Mostrando entradas con la etiqueta Joseba Kamiruaga Mieza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Joseba Kamiruaga Mieza. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de septiembre de 2026

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -.

Ahora no lo entiendes… lo entenderás más tarde - San Juan 13, 7 -

Hay un momento en la vida en el que las preguntas cambian.

 

Durante años me he preguntado, por ejemplo, en qué me convertiré, qué camino tomaré, qué conseguiré construir, qué metas alcanzaré…

 

Luego, casi sin darme cuenta, ha surgido otra pregunta. Más silenciosa. Más exigente.

 

¿Y después qué? ¿Qué quedará de mí?

 

No, no es una pregunta propia de la vejez.

 

No, no es nostalgia por lo perdido.

 

Creo que es una pregunta que pertenece a la madurez.

 

Porque uno se convierte de verdad en adulto el día en que su futuro deja de coincidir únicamente consigo mismo.


Hay una etapa de la existencia en la que comprendemos que el verbo más importante ya no es «tener», sino «dejar».

 

No «dejar» en el sentido de abandono, sino de herencia, legado,…, en el paso del testigo.

 

Cada encuentro, cada palabra, cada elección empieza poco a poco a juzgarse no por lo que produce en el momento, sino por lo que seguirá vivo cuando nosotros ya hayamos pasado página.

 

Es entonces cuando la vida cambia de verdad.

 

Deja de ser una carrera hacia algo y se convierte en una responsabilidad hacia alguien.

 

Hace una un tiempo he ido intentando ampliar el deseo.

 

He tratado de ir aprendiendo a detenerme, a mirar el mundo con ojos nuevos, a cuidar de lo que la vida me confía.

 

Intuyo que llegará un día en el que ese camino encuentre su destino natural.

 

¿Para quién he hecho todo lo que he hecho? ¿De qué sirve un deseo más grande si no genera vida también para los demás? ¿De qué sirve aprender a detenerme, si nadie encuentra descanso a mi lado? ¿De qué sirve una mirada capaz de maravillarse, si no ilumina también el camino de alguien? ¿De qué sirve custodiar, si lo que custodio muere conmigo?


Vivimos en una época que nos empuja continuamente a acumular.

 

Experiencias. Sensaciones. Éxitos. Seguridades. Incluso recuerdos.

 

Nos preocupamos mucho más por lo que poseemos que por lo que dejamos atrás.

 

Y, sin embargo, ninguna civilización ha sobrevivido gracias a quienes se lo guardan todo para sí mismos.

 

Las mejores épocas siempre han surgido de hombres y mujeres que han sabido legar algo a quienes venían después de ellos.

 

Un educador transmite saber. Una madre transmite confianza. Un padre transmite valor. Un artesano transmite arte y oficio. Un presbítero transmite esperanza. Un amigo transmite presencia…


La vida se llena no cuando se posee mucho, sino cuando empieza a generar algo más allá de sí misma.

 

La naturaleza lo ha contado así desde siempre con una sabiduría silenciosa.

 

La semilla no retiene su propia fuerza, sino que la entrega a la tierra.

 

La vid no se queda con los racimos para sí misma, sino que los ofrece.

 

El mar devuelve cada día lo que recibe de los ríos.

 

No, no lo había comenzado a entender hasta hace un tiempo… pero poco a poco se ha ido abriendo camino y se va haciendo luz también en este aprendizaje vital al que Jesús invitaba a Pedro y a sus discípulos en aquel ambiente ‘mágico’ de la Última Cena y ante aquel ‘extraño’ del lavatorio de los pies…

 

Hay tiempo para creer que entiende y hay tiempo para comenzar a entender de verdad… Lo entenderás más tarde, Joseba, a su momento.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 3 de mayo de 2026

Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.

Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero

Quedarán las fragilidades, las debilidades, los espacios donde los muros se han convertido en ruinas. Permanecerá la herida abierta que ha dejado indefensa la ilusión de nuestras fortificaciones. Permanecerán los golpes recibidos por habernos expuesto demasiado, las ingenuidades de cuando no esperábamos ser atacados, y los sueños, aquellos ingenuamente desplegados al sol y a la burla ajena. Quedarán los proyectos locos que hicieron sonreír a los adultos. Quedarán las ilusiones y las veces que dijimos «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Quedarán las puertas. Esos espacios donde la pared abandona su seguridad y se invita a entrar. 

Quedarán las semillas dejadas caer. Quedarán las palabras no ocultas bajo mantos de vergüenza inoportuna, quedarán los gestos asombrados de belleza y gratuidad, quedarán las lágrimas, arroyos que hacen florecer los sentimientos. Quedarán los besos desatados, los abrazos liberados, las oraciones apoyadas en ráfagas de viento. Quedarán los deseos confiados a las estrellas, pero sobre todo las lápidas bajo las cuales hubiéramos logrado enterrar nuestros egoísmos infantiles. Quedará la vida que hemos sabido dar, sin pretender nada a cambio, sin intereses, sin que nos hayamos dado cuenta siquiera. 

Quedará la pobreza, la verdadera, la que da miedo. La pobreza que sentimos cuando nos dimos cuenta, claramente, de que no estábamos a la altura, cuando conseguimos equivocarnos en todo, cuando descubrimos que no éramos más que unos pobres desgraciados asustados. La pobreza de cuando nos utilizaron, de cuando no nos reconocieron, de cuando llegamos tarde o simplemente no llegamos a nuestro destino. Quedarán las lágrimas de cuando nos pisotearon, de cuando no nos entendieron, de cuando no teníamos poder que ejercer. 

