Mostrando entradas con la etiqueta Espiritualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Espiritualidad. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de septiembre de 2026

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -.

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -

Hay un momento en la vida en el que las preguntas cambian.

 

Durante años me he preguntado, por ejemplo, en qué me convertiré, qué camino tomaré, qué conseguiré construir, qué metas alcanzaré…

 

Luego, casi sin darme cuenta, ha surgido otra pregunta. Más silenciosa. Más exigente.

 

¿Y después qué? ¿Qué quedará de mí?

 

No, no es una pregunta propia de la vejez.

 

No, no es nostalgia por lo perdido.

 

Creo que es una pregunta que pertenece a la madurez.

 

Porque uno se convierte de verdad en adulto el día en que su futuro deja de coincidir únicamente consigo mismo.


Hay una etapa de la existencia en la que comprendemos que el verbo más importante ya no es «tener», sino «dejar».

 

No «dejar» en el sentido de abandono, sino de herencia, legado,…, en el paso del testigo.

 

Cada encuentro, cada palabra, cada elección empieza poco a poco a juzgarse no por lo que produce en el momento, sino por lo que seguirá vivo cuando nosotros ya hayamos pasado página.

 

Es entonces cuando la vida cambia de verdad.

 

Deja de ser una carrera hacia algo y se convierte en una responsabilidad hacia alguien.

 

Hace una un tiempo he ido intentando ampliar el deseo.

 

He tratado de ir aprendiendo a detenerme, a mirar el mundo con ojos nuevos, a cuidar de lo que la vida me confía.

 

Intuyo que llegará un día en el que ese camino encuentre su destino natural.

 

¿Para quién he hecho todo lo que he hecho? ¿De qué sirve un deseo más grande si no genera vida también para los demás? ¿De qué sirve aprender a detenerme, si nadie encuentra descanso a mi lado? ¿De qué sirve una mirada capaz de maravillarse, si no ilumina también el camino de alguien? ¿De qué sirve custodiar, si lo que custodio muere conmigo?


Vivimos en una época que nos empuja continuamente a acumular.

 

Experiencias. Sensaciones. Éxitos. Seguridades. Incluso recuerdos.

 

Nos preocupamos mucho más por lo que poseemos que por lo que dejamos atrás.

 

Y, sin embargo, ninguna civilización ha sobrevivido gracias a quienes se lo guardan todo para sí mismos.

 

Las mejores épocas siempre han surgido de hombres y mujeres que han sabido legar algo a quienes venían después de ellos.

 

Un educador transmite saber. Una madre transmite confianza. Un padre transmite valor. Un artesano transmite arte y oficio. Un presbítero transmite esperanza. Un amigo transmite presencia…


La vida se llena no cuando se posee mucho, sino cuando empieza a generar algo más allá de sí misma.

 

La naturaleza lo ha contado así desde siempre con una sabiduría silenciosa.

 

La semilla no retiene su propia fuerza, sino que la entrega a la tierra.

 

La vid no se queda con los racimos para sí misma, sino que los ofrece.

 

El mar devuelve cada día lo que recibe de los ríos.

 

No, no lo había comenzado a entender hasta hace un tiempo… pero poco a poco se ha ido abriendo camino y se va haciendo luz también en este aprendizaje vital al que Jesús invitaba a Pedro y a sus discípulos en aquel ambiente ‘mágico’ de la Última Cena y ante aquel ‘extraño’ del lavatorio de los pies…

 

Hay tiempo para creer que entiende y hay tiempo para comenzar a entender de verdad… Lo entenderás más tarde, Joseba, a su momento.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 13 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Desde el principio de su Evangelio, Lucas había mostrado que el Dios de Jesús da un giro radical a las perspectivas habituales: el poder, la riqueza, todo aquello que retiene y ata al hombre, todos esos bienes que hay que defender y que lo encierran en sí mismo, todo aquello que le impide liberarse y seguir adelante, todo debe ser trastocado. 

No se puede basar el propio futuro en una posesión que no ofrece garantías de perdurabilidad. 

La misericordia de Dios no está reservada únicamente para el fin de los tiempos. 

No tolera que la llaga permanezca abierta y sangre sin fin. 

Adopta formas históricas y se concreta en gestos que transforman el juego de las fuerzas. 

Los orgullosos, los que ostentan el poder y los ricos no tienen la última palabra, como siempre pretenden. 

Serán despojados del poder, serán desenmascarados en su orgullo y serán enviados de vuelta con las manos vacías. 

La forma de este cumplimiento tiene un estilo revolucionario. 

Tal afirmación podría resultar chocante allí donde priman el equilibrio y la prudencia, pero, en boca de María, adquiere una eficacia única. 

