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domingo, 7 de junio de 2026

María, misionera del Reino, es gracia y don para todo misionero claretiano.

María, misionera del Reino, es gracia y don para todo misionero claretiano 

María es una joven judía, de una provincia remota del Imperio romano. Su nombre es común entre las mujeres del pueblo de Israel, la más famosa es Miriam, hermana de Moisés. Es una sencilla muchacha del campo que vive lejos del centro religioso de Jerusalén y del esplendor del Templo con su aristocracia sacerdotal. Como las demás mujeres del pueblo, habrá cosido ropa, cocinado, recogido leña para el fuego, ido a buscar agua al pozo y trabajado en el campo para ayudar a la familia. 

San Lucas, entre los evangelistas, es el que nos cuenta un poco más sobre ella. Por su Evangelio sabemos que la Virgen, tras el anuncio del arcángel Gabriel y al comienzo de su embarazo, emprende un viaje hacia una región montañosa para llegar a una de las ciudades de Judea (cf. Lc 1,39), donde vive su anciana pariente Isabel, que está a punto de dar a luz milagrosamente a un niño. 

María, nada más enterarse del sensacional acontecimiento, se dirige hacia ella y se pone en camino: el verbo griego - eporeuthe - utilizado es un verbo muy utilizado en el Nuevo Testamento para indicar el ir y el caminar de Jesús y sus discípulos (cf. Mt 19,15; Mc 10,17; Lc 7,11; 9,51.52.56.57; Jn 4,5); y lo que es aún más interesante, es el verbo utilizado por Jesús tanto en el discurso de la misión (cf. Mt 10,6.7), como en el momento de la entrega del mandato misionero a sus discípulos (cf. Mt 28,19 y Mc 16,17). Jesús, además, dirige esta misma orden de «¡ve!» también a una mujer, María de Magdala, en Jn 20,17. 

María es la «primera misionera» y hace que Jesús realice, llevándolo en su vientre por los polvorientos caminos de Judea, su «primer viaje misionero», anticipando también lo que será la acción de la comunidad cristiana; por ahora es María quien conduce a su hijo, él que de adulto estará siempre «en camino» y ni siquiera tendrá dónde recostar la cabeza (cf. Mt 8,20; Lc 9,58). Parece que María sienta las bases de su paso de pueblo en pueblo, en los años de su vida pública. 

El evangelista San Lucas añade también algunos detalles al camino de María. Nos dice que camina con celo y solicitud. Se mueve rápidamente, impulsada por un impulso interior que denota un compromiso serio. 

Es una descripción cualitativa del alma de María en ese momento, más que una indicación espacio-temporal: María camina rápido, tendida hacia la meta sin distraerse. Lo que la impulsa no es la ansiedad; no es la prisa dispersiva y distraída, sino la urgencia del Reino y el deseo misionero de anunciar el cumplimiento de las promesas, porque la fe tiene sus urgencias. Hay momentos en los que es necesario saber elegir, y hacerlo rápidamente. 

Santa María, mujer misionera, te imploramos por todos nosotros, misioneros claretianos, que hemos sentido el encanto conmovedor de ese icono que te representa como misionera del Reino de Dios junto a tu Hijo Jesús, el enviado del Padre, y hemos dejado otros afectos queridos para sr testigos y anunciar el Evangelio de la Gracia. 

Acompáñanos en el esfuerzo. Alivia nuestro cansancio. Protégenos de todo peligro. Dona a los gestos con los que nos inclinamos sobre los pies de aquellos a cuyo servicio estamos de los rasgos de tu ternura maternal y virginal. Pon en nuestros labios palabras de paz. Haz que la esperanza con la que promovemos el Año de Gracia adelante la esperanza de la humanidad de los cielos nuevos y de la tierra nueva. 

Llena nuestras horas de soledad. Atenúa en nuestros corazones los dolores de la nostalgia. Cuando tengamos ganas de llorar, ofrécenos y ábrenos tu regazo de madre. Haznos testigos de la alegría. Santa María, mujer misionera, tonifica nuestra vida de discípulos y enviados con ese ardor que te impulsó a ti, portadora de luz, por los caminos de Palestina. 

