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sábado, 25 de abril de 2026

La bendición divina fortalece todo amor humano.

La bendición divina fortalece todo amor humano

La Conferencia Episcopal Alemana publicó el año pasado - 4 de abril de 2025 - unas «directrices» — «Segen gibt der Liebe Kraft» — sobre la postura de la Iglesia respecto a las parejas LGBTI+.

 

El documento permitía la «bendición» de los homosexuales, así como de otras «parejas» que no pueden contraer matrimonio sacramental, como los divorciados y los que «vuelven a casarse» civilmente, e incluso de las «parejas» «de todas las identidades de género y orientaciones sexuales».

 

Las directrices fueron posteriormente precisadas de diversas maneras por varias Diócesis de Alemania.

 

Hace unos días, el Cardenal Reinhard Marx ha invitado a los presbíteros y al personal a tiempo completo de su Archidiócesis a aplicar las directrices del documento oficial de los Obispos alemanes.


Según el Cardenal, esas directrices aclaran «que la bendición no es una celebración de un matrimonio sacramental». Pero, dice el Cardenal, esto no significa «que la bendición de una unión no sacramental —que en muchos casos ya es un matrimonio civil celebrado por un funcionario del registro civil— empuje a la pareja a los márgenes de la parroquia y de la Iglesia». Quienes viven otro tipo de relaciones deben ser acogidos en el corazón de la parroquia. El Cardenal subraya expresamente que ninguna «pareja» debe ser rechazada.

 

El relanzamiento del tema por parte del Cardenal Reinhard Marx evoca también algunas cuestiones que atañen a toda la Iglesia y a sus relaciones con las parejas LGBTI+.

 

La Iglesia no celebra el sacramento del matrimonio entre parejas homosexuales, pero las bendice. Lo cual, entre las muchas verdades que implica, dice algo muy importante: existen diferentes formas y niveles de pertenencia a la Iglesia.

 

Quien, por diversas razones personales, no vive todo lo que la moral católica exige, no significa que no sea cristiano. Y si es cristiano, significa que puede ser acogido de todos modos por la Iglesia.

 

La Iglesia, por su parte, acepta que los límites que definen el «dentro» y el «fuera» de la Iglesia pertenecen más al misterio que al derecho. Toma nota de ese misterio y renuncia a la pretensión de definir y excluir.


De ello se deriva una pastoral que podríamos definir como «fluida» o «porosa»: se acompaña, se acoge, no se juzga o, al menos, se renuncia a juzgar de manera definida y definitiva.

 

También la Liturgia, como por otro lado desde siempre, se adapta. Entre la plenitud de un rito sacramental y la nada existe toda una vastísima gama de oraciones, de bendiciones de todo tipo.

 

Muchos de estos ritos se incluyen en los llamados «sacramentales», ritos de diversa índole que no son los sacramentos, pero que los preceden y los acompañan, ritos llamados a «santificar las diversas circunstancias de la vida».

 

La recomendación del Cardenal Reinhard Marx y de la Conferencia Episcopal Alemana define discretamente una nueva forma de ser Iglesia, en la que el deseo de acoger lo que hay de bueno resulta mucho más importante y decisivo que rechazar lo que haya de déficit, de incierto, de precario, de débil..


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Jesús es el nombre de la bendición de Dios - San Lucas 2, 16-21 -.

Jesús es el nombre de la bendición de Dios - San Lucas 2, 16-21 -

La fiesta del 1 de enero está dedicada a María, Madre de Dios, pero los temas teológicos que contiene son diversos: no solo la maternidad divina de María, sino también la circuncisión y la imposición del nombre a Jesús. Estos temas se sintetizan en la encarnación en Jesús de la bendición de Dios, y entre los frutos de la bendición se encuentra la paz (Nm 6,22-27).

