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miércoles, 12 de agosto de 2026

La belleza y grandeza de la creación: el cielo proclama la gloria de Dios - Salmo 19 -.

La belleza y grandeza de la creación: el cielo proclama la gloria de Dios - Salmo 19 -

Milones de personas alzan la vista al cielo para contemplar uno de los fenómenos astronómicos más fascinantes: el eclipse solar total. 

Este espectáculo natural despierta asombro y admiración no solo entre los científicos y los aficionados a la astronomía, sino también en el corazón de miles de personas. 

Y uno ha leído que también en el corazón de millones de fieles musulmanes se vive el acontecimiento del eclipse como una oportunidad para reforzar el vínculo con el Creador. 

De hecho sus autoridades religiosas suelen invitar a los creyentes a reunirse en las mezquitas para celebrar el rito de la Oración del Eclipse (Salat al-Khusuf para el eclipse lunar, Salat al-Kusuf para el eclipse solar), una práctica que se remonta a la época del profeta Mahoma y cuyo objetivo es recordar la grandeza y el poder de Dios a través de los signos presentes en el universo. 

En el Corán y en la sunna (las enseñanzas extraídas de los dichos y acciones del Profeta), los fenómenos naturales (la salida y la puesta del sol, las fases lunares, las lluvias, los terremotos y los eclipses) no se consideran acontecimientos fortuitos ni fenómenos científicos. Por el contrario, se consideran ayat, signos de Alá, que invitan al ser humano a reflexionar sobre la creación, a tomar conciencia de su propia debilidad y a fortalecer su fe. 

«El sol y la luna son dos de los signos de Alá —dice Mahoma—. No se eclipsan por la muerte o el nacimiento de alguien. Cuando los veáis, volveos hacia la oración, suplicad, recordad a Alá y pedid perdón». 

Precisamente desde esta perspectiva, el eclipse no es solo un fenómeno fascinante para fotografiar o estudiar, sino también, para el mundo musulmán, una llamada espiritual a la presencia de lo Divino, al fin de los tiempos y a nuestro papel como criaturas humanas en la Tierra. 

La Salat al-Khusuf (oración del eclipse lunar) y la Salat al-Kusuf (para el eclipse solar) son ambas Sunnah Mu’akkadah, es decir, prácticas muy recomendadas. No pueden considerarse obligatorias, pero representan una forma de adoración que sirve para destacar, precisamente, acontecimientos extraordinarios. 

Y no es de extrañar. En el pensamiento islámico, la naturaleza es un lenguaje que habla de Dios. El sol, la luna, las estrellas, la noche y el día se citan con frecuencia en el Corán como signos visibles de la sabiduría, la misericordia y el poder de Alá. 

En particular, la luna desempeña un papel central: de hecho, rige el calendario islámico (Hijri), establece el inicio y el final del mes de Ramadán y constituye un elemento de orientación para el viajero durante la noche. 

En el Corán (Sura 41, 37) se lee: «Y entre Sus signos están la noche y el día, el sol y la luna. No os postréis ni ante el sol ni ante la luna, sino ante Alá, que los ha creado, si es a Él a quien adoráis». 

Esta profunda espiritualidad cósmica acerca al Islam a otras tradiciones religiosas que reconocen en los elementos naturales signos de la presencia divina. 

En particular, en el Cántico de San Francisco de Asís —que proclama la armonía entre la creación y la espiritualidad— se puede encontrar un punto de encuentro simbólico entre la fe islámica y la sensibilidad cristiana. 

Ambas visiones consideran la creación no como un simple objeto de consumo o de espectáculo, sino como un medio para elevar el alma y contemplar al Creador. 

San Francisco, en su Cántico de las Criaturas, habla del «hermano Sol» y de la «hermana Luna», alabando a Dios por su belleza y utilidad. Del mismo modo, el musulmán alaba a Alá cuando ve salir el sol o eclipsarse la luna, y lo hace con actos de adoración, postraciones y súplicas. 

Aún hoy, en una época en la que la ciencia ha explicado muchos de los fenómenos celestes, la oración islámica por el eclipse nos invita a no olvidar el sentido espiritual que acompaña a la maravilla del universo. 

Tal vez el riesgo, como probablemente nos ha ocurrido a muchos de nosotros, es haber observado el eclipse única o principalmente con curiosidad, olvidándonos de lo que representa desde una perspectiva de la creación: un signo de la belleza que alberga el misterio insondable de la creación y que nos acompaña, envuelve y sostiene sobrecogiendonos en cada momento. También en un eclipse. 

En una perspectiva judeo-cristiana, como es la mía, uno recuerda aquella invocación del Salmo 19,1: "El cielo proclama la gloria de Dios, de su creación nos habla la bóveda celeste...".

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 30 de julio de 2026

Los dos son una sola carne - Génesis 2, 24 -.