Ánfora del Espíritu Santo, derrama su crisma sobre nosotros, para que ponga en nuestro corazón la nostalgia de los confines de la tierra. Y aunque la vida nos ate a los meridianos y paralelos donde nacimos, haz que sintamos igualmente en nuestro corazón el aliento de las multitudes que aún no conocen a Jesús porque sabemos que nuestro corazón es para todo el mundo.

Ábrenos los ojos para que podamos ver con compasión las aflicciones del mundo. No impidas que el clamor de los pobres nos quite la tranquilidad. Tú, que en la casa de Isabel pronunciaste el canto más bello de la teología de la liberación, tu Magnificat, inspíranos la audacia de los profetas para que Dios sea conocido, amado, servido y alabado.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Contemplación claretiana de María misionera de Dios y de su Reino.

Contemplación claretiana de María misionera de Dios y de su Reino 

El Padre Claret aprendió que el conocimiento de la Escritura es conocimiento del Señor y es también conocimiento de María. Y del Enviado del Padre aprendió a ser auténtico discípulo de su Señor y a vivir como María, primera discípula, para ser testigo y misionero del Reino. 

Los misioneros claretianos hemos recibido como don y abrazado como tarea seguir los pasos de María presentes en el Evangelio para ser como Ella: discípulos, portadores y testigos del Reino al estilo de Jesús, su Hijo. 

El anuncio del ángel (Lc 1, 26-38). «Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo... Y he aquí que concebirás un hijo, lo darás a luz y le llamarás Jesús». 

Dios pidió a María su colaboración para hacerse hombre, para ser uno de nosotros y compartir lo que somos y vivimos. 

María es la mujer misionera en la libre disponibilidad a la llamada de Dios, acogiendo la invitación a entrar en su gran proyecto para la humanidad de todos los lugares y de todos los tiempos. «He aquí la sierva del Señor: hágase en mí según tu palabra»: al decir su sí, acoge en el mundo al Hijo de Dios que, «asumiendo la condición de siervo y haciéndose semejante a los hombres», entra en nuestra historia a través de María. 

Hoy Ella nos pide a los misioneros claretianos que demos a conocer al Señor y su Palabra. En el sí de María, también nosotros queremos decir nuestro sí a Dios. 

En la visita a Isabel (Lc 1, 39-56). «María se levantó y se fue rápidamente». 

Tras el anuncio del ángel, María se pone inmediatamente en camino para compartir su alegría y ayudar a su prima Isabel, que espera un niño al que llamarán Juan. Una partida organizada rápidamente para llevar una buena noticia, un anuncio. 

No es exagerado afirmar que bajo esa palabra (anuncio) se condensa la tarea misionera de la Iglesia que, tras la resurrección del Señor, tiene la misión de llevar en su seno a Jesucristo para ofrecerlo a los demás, como hizo María con Isabel. 

La atención y el amor al prójimo forman parte del anuncio y de la forma en que Dios expresa, a través de nosotros, su atención y su amor. María es la mujer misionera al servicio del prójimo cuando decide partir rápidamente para acompañar a Isabel en el ejercicio de la caridad, gratuitamente, compartiendo la alegría del Tesoro que lleva en su seno. 

Hoy María nos pide también a nosotros, misioneros claretianos, que nos hagamos prójimos, atentos y solícitos a las necesidades de los hombres y mujeres que cruzamos en los caminos de nuestra vida. 

En Belén (Lc 2, 1-20). «Dio a luz a su hijo». 

Con su sí, María se convierte en protagonista de una gran misión: permitir que Dios entre en la historia de los hombres en Jesús, Hombre-Dios. Con su sí a Dios, María se convierte en «mujer misionera», la que se hace morada del Hijo, tabernáculo viviente, lugar santo, santificado por la presencia de Jesús. 

María es la mujer misionera porque acepta convertirse en madre del Señor y hacerse compañera de su misión, siguiéndolo hasta el don supremo en la cruz y acompañando a la comunidad cristiana en cada cenáculo. 