 

Mientras celebran la maternidad divina de María, las lecturas encuentran en la paternidad de Dios hacia Israel (Nm 6,22-27), hacia Jesús (Lc 2,16-21) y hacia los cristianos (Gál 4,4-7) un elemento de unidad. La bendición, que en la familia judía es normalmente obra paterna, se remonta en última instancia a Dios Padre y llega a los hijos de Israel a través de mediadores humanos como los padres de familia y los sacerdotes (Nm 6,27); el nombre impuesto al niño proviene del cielo, de lo alto, es decir, de Dios Padre (Lc 2,21); el Espíritu del Hijo derramado en el corazón de los creyentes suscita en ellos la invocación «Abbà, Padre» (Gál 4,6).

 

Jesús, «nacido de mujer, nacido bajo la Ley», circuncidado al octavo día y llamado con el nombre de «Jesús», es el cumplimiento de la bendición de Dios a la humanidad, es la bendición hecha persona. La plenitud de la bendición se manifiesta en el fruto bendito del seno de María, la bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1,43). La protección, la gracia y la paz en las que consiste la bendición asumen el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret.

 

Su nombre indica la voluntad de salvación de Dios: «El Señor salva». El desdibujarse de los rasgos del rostro en una sonrisa llena de benevolencia se manifiesta en el rostro de Jesucristo, sobre el que resplandece la gloria de Dios. Jesús es la sonrisa de Dios a la humanidad.

 

El tema unitario de las lecturas es también el de la presencia de Dios. Presencia que la bendición sacerdotal establece en el pueblo; presencia manifestada en el rostro y en el nombre de Jesús; presencia que se hace interior al creyente gracias a la efusión del Espíritu y que lo guía a la filiación divina. La maternidad de María es el acontecimiento que permite la manifestación de la presencia bendita de Dios a los hombres.


La liturgia celebra la circuncisión de Jesús. Una memoria importante porque recuerda la perenne judaísmo de Jesús: la circuncisión graba la señal de pertenencia al pueblo de Israel y de entrada en la alianza en el espacio corporal, en la carne. Así, el instrumento de la generación de reproducirse, el órgano del encuentro sexual con la mujer, queda marcado por esta herida.

 

También el bautismo cristiano como signo de la iniciación a la vida cristiana y de pertenencia a la comunidad cristiana (y el lugar donde se pronuncia el nombre del recién nacido ante Dios y la comunidad cristiana), es como imagen de la circuncisión de Cristo:

 

«En Cristo habéis sido circuncidados, pero no con una circuncisión hecha por mano humana, mediante el despojo de vuestro cuerpo carnal, sino con la verdadera circuncisión de Cristo. Con él habéis sido sepultados en el bautismo...» (Col 2,11-12).

 

«Le pusieron por nombre Jesús, como había sido llamado por el ángel» (Lc 2,16).

 

En el nombre está la llamada: su nombre es su vocación, su singularidad, su tarea, su responsabilidad. El nombre «Jesús», el nombre de aquel que ha sido engendrado por el Espíritu Santo, es el nombre que viene de Dios y no de los hombres, de lo alto y no de lo bajo. Y por eso es el único nombre en el que hay salvación (cf. Hch 4,12).

 

Nosotros, cristianos, hemos sido bautizados en el nombre de Jesús. En Cristo, nuestro nombre ya no es memoria del pasado, sino camino hacia el futuro, no es repetición de lo ya visto y sufrido, sino novedad de vida.

 

En el pasaje del Evangelio se subraya la actividad interior de María: el lugar del corazón es la interioridad como espacio de elaboración del sentido, de acogida de lo real y de maduración de las elecciones y las decisiones.

 

María, que reflexiona y medita «en su corazón» (Lc 2,19) sobre los acontecimientos que suceden y que guarda en su interior palabras que despiertan asombro, cultiva y elabora en sí misma el sentido de tales acontecimientos, lo concibe, lo lleva en su seno como llevó en su seno al hijo, le da progresivamente forma, esperando dar a luz, o mejor, ser engendrada a ese sentido que la toma como Madre del Señor.