Quedarán los pocos nombres memorizados por el corazón, los aromas imborrables de la infancia, los instantes de perfecta Epifanía en los que el Eterno acariciaba las formas de lo cotidiano. Quedarán las heridas que no nos dejan pegar ojo (porque nos han hecho conocer el abismo que llevamos dentro). Permanecerá el dolor por esos errores que han hecho daño a los hermanos, porque el remordimiento ayuda a alumbrar la humildad. Permanecerán los perdones recibidos, aquellas veces que nos hemos sentido llamados por nuestro nombre, las lágrimas de quienes han llorado por nosotros. Permanecerá quien se ha quedado a nuestro lado precisamente incluso después de nuestras traiciones, permanecerá la silenciosa fidelidad perseverante de quien ha sobrevivido a nuestras inconstancias. Permanecerán las injusticias recibidas, pero solo aquellas que han sabido trazar nuevos espacios de misericordia. Solo permanecerá lo que ha encontrado su nombre. Permanecerán las cosas conocidas porque son amadas. De nosotros solo permanecerá la parte verdadera, auténtica, la que ha vuelto a aquella original inocencia del hogar. 

De nosotros quedará todo lo que no hicimos solo para nosotros. Las elecciones desinteresadas, las inversiones en un futuro lo suficientemente lejano como para no poder habitarlo. Quedará la conciencia de cuando nos sentimos solo un redil entre tantos. Sobre todo quedará la sabiduría de cuando finalmente aceptamos todo de nosotros, incluso el pecado, esas ovejas fuera del redil que no había que ocultar, transformando la vergüenza en posibilidad. Quedará la belleza de cuando nos dejamos guiar por el Espíritu y acabamos floreciendo, al menos por un instante, en Otro Lugar y por Otras Manos. 

De nosotros solo quedará lo que en la vida hemos escuchado con atención, quedará Su Voz reconocida en cada cosa, quedará todo lo que hemos tenido el valor de unificar, un solo rebaño, un solo pastor, un solo corazón, una entrega sin condiciones al Único, ejercicio simbólico de coser lo visible con lo Invisible. Quedará todo aquello que no se ha prostituido en la doblez, tentación diabólica de no elegir, de no tomar partido, de no complicarse la vida, de guardar el equilibrio del sentido común tan lejano a la locura del Espíritu que sopla como y cuando quiere. 

Permanecerá la dulzura de cuando alguien nos hizo sentir amados por el Padre, permanecerá la vida entregada por amor y aquella recogida con misericordia. Permanecerá la vida marcada por el corazón del Padre, sístoles que irrigan el mundo de Espíritu, diástoles que nada olvidan, que nada pierden, que todo salvan. 

Permanecerá la elección libre y madura de quien no sufre la generosa entrega y la gratuita pérdida, de quien sabe decidir por sí mismo, de quien no se adapta al flujo inexorable de los acontecimientos, sino que en cada instante logra reconocer la posibilidad de entregarse al Padre y a los hermanos, en un gesto de dulcísima entrega samaritana. Permanecerá el único poder bueno, aquel que se mueve solo dentro de los límites de la propia identidad. Permanecerá todo lo que se ha construido inspirándose en el único mandamiento. Solo permanecerá el amor. Porque solo el amor es ya eterno. Y es lo único que transparenta a Dios.

Y te lo digo, balbuciendo, hoy también, al final de este día, después de estos 34 años de ministerio presbiteral: "Sí, Señor, Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero". 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Un misionero claretiano presbítero.

Un misionero claretiano presbítero


Escribir sobre el sacerdote nunca es fácil. El riesgo de caer en la retórica acecha a la vuelta de la esquina, sea cual sea el punto de vista desde el que se aborde el tema. Y, sin embargo, lo que destaca claramente es el hecho de que él, al estar llamado a dispensar los tesoros de la Gracia, más que otros nunca dejará de ser una vasija de barro (cf. 2 Cor 4,7), por decirlo con San Pablo.

 

No porque, al estar en contacto con el santo misterio de Dios, vaya a estar sin duda a la altura del don que se le ha concedido: eso no es algo que se dé por sentado.

 

Más bien, la participación en la experiencia común de fragilidad de todo hombre lo convierte, a semejanza del Único Sumo Sacerdote Jesucristo, en un hermano capaz de compasión hacia quienes sufren la misma prueba.

 

No es casualidad que la Liturgia ponga en los labios del sacerdote (y del diácono) que anuncia el Evangelio estas palabras que dan testimonio de la continua necesidad de que sea Dios mismo quien lo haga digno de tal ministerio: «Purifica, Señor, mi corazón y mis labios, para que pueda anunciar dignamente tu Evangelio».

 

La Carta a los Hebreos pide a los cristianos que recuerden a quienes les han anunciado la Palabra de Dios (Hb 13,7) para no perder la memoria de aquellos que nos han permitido beber de la fuente de la Vida con sus capacidades, sus dones, la asiduidad de su ministerio, así como con la participación común en la misma experiencia de fragilidad humana.

 

A veces, con cierto sarcasmo, alguien nos reprocha a los sacerdotes que llevamos una buena vida. En realidad, quien no se conforma con la fácil retórica al respecto, puede atestiguar que la vida del sacerdote es verdaderamente una vida bella, pero ciertamente no una buena vida.