Y encuentra una perfecta sintonía con las palabras de Jesús, - que toma partido por Lázaro frente al rico glotón que sufre en el infierno -, que llama bienaventurados a los pobres, a los que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos y amenaza con terribles «¡Ay de vosotros!» a los ricos, a los saciados, a los que se deleitan en los placeres, a los aduladores. 

Jesús no trata de la misma manera a los pobres, a los enfermos, a los fariseos, a los publicanos y a Herodes. 

A los pobres los llama bienaventurados, a los fariseos, sepulcros blanqueados, a Herodes, el zorro, a los publicanos les muestra, como a Zaqueo, la iniquidad de su riqueza acumulada con fraude. 

Por eso, la liberación que Él desea para todos encuentra caminos diferentes debido a las distintas formas de opresión. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados! 

Las Bienaventuranzas no son un camino que solo puedan recorrer los superhombres o los campeones de la virtud. 

La gracia de la que habla San Pablo es sinónimo de «alegría». 

Dios mismo es gracia, fuente inagotable de amor para con nosotros: ¿cómo es posible que este Dios de amor quiera alimentar a sus hijos con leyes imposibles y duras como piedras? 

Jesús nos dice que, en lo más profundo de nuestro ser, somos amados por el Abba, somos dignos de ser amados por Él y que, ante todo, debemos aceptarnos a nosotros mismos con alegría. 

Las bienaventuranzas se vuelven totalmente sencillas y naturales cuando se comprende que Dios, el Abba, es bueno y está lleno de ternura, renunciando así a la idea de un Dios que nos espía o que nos acecha, tendiéndonos una trampa a cada pequeño paso en falso que damos. 

La primera comunidad de creyentes que se presenta en los primeros capítulos de los Hechos es la imagen real de la vida vivida según las bienaventuranzas: una comunidad de sencillos, de pobres, de personas que no se quedan con nada para sí mismas, que no buscan el poder, que comparten de buen grado, que están llenas de alegría. 

Con las bienaventuranzas, Dios quiere cuestionar la idea corriente de la felicidad. 

Sus palabras nos parecen lejanas, irreales, ajenas a nuestro mundo. ¡Y es cierto! 

Pero lo cierto es que nosotros, al igual que entonces, vivimos en un mundo al revés. 

Hoy, en nuestra época, este pasaje del Evangelio, a pesar de que parezca verdaderamente absurdo, resulta aún más claro: a nadie se le ocurre ser feliz y pobre a la vez, estar contento y afligido... 

¡Pero el verdadero problema es que hemos rebajado el listón! 

Intentamos estar un poco mejor, y nada más. 

«Bienaventuranza» es una palabra ajena a nuestro lenguaje y a nuestro vocabulario, porque es excesiva, demasiado plena; es tan intensa y fuerte que no cabe en nuestras expectativas. 

En cierto sentido, vivimos una vida cotidiana en la que las grandes satisfacciones son poco más que mediocres. 

La página del Evangelio nos remite a una dimensión de la vida infinitamente más amplia, más rica, más profunda. 

Diferente. 

Tiene el rostro tan humano de Jesús. 

Él es el hombre de las bienaventuranzas: el hombre manso y humilde de corazón, el hombre pobre de espíritu, artífice de la paz, el hombre apasionado y misericordioso, el hombre perseguido por causa de la justicia. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Quis es? Ubi habitas? Quo vadis?

Quis es? Ubi habitas? Quo vadis? 

Hay un camino que nadie puede recorrer en nuestro lugar. 

Es el camino hacia el centro de la conciencia, hacia ese lugar secreto y luminoso en el que la persona deja de vivir solo en la superficie y empieza a preguntarse quién es realmente, de dónde viene y hacia qué plenitud está llamada. 

No se trata de un itinerario espectacular, ni de una conquista inmediata: es más bien una fidelidad cotidiana, humilde y paciente, hecha de escucha, silencio, discernimiento y valentía. 

La vida interior no crece por casualidad. Necesita ser cuidada como se cuida una llama frágil expuesta al viento. 

Cada día nos invaden ruidos, urgencias, miedos, deseos confusos y juicios precipitados. 

Si no aprendemos a escucharnos a nosotros mismos, corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por los acontecimientos sin comprender lo que ocurre en nuestro interior. 

El cuidado de la interioridad comienza, pues, con un acto sencillo y radical: detenerse. 

Detenerse para escuchar el corazón, para reconocer las propias contradicciones, para poner nombre a las heridas, para dejar aflorar aquello que a menudo preferiríamos ocultar. 

Mirar en nuestro interior no siempre es reconfortante. A veces, en lo más profundo, nos encontramos con zonas oscuras: egoísmos, resentimientos, miedos antiguos, fragilidades que nos asustan. 

Y, sin embargo, es precisamente ahí donde comienza la madurez espiritual. 