Los dos son una sola carne - Génesis 2, 24 - 

En el relato bíblico de la Creación, es Dios quien decide convertirse directamente en protagonista de la creación de la mujer. 

Y lo hace provocando un letargo (el término hebreo indica que se trata de un letargo profundo que solo Dios puede otorgar, cfr. Génesis 15, 12 o 1 Samuel 26, 12) que subraya cómo en lo que está a punto de suceder no hay ninguna intervención ni intención del hombre. 

El hombre no sabrá nada del proceso de formación de la mujer. Para él seguirá siendo siempre un misterio y un don de Dios. 

El camino de la humanidad estará destinado a una acogida recíproca de lo que Dios ha creado en la diferencia de género y en la posibilidad de ser el uno para el otro un apoyo, de igual a igual, como frente a frente. 

En medio de este letargo tiene lugar la acción que el relato narra así: Dios le quitó una de las costillas y cerró la carne en su lugar […] y formó con la costilla, que le había quitado al hombre, una mujer. 

Pocas imágenes bíblicas han marcado tan profundamente la imaginación de toda la humanidad occidental como la de la costilla de Adán. 

Pero también hay que decir con la misma fuerza que son muy escasas las representaciones literarias y pictóricas del episodio que respeten la formulación hebrea del texto. 

El término que se utiliza, de hecho, nunca significa el hueso que nosotros llamamos «costilla». Más bien, su significado más común es el de «lado», «parte». 

Incluso el texto griego de la Biblia lo había traducido así: «Dios tomó uno de los dos lados del cuerpo y volvió a cerrar la carne en su lugar». Solo será el latín el que propondrá simplemente «Deus tulit unam de costis eius et replevit carnem pro ea», lo que facilita el desliz hacia el hueso en el que estamos tan acostumbrados a pensar. 

Si se trata de un costado o de una parte de huesos y carne de Adán que Dios utiliza para formar a la mujer, esto significa básicamente dos cosas. 

La primera es que el Adán inicial no existe tal y como había sido creado, y el resultado final es la existencia de un hombre y una mujer que Dios presenta el uno al otro

Es decir que no debemos pensar que al principio existiera un varón y que, a costa de uno de sus huesos perdidos, Dios añadiera una mujer. 

El relato bíblico sugiere más bien la idea de que el Adam solitario ya no existe

En su lugar, existe lo que el texto ya había propuesto: «Y Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó». 

Es curioso que precisamente a partir de este conocimiento del significado original de los términos, la teología rabínica siempre ha propuesto la idea de que el Señor Dios partió en dos a un ser humano hasta entonces indiferenciado, llegando incluso a proponer para el ser humano originario una forma casi esférica. 

Separado de esta manera, Dios formó, por un lado, cerrando la carne, al ser humano varón y, por otro, al ser humano mujer. 

La segunda consecuencia es que la mujer, a diferencia de los animales, formados del suelo, está formada de la misma materia que el hombre. Es igual en todo y en todos los aspectos al hombre. 

Hay que subrayar además que, en la lengua hebrea, «hombre» y «mujer» son simplemente el masculino y el femenino de la misma raíz - respectivamente, ish e ishah -. 

Desde esta perspectiva no es posible ninguna supremacía. La diversidad no es más que la posibilidad de estar frente a frente en la relación. 

De hecho, Dios, que los conduce el uno hacia el otro, sella el final del proceso. 

A partir de ahora, la humanidad estará constituida por dos géneros diferentes, que no pueden concebirse independientemente el uno del otro. 

Ni uno ni otro podrán pretender invocar un derecho a la plenitud, o a la bondad, en su propia «soledad». 

Solo a partir de la aceptación recíproca de la «igualdad en la diversidad», de la ayuda recíproca como dos que se encuentran frente a frente, se pueden configurar las propias identidades de género. 

El relato bíblico permite de esta manera configurar buenas relaciones entre lo masculino y lo femenino en la humanidad. 

Y hacer esto es decisivo por ejemplo: 

a.- frente a visiones integristas (de carácter religioso y no religioso) que apelan continuamente a la dependencia absoluta de la mujer respecto al hombre, 

b.- y frente a visiones absolutistas, que apelan continuamente a supuestas definiciones de dignidad de lo masculino y lo femenino, independientemente de su relación recíproca de ayuda como entre iguales. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 19 de mayo de 2026

Laudato si’… once años después.

Laudato si’… once años después

No se ha quedado encerrada en las sacristías: se ha desbordado hacia las plazas, las universidades y los debates políticos internacionales, imponiéndose como uno de los muy pocos análisis realmente capaces de conciliar la fragilidad del planeta y el dolor de los pobres.

 

No es solo un texto religioso: se ha convertido en una brújula imprescindible para cualquiera que intente orientarse en la tormenta de la crisis global. Esta es precisamente la prueba de su naturaleza profética: no ha envejecido porque no se ha limitado a seguir la actualidad, sino que ha dado en el meollo del problema.