¿Y dónde resplandecen los rasgos de esta belleza?

 

Uno de los rasgos es, sin duda, la fecundidad propia de quien se ha entregado gratuitamente en beneficio de los demás, tratando de hacer suyas aquellas virtudes que San  Pablo recuerda al discípulo Timoteo: la fe, la caridad, la paciencia, junto con muchas otras.

 

La vida del sacerdote es hermosa ante todo porque está animada por la fe entendida no solo como la repetición de un rito o la simple adhesión a una doctrina. No, la fe entendida más bien como el seguimiento de una persona, Jesucristo, a quien se une de manera apasionada e incondicional.

 

La fe del sacerdote le lleva a ir más allá de ese narcisismo tan adolescente de quien busca continuamente su propio interés o su propio éxito y se despliega, en cambio, en una entrega continua de sí mismo de manera gratuita hasta alegrarse con quien se alegra y llorar con quien llora.

 

Desde esta perspectiva, nada es material de desecho, sino que incluso los límites, los errores, los fracasos y los pecados se convierten en material precioso para ser moldeado continuamente por las manos providenciales del Señor, a fin de convertirse en signo y medio para los demás de la misericordia que Él nos ha concedido.

 

La fecundidad de la bella vida del sacerdote tiene su origen en el hecho de estar moldeada por la caridad, por ese amor que, si bien exige una relación exclusiva hasta el punto de no amar a nadie más que al Señor, nunca es una relación excluyente: por eso nadie se siente oprimido en su corazón.

 

El sacerdote, precisamente porque está llamado a vivir su ministerio ejerciendo la caridad pastoral, está llamado más que otros a amar a Dios con todo el corazón y a los demás con el corazón de Dios.


La bella vida del sacerdote se revela en la gran paciencia que caracteriza sus días y su ministerio. La paciencia no tiene nada que ver con la resignación pasiva ni con esa actitud pasiva ante lo que ocurre: tiene, en cambio, mucho que ver con la constancia en la vida cotidiana, con la perseverancia en las adversidades y la fidelidad en la hora de la prueba.

 

Participa de esa amplitud del corazón de Dios que concede a todos el tiempo necesario y las ocasiones oportunas para volver a Él. Es la paciencia de quien prepara continuamente el campo para la siembra, aunque sabe que en él, junto al buen grano, también puede crecer la cizaña. Es la paciencia de quien no escatima energías ni sudor, aunque sabe que la alegría de la cosecha corresponderá a otros.

 

Sostenida como está por el Buen Pastor, la vida del sacerdote es una vida hermosa porque vive de la conciencia de que es más importante lo que Cristo realiza en él que lo que él realiza por Cristo y, por eso, incluso ante la dificultad, no deja de derramar la gratuidad de la entrega, continuando atestiguando como el Bautista: «Él debe crecer, yo, en cambio, disminuir» (Jn 3,30).

 

Oh Jesús: hermano, amigo, salvador, me llamaste a seguirte al amanecer, me enviaste a trabajar en tu viña, donde había manos extendidas y corazones heridos, nacían amores y morían esperanzas. Contigo he consagrado, bendecido, perdonado, he inclinado el cielo sobre el lecho de los necesitados, he dado esperanza a quienes buscaban un futuro. Si miro atrás, tu llamada y mi respuesta siguen siendo un misterio. Oh Señor, dame la paz que he dado a los demás, dame el perdón que he concedido en tu nombre, quédate conmigo, en la alegría y en el llanto. A la Eterna y Divina Trinidad todo honor y gloria. A la Madre de la Iglesia, al Inmaculado Corazón de María  y a todos los Santos nuestros protectores, especialmente a San José - del cual llevo su nombre - y San Antonio María Claret, alabanza y bendición por los siglos de los siglos. Amén.

 

Laus Deo!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 1 de mayo de 2026

Mi querida soledad.

Mi querida soledad 

Hoy uno está envenenado por una sensación constante de falta de los demás en su vida, con sentimientos de vacío y soledad no muy distintos del luto”. 

Las palabras del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925 - 2017) reaparecen hoy como una lúcida reflexión y advertencia. 

Hace unos años nos despertábamos y no había nadie a nuestro alrededor, la pandemia, las restricciones, el miedo... nos habían arrebatado al otro. De repente no había nadie a quien mirar, nos vimos obligados a contemplar nuestro reflejo en las pantallas de nuestros ordenadores portátiles, de nuestros teléfonos móviles e, inevitablemente, en los espejos de nuestras casas. 

Pero, ¿qué somos cuando no hay nadie en la habitación? Despojados de nuestros "personajes" públicos, de las distracciones, de las necesidades acuciantes de la vida cotidiana, ¿quiénes somos sin lo que es distinto de nosotros? 

Dejando a un lado cliché de que "todo el mundo es nadie sin los demás", respondo que yo tampoco tengo una necesidad total de estar rodeado de otros. En los últimos años se ha materializado en mí el concepto cada vez más real de que "la gente es buena" pero eso no ha significa que no siga considerando una persona que ama y prefiere la soledad. 