No se vuelve libre quien huye de sí mismo, sino quien acepta atravesar su propia verdad sin desesperarse. 

La conciencia se purifica cuando dejamos de fingir ante nosotros mismos y permitimos que la luz alcance también lo que ha permanecido oculto. 

Esta mirada sincera no humilla: libera. No destruye: recompone. No condena: abre la posibilidad de renacer. 

El trabajo sobre la conciencia nos devuelve una visión más verdadera de la vida. 

Cuando una persona empieza a conocerse a sí misma, ya no vive dispersa en mil imágenes de sí misma, ni prisionera de la mirada de los demás. Descubre poco a poco su propia esencia, el núcleo profundo del que surgen las decisiones más auténticas. 

De este centro interior surge una pregunta decisiva: ¿hacia dónde voy? 

Porque la vida no es solo una sucesión de días, sino vocación, dirección, llamada. 

Quien cuida de su alma aprende a leer su propia historia no como una suma de incidentes, sino como un camino impregnado de sentido. 

Solo quien ha comenzado a buscar con seriedad las respuestas a las grandes preguntas de la existencia puede acercarse a los demás con un amor no ingenuo, sino consciente. 

El encuentro con la propia fragilidad nos hace más sensibles ante la fragilidad ajena. Quien conoce sus propias heridas ya no necesita juzgar las de los demás; quien ha experimentado la necesidad de ser acogido comprende lo valioso que es ofrecer acogida. 

La ternura no es debilidad: es la fuerza apacible de quien sabe acercarse sin invadir, corregir sin herir, acompañar sin poseer. 

Cada persona con la que nos encontramos lleva consigo una historia que no conocemos por completo. 

Detrás de un rostro duro puede haber un dolor que nunca ha sido escuchado; detrás de una actitud agresiva puede esconderse un miedo antiguo; detrás de un cierre puede haber una herida que aún espera a alguien capaz de acercarse con respeto. 

Por eso, el juicio violento no cura: profundiza la distancia, reabre la herida, endurece el corazón. 

Lo que cura es el bálsamo de la ternura, el gesto que no grita, la palabra que no aplasta, la mirada que reconoce en el otro a un hermano, a una criatura que aún está en camino. 

El camino hacia la esencia, por tanto, no nos separa del mundo: nos hace más capaces de habitarlo. 

Cuanto más nos adentramos en la verdad de nosotros mismos, más nos abrimos a encontrarnos con el otro sin arrogancia. 

El cuidado de la conciencia genera una mirada apaciguada, capaz de dejar de lado el desprecio y optar por la compasión. 

De este trabajo oculto, cotidiano y fiel, nace una fraternidad auténtica: no basada en la ilusión de que nadie esté herido, sino en la certeza de que cada herida puede ser curada por la ternura, y de que cada corazón, si es acogido, aún puede abrirse a la luz. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 8 de septiembre de 2026

A la altura de lo pequeño, a la grandeza del suelo, a la gloria de lo humilde.

A la altura de lo pequeño, a la grandeza del suelo, a la gloria de lo humilde

Al recordar el nacimiento de María, a nosotros, al igual que aquel día a José, se nos repite: No temas acoger a María.

 

Sabemos lo que significó para José aceptar esta invitación del ángel.

 

Pero, ¿qué podría significar para nosotros?


En primer lugar, aprender a acoger la falta de armonía y la contradicción.

 

Habríamos esperado quién sabe qué relato del momento en que la Madre del Señor vino al mundo. Y, en cambio, nada de eso.

 

En una larga lista de nombres que va desde Abraham hasta José, María casi se pierde. Pero precisamente esa lista de nombres —la mayoría de los cuales… resultan tan inadecuados para la generación del Hijo de Dios— nos ofrece un dato con el que esta fiesta nos pide que nos midamos: el entramado de nuestras vivencias, a veces desarmónicas y contradictorias, nunca representa un impedimento definitivo para que Dios lleve a buen término su plan de salvación para la humanidad.

 

Solo se llega a esta toma de conciencia gracias a la fe, que es precisamente la capacidad de conciliar la promesa de Dios con aquello a lo que nos enfrentamos humanamente cada día.

 

Seguramente María se preguntó cómo conciliar lo que el ángel le había anunciado sobre aquel niño: será grande, será llamado Hijo del Altísimo… y, por ejemplo, aquel nacimiento fuera de casa.

 

Él, el cumplimiento de las expectativas de Israel, rechazado precisamente por su propio pueblo.


¡Qué contradicciones! Y, sin embargo, el designio de Dios sobre la historia se cumple siempre a través de lo humanamente irreconciliable.

