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sábado, 22 de agosto de 2026

María Reina - porque mi Reino no es de este mundo -.

María Reina - porque mi Reino no es de este mundo -

¡Qué reina tan extraña! Una reina sin trono, sin corte, sin súbditos. Una joven de Nazaret que, cuando por fin toma la palabra ante el ángel, dice: «He aquí la sierva del Señor». 

Esto bastaría para comprender hasta qué punto el Evangelio da un vuelco a nuestras ideas sobre la grandeza. 

Seguimos pensando que ser grande significa ascender, tener importancia, tener a alguien por debajo de nosotros. 

Dios, en cambio, elige a una joven desconocida de un pueblo que no cuenta para nada y la llama a formar parte de su historia. 

El ángel no es enviado a Jerusalén, al templo ni a los lugares donde se decide el destino de los hombres, sino a Nazaret, a una casa. 

Dios parece tener una extraña predilección por aquello que nosotros pasaríamos por alto. 

Y es allí donde pronuncia unas palabras sorprendentes: «Alégrate, llena de gracia». 

María se turba, y menos mal. De hecho, podría haberse acostumbrado enseguida a la idea de ser especial, podría haberse complacido con esa palabra, pero no, se turba: no se siente dueña de lo que Dios le está diciendo. 

La verdadera diferencia entre María y nosotros está precisamente aquí: nosotros somos capaces de convertir incluso los dones de Dios en títulos de mérito. 

Una responsabilidad se convierte en prestigio, un servicio se convierte en un papel, una llamada se convierte en algo que hay que defender. 

María lo recibe todo y no posee nada. 

«¿Cómo será esto?» 

No es la pregunta de quien quiere echarse atrás, sino la de quien descubre que Dios no encaja en nuestros esquemas. 

María conoce un camino, Dios le abre otro y ella deja a Dios el derecho a sorprenderla. 

«Nada es imposible para Dios». 

Es decir, no podemos decretar de antemano dónde Dios ya no puede actuar. 

¡Cuántos juicios pronunciamos a lo largo del día sobre una persona, sobre una comunidad, sobre una relación, incluso sobre nosotros mismos! 

María, en cambio, deja una puerta abierta y es por esa puerta por donde entra Dios. 

Luego llega su «»: «He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra». 

Ahí es donde nace la Reina, no cuando es coronada, sino cuando se entrega. Esto es lo que hace que María sea tan diferente de la forma en que nosotros imaginamos el poder. 

Pensamos que reinar significa tener la posibilidad de disponer de los demás; en el Evangelio, en cambio, reina quien se pone a disposición de los demás. 

Jesús lo dirá con su vida incluso antes que con palabras: el más grande es aquel que sirve. María ya lo había aprendido en la casa de Nazaret. 

En cuanto María dice «», «el ángel se alejó de ella». 

No se queda a su lado, ni le ofrece ninguna protección especial, ni ninguna explicación adicional, ni ninguna garantía de que todo vaya a ser fácil. 

Queda María, queda la casa, queda José, a quien habrá que contarle lo increíble. Queda un embarazo que sin duda suscitará preguntas, queda la vida concreta. 

El «» de la fe suele comenzar cuando el ángel se marcha, cuando ya no oímos nada, cuando el entusiasmo se desvanece, cuando tenemos que vivir en el día a día lo que hemos pronunciado en un momento luminoso. 

María no es Reina porque haya tenido una vida fácil, sino porque no se ha retractado de su «». 

Lo repetirá sin palabras en Belén, cuando no haya sitio; lo repetirá en la huida a Egipto; lo repetirá cuando no comprenda a ese Hijo; lo repetirá al pie de la cruz, cuando parezca que de todas las palabras del ángel no se haya cumplido ni una sola. 

«Será grande… su reino no tendrá fin». 

Y Ella verá a ese Hijo morir como un condenado. ¿Cuánto cuesta creer en una promesa cuando lo que tenemos ante nosotros parece desmentirla? 

La Liturgia llama a María Reina y Ella se llama sierva. 

No hay contradicción. Justo aquí reside la forma evangélica de reinar. 

