Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero
Quedarán las fragilidades, las debilidades, los espacios donde los muros se han convertido en ruinas. Permanecerá la herida reluciente que ha dejado indefensa la ilusión de nuestras fortificaciones. Permanecerán los golpes recibidos por habernos expuesto demasiado, las ingenuidades de cuando no esperábamos ser atacados, y los sueños, aquellos ingenuamente desplegados al sol y a la burla ajena. Quedarán los proyectos locos que hicieron sonreír a los adultos. Quedarán los colores fuera de los bordes y las veces que dijimos «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Quedarán las puertas. Esos espacios donde la pared abandona su seguridad y se invita a entrar.
Quedarán las semillas dejadas caer por dedos finalmente abiertos como rayos de sol. Quedarán las palabras no ocultas bajo mantos de vergüenza inoportuna, quedarán los gestos asombrados de belleza y gratuidad, quedarán las lágrimas, arroyos que hacen florecer los sentimientos. Quedarán los besos desatados, los abrazos liberados, las oraciones apoyadas en ráfagas de viento. Quedarán los deseos confiados a las estrellas, pero sobre todo las lápidas bajo las cuales hubiéramos logrado enterrar nuestros egoísmos infantiles. Quedará la vida que hemos sabido dar, sin pretender nada a cambio, sin intereses, sin que nos hayamos dado cuenta siquiera.
Quedará la pobreza, la verdadera, la que da miedo. La pobreza que sentimos cuando nos dimos cuenta, claramente, de que no estábamos a la altura, cuando conseguimos equivocarnos en todo, cuando descubrimos que no éramos más que unos pobres desgraciados asustados. La pobreza de cuando nos utilizaron, de cuando no nos reconocieron, de cuando llegamos tarde o simplemente no llegamos a nuestro destino. Quedarán las lágrimas de cuando nos pisotearon, de cuando no nos entendieron, de cuando no teníamos poder que ejercer.
Quedarán los pocos nombres memorizados por el corazón, los aromas imborrables de la infancia, los instantes de perfecta Epifanía en los que el Eterno acariciaba las formas del mundo. Quedarán las heridas que no nos dejan pegar ojo (porque nos han hecho conocer el abismo que llevamos dentro). Permanecerá el dolor por esos errores que han hecho daño a los hermanos, porque el remordimiento ayuda a macerar en la humildad. Permanecerán los perdones recibidos, aquellas veces que nos hemos sentido llamados por nuestro nombre, las lágrimas de quienes han llorado por nosotros. Permanecerá quien se ha quedado a nuestro lado precisamente incluso después de nuestras traiciones, permanecerá la silenciosa fidelidad perseverante de quien ha sobrevivido a nuestras inconstancias. Permanecerán las injusticias recibidas, pero solo aquellas que han sabido trazar nuevos espacios de misericordia. Solo permanecerá lo que ha encontrado su nombre. Permanecerán las cosas conocidas porque son amadas. De nosotros solo permanecerá la parte verdadera, auténtica, la que ha vuelto a casa.
De nosotros quedará todo lo que no hicimos solo para nosotros. Las elecciones desinteresadas, las inversiones en un futuro lo suficientemente lejano como para no poder habitarlo. Quedará la conciencia de cuando nos sentimos solo un redil entre tantos. Sobre todo quedará la sabiduría de cuando finalmente aceptamos todo de nosotros, incluso el pecado, esas ovejas fuera del redil que no había que ocultar, transformando la vergüenza en posibilidad. Quedará la belleza de cuando nos dejamos guiar por el Espíritu y acabamos floreciendo, al menos por un instante, en Otro Lugar.
De nosotros solo quedará lo que en la vida hemos escuchado con atención, quedará Su voz reconocida en cada cosa, quedará todo lo que hemos tenido el valor de unificar, un solo rebaño, un solo pastor, un solo corazón, una entrega sin condiciones al Único, ejercicio simbólico de coser lo visible con lo Invisible. Quedará todo aquello que no se ha prostituido en la doblez, tentación diabólica de no elegir, de no tomar partido, de no simplificarse, de guardar el equilibrio del sentido común tan lejano a la locura del Espíritu que sopla como y cuando quiere.
Permanecerá la dulzura de cuando alguien nos hizo sentir amados por el Padre, permanecerá la vida entregada por amor y aquella recogida con misericordia. Permanecerá la vida marcada por el corazón del Padre, sístoles que irrigan el mundo de Espíritu, diástoles que nada olvidan, que nada pierden, que todo salvan.
Permanecerá la elección libre y madura de quien no sufre la generosa entrega y la gratuita pérdida, de quien sabe decidir por sí mismo, de quien no se adapta al flujo inexorable de los acontecimientos, sino que en cada instante logra reconocer la posibilidad de entregarse al Padre y a los hermanos, en un gesto de dulcísima entrega samaritana. Permanecerá el único poder bueno, aquel que se mueve solo dentro de los límites de la propia identidad. Permanecerá todo lo que se ha construido inspirándose en el único mandamiento. Solo permanecerá el amor. Porque solo el amor es ya eterno.
Sí, Señor, Tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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