Alégrate María
En pleno camino de Cuaresma, abrimos un luminoso paréntesis sobre la Anunciación, exactamente nueve meses antes de la Navidad. De ese «sí» dirigido a Dios se deriva el camino de salvación que estamos recorriendo.
«Ave María, alégrate, María», le dice
el príncipe de los ángeles a la joven adolescente de Nazaret.
Sí, María, tienes motivos para alegrarte, tienes motivos
para regocijarte.
Alégrate porque Dios interviene, porque entra en la
Historia, porque ya no enviará a ningún profeta para que hable en su nombre,
sino que Él mismo, en persona, vendrá a revelarse en Jesús.
Alégrate, María, porque Dios no ha elegido a una de
las ricas matronas de Roma, ni a la esposa de un filósofo griego, ni siquiera a
la esposa de un famoso rabino de Jerusalén.
Alégrate porque ha vuelto su mirada hacia la pequeña
aldea de Nazaret, unas pocas casas adosadas a las cuevas, apartadas del camino principal.
Alégrate porque la historia cambia: ya no son los
poderosos los protagonistas, ni los héroes o los buenos, sino los pequeños, los
olvidados. Y Dios parte de la periferia del Imperio, de Israel y de la Historia
para hacerse presente.
Alégrate, María, porque ahora tu vida se convierte en
la cuna de Dios, tu vida se convierte en la puerta de entrada de lo infinito al
mundo.
Y alegrémonos también nosotros, hoy, por esta hermana nuestra, la primera entre los creyentes, la madre de todo discípulo.
Lucas retoma el esquema de las muchas «anunciaciones»
presentes en la Biblia.
Poco importa cómo se desarrollaron los hechos: así nos
los cuenta Lucas.
Y nos sorprende.
No es la esposa del emperador, ni la ganadora del
Premio Nobel de Medicina, ni una dinámica mujer de negocios de nuestros días a
quien Dios elige, sino la pequeña adolescente Miriam - la bella -.
A ella le pide que se convierta en la puerta de
entrada de Dios al mundo.
¿Qué diríamos si mañana por la mañana se les acercara
una hija o una nieta adolescente diciendo: «Dios me ha pedido que le ayude a
salvar el mundo»?
Exacto.
En cambio, María acepta, cree en ello, y todos
nosotros no sabemos si reír o sacudir la cabeza ante tanta espléndida
inconsciencia; todos nos quedamos atónitos - nosotros los racionales hijos
mayores - ante la desconcertante sencillez de este diálogo, ante la audacia de
una hija de Sión que habla de igual a igual con el Absoluto, que le pide
explicaciones y aclaraciones.
Elegir Nazaret, un pueblo ocupado por el Imperio
romano, en los confines de la historia, en los márgenes de la geografía del
tiempo, en una época desprovista de medios de comunicación, para encarnarse,
nos revela una vez más la lógica de Dios, una lógica basada en lo esencial, en
el misterio, en la profecía, en la verdad de sí mismo, en los resultados
imprevistos (y desconcertantes).
El encuentro entre el príncipe de los ángeles y una
joven adolescente, hija del pueblo, pone los pelos de punta.
Con cuánta dignidad sostiene María el diálogo,
pidiendo explicaciones, mostrando disponibilidad. La joven de Nazaret no se
asusta ante el misterio; sabe que en ese momento toda la historia está en sus
pequeñas manos.
El ángel la saluda: «Alégrate, llena de gracia, porque el Señor está contigo».
Como Ella, también nosotros podemos alegrarnos hoy,
llenos de la gracia de haber conocido el Evangelio y seguido a Jesús, a pesar
de nuestras limitaciones.
También nosotros, hoy y siempre, podemos decir: el
Señor está conmigo, acompaña mi camino, me ha sostenido en todas mis
tribulaciones, como lo hizo con Israel, como lo hace con quien confía en Él.
También nosotros, hoy, como María, podemos poner
nuestra vida en manos de Dios, para convertirnos en ianua coeli, puerta de entrada de Dios al mundo.
A través de nosotros, a través de nuestra
disponibilidad, nuestra sonrisa, nuestra paciencia, nuestra capacidad de
perdonar y de pedir perdón, el Señor entra en el mundo y se encuentra con los
hombres que buscan la paz.
Dejemos que el Señor actúe, como supo hacerlo en María, y
también nosotros veremos grandes cosas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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