Somos señores del sábado - San Marcos 2, 27 -
Jesús se encontró ante una clase religiosa que, poco a poco, había perdido el contacto con la realidad.
No se trataba solo de una rigidez moral o de un exceso
de celo: había ocurrido algo más profundo.
La Ley, que había surgido como luz para guiar el
camino del pueblo, había sido despojada de su espíritu original.
Lo que Dios había dado para que Israel pudiera caminar
por el sendero de la vida se había convertido, en manos de los hombres de
religión, en un sistema cerrado, una red de obligaciones capaz de aprisionar la
existencia en lugar de protegerla.
En el Antiguo Testamento, los mandamientos no aparecen
como una carga arbitraria impuesta desde arriba, sino como una palabra de
alianza.
Dios señala a su pueblo un camino para que no se
pierda, para que no entregue su libertad a los ídolos, para que aprenda a vivir
en la justicia, en la memoria, en la fraternidad.
El mandamiento es, por tanto, un umbral abierto hacia
la vida: educa el deseo, protege al débil, recuerda al hombre que no es dueño
absoluto del mundo, sino un hijo llamado a recibir y a compartir.
Pero con el paso del tiempo, cuando el mandamiento se
separa de la vida concreta de las personas, corre el riesgo de convertirse en
un fin en sí mismo.
Ya no remite al Dios que libera, sino al control de
quienes pretenden poseer a Dios. Ya no abre un camino, sino que establece
límites insuperables. Ya no acompaña al hombre en su fragilidad, sino que lo
juzga desde fuera.
Es aquí donde tiene lugar el proceso más peligroso: el
vaciamiento del significado.
La forma permanece, pero el corazón está ausente; la
norma sigue pronunciándose, pero ya no lleva en su interior el aroma de la
misericordia.
Cuando la Ley se convierte en instrumento de opresión, significa que ha dejado de servir a la vida.
Una Ley nacida para hacer la existencia más humana
puede transformarse, si es manipulada por el poder religioso, en una carga
insoportable.
Entonces el sábado, que debía ser memoria de la
liberación y espacio de descanso, se convierte en tribunal; el precepto, que
debía proteger al hombre de la esclavitud, se convierte él mismo en una nueva
esclavitud.
En nombre de Dios se acaba haciendo insoportable la
vida que Dios mismo ha amado y bendecido.
Jesús se adentra en este engaño y lo desenmascara, no
aboliendo el mandamiento, sino devolviéndole su significado profundo.
Él no desprecia la Ley: la lleva de vuelta a su
origen.
Muestra que cada palabra de Dios se da para que el
hombre viva, para que la mujer y el hombre recuperen la dignidad, el respiro,
la posibilidad de un futuro.
Por eso puede decir que el Hijo del Hombre es señor
del sábado: no porque el sábado carezca de valor, sino porque su valor reside
en servir a la vida del ser humano; como recuerda el Evangelio según San Marcos
2, 27: «El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado».
En Jesús, el mandamiento vuelve a ser un amanecer: no
una piedra colocada sobre el pecho de los vivos, sino una luz que surge para
orientar los pasos.
La verdadera fidelidad no consiste en custodiar una
norma vacía de su esencia, sino en dejarse guiar por su sentido más profundo.
El mandamiento es un don precioso cuando señala el camino
de la vida y no el de la muerte, cuando abre a la libertad y no al miedo,
cuando genera misericordia y no condena.
La religión, entonces, ya no es una prisión construida
en torno al nombre de Dios, sino el espacio en el que el hombre vuelve a aprender
a respirar, a reconocerse como hijo, a caminar en la luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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