La regularización de los emigrantes es cuestión de derechos
Se sabe poco sobre los inmigrantes. Mucho menos de lo que creemos. Porque ya se sabe todo: o se cree saberlo.
Prevalece el prejuicio (entendido aquí en sentido
técnico: el juicio emitido antes de haber tenido una experiencia directa) sobre
el juicio, la opinión sobre el hecho, la necesidad de posicionarse sobre el
análisis.
Y esto nos condena a la incomprensión. Nunca
entenderemos, si el problema es razonar sobre una categoría del espíritu en
lugar de sobre un hecho social, satisfacer nuestra necesidad de posicionamiento
partidista o expresar nuestro respeto más elemental con los derechos
intrínsecos de las personas.
Esto es cierto para todo, pero en el caso de la
inmigración —y de las culturas que expresan los inmigrantes— es hasta probablemente
más cierto.
El inmigrante de papel, el que encontramos en las
páginas de los periódicos y en los discursos políticos, casi nunca se
corresponde con el inmigrante de carne y hueso: el que vive, come, reza, ama,
estudia, trabaja, se casa, cría hijos, tiene expectativas y proyectos,...
Aparentemente, ya tenemos las respuestas: entonces,
¿por qué hacernos preguntas molestas? Sobre todo, ¿por qué hacérselas a los
directamente interesados?
No es casualidad que el discurso sobre la inmigración
sea esencialmente un discurso entre ciudadanos del estado español sobre los inmigrantes, que rara vez
son interlocutores: también porque, al no ser ciudadanos del estado español, no
votan, por lo que hablar de ellos no supone ningún coste para quienes lo hacen.
En su mayoría son un objeto, no un sujeto del
discurso: maleables y manipulables según los intereses de cada uno. Por eso no
se equivocan las bibliotecas del norte de Europa que han inventado, junto con
el préstamo de libros, el préstamo de personas que pertenecen a culturas (o
simplemente tienen experiencias) diferentes a las mayoritarias y mainstream: que cuentan las historias y las vidas de las que son expresión.
De hecho, a veces bastaría con tener un contacto
personal, una relación directa, hablar y, sobre todo, escuchar, lo cual es más
complicado. En el peor de los casos, incluso para confirmar nuestros prejuicios,
con algo más de fundamento.
Más a menudo para cuestionarlos. Como ocurre en las
parejas, las familias, las amistades, las situaciones (escuela, trabajo,
deporte, vida social y cultura) «mixtas», por diversos motivos: por religión,
nacionalidad, color de piel, idioma, orientación sexual e identidad de género,
o incluso solo por el punto de vista.
Sin embargo, estas situaciones - y esto debería
hacernos reflexionar - también están aumentando.
El otro ejercicio que deberíamos hacer es justo lo contrario: observar desde más lejos, para intentar comprender el fenómeno en su conjunto, que a menudo, desde demasiado cerca, se nos escapa. Abstrayéndonos, por un lado, y empatizando, por otro.
En otras palabras, no se entiende un barco con cien
migrantes flotando precariamente en el Mediterráneo si se mira un barco con
cien migrantes flotando precariamente en el Mediterráneo.
Para entender de qué se trata realmente, hay que mirar
al mismo tiempo desde más lejos y aún más de cerca: mirar lo que sucede en
África y en Europa, en Lagos o en Bruselas (desde el punto de vista
demográfico, económico, social, político y geopolítico, medioambiental...).
Pero también hay que saber entrar en la mente, el
cuerpo y los sueños de algunos de esos migrantes, y en la vida de quienes se
encontrarán con ellos.
Y luego, hay que complejizar el fenómeno.
Muchos de los que llamamos migrantes ni siquiera han
visto nunca un barco en el Mediterráneo: han llegado de otra manera, desde
otros lugares, o incluso han nacido aquí.
Solo haciendo este doble ejercicio podremos esperar
comprender algo, al menos algo, de ese fenómeno que llamamos migraciones, al
que a menudo añadimos una caracterización enfática: emergencia, drama o
cualquier otra cosa.
Además, no se entienden las migraciones si no las
entrelazamos con otras formas de movilidad: de la información, del dinero, de
las mercancías y de nuestro propio ser como especie nómada e intrínsecamente
móvil.
Por último, tampoco se entienden las migraciones,
tanto entrantes como salientes, si no las relacionamos con otros fenómenos,
empezando por la demografía (nos encontramos en medio de un devastador descenso
demográfico, que nos lleva a ser uno de los países más viejos de Europa, para
continuar con las transformaciones en el mercado laboral, el nivel de
educación, el medio ambiente, el panorama geopolítico y mucho más.
De hecho, es a partir de las interconexiones entre
estos fenómenos, además del análisis en profundidad de cada uno de ellos, de
donde podemos esperar comprender algo de lo que está sucediendo a nuestro
alrededor. Por eso, estas interconexiones deben entenderse y esas
profundizaciones deben abordarse, algo que se hace muy poco.
También porque tienen consecuencias culturales y
sociales a largo plazo interesantes y problemáticas a la vez. Como consecuencia
de ellas (pero no solo: ocurre dentro de un proceso de complejidad de la
sociedad ya en marcha), ya no vivimos en sociedades homogéneas, unificadas por
una cultura común. Somos sociedades plurales. Y lo seremos cada vez más. Y este
cambio no es insignificante… incluso en nuestra sociedad tan polarizada políticamente
Por eso es necesario seguir tomando en serio el tema
de las migraciones. Como un hecho social que nos afecta a todos. Y para
abordarlo es sacrosanto que la derecha y la izquierda propongan soluciones
diferentes: pero partiendo de la constatación de que el hecho existe y hay que
afrontarlo. Y que no se puede simplemente negar. Sería como negar, y por lo
tanto no gestionar, por ejemplo, el transporte, la sanidad o la educación.
Por eso probablemente merecería la pena crear un
ministerio ‘ad hoc’, o al menos una agencia, concebida como un lugar de
decantación ideológica y de propuesta de directrices derivadas de un análisis
serio y pragmático de los problemas, sin estar viciada por intereses
electorales directos.
Ya no podemos limitarnos a estar a favor o en contra. Todas las partes del espectro político deberían decir qué es lo que proponen, qué tipo de sociedad tienen en mente. Para hacer qué y, sobre todo, con quién: con qué interlocutores. Sabiendo que las decisiones de hoy tendrán consecuencias para las generaciones futuras.
Y esta decisión, la de la regularización
que se pretende en el estado español, y que continúa aquella creo que última
que tuvo lugar en el 2005, durante el Gobierno del Presidente José Luis
Rodríguez Zapatero, es una medida a celebrar y a apoyar porque es una piedra
más para garantizar la dignidad y los derechos humanos de los migrantes.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF




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