viernes, 4 de septiembre de 2026

¡Bienaventurados!

¡Bienaventurados!

En la Sagrada Escritura, el número siete refleja la plenitud, el infinito, es un número perfecto.

 

El ocho es siete más uno, es decir, un «más» de plenitud.

 

A los ojos de Dios, el ocho es gracia que no cabe en sí misma, que se desborda.

 

Las ocho bienaventuranzas son el desbordamiento de felicidad del alma en Dios.

 

No hay nada que empañe la luz, la presencia de Dios en nosotros, ese fuego que arde sin verse.

 

Al hablar de las bienaventuranzas, nadie pretende dar recetas para ser feliz.

 

No es posible concebir la felicidad como algo externo, fuera de nosotros.

 

De hecho, estos caminos no son caminos que se vean.

 

La realidad que me rodea, las situaciones externas que vivo, las relaciones que establezco… pueden llevarme a una interiorización de lo que soy, cómo soy y adónde pretendo llegar.

 

Estamos en camino...


Este itinerario será sin duda uno de los más complejos. Puede ser que hasta difíciles.

 

Porque, cuando buscamos la verdad dentro de nosotros mismos, estamos como ante un espejo que refleja no solo nuestra imagen física, sino todo lo que somos interiormente.

 

Y no siempre es fácil mirarnos y, sobre todo, aceptarnos.

 

¿Quién es plenamente bienaventurado?

 

Jesús habla de ocho bienaventuranzas, pero podrían ser quince, veinte; no importa el número, no se trata de una cifra concreta.

 

Es verdaderamente bienaventurado quien ve la vida como algo más.

 

Bienaventurado es quien no solo vive momentos de felicidad, sino que recorre su camino existencial con una paz interior tal que le permite dominar cualquier situación extrema.

 

Bienaventurados son aquellos que están iluminados por la fe en algo y, ante esa creencia, ante esa confianza, se entregan por completo.

 

Bienaventurado quien ha construido su casa sobre la roca: no importa lo que venga, vientos, tormentas, terremotos, huracanes... los cimientos de esa casa permanecen firmes.

 

Por el contrario, cuando edificamos nuestra estructura interior, forjamos nuestro ser guiados por la vanidad, la prisa, la prepotencia, la arrogancia, cuando creemos ser el centro del universo y nos coronamos señores de nosotros mismos, entonces nuestra casa está construida sobre la arena… al más mínimo soplo, somos como polvo levantado por el viento.

 

Para ser felices basta con escuchar y poner en práctica la palabra de Jesús.

 

Jesús afirma que bienaventurados son los que viven en la pobreza, el dolor, la mansedumbre, los que tienen sed de justicia, los que son misericordiosos, los que buscan la paz, los que son puros de corazón y los que son perseguidos por causa del Reino de Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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