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domingo, 5 de abril de 2026

Una Iglesia que vuelve a Galilea… para resucitar.

Una Iglesia que vuelve a Galilea… para resucitar

Ocurre poco a poco, casi sin hacer ruido. No hay un momento concreto en el que el futuro deje de ser un horizonte y se convierta en una sombra, algo que solo se percibe con dificultad. 


Las diócesis siguen moviéndose con sus planes, las Iglesias abren para sus oficios, los proyectos pastorales se suceden, suenan las convocatorias de asambleas y reuniones,…, pero bajo la superficie se percibe un cansancio que no quiere revelar su nombre.

 

Es como si hubiéramos perdido la capacidad de imaginar lo que vendrá, y entonces nos refugiamos en lo que ya ha sido y en lo que tenemos entre manos, incluso cuando nunca nada de eso nos ha protegido de verdad.

 

El pasado de lo de siempre se ha hecho así o del más de lo mismo se convierte en un refugio imaginario, un lugar donde todo parece más sencillo, más claro, más nuestro. No importa si no es cierto: lo necesitamos. 


Lo necesitamos para no enfrentarnos a la sensación de que nos ha dejado atrás un mundo que corre sin esperar a nadie. Lo necesitamos para no admitir que hemos dejado de creer que el mañana nos concierne más que el pasado que queda ya a nuestras espaldas.

 

Y cuando una Iglesia deja de imaginar, empieza a temer. El miedo se convierte en un hábito, y el hábito se convierte en identidad. Y así el futuro se convierte en un intruso, alguien que llega sin ser invitado y pretende mover los muebles.

 

Mientras tanto, en otros lugares, la vida sigue inventando. Crece, se arriesga, se equivoca, vuelve a empezar. En otros lugares, el futuro sigue siendo un lugar por construir.


En la Iglesia, en cambio, se ha convertido en un antagonista. Lo tratamos como a un ladrón, como a alguien que quiere quitarnos algo. Pero el futuro no roba nada. Somos nosotros los que hemos dejado de ofrecerle algo.

 

Hemos dejado de construir, de imaginar, de cuidar. De soñar. Hemos dejado que el miedo se sentara en el centro de la habitación y decidiera por todos.

 

Y cuando el miedo decide, la gente se divide. Hay quienes se van, quienes se retiran, quienes protestan, quienes se quedan por inercia. Cada uno busca una vía de escape, una forma de no sentirse aplastado. Algunos eligen la salida, otros la voz cantante, otros una lealtad cansada, hecha más de resignación que de convicción.

 

Es la señal de que algo se ha resquebrajado. De que la comunidad ya no se sostiene. De que el futuro ya no es un bien sino algo de los que hay que defenderse porque se le teme.


Sin embargo, bajo esta superficie, uno quiere creer que hay otra historia que sigue moviéndose. Una historia hecha de pequeños gestos, de inventos cotidianos, de personas que, sin proclamas, reinventan la vida de la comunidad cristiana desde abajo. 


Son las tácticas de quienes no tienen poder, pero tienen imaginación. De quienes no pueden cambiar las estructuras, pero pueden cambiar la forma de habitarlas. De quienes no esperan permiso del canon. Es ahí donde el futuro sigue respirando, incluso cuando todo parece estar parado.

 

Y luego hay algo aún más profundo, algo que no se ve pero se siente. Es la conciencia de que no existimos solos, de que no somos individuos aislados que intentan salvarse uno a uno. Siempre estamos ya dentro de un vínculo, dentro de un estar-con que no hemos elegido pero que nos constituye.

 

Nuestra vulnerabilidad no es un defecto que ocultar, es la prueba de que estamos hechos para estar juntos. No como fusión, no como identidad cerrada, sino como exposición recíproca. Como posibilidad de tocarnos sin poseernos. Como promesa que no se puede garantizar, pero que se puede mantener.


Es desde aquí que puede reiniciarse el futuro. No desde un gran plan (programa, proyecto…), no desde un nuevo mito, no desde la enésima promesa de renacimiento. Sino desde un gesto de cercanía. Desde una forma diferente de estar juntos. De una comunidad que no se define por lo que excluye, sino por lo que expone: su propia finitud, su propia fragilidad, su propia capacidad de cuidar. El futuro no es un premio, es un pacto. Y un pacto solo se renueva si alguien tiene el valor de tenderle la mano.

 

El futuro no está en contra de nosotros. Solo está esperando a que volvamos a ponernos en marcha. A que volvamos a merecerlo. Que dejemos de pedirle garantías y volvamos a ofrecerle posibilidades. Que recordemos que no existe un «yo» que se salve por sí solo, y que el «nosotros» no es un lujo, sino la condición mínima para respirar. No hace falta valor, hace falta cuidado. No hace falta nostalgia, hace falta responsabilidad. No hace falta un héroe, hace falta una comunidad que no tenga miedo de mirarse al espejo y decir: volvamos a empezar.

 

Y empecemos de verdad. No con una proclama, sino con la presencia. No con un programa, sino con una forma de estar. No con la promesa de volver a lo que éramos, sino con la voluntad de convertirnos en lo que aún no hemos sido. Porque el futuro no es un destino, es un encuentro. Y un encuentro solo ocurre cuando alguien se expone lo suficiente como para dejarse encontrar.

 

Se trata de volver a Galilea, allí donde comenzó todo, para que la Iglesia se encuentre con el Resucitado y resucite (cf. Marcos 16, 1-7)


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 26 de noviembre de 2025

Pensar sinodalmente en procesos de reforma eclesial.

Pensar sinodalmente en procesos de reforma eclesial 

Mi reflexión trata de ser muy concreta. Y ciertamente es muy limitada. Y ya lo adelanto desde el comienzo: el reto es facilitar y acompañar procesos de reforma en el marco específico de una Iglesia sinodal. 

Dicho con otras palabras, yo no entro en la cuestión de la conveniencia de llevar a cabo una reforma de nuestro sistema eclesial parroquial, diocesano,... Eso lo doy ya por supuesto. 

Lo que centra mi reflexión es el «cómo» poner en marcha y acompañar procesos de reforma de nuestro sistema eclesial

Y entiendo que mi reflexión tiene que ver con un dinamismo muy particular de la fe cristiana. Me refiero a la conversión. Pero, a lo mejor, se trata de cambiar nuestra forma de cambiar. 

Antes de continuar tu lectura, por favor, dedica un minuto a pensar en esta pregunta: ¿Qué significa «reformar»? 

¿Qué significa «reformar»? 

El magisterio eclesial reciente nos ofrece una luz que, en mi opinión, es muy importante (yo diría incluso que es fundamental) sobre el concepto de reforma: esta constituye el proceso a través del cual la Iglesia busca la fidelidad a su propia vocación. 