María no se hace grande tomando algo para sí misma, sino poniéndose a disposición: no ocupa espacio, hace sitio, no retiene a Dios, le ofrece carne y tiempo. 

Su realeza comienza con un «he aquí». Una realeza extraña y, sin embargo, si se mira bien, es la única que no necesita defender su propio trono. 

Su trono será la fidelidad, su corona, ese «» pronunciado muchas veces sin necesidad ya de palabras. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 25 de marzo de 2026

La Buena Noticia de tu nombre, María.

La Buena Noticia de tu nombre, María

Te invito a orar contemplando, admirando y agradeciendo: https://www.youtube.com/watch?v=ykihAuW4cRs 

Me pregunto: ¿era realmente necesario incluir la Anunciación a María en la historia de Jesús? 

Si en el centro del relato del Evangelio está el Hijo de Dios hecho hombre, ¿por qué «perder el tiempo» contando también este episodio que concierne a su madre? ¿Dónde está la «buena nueva» de este pequeño relato? 

Quizás se haya incluido en el Evangelio para mostrarnos el buen ejemplo de María, capaz de aceptar con generosidad y valentía esta gran y difícil tarea que se le ha encomendado. 

Y también podría hacernos hacer un buen examen de conciencia sobre nuestra escasa capacidad de escuchar al Señor, dado que siempre estamos tan absortos en escuchar las muchas voces del mundo, de los medios de comunicación, de las charlas inútiles que nos distraen de las palabras más importantes de Dios, al contrario de María, que prestó atención de inmediato a las palabras del ángel. 

Sin embargo, tal interpretación de este episodio de la Anunciación no responde a la pregunta fundamental: ¿en qué sentido esta historia es «Evangelio», es decir, «Buena Noticia»? ¿Es solo una de las muchas historias edificantes con moraleja final? 

La Anunciación es «Evangelio» precisamente porque nos habla de Dios, que elige pasar por el «estrecho» de una vida humana pequeña y normal para entrar en la historia del mundo con su don de Salvación, que es Jesús. 

No sabemos nada de la vida de María, nada heroico o especial que pueda situar a esta joven por encima de otras chicas o mujeres de su época. No es una reina, una líder, hija de algún poderoso o personaje famoso. 

Creo que si se quisiera hacer una película sobre la vida de esta joven de Nazaret, habría que inventarse algo diferente y ficticio para poder hacerla realmente atractiva para el público y no aburrirlo. 

En los relatos de los Evangelistas es la historia de su hijo la que destaca, mientras que ella aparece muy pocas veces y sin especial revuelo. 

Es esto, en mi opinión, lo que hace que María sea «simpática», precisamente porque es una de nosotros. Dios la elige en su normalidad para una tarea extraordinariamente grande. Ahí está la «Buena Noticia» para mí, que hoy leo su historia. 

Y la leo no para encontrar en ella enseñanzas morales o exámenes de conciencia, sino ante todo un anuncio que quiere devolverme la esperanza: ninguna historia queda excluida del plan de Dios, y el Todopoderoso se manifiesta verdaderamente en la normalidad de la vida. 

Y tal y como el ángel le dice a María: «nada es imposible para Dios», incluso dentro de mis limitadas posibilidades y capacidades. No hace falta salir en la tele ni ser elegido presidente de los Estados Unidos de América para hacer algo importante que marque la historia. 

Si creo en lo que le sucedió a María, entonces yo también sé que, a través de mis pequeños «» cotidianos, dejo que Dios entre en la historia del mundo. 

Si hay una enseñanza que destacar en este relato, es la de adoptar una actitud más positiva hacia la propia vida, una actitud menos centrada en uno mismo y en los propios problemas. 

Y de este relato surge también una tarea, que es la de convertirnos en dispensadores de esperanza, diciendo a quienes nos rodean, especialmente si están tristes y abrumados por los pesos de la vida, que precisamente allí donde viven, precisamente allí donde sienten que su vida y lo que hacen tienen poco sentido, Dios está presente. 

La presencia de Dios, antes incluso que ser un juicio, es una propuesta y un aliento, tal y como lo fue para María. 

El ángel (que es la voz de Dios) nada más entrar en escena se dirige a ella con palabras positivas: «Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo». 