 

Lucas habla de un cumplimiento de días (cf. Lc 2,21) y Pablo de la «plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). La bendición sacerdotal expresa la benévola acción cotidiana de Dios hacia el hombre: una acción que se reconoce en las pequeñas cosas de cada día, en el devenir del transcurso de los días y del futuro de los acontecimientos.

 

La actividad interior y espiritual de memoria y reflexión de María es lugar de comprensión y tiempo de discernimiento de la bendición divina en lo cotidiano.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 11 de diciembre de 2025

El arte de bendecir.

El arte de bendecir 

Incluso el Hijo de Dios, para adentrarse en la aventura de la encarnación, necesitó habitar el vientre de una mujer como una bendición. 

Sin bendición, la vida permanece como un caparazón cerrado, inexpugnable, 

sin bendición, la vida no se deja sorprender, se limita a una triste réplica de lo conocido, 

sin bendición, en nosotros habita una acumulación de decepciones, se pudre el resentimiento, 

sin una bendición que rompa la corteza exterior, la vida no logra alcanzar el flujo de la sangre, no se expone a la fecundación, 

sin una bendición, la vida no se da cuenta de que está viva. 

Bendecir, gesto antiguo y misterioso, gesto arriesgado y solo posible para unos pocos, porque no son solo palabras, no es la letanía de una liturgia repetida, no es el movimiento solemne de una mano, no basta la ordenación sagrada… 

Para bendecir de verdad es necesario que el que bendice pierda algo de sí mismo, cada gesto de verdadera bendición es una entrega de parte de la vida, solo perdiéndose se puede bendecir de verdad. No puede bendecir quien lo tiene todo bajo control, quien tiene miedo a morir. 

Bendecir es reconocer una vida más grande que nosotros, es reconocerse como parte transitoria en la trayectoria de cumplimiento del misterio. No se puede bendecir si no se cree en la resurrección, si no se tiene la firme convicción de que nuestra vida ha sido moldeada para ser lanzada a los brazos de Dios. 

«Bendita tú entre las mujeres», le dice el ángel Gabriel a María, y en ese momento Dios mismo se pone en juego, se hace carne, se compromete, se expone, se deja marcar por el tiempo. Sin ese paso, el Hijo de Dios nunca habría nacido. 

Nacemos solo para bendiciones valientes, pero se necesitan hombres y mujeres que sepan morir, que lleguen a bendecir porque han sido probados por la humildad, la verdadera, la que transforma la anulación en una entrega. 

Solo los místicos saben bendecir. Solo quien tiene confianza en lo eterno, solo un anciano sabio como Simeón que ha hecho de la espera paciente el amor de toda su vida hasta la muerte. Solo aquellos que se atreven a creer en la resurrección. 

A veces pienso que solo esto deberíamos saber hacer, como Iglesia, como comunidad: ejercitarnos en el arte de la bendición, aprender el silencio, el ocultamiento, el aprendizaje humilde de las cosas de la vida. 

Aprender a bendecir… lo que significa dejar de luchar contra enemigos que están fuera, dejar de buscar siempre a alguien contra quien luchar, comenzar la verdadera lucha que tiene sentido llevar adelante, la que es contra uno mismo, contra el egoísmo que no nos abandona, contra el miedo a morir que no nos permite ejercitarnos en la libertad, una lucha encarnizada contra el terror que tenemos de no ser reconocidos, apreciados, buscados, valorados… 

Dejar de luchar contra quienes no piensan como nosotros, contra quienes no forman parte de nuestro grupo, de nuestra Iglesia, de nuestro círculo. Dejar de defender con arrogancia nuestra forma de gestionar el poder, de soñar con un proyecto, de celebrar una liturgia, de apoyar a unas consignas... No somos los únicos que podemos dar forma a la Verdad. Quien no concibe la diversidad nunca sabrá bendecir sino solamente ejercer el poder. 

Bendecir es exponerse a lo desconocido, es perder algo vital, es aceptar que el Señor ama a quienes no viven como nosotros. 