Así se expresaba el Papa Francisco, refiriéndose al Concilio Vaticano II, en Evangelii Gaudium: 

«Hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar el dinamismo evangelizador; del mismo modo, las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga. Sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin la «fidelidad de la Iglesia a su propia vocación», cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo» (EG 26). 

La reforma es una cuestión de fidelidad eclesial a su propia vocación. Pero ¿qué significa reformar? ¿Qué implicaciones pastorales conlleva un proceso de reforma? 

Seguramente el concepto de reforma en la Iglesia se ha cargado con el tiempo de ambigüedad. A lo largo de la historia de la Iglesia se han adoptado diferentes interpretaciones. 

Pensemos, por ejemplo, en la diversidad de enfoques de la reforma aplicados en la época moderna y, en particular, en el cruce de caminos de la llamada reforma y contrarreforma. 

Reformar la Iglesia ha significado en algunos casos buscar un retorno a la forma eclesial original. En otros casos, la reforma ha tratado de hacer explícitos elementos que hasta entonces eran implícitos. 

Algunos consideran oportuno hablar solo de reforma «en» la Iglesia. Otros, teniendo en cuenta la conciencia histórica hoy cambiada, consideran adecuado hablar de reforma «de» la Iglesia. 

El Cardenal Joseph Ratzinger entendía la reforma como una «ablatio», de forma análoga a la intuición madurada por Miguel Ángel, que concebía el trabajo del artista como una liberación de la forma implícita del material en bruto, un sacarla a la luz: «quitar, para que se haga visible la noble forma, el rostro de la Esposa y, con él, también el rostro del Esposo mismo, el Señor vivo». 

Un teólogo como Michael Seewald concibe el concepto de reforma hoy en día como «renegociar la frontera entre lo real y lo posible», identificando luego algunas modalidades concretas de aplicación de esta perspectiva. 

Lo que me parece importante ahora es captar la connotación de «complejidad» como atributo peculiar de los procesos de reforma eclesial. 

Reformar las estructuras eclesiales es una acción compleja y, como tal, no es una «acción que se puede gestionar», sino un «proceso que se debe habitar». 

Este enfoque puede ser útil para adoptar una perspectiva que evite la idea que entiende la reforma como un paso eclesial que parte de una situación para llegar gradualmente, de forma lineal, a otra. 

Yo no creo en los procesos lineales. El proceso de la fe de los discípulos de Jesús, desde su vocación inicial hasta el envío misionero después de su resurrección, fue todo… menos lineal. No digamos la historia de la Iglesia. 

Yo creo que nos debe interesar otro enfoque, que privilegia el cambio paradigmático, es decir, que favorece la adopción por parte de las personas y las comunidades de otra forma de pensar y de actuar. 

En esta perspectiva, acompañar y facilitar los procesos de una reforma eclesial, mediante la puesta en marcha de procesos pastorales transformadores, significa ayudar a las Iglesias a habitar este cambio de época —y, en particular, a habitar la complejidad que lo caracteriza— con un nuevo paradigma, es decir, con un enfoque, una mirada, una postura, …, diferentes. 

Me explico. 

Si asumimos una perspectiva de la reforma como un proceso de habitar una realidad compleja, no podemos pensar en gestionar estos procesos de manera rígida, con un enfoque clásico de proyecto lineal. 

Por el contrario, es necesario favorecer la adopción de una nueva mirada —una conversión paradigmática— capaz de conducir a una mayor fidelidad a la vocación eclesial actual. 

Este enfoque requiere salir de las categorías de lo correcto/incorrecto, relacionadas en algunos enfoques con la búsqueda de un resultado, para entrar seriamente en el marco del discernimiento que se mueve en el plano de la oportunidad, es decir, de la búsqueda de lo mejor aquí y ahora, escuchando lo que el Espíritu dice a las Iglesias. 

En otras palabras, se trata de asumir ese rasgo particular del estilo de la Iglesia sinodal descrito puntualmente en el Instrumentum Laboris para la primera sesión de la Asamblea del Camino Sinodal: la Iglesia sinodal es una Iglesia capaz de habitar las tensiones sin ser aplastada por ellas, con una sana inquietud por lo incompleto (cf. Instrumentum Laboris de la Asamblea Sinodal 2023). 

Este enfoque caracteriza una forma de proceder en las reformas «procesuales» e imprime a los procesos de reforma un carácter sistémico transformador, que no busca en primer lugar un resultado a nivel de cambio —resolver un problema—, sino que dispone a las personas y a las comunidades a entrar en nuevos espacios de aprendizaje suscitando nuevas preguntas. 

Ante de continuar, quiero detenerme un momento en el concepto de «tensión». 

La realidad compleja está llena de tensiones. Son situaciones en las que se manifiesta con especial fuerza una contraposición entre dos «polaridades» determinadas (no necesariamente contradictorias). 

Por ejemplo, en algunos contexto y temas eclesiales suele ocurrir que las polaridades se abordan con un enfoque de resolución de problemas, out-out: «o… o…». 

Un enfoque procesual, en cambio, no considera necesariamente contradictorias algunas polaridades, sino que las entiende como diferentes y correlacionadas. Entre estos dos elementos existe una tensión que debe ser habitada, buscando en ella nuevas perspectivas de desarrollo y haciendo surgir nuevas preguntas. 

En la compleja realidad, caracterizada por tensiones, reformar significa favorecer un nuevo posicionamiento del centro de gravedad eclesial, invirtiendo mayor atención y energía en aquella polaridad que parezca sinodalmente más oportuna, sin descuidar la otra. 

A nivel pastoral, cuando se privilegia la inversión en la polaridad adecuada para el contexto, la otra polaridad se purifica y este dinamismo de cambio genera energía para el sistema y lo regenera desde dentro. 

El Camino Sinodal pretende ser un itinerario intensivo de ejercicios que, más allá de los resultados, ayuden al cuerpo eclesial (diocesano, parroquial, …) a disolver contracturas y recalibrar tensiones. Es un trabajo siempre inconcluso - ecclesia est semper reformada -, pero lo importante es siempre iniciarlo y continuarlo con discernimiento y decisión. 

Al hablar de la reforma hay que aclarar que la Tradición no es una simple repetición o fidelidad al pasado, sino continuidad según una dinámica de desarrollo evolutivo - no siempre lineal -. 

De ahí la importancia de reinterpretar la Tradición eclesial para favorecer un dinamismo generativo que hunda sus raíces en los fundamentos vitales de la experiencia cristiana. Me refiero aquí al principio de «originalidad», que exige una fidelidad vital a los propios orígenes identitarios. 

Voy a poner un ejemplo. 