Sería hermoso que las primeras palabras que nos dirigimos, cada vez que nos encontramos, nunca fueran palabras de acusación inmediata, de juicio definitivo o de orden perentoria, sino que fueran siempre palabras (y también actitudes) con las que nos comuniquemos mutuamente alegría y esperanza. 

Esto hace que incluso nuestras vidas, tan normales, se conviertan en como las de la tan normal (pero por eso grandísima) María… 

Hay nombres que son también sabores, que cuando los pronuncias dejan en los labios un sabor que perdura, como el recuerdo de un beso. María, tu nombre es dulce. 

Porque así te siento, María, tan cerca de mí. Y ya no tengo miedo de sentarme entre Tú y Gabriel, entre la fuerza de la espera y el valor de una vida que lo abarca todo. 

Y me imagino a tu Hijo así, de verdad, embarcado conmigo, ligado a mi historia, encarnado en la vida cotidiana… tantas veces amarga pero siempre bendita. 

Yo me imagino así, al Señor, porque al final la historia siempre es buena, todo deja tras de sí un nuevo nacimiento. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 19 de marzo de 2026

El estilo de Gabriel para un misionero claretiano.

El estilo de Gabriel para un misionero claretiano

La celebración de hoy es única en la historia de la humanidad: la Anunciación del Señor, de hecho, marca el inicio de nuestra salvación.

 

Quisiera proponerme a mí mismo una especie de peregrinación a la casa de Nazaret.

 

Me gustaría que nos ganáramos un rinconcito de esa casa para que el arcángel Gabriel nos ayude a reconocer la acción de Dios y a comprender qué se nos pide aún a cada uno de nosotros.


Ciertamente, en aquella casa se le pidió a María algo único, irrepetible: convertirse en la Madre del Hijo de Dios.

 

Sin embargo, en aquella casa, se nos da a conocer lo que puede favorecer la respuesta.

 

Me gusta pensar en un misionero claretiano como la prolongación de la misión del arcángel Gabriel.

 

Por eso me parece especialmente significativo abordar el pasaje de Lucas desde la perspectiva de un misionero claretiano.


El ángel Gabriel fue enviado por Dios…

 

Todo llamado es un enviado de Dios. ¿Quién es Gabriel, la fuerza de Dios?

 

Es el ángel de dos Natividades decisivas: anuncia a Zacarías el nacimiento de Juan el Bautista y anuncia a María el del Hijo de Dios. 


¿Y no es acaso esto el misionero claretiano, el anunciador y el facilitador del nacimiento de Dios mismo en la vida de aquellos que le son confiados?

 

Para acoger la visita de Dios es necesario reconocer a los diversos «Gabrieles» que Dios envía a nuestras historias, de modo que seamos capaces de la hospitalidad divina.

 

El mayor deseo de Dios, de hecho, es sentirse como en casa en las casas de los hombres.

 

Él, que lo puede todo, en el misterio de la Anunciación se somete a la disponibilidad de una de sus criaturas. ¿Y no es así en el misterio de toda vocación?

 

Él lo puede todo, pero si yo lo quiero. En la vida de cada uno de nosotros, Él se deja circunscribir sometiéndose a nuestra libertad, a nuestro .

 

Cuando Él es reconocido y acogido, nuestra historia se convierte en Tierra Santa.

 

Enviado por Dios, Gabriel traduce el estilo de Dios. Así es, la fuerza de Dios se expresa solo cuando se asume y se encarna el mismo estilo de Dios.


Se trata, ante todo, de un estilo gozoso: la señal más verdadera de que Dios está actuando en la historia del hombre es la alegría, es la vida que comienza a fluir.

 

La sorpresa por la participación inesperada en el designio de Dios solo se supera gracias a la alegría que nace de saber que Dios conoce nuestro nombre. ¡No hay momento de nuestra vida que no necesite una buena noticia!

 

Precisamente la alegría experimentada es lo que da crédito a la confianza en el Dios capaz de obrar en la insignificancia de Nazaret y en la imposibilidad de una virgen.

