¡Bienaventurados!
El deseo de felicidad es común a todos los seres humanos que vienen al mundo.
Todos buscamos - desde que nacemos - una vida buena,
bella, sana, serena, segura...
Es una vocación divina y es la respuesta a su llamada para
participar en su vida, con vistas a la plenitud de la alegría.
El Evangelio nos revela el camino que podemos seguir.
La «Buena Noticia» de Jesús nos dice que la felicidad
es posible, no es en absoluto una ilusión.
La vida bella es algo fascinante, satisfactorio, pleno.
Es una Buena Noticia porque cambia la vida: de hecho,
cuando Dios entra en nuestra vida, ya no somos los mismos que antes, porque Él
siempre obra algo extraordinario.
La «Buena Noticia» es Él mismo, Él es el Reino de Dios
que viene, Él es el Evangelio, el Camino, la Verdad y la Vida.
Dios se ha hecho amigo de los hombres para dialogar
con nosotros de igual a igual.
En el discurso programático - llamado «del monte» porque
fue proclamado en las laderas de una montaña-, Jesús expone las líneas
fundamentales de su ministerio pastoral.
La tradición antigua ha concebido este texto como una
antología de las enseñanzas fundamentales del Maestro.
La felicidad es posible porque Dios está aquí y se nos
ofrece.
Este mensaje se repite varias veces, con distintos matices, imágenes diversas y aplicaciones particulares, todas ellas variaciones sobre un único tema.
Estas «bienaventuranzas» - que ocupan el centro de la
predicación de Jesús y son, por así decirlo, su alma - dibujan su rostro: ¡son
como un espléndido y completo autorretrato suyo!
En estas frases encontramos el anuncio de lo que Dios
hace por nosotros y se pide una elección específica y consecuente por parte de
todos sus discípulos.
Evidentemente, también esta, como toda elección, implica
renuncias: quien elige de otra manera no puede tenerlo a Él.
Cada expresión aquí contenida comprende tres
elementos: la fórmula exclamativa, la condición de vida que precisa una actitud
y la causa.
El elemento fundamental de cada bienaventuranza no es
la condición, sino la causa.
Dios adopta a los hombres como hijos. La
bienaventuranza es una consecuencia.
De hecho, «convertirnos en hijos adoptivos» es el
anuncio de Jesús.
Aquí se pasa del «debemos» (obligatoriedad) al
«podemos» (oportunidad): de hecho, no son preceptos morales disfrazados.
La felicidad es un regalo: puesto que hemos recibido
la adopción filial que nos hace semejantes al Padre, podemos ser como Él.
¡Ahí reside toda la belleza de las bienaventuranzas!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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