Bendecir es desmontar las barricadas, es saber pedir perdón, es reconocer otros caminos posibles, es dejar que Dios hable por fin, es dejarse herir, hasta la muerte. 

«Bendecid, sí, no maldigáis» 

porque duele ver a hombres y mujeres resentidos con la vida, convencidos de que todo es una lucha y que solo gana quien se impone; 

porque es dolorosa la vida de los hijos que creen haber decepcionado a sus padres, o de las parejas que no saben entregarse el uno al otro con gratitud; 

porque el verdadero drama de la vida es atacar cada espacio con la ansiedad de tener que demostrar siempre que estamos a la altura. 

Pero ocurre que nunca alcanzaremos la altura divina contando solo con nuestras fuerzas, necesitamos una bendición, que no es otra cosa que el Eterno inclinándose sobre nuestra bajeza. 

Necesitamos encarnar nuestro Magnificat personal. No, nunca estaremos a la altura, no es posible elevarse por sí mismo a la altura divina. Entonces, habrá que rendirse tarde o temprano, esperar encontrar y reconocer al menos a un sabio, al menos a uno, en la vida, que con los ojos de Dios sabrá bendecir lo que somos. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 8 de septiembre de 2025

Así bendeciréis - Lucas 2, 16-21 -.

Así bendeciréis - Lucas 2, 16-21 -


 

Así bendeciréis a los israelitas.

 

La orden dada por Dios a Moisés y Aarón es perentoria y sin posibilidad de interpretación. Los dos libertadores, los dos líderes, los dos profetas hermanos están llamados a bendecir al pueblo, a decir cosas buenas.

 

La invitación que el Señor nos hace a cada uno de nosotros al comienzo de este nuevo año es sencilla y directa: estamos llamados a bendecir a todos aquellos con quienes nos encontremos.

 

Bendecir, es decir, decir cosas buenas.

 

Acostumbrados como estamos a decir cosas malas, a ver el mal, a escrutar con desconfianza cada afirmación, a pillar en falta a cualquiera, a regodearnos en las conspiraciones erigidas en sistema político y exacerbadas por las nuevas tecnologías.

 

Todos enfadados, todos armados, todos furiosos, todos combativos, todos arrogantes.

 

¡Es tan difícil vivir en este mundo de descontentos! ¡Es tan terrible adaptarse a este imperio agonizante! Es tan triste ver a todos mirándose alrededor, listos para atacarse sin piedad...

 

Es tan desarmante y descabellada la invitación de Dios: «Así bendeciréis a los israelitas».

 

Y así me invito a hacerlo. Y os invito a hacerlo.

 

A decir cosas buenas, a partir de hoy, a partir de este año nuevo.

 

¿Será esta la manera de cambiar el mundo? ¿Empezar a amarlo?

 

¿Amarlo porque somos amados? ¿Amarlo por el exceso de amor recibido? ¿Amarlo como solo sabe amarlo este Dios que se hace niño indefenso?


 Que puedas ver

 

¿Es esta la solución sencilla para cambiar nuestras vidas sin resolver e inquietas? ¿Cambiar nuestra forma de ver las cosas?

 

Pero no en el sentido ilusorio de fingir que las cosas cambian, no por un optimismo genérico basado en la nada. Ver más allá de las apariencias y decir cosas buenas porque el mundo ha cambiado, ha sido fecundado por el nacimiento de Dios.

 

Comenzar un año bajo el signo de la bendición significa dar espacio al alma, establecer una jerarquía de prioridades dentro de nuestras vidas, de nuestros días. Si Dios es accesible, si está presente, si está dispuesto a llevar la luz a lo que hacemos y vivimos, entonces todo cambia.

 

Porque cambia el corazón y la forma de ver la realidad.

 

Los pastores vuelven a su miserable trabajo cantando y exultando porque han visto que la salvación les alcanza en el lugar de su fatiga.

