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viernes, 10 de julio de 2026

Los Días de las Memorias.

Los Días de las Memorias 

Existe un arma que no hace ruido y, sin embargo, puede ser más letal que las bombas y las pistolas: es el silencio de quien ve y aparta la mirada. 

Los violentos lo saben bien; de hecho, prosperan allí donde la conciencia calla. 

Y para romper ese muro de silencio se suelen celebrar algunos Días de la Memoria y el Compromiso en recuerdo de las víctimas de la violencia. 

No solo para depositar flores sobre sus lápidas, sino sobre todo para plantar semillas fértiles en la conciencia colectiva. 

La memoria cívica es como un músculo del gran cuerpo de la sociedad: exige cuidados y ejercicio: si la descuidamos, se atrofia y la sociedad pierde vigor; si la entrenamos, se convierte en advertencia, acicate y energía que nos aleja de la inercia moral, nos mantiene alerta y nos hace capaces de oponernos al mal y transformar el presente. 

Recordar a las víctimas de la violencia es un acto de resistencia contra la creencia de que la violencia es inevitable, el asesinato algo normal y la ley del silencio una forma necesaria de prudencia. 

Cada vida truncada que no dejamos caer en el olvido se convierte en un antídoto, una chispa de conciencia contra esa indiferencia silenciosa, ese consenso pasivo y esa resignación que permiten a las mafias arraigarse y sobrevivir. 

Y hay que hablar. También para romper el silencio, para no permitir que el miedo o la costumbre de callar se conviertan en complicidad. Hablar, sí, para recordar que la indiferencia no se convierta en terreno fértil para la anomalía de la violencia y el olvido en protección para quienes la han ejercido. 

La memoria debe transformar el recuerdo en práctica, convertirse en una exhortación a la acción. Debe conducir a la conciencia de que ese pasado nos concierne, nos interpela, nos pide que pongamos de nuestra parte, exige nuestro valor. 

No, no el valor de los grandes actos de heroísmo, sino el de los gestos cotidianos, de las pequeñas decisiones, que nos llevan a rechazar un favor que huele a atajo, a denunciar una injusticia, a contrarrestar la lógica del «así lo hacen todos», a defender a quienes están más expuestos. 

El valor de cuestionar nuestros hábitos: cómo votamos, cómo hablamos, cómo nos relacionamos con los demás. Transformamos el recuerdo en un ejercicio de valor cada vez que resistimos la tentación del nihilismo práctico: cuando preferimos la responsabilidad a la indiferencia, la verdad al silencio, la transparencia a la ambigüedad, la legalidad a la conveniencia. 

El valor es contagioso: cuando alguien lo ejerce, otros encuentran la fuerza para practicarlo. Toda violencia se consolida gracias al aislamiento, pero cuando el valor deja de ser un gesto aislado y se transforma en un movimiento compartido, en reciprocidad y corresponsabilidad, el miedo se atenúa y la violencia comienza a perder terreno. 

Recordar a las víctimas de la violencia significa mirar al pasado para dar un nuevo rumbo al mañana. La memoria no solo conserva: orienta la acción futura. De este impulso proyectivo nace la esperanza de la que hablaba Ernst Bloch. 

La esperanza es energía transformadora. A diferencia del miedo, «no es una espera pasiva, no es resignación […] se expande, ensancha a los hombres en lugar de encogerlos, no permite conformarse con el mal presente» (Ernst Bloch, El principio de esperanza). 

Es apertura a lo nuevo, tensión hacia el cambio. La memoria y la esperanza resultan así aliadas en el mismo camino de lucha contra la violencia: la primera mantiene vivo lo que ha sucedido, la segunda abre el horizonte de lo que se puede construir. 

La idea de la justicia como bien común, de la legalidad como responsabilidad compartida, debe seguir caminando nuestras decisiones. Debe convertirse en el proyecto de una sociedad que no pasa página distraídamente, que no se resigna, en un compromiso de la escuela, de las instituciones, de las asociaciones y de las comunidades, tanto pequeñas como grandes. 

La lucha contra la violencia se gana educando, vigilando, forjando vínculos y fomentando la ciudadanía activa. Cada lugar donde se crece, se decide y se coopera puede convertirse en un bastión de la legalidad. 

Por eso, también, cada Día de Memoria es como una primavera de la militancia activa de la ciudadanía, una advertencia y una promesa de un futuro más justo que construir juntos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de abril de 2026

No hay justa guerra.