 

Todo se reinterpreta como una pieza que, poco a poco, va componiendo lo que más le importa a Dios: una humanidad reconciliada. Y, en ese sentido, cada nacimiento representa el nuevo injerto que Dios realiza en el tronco de la humanidad: una nueva posibilidad ofrecida para que la vida supere las resistencias y las dificultades.

 

De verdad, «todo contribuye al bien de quienes aman a Dios» (Rom 8,28). Nuestra vida, por muy pobre y frágil que sea, no está marcada por el azar y mucho menos abandonada a merced del caos. Una atención amorosa acompaña los pasos de nuestro deambular…

 

¡Qué bonito sería poder continuar esa genealogía hasta llegar a nosotros!

 

Todos nuestros nombres se iluminan con ese fruto maduro, que es el Dios con nosotros, el Dios mezclado con nosotros. Esta larga genealogía que llega hasta mí me habla de la fidelidad de Dios a nuestra tierra, a nuestra humanidad.

 

Por eso no puedo caer en actitudes de desesperación. Si Dios es fiel a mi tierra, no puedo desesperar de los hombres y las mujeres de hoy. Dios vincula el milagro de su presencia a la cotidianidad de mis días y a la sucesión de nuestros nombres.

 

Luego, aprender a concebir nuestra vida como una experiencia a través de la cual el Señor Jesús pueda tener derecho a permanecer en la historia.

 

Una normalidad transparente, la de María. Nada excepcional en sus días. Solo una gran disposición a confiar en una palabra que venía de otro lugar distinto a sus planes y proyectos. Casi una especie de inconsciencia la suya, ¡y sin embargo, qué bien le permitió no complicarse la vida con razonamientos vacíos!

 

Tomar a María consigo significa también no escandalizarse ante la propia pequeñez y la de los demás.


El Evangelio nunca muestra ningún atisbo de vergüenza por la medida de la pequeñez cuando esta se manifiesta, ya sea en el plano de la cantidad o en el de la eficiencia.

 

¿Qué era María y quién era María en relación con aquello para lo que se le pedía? Y, sin embargo, es por ese camino por donde Dios se ha abierto paso en la historia de la humanidad.

 

Nuestras proyecciones siempre nos han llevado a pensar en Dios como algo que trasciende cualquier medida. Y, sin embargo, Dios se muestra desde siempre «convertido» al encanto de la pequeñez. Incluso se vacía de sí mismo.

 

Nada del Altísimo puede conocerse sino a través de lo Infinitamente Pequeño, a través de este Dios a la altura de un niño, este Dios pegado al suelo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 5 de septiembre de 2026

No temas llevarte contigo a María.

No temas llevarte contigo a María

Celebramos el nacimiento de María. A nosotros, como a José aquel día, se nos repite: «No temas tomar contigo a María». Sabemos lo que significó para José aceptar esta invitación del ángel. Pero, ¿qué podría significar para nosotros?

 

En primer lugar, aprender a aceptar la discordia y la contradicción. Habríamos esperado quién sabe qué relato del momento en que la Madre del Señor vio la luz. Y, en cambio, nada de eso. En esa larga lista de nombres que va desde Abraham hasta José, María casi se pierde.

 

Y, sin embargo, precisamente esa lista de nombres —la mayoría de los cuales hasta podrían no ser los más adecuados para la generación del Hijo de Dios— nos devuelve un dato con el que esta fiesta nos pide que nos midamos: la trama de nuestras vicisitudes, a veces no tan armónicas y contradictorias, nunca representa un impedimento definitivo para que Dios lleve a cabo su plan de salvación sobre la humanidad.

 

A esta conciencia no se llega sino gracias a la fe, que es precisamente la capacidad de mantener unidas la promesa de Dios y aquello con lo que nos enfrentamos humanamente cada día.

 

María se habrá preguntado sin duda cómo mantener unidas las cosas que el ángel le había anunciado sobre ese niño: «Será grande, será llamado Hijo del Altísimo»... y, por ejemplo, ese nacimiento fuera de casa. Él, la realización de las expectativas de Israel, rechazado precisamente por su pueblo. ¡Qué contradicciones!

 

Pero el designio de Dios sobre la historia se cumple siempre a través de lo humanamente inconciliable.

 

Todo se reinterpreta como una pieza que poco a poco compone lo que más le importa a Dios: una humanidad reconciliada. 


Y en este sentido, cada nacimiento representa el nuevo injerto que Dios realiza en el tronco de la humanidad: una nueva posibilidad ofrecida para que la vida supere las resistencias y las dificultades.


Verdaderamente «todo contribuye al bien de los que aman a Dios» (Romanos 8,28). Nuestra vida, por pobre y frágil que sea, no está marcada por el azar y mucho menos abandonada al caos. Una atención amorosa acompaña los pasos de nuestro vagar...