 

María medita la iniciativa de Dios, su sabia locura, su contagiosa euforia y va más allá de la pequeña cabaña que la acoge. Ve en la mirada de los pastores la bendición que Jesús ha venido a inaugurar.


La luz de su rostro

 

Así bendeciréis a los israelitas.

 

Que puedas ver la luz del rostro de Dios, el esplendor de su rostro.

 

Hacer brillar el rostro indica la sonrisa de una persona: cuando sonreímos, nuestro rostro se ilumina. Pase lo que pase en estos meses, que podamos captar el rostro sonriente de Dios en nuestra vida, en nuestras vicisitudes, incluso en nuestras fatigas.

 

Dios sonríe, por supuesto. Quien ama, incluso en la adversidad, sonríe.

 

El rostro sonriente de Dios nos lo revela el niño Jesús.

 

Dios sonríe, no está enfadado, ni es impenetrable, ni distante, ni nervioso.

 

Dios sonríe, siempre. El problema, si acaso, somos nosotros.

 

En los momentos de fatiga y dolor no miramos hacia Dios, sino hacia nosotros mismos, hacia el dolor, hacia la parte oscura de la realidad; nos dejamos llevar por la emoción, no reconocemos ninguna sonrisa en Dios.

 

No esperemos que Dios nos resuelva los problemas, ni que nos allane la vida o nos la simplifique.

 

La vida es un misterio y, como tal, debe ser acogida y respetada, y al discípulo no se le evita el sufrimiento.

 

Pero si Dios nos sonríe, siempre, significa que existe un truco que no vemos, una razón que ignoramos, un horizonte más allá, más alto, otro, y entonces confiamos.

 

Pase lo que pase en nuestra este año, que Dios nos sonría.


Poner orden

 

Para darse cuenta de la sonrisa de Dios hay que imitar a la adolescente María.

 

María, a quien celebramos con el título de «Madre de Dios», está turbada por los demasiados acontecimientos que han caracterizado la última semana: el parto en soledad, el estar lejos de su casa, el alojamiento más que provisional, la visita de los pastores sospechosos.

 

Y en medio de tantas emociones, ¿qué hace?

 

Guarda todas estas cosas meditándolas en su corazón. Literalmente, Lucas escribe que «tomaba las diversas piezas y trataba de recomponerlas».

 

Nos falta un centro en nuestra vida, estamos abrumados por la vida vivida. Como la ropa sucia amontonada en la palangana, necesitamos un hilo en el que colgar todas las cosas para ponerlas a secar.

 

Este centro unificador, que es la fe, nos es precioso.

 

¿Por qué no comprometernos en este año que comienza a partir de Dios, a poner la escucha de la Palabra y la meditación en el centro de nuestro día?

 

Solo así nos daremos cuenta de que Dios nos sonríe.

 

Si alguien nos estima, si habla bien de nosotros, si nos hace sentir su afecto, nos da alas.

 

Y nos hacemos capaces de hacer cualquier cosa. Escalar montañas, descender a los abismos más profundos.

 

Os bendigo a cada uno de vosotros. Y os pido que os bendigáis unos a otros, que digáis cosas buenas, en esta noche de transición, y mañana, cuando os despertéis. Que digáis cosas buenas, sin ceder a la lamentación o al desánimo. Que digáis y hagáis el bien sin tener miedo a confiar.

 

Dios dice cosas buenas y hace cosas buenas, está entre nosotros con toda su belleza desarmante, su desnudez absoluta, su luz que lo ilumina todo.

 

Vivamos como bendecidos porque somos amados.


Bendigamos porque amamos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Sonrisas - Lucas 2, 16-21 -,

Sonrisas - Lucas 2, 16-21 - 

Solo ha pasado una semana desde la noche de Navidad y la Liturgia nos invita a comenzar el año civil en compañía de María, Madre de Dios. 

Una liturgia curiosa, a medio camino entre la necesidad de «bautizar» la fiesta pagana del paso del año y el deseo de volver a proclamar el misterio de la encarnación de Dios. 