 

Luego es un estilo de espera: Gabriel está atento a las razones de la razón y, por eso, respeta los tiempos de las respuestas. ¡Cuántas veces una actitud impaciente acaba congelando la fecundidad de la respuesta!

 

Se trata, además, de un estilo tranquilizador: es la invitación a no temer cuando la mente y el corazón se ven envueltos en algo que parece imposible para las solas fuerzas humanas. El miedo es vencido por la certeza de tener un lugar en el corazón mismo de Dios.

 

Gabriel encarna, además, un estilo de discreción: en contacto con la experiencia de quien es llamado, no invade, es capaz de detenerse en el umbral de las confidencias recibidas.

 

Surge, luego, un estilo de amor que infunde paz y disipa toda inquietud legítima que nace al medir la desproporción entre nosotros y Dios.

 

Un estilo gentil capaz de atraer por su delicadeza y su elegancia. El estilo de Gabriel nos lleva del miedo a la confianza, de la soledad a la relación.


Quien se hace discípulo de este estilo de evangelizador se encuentra con un rostro luminoso, una forma de hablar serena, un consejo sabio, un amor no selectivo, un actuar transparente y fiel.

 

El estilo de Gabriel es un estilo convincente porque es honesto en lo que dice y capaz de iluminar porque es verdadero.


El estilo de Gabriel es el estilo de quien ayuda a comprender que la madurez humana no es proporcional, ante todo, a la comprensión, sino a la fe, a la disponibilidad de hacer espacio a lo que es más grande que nosotros.

 

El ángel Gabriel nos recuerda que lo que desde el punto de vista humano representa la imposibilidad de engendrar, desde el punto de vista divino se convierte precisamente en la condición para que Dios actúe.

 

María llegará a decir su «He aquí» al Señor, sin duda ayudada en su discernimiento por la presencia y el estilo de Gabriel, además de por sus palabras.

 

Cuando Dios trata con el hombre, no elabora teorías, sino que suscita acontecimientos que interpelan la libertad de los interlocutores e involucra a personas que sean signo de su deseo de restablecer la alianza con la humanidad.

 

En este día tan significativo, ojalá los misioneros claretianos también seamos, como Gabriel, anunciadores del Evangelio y, como la Virgen María, seamos tierra dispuesta a acoger la Palabra que anunciemos a los demás.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una maternidad de vértigo.

Una maternidad de vértigo

Al decir «» al anuncio del ángel, María aceptaba jugar la partida más agotadora de su existencia, porque hasta el final no le dará un momento de respiro.

 

Ese hijo será la preocupación de todos sus días.

 

Ser madre, de hecho, no es algo circunscrito a una fase de la existencia del hijo hasta que este aprenda a asumir sus responsabilidades y finalmente pueda salir de casa.

 

Se es madre y se es hijo para siempre (como se es padre para siempre, por otra parte), incluso cuando el hijo ya no esté: el amor, aunque no pueda manifestarse concretamente a través del cuidado de la persona física, nunca desaparecerá.

 

El misterio de Nazaret es el misterio que exige una respuesta generosa y la disposición a hacer espacio a pesar de las dificultades.

 

Cuando el ángel le anuncia la noticia a María, no le ofrece ninguna garantía sobre el futuro: solo le pide que confíe en el aquí y ahora de aquel acontecimiento que no la protegerá de las adversidades futuras.

 

Acoger el don de la vida nunca es fácil, por mucho que se desee, pero acoger el don de la vida del Hijo de Dios trasciende todo pensamiento y toda posibilidad humana. Es algo que da vértigo.

 

Si es cierto que la presencia de otro en nuestra vida siempre pone en peligro nuestra existencia, acoger la vida del Hijo de Dios pone de manifiesto toda la insuficiencia humana: ¿seré capaz de ello? No es casualidad que María se sienta turbada ante ese anuncio tan desestabilizador.

 

Acoger el don de la vida significa disponerse a sufrir: y no es que, por ser María la Madre del Señor, el peso de los dolores vaya a disminuir. ¡Al contrario!

 

Ella sentirá angustia como cualquier madre, conocerá la ansiedad tal y como la siente quien ve que algo se le escapa de las manos. No hay simplificación alguna de la existencia humana.