Por carácter soy introvertido. Con el tiempo he ido mostrando una cierta desconfianza hacia los demás, amplificada por una especie de sensación de que muchas cosas, como mucha gente hoy en día, son un farol... Mi autobiografía, mi cultura y mi camino de maduración me han llevado en una dirección decididamente clara, haciendo de la soledad un factor muy importante en mi vida. No siento una fuerte necesidad de estar con los demás tampoco con las personas que quiero y que me quieren. 

La soledad no me asusta. Hoy es el día que es una compañera aliada de mi existencia. Miro el horizonte con una serenidad razonable ahora a mis 59 años y aceptando que he vivido la gran parte de mi existencia en esta tierra. Me mantengo razonablemente centrado y preservando la confianza muchas veces incluso a pesar de las circunstancias. 

Sí, se me dirá que el ser humano no nació para estar solo: desde que evolucionaron los primeros homínidos siempre hemos vivido en compañía, la nuestra es una sociedad organizada, hecha de roles de interacción, de conexiones. Y, sin embargo, algunas personas viven mejor solas y dicen que les gusta la soledad, y que eligen la soledad como forma de vida. 

No, la soledad no es sólo ni principalmente un estado negativo. La soledad también es contemplativa y meditativa, ayuda a la persona a conocer mejor su interior, nos obliga a pararnos a pensar un momento. Es otra forma de compañía. Tantas veces es cierto incluso que la soledad es útil para encender el cerebro de verdad. 

Hay investigaciones que han mostrado que hay personas que se sienten más realizadas en su soledad que en las relaciones sociales. Hay personas que tienden a concentrarse en sus proyectos, en hacer realidad sus ideas, y estar con otros les parece, en tantas ocasiones, una pérdida de tiempo. Estar en compañía es sin duda algo que nos tranquiliza y parece que nos hace sentir mejor. 

Pero para algunas personas esa etapa de la vida en la que parece que tenemos que estar con los demás ya ha pasado, y viven ese compromiso de estar con los demás como un estorbo, es decir, una obligación no digerida. No les interesa ganarse la aprobación de los amigos, ni sentirse considerados. Más bien quieren hacer crecer sus proyectos y realizar sus ideas. 

Yo me encuentro entre esas personas. Permítaseme, pues, vivir esa soledad y habitar en esa soledad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF 

Por eso, quizá se pueda ahora entender más y mejor mi carta a la soledad que te invito a leer a continuación: 

Mi querida soledad, sólo ahora puedo llamarte así: ¡Querida! Tal vez ahora que eres una amiga insustituible para mí, no sepas o tal vez sí, cuánto te he rehuido, evitado, incluso: ¡te he odiado! Has buscado mi amistad desde la adolescencia: solía encontrarte en todas partes. Venías a la escuela conmigo, caminabas a mi lado, nadie te quería y yo también trataba de evitarte y, por tu culpa, que no desistía, yo era a mi vez evitado. Luego, en el colegio, te sentabas en el pupitre contiguo al mío, que siempre elegía el último asiento, ¡y me hacías parecer extraño a los ojos de mis compañeros! No te soportaba, quería eliminarte, pero no me soltabas y no podía confiar en nadie. En esos mismos años, cuando volví a casa, creí que había conseguido no volver a encontrarte, pero fue dentro de esos "muros desiertos" donde me habías... ¡precedido! Me costó mucho tiempo entregarme a ti; me costó muchas lágrimas; hubo muchas "despedidas", pero ahora que he alcanzado la edad de la madurez, soy yo quien te busca, soy yo quien te llama, y sigo siendo yo quien te tiende la mano en cuanto puedo, y cuando te sientas a mi lado no quiero que nadie nos moleste. He aprendido a disfrutar de tu presencia en mi vida y te agradezco que no hayas desistido en exigir y buscar mi amistad. Contigo, aceptada y amada soledad, cada encuentro se convierte en una oportunidad para "dar" todo lo que tengo y soy... sin esperar nada a cambio.

Jesús fue a la otra orilla.

Jesús fue a la otra orilla

El título de mi blog es un título tomado de los Evangelios. Jesús fue a la otra orilla, a otra parte, y me invita a mí a hacer lo mismo. Marcos 4, 35ss. Y quiero explicar el porqué de ese título. La psicología conductual define la zona de confort como la condición mental en la que la persona actúa en un estado de ausencia de ansiedad, con un nivel constante de rendimiento y sin percibir sensación de riesgo. Todos tenemos nuestras zonas de confort. Jesús las tuvo. Y quizá esa sea la tentación. Y en la medida en que Jesús no cae en esa tentación sino que le hace frente y la atraviesa para no dejarse enredar por ella nos muestra a emprender un camino, otro camino para ver, contemplar, juzgar, sentir, pensar, actuar,…, en una palabra, para ser. Hay siempre otra orilla. 

‍Todo lo que forma parte de nuestra zona de confort (Nazaret, Galilea,…) nos hace sentir cómodos y seguros. Es bueno tener uno, o más bien muchos. Cuando evitamos situaciones nuevas nos sentimos aliviados del peso de la ansiedad y el miedo, mientras que cuando nos exponemos más allá de nuestra zona de confort percibimos un estado de ansiedad y un alto nivel de riesgo. Pero entonces ¿por qué es importante saber salir de vez en cuando? 

Permanecer anclados en nuestra zona de confort durante mucho tiempo puede enjaularnos en una vida predecible, fácilmente manejable y controlable. A veces, nuestra zona de confort puede convertirse en una prisión porque limita las posibilidades de crecimiento, las evoluciones personales, las oportunidades de cambio. 