 

¡Qué hermoso sería poder continuar esa genealogía hasta llegar a nosotros! Todos nuestros nombres, que reciben luz de ese fruto maduro, que es Dios con nosotros, Dios mezclado con nosotros. 


Esta larga genealogía que llega hasta mí me habla de la fidelidad de Dios a nuestra tierra, a nuestra humanidad.

 

Precisamente por eso no puedo caer en actitudes de desesperación. Si Dios es fiel a mi tierra, no puedo desesperar de los hombres y mujeres de hoy. 


Dios vincula el milagro de su presencia a la cotidianidad de mis días y a la sucesión de nuestros nombres.

 

Entonces, se puede aprender a pensar nuestra vida como una experiencia a través de la cual el Señor Jesús puede tener derecho de residencia en la historia. 


Una normalidad transparente, la de María. Nada excepcional en sus días. Solo mucha disposición a confiar en una palabra que venía de otro lugar distinto a sus planes y proyectos.

 

Casi una especie de inconsciencia la suya, y sin embargo, ¡qué le permitió realizar eso de no complicarse la vida con razonamientos vacíos!

 

Tomar consigo a María significa aún no escandalizarse por la pequeñez propia y ajena. El Evangelio nunca devuelve un rasgo de vergüenza por la medida de la pequeñez cuando esta se manifiesta en el plano de la cantidad o en el de la eficiencia.

 

¿Qué era María y quién era María en relación con aquello para lo que era interpelada? Sin embargo, es por ese camino por el que Dios se abrió paso en la historia de la humanidad.

 

Nuestras proyecciones siempre nos han llevado a pensar en Dios como algo más allá de la medida más grande. En cambio, Dios se muestra desde siempre «convertido» al encanto de la pequeñez. Incluso se vacía.

 

Nada del Altísimo puede conocerse sino a través de lo Infinitamente Pequeño, a través de este Dios a la altura de un niño engendrado en el vientre de una mujer que lleva por nombre... María.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



viernes, 4 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

El deseo de felicidad es común a todos los seres humanos que vienen al mundo.

 

Todos buscamos - desde que nacemos - una vida buena, bella, sana, serena, segura...

 

Es una vocación divina y es la respuesta a su llamada para participar en su vida, con vistas a la plenitud de la alegría.

 

El Evangelio nos revela el camino que podemos seguir.

 

La «Buena Noticia» de Jesús nos dice que la felicidad es posible, no es en absoluto una ilusión.

 

La vida bella es algo fascinante, satisfactorio, pleno.

 

Es una Buena Noticia porque cambia la vida: de hecho, cuando Dios entra en nuestra vida, ya no somos los mismos que antes, porque Él siempre obra algo extraordinario.

 

La «Buena Noticia» es Él mismo, Él es el Reino de Dios que viene, Él es el Evangelio, el Camino, la Verdad y la Vida.

 

Dios se ha hecho amigo de los hombres para dialogar con nosotros de igual a igual.

 

En el discurso programático - llamado «del monte» porque fue proclamado en las laderas de una montaña-, Jesús expone las líneas fundamentales de su ministerio pastoral.

 

La tradición antigua ha concebido este texto como una antología de las enseñanzas fundamentales del Maestro.

 

La felicidad es posible porque Dios está aquí y se nos ofrece.


Este mensaje se repite varias veces, con distintos matices, imágenes diversas y aplicaciones particulares, todas ellas variaciones sobre un único tema.

 

Estas «bienaventuranzas» - que ocupan el centro de la predicación de Jesús y son, por así decirlo, su alma - dibujan su rostro: ¡son como un espléndido y completo autorretrato suyo!

 

En estas frases encontramos el anuncio de lo que Dios hace por nosotros y se pide una elección específica y consecuente por parte de todos sus discípulos.

 

Evidentemente, también esta, como toda elección, implica renuncias: quien elige de otra manera no puede tenerlo a Él.

 

Cada expresión aquí contenida comprende tres elementos: la fórmula exclamativa, la condición de vida que precisa una actitud y la causa.

 

El elemento fundamental de cada bienaventuranza no es la condición, sino la causa.

 

Dios adopta a los hombres como hijos. La bienaventuranza es una consecuencia.

 

De hecho, «convertirnos en hijos adoptivos» es el anuncio de Jesús.

 

Aquí se pasa del «debemos» (obligatoriedad) al «podemos» (oportunidad): de hecho, no son preceptos morales disfrazados.

 

La felicidad es un regalo: puesto que hemos recibido la adopción filial que nos hace semejantes al Padre, podemos ser como Él.

 

¡Ahí reside toda la belleza de las bienaventuranzas!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

En la Sagrada Escritura, el número siete refleja la plenitud, el infinito, es un número perfecto.

 

El ocho es siete más uno, es decir, un «más» de plenitud.