 

Cuanto más pasan los años, más se encarga la realidad (por desgracia, hay que decirlo) de dar la razón al Papa Francisco.

 

La encíclica no es un tratado de botánica ni un simple llamamiento al buen corazón de los ciudadanos para que separen los residuos: es un manifiesto político, social y espiritual que sacude los cimientos de la modernidad.

 

Su carga revolucionaria reside en una palabra que actúa como eje central de todo el texto: interconexión. El Papa Francisco derriba la visión sectorial del mundo, típica de la cultura tecnocrática, para afirmar que «todo está conectado». En este esquema, la crisis medioambiental no es un tropiezo del progreso, sino el síntoma de una crisis más profunda que afecta a la idea misma del hombre y de la sociedad.


La primera ruptura real con el pasado es la introducción del concepto de ecología integral. El Papa Francisco acaba con la ecología «de fachada», aquella que se ocupa de salvar (legítimamente) a las ballenas de la extinción ignorando el destino de las poblaciones indígenas o de los trabajadores explotados.

 

Con gran fuerza comunicativa, el Papa declara que no existen dos crisis separadas —una ambiental y otra social—, sino una única y compleja crisis socioambiental. Esto significa que no se puede estar sinceramente preocupado por la naturaleza si en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos.

 

De hecho es una revolución de perspectiva: la defensa del ecosistema se convierte en una lucha por la justicia global. La Tierra, nuestra casa común, se encuentra entre los pobres más abandonados y maltratados, y su grito se une inevitablemente al grito de los oprimidos.

 

Un segundo elemento disruptivo es la crítica radical al paradigma tecnocrático. El Papa pone en tela de juicio la idea de que el crecimiento económico infinito sea la solución a todos los males y que la tecnología, por sí sola, pueda reparar los daños que ella misma contribuye a crear.

 

El Papa Francisco denuncia una «cultura del descarte» que ha transformado el mundo en un inmenso vertedero, donde los objetos están diseñados para convertirse en residuos y las personas —desde los no nacidos hasta los ancianos, desde los migrantes hasta los pobres— son consideradas excedentes de un sistema productivo despiadado.

 

Esto no es solo una crítica al capitalismo salvaje, es un desafío antropológico: el hombre se ha ilusionado creyéndose el dominador absoluto de la naturaleza, transformando el mandato bíblico de «someter la tierra» en una licencia para saquearla. La encíclica restablece una verdad teológica y filosófica incómoda: el hombre no es el dueño, sino el custodio de la creación.



Audaz es también el pasaje sobre la deuda ecológica. El Papa Francisco invierte las relaciones de poder mundiales al hablar explícitamente de una deuda que el Norte del mundo ha contraído con el Sur.
 

Durante siglos, las naciones industrializadas han alimentado su propio bienestar explotando los recursos naturales de otros países y dejando tras de sí contaminación, deforestación y desertificación.

 

La carga revolucionaria se convierte aquí en política internacional: el Papa pide reparaciones, exige que las naciones más ricas asuman los costes de la transición energética global, porque la propiedad privada no es un derecho absoluto, sino que está subordinada al destino común de los bienes.

 

Hay además una revolución del lenguaje y de los sentidos. El Papa Francisco en el texto no habla en abstracto; cita el aire que respiramos, el agua que escasea, la belleza de un paisaje destruido. Ataca la «aceleración», ese ritmo frenético de vida y de consumo que nos impide detenernos a contemplar el valor de lo que tenemos.

 

Propone una sobriedad feliz, no como una forma de privación o de vuelta a la Edad de Piedra, sino como una liberación de la obsesión por el consumo. Es una invitación a pasar del consumo al sacrificio, de la codicia a la generosidad, del despilfarro a la capacidad de compartir.


Por último, Laudato si’ es revolucionaria porque es un documento ecuménico y universal. No se dirige solo a los católicos, sino a «toda persona que habita este planeta».

 

El Papa Francisco invita a un diálogo global que supere los egoísmos nacionales y los intereses partidistas. Nos recuerda que somos una única familia humana, que viaja en un barco que está haciendo agua, y que nadie puede salvarse por sí solo.

 

La suya es una llamada a la «conversión ecológica»: un cambio del corazón, antes incluso que de las leyes. En una época dominada por el cinismo y la resignación, la encíclica es un acto de esperanza militante, un llamamiento a rebelarse contra la injusticia para construir un mundo donde la belleza y la dignidad no sean privilegios de unos pocos, sino derechos de todos.

 

Hoy la fuerza de ese texto permanece inalterada; es más, actúa como un reactivo químico que pone al descubierto las contradicciones de nuestro tiempo. La esperanza es que esa misma radicalidad, capaz de sacudir a las naciones y a las conciencias, pueda seguir provocando para que, en este mundo confuso marcado por el desorden global, el latido indomable de una justicia necesaria y de una paz molesta para los poderosos siga siendo la única fuerza capaz de devolver la esperanza a las mujeres y a los hombres de esta tierra herida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 8 de abril de 2026

Soñar con la luna y su luz.

