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lunes, 7 de septiembre de 2026

Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -.

Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -

Jesús se encontró ante una clase religiosa que, poco a poco, había perdido el contacto con la realidad.

 

No se trataba solo de una rigidez moral o de un exceso de celo: había ocurrido algo más profundo.

 

La Ley, que había surgido como luz para guiar el camino del pueblo, había sido despojada de su espíritu original.

 

Lo que Dios había dado para que Israel pudiera caminar por el sendero de la vida se había convertido, en manos de los hombres de religión, en un sistema cerrado, una red de obligaciones capaz de aprisionar la existencia en lugar de protegerla.

 

En el Antiguo Testamento, los mandamientos no aparecen como una carga arbitraria impuesta desde arriba, sino como una palabra de alianza.

 

Dios señala a su pueblo un camino para que no se pierda, para que no entregue su libertad a los ídolos, para que aprenda a vivir en la justicia, en la memoria, en la fraternidad.

 

El mandamiento es, por tanto, un umbral abierto hacia la vida: educa el deseo, protege al débil, recuerda al hombre que no es dueño absoluto del mundo, sino un hijo llamado a recibir y a compartir.

 

Pero con el paso del tiempo, cuando el mandamiento se separa de la vida concreta de las personas, corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo.

 

Ya no remite al Dios que libera, sino al control de quienes pretenden poseer a Dios. Ya no abre un camino, sino que establece límites insuperables. Ya no acompaña al hombre en su fragilidad, sino que lo juzga desde fuera.

 

Es aquí donde tiene lugar el proceso más peligroso: el vaciamiento del significado.

 

La forma permanece, pero el corazón está ausente; la norma sigue pronunciándose, pero ya no lleva en su interior el aroma de la misericordia.


Cuando la Ley se convierte en instrumento de opresión, significa que ha dejado de servir a la vida.

 

Una Ley nacida para hacer la existencia más humana puede transformarse, si es manipulada por el poder religioso, en una carga insoportable.

 

Entonces el sábado, que debía ser memoria de la liberación y espacio de descanso, se convierte en tribunal; el precepto, que debía proteger al hombre de la esclavitud, se convierte él mismo en una nueva esclavitud.

 

En nombre de Dios se acaba haciendo insoportable la vida que Dios mismo ha amado y bendecido.

 

Jesús se adentra en este engaño y lo desenmascara, no aboliendo el mandamiento, sino devolviéndole su significado profundo.

 

Él no desprecia la Ley: la lleva de vuelta a su origen.

 

Muestra que cada palabra de Dios se da para que el hombre viva, para que la mujer y el hombre recuperen la dignidad, el respiro, la posibilidad de un futuro.

 

Por eso puede decir que el Hijo del Hombre es señor del sábado: no porque el sábado carezca de valor, sino porque su valor reside en servir a la vida del ser humano; como recuerda el Evangelio según San Marcos 2, 27: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado».

 

En Jesús, el mandamiento vuelve a ser un amanecer: no una piedra colocada sobre el pecho de los vivos, sino una luz que surge para orientar los pasos.

 

La verdadera fidelidad no consiste en custodiar una norma vacía de su esencia, sino en dejarse guiar por su sentido más profundo.

 

El mandamiento es un don precioso cuando señala el camino de la vida y no el de la muerte, cuando abre a la libertad y no al miedo, cuando genera misericordia y no condena.

 

La religión, entonces, ya no es una prisión construida en torno al nombre de Dios, sino el espacio en el que el hombre vuelve a aprender a respirar, a reconocerse como hijo, a caminar en la luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 1 de septiembre de 2026

Invalidáis la Palabra de Dios por vuestras tradiciones - San Marcos 7, 13 -.

Invalidáis la Palabra de Dios por vuestras tradiciones - San Marcos 7, 13 -

Es uno de los versículos más impactantes del Evangelio por su claridad y lucidez.

 

Es un versículo que contiene una revelación de suma importancia, porque muestra lo que ocurrió a lo largo del tiempo: la sustitución de la Palabra de Dios por las tradiciones humanas.

 

Ese es el drama.

 

Sin duda, quien vivía en busca de un sentido auténtico de la vida no podía sino darse cuenta de que algo no funcionaba en el sistema religioso de Israel.

 

La relación con Dios, en lugar de ser libre y vivirse en un clima de libertad, estaba condicionada por el dinero y por una insoportable maraña de preceptos.

 

¿Cómo se puede aprovechar la dimensión de la vida que tiene que ver con la sensibilidad personal y comunitaria, además del delicado hilo que nos une al Misterio?