Cuando nos enfrentamos a procesos de fusión en una Diócesis o unidades pastorales, o cuando se produce la necesidad de reorganizar las parroquias, solemos encontrar las siguientes consideraciones: 

·      hacer juntos lo que ya no podemos hacer solos,

·      aumentar la colaboración en algunas acciones pastorales en las que somos débiles,

·      unificar las propuestas para aumentar los números que, de otro modo, serían escasos,

·       

Son consideraciones legítimas. Pero son consideraciones pensadas desde una lógica de «reducción de costes»: de este modo no se genera «renovación», sino que se refuerza la estructura eclesial anterior dentro de una dinámica negociadora. 

Si, en cambio, adoptamos otra mirada, no se trata de gestionar mejor lo que hoy ya no podemos administrar, ni de estar más presentes donde ya estamos ausentes. Tampoco se trata de invertir mejor nuestros recursos. No se trataría de optimizar costes, sino de aumentar valor: es decir de generar un «más» de vida. 

Por eso es importante ayudar a las personas y a las comunidades a no iniciar procesos de reforma orientados a resolver problemas o dar respuestas a necesidades. 

¡La conversión no puede nacer de una necesidad, sino que es generada por un sueño! 

Por eso, el primer acto de conciencia es reconocer el «sueño misionero» de Dios sobre la realidad que evalúa la oportunidad de una reforma. Esta atención se recuerda en Evangelii Gaudium en relación con los organismos de participación, recordando que estos no están orientados principalmente a la organización eclesial, sino a delinear el sueño misionero (cf. EG, 31). 

¡Atención! 

La reforma no puede surgir de un análisis de la realidad, ni de una exhortación, ni de un acto declarativo, ni siquiera si estos elementos se insertan en el marco de una carta pastoral, de un documento eclesial, de un proyecto parroquial, de... 

La reforma surge del impulso que se genera a partir de una experiencia de discernimiento orientada a identificar y compartir un «sueño misionero», que en esencia hace comunicable la vocación que Dios dirige a esa realidad determinada hoy. 

Ir hacia una «tierra extranjera o a los cruces de los caminos o a las periferias», como pide el Camino Sinodal y como es propio de la experiencia de reforma, parte de una «promesa» —el sueño misionero— que se revela en la escucha corresponsable del Espíritu. 

El discernimiento del sueño, en escucha del «deseo de Dios», tiene como sujeto al «Pueblo de Dios» en un contexto eclesial determinado, que en el discernimiento hace progresivamente evidente y comunicable un horizonte de sentido. 

Hay quien dice que tiene que pasar una generación completa para que se produzca una verdadera reforma. El período de tiempo más comúnmente citado para un cambio de generación suele ser de 20 a 30 años. 

En todo caso, y esto es importante, para llevar a cabo una reforma es necesario probar el pensamiento a lo largo del tiempo para que dé sus frutos. 

Es otra manera de recordarnos aquello que Evangelii Gaudium ya decía: «el tiempo es superior al espacio», según la cual hoy es necesario iniciar procesos, es decir, «privilegiar acciones que generen nuevos dinamismos» (EG 223). 

Quiero salir al paso de un malentendido que suele ser frecuente: creer que «proyecto» y «proceso» son sinónimos. Y es necesario distinguirlos. 

Me explico. 

Cuando planificamos estamos lanzando una idea sobre la realidad. En cambio, «proceso» no es lanzar hacia adelante, sino avanzar. Iniciar un proceso y reconectarse con la realidad para purificar la idea. 

El proceso nace del compartir un «sueño», es decir, de una visión que se materializará con el tiempo y no de una necesidad. 

El proceso no invierte muchos recursos en la «detección», sino que se dispone a acoger una «revelación» a través de la práctica del discernimiento en común. 

En el proceso no se persiguen principalmente objetivos, sino que se reconocen prioridades: se procede buscando y reconociendo de forma progresiva lo que es importante y en sinergia con la visión que va emergiendo. 

Mientras un proyecto opera generalmente a corto y medio plazo, porque en un tiempo predeterminado espera los resultados previstos en la fase analítica inicial, un proceso, en cambio, opera a largo plazo y no trabaja en términos de eficiencia, sino de eficacia. 

En el proceso, la comprensión se produce a través de la acción - pensamiento en acción -, ya que su finalidad es el aprendizaje de lo nuevo que se revela y no el resultado. 

El proyecto suele constituir una modalidad adecuada para una buena gestión de las actividades, pero no es capaz de funcionar eficazmente en una perspectiva transformadora o reformadora. 

El proceso es un enfoque sistémico y no lineal que, cuando se asume en el contexto eclesial, facilita la revelación de la naturaleza más profunda del dinamismo de conversión que es espiritual y hace emerger un plus de vida necesario para avanzar hacia una mayor fidelidad a la propia vocación. 

En la reforma no se debe partir de una imagen abstracta de la Iglesia, sino tener en cuenta la realidad concreta del cuerpo eclesial (Diócesis, parroquia, …). De hecho, no debe tratar de introducir algo nuevo en la experiencia eclesial, sino favorecer su regeneración. 

Seguramente en esto se vislumbra un principio muy querido por la teología pastoral, el de la encarnación. En Evangelii Gaudium se evoca a través de la tensión: la realidad es más importante que la idea (EG 231). 

En un proceso se trata de acompaña a las personas a salir de un contexto pastoral conocido hacia una experiencia nueva y en discontinuidad con el presente, en la que los puntos de referencia anteriores ya no son válidos. 

Esto ayuda a repensar lenguajes, gestos, símbolos y, mientras se produce la experiencia, cambia la realidad, el pensamiento y el corazón: es una acción pascual de muerte y resurrección, que presupone la conciencia de que solo haciendo «cosas nuevas» pueden transfigurarse nuestros pensamientos. 

Al compartir pasos «más allá», al poner en práctica signos nuevos, formas nuevas, ... se produce una apertura natural a la novedad que se revela. El camino del cambio no se explica de antemano, solo se puede recorrer. 

El impulso espiritual del sueño misionero madurado en el discernimiento no es suficiente para mover una dinámica de conversión eficaz: de hecho, también podría resultar una declaración estéril. 

Para evitarlo, el «sueño misionero» debe injertarse de inmediato en las prácticas de la realidad eclesial en conversión, mediante la definición y la aplicación de «puntos de ruptura sistémicos», es decir, de elecciones concretas que cambien el marco de la acción pastoral y no permitan seguir actuando según las anteriores categorías. 

Así se inicia una experimentación. 

No se trata simplemente de una prueba empírica, sino de una experiencia de aprendizaje que nace de un impulso espiritual —el sueño misionero— y que es acompañada y releída, activando nuevas narrativas. 

La práctica experimental evita el riesgo inherente de un discernimiento que se cierra inmóvil sobre sí mismo y se convierte ella misma en un lugar efectivo de discernimiento dinámico. 

Es importante que la experimentación comience y termine después de un tiempo adecuado. Además, es importante documentar los aprendizajes que surgen de ella y hacer que le siga una fase de consolidación. 