En cambio, aprender a salir de nuestra zona de confort nos da la oportunidad de crecer y aprender, porque nos permite: experimentar en otros lugares o situaciones, aprender más sobre nosotros mismos, nuestras reacciones y nuestras emociones, descubrir nuevas partes de nosotros y nuevas posibilidades de ser y actuar, identificar nuestros recursos, aprender lo nuevo, cambiar y evolucionar, creer más en nosotros mismos y todas las posibilidades de lo demás y de los demás. 

Este proceso no siempre es fácil e inmediato ya que requiere riesgo y coraje. Atreverse nos expone a caídas y derrotas, pero es el riesgo de la aventura humana cuando uno se deja mover solamente por el Espíritu que sopla cuando quiere, como quiere, donde quiere… y no sabemos de dónde viene ni a dónde va. 

El crecimiento personal y el crecimiento espiritual también son cambio. Ese crecimiento y esa alternativa no se encuentran en la zona de confort sino fuera… y hay que ir más allá, en la otra orilla: hay que atreverse, arriesgarse y actuar. De hecho, no hay crecimiento sin un ponerse en tesitura de búsqueda, de salida, de cambio… de nuevo nacimiento… de un nacimiento diferente. El cambio es un acto de unción y de valentía que nos prepara para sentir, para juzgar,…, para actuar de otra manera. 

‍Sí, seguramente es necesario hacerlo paso a paso. Para salir de la zona de confort es necesario proceder en pequeños pasos: el objetivo no es romper drásticamente la zona de confort… sino ampliarla procesualmente hasta irla aumentando de manera gradual. 

Todos queremos cambiar algo pero no siempre tenemos el coraje de hacerlo. Sin embargo, cada vez que Jesús de Nazaret cruza el límite de la zona de confort, por ejemplo, de la Ley, lo hace con unción, lleno de energía y vida, y portador de una belleza, de una bondad, de una verdad divinas. A veces puede significar, es verdad, interrumpir algo que no está funcionando, cambiar algo que no nos gusta, abrirse a nuevos horizontes y conocer más allá de lo dictado y de lo previsible. 

‍Y es que lo dictado y lo previsible de las cosas nos permite controlar y gestionar pero nos evita exponernos al ‘novum’, es decir, a lo nuevo y desconocido. Tantas veces me pregunto qué podemos hacer en términos concretos para abandonar todo lo que aparentemente nos resulta cómodo. Y Jesús, que camina por delante, precediéndome, me responde que haga cada día algo “incómodo”, diferente a la rutina, que acoja el ‘novum’. La resurrección es un excelente punto de partida. 

El Reino comienza donde termina la zona de confort.

Y así contemplo la resurrección, ya que estamos en la Pascua. El Jesús de la pasión, de la muerte (y de la muerte en cruz), de la sepultura, y de la resurrección es un Jesús con muchas cicatrices, con heridas mortales, pero también el Jesús que lleva consigo la memoria de aquellos momentos que nunca habrían pasado si no se hubiera atrevido a esforzarse más allá de los límites. 

Y así me gusta imaginar y soñar mi comunidad… mi Iglesia doméstica… mi Congregación claretiana… mi Diócesis… mi Iglesia universal. 

Cada uno de nosotros crece en un sistema de reglas que alguien nos ha definido. Nacemos en un sistema familiar, educativo, cultural, social que tiene sus propias reglas y esas reglas trazan límites muy precisos que deben respetarse como parte integral de pertenencia a ese sistema, identificar los límites dentro de los cuales podemos movernos y más allá de los cuales no podemos ir, definir el sistema al que pertenecemos y lo que ese sistema considera específicamente correcto e incorrecto. 

Cuando crecemos inevitablemente sentimos la necesidad de comprender quiénes somos, qué queremos y qué necesitamos y entonces se hace necesario identificarnos respecto del sistema al que pertenecemos. 

Esto significa que ese sistema de reglas que otro nos definieron y en el que crecimos debe necesariamente ser cuestionado, dándonos la posibilidad de ir más allá de esos límites que hemos respetado durante mucho tiempo para descubrir qué hay más allá de la frontera impuesta. 

Esto nos dará la oportunidad de comprender en profundidad lo que podemos o no podemos hacer y ser, lo que somos capaces de hacer y ser, distinguiendo lo que es bueno para nosotros de lo que es malo para nosotros, lo que nos gusta de lo que no nos gusta, lo que queremos de lo que no queremos, lo que nos alimenta de lo que nos envenena. 

Para comprender realmente quiénes somos, debemos ser capaces de identificar nuestras propias fronteras personales, yendo más allá de nuestros límites impuestos, más allá de nuestra zona de confort y protección (incluso arriesgándonos a cometer errores y a salir heridos) para poder descubrir cuáles son nuestros verdaderos límites a través de la experiencia directa con la vida y no ya sobre la base de esquemas preconstituidos para protegernos de los riesgos de la vida. 

¡Ven, Espíritu Santo y ayúdanos a pasar a la otra orilla! 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 28 de abril de 2026

Confesiones sacerdotales.

Confesiones sacerdotales 

Estos son tiempos complejos para ser sacerdote. La figura del sacerdote se ha vuelto hoy anacrónica. La mayoría de las personas de nuestro tiempo no sólo están completamente ausentes de la práctica religiosa, sino que ya ni siquiera tienen que ver con la cuestión de Dios. Viven, en su inmensa mayoría, "como si Dios no existiera", y no sienten ningún malestar por ello. 