He aquí a Dios. 

Inesperado, asombroso, diferente, inquietante, entregado en su desarmante fragilidad. 

He aquí a Dios, nos repetimos desde hace una semana, casi sacudiéndonos la sensación de entumecimiento que nos ha dejado la fiesta navideña. Una vez guardados en el armario los harapos del viejo Papá Noel, digeridos los atracones hiperglucémicos, superado (¡espero!) el dolor devastador de quienes viven solos (y mal) cada Navidad, es hora de dejar espacio a la teología: dejemos a un lado las emociones y la tradición y recuperemos la fe. 

Por lo tanto, 

la Navidad sacude nuestros prejuicios y nuestras convicciones y, si la tomamos en serio, nos incomoda y nos obliga a reflexionar. 

Estamos convencidos de que Dios no existe, de que es el gran ausente de nuestra modernidad: ante los grandes dramas de la naturaleza, siempre estamos dispuestos a poner a Dios en el banquillo de los acusados y pasamos por alto las posibles responsabilidades de los hombres (¡la violencia y la guerra son obra nuestra!). 

Los trágicos acontecimientos de este año nos devuelven a la verdad y a la responsabilidad del hombre, capaz de crear un infierno en la tierra, aunque sea una tierra bendecida por la presencia de Dios. 

La violencia y la incomprensión no son signo de la indiferencia de Dios, sino consecuencia de que lo mantenemos al margen de nuestros juegos, lejos de nuestra lógica de poder y dominio. 

La Navidad dice que no es Dios quien está ausente, sino que es el hombre el gran ausente de la Historia. Eterno adolescente, como Adán que se esconde de Dios que lo busca, el hombre huye de la inquietud para no arriesgarse: la luz viene a las tinieblas, pero los suyos no la han acogido. 

Estamos convencidos de que Dios existe, pero es inaccesible, incomprensible, lejano. Que es mejor mantenerlo a raya, por si acaso lo necesitamos, y, cuando lo necesitamos, le pedimos, invocamos y suplicamos para obtener una gracia, un favor; Él, que es Todopoderoso, podría (¡debería!) escuchar a sus hijos, a sus devotos. 

La Navidad, en cambio, dice que Dios se vuelve frágil, que pide en lugar de dar, que mendiga en lugar de repartir, que, por amor, se despoja de sí mismo, se humilla abandonando su divinidad para que nosotros podamos (un poco) experimentar la divinidad. 

Estamos convencidos de que Dios está en las cosas del cielo, en los momentos intensos, en los lugares sagrados, en las largas celebraciones (a menudo aburridas hasta la saciedad), en las semanas de retiro, en las misas dominicales,... Y nos quejamos de no poder, de no tener tiempo, de no conseguirlo, los monjes sí, los beatos sí, los santos sí, pero nosotros... 

La Navidad, en cambio, nos habla de la encarnación de Dios, del hecho de que, haciéndose hombre, Dios llena de santidad cada fragmento de la vida, desde el trapo para fregar el suelo, hasta la mano untada de aceite del mecánico, pasando por el esfuerzo repetitivo del obrero en la fábrica. Ya no existen lugares y tiempos sagrados. 

Existe un lugar y un tiempo sagrados: mi vida, aquella en la que Dios elige habitar. 

Para darnos cuenta de esta transfiguración necesitamos silencio y oración (que siempre sirve y solo si cambia mi mirada sobre la vida), como hace María, la bella. 

Juntar las piezas 

Lucas dice que María guardaba en su corazón todos estos acontecimientos, juntando las piezas. 

Al comenzar este nuevo año (lo siento por los astrólogos, ¡pero será muy similar al que acaba de pasar!), la Liturgia nos dice que imitemos a María, que dediquemos tiempo al «interior», que nos demos cuenta de Dios. 

Falta un centro en nuestra vida, estamos abrumados por la vida vivida. Como la ropa sucia amontonada en la palangana, necesitamos un tendedero donde colgar todas las cosas para que se sequen. 

