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martes, 9 de junio de 2026

Cambiar el modo de cambiar: Si no cambiamos, no entraremos (cf. San Mateo 18, 3).

Cambiar el modo de cambiar: Si no cambiamos, no entraremos (cf. San Mateo 18, 3)

«Cambio de época» es una expresión que parece haberse consolidado ya en el ámbito eclesial, pero cuyas implicaciones aún no se comprenden del todo. Plantea una profunda ruptura temporal que hace que las prácticas pastorales actuales resulten inadecuadas, por no decir insignificantes. 

Las formas y el lenguaje con los que se expresa la fe resultan demasiado alejados de la experiencia vital de las mujeres y los hombres de hoy. Los modelos de vida cristiana corren el riesgo de perder su sabor, su gusto evangélico. 

En el cambio de época no bastan los cambios programáticos, es decir, pequeños ajustes adaptativos para recuperar un equilibrio funcional. Tantas veces no suele ser conveniente seguir adelante tratando de mantener las cosas bajo control sino que se trata de una transformación del conjunto. 

En esta situación, la necesidad prioritaria es cambiar de rumbo: la exigencia de la conversión parece la opción más oportuna, que se traduce en la búsqueda y la puesta en práctica de un cambio de paradigma en los modelos pastorales. 

Solemos decir que, de hecho, hay al menos dos tipos de cambios. 

El primero consiste en modificar algunas partes del sistema que dejan inalterado en su conjunto el mismo sistema. 

Este tipo de cambio opera en la lógica de la resolución de problemas: es la modalidad clásica, la más frecuente y en la que solemos tener mayor experiencia. 

El cambio se explica y se reduce a la solicitud de una intervención táctica, basada en el intento de eliminar o, al menos, reducir o contener el problema en cuestión. 

Es una forma de intervención que opera a nivel de los síntomas principales, los más evidentes o molestos. 

Este cambio se suele utilizar también cuando se trata de abordar las dificultades encontradas en la acción pastoral. 

La intervención de mejora no afecta al sistema pastoral en su conjunto ni a sus premisas, sino que se limita a actuar sobre sus aspectos problemáticos, los síntomas, poniendo en marcha acciones para contrarrestar las dificultades señaladas. Con el agravante de que al final se suele recurrir al ya famoso «siempre se ha hecho así», uno de los mantras eclesiales-pastorales más populares de los últimos años. 

Este cambio no conduce a cambios reales. En algunos casos se asiste a un agravamiento de los problemas que se pretendían resolver. 

Esperar que la pastoral pueda reducir sus problemas interviniendo sobre los síntomas del malestar no hace más que generar precisamente el efecto principal del problema: obstinarme en las soluciones más frecuentes pero ineficaces y, por lo tanto, acabar consolidando el sistema que ha generado el problema mismo. 

Por eso, se puede hablar de un cambio que genere la transformación de todo el sistema, es decir, del paradigma de referencia sobre el que se sustenta el sistema. 

Este segundo tipo de cambio se refiere a lo «no dicho», lo «no visto», lo «no hecho», las leyes compositivas que subyacen al orden y a la estructura del propio sistema, y que suelen darse por sentadas. 

Este enfoque tiene como objetivo promover y acompañar un cambio pastoral que sea un cambio de paradigma, no solo la superación de un problema pastoral específico. 

El cambio de paradigma es un proceso delicado y exigente: consiste en una ruptura drástica, dramática (cuando no traumática) del equilibrio del sistema vigente. 

Impone un cambio radical de la visión, de los modelos de pensamiento, de las prioridades y de las reglas que guían las elecciones y las acciones pastorales que nos son familiares. 

En el lenguaje eclesial, este proceso se denomina habitualmente «conversión». Es un acontecimiento que se produce cuando las viejas certezas ya no son adecuadas y se hace necesario un nuevo enfoque, incompatible con el anterior, para comprender y afrontar la realidad. 

Un cambio de paradigma se lleva a cabo gracias a su capacidad de introducir nuevas y diversas prácticas organizativas y pastorales: signos y acciones de discontinuidad con efectos generativos de alternativa, frescura, novedad... 

La perspectiva es la de movilizar energías espirituales y prácticas renovadas, promover experiencias, otros vínculos inexplorados y entrelazamientos entre personas, valores y recursos eclesiales que sepan hacer saborear la belleza del Anuncio salvífico. 