Soñar con la luna y su luz 

Hay un brillo del Sol y otro de la Luna; uno del fuego y otro del agua. Todos fueron dotados de luz por Cristo, arquitecto del mundo” (Miguel Servet). 

Volver a nuestro satélite natural, más de medio siglo después de la última misión tripulada, no es solo una hazaña técnica.

 

Es también un umbral simbólico que pone a prueba la fe, la responsabilidad del hombre ante la creación y el deseo, siempre vivo, de mirar al cielo para comprender mejor la Tierra

 

Volvemos a la Luna, casi veinte mil, no leguas bajo los mares, sino días, después de que nos separáramos de nuestro satélite natural el 14 de diciembre de 1972.

 

Entonces fue la epopeya Apolo; ahora es su hermana Artemis II. Aunque no ha alunizado, la tripulación ha alcanzado una distancia de unos 7.500 kilómetros de la cara oculta de nuestro satélite, convirtiéndose en la misión tripulada que se ha adentrado más lejos en el espacio profundo que nunca.

 

Se trata de un paso estratégico en preparación para el alunizaje de las misiones posteriores.

 

A bordo de la cápsula Orión, equipada con gran cantidad de tecnología, los astronautas han estado ocupados durante unos 10 días, en los que han dado una vuelta completa alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra con un amerizaje previsto en el océano Pacífico.

 

Hasta aquí la crónica y la ciencia. Pero, ¿toca todo esto también nuestra fe?


Sí, porque la misión Artemis II toca un umbral simbólico de lo humano: aquel en el que la técnica se convierte en relato sobre el sentido, y el cielo no es solo espacio que medir, sino una palabra que contemplar.

 

Artemis II reabre una pregunta antigua: ¿qué significa «habitar la creación»?


La Escritura contempla el cielo como un lugar de asombro y de alabanza, «los cielos narran la gloria de Dios», no como una evasión de lo humano, sino como una amplificación de su responsabilidad.

 

Volver a la Luna no es huir de la Tierra; es, en todo caso, una nueva forma de mirarla.

 

La misión Apolo 8, precursora de la misión actual en cuanto a objetivos y modalidades, nos devolvió, como contaron los propios astronautas, una nueva visión de la Tierra, de nosotros mismos. Una visión sin fronteras políticas, con las fragilidades de un mundo hermoso pero rodeado de frío y muerte, térmica y química.

 

La fe se ve interpelada porque reconoce en el ser humano no al dueño del cosmos, sino a su guardián, porque la exploración auténtica debería ir siempre acompañada de una ética del cuidado.

 

Hay además una dimensión antropológica más valiosa que nunca en la era de las máquinas inteligentes. Artemis II afirma que el cuerpo humano, frágil, limitado, expuesto, sigue siendo la medida de la historia, incluso en el vacío cósmico.

 

La fe cristiana no separa el espíritu del cuerpo: la Encarnación dice que Dios ha elegido habitar la materia.

 

Cada viaje humano más allá de los límites habituales renueva esta verdad: no se supera lo humano dejándolo atrás, sino llevándolo consigo, custodiándolo.

 

Podemos admirar desde una pantalla lo que ocurre y pasar de largo, o bien decidir también nosotros si el regreso a la Luna no puede reavivar el deseo más íntimo del ser humano: mirar al cielo para comprenderse a sí mismo.

 

Al fin y al cabo, precisamente por eso, un Salvador ha descendido entre nosotros.

 

Ante esta noticia, ante el enorme gasto de medios y, sobre todo, de energía tan valiosa que estas empresas conllevan, no puedo evitar pensar en la relación que une a la ciencia y la poesía (o la fe, ya que la poesía, por su sentido del misterio del ser, es hermana de la religión).

 

Seguramente más de uno se pregunta si realmente vale la pena. Hay a quien incluso instintivamente no le gusta la tecnología puesta al servicio de la voluntad de poder del hombre, y algunos hasta no ocultan sus recelos: «¡Ni siquiera dejan en paz a la luna!». Sí, hay quien mira con desconfianza, con consternación, si no con contrariedad.


Para mí, como digo, este acontecimiento tiene un significado simbólico relevante. El hombre desafía y supera lo desconocido. Aunque también nos plantee un dilema importante: ¿cuenta menos la sabiduría que la voluntad de poder? Es decir, ¿todo lo que es técnicamente posible es deseable?

 

La sabiduría y la ciencia son funciones necesarias para el hombre. Pero, en cuanto a su relación jerárquica, el hombre se encuentra ante una elección en la que está implicada toda su persona.

 

Puede optar por la primacía de la sabiduría y orientar así toda su actividad hacia lo divino y lo universal. También puede optar por el ejercicio exclusivo de la ciencia, orientándose hacia las cosas para dominarlas y disfrutarlas en su propio beneficio pero en esta elección entra en juego la avaritia radix omnium malorum - la avaricia, fuente de todos los males -.