Este centro unificador que es la fe nos es precioso, indispensable. ¿Por qué no comprometernos en este año que comienza a partir de Dios, a poner la escucha de la Palabra y la meditación en el centro de nuestro día? 

Solo así nos daremos cuenta de que Dios nos sonríe. 

Sonrisa 

«Hacer brillar el rostro» es un espléndido semitismo que indica la sonrisa de una persona: cuando sonreímos, nuestro rostro se ilumina. 

Esto es lo que nos deseamos cordialmente. Pase lo que pase en estos meses: que podamos captar en los acontecimientos de nuestra caótica vida el rostro sonriente de Dios. 

Dios sonríe, por supuesto. 

Quien ama, incluso en la adversidad, sonríe. 

El rostro sonriente de Dios nos lo revela el niño Jesús. 

Dios sonríe, no está enfadado, ni es impenetrable, ni distante, ni nervioso, ni mucho menos. 

Dios sonríe, siempre. 

El problema, si acaso, somos nosotros. En los momentos de fatiga y dolor no miramos a Dios, nos dejamos llevar por la emoción, no reconocemos en Dios ninguna sonrisa. 

No esperemos que Dios nos resuelva los problemas, ni que nos allane la vida o que nos la simplifique. 

La vida es un misterio y, como tal, debe ser acogida y respetada. 

Pero si Dios nos sonríe, siempre, significa que hay un truco que no vemos, una razón que ignoramos, y entonces confiamos. 

Pase lo que pase en nuestra vida este año, que Dios nos sonría. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La bendición de Dios nos alimenta - Lucas 2, 16-21 -.

La bendición de Dios nos alimenta - Lucas 2, 16-21 - 

La primera lectura bíblica del nuevo año nos envuelve en una bendición llena de luz, en la que podemos tomar aliento para comenzar el nuevo año: El Señor habló a Moisés, a Aarón y a sus hijos, y les dijo: «Bendecid a vuestros hermanos». 

Bendecid: en primer lugar, lo merezcan o no, los bendecid. Dios nos alcanza no proclamando dogmas ni imponiendo prohibiciones, sino bendiciendo. Su bendición es una energía, una fuerza, una fecundidad de vida que desciende sobre nosotros, nos envuelve, nos penetra, nos alimenta. 

Dios nos pide también a nosotros, hijos de Aarón en la fe, que bendigamos a los hombres y las historias, el azul del cielo y el paso de los años, el corazón del hombre y el rostro de Dios. Mi tarea y la tuya para el año que viene: ¡bendecir a los hermanos! Si no aprende a bendecir, el hombre nunca podrá ser feliz. 

¿Y cómo se bendice? Dios mismo ordena las palabras: Que el Señor haga resplandecer su rostro sobre ti. ¿Qué es un rostro que resplandece? Quizás poco, y sin embargo es lo esencial. Porque el rostro es la ventana del corazón, cuenta lo que hay en él. 

Que brille el rostro de Dios, descubre en el año que viene a un Dios luminoso, un Dios solar, rico no en tronos, leyes o declaraciones, sino cuyo tabernáculo más verdadero es el resplandor de un rostro. Un Dios de grandes brazos y corazón de luz. 

La bendición de Dios no es salud, dinero, fortuna, prestigio, larga vida, sino, muy simplemente, la luz. La luz es muchas cosas, lo entendemos al mirar a las personas que tienen luz y que irradian bondad, generosidad, belleza, paz. Dios nos bendice poniendo a nuestro lado personas con rostro y corazón luminosos. 

Y continúa la Biblia: Que el Señor te conceda su gracia. ¿Qué nos deparará el año que viene? No lo sabemos, pero de una cosa estamos seguros: el Señor nos concederá su gracia, lo que significa que el Señor se volverá hacia nosotros, se inclinará sobre nosotros, nos perdonará todos nuestros errores, todos nuestros abandonos; caminará con nosotros, en nuestras pruebas se inclinará sobre nosotros para que no se le escape ni un solo suspiro, ni una sola lágrima. 