 

Y, sin embargo, ocurrió precisamente lo que era imposible siquiera imaginar.

 

Este fue el gran descubrimiento de Jesús que, una vez manifestado públicamente, provocó su muerte.

 

Es una gran tentación para todos aquellos que ostentan el poder religioso: manipular lo sagrado, manipulando las conciencias.

 

Al fin y al cabo, es fácil manipular una conciencia cuando se encuentra en un momento delicado de la vida y, por ello, recurre a Dios y a sus mediadores.

 

Hay que ser verdaderamente despiadado para no respetar el alma de una persona desesperada o que está viviendo un momento de gran angustia.

 

Hay que tener la conciencia totalmente envuelta en el mal para actuar como los chacales, dispuestos a abalanzarse sobre quienes se encuentran evidentemente en un estado de debilidad, incapaces de defenderse y, por ello, presas fáciles para personas sin escrúpulos.


Que todo esto pueda ocurrir en un ámbito religioso es de lo más sórdido, porque está en juego la conciencia personal.

 

Aprovecharse de una persona que acude en busca de ayuda, que siente todo el peso de su propia fragilidad y, por ello, invoca misericordia, y que, en cambio, reciba órdenes, normas o la imposición, es verdaderamente una sordidez imperdonable.

 

Por eso Jesús tiene palabras muy duras, que no dejan lugar a malentendidos. Jesús sabe muy bien el precio que tendrá que pagar por estas acusaciones, pero también sabe que su ejemplo servirá para liberar a la religión de los estafadores de lo sagrado.

 

Por desgracia, como sabemos, la historia se ha repetido incluso en formas más graves que las que Jesús había señalado. No hay fin para la miseria humana.

 

El ámbito religioso, precisamente porque tiene que ver con el Misterio de Dios, se presta, para aquellos que llegan a las altas esferas del poder religioso y son personas sin ningún tipo de pudor, a las máximas formas de explotación de las conciencias.

 

Esta es la paradoja: el espacio más sagrado de la persona humana, es decir, su dimensión religiosa, se convierte, al mismo tiempo, en el lugar más vulnerable para cualquier forma de manipulación.

 

¿Cuántos abusos psicológicos, sexuales y de poder han tenido lugar y siguen produciéndose en los espacios sagrados de nuestras Iglesias?

 

¿Cuántas personas explotadas, masacradas, humilladas que, tras haber abierto su alma al mediador de lo sagrado de turno sin escrúpulos, se han sentido abusadas?

 

En estas situaciones parece que no hay remedio para el mal.

 

Pero la esperanza que habita en nuestros corazones llenos del Evangelio nos muestra el gran amor manifestado en la cruz de Jesús, un amor que ha vencido al odio.

 

Una esperanza que va más allá de toda percepción negativa.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 25 de febrero de 2025

Transmitir, entregar, transgredir.

Transmitir, entregar, transgredir 

Releer la historia de la Iglesia es una elección activa y consciente que no sólo determina el futuro sino que cambia el pasado, impidiendo que se fije; encarna el momento de una nueva posibilidad que se abre a la libertad (no ser prisioneros del pasado) y acoge el riesgo (vivir el futuro con confianza). 

Una elección valiente que implica ir más allá del flujo indistinto de los hechos, para identificar puntos de referencia (recuerdos), para así trazar y seguir recorridos múltiples y diferentes (historias). 

Releer la historia eclesial implica aceptar un riesgo, pues “releerse” nunca es “repetirse” sino interpretar (nivel cognitivo) y reelaborar (nivel emocional): en este sentido, toda relectura auténtica se abre a una auténtica “conversión”. 

Es esta capacidad y voluntad de releer lo que nos abre a la libertad y nos redime de ser prisioneros de nuestro pasado. 

Releer significa completar el propio «destino», es decir, el cumplimiento del propio «destino» a través de la propia «vocación»: una acción, una tarea, una responsabilidad que transforma la secuencia (de vida) en un camino (de vida). Podemos añadir entonces que la acción-tarea-responsabilidad de la “relectura” remite y es fruto del ejercicio del discernimiento, además de alimentar el discernimiento. 

Transmitir, entregar, transgredir 

Hoy es cada vez más precioso e importante para la comunidad cristiana poder releer la propia historia (de salvación): una comunidad que no se sitúa en esta perspectiva de escucha-discernimiento-conversión corre el grave riesgo de «perder el sabor», deteriorándose hasta hacerse insignificante. 