 

Reducido a la mera dimensión científica, el hombre no puede aspirar a otra cosa que a la simple afirmación de sí mismo.

 

La aniquilación de la sabiduría en nombre de la ciencia lleva a utilizar el Todo en beneficio del individuo; el dominio de la ciencia pura, liberada de su subordinación a la sabiduría, conduce a ese anarquismo y a esa agonía individualista que es uno de los rasgos más frecuentemente observados de la situación actual.

 

Quizás, el mayor logro de aquellos pasos en la Luna es hacernos ver la Tierra en miniatura y, tal vez, abrir el camino a una visión diferente, la ecologista, que predica el respeto por la naturaleza y una sobriedad feliz. Una visión que aún hoy en día tarda en convertirse en sentido común.

 

Por el momento, me quedo absorto con la emoción de la admiración y el agradecimiento a la obra de la creación y el Misterio de su diseño bello: https://www.youtube.com/watch?v=dIm7ni6InVM


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de marzo de 2026

El Via Crucis del planeta.

El Via Crucis del planeta 

Nuestra civilización está enferma, ante nuestros ojos distraídos se está produciendo un vía crucis del planeta. 

El aire de nuestras ciudades, nuestros mares contaminados, el agua, los bosques, …, son víctimas de una ideología rapaz y utilitaria que considera la naturaleza solo como un recurso inanimado que explotar y que alimenta la floreciente industria de la ficción necesaria para sedar las conciencias. Los residuos producidos por más de 8000 millones de seres humanos superan ya las posibilidades de eliminación, y para algunos de ellos, como los residuos nucleares, la eliminación es prácticamente imposible. ¿Qué sucederá cuando en 2050 la población alcance cerca de los 10000 millones? ¿Una nueva guerra mundial? ¿Una serie permanente de conflictos locales imparables? 

Hans Jonas hacía ya hace muchos años una nueva formulación del imperativo ético en sentido ecológico. En una entrevista de 1992 con Der Spiegel, Hans Jonas señalaba el peligro del «trágico fracaso de la cultura superior, su caída en una nueva primitivización», entendiendo por ello «la pobreza masiva, la muerte masiva, el asesinato masivo». 

Han pasado más de treinta años desde entonces y este declive hacia la primitivización y la masificación ha continuado: lo vemos en las costumbres, en el gusto estético, en la política, en el lenguaje, donde todo se vuelve más grosero y violento. Y más irracional. 

En la actualidad, más un tercio de los alimentos producidos se tira a la basura, lo que supone millones de toneladas de comida al año que acaban entre los residuos, con el uso descabellado de agua, energía y vida animal y vegetal que todo ello conlleva. Y esto frente al hecho de que cada día mueren de hambre seres humanos. 

¿Es esto suficiente para poner de manifiesto la peligrosa enfermedad mental que padece nuestra sociedad? 

Alimentamos nuestra alma con manifestaciones masivas de lo efímero (deportes de masas, música de masas, cine de masas...) pagando a sus protagonistas cifras exorbitantes, mientras miles de millones de seres humanos viven con menos de dos dólares al día. 

Precisamente en la era del triunfo de la ciencia, asistimos a un colapso de la racionalidad en el gobierno del mundo, con la consecuencia de que lo que realmente triunfa no es la ciencia, que siempre es pregunta e investigación, sino más bien la técnica que ofrece certezas y captura las mentes. 

Incluso la forma en que se gana el consenso y se accede al poder en nuestras sociedades está cada vez más marcada por la irracionalidad, porque gana quien sabe suscitar emociones fuertes, mientras que quien practica la honestidad del análisis está inevitablemente destinado al fracaso. 

Cuando San Francisco de Asís compuso su texto más bello, el Cántico de las criaturas, estaba casi ciego por una enfermedad ocular y padecía una serie de otros males que, en el plazo de un año, lo llevarían a la muerte. Eso no le impidió cantar la luz del hermano sol y del hermano fuego y celebrar las demás realidades naturales. 

Creo que, al observar su vida, es posible comprender las dos principales enfermedades que padecemos hoy en día: 

1) una filosofía de vida opuesta a la de San Francisco de Asís y análoga a la de su padre, el rico mercader, es decir, basada en la acumulación y el consumo, a la que nos inducen desde pequeños el poder de la publicidad y la industria del entretenimiento que la rodea; 

2) una filosofía de la naturaleza opuesta a la del Cantar de las Criaturas, que considera la materia como inerte y la vida como una lucha, y de la que deriva una actitud depredadora hacia el planeta y la consiguiente contaminación. 

Por su parte, cierta religión tradicional occidental no ha sido capaz de hacer frente a estos dos males, sino que incluso ha contribuido a ellos debido a su antropocentrismo, por lo que también el cristianismo debe renovarse, o más bien, convertirse. 

