se han dado muchos pasos adelante y se
han conquistado muchos derechos,
pero no podemos bajar la guardia y darlos por sentados. De hecho, incluso los
derechos que parecían ya adquiridos y consolidados se cuestionan cíclicamente. Tampoco
en el mundo laboral hay nada seguro. Todavía hoy, demasiadas mujeres, a pesar
de realizar trabajos similares a los de sus compañeros hombres, perciben salarios inferiores.
Todavía hay demasiadas mujeres obligadas a elegir
entre el trabajo y la familia.
Demasiadas obligadas a elegir entre la maternidad y el trabajo, tal vez
vinculando su contratación a garantías concretas de no quedarse embarazadas. O
bien, al no existir un bienestar
social digno de ese nombre, demasiadas mujeres se ven aún obligadas a
abandonar el trabajo para cuidar de sus
hijos. Otras, al no poder permitírselo, se ven obligadas a renunciar a
él de forma preventiva.
Todo ello pasando por alto el hecho de que estamos
dando por sentado que, en tal caso, esas renuncias deben recaer exclusivamente
sobre las mujeres. No hace falta decir que un terreno tan fértil es perfecto
como base para muchos derechos
denegados. La emancipación femenina de las últimas décadas no ha
impedido que la mujer, aunque en menor medida que en el pasado, siga estando en
una situación de subordinación
económica con respecto al hombre, lo que reduce su autonomía.
De hecho, la incapacidad y el miedo de muchas mujeres
a reaccionar ante las agresiones, los
abusos y la violencia que sufren por parte de sus parejas están
precisamente relacionados con su escasa
autonomía económica, además de con una herencia cultural retrógrada de la
que aún no hemos logrado desprendernos
definitivamente.
Por lo tanto, reducir el día de hoy a una banal fiesta es denigrante y ofensivo, sobre todo para
las muchas mujeres a las que aún hoy se les niegan incluso los derechos más
fundamentales. Para aquellas que han luchado y luchan cada día de su vida por
reivindicarlos y afirmarlos, en favor de todas y todos. Pienso en las mujeres que se sacrificaron, si no su
vida, gran parte de su juventud para garantizarnos la libertad de hoy.
Pienso en las mujeres obligadas a prostituirse, golpeadas y segregadas.
Pienso en las niñas casadas con
hombres sin escrúpulos y en las otras tantas jóvenes obligadas a matrimonios
concertados.
Pienso en las chicas violadas en las calles de
nuestras ciudades. En las mujeres violadas
por su pareja, al amparo de las paredes de su hogar. Pienso en todas las
mujeres que viven en regímenes
dictatoriales y que cada día se ven privadas de sus derechos
fundamentales. Pienso en las mujeres iraníes, dispuestas a morir por la libertad. Pienso en las mujeres
que viven en países en guerra, que intentan sobrevivir con todas sus fuerzas y
están dispuestas a sacrificar su vida en un intento desesperado por proteger a
sus hijos.
Y en aquellas madres obligadas a separarse de sus
hijos, con la esperanza de darles la oportunidad de un futuro mejor. Pienso en
las mujeres que intentan huir de países azotados por la guerra, el hambre, la
sed, las enfermedades, los abusos y las miserias de todo tipo, enfrentándose a
un viaje por mar, a veces en condiciones meteorológicas adversas, a bordo de
una especie de barco abarrotado de demasiados desesperados, poniendo en peligro
la vida de sus hijos, pero en un intento extremo por salvarlos de una muerte segura.
Y espero que este sea el sentido del Día Internacional
del Derecho a ser Mujer siempre cada día, tanto para las mujeres como para los hombres en su
conjunto: no olvidar el camino ya recorrido, pero sobre todo recordar todo el
que queda por recorrer. Una especie de puesto de control para la memoria
colectiva.
Y si un ramo de mimosas puede ayudar simbólicamente a
la memoria, entonces bienvenido sea. Por otra parte, existe un lenguaje de las
flores; en siglos anteriores se utilizaba mucho. Yo no lo conozco, pero me
parece que a menudo las flores sugieren las palabras adecuadas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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