Hoy María nos invita a los misioneros claretianos a acoger la Palabra de Dios para hacerla visible con nuestra vida. Estamos llamados a engendrar al Señor en los lugares y entre las personas que habitan nuestra existencia. 

La presentación de Jesús en el Templo (Lc 2, 22-40). «Llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor... Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «He aquí, él está destinado a la caída y a la resurrección de muchos en Israel, y a ser señal de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma». 

José y María ofrecen a Jesús a Dios. María es la mujer misionera que vive su vida como una continua ofrenda de sí misma en lo cotidiano de la existencia. 

Hoy María nos propone a los misioneros claretianos ofrecer nuestras vidas a Dios, para seguirlo como discípulos y ser misioneros, para que cada palabra y cada gesto puedan convertirse en manifestación del Señor. 

En la huida a Egipto (Mt 2, 13-23). 

Inmediatamente después de la visita de los Magos venidos de Oriente con sus ofrendas, el ángel le dice a José que no vuelva a Nazaret y que se vaya a Egipto. 

María es la mujer misionera al compartir lo que experimentan muchos migrantes, Ella también obligada a abandonar su tierra y su pueblo para huir del peligro que amenaza a su familia, en particular a Jesús; Ella se convierte así en compañera de tantos hombres y mujeres que viven el drama de la emigración en todas partes del mundo. 

Hoy María nos interpela a los misioneros claretianos a reconocer el rostro de Jesús extranjero, refugiado, pobre y a convertirnos en promotores de la acogida, la protección, la promoción y la integración. 

El hallazgo de Jesús en el Templo (Lc 2, 41-52). «Volvieron a buscarlo a Jerusalén... y lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y preguntándoles». 

Cuando Jesús tenía doce años, María y José lo llevaron a celebrar la Pascua al Templo de Jerusalén. En el camino de regreso a Nazaret, no lo encontraron en la caravana y, preocupados, se pusieron a buscarlo. Lo encontraron en el Templo. 

María es la mujer misionera que «perdió a Jesús», este hijo enviado por el Padre para sus designios, que a menudo Ella no comprendía plenamente. 

Hoy María nos exhorta a los misioneros claretianos a vivir con generosidad la voluntad de Dios, tanto en las situaciones hermosas como en las difíciles o dolorosas. 

En las bodas de Caná (Jn 2, 1-11). «Haced lo que él os diga», dice María a los que sirven a los invitados al banquete de bodas. 

El comienzo de los signos de Jesús en Caná de Galilea, cuando convierte el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María. 

María es la mujer misionera porque sabe prestar atención a los detalles que hacen especial cada instante de su vida y de la de los demás. 

También nosotros, misioneros claretianos, estamos invitados a hacer lo que el Señor nos pide. María nos sigue invitando a dar testimonio de la fe también a través de la atención a los pequeños detalles que a menudo marcan la diferencia en nuestro «ser misión». 

En Nazaret (Lc 2, 51-52). «Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres». 

La misión comienza por nosotros mismos y en los lugares habituales de nuestra vida. Como toda madre, María da la vida a su hijo no solo en la concepción, en los meses de embarazo y en el parto, sino también durante los años de su existencia. Una madre lleva a su hijo en su vientre durante nueve meses y después... lo lleva consigo toda la vida. 

María es la mujer misionera en su vida cotidiana en Nazaret, que al fin y al cabo es el lugar donde se construye la historia. 

Así, nuestro ser misioneros claretianos se desarrolla y crece a lo largo de la vida ordinaria. Hoy María nos exhorta a ser discípulos misioneros en los acontecimientos sencillos y a veces ocultos de nuestra existencia, pero no por ello menos fecundos. 

Al pie de la Cruz (Jn 19, 25-27). «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María de Magdala». 

María, al pie de la cruz, vive la mayor desolación y la pobreza extrema de perder lo que más quiere. Al mismo tiempo, expresa un amor inmenso por la humanidad. Jesús, con los brazos abiertos, es como si quisiera abrazar a toda la humanidad. La Cruz se convierte en el lugar donde el Cielo toca la Tierra y la Tierra toca el Cielo. 

María es la mujer misionera incluso en el momento del dolor, porque tiene el valor de permanecer junto a la Cruz de su Hijo, plenamente involucrada en la pasión. 