Si la humanidad quiere sobrevivir, debe cambiar la mentalidad que guía sus políticas económicas y que orienta su actitud hacia la naturaleza. 

La única posibilidad de cambio radica en tomar conciencia de que la Tierra es un organismo que debe su origen y su existencia a la lógica de la armonía relacional. El paso de una civilización basada en la lucha a una civilización basada en la cooperación solo puede darse si se comprende que la propia lógica de la evolución natural se basa en la cooperación y se educa a nuestros hijos en esta perspectiva. 

Por lo tanto, es necesario superar la sombría filosofía de vida transmitida por el darwinismo y comprender que lo que guía la evolución no es solo la lucha, sino, ante todo, la relación de complementariedad y armonía, ya que no existe la vida si no es en relación, no existe el ‘bios’ si no es como ‘symbios’, como simbiosis. 

No se saldrá de la crisis ecológica y ético-espiritual si no se sanan las ideas que la han producido. 

Es necesario que la urgencia ecológica transforme nuestra visión de la biología y nos haga tomar conciencia del vínculo que une todas las cosas, de la interconexión de cada entidad con el todo. Todo esto se traduce también diciendo que la primera categoría del ser no es la sustancia, sino la relación, bajo el lema de una relacionalidad global que supera el antropocentrismo y el utilitarismo que se deriva de él. 

De San Francisco de Asís, enfermo y en vísperas de la muerte, nació uno de los textos más sublimes de la espiritualidad de todos los tiempos. ¿Puede surgir aún de nuestra civilización, enferma y tan ciega que no reconoce su enfermedad, la posibilidad de un cambio para no precipitarse en el abismo cada vez más cercano? 

Creo que nadie lo sabe y por eso las tinieblas del Viernes Santo envuelven nuestras vidas y nuestro futuro, sin saber si se nos concederá la luz de la Pascua. Pero creer que sí es un deber moral, además de la única posibilidad concreta de que el cambio se produzca realmente. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Enamorarse del mundo: Teilhard de Chardin.

Enamorarse del mundo: Teilhard de Chardin


La profesión de fe de este extraordinario jesuita, durante mucho tiempo «prohibido» y hoy citado con favor por papas y cardenales, estaba en el Mundo. No en Dios, ni en Cristo, ni en el Espíritu, y mucho menos en la Iglesia, sino en el Mundo, que aquí escribo con mayúscula, como él hacía. Y era a partir del Mundo, como su único punto fijo, desde donde ascendía a Dios, a Cristo y al Espíritu.

 

Un día de 1934, mientras se encontraba exiliado en China por sus ideas heterodoxas sobre el dogma del pecado original, un monseñor parisino le pidió que redactara su profesión de fe y él escribió en qué creía realmente, no la religión oficial del Credo compuesto por otros hace muchos siglos, sino la de su corazón, íntima y existencial (lo cual es un ejercicio espiritual recomendable para todos: escribir negro sobre blanco en qué creemos realmente, por qué vivimos realmente)…

 

Pierre Teilhard de Chardin tenía entonces 53 años, había nacido en el castillo de una familia noble y acomodada, era pariente de Voltaire por parte de madre, llevaba 23 años siendo presbítero, había recorrido el mundo con diversas expediciones científicas como paleontólogo, había participado en la Primera Guerra Mundial como camillero, recibiendo la medalla «por la elevación de su carácter y su desprecio del peligro» y rechazando convertirse en capitán para permanecer cerca de sus hombres («soy más útil en la tropa, puedo hacer mucho más bien aquí, concédame el favor de dejarme entre mis hombres», respondió a quienes le propusieron el ascenso), había sido nombrado Caballero de la Legión de Honor a propuesta de su regimiento, había obtenido la cátedra de geología en el Institut Catholique de París, que sin embargo le fue retirada tres años después por sus ideas sobre el pecado original, había sido exiliado a la lejana China de los años veinte, ya había escrito textos maravillosos como «La Misa sobre el Mundo» y «El medio divino», se había convertido en un fantasma para los católicos tradicionalistas y en una esperanza para aquellos que creen en la bondad original del mundo y de la vida.

 

Teilhard de Chardin respondió entonces a la petición de su superior en París y escribió un ensayo articulado, cuya frase más personal, y por lo tanto más importante, es la siguiente: «Si, a raíz de algún cambio interior, llegara a perder la fe en Cristo, la fe en un Dios personal, la fe en el Espíritu, me parece que seguiría creyendo invictamente en el Mundo. El Mundo (el valor, la infalibilidad y la bondad del Mundo), he aquí, en última instancia, lo primero, lo último y lo único en lo que creo. Es de esta fe de la que vivo. Y es a esta fe a la que, lo siento, en el momento de la muerte, más allá de toda duda, me abandonaré».

 

El órgano de la Santa Sede publicó el día 30 de junio de 1962, un Monitum del Santo Oficio en el que se ordenaba a todos los responsables de la educación católica «defender los espíritus, especialmente los de los jóvenes, de los peligros de las obras del P. Teilhard de Chardin», obras consideradas llenas de «errores tan graves que ofenden la doctrina católica».