A Dios no se le cuestiona, simplemente se le ignora. Los éxitos de la ciencia y la tecnología adquieren un carácter sagrado y absoluto, hasta el punto de convertirse en la "nueva religión". Los sacerdotes pueden parecer irrelevantes. 

La pregunta que surge entonces es: ¿hay todavía espacio para la misión del sacerdote? La respuesta es, en mi opinión, positiva. No cabe duda de que hay también una necesidad religiosa presente en la conciencia de las personas contemporáneas, a menudo latente, que hay que hacer aflorar pacientemente, testimoniando sobre todo, no sólo individual sino comunitariamente, la actualidad de la propuesta evangélica. 

En este nuevo contexto, hay tres prioridades que el sacerdote podría vivir. La primera es la capacidad de identificarse con las situaciones existenciales de la gente, compartiendo sus alegrías y trabajos cotidianos. Tu ropa, querido sacerdote, debe oler a pueblo y no a incienso. 

La segunda prioridad es la elección de un estilo de vida sobrio, la renuncia a todas las tentaciones de poder, para conquistar esa libertad interior que te permite ser plenamente solidario con el mundo de los pobres y comprometerte en su liberación. Hermano sacerdote, vive como un pobre, ama a los pobres, deja que los pobres te enseñen. 

La tercera prioridad es, finalmente, la recuperación de una espiritualidad auténtica, no formal o devocional, sino marcada por una fuerte tensión mística, capaz de interpretar la necesidad de trascendencia que también hoy habita en el corazón de muchos, y convertirse así en testigos creíbles del misterio de Dios. Querido sacerdote, déjate devorar por la pasión anhelante de Dios, y ninguna otra pasión humana te devorará. 

Estas son las condiciones que el sacerdote de este tiempo debe poner en la base del ejercicio de su ministerio, y que, cuando se cumplen, dan eficacia a la acción pastoral, es decir, a la capacidad de transparentar la novedad y la belleza del mensaje evangélico. 

Por mucha energía, inteligencia y tiempo que dediques al Evangelio, te darás cuenta por el camino de que el ministerio más doloroso de un ministro de Dios es caminar con la gente cuando se aleja de la Iglesia y rechaza sus enseñanzas. 

En el centro de tu vida como presbítero debe estar el arte de la conversación. Debes ser alguien a quien le guste hablar con los demás, especialmente si no están de acuerdo contigo. Necesitas confianza para hablar y humildad para escuchar. Esto es especialmente difícil en nuestra sociedad, que está perdiendo el arte de relacionarse con personas que piensan de manera diferente. 

La conversación es la única manera de anunciar a Jesús, que es el diálogo de la Palabra de Dios con la humanidad. Cualquier otra forma corre el riesgo de caer en la ideología. Todo el Evangelio de San Juan es una conversación tras otra. 

Jesús era un hombre de conversación, ¡sobre todo con la gente difícil! La primera pregunta que debemos hacernos como presbíteros es la siguiente: ¿con quién debemos hablar mientras caminamos por la calle? ¿Quiénes son las personas que huyen de la Iglesia con las que podemos caminar? 

Los algoritmos de Google y Facebook nos guían hacia personas afines. La sociedad occidental corre el riesgo de hacerse tribal. Vivimos en salas de eco con personas de ideas afines. No caigas en la tentación de sentirte apoyado y rehén de la camarilla de siempre. En cambio, las mejores conversaciones abrazan y se deleitan en la diferencia. 

Además, los presbíteros estamos llamados a vivir en la tensión entre las convicciones de la Iglesia y los problemas del mundo. 

Ninguno de nosotros podrá encontrar el equilibrio perfecto. Algunos de nosotros seremos más naturalmente personas de la institución eclesial y tendremos una adhesión instintiva al Magisterio. Otros encuentran su ministerio en las periferias, identificándose con la gente de los márgenes, los de fuera. Algunos son Pedro, la roca, otros son Tomás, el incrédulo. 

¿Qué puedo decirte cuando te encuentras en el umbral de esta vertiginosa aventura que yo mismo confieso que aún no he comprendido del todo? ¿Qué consejos puedo darte, suponiendo que quieras consejos míos? Los resumiría en sólo dos palabras: autenticidad y sinceridad. Sé auténtico y sincero. Siempre, eso sí, con quien sea y donde sea. 

Sé auténtico y sincero ante todo con Dios: porque lo poco que sé de Él, he aprendido que no le gustan los poetas de corte, los amigos de Job, los que sólo rezan citando a algún gran autor, pasado o presente, como si no tuvieran mente y corazón propios. Además, le entiendo, si fueras mujer, ¿te gustaría que tu amado te hablara sólo con palabras ajenas?  No olvides que la oración es un combate cuerpo a cuerpo con Dios, una lucha, un abrazo amoroso. 

Dios es fuego devorador, torrente impetuoso, madre solícita, médico y maestro que te conducirá a la cruz y al sacrificio. Sé sincero con Él. Hasta el punto de protestar, que ciertas protestas a veces son oraciones, hasta el punto de gritarle cuando te lleve (y te llevará, créeme) disgustado por tu misión, sin ocultar tus dudas y temores y confesándole sin miedo todos los movimientos de tu corazón, incluso los más imperceptibles y secretos. 

