La muerte médicamente asistida
En 1974 se firmó - con la firma también de premios Nobel como Jacques Monod - un llamamiento a favor de la eutanasia benéfica, que se publicó en la revista Humanist (vol. 34, n.º 4).
El llamamiento señalaba como «cruel y bárbaro» mantener
con vida a una persona en contra de su voluntad cuando «la dignidad, la belleza
y el sentido de la vida se han desvanecido y se ve afectada por un sufrimiento
intolerable».
Para aquellos años, fue como lanzar una piedra
gigantesca a un estanque en completa quietud.
Desde hace más de 50 años, los términos de la cuestión
se han mantenido sustancialmente así, con un sinfín de argumentos a favor y en
contra que, aún hoy, se entrecruzan.
Prueba de ello son los numerosos artículos publicados
por las principales revistas médicas internacionales, las declaraciones
públicas de políticos, las tomas de posición de personas influyentes en el
ámbito científico o ético y, naturalmente, los documentos oficiales de la
Iglesia Católica y de los Comités Nacionales de Bioética…
«¿Qué
harías si pudieras decidir, al final de tu vida, exactamente dónde y cuándo
debería producirse tu muerte? ¿Qué harías si, en lugar de morir solo y en plena
noche, en una cama de hospital, pudieras estar en tu casa en el momento que tú
eligieras? Podrías decidir quién debería estar en la habitación contigo,
tomándote de la mano y abrazándote mientras dejas este mundo. ¿Y qué harías si
un médico pudiera asegurarte que la muerte sería cómoda, pacífica y digna? ¿Qué
harías si pudieras planificar una última conversación con cualquier persona a
la que quisieras? Nunca más podrías volver a ver la muerte de otra manera»
(Extraído de Stefanie Green, This is assisted dying (en
castellano ‘Esto es la muerte asistida’), 2022).
Me parece que aquí se resume de manera gráficamente bastante clara cómo la muerte asistida se considera una opción que puede ofrecerse como muestra de compasión y humanidad, y a la que es muy difícil resistirse.
La muerte médicamente asistida significa, por tanto,
permitir que los médicos y enfermeros ayuden a una persona que se encuentra al
final de su vida, en determinadas circunstancias específicas, a elegir entre
dos opciones posibles: la autoadministración por vía oral de medicamentos en
dosis letales (suicidio asistido) o la administración de medicamentos
directamente en vena por parte del médico o del enfermero.
La condición, similar y compartida por todas las legislaciones
que la han introducid, es que exista una solicitud voluntaria por parte de una
persona plenamente capaz de comprender y decidir, y, obviamente, sin ningún
tipo de coacción; que haya un sufrimiento grave e intolerable, un deterioro
irreversible y una muerte natural previsible.
Siempre en función de la legislación, se prevé una
segunda evaluación independiente realizada por otro médico, un psicólogo y un
médico especialista en cuidados paliativos, quien informa sobre la posibilidad
de recibir una asistencia adecuada en un hospicio.
Todo el procedimiento debe estar debidamente
documentado y evaluado por un juez para que pueda considerarse un acto médico
despenalizado, tal y como prevén las leyes vigentes en el Estado.
La eutanasia, la muerte médicamente asistida y la
propia expresión «ley sobre el final de la vida» no suponen en absoluto que sean
simplemente «lo mismo», sino que encierran en su esencia un profundo cambio
cultural sobre cómo, en su conjunto, damos sentido a la vida en momentos de
grave sufrimiento cuando nos acercamos a la muerte.
Desde la percepción instintiva y censurable de la eutanasia como supresión de la vida (en pocas palabras, considerada un homicidio) hasta la ayuda médica, tan esperada por algunos, para una muerte rápida, digna y serena.
La oferta de la muerte asistida se ha ido convirtiendo
en una realidad y muchos de nosotros tendremos que enfrentarnos a esta
posibilidad.
Decir «sí» o «no» creo que podría
convertirse en nuestro desafío existencial más personal, y conviene no esperar
demasiado para buscar en lo más profundo de nuestra vida las razones de la
decisión que tomaremos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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