No hay justa guerra

A estas alturas no sé hay que dedicar tiempo, que es siempre un tesoro, a explicar lo ineficaz que resulta hablar de «guerra justa» tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. 

Uno recuerda aquel párrafo 67 de Pacem in Terris y aquella expresión «alienum a ratione», en la que el Papa Juan XXIII sostiene, de manera inequívoca, que en la era nuclear la guerra ya no es compatible con la razón moral y política, porque sus efectos destructivos superan cualquier posible control proporcional o selectivo. 

Y, con todo, al observar lo que ocurre en esta época de desorden mundial, a veces pienso que no estaría mal recuperar algunas intuiciones relacionadas con la «guerra justa». 

Un concepto antiguo, ya imaginado por Cicerón, iniciado por San Ambrosio y San Agustín, quienes en un mundo cristianizado intentaron conciliar el Evangelio con la realidad de la guerra, y luego sistematizado en la Edad Media por Santo Tomás de Aquino, quien definió sus criterios fundamentales. 

La doctrina de la guerra justa nació como un dique de contención, no como una justificación. 

Es decir, era un intento, quizá ingenuo pero necesario, de imponer límites morales a la violencia organizada. 

Y lo hacía estableciendo condiciones rigurosas: una causa justa, una autoridad legítima, el último recurso, la proporcionalidad. 

No era una luz verde a la guerra, sino una barrera contra su abuso. 

Hoy esa barrera ha sido demolida, pieza a pieza. 

Las guerras contemporáneas rara vez cumplen siquiera uno de esos criterios. 

La «causa justa» se ha convertido en un eslogan elástico, plegado a las conveniencias geopolíticas. 

La defensa se transforma fácilmente en ataque preventivo, la seguridad en expansión de influencia. 

El lenguaje moral sobrevive, pero está vaciado de contenido: sirve más para legitimar que para limitar. 

La autoridad legítima es otro mito en declive. 

Decisiones que en otro tiempo habrían requerido un amplio consenso son tomadas por ejecutivos reducidos, a menudo sin un control democrático real. 

Las guerras se inician sin declaraciones formales, sin responsabilidades claras, en una zona gris que disuelve todo vínculo. 

Aún más grave es la desaparición del principio de último recurso. 

La diplomacia se ha convertido en un trámite formal, no en un intento serio. Las negociaciones son a menudo simulaciones, instrumentos para ganar tiempo o construir consenso interno, mientras que la opción militar permanece siempre sobre la mesa, lista y ya planificada. 

Y luego está la proporcionalidad, reducida ya a una palabra vacía. 

Las tecnologías modernas permiten una destrucción precisa, pero la precisión no equivale a justicia. Zonas enteras son devastadas en nombre de objetivos limitados. Los daños colaterales se prevén, se aceptan, se contabilizan. No se evitan. 

El principio de distinción entre civiles y combatientes es quizás el más abiertamente traicionado. 

Las guerras de hoy se libran en las ciudades, entre las personas, y los civiles se convierten inevitablemente en objetivos. No por error, sino por la estructura del conflicto. Cuando todo es campo de batalla, nadie está realmente protegido. 

La verdad es más incómoda: los vínculos morales no se han superado, se han abandonado. No porque se hayan vuelto obsoletos, sino porque son incómodos. Limitan la acción, imponen responsabilidades, exigen coherencia. Y la coherencia es el primer sacrificio de la guerra moderna. 

Se sigue hablando de valores, derechos, justicia. Pero son palabras que ya no frenan nada. Funcionan como tapadera, no como guía. La distancia entre lo que se dice y lo que se hace nunca ha sido tan grande. 

La doctrina de la guerra justa, con todas sus limitaciones, tenía al menos el mérito de tratar de reconocer que la guerra es un mal que hay que contener. 

Hoy, en cambio, la guerra se gestiona, se administra y se normaliza. Ya no se percibe como la excepción extrema, sino como un instrumento más en la política de los conflictos. De manera brutal, se llega incluso a considerarla una posible —y cada vez más inevitable— solución a las tensiones políticas e internacionales. 

Y cuando la guerra se convierte en un instrumento, los límites desaparecen. No porque ya no existan, sino porque ya no conviene respetarlos.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 11 de abril de 2026

No hagas daño.

No hagas daño

El 27 de enero de 1945, el mundo tomó conciencia del profundo y oscuro mal de los campos de concentración.

 

Una página terrible de la historia de la humanidad que estamos llamados a transmitir para que algo así no vuelva a suceder jamás... bajo ninguna forma.