 

A los ojos de Dios, el ocho es gracia que no cabe en sí misma, que se desborda.

 

Las ocho bienaventuranzas son el desbordamiento de felicidad del alma en Dios.

 

No hay nada que empañe la luz, la presencia de Dios en nosotros, ese fuego que arde sin verse.

 

Al hablar de las bienaventuranzas, nadie pretende dar recetas para ser feliz.

 

No es posible concebir la felicidad como algo externo, fuera de nosotros.

 

De hecho, estos caminos no son caminos que se vean.

 

La realidad que me rodea, las situaciones externas que vivo, las relaciones que establezco… pueden llevarme a una interiorización de lo que soy, cómo soy y adónde pretendo llegar.

 

Estamos en camino...


Este itinerario será sin duda uno de los más complejos. Puede ser que hasta difíciles.

 

Porque, cuando buscamos la verdad dentro de nosotros mismos, estamos como ante un espejo que refleja no solo nuestra imagen física, sino todo lo que somos interiormente.

 

Y no siempre es fácil mirarnos y, sobre todo, aceptarnos.

 

¿Quién es plenamente bienaventurado?

 

Jesús habla de ocho bienaventuranzas, pero podrían ser quince, veinte; no importa el número, no se trata de una cifra concreta.

 

Es verdaderamente bienaventurado quien ve la vida como algo más.

 

Bienaventurado es quien no solo vive momentos de felicidad, sino que recorre su camino existencial con una paz interior tal que le permite dominar cualquier situación extrema.

 

Bienaventurados son aquellos que están iluminados por la fe en algo y, ante esa creencia, ante esa confianza, se entregan por completo.

 

Bienaventurado quien ha construido su casa sobre la roca: no importa lo que venga, vientos, tormentas, terremotos, huracanes... los cimientos de esa casa permanecen firmes.

 

Por el contrario, cuando edificamos nuestra estructura interior, forjamos nuestro ser guiados por la vanidad, la prisa, la prepotencia, la arrogancia, cuando creemos ser el centro del universo y nos coronamos señores de nosotros mismos, entonces nuestra casa está construida sobre la arena… al más mínimo soplo, somos como polvo levantado por el viento.

 

Para ser felices basta con escuchar y poner en práctica la palabra de Jesús.

 

Jesús afirma que bienaventurados son los que viven en la pobreza, el dolor, la mansedumbre, los que tienen sed de justicia, los que son misericordiosos, los que buscan la paz, los que son puros de corazón y los que son perseguidos por causa del Reino de Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 3 de septiembre de 2026

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte

Hubo una época en la que la espiritualidad cristiana parecía casi una competición olímpica para ver quién sufría más. Las vidas de los santos se leían como catálogos de sufrimientos ofrecidos a Dios: ayunos extremos, castigos corporales, enfermedades soportadas con alegría porque eran «ofrendas» para la salvación de las almas. Y, en la predicación habitual, el mensaje predominante que se transmitía era claro: sufrir es hermoso, sufrir es meritorio, sufrir te acerca a Dios.

 

¿Y si todo esto fuera un gigantesco malentendido? ¿Y si el Dios de Jesucristo nunca hubiera pedido sacrificios, y si la cruz no hubiera sido tanto una ofrenda grata al Padre como el crudo resultado de la violencia de un mundo que rechaza el amor?

 

Para replantearse radicalmente esta «imagen de Dios», existe una visión teológica del «Dios que es solo y siempre amor» que está surgiendo con fuerza en los últimos años, y que encuentra en la «teología sapiencial» y en una exégesis bíblica más atenta sus herramientas privilegiadas.

 

No se trata en absoluto de negar la cruz ni el misterio pascual, sino de liberarlos de siglos de interpretaciones que han acabado por transformar al Dios de Jesús en un soberano sediento de sangre, que exige víctimas para apaciguar su ira.

 

Durante siglos, el cristianismo ha luchado por liberarse de una imagen de Dios que se asemejaba demasiado a un soberano oriental: un soberano ofendido por el pecado de la humanidad, que exigía un sacrificio —el sacrificio de su Hijo— para apaciguar su ira. Desde esta perspectiva, la cruz era el precio que había que pagar, y el sufrimiento de Jesús se convertía en el modelo para los creyentes: tal y como él sufrió, también nosotros debemos aceptar el sufrimiento.

 

Esta teología, denominada por los estudiosos «teoría de la satisfacción» o «teoría penal de la redención», tiene raíces antiguas.

 

Fue sistematizada por Anselmo de Aosta (siglo XI) y se convirtió en el paradigma dominante de la teología occidental, sobre todo tras la Reforma protestante. Desde esta perspectiva, el pecado es una ofensa al honor divino, una deuda infinita que solo un sacrificio infinito —la muerte del Hijo de Dios— puede saldar. La cruz se convierte así en un instrumento de justicia, una equivalencia jurídica: Dios mata a su Hijo para satisfacer su propia justicia.