Sólo así descubrirás que sí, que el fuego, el desierto, el torrente son realmente tus amigos, pero sólo lo son después de que tú te hayas dejado quemar, secar y abrumar por ellos. Sólo entonces descubrirás la alegría insensata e impensable que pende de la cruz, sólo entonces conocerás la inmensa paz que se extiende en el corazón que se ha dejado quebrantar. La paz que brota de haber crucificado el propio egoísmo y haber puesto todo de uno mismo al servicio del Amor. 

Sé auténtico y sincero contigo mismo: los mayores males de la vida espiritual provienen de negar la realidad, llama a tus pecados y tentaciones por su nombre, sólo así podrás sanarlos y descender a las profundidades de tu alma para encontrar en ella la luz que te resucitará. 

Sólo al precio de una verdad despiadada podrás abrir la trampilla que te separa del agua viva que murmura en tu interior. 

Reconoce la verdad de lo que te hace feliz y no temas a tu humanidad. Ama apasionadamente, canta con toda tu voz, llora fuerte y ríe aún más fuerte, ten el valor de arriesgarlo todo siempre, porque bebes de una fuente inagotable y nunca te faltarán fuerzas. Si no tienes el valor de comenzar una batalla… pide la gracia para terminarlas todas. 

Muchos se hacen la ilusión de que para parecerse a Dios hay que intentar ser como los ángeles. En cambio, mi experiencia me dice que los que quieren parecerse a los ángeles acaban más bien pareciéndose a un fantasma, sin fondo, forma ni color. 

No tienes un cuerpo, eres un cuerpo. Y tu cuerpo lleva consigo todo un mundo de olores y sensaciones y pasiones que son entonces el color y la belleza de la vida. Aprende a hacer de ellos la cítara de tu alabanza. Nunca las niegues, aunque te hagan daño. No huyas de la ola, cabálgala con valentía si quieres dejarte llevar por ella. 

Se auténtico y sincero con las personas, especialmente con aquellos que te serán confiados. Nuestro papel como presbíteros es ante todo revelar y descubrir el rostro del Señor. Debemos ser ese rostro y ver ese rostro en aquellos que nos son confiados. Cada ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, nos ofrece un atisbo de ese rostro que deseamos. 

La gente de hoy necesita desesperadamente la verdad, orientación en sus elecciones, iluminación en su confusión, la palabra de un maestro, pero no te aceptarán como maestro a menos que sepan que pueden confiar en ti, y no confiarán en ti a menos que llegues a su mente pasando primero por su corazón. 

Y al corazón no se le puede mentir. Sólo utilizando tu corazón puedes hablar al suyo. 

Jesús nos advierte en el Evangelio: "El que quiera ser el primero, que sea servidor de todos". No cedas al autoritarismo incuestionable, no te sientas poseedor de la verdad, no te dejes atrapar por el afán de ser siempre servido y venerado. 

Desgraciadamente, éstas son tentaciones que siempre nos acechan a los sacerdotes. Tenemos la tentación de buscar nuestra propia realización conquistando espacios de afirmación y dominación. A veces recurrimos a nuestras propias fuerzas y logros. 

Son tentaciones naturales, casi ineludibles, con las que tienen que lidiar todos los que tienen autoridad. Sin embargo, no faltan "vacunas" para curarse de estas enfermedades y distorsiones del alma. 

No hay nada en la vida de Jesús que haga pensar en un hombre de poder: ni las condiciones de vida privilegiadas, ni las insignias y connotaciones con las que se rodea la autoridad de la época.  Incluso ante los que habían venido a arrestarle, Jesús no reaccionó de forma temeraria y violenta, sino que "se entregó a ellos". 

Querido hermano sacerdote, aprende a "entregarte" a todos sin máscaras, sin asumir tonos de sermón, desarmado de todo autoritarismo, disponible a escuchar, sin esconder tus fragilidades, como hacen los niños tomados como ejemplo por Jesús. 

No tengas miedo de mostrarte débil y herido si lo estás, no es a ti mismo a quien debes guiarles, sino al único Salvador que es Jesús, así que no es a ti a quien deben confiarse, sino a Él. Tú eres el guía, no la tierra prometida, y por eso sólo se te pide una cosa: que conozcas el camino y guíes sin vacilar por ese camino. De hecho, si eres débil y estás cansado, esto será a veces una ventaja, porque te hará comprender mejor el cansancio y la debilidad de las personas que te han sido confiadas. 

Si aprendemos a leer los rostros, en toda su complejidad humana, veremos el rostro de Dios cien veces al día. Si nos atrevemos a salir de nuestras profundidades, de modo que nos sintamos sin palabras, el Espíritu Santo nos dará qué decir, aunque nunca lo sepamos. 

En cuanto a tu vida, no te engañes a ti mismo queriendo siempre dirigirla, ordenarla, dirigirla a toda costa. En cambio, entrégate a la vida, momento a momento, déjate sorprender, asombrar y llevar por ella, y te darás cuenta de cuánto menos ansiosamente y con qué espíritu de verdadero y gozoso servicio podrás vivir no sólo para ti mismo, sino también para todos los que te rodean y para toda la creación. 

Te repito lo que escribe el Apóstol Pablo en su primera Carta a Timoteo: Guarda cuidadosamente lo que se te ha confiado. 