Iniciar y acompañar procesos de reforma exige a una realidad eclesial entrar en una situación des-estructurante que implica permanecer en un estado de crisis. 

Esto puede requerir la facilitación del proceso por parte de figuras expertas, pero sobre todo debe ir acompañado desde dentro. 

Y para ello se necesitan figuras que se dediquen exclusivamente al cuidado del proceso de reforma, que formen parte de la realidad en conversión. 

Los procesos deben ser acompañados por figuras de custodia: el sentido de esta expresión está ligado a la conciencia de que, después de encender el «fuego» del sueño misionero, este, como cualquier fuego, se apaga si no se cuida. 

Los «guardianes del fuego», indispensables para el éxito de un proceso de reforma, ejercen un «ministerio de unión» (cf. Ef 4,16; Col 2,19), es decir, no son un organismo pastoral consultivo o funcional, sino que favorecen principalmente un «cambio en el conjunto» de la realidad en conversión, ayudando a las personas y a las comunidades a vivir las tensiones. 

Los «guardianes» ejercen principalmente tres funciones: 

·      custodian el sentido del proceso, en primer lugar con la oración, sobre todo cuando el sueño misionero corre el riesgo de apagarse ante las dificultades; 

·      custodian la comunión entre los diferentes sujetos de la comunidad, ya que —al ser la fase de experimentación una fase de desestructuración que eleva el nivel de tensión y los conflictos— en el proceso se necesita un continuo retejido de las relaciones; 

·      custodian el proceso mismo, coordinando algunos pasos y acompañando su desarrollo. 

Una atención práctica que favorece un posicionamiento adecuado ante la tensión actual es el uso del «mandato eclesial». 

De hecho, solo unos pocos «exploradores» deben emprender la experiencia experimental. Lo hacen por todas las comunidades, como se describe en el libro de los Números (Nm 13). Solo algunos exploradores entran primero en la tierra prometida reconociendo los frutos y las insidias. Y regresan para narrar al pueblo el resultado de su exploración. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 23 de octubre de 2025

No arruinar el presente por un pasado que no tiene futuro.

No arruinar el presente por un pasado que no tiene futuro

Soren Kierkegaard, al explorar la angustia relacionada con la libertad y la posibilidad, podría haber visto en esta frase una llamada a la necesidad de vivir plenamente el presente. Para él, la angustia nace de la conciencia de poder elegir y de tener que enfrentarse constantemente a la posibilidad y al infinito.

Para Soren Kierkegaard, darle vueltas al siempre nostálgico pasado sería una forma de huir de la propia libertad, un rechazo de la tarea existencial de convertirse en uno mismo en el presente, continuamente moldeado por las elecciones y las posibilidades.

Zhuangzi, uno de los filósofos taoístas más importantes, podría haber ofrecido una perspectiva que subraya la armonía con el flujo natural de la existencia, invitándonos a no quedarnos anclados en lo que ya ha pasado y no se puede cambiar. Para Zhuangzi, la vida está en constante cambio, y aferrarse a un pasado inmutable es como intentar detener el curso de un río con las manos.

En cambio, deberíamos aprender a «flotar» con las corrientes de la vida, aceptando el cambio y las transformaciones como partes integrantes de la existencia.

Esto no significa ignorar el pasado u olvidarlo, sino más bien verlo como un paso en el camino más amplio de nuestra vida, que nos guía a vivir el presente con mayor conciencia, apertura y capacidad de adaptación.

Esa frase que he puesto como título de mi reflexión me ha llevado a hacer una reflexión que podría resumir así: un futuro sin pasado vale más que un pasado sin futuro.

Es algo en lo que no siempre he creído… pero que se va abriendo paso en mí. Muchas veces lo compartí con éstas, y con otras palabras, con un misionero claretiano hermano y amigo que ha fallecido recientemente, Josu Mirena Alday, quien solía dedicar tiempo, esfuerzo y atención a estudiar el pasado.

Y, sin embargo, a veces el futuro sin pasado nos asusta y nos atrapa, 'obligándonos' a permanecer anclados a lo que siempre hemos hecho.

Incluso cuando sabemos que no tiene futuro. Incluso cuando sabemos que es un error.

Lo elegimos solo porque nos hace sentir más seguros. No nos dejamos guiar por lo que queremos hacer, sino por lo que sabemos hacer.

Sí, el futuro sin pasado es más arriesgado. Obvio. Hacer algo por primera vez. Aprender nuevas habilidades. Cambiar de trabajo. Arriesgarse a equivocarse o a hacer el ridículo. Es normal que dé miedo.

Pero la buena noticia es que hoy en día vivimos cada vez más en una sociedad que, tomando las palabras del cofundador de LinkedIn, Reid Hoffman, podríamos definir como «beta permanente», es decir, una sociedad de experimentación continua, donde el futuro no da demasiada importancia al pasado, sobre todo cuando este puede arruinar nuestro presente.

Blaise Pascal, como sutil observador del alma humana, escribía en sus Pensamientos: «Para que las pasiones no nos perjudiquen, deberíamos pensar que solo nos quedan ocho días de vida».

Con esta sorprendente indicación, la persona crea un escenario en el que el futuro influye en el presente, orientándolo hacia lo esencial de la vida del sujeto que se enfrenta a su inminente partida. Es decir, proyecta una perspectiva que se basa en un futuro limitado, de tal manera que influye en la persona para que, en los pocos días que le quedan, haga las cosas que realmente son más importantes para ella.

Este recurso filosófico revela el poder del futuro imaginado sobre nuestras acciones presentes, mostrando cómo nuestras expectativas son más influyentes que cualquier otra forma de sentir y pensar. De hecho, todos tememos lo que puede suceder, no lo que ya ha sucedido, e incluso cuando hemos vivido algo realmente traumático, lo que más tememos es que se repita.

En otras palabras, al contrario de lo que la psicología tradicional nos lleva a pensar con demasiada frecuencia, el pasado influye mucho menos en el presente que el futuro, porque es este último el que representa también la proyección de lo que ya nos ha hecho sufrir y que tememos que vuelva a suceder.

Dentro de esta complejidad irreductible del desarrollo temporal de nuestra existencia, hay un factor que la simplifica considerablemente: el pasado no se puede cambiar, como mucho se puede reelaborar, mientras que el presente y, sobre todo, el futuro se pueden modificar activamente.

Esto, que puede parecer obvio, marca la diferencia cuando nos ocupamos por ejemplo de la realización de objetivos importantes, ya que indica que hay que centrarse en lo que se puede cambiar y no en lo inmutable. Por lo tanto, cualquier intervención orientada a producir cambios debería centrarse en el presente y en el futuro.