¿Qué significa releer la historia de la propia comunidad hoy? Se trata, en definitiva, de emprender un viaje: el viaje, tan importante como delicado, entre la tradición y los orígenes, evitando confundir estos dos aspectos. 

La relectura sabia consiste precisamente en esta capacidad de distinguir por una parte la «tradición», es decir la realización de elecciones de repetición y reconstrucción que se nutren del pasado, de los «orígenes» que permiten en cambio definir una trama histórico-afectiva, en búsqueda de nuevas conexiones y diferencias entre tiempos y lugares. 

Partimos de querer identificar y desatar los ‘viejos nudos’ para hacer ‘nuevos nudos’. Cuando este viaje está bien realizado, sucede que se consigue “hacer florecer el desierto”, dando lugar a brotes y formas de vida tan inesperadas como prometedoras. 

El viaje entre las tradiciones y los orígenes incluye tres aspectos: “transmitir”, “entregar” y “transgredir”, cada uno de los cuales requiere un cuidadoso discernimiento comunitario para evitar riesgos opuestos. 

Transmitir 

Este aspecto se refiere a las acciones relativas a los bienes, es decir, a las herencias y al estatuto (nivel) comunitario, tanto materiales como inmateriales (valorativos, espirituales, culturales, etc.). Saber “transmitir” implica encontrar el equilibrio entre “posesión” y “exclusión”. 

¡Cuántos debates se producen en nuestras comunidades porque no somos capaces de releer el sentido de esta “transmisión”! A veces, de hecho, prevalece la tendencia a la “posesión”: en este caso las diversas “generaciones comunitarias” están totalmente absorbidas por la dinámica del control de los bienes: “esto no se puede tocar”, “nos lo dejaron”, “esto es nuestro”… 

En el polo opuesto, precisamente porque algunos piensan en términos de “posesión”, otros experimentan el aspecto de “transmisión” sintiéndose “excluidos”: cuando esto sucede, los miembros de la comunidad se sienten marginados, confinados, “desheredados” como resultado de la exclusión de los bienes de la comunidad. Por eso perciben a la comunidad como “estéril” y “tacaña”: “no nos dejaron nada”, “no me transmitieron nada”… 

Una reinterpretación válida del término “transmitir” nos permite reconocernos unos a otros como “coherederos”: esto significa activar procesos de negociación, saber gestionar los desacuerdos. De lo contrario, la comunidad no realiza una adecuada “transmisión” entre generaciones, no se relee y no se convierte. 

Entregar 

Este aspecto concierne al nombre, orígenes, similitudes, genealogía…Se transmiten ritos, costumbres, celebraciones, estilos… 

Incluso el proceso de «transmisión» presenta riesgos: el primero es el de la inmovilidad, o una reinterpretación incorrecta de la «fidelidad» que lleva a hacer siempre todo igual, de modo que la «nueva comunidad» acaba siendo una copia, una réplica, el «doble» de la comunidad anterior. Venir de “esa” comunidad significa seguir siendo siempre y sólo esa comunidad, inmune a cualquier intento de reorganización o unión. 

Por el contrario, el riesgo es el de la “insignificancia”: aquel que ha “perdido su nombre”, privándose así del deseo y de la capacidad de generar y así volverse autogenerador, encerrado en sí mismo, hasta el punto de reivindicar la autosuficiencia. Porque no quieren ser como los demás, se convierten en “nadie”, en insignificantes. 

Para ello, es necesario favorecer una reinterpretación que salvaguarde la distinción y el deseo de continuidad, haciendo apropiada la memoria de los ‘antepasados’, aquellos que han construido la comunidad a lo largo del tiempo, a través de la renovación de vínculos y la creación de nuevos vínculos vitales. 

Transgredir 

Se trata de la capacidad y la voluntad de romper el molde, cambiar las reglas, desobedecer el sentimiento de "siempre se ha hecho así". De este modo es posible transformar el “destino desgraciado” de una comunidad en una nueva vocación. 

El riesgo por un lado es entregarse a un “destino bloqueado”, es decir, repetir siempre los mismos errores, creer que no se pueden superar los defectos habituales que nos hacen antigenerativos. Por otro lado, el riesgo es el de quedarse sin destino, o con un “destino ausente”, carente de los recursos necesarios y de conexiones significativas. 

En este sentido, se trata de recuperar recursos simbólicos: confianza, esperanza,… La búsqueda de estas virtudes requiere y alienta una relectura transgresora correcta y responsable. 

Bienaventurada la Iglesia y aquellas comunidades que releen su propia historia y su propia existencia: recibirán el don de «hacer nuevas las cosas» (Ap 21,5). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...