 

No basta con narrar a las nuevas generaciones esta espantosa manifestación del mal. Es necesario preguntarse seriamente si es posible ir más allá del mal.

 

Filósofos, estudiosos, teólogos, literatos, científicos, hombres y mujeres de cultura, tras la Segunda Guerra Mundial, se preguntaron cómo, después de Auschwitz, se podía hablar del bien, de la humanidad, de Dios, de la religión y del futuro.

 

Uno siempre queda desconcertado cuando piensa en aquella frase que figuraba en la hebilla del cinturón de los soldados nazis. «Dios está con nosotros» (Gott mit uns). Era una frase que aparecía en relieve.

 

Y, en medio de mi desconcierto, quiero pensar que precisamente esto es la negación de todo lo que yo he creído aprender sobre la religión y sobre Dios hasta ese momento.


No es posible que el Dios tan invocado por mujeres y hombres acabe caricaturizado como en el cinturón de los nazis.

 

Por desgracia, la instrumentalización de la religión y del nombre de Dios no es un tema inusual en la historia de la humanidad.

 

La Europa de las largas y agotadoras guerras de religión ha ido adquiriendo poco a poco una laicidad plural, continuamente puesta en peligro por extremismos nostálgicos o por posturas intelectuales alejadas de la realidad cotidiana que vive la gente.

 

Dios ha vuelto con fuerza a la escena política cuando, el día de su toma de posesión, el presidente de lo MAGA interpretó el resultado del atentado que sufrió como una señal divina inscrita en la historia, no solo para salvarlo a él, sino para elevar con prepotencia a los Estados Unidos de América por encima de todas las demás naciones.

 

Como revelan los conflictos difundidos por los medios de comunicación, lo divino se utiliza ahora para justificar un sistema cultural, ahora para conquistar territorios y sumir en la miseria y la muerte a miles de personas.

 

Todo esto, creo, muestra lo absurdo de asociar el nombre de Dios a las guerras, al exterminio, a la muerte, a las divisiones y a las opresiones, en lugar de al amor, a la comunión y al bien de toda la humanidad.


La práctica y la realidad de la deshumanización no solamente no son ajenas a nuestra época sino que es como la mano del mal que mece la cuna…

 

Mientras las imágenes del niño sirio de tres años Alan Kurdi siguen conmoviendo nuestra conciencia años después, las grandes potencias mundiales, fomentan una cultura de las formas de odio y de violencia, de alta o baja intensidad.

 

Además, en todo Occidente, las corrientes políticas nacionalistas aumentan sus filas a través de discursos en los que se deduce que una parte de la humanidad —a menudo exigua y alimentada por culturas en flagrante necrosis— se considera prioritaria respecto al resto (American first, primero los españoles, etc.).

 

¿No será que vivimos en un clima de pleno egoísmo en Europa, y quienes nos preocupamos nos sentimos completamente impotentes? 


Por ejemplo, hablamos de invasión de migrantes y nos sentimos víctimas de la invasión… ¿pero nos damos cuenta del engaño que nos quieren hacer creer con tamaña mentira?


Ante los retos de la contemporaneidad hay que recordar el pasado tanto para interpretar el presente como para iniciar procesos de cambio cultural y político.

 

De hecho, es inútil decir que no podemos cambiar el mundo. Lo importante es hacer, hacer sin parar. Contribuir a cambiar, a lo largo de la vida, aunque solo sea a cinco personas, tiene sentido, porque la supervivencia de todos debe tener sentido.

 

Del mal más sombrío sigue surgiendo una importante lección basada en la humanidad y en el sentido de esta última. Por eso hacer memoria es un paso necesario paso para construir el futuro y, por tanto, para ir más allá del mal.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de abril de 2026

Dios nos ha llamado para vivir en paz.

Dios nos ha llamado para vivir en paz

Hay quienes se proclaman «hombres de un Dios cristiano», «hombres de Yahvé, el Dios único», «hombres del Dios de Abraham, el misericordioso». Hay quienes dicen actuar por «su voluntad» o en nombre de sus promesas.

 

¿En nombre de quién actúan así? ¿En nombre del Dios, que es amor, compasión, misericordia, perdón y Padre de todos los hombres? ¿Quién es Dios? ¿El Dios de los ejércitos, el Dios de la destrucción y de la muerte de los enemigos? ¿Utilizan el nombre de Dios para sus ideologías, voluntades, visiones e interpretaciones?