 

El haber dado crédito a la palabra del Señor no le ahorrará la posibilidad de pensar en el futuro como algo de rostro incierto. Por si fuera poco, el Hijo que nacerá de María será, sí, «el más hermoso entre los hijos del hombre», pero seguirá siendo, no obstante, «piedra de tropiezo». Paradójicamente, la primera en tener que enfrentarse a esa piedra será precisamente ella.


Y además, ¿era realmente necesario que el nacimiento del Hijo de Dios se anunciara «antes de que María fuera a vivir con su prometido»? Al fin y al cabo, ese acontecimiento esperado durante siglos podría haberse pospuesto unos meses más: ¿qué habría cambiado, al fin y al cabo?

 

No creo que el eco de las palabras entregadas al ángel —«He aquí la sierva del Señor»— no tuviera un regusto a esfuerzo y llanto. Encontrarse embarazada fuera del matrimonio significaba conocer el juicio y la condena de quienes espían por la ventana la vida ajena y no temen utilizar ciertos temas como pasatiempo para sus días transcurridos en la banalidad y el chisme.

 

Si bien con cierta naturalidad pudo haber dicho sí al Señor (no sin haber recorrido, por otra parte, un auténtico camino emocional), la partida del ángel habrá significado ponerla frente al alcance real de lo que ese diálogo había significado. ¿Qué sabía del mundo, de la vida, ella que no era más que una joven?

 

El gesto que sin duda acompañó aquellos días y todos los días de su vida fue el de tender la mano para aferrarse a Dios. Con toda razón, Isabel no tardará en reconocer: «Has tenido valor al confiar en Dios. Bienaventurada tú».

 

No pidió garantías para confiar, ni certezas sobre el resultado de esa entrega. Para confiar, a María le bastó saber que en el camino que acababa de emprender también estaba Dios, y sin pensarlo dos veces aceptó el desafío.

 

Ella sentía que se cumplían las palabras del Salmo 22 que tantas veces habrá repetido y que ahora adquirían un sabor y un peso nuevos: «Aunque camine por el valle de la sombra de la muerte, no temeré ningún mal. Tu vara y tu cayado me dan seguridad».

 

Dios está ahí y eso basta… incluso en el vértigo de ser madre… y madre del Hijo de Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 15 de marzo de 2026

Alégrate María.

Alégrate María

En pleno camino de Cuaresma, abrimos un luminoso paréntesis sobre la Anunciación, exactamente nueve meses antes de la Navidad. De ese «sí» dirigido a Dios se deriva el camino de salvación que estamos recorriendo.

 

«Ave María, alégrate, María», le dice el príncipe de los ángeles a la joven adolescente de Nazaret.

 

Sí, María, tienes motivos para alegrarte, tienes motivos para regocijarte.

 

Alégrate porque Dios interviene, porque entra en la Historia, porque ya no enviará a ningún profeta para que hable en su nombre, sino que Él mismo, en persona, vendrá a revelarse en Jesús.

 

Alégrate, María, porque Dios no ha elegido a una de las ricas matronas de Roma, ni a la esposa de un filósofo griego, ni siquiera a la esposa de un famoso rabino de Jerusalén.

 

Alégrate porque ha vuelto su mirada hacia la pequeña aldea de Nazaret, unas pocas casas adosadas a las cuevas, apartadas del camino principal.

 

Alégrate porque la historia cambia: ya no son los poderosos los protagonistas, ni los héroes o los buenos, sino los pequeños, los olvidados. Y Dios parte de la periferia del Imperio, de Israel y de la Historia para hacerse presente.

 

Alégrate, María, porque ahora tu vida se convierte en la cuna de Dios, tu vida se convierte en la puerta de entrada de lo infinito al mundo.



Y alegrémonos también nosotros, hoy, por esta hermana nuestra, la primera entre los creyentes, la madre de todo discípulo.

 

Lucas retoma el esquema de las muchas «anunciaciones» presentes en la Biblia.

 

Poco importa cómo se desarrollaron los hechos: así nos los cuenta Lucas.

 

Y nos sorprende.

