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domingo, 13 de septiembre de 2026

La deuda de la gracia es im-pagable - San Mateo 18, 21-35 -.

La deuda de la gracia es im-pagable - San Mateo 18, 21-35 -

Cuántas preguntas suscita este Evangelio.

 

Pedro quiere saber cuántas veces hay que perdonar. Jesús responde con una parábola.

 

Pero, incluso antes de la respuesta, surge una pregunta más radical: ¿es realmente posible saldar cuentas entre los seres humanos?

 

Si escuchamos bien el Evangelio, descubrimos que Jesús no habla, ante todo, del perdón. Habla de la deuda. Y quizá todo empiece precisamente aquí.

 

Cuántas veces decimos: «Ya estamos en paz». Pero, ¿consiste realmente la justicia en saldar cuentas?

 

Cuando una madre pasa noches en vela junto a su hijo, cuando un hijo acompaña a sus padres en la vejez, cuando un amigo nos salva del precipicio, ¿quién podría hacer cuentas?

 

El amor siempre excede. Y el mal también.

 

Pedro sigue razonando con la lógica del recuento: ¿siete veces? Jesús rompe incluso el número: setenta veces siete. No significa cuatrocientos noventa. Significa: sal de la contabilidad. El perdón no borra el mal. Interrumpe su propagación.

 

Las cuentas no cuadran desde el principio.

 

Ninguno de nosotros se ha dado la vida a sí mismo. Antes incluso de respirar, ya éramos destinatarios de un don. Cada nacimiento establece una deuda. No una deuda que saldar, sino la deuda originaria de la vida recibida.

 

Por eso, el primer lenguaje de la existencia no es la posesión, sino la gratitud.


A la luz de esto, comprendemos el «Padre nuestro»: «Perdona nuestras deudas, así como nosotros las perdonamos a nuestros deudores».

 

Jesús nos enseña a rezar hablando de deudas. Como si toda la vida estuviera marcada por la conciencia de haber recibido infinitamente más de lo que jamás podremos devolver.

 

De este recuerdo del don nace el perdón.

 

El santo, tal vez, es simplemente esto: un hombre deudor que nunca deja de vivir en la gratitud. El pecador cree que debe saldar la deuda. El santo sabe que nunca podrá saldarla y, por eso, convierte toda su vida en acción de gracias.

 

La gracia no se paga. Se honra. Es el corazón de la parábola de Jesús. Solo podemos dejar que ese don siga fluyendo a través de nosotros. La gracia no cierra las cuentas. Las abre.

 

El siervo de la parábola ha recibido una condonación inmensa, pero se muestra inflexible ante la pequeña deuda de su compañero. El problema no es la deuda del otro. El problema es haber olvidado la propia. El siervo no es condenado por la justicia. Se condena a sí mismo porque olvida la gracia.

 

En ello se revela como un hombre ingrato y malvado. Su verdadero pecado no es la dureza. Es el olvido. Ha olvidado que se le había perdonado. Quien olvida el don se revela también incapaz de perdonar. Quien conserva el recuerdo de la misericordia recibida genera misericordia.

 

El perdón no nace del olvido de la ofensa. Nace del recuerdo del don.

 

El lugar más difícil para aprender a perdonar es la familia.

 

Hacerse adulto significa también dejar de pretender que los padres sean perfectos. Significa reconocer que incluso quienes nos han dado la vida llevan consigo heridas, miedos e inconclusiones.

 

Uno de los pasos decisivos de la madurez es precisamente este: perdonar a los propios padres. No para negar el mal recibido, sino para que ese mal no se convierta en nuestro destino.

 

Hacerse adulto significa aprender poco a poco a vivir con esta deuda sin convertirla en resentimiento.

 

El Eclesiástico afirma que «El rencor y la ira son un abominación».

 

Hay una deuda generacional: es la que hemos contraído con los padres desde el nacimiento; y para los padres, honrar la promesa que nos hicieron al traernos al mundo. La generación une a padres e hijos en una deuda recíproca.


La vida se entrega en el marco de una reciprocidad que nunca podrá saldar. Por eso las cuentas no cuadran. Y es bueno que no cuadren. El amor no se nutre de cálculos ni de balances.

 

Jesús, al hablar de la corrección fraterna, había señalado con claridad su objetivo: «Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». El objetivo de la corrección no es ganar una disputa, humillar a quien se ha equivocado o expulsarlo de la comunidad. Es recuperar al hermano.

 

¿Y si no te escucha? Jesús concluye: «Que sea para ti como el pagano y el publicano».

 

Durante siglos hemos interpretado estas palabras como una invitación a la exclusión. Pero el Evangelio cuenta exactamente lo contrario. En este punto, nos vemos remitidos al estilo, a la forma de actuar de Jesús.

 

¿Cómo trataba Jesús a los publicanos? Los buscaba. Entraba en sus casas. Se sentaba a la mesa con ellos. Los llamaba por su nombre. Los convertía de nuevo en hermanos. Ser discípulos de Jesús significa acercarse aún más precisamente cuando el otro se ha alejado.


Esta es también la clave de la parábola de este Evangelio.

 

El rey pregunta al siervo: «¿No debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido piedad de ti?»