Podemos encontrar estos aspectos en el episodio de Emaús. Un episodio capaz de proponer un proceso de conversión, es decir, un cambio de paradigma. La fuerza de la narración de la propia historia se une a la narración de una nueva historia que ofrece una nueva visión, da a la situación una nueva forma y activa nuevas prácticas. 

Antes de volver a Jerusalén hay que salir hacia Emaús; antes de buscar confirmaciones, se necesitan preguntas; antes de la necesidad de seguridad viene el deseo de libertad y ligereza. 

Estamos en un cambio de época. Es oportuno habitar las fracturas fundadoras, los lugares de crisis y las fragilidades eclesiales, ya que en ellos y a partir de ellos se despliega la dinámica transformadora de la Pascua y se revela la Gracia de Dios. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 16 de mayo de 2026

Hacerse compañero de camino.

Hacerse compañero de camino

Me imagino que quienes se encuentran fuera o al margen de la Iglesia observan el mensaje cristiano y emiten un veredicto de indiferencia, a veces de rechazo, ante una forma de estar en el mundo que perciben como arqueología del pasado, algo irrelevante, algo autorreferencial...

 

Imagino que para la Iglesia hasta se trata más de un tema de relación que un tema de lenguaje o de contenidos, es decir, de cómo acercarse al otro, de qué lugar se le reconoce, de si se le considera sujeto u objeto…

 

El Evangelio, si se toma en serio, ofrece algo mucho más radical que cualquier estrategia comunicativa.

 

La escena de Emaús es un paradigma completo y vale la pena releerla con atención.

 

El Resucitado alcanza a los dos discípulos mientras caminan; no los espera en el Templo, no les pide que regresen al cenáculo, ni pronuncia un sermón moral sobre su huida de Jerusalén.

 

Les pregunta: «¿De qué habláis?»

 

Y escucha.

 

Se adentra en su dolor y en su interpretación de los acontecimientos antes de ofrecer su respuesta.

 

Solo después, cuando hay un espacio de confianza mutua, abre paulatinamente el corazón y la mente a las Escrituras.

 

No impone nada: se dispone a marcharse y ellos lo retienen. La maduración de la fe tiene lugar en ellos, no les viene impuesta desde fuera.



Esta secuencia —llegar al otro donde está, escuchar sin condiciones previas, compartir la propia visión sin exigirla, celebrar juntos y dejar libre la maduración— no es una técnica pastoral.

 

Es una estructura relacional muy precisa en la que el otro es un sujeto, no un destinatario, es decir, alguien que ya posee su propia interpretación de la existencia que merece ser escuchada antes incluso de ser corregida o completada.

 

Sobre todo es el Espíritu el que siempre nos precede, independientemente de que frecuente o no una comunidad cristiana, de se practique o no, de…

 

Y aquí entra una cuestión estructural.

 

La Iglesia sigue siendo, en la inmensa mayoría de sus formas concretas de existir, una Iglesia organizada por funciones: el párroco que celebra, el catequista que instruye, el asesor que orienta, el Obispo que decide, y así sucesivamente.

 

Cada rol tiene su título, su grado, su competencia reconocida por la institución.

 

El laico, en este esquema, es el destinatario final de una cadena de servicios eclesiásticos, más que el sujeto principal de la misión.

 

Mientras la estructura siga siendo esta, el paradigma de Emaús se convierte inevitablemente en otra técnica pastoral: el sacerdote más empático, el grupo más acogedor, la liturgia más participativa…

 

Formas nuevas, tal vez solamente recalentadas, para un esquema viejo.


Llegados a este punto, uno hasta imaginaría que el cambio que se necesitaría fuera de otro orden: pasar de una Iglesia organizada por funciones a una Iglesia organizada por servicios, donde el término «servicio» pudiera entenderse en sentido evangélico, no burocrático.

 

No una suma de prestaciones dispensadas por especialistas en lo sagrado, sino una comunidad en la que cada uno contribuye según el carisma recibido en el bautismo y en la que la autoridad sigue a la competencia efectiva y al servicio real, no al grado jerárquico.

 

En esta Iglesia, el presbítero, ni es considerado ni se considera a sí mismo el centro del que todo parte sino que desempeña uno de los servicios que la comunidad expresa y de los que necesita: el centro es la comunidad cristiana.

 

Esto lo cambia todo en la relación con quien está fuera de la comunidad cristiana.

