miércoles, 8 de abril de 2026

Soñar con la luna y su luz.

Soñar con la luna y su luz 

Hay un brillo del Sol y otro de la Luna; uno del fuego y otro del agua. Todos fueron dotados de luz por Cristo, arquitecto del mundo” (Miguel Servet). 

Volver a nuestro satélite natural, más de medio siglo después de la última misión tripulada, no es solo una hazaña técnica.

 

Es también un umbral simbólico que pone a prueba la fe, la responsabilidad del hombre ante la creación y el deseo, siempre vivo, de mirar al cielo para comprender mejor la Tierra

 

Volvemos a la Luna, casi veinte mil, no leguas bajo los mares, sino días, después de que nos separáramos de nuestro satélite natural el 14 de diciembre de 1972.

 

Entonces fue la epopeya Apolo; ahora es su hermana Artemis II. Aunque no ha alunizado, la tripulación ha alcanzado una distancia de unos 7.500 kilómetros de la cara oculta de nuestro satélite, convirtiéndose en la misión tripulada que se ha adentrado más lejos en el espacio profundo que nunca.

 

Se trata de un paso estratégico en preparación para el alunizaje de las misiones posteriores.

 

A bordo de la cápsula Orión, equipada con gran cantidad de tecnología, los astronautas han estado ocupados durante unos 10 días, en los que han dado una vuelta completa alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra con un amerizaje previsto en el océano Pacífico.

 

Hasta aquí la crónica y la ciencia. Pero, ¿toca todo esto también nuestra fe?


Sí, porque la misión Artemis II toca un umbral simbólico de lo humano: aquel en el que la técnica se convierte en relato sobre el sentido, y el cielo no es solo espacio que medir, sino una palabra que contemplar.

 

Artemis II reabre una pregunta antigua: ¿qué significa «habitar la creación»?


La Escritura contempla el cielo como un lugar de asombro y de alabanza, «los cielos narran la gloria de Dios», no como una evasión de lo humano, sino como una amplificación de su responsabilidad.

 

Volver a la Luna no es huir de la Tierra; es, en todo caso, una nueva forma de mirarla.

 

La misión Apolo 8, precursora de la misión actual en cuanto a objetivos y modalidades, nos devolvió, como contaron los propios astronautas, una nueva visión de la Tierra, de nosotros mismos. Una visión sin fronteras políticas, con las fragilidades de un mundo hermoso pero rodeado de frío y muerte, térmica y química.

 

La fe se ve interpelada porque reconoce en el ser humano no al dueño del cosmos, sino a su guardián, porque la exploración auténtica debería ir siempre acompañada de una ética del cuidado.

 

Hay además una dimensión antropológica más valiosa que nunca en la era de las máquinas inteligentes. Artemis II afirma que el cuerpo humano, frágil, limitado, expuesto, sigue siendo la medida de la historia, incluso en el vacío cósmico.

 

La fe cristiana no separa el espíritu del cuerpo: la Encarnación dice que Dios ha elegido habitar la materia.

 

Cada viaje humano más allá de los límites habituales renueva esta verdad: no se supera lo humano dejándolo atrás, sino llevándolo consigo, custodiándolo.

 

Podemos admirar desde una pantalla lo que ocurre y pasar de largo, o bien decidir también nosotros si el regreso a la Luna no puede reavivar el deseo más íntimo del ser humano: mirar al cielo para comprenderse a sí mismo.

 

Al fin y al cabo, precisamente por eso, un Salvador ha descendido entre nosotros.

 

Ante esta noticia, ante el enorme gasto de medios y, sobre todo, de energía tan valiosa que estas empresas conllevan, no puedo evitar pensar en la relación que une a la ciencia y la poesía (o la fe, ya que la poesía, por su sentido del misterio del ser, es hermana de la religión).

 

Seguramente más de uno se pregunta si realmente vale la pena. Hay a quien incluso instintivamente no le gusta la tecnología puesta al servicio de la voluntad de poder del hombre, y algunos hasta no ocultan sus recelos: «¡Ni siquiera dejan en paz a la luna!». Sí, hay quien mira con desconfianza, con consternación, si no con contrariedad.


Para mí, como digo, este acontecimiento tiene un significado simbólico relevante. El hombre desafía y supera lo desconocido. Aunque también nos plantee un dilema importante: ¿cuenta menos la sabiduría que la voluntad de poder? Es decir, ¿todo lo que es técnicamente posible es deseable?

 

La sabiduría y la ciencia son funciones necesarias para el hombre. Pero, en cuanto a su relación jerárquica, el hombre se encuentra ante una elección en la que está implicada toda su persona.

 

Puede optar por la primacía de la sabiduría y orientar así toda su actividad hacia lo divino y lo universal. También puede optar por el ejercicio exclusivo de la ciencia, orientándose hacia las cosas para dominarlas y disfrutarlas en su propio beneficio pero en esta elección entra en juego la avaritia radix omnium malorum - la avaricia, fuente de todos los males -.

 

Reducido a la mera dimensión científica, el hombre no puede aspirar a otra cosa que a la simple afirmación de sí mismo.

 

La aniquilación de la sabiduría en nombre de la ciencia lleva a utilizar el Todo en beneficio del individuo; el dominio de la ciencia pura, liberada de su subordinación a la sabiduría, conduce a ese anarquismo y a esa agonía individualista que es uno de los rasgos más frecuentemente observados de la situación actual.

 

Quizás, el mayor logro de aquellos pasos en la Luna es hacernos ver la Tierra en miniatura y, tal vez, abrir el camino a una visión diferente, la ecologista, que predica el respeto por la naturaleza y una sobriedad feliz. Una visión que aún hoy en día tarda en convertirse en sentido común.

 

Por el momento, me quedo absorto con la emoción de la admiración y el agradecimiento a la obra de la creación y el Misterio de su diseño bello: https://www.youtube.com/watch?v=dIm7ni6InVM


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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