Una vez asumida esta perspectiva, que puede parecer incluso trivial, pero que no lo es, hay que tener en cuenta que, en contra del sentido común y de una visión lineal de la causalidad, es el futuro el que influye en cómo se gestiona el presente. Es decir, son nuestras expectativas para el futuro las que determinan nuestras acciones en el presente.

La evolución del hombre a lo largo de los milenios, con el aumento creciente de su capacidad para manipular la realidad, ha incrementado exponencialmente su tendencia a «controlar» las cosas y los acontecimientos, haciendo que sus previsiones influyan constantemente en sus acciones presentes.

¿No tendremos que aprender a utilizar estratégicamente la fuerza del futuro para cambiar el presente, así como el poder de la imaginación para superar los límites de la razón? ¿No serán ciertas aquellas palabras de Benjamin Franklin, «la mejor manera de predecir el futuro es inventarlo»?

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 30 de agosto de 2025

Nuestra Iglesia, más allá del virus de la costumbre inercial.

Nuestra Iglesia, más allá del virus de la costumbre inercial

«El hombre no ama el cambio, porque cambiar significa mirar con sinceridad en lo más profundo de su alma, poniendo en tela de juicio a sí mismo y a su propia vida. Hay que ser valiente para hacerlo, tener grandes ideales. La mayoría de los hombres prefieren regodearse en la mediocridad, hacer del tiempo el estanque de su existencia» (Erasmo de Rotterdam).

 

Esto es precisamente lo que podría identificarse como el gusano más dañino no solo de la vida humana, sino también de la espiritual y pastoral: ser resistentes al cambio, aferrarse con uñas y dientes a los propios esquemas e ideas, defender con ahínco las costumbres y el «siempre se ha hecho así», estar más comprometidos con la conservación de lo poco seguro que tenemos entre nuestras manos que ser valientes aventureros de la novedad.

 

Si lo pensamos bien, es una de las mayores batallas de Jesús: el Reino de Dios, la novedad absoluta de una vida habitada por el amor de un Dios Padre está aquí entre vosotros, mientras vosotros bajáis la mirada solo hacia vosotros mismos, nadando en el mar tranquilo de vuestras tradiciones religiosas y reflejándoos en el narcisismo de vuestra buena observancia de normas, preceptos y abluciones. Aquí hay un Reino que quiere transformar el agua en vino e inaugurar espacios de vida para los pobres y los enfermos, mientras vosotros os preocupáis por la observancia del sábado y por las largas vestiduras con las que pasear por el patio del Templo.

 

Es aquí donde el poder del Evangelio encuentra su mayor resistencia: cuando, en lugar de entusiasmarme por una pesca milagrosa, prefiero quedarme en la orilla con mis pequeñas redes. Cuando, en lugar de cambiar y volar alto, prefiero una vida estancada, una pastoral repetitiva y una espiritualidad que se regodea en su propia mediocridad.


 

Hay una enfermedad del alma que paraliza más que cualquier error o pecado. El Papa Francisco la denunció a menudo, remitiéndose a una larga tradición espiritual que se remonta a los Padres de la Iglesia y que la llama acedia: un enemigo invisible, una niebla del alma, un estado de pesimismo interior, un estanque en el que nada se mueve, mientras nos quejamos de todo.

 

El Papa Francisco lo expresaba eficazmente: «Es un pecado neutro. Es decir, de quien no elige y no es ni blanco ni negro, de quien no se arriesga, no se cuestiona, no cambia, no lucha. Se queda quieto, juega a «lo que se puede» sin exagerar nunca: hay que cuidarse —afirma el Papa— del «peligro de caer en esta acedia, en este pecado «neutro»: el pecado de lo neutro es este, ni blanco ni negro, no se sabe lo que es. Y este es un pecado que el diablo puede utilizar para aniquilar nuestra vida espiritual y también nuestra vida como personas» (Homilía en Casa Santa Marta, 24 de marzo de 2020).


Este sutil enemigo de la vida y del alma puede llegar lentamente, de forma silenciosa y oculta, cuando, simplemente abrumados por los ritmos de la vida o asustados por los posibles cambios, elegimos o nos acomodamos en el camino de una comodidad fácil, acomodándonos tranquilamente en el sofá de nuestras pocas seguridades y cultivando nuestras pacíficas costumbres: sin preguntas, sin entusiasmo, sin pasión.

 

Entonces, la tibieza y la pereza toman la delantera. No nos alejamos del fuego del Evangelio, pero tampoco nos acercamos demasiado por miedo a que nos envuelva hasta bautizarnos como apóstoles del Reino. Henri de Lubac afirmaba: «La costumbre y la rutina tienen un increíble poder destructivo».

 

La pastoral eclesial sigue sufriendo una resistencia endémica y estructural al cambio. Frente a los posibles trastornos que nos ha podido provocar la sinodalidad, la cuestión se ha archivado apresuradamente como un incidente de camino —o , como un paréntesis— para poder volver a la ansiada normalidad del siempre se ha hecho así.

 

Y así, a pesar del riesgo real y previsto de hacer siempre lo mismo, y de la misma manera, quizá esperando que los resultados sean diferentes, se procede sin aprovechar el momento presente como tiempo y lugar de discernimiento para imaginar el futuro, sino, por el contrario, limitándose a prever la costumbre y organizar la rutina.


 

Volver a proponer la forma y los métodos pastorales de antes, las cosas a las que siempre hemos estado acostumbrados, puede ser para algunos —lo cual es comprensible— una respuesta para calmar la ansiedad ante una situación nueva que podría abrir escenarios inéditos-

 

Y, sin embargo, afirmaba Jorge Mario Bergoglio cuando aún era arzobispo de Buenos Aires, esta actitud revela que «el corazón no quiere problemas». Existe el temor de que Dios nos embarque en viajes que no podemos controlar... De este modo se madura una disposición fatalista: los horizontes se reducen a la medida de la propia desolación ante el presente y futuro pastorales o de la propia tranquilidad del ‘mejor no meneallo’ de Don Quijote a Sancho.

 

Esa frase, como sabemos, fue dirigida por Don Quijote a su escudero Sancho cuando éste, tras una copiosa cena, se vio necesitado de aliviarse y soltar el lastre que su vientre portaba. En general, el dicho se utiliza para referirse a determinados problemas, por ejemplo, pastorales respecto a los que, si bien se reconoce la necesidad de abordarlos, finalmente se renuncia a ello por considerar que hacerlo puede suponer abrir una caja de Pandora no deseada.

 

Y aquí, continuaba Jorge Mario Bergoglio, «ya hay un sutil proceso de corrupción: se llega a la mediocridad y a la tibieza... El alma llega entonces a conformarse con los productos que le ofrece el supermercado del consumismo religioso... La mundanidad espiritual como paganismo con ropajes eclesiásticos».