Hoy María nos invita a asumir nuestros sufrimientos, prueba de nuestra fe, y a estar cerca de aquellos que viven momentos de lejanía, incomprensión, dolor, cuando más aguda es su necesidad de sentir una presencia amiga, especialmente la presencia de Dios. La Cruz de Jesús nos impulsa a afrontar las dificultades de la vida, incluso en los momentos de oscuridad. 

En la mañana de Pascua resuena el grito de que el Señor ha resucitado, está vivo (Mt 28, 1-10). «Jesús, el crucificado, ha resucitado de entre los muertos, y he aquí que os precede en Galilea; allí lo veréis». 

Muchos se preguntan sorprendidos por qué el Evangelio, mientras nos habla de Jesús aparecido el día de Pascua a muchísimas personas, como Magdalena, las piadosas mujeres y los discípulos, no nos cuenta, en cambio, ninguna aparición de la Madre por parte del Hijo resucitado. 

Tal vez haya una respuesta: ¡porque no era necesario! No era necesario, es decir, que Jesús se apareciera a María, porque Ella, la única, estuvo presente en la Resurrección... Como estuvo presente, la única, en su salida de su vientre virginal de carne. Y se convirtió en la mujer de la primera mirada a Dios hecho hombre... Así tuvo que estar presente, la única, a la salida de Él del vientre virginal de piedra: el sepulcro «en el que aún no había sido depositado nadie». Y se convirtió en la mujer de la primera mirada al hombre hecho Dios. Los demás fueron testigos del Resucitado. Ella, de la Resurrección. 

María es la mujer misionera de la Resurrección, el acontecimiento que está en el centro de nuestra fe, de nuestra vida, de nuestro anuncio. 

Hoy María nos anima a los misioneros claretianos a nacer y renacer siempre en nuestro compromiso misionero. Con Ella aprendemos a ser tejedores de resurrección en un mundo tantas veces cosido por los lazos de la muerte.  «No basta con nacer. Es para renacer que hemos nacido. Cada día» (Pablo Neruda). 

En el Cenáculo (Hch 1, 14). «Todos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la Madre de Jesús». 

El Espíritu Santo, junto con la Eucaristía, es el mayor don que Jesús ha hecho a la Iglesia. El Espíritu de Dios es el principal artífice de la obra misionera. Es el Espíritu el que nos da fuerza y nos hace capaces de dar testimonio y anunciar la Palabra en todas las periferias geográficas y sociales. 

María es la mujer misionera que acogía con la comunidad de creyentes los dones del Espíritu y se dejaba guiar por Él. 

Así también para nosotros hoy, el Espíritu de Dios «nos enseña todas las cosas» para hacernos descubrir campos inexplorados de nuevas evangelizaciones. El Espíritu es creador y nos hace discípulos creadores. Hoy María nos exhorta a los misioneros claretianos a dejarnos modelar por el Espíritu para ser discípulos capaces de iniciar procesos de misión para llevar a la humanidad al Dios del Reino. 

María, puerta del Cielo. 

Unida a Jesús durante su vida terrenal, María está unida a su Hijo también en el Cielo. Para cada uno de nosotros, misioneros claretianos, se convierte en un signo de esperanza: sabemos que tenemos junto a Dios una Madre que nos atrae hacia Él, nos lleva a Jesús, nos ayuda en nuestra continua renovación misionera. 

María es la mujer misionera que nos precede en la eternidad de Dios y se convierte para nosotros en una inspiración misionera. Le pedimos que nos fortalezca en la fe, nos haga vigilantes en la espera y atentos en la caridad. 

Santa María, mujer misionera, concede a tu Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María la alegría de redescubrir, ocultas en la palabra ‘envío’, las raíces de nuestra vocación primordial. 

Ayúdanos a medirnos con el Hijo enviado del Padre y ungido del Espíritu Santo, y con nadie más: como Tú, que, apareciendo en los albores de la revelación neotestamentaria junto a Él, el gran misionero de Dios, lo elegiste como única medida de tu vida. 