 

«Cristiano» significaría «ser de Cristo», es decir, ser testigo de la pertenencia a la persona de Jesús de Nazaret, de quien se dijo: «Ecce homo», porque al adherirse a Él, se pueda decir lo mismo de todo ser humano en la tierra.

 

«Ecce homo»: el hombre de la Palabra, del cuidado de las personas, de la amistad, de la fraternidad, del compartir, de la relación, del encuentro, que no empuñó las armas, que confió en el Padre, que nos dijo a todos: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», que, en lugar de matar a sus oponentes, se dejó matar por ellos.


Dios es vida y amor dado a todos, incondicionalmente, incluso a aquellos, que lo traicionan porque están matando. De Él deberíamos aprender la gratitud por la vida, el amor y la confianza en el hombre, la responsabilidad de dar a todos la posibilidad de una vida digna, respetando las diferencias.

 

Los pueblos no quieren la guerra, sino ayuda, para vivir mejor, con más seguridad para el mañana, con más libertad de expresión, pan y agua y servicios fundamentales para todos.

 

En cambio, el panorama del poder, con su orgullosa soberbia, nos ofrece algo muy distinto: conquistas estratosféricas, apropiación violenta de los bienes de la tierra para dominar a las naciones...

 

Los superhombres no ven el error: una visión distorsionada del origen de la vida y del destino del hombre; el superdios, que traspasa todo límite, traspasando sin control los límites de la humanidad, ha sido puesto en el lugar del verdadero Dios. Y esto les vuelve ciegos y perversos.


El uso de la guerra para demostrar la fuerza pone de manifiesto la debilidad: el miedo a no ser hombres de verdad, la falta de confianza en la razón y en el alma humana, el miedo a la confrontación leal, el miedo al fracaso sin la fuerza bruta.

 

Los superhombres no creen en el hombre, por lo tanto, no creen en Dios, que hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y así no tienen la Sabiduría, don de Dios.

 

Los superhombres ignoran al Espíritu Santo que Dios, a través de Cristo Resucitado, ha entregado a todos, con sus dones, los cuales, si son acogidos y vividos en el amor y la obediencia a Él, hacen de quien los observa en lo cotidiano el «ecce homo», el hombre que ama, que respeta toda vida, única cosa sagrada junto a Dios.


Someterse al «Príncipe de este mundo» conduce inevitablemente a ideologías humanas aberrantes, que se convierten en obsesiones, en gusanos corrosivos que solo llevan a acciones autodestructivas, destructivas y al contagio del mal.

 

La oración por la paz también nos ayuda a decir: Padre, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos y perdónanos, también, porque somos corresponsables en nuestra inmovilidad e impotencia.

 

Pidamos al Espíritu Santo del Padre, que Jesús nos entregó desde la cruz, que sea acogido y conocido por todos nosotros, para que podamos, solo por su gracia y nuestra adhesión, siguiendo las huellas del «Ecce homo», vivir en Su Luz. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 26 de marzo de 2026

Educar para la paz.

Educar para la paz 

Hay un aspecto de nuestro presente que corre el riesgo de volverse insidiosamente invisible precisamente porque se está convirtiendo en algo habitual: la guerra ha vuelto a ocupar el discurso público como si fuera una posibilidad casi obvia, si no una solución plausible. 

Los conflictos se multiplican, el lenguaje bélico se cuela con una naturalidad desconcertante en el léxico político y mediático, y el derecho internacional parece cada vez más anulado por la lógica de la fuerza o del acoso. 

En un contexto así, hablar de paz puede parecer ingenuo, fuera de lugar o poco realista. Pero, si lo miramos bien, ocurre lo contrario: precisamente cuando la violencia tiende a aceptarse como norma, la paz vuelve a mostrarse tal y como es en realidad, es decir, una cuestión política, cultural y educativa de primer orden. 

No se trata de caer en un optimismo ingenuo, sino de contrarrestar la idea de que la guerra, el dominio y la opresión son factores naturales e inevitables de la convivencia humana. Cuando la fuerza se presenta como criterio último de regulación de las relaciones entre Estados, grupos o bandos, la paz corre el riesgo de quedar relegada a un paréntesis frágil: ya no es un objetivo político constante, sino un lujo accesible solo en momentos excepcionales. 

Vale la pena aclarar un aspecto esencial: la paz no coincide con una tregua provisional y no se reduce a la simple ausencia de hostilidades abiertas. Es una construcción histórica e institucional que requiere derecho, mediación, responsabilidad pública, reconocimiento mutuo y prácticas de justicia. 