 

Teilhard de Chardin no había podido publicar casi nada en vida, salvo artículos científicos en revistas especializadas, porque nunca se le había concedido el llamado «Imprimatur», pero tuvo la feliz intuición de dejar en herencia los derechos sobre sus obras no a la Compañía de Jesús, a la que habrían correspondido directamente, sino a algunos de sus colaboradores, quienes, post mortem, comenzaron la publicación sistemática de sus escritos, dando vida a los trece volúmenes de la Opera omnia publicada por la editorial parisina Seuil entre 1955 y 1976.


En 2009, el Papa Benedicto XVI recuerda positivamente a Teilhard de Chardin en una homilía en la Catedral de Aosta. En 2015, el Papa Francisco cita a Teilhard de Chardin en la encíclica «Laudato si». En 2017, el Pontificio Consejo de la Cultura, presidido por el Cardenal Ravasi, emite una nota en la que se solicita al Papa que retire el Monitum contra Teilhard de Chardin. En 2023, el Papa Francisco recuerda a Teilhard de Chardin durante su viaje a Mongolia, precisamente donde un siglo antes el científico jesuita había compuesto uno de sus escritos más bellos, «La Misa sobre el Mundo». Sin embargo, a pesar de todo ello, el Monitum de 1962 sigue ahí.

 

¿Qué hará el papa León XIV? ¿Responderá a la nota del Pontificio Consejo de la Cultura que el Papa Francisco dejó sin respuesta, eliminando así finalmente la dura advertencia contra el jesuita francés?


 

Una cosa es segura, y es lo que escribía Teilhard de Chardin hace un siglo: «El cristianismo dejará de vegetar y volverá a expandirse como en sus orígenes solo si sabe injertarse resueltamente en las aspiraciones naturales de la Tierra».

 

Lo que significa juzgar positivamente las «aspiraciones naturales de la Tierra», es decir, exactamente lo contrario de lo que enseña el dogma del pecado original.

 

Así queda claro por qué el Papa Francisco, a pesar de su simpatía natural, ha dejado vigente la advertencia contra Teilhard de Chardin. Como probablemente, supongo, hará el Papa León XIV, que además es agustino, hijo espiritual de San Agustín, el padre del dogma del pecado original. La consecuencia inevitable será que el cristianismo, como escribía Teilhard de Chardin, seguirá vegetando, o tal vez ni siquiera sea capaz de hacerlo.

 

Pero ahora hay que destacar la enseñanza más importante que, en mi opinión, contiene la obra de Teilhard de Chardin, es decir, la idea de que sobre la ciencia y la fe no pueden existir magisterios no superponibles.

 

Teilhard de Chardin siempre se opuso a esta cómoda bipartición y, de hecho, escribió: «Nunca me resignaré a limitarme a la ciencia pura. Para mí, la investigación científica y el esfuerzo «místico» forman una sola potencia compleja que pide irresistiblemente propagarse».

 

La división entre fe y ciencia se explica históricamente, ya que surgió cuando la Iglesia ejercía un poder censurador tal que impedía la investigación científica, basta pensar en el caso Galileo Galilei en 1633.

 

Se explica epistemológicamente, porque la ciencia y la fe tienen una forma de alcanzar el conocimiento completamente diferente. Sin embargo, no es legítima desde el punto de vista del contenido, porque lo que dicen sobre el mundo y el hombre se refiere siempre y únicamente a un único objeto, el mismo para ambas, por lo que su magisterio a este nivel debe ser perfectamente superponible.

 

No existe una doble verdad. Solo hay una. Y si no hay concordancia, la fe debe tomar nota de ello y, amando la verdad más que a sí misma, revisar su doctrina, como es precisamente el caso del pecado original, que, a pesar de San Agustín, el dogma y el Catecismo, es claramente falso, como explicó Teilhard de Chardin, obteniendo a cambio el exilio (y aún así le fue bien, su suerte dos o tres siglos antes habría sido diferente).

 

Nuestro mundo tiene una enorme necesidad de sabiduría espiritual, de unir el conocimiento científico y la sabiduría humanística. Sin esta unión solo hay conocimiento y ningún significado.

 

Sin embargo, los seres humanos estamos sedientos de ambos, tanto del conocimiento como de su significado. Además de datos exactos para hacer funcionar la máquina de la civilización tecnológica, necesitamos perspectivas de sentido por las que vivir y amar.

 

Teilhard de Chardin fue uno de los pocos estudiosos del siglo XX que propuso una síntesis de estas dos perspectivas, con igual amor por la ciencia y la espiritualidad. Era el amor por el mundo lo que lo guiaba, un mundo que él experimentaba como una creación en acto, como un «ambiente divino», y no por casualidad tituló así, «El medio divino», una de sus obras más bellas.