Cuando se demore dentro de sus rutinas, donde no llega el grito de los pobres, dale el valor de salir de los campamentos. 

Cuando se vea tentada a petrificar la movilidad de su domicilio, aléjela de sus aparentes seguridades. 

Cuando se acomode en las posiciones alcanzadas, sacúdela de su vida instalada y sedentaria. 

Enviada por Dios para la salvación del mundo, nuestra Congregación está hecha para caminar peregrina, desinstalada, ligera de equipaje en cada cruce de los caminos y en todas las periferias. 

Nómada como Tú, pon en su corazón una gran pasión por los hombres y las mujeres. Muéstranos la geografía del sufrimiento. Llénanos de ternura hacia todos los necesitados. Y haz que no nos preocupemos por nada más que por poner los ojos fijos en Jesucristo y ofrecerlo al mundo como Tú hiciste. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 16 de mayo de 2026

Hacerse compañero de camino.

Hacerse compañero de camino

Me imagino que quienes se encuentran fuera o al margen de la Iglesia observan el mensaje cristiano y emiten un veredicto de indiferencia, a veces de rechazo, ante una forma de estar en el mundo que perciben como arqueología del pasado, algo irrelevante, algo autorreferencial...

 

Imagino que para la Iglesia hasta se trata más de un tema de relación que un tema de lenguaje o de contenidos, es decir, de cómo acercarse al otro, de qué lugar se le reconoce, de si se le considera sujeto u objeto…

 

El Evangelio, si se toma en serio, ofrece algo mucho más radical que cualquier estrategia comunicativa.

 

La escena de Emaús es un paradigma completo y vale la pena releerla con atención.

 

El Resucitado alcanza a los dos discípulos mientras caminan; no los espera en el Templo, no les pide que regresen al cenáculo, ni pronuncia un sermón moral sobre su huida de Jerusalén.

 

Les pregunta: «¿De qué habláis?»

 

Y escucha.

 

Se adentra en su dolor y en su interpretación de los acontecimientos antes de ofrecer su respuesta.

 

Solo después, cuando hay un espacio de confianza mutua, abre paulatinamente el corazón y la mente a las Escrituras.

 

No impone nada: se dispone a marcharse y ellos lo retienen. La maduración de la fe tiene lugar en ellos, no les viene impuesta desde fuera.



Esta secuencia —llegar al otro donde está, escuchar sin condiciones previas, compartir la propia visión sin exigirla, celebrar juntos y dejar libre la maduración— no es una técnica pastoral.

 

Es una estructura relacional muy precisa en la que el otro es un sujeto, no un destinatario, es decir, alguien que ya posee su propia interpretación de la existencia que merece ser escuchada antes incluso de ser corregida o completada.

 

Sobre todo es el Espíritu el que siempre nos precede, independientemente de que frecuente o no una comunidad cristiana, de se practique o no, de…

 

Y aquí entra una cuestión estructural.

 

La Iglesia sigue siendo, en la inmensa mayoría de sus formas concretas de existir, una Iglesia organizada por funciones: el párroco que celebra, el catequista que instruye, el asesor que orienta, el Obispo que decide, y así sucesivamente.

 

Cada rol tiene su título, su grado, su competencia reconocida por la institución.

 

El laico, en este esquema, es el destinatario final de una cadena de servicios eclesiásticos, más que el sujeto principal de la misión.

 

Mientras la estructura siga siendo esta, el paradigma de Emaús se convierte inevitablemente en otra técnica pastoral: el sacerdote más empático, el grupo más acogedor, la liturgia más participativa…

 

Formas nuevas, tal vez solamente recalentadas, para un esquema viejo.


Llegados a este punto, uno hasta imaginaría que el cambio que se necesitaría fuera de otro orden: pasar de una Iglesia organizada por funciones a una Iglesia organizada por servicios, donde el término «servicio» pudiera entenderse en sentido evangélico, no burocrático.

 

No una suma de prestaciones dispensadas por especialistas en lo sagrado, sino una comunidad en la que cada uno contribuye según el carisma recibido en el bautismo y en la que la autoridad sigue a la competencia efectiva y al servicio real, no al grado jerárquico.