Pase lo que pase este año, Dios se inclinará sobre nosotros y nos concederá su gracia. 

Ocho días después de Navidad vuelve la misma historia de aquella noche: la Navidad no es fácil de entender. 

Dejémonos guiar entonces por María, que guardaba y meditaba todas estas cosas en su corazón; que buscaba el hilo dorado que uniera los opuestos: un establo y «una multitud de ángeles», un pesebre y un «Reino que no tendrá fin». 

Como Ella, como los pastores, salvemos al menos el asombro: en Navidad, el Verbo es un recién nacido que no sabe hablar, el Eterno es apenas el amanecer de una vida, el Todopoderoso es un niño capaz solo de llorar. 

Dios siempre vuelve a empezar así, con pequeñas cosas y en silencio. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Descubrir a un Dios de grandes brazos y corazón de luz - Lucas 2, 16-21 -.

Descubrir a un Dios de grandes brazos y corazón de luz - Lucas 2, 16-21 -

Ocho días después de Navidad, la misma historia de aquella noche: la Navidad no es fácil de entender, es una conquista lenta. 

Nos desorienta: por el nacimiento, ese nacimiento, que se convirtió en la noche en un murmullo de voces que contaban una historia increíble. 

Hay que frotarse los ojos. Ha venido el Mesías y está envuelto en pañales, en la áspera paja de un pesebre. Quien lo busca en los palacios sagrados no lo encuentra. 

«Todos los que oían se maravillaban de las cosas que decían los pastores». Redescubrir el asombro de la fe. Dejarnos encantar al menos por una palabra del Señor, sorprendernos aún por el pesebre y la Cruz, por este misterio de un Dios que sabe de estrellas y de leche, de infinito y de hogar. 

Olvidemos toda la liturgia sin alma que preside estos días: regalos, petardos, felicitaciones, mensajes clonados y mil y una veces reenviados, luces,…, para conservar lo que realmente vale: la capacidad de sorprendernos por la esperanza indomable de Dios en el hombre y en nuestra historia bárbara y magnífica, por su volver a empezar desde los últimos de la fila. 

Y aprendamos de María, que «guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón», de Ella, que guarda como en un cofre emociones y preguntas, ángeles y establos, un niño caído de una estrella en sus brazos y que busca el infinito perdido y lo encuentra en su pecho; de Ella, que medita en su corazón hechos y palabras, hasta que se desenreda el hilo de oro que lo unirá todo, de Ella aprendemos a tomarnos tiempo para cuidar nuestros sueños. 

«Con el corazón», con la forma más elevada de inteligencia, la que une el pensamiento y el amor. 

Y también aprendemos la Navidad de los pastores, que no pueden contener la alegría y el asombro, como no se puede contener la respiración, sino que regresan cantando y contagian con sus sonrisas a quienes se encuentran, diciendo a todos: ¡Ha nacido el Amor! 

En este día de felicitaciones, las primeras palabras que nos dirige la Biblia son: El Señor habló a Moisés, a Aarón y a sus hijos, y les dijo: Bendecid a vuestros hermanos. 

En primer lugar, lo merezcan o no, bendecidlos. Dios nos pide que aprendamos a bendecir: a los hombres y las historias, el azul del cielo y el paso de los años, el corazón del hombre y el rostro de Dios. Si no aprende a bendecir, el hombre nunca podrá ser feliz. 

Bendecir es invocar del cielo una fuerza que haga crecer la vida, y volver a empezar y resucitar; significa buscar, encontrar, proclamar el bien que hay en cada hermano. 

Y continúa la bendición: Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti. Descubre que Dios es luminoso, encuentra en el año que viene a un Dios solar, rico no en tronos, leyes o declaraciones, sino cuyo tabernáculo más verdadero es un rostro luminoso. Descubre a un Dios de grandes brazos y corazón de luz. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...