 

No porque se encuentre un lenguaje más eficaz o un contenido más creíble, sino porque cambia el sujeto que se encuentra con el otro.

 

La institución que extiende sus servicios hacia el exterior desaparece para dar paso a una comunidad de bautizados que vive en el mundo, lo habita, comparte sus preguntas, asume sus respuestas y entra en diálogo, y lleva a esa vida común una fe que no pide ser importada, sino reconocida allí donde ésta, vive, trabaja,…

 

Emaús, en el fondo, no es una historia de evangelización exitosa. Es una historia de reconocimiento: dos personas que, al caminar junto a un desconocido, encuentran al Resucitado re-conociéndolo de una manera nueva y sorprendente.

 

El Resucitado no lleva la fe a los discípulos de Emaús sino que la despierta. Puede hacerlo porque no se presenta como autoridad, sino como compañero de camino.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 13 de mayo de 2026

Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -.

Jesús vio - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -

«Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dijo: “¿Qué buscáis?”» (Jn 1,38).

 

El verbo griego utilizado por el evangelista no indica un simple «mirar», sino un «observar atentamente», un «contemplar» que penetra más allá de la superficie inmediata para captar la esencia de lo que se manifiesta.

 

Cuando Jesús «ve», no se limita a registrar datos visuales, sino que entra en una forma de conocimiento que involucra a toda la persona.

 

Esta diferencia cualitativa entre el «mirar» y el «ver» recorre todo el Nuevo Testamento como una distinción antropológica fundamental.

 

Los fariseos «miran» pero no «ven» el significado de las acciones de Jesús; los discípulos a veces «miran» los milagros sin «ver» su sentido profundo; la multitud «mira» a Jesús en la cruz, pero solo unos pocos «ven» en ese momento el culmen de la revelación divina.

 

El ver de Jesús se caracteriza ante todo por su intensidad. Nunca es una mirada distraída, nunca un ver «de pasada» o «por ver».


Cuando los Evangelios cuentan que Jesús «ve» a alguien o algo, siempre están describiendo un acto de plena atención, una concentración total de la persona en lo que tiene delante.

 

Por ejemplo en el episodio de la llamada de Mateo: «Al pasar de allí, Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado en la aduana, y le dijo: “Sígueme”» (Mt 9,9).

 

En este «ver» hay mucho más que un reconocimiento visual. Hay un acto de penetración que va más allá de la función social (el publicano), más allá de la reputación pública (el colaboracionista), más allá de las apariencias externas (el hombre de éxito) para llegar al núcleo personal: el hombre capaz de conversión, el corazón a la espera de una llamada auténtica.

 

Esta intensidad de la mirada tiene un efecto transformador sobre quien es objeto de ella. Mateo no es simplemente «visto» por Jesús, sino que es «reconocido» en su verdad más profunda.

 

La mirada intensa de Jesús se convierte en revelación para el otro: le revela quién es realmente, más allá de lo que parece o de lo que él mismo cree ser.

 

Para los cristianos esta lección es de importancia crucial.

 

En un mundo donde la atención se fragmenta entre mil estímulos diferentes, donde la multitarea se convierte en la modalidad existencial dominante, donde a menudo «miramos» a los demás mientras pensamos en otra cosa, el ejemplo de Jesús nos recuerda la necesidad de una mirada intensa, concentrada, plenamente presente.

 

Solo alguien que sabe «ver» verdaderamente a los demás —no simplemente «mirarlos»— puede esperar alcanzar esa profundidad relacional que hace posible todo encuentro de gracia.


Otra característica de la mirada de Jesús es su duración.

 

Los Evangelios suelen subrayar que Jesús «fija la mirada» en alguien, que «se detiene» a mirar, que no se conforma con un vistazo rápido, sino que dedica tiempo a su mirada.

 

Esta temporalidad prolongada de la mirada contrasta dramáticamente con la velocidad frenética que caracteriza a nuestro tiempo.

 

El episodio del joven rico es paradigmático: «Entonces Jesús fijó la mirada en él, lo amó y le dijo: “Una sola cosa te falta: vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres”» (Mc 10,21).

 

Ese «fijó la mirada» indica una pausa, un tiempo dedicado, una atención que no tiene prisa por llegar a conclusiones. Solo tras esta mirada prolongada surge el amor reconocido, y solo tras el amor surge la palabra que indica el camino.

 

Esta secuencia temporal —ver, amar, hablar— sugiere una pedagogía de la paciencia que contrasta con la impaciencia contemporánea.