Y ahora te pido que me bendigas, amigo y hermano en el ministerio ordenado sacerdotal que recibí, como un don de la gracia divina, en mi absoluta indignidad, un 3 de mayo de 1992. 

Que la frescura de tu gracia sacerdotal me inunde a mí y a todos aquellos a quienes amas y sirves. 

Ten una buena aventura y mantén en el corazón no tanto ser un sacerdote perfecto sino un sacerdote feliz. Y harás felices a los demás. 

Mis mejores deseos para una vida cristiana y sacerdotal plena, buena y hermosa. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 20 de enero de 2025

Testamento espiritual (1).

Testamento espiritual (1) 

Tengamos confianza. La muerte no me asusta, ya he experimentado un anticipo de la comunión con Él a través de los que he amado. Tengamos confianza. Dios no fallará. No nos preocupemos por el número, lo importante es que estemos unidos. Recordemos que la vida religiosa es un compromiso de fe en Dios que está presente, y que es amor infinito. Pero por eso mismo Él no puede darnos pruebas mientras vivamos en el cuerpo. Los consuelos que nos ofrece son sólo una ayuda para que vivamos en adhesión de fe a Su voluntad. Por eso nos pide fe, una fe sencilla, pura, pero grande. Dios no nos fallará. Nos hemos entregado a Él, y Él nos ha tomado: somos suyos para siempre. 

Es un hecho muy relativo que el cuerpo nos impida vivir juntos. La unión con Él no está en la experiencia sensorial sino en Cristo, que nos ha unido a Él y ha querido que seamos un solo Cuerpo con Él. Ama a la Iglesia, sacramento visible de la Presencia de Dios aquí en la tierra. 

Estemos ciertos y seguros de nuestra vocación y sepamos acogerla y agradecerla. A todos -especialmente a los de mi Congregación Claretiana y del resto de esta Familia- quiero dirigir mi último adiós, mi agradecimiento más ferviente, más vivo, mi seguridad de que no abandonaré a nadie. Recomiendo unidad; no dudéis, no desesperéis, no os desaniméis. Dios pide fe, y cuanto más cierta es, más poderosa es. Recordemos el grano de mostaza. Debemos creer en Dios que nos ha llamado. Os dejo aparentemente. En verdad, estoy con vosotros más que antes. 

Pero antes que mi presencia, debe ser para vosotros seguridad el Cristo que nos ha llamado y nos ha unido. Recordemos que la consagración a Dios, la unión con Él sólo se hace real y segura en la unión fraterna con aquellos a quienes Dios une con nosotros en la misma vocación y en el mismo camino. Si nos dispersamos, no sólo fracasaremos en nuestra unión, sino que comprometeremos seriamente nuestra respuesta al Señor. 

Toda la tradición cristiana nos lo enseña. 

No nos hemos entregado mutuamente, sino a Dios, y Dios nos ha acogido. A todos se impone una mayor certeza de nuestra vocación y de la obra de Dios que hemos sido llamados a realizar en unión unos con otros. 

Recomiendo especialmente a los más ancianos en la consagración que sean ejemplo de vida, que sean firmes en la fe, que tengan la certeza de que este carisma misionero es una obra querida por Dios, una obra que, sin embargo, somos nosotros los que debemos realizar, con sencillez, con perseverancia, con humildad, pero con la certeza de que respondemos a una llamada precisa del Señor. Os recomiendo concordia entre vosotros y obediencia a vuestros legítimos superiores. 

Al dejar esta vida, me siento en deuda con innumerables personas que me han ayudado con su ejemplo y su amor. Han iluminado mi camino, me han apoyado con sus consejos, han sido pacientes conmigo. Junto a Aquel a quien he tratado de amar, por encima de todo, el bienaventurado Jesús, pido que Aquella que me tomará por hijo, la Virgen, venga a mi encuentro, y que ruegue por mí en la hora de mi muerte invocando de su Hijo el perdón de todos mis pecados y de mis innumerables infidelidades. 

Pero con Jesús y la Virgen Santísima, espero que vengan a mi encuentro las innumerables almas a las que, a lo largo del tiempo, el Señor ha querido unirme en una relación de paternidad y, a veces, incluso de dependencia filial. Volveré a ver a mis hermanos de sangre, a mi padre, a mi madre, pero ciertamente la unidad más verdadera, la más grande en el amor, en mi unión con Cristo, será con todos mis hermanos. Sé que les he fallado tanto, pero también sé que todo me ha sido perdonado. No he recibido más que amor. Sólo Dios podría recompensar a cada uno por todo lo que me ha dado. ¡Cuántas almas grandes en esta historia de salvación que Dios Padre me ha permitido vivir! Almas sencillas y humildes, pero también almas grandes. Lo que yo fui para ellas, sólo Dios puede decirlo. Sé, sin embargo, que debía ser inmensamente más una imagen viva de Aquel a quien yo representaba. 

¡Qué inmensa comunión de amor será la nuestra en el Cielo! Pero esto no me apartará de la comunión con los que he dejado aquí en la tierra. Y esta comunión será con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo; en el seno de la Santísima Trinidad, no seremos más que un himno de alabanza, de acción de gracias y de amor. Señor, en la hora de mi muerte, que te conozca, que te ame, que te sirva, que te alabe. Dame tu mano firme, abre tus brazos seguros, y mándame ir hacia Ti. 

"Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas, amarás a tu prójimo como a ti mismo". 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...