Por eso, el problema no es solo geopolítico, sino también cultural. Antes incluso que en los campos de batalla, muchas formas de violencia se prefiguran en los lenguajes, en las imágenes, en las narrativas que deshumanizan al otro, transforman las diferencias en amenazas y hacen concebible lo que hasta poco antes habría parecido inaceptable. 

Por lo tanto, la paz no puede reducirse a un deseo moral: debe concebirse como una práctica política y como una tarea educativa que hay que perseguir una y otra vez. 

En este punto surge una pregunta decisiva: ¿bastan las instituciones? La respuesta es no, porque ningún ordenamiento democrático se sostiene por sí solo, sin ciudadanos capaces de comprenderlo, vivirlo, defenderlo y renovarlo con el tiempo. 

Es aquí donde la educación cobra un papel central. Si la democracia no es solo una forma de gobierno, sino una forma de convivir, entonces tampoco la paz puede concebirse únicamente como un objetivo diplomático o un ordenamiento jurídico: debe convertirse en una práctica social aprendida, ejercida e interiorizada en las relaciones cotidianas a distintos niveles. 

John Dewey lo expresó en una fórmula ya clásica: «La democracia es algo más que una forma de gobierno; es ante todo una forma de vida en comunidad, de experiencia comunicada y compartida». 

Desde esta perspectiva, educar para la paz significa hacer de la escuela un lugar donde se aprenda concretamente a debatir, escuchar, cooperar, argumentar y gestionar el desacuerdo sin convertirlo en hostilidad destructiva. 

La institución educativa, por lo tanto, no debería limitarse a «hablar» de paz, sino que debería hacerla experimentable en la vida cotidiana de la comunidad educativa. Una escuela que educa para la paz es una escuela en la que el diálogo no es ornamental, la cooperación no es marginal y el conflicto no se elimina ni se exacerba, sino que se afronta con instrumentos democráticos y participativos. 

Esto implica también un cambio en nuestra forma de entender el conflicto. Las sociedades democráticas no están exentas de tensiones, diferencias marcadas o contrastes; desde esta perspectiva, el reto no consiste tanto en eliminar las formas de conflicto —prácticamente consustanciales a toda organización social— como en impedir que degeneren en dominio, exclusión, manipulación o aniquilación del otro o de la contraparte. 

Educar en la no violencia, por tanto, no implica inclinarse hacia la pasividad ni anhelar una pacificación angelical, tan improbable como sustancialmente soporífera. Significa, en todo caso, aprender a estar dentro del conflicto sin absolutizarlo, reconociendo que el desacuerdo es un componente fisiológico de la convivencia intersubjetiva, intergrupal e interinstitucional, y que precisamente por eso debe ser gestionado con responsabilidad, negociación y sentido de los límites. 

No existe, sin embargo, una paz auténtica donde persistan la opresión, la desigualdad y los procesos de deshumanización; donde esta se construyera sobre el silencio de los excluidos o sobre la adaptación pasiva a la injusticia, ya que en tal caso se trataría simplemente de una estabilización de las relaciones de dominio. 

Por eso la educación para la paz no puede reducirse a una pedagogía de los buenos modales o a un manual de etiqueta de las relaciones civiles. También debe ayudar a las niñas y los niños a leer críticamente las estructuras de la injusticia, a reconocer las formas de violencia simbólica, social y económica, y a no adherirse pasivamente a lo ya dado y a lo que se da por sentado. 

Por utilizar una categoría - muy querida por Paulo Freire- se trata de promover procesos de concientización, es decir, itinerarios educativos que hagan a las personas más conscientes del mundo en el que viven y más capaces de transformarlo de manera responsable en una dirección humanista y solidaria. 

En este sentido, educar para la paz no significa entrenar para la adaptación, sino formar sujetos capaces de pensamiento autónomo y crítico, de juicio bien ponderado, de palabra pública basada en la calidad argumentativa y de espíritu de iniciativa democráticamente propositiva. 

Una formación, por tanto, no para producir conformismo moral, sino para formar personas que no se limiten a observar el mundo como espectadores, y que, en cambio, sepan reconocerse como sujetos activos de la vida colectiva. 