 

A menudo pretendemos «conocer» inmediatamente a los demás, tener claro de inmediato quiénes son y qué necesitan. El ejemplo de Jesús sugiere, en cambio, que el conocimiento auténtico del otro requiere tiempo, requiere esa forma de «derroche» temporal que es la contemplación prolongada.



En el mundo digital, donde todo ocurre a la velocidad de un clic, donde las relaciones se consumen en la rapidez de un mensaje, formarse en la duración de la mirada se convierte en una tarea fundamental.

 

Significa aprender que no se puede conocer a las personas a través de un perfil en las redes sociales, que el amor auténtico requiere tiempo, que la comprensión profunda de uno mismo y de los demás necesita esa lentitud que nuestra época ha olvidado.

 

La mirada de Jesús nunca se detiene en la superficie de las cosas. Es siempre una mirada que penetra, que va más allá de las apariencias inmediatas para alcanzar lo que podríamos llamar la «verdad» de las personas y las situaciones.

 

Cuando Jesús ve a Natanael que se acerca, no se limita a registrar su aspecto físico o su actitud exterior: «He aquí un verdadero israelita en quien no hay falsedad» (Jn 1,47). Este reconocimiento inmediato de la cualidad espiritual de Natanael deja atónito al interesado: «¿De dónde me conoces?». La respuesta de Jesús revela la naturaleza de este ver profundo: «Antes de que Felipe te llamara, te vi cuando estabas debajo de la higuera» (Jn 1,48).

 

Ese «ver bajo la higuera» no es simplemente una percepción visual a distancia, sino una forma de conocimiento que trasciende las categorías espacio-temporales ordinarias.

 

Es un ver que alcanza la interioridad de la persona, que reconoce las disposiciones del corazón, que capta la autenticidad espiritual más allá de las mediaciones exteriores.

 

Esta profundidad de la mirada tiene raíces teológicas precisas.


 

Jesús participa de esa mirada divina que «escudriña los corazones y los riñones» (Sal 7,10), que conoce a cada criatura desde dentro, que reconoce en cada ser humano no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser. 

 

Su ver humano es transparencia del ver divino.

 

Quizás el aspecto más característico de la mirada de Jesús es que nunca es una mirada posesiva. No mira para apropiarse, para dominar, para reducir al otro a objeto de su propio deseo.

 

Su mirada es siempre liberadora, siempre respetuosa con la libertad y la dignidad del otro.

 

Esta cualidad no posesiva de la mirada emerge claramente en el encuentro con la mujer samaritana. Jesús «ve» toda la complejidad de su historia —los cinco maridos, la situación actual—, pero no utiliza este conocimiento para juzgar o para ponerla en aprietos. Lo utiliza, en cambio, para abrir un espacio de verdad y de liberación: «Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí» (Jn 4,16). Es una forma de ver que saca a la luz no para condenar, sino para liberar.

 

Esta dimensión no posesiva de la mirada es particularmente importante hoy. A menudo, corremos el riesgo de mirar a los demás con ojos que, aunque animados por buenas intenciones, son en realidad posesivos: queremos que se conviertan en lo que nosotros deseamos, los vemos en función de nuestros proyectos sobre ellos, los reducimos a objetos que moldear según nuestras expectativas...

 

La mirada de Jesús enseña una forma diferente: ver al otro tal y como es realmente, reconocer su auténtico potencial (no el que proyectamos sobre él), respetar su libertad incluso cuando elige caminos que nosotros no habríamos elegido.


El joven rico se marcha «entristecido» tras el encuentro con Jesús, pero el texto no dice que Jesús lo persiga o insista. Su mirada amorosa incluye también el respeto por la libertad de rechazo.

 

Hay en los Evangelios una dinámica misteriosa pero constante: cuando Jesús ve verdaderamente a alguien, esa persona inicia un proceso de transformación. No porque Jesús imponga un cambio desde fuera, sino porque su mirada auténtica despierta en el otro la conciencia de su propia verdad más profunda.

 

Zaqueo, subido al sicómoro, es «visto» por Jesús en medio de la multitud: «Alzó la vista y le dijo: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy debo quedarme en tu casa”» (Lc 19,5). Esa mirada y ese llamarle por su nombre desencadenan en Zaqueo una transformación inmediata: «“Mira, Señor, daré la mitad de lo que tengo a los pobres y, si he robado a alguien, le devolveré cuatro veces tanto”» (Lc 19,8). ¿Qué ha sucedido?