 

No es fácil y no hay soluciones fáciles. Pero hay una gran lección del Evangelio que la Iglesia hoy debe volver a escuchar: en el centro de la experiencia cristiana y del seguimiento de Jesús está la invitación a la conversión, es decir, al cambio. Se trata del descubrimiento de una nueva forma de ver, de un nuevo mundo de significados, de una nueva forma de vivir la vida y la fe.

 

El objetivo de la predicación de Jesús, de hecho, no es hacer que los hombres se sientan culpables ante Dios e indicarles cómo ser buenos y perfectos, sino suscitar una nueva forma de vivir la propia existencia. Él cuenta historias y realiza curaciones para indicar a cada uno de nosotros cómo nuestra vida podría ser diferente, nueva, transformada y despertada. Y le dice a Nicodemo y a cada uno de nosotros que el cambio es lo más difícil para el hombre, pero que si te dejas transformar, renaces de nuevo y recibes nuevos ojos.

 

¿Tenemos la posibilidad de experimentar nuevas formas de acceder a Dios y al Evangelio? ¿Podemos detener la costumbre mecánica de los ritos, las actividades y las devociones que hasta ahora han poblado nuestra pastoral, para pensar juntos, laicos, religiosos, ministros ordenados, nuevas iniciativas de anuncio y de experiencia de la fe? ¿Podemos al menos detenernos para preguntarnos cómo empezar de nuevo, en lugar de suprimir las preguntas y seguir como si nada pasara?

 

Precisamente en este momento nuestras Iglesias necesitan replantearse y empezar de nuevo, con un sobresalto evangélico: abandonar la nostalgia de las costumbres y correr el riesgo de cambiar.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 2 de julio de 2025

Algunos criterios pastorales para el presente y el futuro de la Iglesia de Navarra y del País Vasco.

Algunos criterios pastorales para el presente y el futuro de la Iglesia de Navarra y del País Vasco 

Siempre me han hecho reflexionar mucho lo que podríamos definir como las orientaciones pastorales de Jesús, contrarias a lo que cabría esperar según las expectativas religiosas de Israel... 

Jesús mismo, como judío practicante, parecía sentirse atraído una y otra vez por el encanto de la tierra que más representaba esas expectativas: Judea, y la ciudad que era su centro espiritual, político e ideal: Jerusalén. 

Nacido en Belén, la ciudad real de Judea, se encuentra viviendo con su familia en ese pueblo perdido entre las montañas de Galilea, en Nazaret. A los doce años —la edad de la emancipación de la autoridad familiar y de la primera experiencia directa de la voz del Padre que está en los cielos— se siente atraído por el Templo de Jerusalén, y, por lo tanto, parecía que ese era el lugar y la ciudad donde profundizar su relación con Dios y crecer en su vocación mesiánica... 

Pero el Padre lo envía de nuevo a Nazaret, en obediencia a esos tutores de la infancia —José y María— en comparación con los escribas, saduceos y fariseos más cualificados y sabios de Jerusalén. Pero ¿qué tenía Galilea de tan especial para ser el contexto ideal donde el Mesías pudiera comprender mejor y crecer en su vocación? 

Isaías la había llamado Galilea de los paganos (8,23), y Mateo se hizo eco de ello (4,13-15); tierra fronteriza y de mestizaje social, religioso y político; una tierra donde incluso los judíos observantes tenían que aceptar la imposibilidad de observar la necesaria separación de los infieles, que también eran ciudadanos de esa tierra desde hacía siglos; y, por lo tanto, la necesidad de ir a la esencia de la vida religiosa, en lugar de prestar atención a los accesorios; la necesidad de ir... al corazón. Comprendo bien, entonces, la dura corrección que Nicodemo se ve obligado a sufrir: «¿Tú también eres de Galilea? Investiga y verás que de Galilea no sale ningún profeta» (Jn 7,52). 

Y además, por su bautismo y la revelación explícita de su identidad profunda («Tú eres mi hijo, el amado», Mc 1,11) y su vocación mesiánica, Jesús regresó a Judea, junto a Juan el Bautista. En el desierto de Judá vive su discernimiento más radical, programático para su misión y, por ello, muy delicado y expuesto a tentaciones igualmente radicales. 

Sin embargo, a partir de ese discernimiento cara a cara con el Padre, vuelve a aparecer Galilea como el primer y oportuno contexto del alegre anuncio (euangélion) del Reino de Dios. ¿Por qué no partir del centro de la fe de Israel: Jerusalén y su Templo? ¿Por qué llegar allí solo al final, al cumplimiento de todo, para luego partir de nuevo hacia Galilea (Mt 28,7.10)? ¿Por qué la periferia y la frontera étnica, política y religiosa serían un contexto más adecuado para la predicación del Reino? 

Es más, para que esta elección programática fuera más clara y evidente, Jesús eligió Cafarnaúm como su ciudad (Mt 4,13; 9,1) desde donde ir y venir. Situada en la orilla norte del mar de Galilea, Cafarnaúm estaba atravesada por la Via Maris, la gran vía de comunicación antigua que conectaba diferentes pueblos desde Damasco hasta Egipto. En la frontera entre el reino de Herodes Antipas y el de su hermano Felipe, en Cafarnaúm también se encontraba la aduana controlada por un destacamento romano, con su centurión. Ciudad fronteriza, frecuentada por gente de la frontera, esta pequeña ciudad es el primer contexto en el que Jesús, el galileo, encuentra obvio anunciar el Reino de Dios para todos, todos, cualquiera que sea el reino al que pertenezcan. 

Estas opciones de Jesús no responden tanto a una oportunidad geográfica o a una estrategia de supervivencia (en los márgenes se está menos controlado); no, son verdaderas orientaciones pastorales, que se hacen aún más claras por acontecimientos inesperados incluso para Jesús, reveladores de las verdaderas orientaciones pastorales del Padre mismo. 

De hecho, Jesús no podía esperar que el centurión de Cafarnaúm le pidiera ayuda por temor a perder a uno de sus siervos; un amo que se preocupa tanto por la salud y la vida de un esclavo no podía sino llamar su atención (cf. Mt 8,5-13). Es en estas situaciones donde Jesús pone en práctica actitudes —y palabras— que revelan claramente su visión y los medios para encarnarla. 

Acepta, sin preguntas, entrar en la casa de este pagano infringiendo estrictas normas religiosas; y, dada la atención y el escrúpulo que este manifiesta para protegerlo de las acusaciones de los jefes religiosos, Jesús reconoce con asombro la fe que el pagano tiene en él y, a través de él, en el Dios de Israel: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado a nadie con una fe tan grande! Ahora os digo que vendrán muchos del Oriente y del Occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos, mientras que los hijos del reino serán echados fuera». 