Todo esto es aún más urgente en sociedades atravesadas por migraciones, pluralismo religioso, memorias conflictivas, polarizaciones identitarias y retóricas públicas cada vez más agresivas. Muchas formas de violencia comienzan mucho antes del estruendo de las armas: empiezan en los estereotipos que jerarquizan, en los discursos que deshumanizan, en las narrativas que presentan al otro como una amenaza, un desecho o un cuerpo extraño, que hay que expulsar. 

El tema de la paz implica de manera ineludible también la componente intercultural. No basta con celebrar la diversidad de manera abstracta, episódica o folclórica, añadiendo aquí y allá algún contenido multicultural a los programas escolares para sentirse satisfechos. Sería más oportuno, en cambio, promover contextos educativos en los que el otro no se reduzca ni a enemigo ni a sujeto que asimilar, sino que se le reconozca como interlocutor dentro de una convivencia plural, inclusiva y solidaria, ya que la alteridad no es un incidente que neutralizar, sino una dimensión constitutiva de la experiencia humana y democrática, mediante la cual esta última evoluciona y se consolida. 

Desde esta perspectiva, el diálogo no se limita a ser solo una fórmula de cortesía o un atajo pacificador, sino que se convierte en una práctica exigente y comprometida, capaz de sostener el enfrentamiento sin sofocar el desacuerdo mediante la escucha, la descentralización y la disposición a cuestionar las propias certezas y convicciones. 

Por supuesto, sería ingenuo atribuir a la escuela o a la universidad un poder salvador que no poseen. La educación, por sí sola, no detiene las guerras; pero sin ella ninguna paz puede ser duradera, porque faltarían los sujetos, las culturas cívicas y las prácticas democráticas capaces de sostenerla en el tiempo. 

Si la guerra se alimenta del miedo, la propaganda, el resentimiento y la deshumanización, la paz necesita, por el contrario, pensamiento crítico, ciudadanía activa, responsabilidad compartida y respeto por las diferencias. Por eso, hoy en día, educar para la paz significa tomarse en serio la realidad y trabajar para que la violencia no se convierta en el lenguaje habitual de la convivencia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 22 de marzo de 2026

Desarmar la palabra.

Desarmar la palabra 

Desarmar la palabra… fue una carta que el Papa Francisco escribió desde su convalecencia hospitalaria al Director del Periódico ‘Corriere della Sera’. Era una intervención, creo, oportuna y necesaria también porque ayudaba, y sigue ayudando, a pensar sobre el uso que hacemos de las palabras. 

Tal vez vivimos en la ilusión de elegir las palabras y, en cambio, son las palabras las que nos eligen a nosotros: tienen un poder revelador y dicen mucho sobre nuestra manera de ser, nos definen en nuestra relación con nosotros mismos, con el mundo, con los demás. De hecho, ya Ludwig Wittgenstein sostuvo que las palabras son como la película superficial de un agua profunda. 

La palabra tiene una naturaleza dual, está siempre en equilibrio entre el poder y la impotencia. 

Por una parte, es la expresión de la grandeza humana, es el λóγος que vence al caos, es la fuerza en la que se ha reconocido el sistema de pensamiento occidental desde Sócrates hasta Hegel, es la quidditas que distingue al ser humano de los animales. 

Pero esta fuerza puede fácilmente convertirse en arrogancia, la de quien pretende, precisamente, tener siempre "la última palabra". Las palabras pueden incluso convertirse en verdaderas armas que dañan. Y la forma en que los utilizamos es el indicador que revela nuestras intenciones, nuestra cara más auténtica. 

Por otra parte, las palabras también pueden expresar nuestra fragilidad: a menudo nos faltan, nos fallan, no las encontramos. Y no se debe a un vocabulario pobre o a la ignorancia, sino a la dificultad de forzar, dentro de los estrechos límites del λóγος, el magma de emociones que se agitan en nuestro corazón. Experimentamos así la debilidad del supuesto poder definitorio de la palabra. Una complejidad, ¿dificultad?, que tenemos que tener muy clara: no siempre la palabra cuadra por todos lados nuestros pensamientos, sentimientos,…, sin forma. De hecho, casi nunca cuadra. 

Sí, las palabras son a la vez pobres y poderosas, son la frontera siempre movediza entre el poder y la debilidad. Reflexionar sobre el valor de las palabras en el mundo contemporáneo es casi un deber. En tiempos de manipulación deliberada e instrumental de la palabra es más necesaria y obligada, en una época de verdadera expulsión de la palabra, a competir con formas de comunicación digital y de intercambio virtual, a menudo confiadas a emoticonos y mensajes de texto.   