 

No es la esposa del emperador, ni la ganadora del Premio Nobel de Medicina, ni una dinámica mujer de negocios de nuestros días a quien Dios elige, sino la pequeña adolescente Miriam - la bella -.

 

A ella le pide que se convierta en la puerta de entrada de Dios al mundo.

 

¿Qué diríamos si mañana por la mañana se les acercara una hija o una nieta adolescente diciendo: «Dios me ha pedido que le ayude a salvar el mundo»?

 

Exacto.



En cambio, María acepta, cree en ello, y todos nosotros no sabemos si reír o sacudir la cabeza ante tanta espléndida inconsciencia; todos nos quedamos atónitos - nosotros los racionales hijos mayores - ante la desconcertante sencillez de este diálogo, ante la audacia de una hija de Sión que habla de igual a igual con el Absoluto, que le pide explicaciones y aclaraciones.

 

Elegir Nazaret, un pueblo ocupado por el Imperio romano, en los confines de la historia, en los márgenes de la geografía del tiempo, en una época desprovista de medios de comunicación, para encarnarse, nos revela una vez más la lógica de Dios, una lógica basada en lo esencial, en el misterio, en la profecía, en la verdad de sí mismo, en los resultados imprevistos (y desconcertantes).

 

El encuentro entre el príncipe de los ángeles y una joven adolescente, hija del pueblo, pone los pelos de punta.

 

Con cuánta dignidad sostiene María el diálogo, pidiendo explicaciones, mostrando disponibilidad. La joven de Nazaret no se asusta ante el misterio; sabe que en ese momento toda la historia está en sus pequeñas manos.



El ángel la saluda: «Alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo».

 

Como Ella, también nosotros podemos alegrarnos hoy, llenos de la gracia de haber conocido el Evangelio y seguido a Jesús, a pesar de nuestras limitaciones.

 

También nosotros, hoy y siempre, podemos decir: el Señor está conmigo, acompaña mi camino, me ha sostenido en todas mis tribulaciones, como lo hizo con Israel, como lo hace con quien confía en Él.

 

También nosotros, hoy, como María, podemos poner nuestra vida en manos de Dios, para convertirnos en ianua coeli, puerta de entrada de Dios al mundo.

 

A través de nosotros, a través de nuestra disponibilidad, nuestra sonrisa, nuestra paciencia, nuestra capacidad de perdonar y de pedir perdón, el Señor entra en el mundo y se encuentra con los hombres que buscan la paz.

 

Dejemos que el Señor actúe, como supo hacerlo en María, y también nosotros veremos grandes cosas.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Al Dios de la Anunciación.

Al Dios de la Anunciación 

La vida no se anuncia una sola vez; la vida nunca ha dejado de anunciarse porque la ceguera es recurrente. 

Y cuando vuelve, es peor que la primera vez. 

Creer en la Anunciación no es difícil cuando todo te habla de comienzos.

Lo difícil es estar abierto y dispuesto al final, cuando el vientre está rígido y la decepción es grande y el fruto ya no está, y ni siquiera tú estás ya, de vuelta de todo. 

Cuando ya no se cree en los ángeles. 

Cando se ha masticado demasiada oscuridad. 

Cuando toda esperanza ha traicionado. 

… Hay que rasgar a la fuerza el velo de la ceguera. 

Hay que arrancarlo con los dientes, o con las lágrimas, con alguna obstinación de la vida, una especie de instinto de supervivencia: porque al final uno querría mantener los ojos cerrados. 

En el Calvario el velo se rasgó, pero no vi ángeles. 

Y Dios no estaba. 

¿Cómo creer en la Anunciación? 

Pero fue precisamente en el Gólgota donde descubrí que ya no había que buscar en lo alto, sino a ras de tierra, en lo bajo. 

Bajo el corazón, en ese punto cálido del que la vida saca el valor y la osadía para nacer, en el lugar más íntimo donde permanece el recuerdo de Ti, como el calor de una brasa tierna, allí, donde permanece todo el amor hecho, todo. 

En aquel vientre de mujer preñado de semen divino portador de vida. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La Anunciación: el Sí que cambia la historia.