 

La mirada de Jesús reconoció en Zaqueo no al pecador público que todos veían, sino al hombre capaz de conversión que se ocultaba tras la máscara social. Este reconocimiento liberó en Zaqueo un potencial de bien que quizá ni él mismo sabía que poseía.

 

Esta dinámica transformadora de la mirada abre perspectivas extraordinarias. Significa que nuestra forma de ver nunca es neutra: puede ser una mirada que bloquea y que etiqueta («es así y nunca cambiará»), o puede ser una mirada que libera y que llama a la existencia («hay en él mucho más de lo que parece»).

 

¿Cómo se educa en este tipo de mirada? ¿Cómo se puede formar esa cualidad de ver que se reconoce en Jesús?

 

La tradición espiritual cristiana siempre ha sabido que la mirada, como cualquier facultad humana, necesita purificación y educación.


En primer lugar, hay que liberarse de lo que los Padres del desierto llamaban «philautia»: el amor propio que distorsiona la percepción haciendo que todo se vea en función de las propias necesidades y deseos. Solo una mirada liberada del egocentrismo puede esperar ver al otro verdaderamente tal como es.

 

En segundo lugar, es necesario educarse en la contemplación, en esa forma de atención que sabe detenerse ante el misterio sin la prisa de reducirlo a categorías ya conocidas. La contemplación es lo contrario de la curiosidad: mientras que la curiosidad quiere poseer al otro a través del conocimiento, la contemplación quiere acoger al otro respetando su misterio.

 

Por último, hay que cultivar lo que San Pablo llama «ágape»: el amor que busca el bien del otro y no su propio beneficio. Solo una mirada animada por el amor puede esperar ver en el otro las potencialidades de bien que esperan ser reconocidas y llamadas a la existencia.

 

Se trata, pues, de aprender a ver con los ojos de Jesús «Bienaventurados los de corazón puro, porque verán a Dios» (Mt 5,8). Esta bienaventuranza no se refiere solo a la visión escatológica, sino también a la capacidad de reconocer a Dios presente en la historia, oculto en los rostros de las personas con las que nos encontramos cada día.

 

Quien ha aprendido a ver con ojos purificados por el amor es capaz de reconocer en cada persona el reflejo de la imagen divina. Éste es el mayor desafío: aprender a ver a cada persona con los mismos ojos de Jesús, reconocer en cada persona no solo lo que es, sino también lo que puede llegar a ser si la semilla de infinito que lleva en su interior es reconocida, respetada y alimentada con paciencia y dedicación.

 

En un mundo que tiende a reducir a las personas a funciones, a estadísticas, a categorías, redescubrir la cualidad contemplativa y transformadora de la mirada cristiana puede representar una revolución antropológica silenciosa pero decisiva.

 

Porque, como nos recuerda Romano Guardini, «el amor verdadero comienza siempre con un acto de reconocimiento: solo quien sabe ver al otro verdaderamente puede esperar amarlo auténticamente».

 

En el amor, la mirada se purifica y se vuelve capaz de esa ternura que sabe ver la belleza incluso donde otros solo ven problemas. Esta es la mirada que Jesús dirige a cada persona: una mirada benevolente, mansa y penetrante, que reconoce en cada criatura el reflejo de la gloria divina.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -.

Jesús alzó los ojos - apuntes de la pedagogía de Jesús sobre el ver -

«Al levantar los ojos, vio una gran multitud que venía hacia él» (Jn 6,5).

 

Este sencillo gesto —levantar los ojos— recorre los Evangelios como un hilo conductor que une momentos decisivos de la vida de Jesús.

 

Antes de la multiplicación de los panes, antes de la oración al Padre, antes de llamar a Lázaro desde la tumba, antes de la Última Cena: siempre este gesto inicial, esta apertura primordial al mundo que le rodea.

 

Pero, ¿qué ocurre realmente cuando Jesús «alza los ojos»?

 

No se trata de un simple movimiento muscular, sino de un acto intencional cargado de significado antropológico y teológico.

 

Alzar los ojos significa elegir acoger la realidad en lugar de sufrirla, significa abrirse al encuentro en lugar de encerrarse en la propia interioridad, significa reconocer que el mundo no es simplemente un escenario para nuestras acciones, sino un conjunto de presencias que merecen atención y respeto.