¿No habrá que devolver al lenguaje el poder generador de significados y experimentar así lógicas inexploradas, dando voz a lo que está reprimido, es inexpresable o tal vez aún desconocido? ¿No habrá que abrir posibilidades, desencadenar posibles hilos de comunicación, crear alternativas? Las palabras sin búsqueda son palabras estériles: inútiles en las relaciones, inútiles en la educación, inútiles en el cuidado. Y fruto de la búsqueda son palabras liberadas de los cansinos patrones de las cadenas verbales ordinarias y yuxtapuestas tantas veces de forma surrealista. 

¿No habrá que organizar la resistencia de la palabra hablada, pronunciada, acompañada de la fisicidad de quienes la utilizan: gestos, miradas, voz, tono, cuerpo,…? ¿No habrá que emprender la resistencia de la palabra también contra la no-palabra de lo artificial, de lo digital, de lo virtual? ¿No habrá que proteger la palabra de aquella deriva de la palabra que está produciendo riesgos enormes y fácilmente reconocibles? 

La pretensión de dar a las palabras el poder de la exactitud objetiva: hoy en día, las palabras se hacen firmes mediante pruebas, cuadrículas, mediciones,… Es una patología bien presente, por ejemplo, en el mundo de la educación. Y, en cambio, debe quedar claro que enjaular las palabras es el primer paso hacia la censura.

La ambigüedad ideológica del lenguaje político: orwellianamente, a las verdaderas expediciones de guerra se las llama «misiones de paz», o se define apodícticamente como «buena escuela» una ley que, bien mirado, ha sido la causa del empeoramiento represivo de cualquier libertad de enseñanza y de cualquier espíritu crítico en el aprendizaje. 

El miedo a la polisemia y a la Babel lingüística, la ilusión de la reductio ad unum de los significados como sinónimo de estabilidad y seguridad. El ser humano siempre ha intentado extinguir la parte humilde de sí mismo. Su esfuerzo ha sido siempre aspirar a la construcción de un discurso ordenado. Y, en cambio, el más claro y ordenado de los discursos, aunque tranquilizador, puede convertirse en la más peligrosa de las ilusiones. Pensar que decir equivale a saber y que hablar equivale a saber… impide al orador verse a sí mismo mientras habla, impide observar las palabras como lo que son: palabras, sólo palabras. 

Sin embargo, vivimos de palabras, con palabras, gracias a las palabras, y la calidad de nuestra vida asociada depende de su uso. 

El número de palabras conocidas y utilizadas es directamente proporcional al grado de desarrollo de la democracia. Pocas palabras, pocas ideas, pocas posibilidades, poca democracia; cuantas más palabras se conozcan, más rico es el debate político y, con ello, la vida democrática. Más palabras, más democracia; más palabras, más encuentro y debate; más palabras, más humanidad. Pero la guía de nuestros discursos debe ser una conciencia constante del poder y la fragilidad de las palabras. 

Precisamente para que sobrevivan la democracia, el debate y la humanidad, es necesario desarmar las palabras. Encontrar un posible equilibrio entre poder y fragilidad es un noble empeño: desarmar las palabras y hacer de ellas un terreno fructífero para el encuentro significa no apuntarlas nunca como armas contra el otro. 

Ellas, las palabras, son todo lo que podemos. Y, simultáneamente, todo lo que no poseemos. Elegirlas bien significa comprometernos a construir un mundo mejor, intercalándolas, si acaso, con los silencios oportunos, necesarios para aplacar las emociones negativas y permitir que afloren las positivas. Dejar que las palabras nos elijan significa salvaguardar la autenticidad profunda de nuestro decir, la genuinidad de nuestras emociones, sentimientos, pensamientos… 

Desarmar la palabra… es también una llamada a aprender a liberar las palabras de sus incrustaciones y petrificaciones habituales, que se insinúan y se arrastran en modas, en estereotipos, en convenciones lingüísticas. 

¿No habrá que emprender un trabajo de lento des-aprendizaje que consista en desentrañar los supuestos de nuestras palabras para mutarlas, para evitar “el siempre se ha dicho” y “el siempre se ha dicho así”? ¿No habrá que dejar un espacio a la imaginación que tiene su propia gramática, distinta, sin embargo, de los patrones convencionales y que por eso es libre y creativa? 