La Anunciación: el Sí que cambia la historia 

En la escena de la Anunciación la clave es la visita/manifestación de Dios y la respuesta de la humanidad. Y se representa el misterio de la encarnación: el Verbo toma nuestra carne en el seno de una mujer. 

Dios, para recuperar a su criatura –el hombre– elige convertirse en esa criatura, es decir, elige encarnarse y hacerse hombre a través del vientre de una mujer. Esto no puede ser comprendido con la lógica enteramente humana, y por eso el misterio de la encarnación debe ser abordado con el aporte de una inteligencia diferente, que nos obligue a dar un salto hacia nuestra mente y considerar el mundo divino como más verdadero. Según su lógica, la fecundidad también puede ocurrir de una manera más allá de las leyes físicas. 

Aceptar la posibilidad de una fecundidad más allá de las leyes físicas significa dar más peso a lo divino y a su lógica, más perfecta que la nuestra, aunque estemos acostumbrados a ver el mundo desde una perspectiva puramente humana, dentro de la cual no podemos razonar para comprender la encarnación de Dios y la fecundidad de María. 

Cuando María, sin comprender lo que le dice el ángel, responde “fiat”, “hazlo Tú”, significa que da un salto de mentalidad, que se orienta según la lógica de Dios, no la suya propia; significa que Ella cree más en Dios y en lo que Él le dice a través del ángel, que en sus ideas, sus incomprensiones, sus dudas y sus miedos. Significa que deja que la Palabra de Dios reemplace sus conocimientos, creencias y aspiraciones. 

La escena interpreta este misterio en algunos aspectos fundamentales, que anuncian y por tanto recorren todo el camino de María en toda su belleza y su misterio: la “Ecce ancilla” de María se encuentra con el “Ecce venio” de Jesús (Hb 10,9). La Palabra llama a su puerta t María se abre a la Palabra. 

El Ángel Gabriel muestra la ternura de Dios, el respeto de la voluntad divina, que no es impetuosa, sino que, aunque llega "como una sorpresa", es delicada, para que el ser humano pueda acogerla. Por eso María confía y puede empezar a tejer la carne de la Palabra de Dios en sus entrañas de carne. Entonces, si hasta ese momento la Palabra fue escuchada, a partir de ese momento podrá ser contemplada. Por eso se dice que, para escuchar la Palabra de Dios, hay que tener buenos ojos, no oídos, porque la Palabra se ha hecho imagen: hay que verla (cf. Jn 14,9; 1 Jn 1,1-4). 

Y María deja que la Palabra pueda tejer carne en su vientre. Es el misterio de la encarnación: la respuesta de Dios a todas las expectativas del hombre y la respuesta de la humanidad, representada por María, a la venida de Dios. Ser creyente significa reconocer el anuncio de un Dios que entra con discreción y respeto en el corazón de cada persona y espera en silencio el gesto de nuestra libertad, un "sí" que nos abre a la verdadera Vida y nos hace portadores de esta misma Vida al mundo entero. 

La reacción de María es muy humana y muy cercana a nosotros. De hecho, es a través de un acto de fe, de reconocimiento del Otro, de confianza en Él, que María dice: “He aquí la esclava del Señor”. Y, al igual que el sirviente, Ella está totalmente orientada hacia su Señor. A veces simplificamos la experiencia de fe de María, pensando que Ella, siendo Inmaculada, Madre de Dios, etc., tuvo todo claro desde el primer momento, comprendió todo, vivió una fe sin esa experiencia humana tan concreta de no comprender, de dejarse abrumar por un Misterio inefable e indecible, demasiado grande para nosotros y para Ella. En cambio, Ella experimentó la oscuridad de la fe, el “no entender” (cf. Lc 2,23.50), no en vano es una mujer de fe, una mujer que vivió la experiencia de la fe muy dentro de nuestra experiencia, de nuestro camino, muy cerca de nosotros. 

Ella confía en Dios y responderá “sí”, no porque haya comprendido, sino por un motivo más profundo, que indica la verdadera actitud del creyente: primero confió en el Señor y se confió a Él, luego comprendió. Incluso bajo la cruz, envuelta en su manto y en silencio, no puede hacer otra cosa que «guardar en su corazón» (Lc 2,19) un misterio mucho más grande que Ella misma, y ​​balbucir y musitar y permanecer en su «». 