Jesús no «gira la cabeza para controlar» ni «escudriña para identificar», sino que «alza los ojos»: un movimiento que va de abajo hacia arriba, del cierre a la apertura, de la concentración a la disponibilidad.

 

Es el movimiento opuesto al de quien baja la mirada para evitar el encuentro, para sustraerse a la relación, para proteger su intimidad emocional.

 

Este levantar los ojos revela una actitud existencial fundamental: la confianza primordial en el mundo.

 

Para Jesús, abrirse a la realidad circundante nunca es un riesgo que hay que calcular, sino un don que hay que acoger. Incluso cuando lo que vea sea dolor, incomprensión, hostilidad, su primer movimiento sigue siendo siempre el de la apertura confiada.

 

Por ejemplo en el episodio de la multiplicación de los panes: «Entonces Jesús, alzando los ojos, vio que una gran multitud venía hacia él y dijo a Felipe: “¿Dónde podremos comprar pan para que estos coman?”» (Jn 6,5).

 

Antes de cualquier valoración racional de la situación (cuánta gente, cuántos recursos disponibles, qué estrategias posibles), hay este puro acto de acogida visual.


Jesús ve a la multitud no como un problema que resolver, sino como una realidad que reconocer, como un conjunto de personas, cada una de las cuales merece ser vista en su concreción y dignidad.

 

Una de las características más sorprendentes de la mirada de Jesús es su capacidad de acoger antes de juzgar, de reconocer antes de evaluar.

 

Cuando alza los ojos hacia la multitud, hacia los discípulos, hacia cualquiera que se acerque, su primera actitud nunca es la del censor que escudriña para encontrar defectos, ni la del seleccionador que distingue entre merecedores y no merecedores.

 

Esta prioridad de la acogida sobre el juicio tiene profundas raíces teológicas.

 

La mirada de Jesús participa de la mirada creadora del Padre, de aquella mirada que en el principio «vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno» (Gn 1,31).

 

Antes de toda consideración moral, antes de toda valoración ética, está el reconocimiento ontológico: esta realidad existe, esta persona es, este momento tiene dignidad por el mero hecho de estar presente ante mí.

 

Para los cristianos, por ejemplo, esta lección es de capital importancia.


En un contexto cultural que tiende a categorizar prematuramente todo y a todos (pecador, santo, bueno, malo, mediocre, afín, lejano,…), la mirada de Jesús enseña una forma diferente de abordar las cosas.

 

Antes de cualquier etiqueta, antes de cualquier diagnóstico, hay una necesidad de un puro acto de reconocimiento: esta persona está aquí, ante mí, con su historia irrepetible, con sus potencialidades únicas, con su misterio personal que merece respeto y atención.

 

La expresión «alzó los ojos» aparece en los Evangelios también en contextos de oración: «Dicho esto, Jesús alzó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”» (Jn 17,1).

 

Aquí el movimiento de la mirada revela una dimensión contemplativa que atraviesa toda la existencia de Jesús: la capacidad de reconocer en cada momento, en cada encuentro, en cada situación, la presencia actuante del Padre.

 

Esta dimensión contemplativa no está separada de la actividad cotidiana, sino que la anima desde dentro.

 

Cuando Jesús alza los ojos hacia la multitud, está simultáneamente mirando rostros concretos y reconociendo en ellos el reflejo del amor paterno. Cuando alza los ojos al cielo, no está evadiendo la realidad terrenal, sino situando cada gesto humano en su horizonte último de sentido.


Romano Guardini escribió que «la contemplación no es un lujo para almas refinadas, sino la forma más elevada de realismo, porque es la única modalidad de conocimiento que capta la realidad en su relación con el Absoluto».

 

La mirada contemplativa de Jesús nos muestra cómo es posible vivir en el mundo sin ser del mundo, cómo es posible estar completamente inmersos en la concreción de la historia humana permaneciendo siempre abiertos a la dimensión trascendente.

 

Hay una progresión en el acto de mirar que los Evangelios describen con gran sutileza.

 

Se comienza con el «levantar los ojos», se continúa con el «ver», se llega al «reconocer».

 

Esta secuencia no es simplemente cronológica, sino ontológica: describe los grados a través de los cuales una mirada superficial se transforma en mirada contemplativa.

 

En el episodio de los discípulos de Emaús, esta progresión se vuelve paradigmática: «Cuando se sentó a la mesa con ellos, tomó el pan, dio las gracias, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (Lc 24,30-31).

