miércoles, 4 de febrero de 2026

La regularización de los emigrantes es cuestión de derechos.

La regularización de los emigrantes es cuestión de derechos

Se sabe poco sobre los inmigrantes. Mucho menos de lo que creemos. Porque ya se sabe todo: o se cree saberlo.

 

Prevalece el prejuicio (entendido aquí en sentido técnico: el juicio emitido antes de haber tenido una experiencia directa) sobre el juicio, la opinión sobre el hecho, la necesidad de posicionarse sobre el análisis.

 

Y esto nos condena a la incomprensión. Nunca entenderemos, si el problema es razonar sobre una categoría del espíritu en lugar de sobre un hecho social, satisfacer nuestra necesidad de posicionamiento partidista o expresar nuestro respeto más elemental con los derechos intrínsecos de las personas.

 

Esto es cierto para todo, pero en el caso de la inmigración —y de las culturas que expresan los inmigrantes— es hasta probablemente más cierto.

 

El inmigrante de papel, el que encontramos en las páginas de los periódicos y en los discursos políticos, casi nunca se corresponde con el inmigrante de carne y hueso: el que vive, come, reza, ama, estudia, trabaja, se casa, cría hijos, tiene expectativas y proyectos,...

 

Aparentemente, ya tenemos las respuestas: entonces, ¿por qué hacernos preguntas molestas? Sobre todo, ¿por qué hacérselas a los directamente interesados?

 

No es casualidad que el discurso sobre la inmigración sea esencialmente un discurso entre ciudadanos del estado español sobre los inmigrantes, que rara vez son interlocutores: también porque, al no ser ciudadanos del estado español, no votan, por lo que hablar de ellos no supone ningún coste para quienes lo hacen.

 

En su mayoría son un objeto, no un sujeto del discurso: maleables y manipulables según los intereses de cada uno. Por eso no se equivocan las bibliotecas del norte de Europa que han inventado, junto con el préstamo de libros, el préstamo de personas que pertenecen a culturas (o simplemente tienen experiencias) diferentes a las mayoritarias y mainstream: que cuentan las historias y las vidas de las que son expresión.

 

De hecho, a veces bastaría con tener un contacto personal, una relación directa, hablar y, sobre todo, escuchar, lo cual es más complicado. En el peor de los casos, incluso para confirmar nuestros prejuicios, con algo más de fundamento.

 

Más a menudo para cuestionarlos. Como ocurre en las parejas, las familias, las amistades, las situaciones (escuela, trabajo, deporte, vida social y cultura) «mixtas», por diversos motivos: por religión, nacionalidad, color de piel, idioma, orientación sexual e identidad de género, o incluso solo por el punto de vista.

 

Sin embargo, estas situaciones - y esto debería hacernos reflexionar - también están aumentando.



El otro ejercicio que deberíamos hacer es justo lo contrario: observar desde más lejos, para intentar comprender el fenómeno en su conjunto, que a menudo, desde demasiado cerca, se nos escapa. Abstrayéndonos, por un lado, y empatizando, por otro.

 

En otras palabras, no se entiende un barco con cien migrantes flotando precariamente en el Mediterráneo si se mira un barco con cien migrantes flotando precariamente en el Mediterráneo.

 

Para entender de qué se trata realmente, hay que mirar al mismo tiempo desde más lejos y aún más de cerca: mirar lo que sucede en África y en Europa, en Lagos o en Bruselas (desde el punto de vista demográfico, económico, social, político y geopolítico, medioambiental...).

 

Pero también hay que saber entrar en la mente, el cuerpo y los sueños de algunos de esos migrantes, y en la vida de quienes se encontrarán con ellos.

 

Y luego, hay que complejizar el fenómeno.

 

Muchos de los que llamamos migrantes ni siquiera han visto nunca un barco en el Mediterráneo: han llegado de otra manera, desde otros lugares, o incluso han nacido aquí.

 

Solo haciendo este doble ejercicio podremos esperar comprender algo, al menos algo, de ese fenómeno que llamamos migraciones, al que a menudo añadimos una caracterización enfática: emergencia, drama o cualquier otra cosa.

 

Además, no se entienden las migraciones si no las entrelazamos con otras formas de movilidad: de la información, del dinero, de las mercancías y de nuestro propio ser como especie nómada e intrínsecamente móvil.

 

Por último, tampoco se entienden las migraciones, tanto entrantes como salientes, si no las relacionamos con otros fenómenos, empezando por la demografía (nos encontramos en medio de un devastador descenso demográfico, que nos lleva a ser uno de los países más viejos de Europa, para continuar con las transformaciones en el mercado laboral, el nivel de educación, el medio ambiente, el panorama geopolítico y mucho más.


 

De hecho, es a partir de las interconexiones entre estos fenómenos, además del análisis en profundidad de cada uno de ellos, de donde podemos esperar comprender algo de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Por eso, estas interconexiones deben entenderse y esas profundizaciones deben abordarse, algo que se hace muy poco.

 

También porque tienen consecuencias culturales y sociales a largo plazo interesantes y problemáticas a la vez. Como consecuencia de ellas (pero no solo: ocurre dentro de un proceso de complejidad de la sociedad ya en marcha), ya no vivimos en sociedades homogéneas, unificadas por una cultura común. Somos sociedades plurales. Y lo seremos cada vez más. Y este cambio no es insignificante… incluso en nuestra sociedad tan polarizada políticamente

 

Por eso es necesario seguir tomando en serio el tema de las migraciones. Como un hecho social que nos afecta a todos. Y para abordarlo es sacrosanto que la derecha y la izquierda propongan soluciones diferentes: pero partiendo de la constatación de que el hecho existe y hay que afrontarlo. Y que no se puede simplemente negar. Sería como negar, y por lo tanto no gestionar, por ejemplo, el transporte, la sanidad o la educación.

 

Por eso probablemente merecería la pena crear un ministerio ‘ad hoc’, o al menos una agencia, concebida como un lugar de decantación ideológica y de propuesta de directrices derivadas de un análisis serio y pragmático de los problemas, sin estar viciada por intereses electorales directos.

 

Ya no podemos limitarnos a estar a favor o en contra. Todas las partes del espectro político deberían decir qué es lo que proponen, qué tipo de sociedad tienen en mente. Para hacer qué y, sobre todo, con quién: con qué interlocutores. Sabiendo que las decisiones de hoy tendrán consecuencias para las generaciones futuras. 

Y esta decisión, la de la regularización que se pretende en el estado español, y que continúa aquella creo que última que tuvo lugar en el 2005, durante el Gobierno del Presidente José Luis Rodríguez Zapatero, es una medida a celebrar y a apoyar porque es una piedra más para garantizar la dignidad y los derechos humanos de los migrantes.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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