 

Sin embargo, la pregunta es inevitable: ¿es realmente este el Dios revelado por Jesús? ¿Es este ese Padre al que Jesús llama con amor «Abba»? Es decir, ¿un Padre simplemente interesado en un intercambio: la muerte del Hijo a cambio del perdón?

 

La propia Sagrada Escritura ofrece una perspectiva radicalmente diferente. El autor de la Carta a los Hebreos pone en boca de Jesús las palabras de un salmo:

 

«No quisiste ni sacrificio ni ofrenda, pero me preparaste un cuerpo. No te complacieron ni los holocaustos ni los sacrificios por el pecado. Entonces dije: “He aquí, yo vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— para hacer, oh Dios, tu voluntad”» (Hebreos 10,5-7).

 

El sentido es claro: el sistema de sacrificios de animales del Antiguo Testamento no es el centro de la relación con Dios. Lo que cuenta es la ofrenda total de sí mismo, simbolizada por el «cuerpo» que Dios preparó para Cristo, y su plena adhesión a la «voluntad» del Padre.

 

Pero atención: esta voluntad no es la exigencia de un sacrificio sangriento. Es la obediencia del amor, la entrega de sí mismo que Jesús lleva a cabo hasta el final.

 

El propio Jesús, en los Evangelios, cita al profeta Oseas para corregir una interpretación legalista y superficial de la religión: «Misericordia quiero y no sacrificio» (San Mateo 9,13; 12,7). No se trata de una crítica al culto en sí mismo, sino de una jerarquía de valores: el amor y la misericordia hacia el prójimo valen más que cualquier práctica cultual que sea un fin en sí misma.

 

San Pablo, en la Carta a los Romanos, transforma radicalmente el concepto de sacrificio: «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual» (Romanos 12,1).

 

Ya no se habla de un sacrificio de muerte, sino de la propia vida del creyente, ofrecida a Dios en las decisiones cotidianas. Es una ofrenda hecha con el «cuerpo», es decir, con toda la propia existencia concreta, que se convierte en «culto espiritual».

 

Esta perspectiva da un vuelco completo a la concepción tradicional de la cruz. La cruz no es un sacrificio querido por Dios, sino la consecuencia de la violencia del mundo contra aquel que denunció toda lógica de dominio.

 

Jesús no muere porque Dios lo exija, sino porque su mensaje de libertad y de amor incondicional amenaza a los poderes religiosos y políticos de su tiempo.

 

En la cruz no vemos a un Dios que exige víctimas, sino a un Dios que se hace víctima de la violencia humana para mostrar que la última palabra no es la muerte, sino la vida.

 

Como nos recuerda el teólogo Jürgen Moltmann, Dios no es aquel que mata a su Hijo para apaciguar su ira; es aquel que, en su Hijo, sufre la muerte por amor a la humanidad pecadora.

 

Esta perspectiva ha sido ampliamente desarrollada por la teología del siglo XX, en particular por autores como Dietrich Bonhoeffer, que hablaba de un «Dios débil», sumiso al dejarse expulsar del mundo en la cruz, y el Papa Benedicto XVI, quien en su Encíclica Deus Caritas Est subraya que «El amor de Dios por nosotros es una cuestión de vida. Por eso, el verdadero centro de la fe cristiana es el amor de Dios que se entrega, que no pide nada a cambio, que no exige sacrificios, sino que se ofrece a sí mismo».


Si la cruz no es «un sacrificio a Dios», entonces la resurrección no puede interpretarse como la «recompensa» por el sacrificio realizado. La resurrección es, por el contrario, la negación definitiva de la lógica del sacrificio.

 

La muerte, en su violencia contra Jesús, pretende tener la última palabra. Afirma: «Quien se opone al dominio es aniquilado y su historia termina aquí». La resurrección es la negación divina de esta afirmación. Dios dice: «No, tú, muerte, no tienes la última palabra. Mi palabra sobre la vida es más fuerte que tu palabra de aniquilación».

 

Esta no es una negación abstracta. Es una negación concreta de la muerte como principio de dominio.

 

Si la muerte es el fundamento último de todo dominio —pues se sustenta en la amenaza de matar—, entonces la resurrección de una víctima del dominio desarticula este mecanismo desde la raíz. Demuestra que la vida puede existir incluso más allá de la muerte violenta. Este es un acontecimiento que cambia la estructura de la realidad: la muerte ya no es una divinidad invencible, sino un poder derrotado.

 

¿Qué cambia, entonces, en la forma de vivir la fe?