No hay duda, pues, de que el horizonte de Jesús y del Reino es el mundo entero, todos los pueblos, sin pedirles que abandonen sus pertenencias culturales, sino simplemente que crean en el poder y en el amor del Padre. Por no hablar de la cananea (Mt 15,21-28): ¡qué encuentro tan inesperado para Jesús! Si aún tuviera alguna perspectiva religiosa de tipo nacionalista («No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel»), ante la profesión de fe de aquella mujer pagana, Jesús tuvo que reconsiderarse de nuevo y cambiar de perspectiva («Mujer, grande es tu fe. Que se haga contigo como deseas»). En ella, Jesús reconoce el reflejo del corazón del Padre, que ama a todos sus hijos, cualquiera que sea su pueblo; lo que el Padre anhela con afecto visceral —como aquella mujer por su hija— es la vida para todos ellos. 

A partir de estos pocos ejemplos evangélicos —entre los muchos, muchísimos del mismo tipo (Zaqueo, la adúltera, la samaritana, el samaritano, el centurión en el Gólgota y tantos otros)— podríamos preguntarnos: ¿es así como Jesús se acerca a los «alejados»? ¿Quiénes son para Jesús los «cercanos»? ¿Son sus discípulos, con los ojos y los oídos cerrados (Mc 8,18), que lo negarán y traicionarán? ¿O son los líderes religiosos que lo condenan a muerte, o que dejan morir al moribundo en el camino de Jerusalén a Jericó (cf. Lc 10,29-38)? ¿Cuál es el criterio de «cercanía» y «lejanía», de «pertenencia» y «proximidad» para Jesús? 

Entendemos, entonces, que si el horizonte es el Reino y el criterio es el amor de Dios, muchos de nuestros criterios pastorales saltan por los aires o, mejor dicho, ya no encuentran un fundamento claro. 

La «frontera» como criterio pastoral 

El Papa Francisco, sobre todo en Evangelii gaudium, hablaba de «Iglesia en salida», «periferias existenciales». Yo utilizo a menudo la categoría de «frontera», «espiritualidad de las fronteras». 

De la experiencia de Jesús y de los Apóstoles en sus primeras actividades pastorales, narradas en el libro de los Hechos, se desprende claramente que la periferia, la frontera, los límites no son opciones pastorales entre otras posibles, sino categorías que describen la esencia de la Iglesia; son criterios para definir qué es la Iglesia de Cristo y qué no lo es. 

Sabemos bien, a partir de nuestras presencias eclesiales pastorales - centros educativos, centros sanitarios, parroquias, …-, que la «frontera» es en realidad una línea que atraviesa y caracteriza toda la realidad pastoral. 

En nuestros grupos eclesiales, en los consejos pastorales, entre los responsables de los servicios y ministerios eclesiales, en las asociaciones y movimientos, en…, cada uno de nosotros vive situaciones, relaciones, contactos, servicios y actividades que tocan directa e indirectamente situaciones que definiríamos de «frontera» y «marginalidad eclesial». 

Tomemos, por ejemplo, los niños y jóvenes que asisten a la catequesis sacramental en nuestras parroquias (¿qué hay más ordinario que esto?); o los niños y jóvenes que frecuentan nuestros grupos parroquiales: ¿hay entre ellos algunos que pertenecen a familias procedentes de países extracomunitarios con tradiciones culturales o incluso religiosas diferentes? ¿O otros que manifiestan identidades afectivas y sexuales no mayoritarias? ¿Y cuántos de ellos tienen padres en situaciones conyugales que aún hoy llamaríamos «regulares» (una madre y un padre, unidos por un matrimonio sacramental, bajo el mismo techo)? ¿Y nuestros catequistas, animadores parroquiales, educadores y responsables son todos heterosexuales? Y si no lo son, ¿pueden compartir libremente su identidad «de frontera»? ¿Las relaciones conyugales de nuestros agentes pastorales son todas matrimonios sacramentales? ¿O son convivencias, segundas uniones tras un divorcio o uniones civiles? ¿Cuántos están separados? 

Y lo mismo, entre los miembros de nuestros consejos pastorales, en nuestros encuentros formativos o bíblicos, en nuestras asambleas eucarísticas dominicales, ¿hay personas procedentes de otros países, de otras tradiciones culturales y, por qué no, de otras tradiciones religiosas cristianas? En estas asambleas, ¿cuál es el porcentaje de parejas «regulares» según las normas morales de la Iglesia católica, que, entre otras cosas, pide a los novios que no mantengan relaciones prematrimoniales y a los casados que no utilicen «anticonceptivos»? ¿Y estamos seguros de que todos los hijos de nuestras parejas heterosexuales no han venido al mundo mediante fecundación heteróloga (o incluso mediante gestación subrogada)? 

Cuando celebramos la «fiesta de la familia» en las misas dominicales con diversas iniciativas, ¿tenemos en cuenta que la mayoría de los asistentes no están en condiciones de celebrar de la misma manera? Sin embargo, todos participan y se sienten parte de la comunidad cristiana, sin duda (a menos que algún celoso les indique la puerta o la barra de la aduana, por decirlo con palabras del difunto Papa Francisco). 

Y estos son solo algunos ejemplos mínimos, porque sabemos bien que la realidad siempre supera a la fantasía, «la realidad supera a la idea», dice Evangelii gaudium. Por eso, cuando hablamos de «cercanos» o «lejanos», ¿de qué o de quién estamos hablando? 

La frontera y el límite ya atraviesan nuestras comunidades, nuestras familias, todas nuestras realidades eclesiales; y con el ejemplo de Jesús y de las primeras comunidades cristianas, la diferencia entre quien pertenece o no a la Iglesia no la marca la observancia de una norma, sino la voluntad de acoger, implicarse e integrarse al modo del amor de Dios. También por esto la Iglesia es «católica». 

Desde este punto de vista, las dos Exhortaciones Apostólicas más importantes del pontificado del Papa Francisco, Evangelii gaudium y Amoris laetitia, fueron muy claras: 

1.- «Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: la exclusión y la integración. El camino de la Iglesia, desde el Concilio de Jerusalén, es siempre el de Jesús: el de la misericordia y la integración […] Por lo tanto, hay que evitar los juicios que no tienen en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos a la manera en que las personas viven y sufren a causa de su condición» (AL 296). 

2.- «Se trata de integrar a todos, hay que ayudar a cada uno a encontrar su manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia “inmerecida, incondicional y gratuita”. Nadie puede ser condenado para siempre, ¡porque esta no es la lógica del Evangelio! No me refiero solo a los divorciados que viven una nueva unión, sino a todos, en cualquier situación en que se encuentren» (AL 297). 

La «jerarquía de las verdades» 

En relación con Evangelii gaudium, considero importante recordar la insistencia del entonces Papa Francisco en la «jerarquía de las verdades», que él presenta como un criterio pastoral fundamental. En 2013, cuando se publicó esta Exhortación Apostólica, no estábamos acostumbrados en nuestro lenguaje eclesial común a escuchar la expresión «jerarquía de las verdades». Estábamos más acostumbrados a la expresión «valores no negociables», que, en pocas palabras, se refería a aquellos valores relacionados con la bioética, la moral sexual y familiar que la cultura posmoderna parecía desconocer. 