Aprender a des-entrañar las palabras, desencadenar procesos de trans-/des-formación, jugar con los significados para descubrir nuevas lecturas del mundo es un proceso que comienza de niño

Puede parecer un ejercicio difícil, pero es una aventura en la que está en juego nuestra manera de estar entre los hombres y de cultivar nuestra humanidad - dum inter homines sumus, colamus humanitatem (Séneca) -. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 13 de marzo de 2026

Una bondad inútil.

Una bondad inútil 

A mí me parece que, por ejemplo, hablar de la paz… también en estos tiempos de mil y un conflictos… se trata más bien de una gramática diferente de lo cotidiano en medio de la violencia. 

La paz no nace de personas plenamente resueltas, sino de hombres y mujeres que han aceptado y aceptan el esfuerzo fecundo de hacerse humanos. 

No digo de permanecer humanos, sino de hacerse humanos. 

Porque lo humano no es una condición que hay que defender, sino una realidad que hay que generar. 

San Pablo diría: «el hombre nuevo, creado según Dios en la justicia y en la verdadera santidad» (Ef 4,4). Un hombre aún por revestir, diría él. 

En la escuela, en particular, se recomienda el estudio de la historia desde una determinada perspectiva: esa perspectiva que desplaza el foco de la geopolítica a la ética de lo cotidiano. 

Y en esa vida cotidiana hay lugar tanto para actos de resistencia… ante cualquier forma de inhumanidad, como para crear nuevas formas de humanidad, por ejemplo, en nuestras relaciones. 

Me refiero a esa profecía de la vida cotidiana como camino humilde, hecho de gestos cotidianos, que entrelaza paciencia y valentía, escucha y acción. 

Y entonces la historia no se lee y estudia solo a través de las fracturas, sino también a través de las costuras. No solo en función de los conflictos, sino de los gestos de cuidado que los han atravesado. 

No solo según las disputas, sino según las reconciliaciones que han luchado obstinadamente por volver a empezar. 

El cuidado, la misericordia, el perdón,…, son acontecimientos que no llenan los manuales, pero son los que han salvado a las generaciones de la historia de la humanidad. 

Seguramente tenemos que recuperar esa historia que cura y sana. 

Se trata de un estilo de vida bajo el signo de la mansedumbre. Si en tiempos de paz la mansedumbre puede parecer una virtud que casi se da por sentada, en el conflicto se convierte en una postura auténtica. 

La mansedumbre es el valor de rechazar la lógica del rearme del corazón para desarmarlo. Y esto precede a todo posible diálogo y confrontación: del desarme del corazón al de las palabras y al de los gestos.

La mansedumbre es… dejar que el otro sea, es decir, viva. 

Y esto, en cualquier contexto de conflicto, es muy poderoso. 

Significa honrar la dignidad y la alteridad del otro, incluso del adversario o de quien es diferente. 

Significa rechazar anular al otro en el propio estereotipo. 

En un mundo que apresura los resultados y sopesa a las personas en la balanza de la eficiencia, la mansedumbre parece un estorbo: demasiado lenta, demasiado frágil, demasiado inútil. 

A menudo se cita la frase de Dostoievski dándole un sentido positivo: «La belleza salvará al mundo». Pero cuando Fiódor Dostoievski pregunta, a través del príncipe Myshkin: «¿Qué belleza salvará al mundo?», la respuesta no es estética sino ética: es la belleza de la bondad. 

Es la belleza de la integridad mantenida en un mundo afeado por la violencia. 

La belleza que salva no se mide con cánones artísticos. Es la belleza del amor en acción. 

Para los cristianos, por ejemplo, es la belleza de Jesús crucificado, que «no tiene aspecto ni belleza que atraiga nuestra mirada» (Is 53,2). 

Una belleza sin triunfos, sin narcisismos, sin protagonismos, sin armas. Una belleza desarmada. 

Una belleza hecha de manos que curan, de palabras que construyen, de vidas que acogen. 

El Sermón de la Montaña o lo que llamamos Bienaventuranzas nos enseñan que la paz es una elección, no un favor de la historia, que el amor no es un sentimiento, sino una responsabilidad, que la mansedumbre no es evasión, sino profecía. 

Los cristianos nos acercamos a la celebración de la Semana Santa y del Misterio Pascual. 

En esta celebración creo que nos atrevemos a seguir diciendo que también hoy necesitamos una bondad inútil... Es decir, una bondad sin utilidad, una bondad que no tiene como fin un resultado, una bondad que salve a los seres humanos de la resignación. 

Porque esa es la bondad que nos vuelve lúcidos... siendo inútil.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...