 

El reconocimiento final viene preparado por todo un camino de apertura progresiva de la mirada, por una educación gradual del ojo interior.


Esta dinámica sugiere que la formación de la mirada del creyente no puede ser apresurada.

 

Como toda auténtica maduración humana, también la capacidad de ver verdaderamente requiere tiempo, paciencia y un acompañamiento respetuoso. No se trata de imponer a nadie nuestras perspectivas, sino de ayudar a todos a desarrollar esa calidad de la atención que permita reconocer y nombrar la belleza, la verdad y la bondad presentes en el mundo.

 

Todos vivimos inmersos en lo que podríamos llamar un «bombardeo visual»: imágenes que se suceden rápidamente, estímulos que captan la atención sin requerir concentración, contenidos que consumen la mirada en lugar de alimentarla.

 

En este contexto, recuperar la cualidad contemplativa de «levantar los ojos» representa un desafío decisivo.

 

No se trata de demonizar las tecnologías digitales. Así como Jesús sabía alternar momentos de intensa actividad apostólica con momentos de retiro contemplativo, así necesitamos aprender a modular los ritmos de nuestra mirada: momentos para la velocidad y momentos para la lentitud, espacios para la actividad y espacios para la contemplación.

 

El ejemplo de Jesús que «alza los ojos» puede convertirse en una poderosa metáfora cristiana hoy: significa educarnos a elegir qué mirar, a dedicar tiempo y atención a las realidades verdaderamente importantes, a no dejarnos arrastrar por el flujo indiscriminado de imágenes.

 

Significa aprender a ser capaces de lo que podríamos llamar «ayuno visual»: la capacidad de sustraernos a veces del consumo compulsivo de estímulos para redescubrir la profundidad de la mirada contemplativa.


La pedagogía de la apertura confiada detrás del gesto de «levantar los ojos» hay una enseñanza precisa: la convicción de que el mundo, a pesar de sus contradicciones y sus sufrimientos, sigue siendo fundamentalmente bueno, digno de ser mirado, capaz de revelar rastros de belleza y de sentido.

 

Esta confianza primordial no es ingenuidad, sino sabiduría: es la conciencia de que solo quien sabe abrirse con valentía a la realidad puede esperar transformarla.

 

Para los cristianos esto significa presentarnos no como censores que filtramos preventivamente la realidad, sino como acompañantes que ayudan a desarrollar las herramientas críticas y espirituales necesarias para afrontar el mundo en su complejidad.

 

Significa educarnos en la responsabilidad de nuestra propia mirada, en la conciencia de que todo acto de ver es también un acto ético: podemos elegir mirar para poseer o para amar, para juzgar o para comprender, para consumir o para contemplar.

 

El simple gesto de «levantar los ojos» encierra en sí toda una pedagogía del encuentro.

 

Jesús nos enseña que toda relación auténtica comienza con este movimiento primordial de apertura confiada a la realidad del otro. No podemos evangelizar si antes no hemos aprendido a ver, y no podemos ver verdaderamente si no tenemos el valor de levantar la vista de nuestro pequeño mundo para acoger la amplitud y la complejidad del mundo entero.


En la era de la realidad virtual y de las pantallas que median en cada experiencia, redescubrir la sencillez y la profundidad de este gesto puede suponer una revolución silenciosa pero decisiva.

 

Educarnos para que aprendamos a «levantar los ojos» significa aprender a ser personas capaces de una presencia auténtica, de una relación verdadera, de una contemplación fecunda.

 

Como escribía Simone Weil, «la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad».

 

Cuando Jesús alza la mirada, siempre realiza un acto de generosidad: ofrece su atención como un don, pone a disposición la calidad de su mirada como un espacio de acogida.

 

Es esta generosidad contemplativa la que estamos llamados a dar testimonio y a transmitir. Ojalá aprendamos a levantar la mirada con confianza hacia el mundo que tanto ha amado y sigue amando Dios hasta entregarle a su Hijo (cf. Jn 3, 16).

 

Acabo ya.

 

«Alzad vuestros ojos y mirad los campos: ya están maduros para la siega» (Jn 4,35). En estas palabras de Jesús resuena la invitación permanente que recorre todos los Evangelios: la realidad es siempre más rica de lo que nuestros ojos cerrados pueden imaginar, pero solo quien tiene el valor de levantar la mirada puede esperar reconocer su belleza oculta.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...