Sin embargo, con Evangelii gaudium hemos redescubierto que la «jerarquía de las verdades» es, en realidad, una expresión del Concilio Vaticano II. Citando el Decreto conciliar Unitatis redintegratio 11, EG 36 recuerda que: «existe un orden, o más bien una “jerarquía” de las verdades en la doctrina católica, ya que su relación con el fundamento de la fe cristiana es diferente». Citando a Santo Tomás de Aquino, EG 37 encuentra este fundamento en «la fe que se hace activa por medio de la caridad», y añade: «La misericordia es en sí misma la mayor de las virtudes». Por lo tanto, ¡una verdad tan antigua que resulta nueva en 2013! Cito a continuación: 

1.- el n. 38 de EG, que nos hace comprender la nueva/antigua perspectiva que el Papa Francisco quería explicitar en la conciencia eclesial: «Es importante sacar las consecuencias pastorales de la enseñanza conciliar, que recoge una antigua convicción de la Iglesia. En primer lugar, hay que decir que en el anuncio del Evangelio es necesario que haya una proporción adecuada. Esta se reconoce en la frecuencia con la que se mencionan algunos temas y en los acentos que se ponen en la predicación. Por ejemplo, si un párroco durante un año litúrgico habla diez veces sobre la templanza y solo dos o tres veces sobre la caridad o la justicia, se produce una desproporción, por la cual quedan oscurecidas precisamente aquellas virtudes que deberían estar más presentes en la predicación y en la catequesis. Lo mismo ocurre cuando se habla más de la ley que de la gracia, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa que de la palabra de Dios». 

2.- Y el n. 39: «Cuando la predicación es fiel al Evangelio, se manifiesta con claridad la centralidad de algunas verdades y queda claro que la predicación moral cristiana no es una ética estoica, es más que una ascética, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores. El Evangelio invita ante todo a responder al Dios que nos ama y nos salva, reconociéndolo en los demás y saliendo de nosotros mismos para buscar el bien de todos. ¡Esta invitación no debe oscurecerse en ninguna circunstancia!». 

El «bien posible» 

Hay otro punto que me parece oportuno recordar como criterio fundamental de discernimiento pastoral recogido en Evangelii gaudium, que permite que el más general y objetivo de la «jerarquía de las verdades» se encarne adecuadamente en la existencia concreta de cada persona, en la singularidad de su propia experiencia; y así llevar a sus últimas consecuencias la opción de hacer del amor de Dios el criterio original y radical de toda elección eclesial y pastoral. Me refiero al criterio del «bien posible»: 

1.- «Por eso, sin rebajar el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. […] Un pequeño paso, en medio de grandes limitaciones humanas, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien pasa sus días sin enfrentarse a dificultades importantes. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y de sus caídas» (44). 

2.- «[…] Vemos así que el compromiso evangelizador se mueve entre los límites del lenguaje y de las circunstancias. Busca siempre comunicar mejor la verdad del Evangelio en un contexto determinado, sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz que puede aportar cuando la perfección no es posible. Un corazón misionero es consciente de estos límites y se hace «débil con los débiles […] todo para todos» (1 Cor 9,22). Nunca se cierra, nunca se repliega sobre sus propias seguridades, nunca opta por la rigidez autodefensiva. Sabe que él mismo debe crecer en la comprensión del Evangelio y en el discernimiento de los caminos del Espíritu, y por eso no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de ensuciarse con el barro del camino» (45). 

3.- «A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos refugios personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo del drama humano, para que aceptemos verdaderamente entrar en contacto con la existencia concreta de los demás y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo» (270). 

A lo que se hace eco Amoris laetitia: 

1.- «[…] Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a ninguna confusión. Pero creo sinceramente que Jesús quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, en el mismo momento en que expresa claramente su enseñanza objetiva, «no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino» (EG 45). Los pastores que proponen a los fieles el ideal pleno del Evangelio y la doctrina de la Iglesia deben ayudarles también a asumir la lógica de la compasión hacia las personas frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros e impacientes. El mismo Evangelio nos exige no juzgar ni condenar» (308). 

La frontera como pastoral 

Creo que ésta puede ser una formulación incluso gráfica de la realidad pastoral de la Iglesia en Navarra y en el País Vasco en este siglo XXI:  la frontera como pastoral. 

Entendiendo que la categoría de «frontera» indica la naturaleza misma de la pastoral: estar «en la frontera» al igual que la primera comunidad de los Hechos de los Apóstoles, que se encontraba ella misma «en la frontera» para las visiones religiosas de la época; y luego se encontró viviendo y trabajando de frontera en frontera, incluida Jerusalén, hasta los confines de la tierra. 

Pero la frontera no es solo la esencia de la pastoral, sino también su «método», su criterio. Como Galilea para Jesús: determinó estructuralmente su práctica pastoral, su relación con la Ley, con el Templo, con la práctica religiosa; todo, a partir de Galilea, tuvo una perspectiva completamente diferente. 

En la frontera se comprende inmediatamente lo que es esencial y lo que es accesorio (véase la «jerarquía de las verdades»). 

En la frontera no hay autopistas seguras, sino solo caminos de herradura y senderos abiertos por la experiencia personal de alguien (véase el «bien posible») que, si son útiles, también son recorridos por otros, bajo su propio riesgo y peligro. 

Por eso, la frontera es el lugar del discernimiento continuo, personal y comunitario, el lugar de la conciencia que traza los caminos oportunos aquí y ahora a partir de referencias universales: el sol (la experiencia del amor de Dios), las estrellas (los ejemplos de los padres y de la Iglesia), la brújula (el Evangelio), ¡y nada más! 

El discernimiento, por lo tanto, no es una moda eclesial moderna, sino el método de Jesús, el camino por el que, de época en época, se ha estructurado, desestructurado y reestructurado la Iglesia, y seguirá haciéndolo para ser instrumento, medio cada vez más útil para el reino de Dios. 

Acabo ya estimados Obispos de Navarra y del País Vasco. La experiencia de animación y gobierno en mi congregación misionera y religiosa también me ha ayudado a incorporar una clave: visitar y frecuentar el futuro para pensar el presente. Un futuro a imaginar y soñar.

Vosotros, Pastores de estas Iglesias, ayudadnos al resto del Pueblo de Dios a visitar, frecuentar y habitar en la frontera, como lugar y como método de pensar y de actuar el Reino de Dios, de encarnar y de vivir el Evangelio e incluso de discernir y de diseñar lo evangélicamente más urgente, oportuno y eficaz en el presente y en el futuro de estas Iglesias.    

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

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