Dios nos ha llamado para vivir en paz
Hay quienes se proclaman «hombres de un Dios cristiano», «hombres de Yahvé, el Dios único», «hombres del Dios de Abraham, el misericordioso». Hay quienes dicen actuar por «su voluntad» o en nombre de sus promesas.
¿En nombre de quién actúan así? ¿En nombre del Dios,
que es amor, compasión, misericordia, perdón y Padre de todos los hombres? ¿Quién
es Dios? ¿El Dios de los ejércitos, el Dios de la destrucción y de la muerte de
los enemigos? ¿Utilizan el nombre de Dios para sus ideologías, voluntades,
visiones e interpretaciones?
«Cristiano» significaría «ser
de Cristo», es decir, ser testigo de la pertenencia a la persona de
Jesús de Nazaret, de quien se dijo: «Ecce homo», porque al adherirse a Él,
se pueda decir lo mismo de todo ser humano en la tierra.
«Ecce homo»: el hombre de la Palabra,
del cuidado de las personas, de la amistad, de la fraternidad, del compartir,
de la relación, del encuentro, que no empuñó las armas, que confió en el Padre,
que nos dijo a todos: «Amaos los unos a los otros como yo os he
amado», que, en lugar de matar a sus oponentes, se dejó matar por
ellos.
Dios es vida y amor dado a todos, incondicionalmente, incluso a aquellos, que lo traicionan porque están matando. De Él deberíamos aprender la gratitud por la vida, el amor y la confianza en el hombre, la responsabilidad de dar a todos la posibilidad de una vida digna, respetando las diferencias.
Los pueblos no quieren la guerra, sino ayuda, para vivir
mejor, con más seguridad para el mañana, con más libertad de expresión, pan y
agua y servicios fundamentales para todos.
En cambio, el panorama del poder, con su orgullosa
soberbia, nos ofrece algo muy distinto: conquistas estratosféricas, apropiación
violenta de los bienes de la tierra para dominar a las naciones...
Los superhombres no ven el error: una visión
distorsionada del origen de la vida y del destino del hombre; el superdios, que
traspasa todo límite, traspasando sin control los límites de la humanidad, ha
sido puesto en el lugar del verdadero Dios. Y esto les vuelve ciegos y
perversos.
El uso de la guerra para demostrar la fuerza pone de manifiesto la debilidad: el miedo a no ser hombres de verdad, la falta de confianza en la razón y en el alma humana, el miedo a la confrontación leal, el miedo al fracaso sin la fuerza bruta.
Los superhombres no creen en el hombre, por lo tanto,
no creen en Dios, que hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y así no tienen la
Sabiduría, don de Dios.
Los superhombres ignoran al Espíritu Santo que Dios, a través de Cristo
Resucitado, ha entregado a todos, con sus dones, los cuales, si son acogidos y
vividos en el amor y la obediencia a Él, hacen de quien los observa en lo
cotidiano el «ecce homo», el hombre que ama, que respeta toda vida, única
cosa sagrada junto a Dios.
Someterse al «Príncipe de este mundo» conduce inevitablemente a ideologías humanas aberrantes, que se convierten en obsesiones, en gusanos corrosivos que solo llevan a acciones autodestructivas, destructivas y al contagio del mal.
La oración por la paz también nos ayuda a decir: Padre,
perdónanos porque no sabemos lo que hacemos y perdónanos, también, porque somos
corresponsables en nuestra inmovilidad e impotencia.
Pidamos al Espíritu Santo del Padre, que Jesús nos entregó desde la cruz, que sea acogido y conocido por todos nosotros, para que podamos, solo por su gracia y nuestra adhesión, siguiendo las huellas del «Ecce homo», vivir en Su Luz.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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