 

En esta Iglesia, el presbítero, ni es considerado ni se considera a sí mismo el centro del que todo parte sino que desempeña uno de los servicios que la comunidad expresa y de los que necesita: el centro es la comunidad cristiana.

 

Esto lo cambia todo en la relación con quien está fuera de la comunidad cristiana.

 

No porque se encuentre un lenguaje más eficaz o un contenido más creíble, sino porque cambia el sujeto que se encuentra con el otro.

 

La institución que extiende sus servicios hacia el exterior desaparece para dar paso a una comunidad de bautizados que vive en el mundo, lo habita, comparte sus preguntas, asume sus respuestas y entra en diálogo, y lleva a esa vida común una fe que no pide ser importada, sino reconocida allí donde ésta, vive, trabaja,…

 

Emaús, en el fondo, no es una historia de evangelización exitosa. Es una historia de reconocimiento: dos personas que, al caminar junto a un desconocido, encuentran al Resucitado re-conociéndolo de una manera nueva y sorprendente.

 

El Resucitado no lleva la fe a los discípulos de Emaús sino que la despierta. Puede hacerlo porque no se presenta como autoridad, sino como compañero de camino.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 13 de mayo de 2026

Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -.

Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -

«Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dijo: “¿Qué buscáis?”» (Jn 1,38).

 

El verbo griego utilizado por el evangelista no indica un simple «mirar», sino un «observar atentamente», un «contemplar» que penetra más allá de la superficie inmediata para captar la esencia de lo que se manifiesta.

 

Cuando Jesús «ve», no se limita a registrar datos visuales, sino que entra en una forma de conocimiento que involucra a toda la persona.

 

Esta diferencia cualitativa entre el «mirar» y el «ver» recorre todo el Nuevo Testamento como una distinción antropológica fundamental.

 

Los fariseos «miran» pero no «ven» el significado de las acciones de Jesús; los discípulos a veces «miran» los milagros sin «ver» su sentido profundo; la multitud «mira» a Jesús en la cruz, pero solo unos pocos «ven» en ese momento el culmen de la revelación divina.

 

El ver de Jesús se caracteriza ante todo por su intensidad. Nunca es una mirada distraída, nunca un ver «de pasada» o «por ver».


Cuando los Evangelios cuentan que Jesús «ve» a alguien o algo, siempre están describiendo un acto de plena atención, una concentración total de la persona en lo que tiene delante.

 

Por ejemplo en el episodio de la llamada de Mateo: «Al pasar de allí, Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado en la aduana, y le dijo: “Sígueme”» (Mt 9,9).

 

En este «ver» hay mucho más que un reconocimiento visual. Hay un acto de penetración que va más allá de la función social (el publicano), más allá de la reputación pública (el colaboracionista), más allá de las apariencias externas (el hombre de éxito) para llegar al núcleo personal: el hombre capaz de conversión, el corazón a la espera de una llamada auténtica.

 

Esta intensidad de la mirada tiene un efecto transformador sobre quien es objeto de ella. Mateo no es simplemente «visto» por Jesús, sino que es «reconocido» en su verdad más profunda.

 

La mirada intensa de Jesús se convierte en revelación para el otro: le revela quién es realmente, más allá de lo que parece o de lo que él mismo cree ser.

 

Para los cristianos esta lección es de importancia crucial.

 

En un mundo donde la atención se fragmenta entre mil estímulos diferentes, donde la multitarea se convierte en la modalidad existencial dominante, donde a menudo «miramos» a los demás mientras pensamos en otra cosa, el ejemplo de Jesús nos recuerda la necesidad de una mirada intensa, concentrada, plenamente presente.

 

Solo alguien que sabe «ver» verdaderamente a los demás —no simplemente «mirarlos»— puede esperar alcanzar esa profundidad relacional que hace posible todo encuentro de gracia.


Otra característica de la mirada de Jesús es su duración.

 

Los Evangelios suelen subrayar que Jesús «fija la mirada» en alguien, que «se detiene» a mirar, que no se conforma con un vistazo rápido, sino que dedica tiempo a su mirada.

 

Esta temporalidad prolongada de la mirada contrasta dramáticamente con la velocidad frenética que caracteriza a nuestro tiempo.