Frente a esta actitud de María, es esencial para nosotros captar la reacción del Ángel Gabriel hacia Ella, es decir, entender cómo el Ángel, que es la presencia de Dios a su lado, reacciona ante su turbación, ante su no comprensión, ante su sentirse perdida y tan pequeña, y cómo reacciona por tanto cuando nosotros vivimos la misma experiencia. 

El Ángel reacciona con infinita ternura; representa la actitud de Dios que es amor; Él es portador de la Palabra que aparece tan frecuentemente en la Biblia: ¡No tengas miedo! 

Se lo dice con palabras, y seguramente también con el tono de su voz, con su mirada, con su gesto… envolviéndola sin hacer ruido y asegurándole su protección sobre Ella todo el tiempo que sea necesario. Y así María, hablando con el Ángel, llega a decir su “”. 

Pero ¿qué sucede después del anuncio del ángel y del “sí” de María? Sucede que su Ecce ancilla, su “sí”, la convierte en madre de la Palabra, es decir, su Ecce ancilla se encuentra con el Ecce venio de la Palabra (Hb 10, 5-7), que es la única palabra que Jesús dijo al entrar en el mundo. Con esta palabra Jesús se ofrece por nuestra salvación. 

María pronuncia la misma palabra, que expresa su entrega a la tarea que el Padre le ha asignado. Del encuentro del Ecce ancilla con el Ecce venio se produce el acontecimiento de la Encarnación: María se convierte en madre, comienza a tejer la carne del Verbo de Dios en el seno materno. 

María confía en la palabra del Ángel y la Palabra viene a habitar en su seno. A partir de María el Hijo toma el cuerpo del mundo y de la historia, es decir, la humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Hay un sueño en Dios.

Hay un sueño en Dios 

Hay un sueño en Dios. Y es más que un sueño. Porque nuestros sueños también pueden quedarse sólo en eso, seguir siendo sueños, y no realizarse. Pero los sueños de Dios se hacen realidad. El sueño recorre el Primer y el Segundo Testamento. Y eso es como decir que esto se repite a lo largo de toda la historia. 

Cuando hablamos de Iglesia hoy en día, ¿qué nos viene principalmente a la mente, el templo o la calle? 

¿Un Dios para ser adorado en las Iglesias o un Dios para ser sorprendido en las calles? ¿Cristianos atados a un bloque institucional o cristianos compañeros de viaje de las mujeres y de los hombres de hoy, de sus noches y de sus amaneceres, de sus angustias y de sus expectativas? 

¿Cristianos que sueñan con la “ciudadela cristiana” o cristianos convencidos de que Dios es el Dios de la tienda, el Dios en la sucesión de las generaciones, en el acto de generar, el Dios de los rostros? 

Cada vez que las madres judías daban a luz a un niño, y cada vez que todavía hoy dan a luz a un niño, tienen un sobresalto: ¿podría ser ese niño el Mesías? La sorpresa de Dios está en la vida. 

El Dios del Reino es una revolución. Regresemos al sueño de Dios: de la inmovilidad del Templo al camino inquieto de la humanidad a la que pertenecemos. Y el sueño, nuestro sueño, el más grande de los sueños, poder decir, como Dios: Yo he estado contigo, dondequiera que hayas ido. Porque Dios entra en la vida y camina al compás de la vida. 

Es hermoso leer la historia de la Anunciación bajo esta luz. 

La Anunciación no está en el templo, está en la vida. 

Es una Anunciación en una región y está el nombre de la región, Galilea, en una ciudad y está el nombre, Nazaret, y está el nombre de la mujer, María, y de su esposo, José, y también de su prima, Isabel, aquella que todos decían que era estéril, y que ahora está en su sexto mes. 

¡Es la vida! 

Es la Anunciación, es el nacimiento de Dios, pero en la vida. 

En nuestra vida, hecha de sentimientos de inadecuación: (“…pero ¿cómo es posible? No se dan las condiciones… No se cumplen los requisitos”), una vida hecha de nuestras perturbaciones: (“No tengas miedo, María”). No tengas miedo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...