 

Otro día escribió: «La única religión posible ahora para el hombre es aquella que le enseñe ante todo a reconocer, amar y servir apasionadamente al universo del que forma parte».


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


miércoles, 9 de julio de 2025

Aquel conflicto entre el ser humano y la naturaleza.

Aquel conflicto entre el ser humano y la naturaleza

Quizás, ante el negacionismo medioambiental de las derechas de todo el mundo, los progresistas y los ecologistas deben hacerse más creativos e imaginativos. Porque sigue imperando esa conciencia de la derecha político-cultural afanada en afirmar la inocencia del hombre frente al colapso del planeta. En realidad, nada nuevo bajo el sol.

 

La pandemia de Covid ha sido el ensayo general neurótico y el sangriento campo de batalla de una guerra mundial que aún está en curso y no es la que enfrenta a unos contra otros, ni siquiera la que enfrenta a Occidente y el Islam: es, en cambio, el conflicto infinito entre el hombre y la naturaleza, entre la aspiración del primero a dominar la segunda y el poder del mundo físico contra la civilización humana, sus maravillosos logros y sus espantosos horrores.

 

El Covid ha sido un formidable observatorio de las acciones y reacciones de los individuos en circunstancias extremas, cuando están en juego la vida y la muerte y se manifiestan los impulsos más profundos: pánico y psicosis, fobia y angustia.

 

La pandemia ha anticipado lo que ahora está sucediendo con el cambio climático, interviniendo no solo en el inconsciente colectivo, sino también en la mentalidad social, produciendo interpretaciones del mundo y de las cosas, activando fantasías, pesadillas y construcciones culturales.


 

El complotismo, tan presente en el relato de la pandemia y la crisis medioambiental, es un mecanismo de interpretación de lo desconocido y temido, basado en una lógica aparentemente férrea, con conexiones muy estrechas y vínculos sólidos, todos sometidos a un régimen de causa-efecto que no admite excepciones. Esto es lo que ha permitido una lectura compacta y completa de toda la historia, donde todo encaja.

 

No hace falta decir que una trama similar satisface plenamente la confusión y la frustración de muchos, responde a todas las preguntas y desvela todos los misterios. En definitiva, lo explica todo. El lenguaje de la conspiración se construye íntegramente sobre expresiones como «no es casualidad que...», «será una coincidencia, pero...», y responde puntualmente al escepticismo colectivo de una opinión pública sospechosa y desconfiada hasta la paranoia.

 

De ahí la sombría mitología sobre los orígenes del Covid, la letalidad de las vacunas, las estrategias de manipulación de las masas. Todo ello se ha fusionado con una orientación político-cultural abiertamente de derechas y se ha trasladado al ámbito del cambio climático y las políticas relacionadas con él.

 

En poco tiempo, esta subcultura se ha convertido en negacionista con respecto a la crisis medioambiental, utilizando argumentos copiados palabra por palabra de la polémica sobre el Covid. El cambio climático sería un invento de los poderes fácticos, destinado a disciplinar las costumbres y el consumo de las personas, a condicionar sus opciones y estilos de vida, a reforzar un sector productivo en detrimento de otro, a inspirar relaciones comunitarias preindustriales. El resultado de esta campaña propagandística es, una vez más, «de derechas».


 

Pero luego sucede que la derecha acaba asustándose de sus propias palabras. Cuando la crecida, por poner un ejemplo, del Río Guadalupe en Texas (Estados Unidos de América) la enfrenta a algunos datos brutales, ¿cómo responder a quienes sostienen que esa tragedia se debe a los despidos y recortes en el sistema de previsiones meteorológicas? Además, evidentemente, de la gravísima negligencia en materia de riesgo hidrogeológico.

 

La derecha corre a refugiarse, elude las causas de los fenómenos extremos y se envuelve en el sentido común de los insensatos: en verano siempre ha hecho calor, en invierno siempre ha hecho frío. Así, esa derecha afirma un negacionismo aparentemente más respetable: el cambio climático existe, pero el hombre no es responsable de él.

 

Esto lleva a un singular giro: el hombre sería inocente, hijo dócil de la naturaleza y parte integrante de ella, amigo y no enemigo. Se atribuye al ser humano una inocencia absoluta en nombre de un optimismo ilusorio.

 

Esto tiene algunas consecuencias: el hombre no tiene un papel dominante, y por lo tanto destructivo, en el gobierno del planeta. Es, precisamente, inocente y, por lo tanto, sin responsabilidad ni culpa


En realidad, todo esto es coherente con la profunda inspiración antiecológica de la derecha. Esta se centra, en sus fundamentos, en el aquí y ahora, en el presente y en lo cercano; es soberanista e inmediatista, totalmente ajena a las categorías de lo lejano y lo futuro, e irresistiblemente inclinada a ignorar las causas de lo que ocurre hoy y las responsabilidades de lo que ocurrirá mañana.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...