 

El episodio del joven rico es paradigmático: «Entonces Jesús fijó la mirada en él, lo amó y le dijo: “Una sola cosa te falta: vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres”» (Mc 10,21).

 

Ese «fijó la mirada» indica una pausa, un tiempo dedicado, una atención que no tiene prisa por llegar a conclusiones. Solo tras esta mirada prolongada surge el amor reconocido, y solo tras el amor surge la palabra que indica el camino.

 

Esta secuencia temporal —ver, amar, hablar— sugiere una pedagogía de la paciencia que contrasta con la impaciencia contemporánea.

 

A menudo pretendemos «conocer» inmediatamente a los demás, tener claro de inmediato quiénes son y qué necesitan. El ejemplo de Jesús sugiere, en cambio, que el conocimiento auténtico del otro requiere tiempo, requiere esa forma de «derroche» temporal que es la contemplación prolongada.



En el mundo digital, donde todo ocurre a la velocidad de un clic, donde las relaciones se consumen en la rapidez de un mensaje, formarse en la duración de la mirada se convierte en una tarea fundamental.

 

Significa aprender que no se puede conocer a las personas a través de un perfil en las redes sociales, que el amor auténtico requiere tiempo, que la comprensión profunda de uno mismo y de los demás necesita esa lentitud que nuestra época ha olvidado.

 

La mirada de Jesús nunca se detiene en la superficie de las cosas. Es siempre una mirada que penetra, que va más allá de las apariencias inmediatas para alcanzar lo que podríamos llamar la «verdad» de las personas y las situaciones.

 

Cuando Jesús ve a Natanael que se acerca, no se limita a registrar su aspecto físico o su actitud exterior: «He aquí un verdadero israelita en quien no hay falsedad» (Jn 1,47). Este reconocimiento inmediato de la cualidad espiritual de Natanael deja atónito al interesado: «¿De dónde me conoces?». La respuesta de Jesús revela la naturaleza de este ver profundo: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera» (Jn 1,48).

 

Ese «ver bajo la higuera» no es simplemente una percepción visual a distancia, sino una forma de conocimiento que trasciende las categorías espacio-temporales ordinarias.

 

Es un ver que alcanza la interioridad de la persona, que reconoce las disposiciones del corazón, que capta la autenticidad espiritual más allá de las mediaciones exteriores.

 

Esta profundidad de la mirada tiene raíces teológicas precisas.


 

Jesús participa de esa mirada divina que «escudriña los corazones y los riñones» (Sal 7,10), que conoce a cada criatura desde dentro, que reconoce en cada ser humano no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser. 

 

Su ver humano es transparencia del ver divino.

 

Quizás el aspecto más característico de la mirada de Jesús es que nunca es una mirada posesiva. No mira para apropiarse, para dominar, para reducir al otro a objeto de su propio deseo.

 

Su mirada es siempre liberadora, siempre respetuosa con la libertad y la dignidad del otro.

 

Esta cualidad no posesiva de la mirada emerge claramente en el encuentro con la mujer samaritana. Jesús «ve» toda la complejidad de su historia —los cinco maridos, la situación actual—, pero no utiliza este conocimiento para juzgar o para ponerla en aprietos. Lo utiliza, en cambio, para abrir un espacio de verdad y de liberación: «Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí» (Jn 4,16). Es una forma de ver que saca a la luz no para condenar, sino para liberar.

 

Esta dimensión no posesiva de la mirada es particularmente importante hoy. A menudo, corremos el riesgo de mirar a los demás con ojos que, aunque animados por buenas intenciones, son en realidad posesivos: queremos que se conviertan en lo que nosotros deseamos, los vemos en función de nuestros proyectos sobre ellos, los reducimos a objetos que moldear según nuestras expectativas...

 

La mirada de Jesús enseña una forma diferente: ver al otro tal y como es realmente, reconocer su auténtico potencial (no el que proyectamos sobre él), respetar su libertad incluso cuando elige caminos que nosotros no habríamos elegido.