 

Primero: dejamos de buscar el martirio. La santidad no se mide por el número de cruces que llevamos, sino por la calidad del amor que sembramos. No hay necesidad de inventarse sufrimientos para agradar a Dios. La verdadera pregunta no es «¿cuánto sufro?», sino «¿cuánto amo?».

 

Segundo: aprendamos a indignarnos. El sufrimiento injusto no debe aceptarse con resignación, sino combatirse con fuerza. El creyente que sigue al Dios de Jesús no es un pasivo soportador del mal, sino un activo constructor de justicia. Denunciar la opresión, ponerse del lado de los más desfavorecidos, luchar contra toda forma de dominación: este es el auténtico signo del seguimiento.

 

Tercero: ya no somos víctimas. La espiritualidad cristiana ha sido a menudo una espiritualidad de la victimización: «Soy un pobre pecador», «no valgo nada», «solo merezco castigos». El Nuevo Testamento nos recuerda que el cristiano está llamado a ser hijo, no esclavo. La filiación adoptiva de la que habla San Pablo no es un título honorífico, sino una realidad: somos amados no porque suframos, sino porque existimos. Somos valiosos no por nuestros sacrificios, sino porque Dios nos ha elegido.

 

Cuarto: la oración cambia de rostro. ¿Cuántas oraciones han sido peticiones de sufrimiento? «Hazme sufrir como tú, Señor», «Te ofrezco mi dolor», «Acepta este mi sufrimiento». Si el Dios de Jesús no pide sacrificios, estas oraciones se vuelven incomprensibles. La oración auténtica es el grito de quien confía en un Dios que es Padre, no juez. Es la petición de fuerza para combatir el mal, no de resignación para aceptarlo. Es la espera de un futuro en el que se secará cada lágrima y la muerte será derrotada definitivamente.

 

En una época marcada por guerras, injusticias y sufrimientos inmensos, esta perspectiva ofrece un cristianismo que no es una huida del mundo, sino un compromiso en el mundo. Un cristianismo que no consuela con palabras fáciles, sino que se ensucia las manos en la historia. Un cristianismo que no santifica el dolor, sino que lo combate.

 

No se trata de negar la cruz. La cruz sigue siendo el corazón de la fe cristiana, pero no como un sacrificio exigido por Dios, sino como revelación del amor de Dios hasta el final.

 

Un amor que no pide víctimas, sino que se hace víctima para romper el ciclo de la violencia. Un amor que, en la resurrección, muestra que la vida es más fuerte que la muerte, que la justicia es más poderosa que el dominio, que la esperanza es mayor que la resignación.

 

La Carta a los Hebreos, tras explicar la ineficacia de los antiguos sacrificios, indica cuáles son los sacrificios agradables a Dios en la nueva alianza:

 

«Por medio de él, pues, ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que confiesan su nombre. Y no os olvidéis de la caridad y de compartir vuestros bienes con los demás, porque Dios se complace en tales sacrificios» (Hebreos 13,15-16).

 

El «sacrificio de alabanza» y las obras de «caridad» y de compartir son los nuevos sacrificios. Ya no se trata de ofrecer animales, sino la propia gratitud y el amor concreto al prójimo. Y, como escribe San Pablo a los Filipenses, la ofrenda más grata es la vida misma: «Para mí, en efecto, vivir es Cristo y morir es ganancia» (Filipenses 1,21). No porque la muerte sea un valor, sino porque la vida vivida en Cristo ya es plenitud.

 

El Dios que Jesús nos ha revelado no es un Dios que ama los sacrificios. Es un Dios que ama la vida. No es un Dios que exige sangre, sino un Dios que entrega su propia sangre por la vida del mundo. No es un Dios que se complace en las lágrimas de sus hijos, sino un Dios que las seca.

 

Esto no significa que el sufrimiento desaparezca de la vida cristiana. Significa que el sufrimiento ya no es un valor en sí mismo, ya no es un título de mérito, ya no es un medio para apaciguar a un Dios airado.

 

El sufrimiento es un mal que hay que combatir, una injusticia que hay que denunciar, una herida que hay que curar. Es el grito que se eleva al cielo y que Dios escucha como el grito de su Hijo en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».

 

Y al final, cuando todo se haya cumplido, cuando el Hijo entregue el Reino al Padre y Dios sea «todo en todos», entonces ya no habrá más sufrimientos. Solo habrá la alegría de una comunión plena, donde cada uno será por fin él mismo y Dios será la fuente, el espacio y la alegría de esta plenitud plural. «Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado» (Apocalipsis 21,4).

 

Quizá haya llegado el momento de dejarnos liberar por esta Buena Nueva. El Dios que no pide víctimas nos invita a vivir, no a morir. A luchar, no a sufrir. A esperar, no a resignarnos.

 

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...