El joven rico se marcha «entristecido» tras el encuentro con Jesús, pero el texto no dice que Jesús lo persiga o insista. Su mirada amorosa incluye también el respeto por la libertad de rechazo.

 

Hay en los Evangelios una dinámica misteriosa pero constante: cuando Jesús ve verdaderamente a alguien, esa persona inicia un proceso de transformación. No porque Jesús imponga un cambio desde fuera, sino porque su mirada auténtica despierta en el otro la conciencia de su propia verdad más profunda.

 

Zaqueo, subido al sicómoro, es «visto» por Jesús en medio de la multitud: «Alzó la vista y le dijo: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy debo quedarme en tu casa”» (Lc 19,5). Esa mirada y ese llamarle por su nombre desencadenan en Zaqueo una transformación inmediata: «“Mira, Señor, daré la mitad de lo que tengo a los pobres y, si he robado a alguien, le devolveré cuatro veces tanto”» (Lc 19,8). ¿Qué ha sucedido?

 

La mirada de Jesús reconoció en Zaqueo no al pecador público que todos veían, sino al hombre capaz de conversión que se ocultaba tras la máscara social. Este reconocimiento liberó en Zaqueo un potencial de bien que quizá ni él mismo sabía que poseía.

 

Esta dinámica transformadora de la mirada abre perspectivas extraordinarias. Significa que nuestra forma de ver nunca es neutra: puede ser una mirada que bloquea y que etiqueta («es así y nunca cambiará»), o puede ser una mirada que libera y que llama a la existencia («hay en él mucho más de lo que parece»).

 

¿Cómo se educa en este tipo de mirada? ¿Cómo se puede formar esa cualidad de ver que se reconoce en Jesús?

 

La tradición espiritual cristiana siempre ha sabido que la mirada, como cualquier facultad humana, necesita purificación y educación.


En primer lugar, hay que liberarse de lo que los Padres del desierto llamaban «philautia»: el amor propio que distorsiona la percepción haciendo que todo se vea en función de las propias necesidades y deseos. Solo una mirada liberada del egocentrismo puede esperar ver al otro verdaderamente tal como es.

 

En segundo lugar, es necesario educarse en la contemplación, en esa forma de atención que sabe detenerse ante el misterio sin la prisa de reducirlo a categorías ya conocidas. La contemplación es lo contrario de la curiosidad: mientras que la curiosidad quiere poseer al otro a través del conocimiento, la contemplación quiere acoger al otro respetando su misterio.

 

Por último, hay que cultivar lo que San Pablo llama «ágape»: el amor que busca el bien del otro y no su propio beneficio. Solo una mirada animada por el amor puede esperar ver en el otro las potencialidades de bien que esperan ser reconocidas y llamadas a la existencia.

 

Se trata, pues, de aprender a ver con los ojos de Jesús «Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Esta bienaventuranza no se refiere solo a la visión escatológica, sino también a la capacidad de reconocer a Dios presente en la historia, oculto en los rostros de las personas con las que nos encontramos cada día.

 

Quien ha aprendido a ver con ojos purificados por el amor es capaz de reconocer en cada persona el reflejo de la imagen divina. Éste es el mayor desafío: aprender a ver a cada persona con los mismos ojos de Jesús, reconocer en cada persona no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser si la semilla de infinito que lleva en su interior es reconocida, respetada y alimentada con paciencia y dedicación.

 

En un mundo que tiende a reducir a las personas a funciones, a estadísticas, a categorías, redescubrir la cualidad contemplativa y transformadora de la mirada cristiana puede representar una revolución antropológica silenciosa pero decisiva.

 

Porque, como nos recuerda Romano Guardini, «el amor verdadero comienza siempre con un acto de reconocimiento: solo quien sabe ver al otro verdaderamente puede esperar amarlo auténticamente».

 

En el amor, la mirada se purifica y se vuelve capaz de esa ternura que sabe ver la belleza incluso donde otros solo ven problemas. Esta es la mirada que Jesús dirige a cada persona: una mirada benevolente, mansa y penetrante, que reconoce en cada criatura el reflejo de la gloria divina.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Más profetismo… y menos gestión - o más profetas del Misterio y menos gestores de lo sagrado -.

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