 

El problema no es la deuda del compañero, sino el olvido de la gracia recibida. Quien no reconoce que vive de la misericordia de Dios acaba inevitablemente por convertir toda relación en un tribunal.

 

Si no reconoces a quien te ha concedido la gracia, entonces te condenas a ti mismo a devolver todo lo que debes. Al rechazar la lógica de la gracia, uno se encierra por sí mismo en la lógica de la deuda.

 

Por eso Jesús concluye con palabras severas: «Así también hará mi Padre celestial con vosotros, si no perdonáis de corazón, cada uno a su hermano».

 

No es Dios quien deja de ser misericordioso. Es el corazón del hombre el que, al negarse a dejar circular la gracia, se sustrae por sí mismo a su dinamismo. El perdón de Dios no es un bien que se deba retener: es una gracia que solo puede vivir pasando a través de nosotros.

 

Al final, comprendemos que Jesús no nos enseña a borrar las deudas. Nos enseña a vivir la deuda de la gracia.

 

Al tejer relaciones y resolver conflictos, ¿estamos seguros de que hacer justicia significa saldar cuentas? Quizá nuestra esperanza sea precisamente esta: que las cuentas no cuadren. Porque, si todo se rigiera por la justicia del cálculo, nadie podría salvarse.

 

El Evangelio no suprime la justicia. La lleva a su plenitud mostrando que el amor es siempre un exceso. Dios no nos ama como un contable. Nos ama como Padre.

 

Hagamos memoria de esta buena noticia: el Evangelio no nos pide que ajustemos cuentas. Nos pide que hagamos circular la gracia. 


La gracia no se devuelve. Se transmite. 


La conciencia de la deuda original es la fuente del perdón. Y el perdón es la forma madura de asumir la deuda de la generación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 12 de septiembre de 2026

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable.

El arte de perdonar: más allá de la lógica de lo razonable

Somos esa humanidad que está acostumbrada a hacer cuentas y, sobre todo, que intenta que las cuentas cuadren.

 

Y entonces, ante la petición de Pedro y la respuesta de Jesús pensamos precisamente en la contabilidad.

 

Pedro pregunta si basta con perdonar siete veces y Jesús responde: «setenta veces siete». Siguiendo la lógica de la contabilidad, Pedro busca una cifra que le dé seguridad: siete veces nos parece un número razonable; a partir de ahí, nos sentimos tranquilo.

 

Pero si seguimos con la lógica de la contabilidad, también la respuesta de Jesús entra en esta dinámica: setenta veces siete equivale a 490 veces y aquí, siempre desde la perspectiva de la contabilidad, la cosa se complica.

 

Está claro que debemos salir de esta mentalidad y entrar en la lógica del don, del perdón.

 

Y es en esta dirección donde intentamos leer estas palabras de Jesús, con la parábola que se convierte en su explicación.

 

En la comunidad y en el mundo, el camino del perdón es importante, aunque complejo.

 

Conocemos un tipo de perdón que, al perdonar, quiere olvidar la injusticia sufrida.

 

También otro tipo de perdón. Es aquel perdón que, en el momento en que se ofrece y se recibe, se convierte en una nueva oportunidad para una nueva relación.

 

Es de este tipo de perdón del que nos habla el texto del Evangelio.

 

En el momento en que el rey hace cuentas con sus siervos y condona esa enorme deuda a su siervo que se la suplicaba, le ofrece una nueva oportunidad de reconstruir su vida.

 

Siguiendo la misma lógica de un perdón que ofrece una nueva oportunidad, ese siervo no es capaz, a su vez, de condonar una pequeña deuda a un siervo como él. El siervo perdonado no hace más que condenar al otro siervo. No había entendido bien el perdón del rey.

 

Cuántas veces pedimos justicia y no ofrecemos otras posibilidades.

 

Quizás la comunidad de creyentes necesite aprender el arte de quien, al reconocer con sinceridad las injusticias cometidas y sufridas, se vuelve también capaz de un perdón que ofrece nuevas posibilidades de vida allí donde ha habido un error.

 

Esto, un perdón que abre las puertas al futuro, es una de esas cuestiones sobre las que debemos reflexionar y actuar juntos.

 

Quien cree en esta forma de perdón no lleva la cuenta de cuántas veces, ni razona del tipo «quién tiene la culpa», ni mide agravios y razones, sino que cree en una sola cosa: en la relación, una relación que se convierte en novedad de vida en cada ocasión.

 

Sin este perdón que mira hacia el futuro, no hay futuro allí donde las relaciones, a cualquier nivel, se han roto.


¿Cómo aprender el arte del perdón que siempre mira hacia el futuro?

 

Me parece que el perdón es un arte. Y lo primero que hay que tener en cuenta para aprender este arte es el entrenamiento.

 

Entrenarnos no en elegir una y otra vez al culpable, sino en comprender la verdad y la autenticidad de la vida y de la historia, y luego encontrar, como si fueran huellas, relaciones, palabras y gestos simbólicos y concretos que nos proyecten hacia el futuro.

 

Si bien este entrenamiento es importante, existe también otro elemento que ocupa el centro de este camino del perdón que se proyecta hacia el futuro.

 

Quizás debamos aprender a ver - ¿no será más bien a saborear? - cómo Dios ejerce sobre cada uno de nosotros este arte del perdón que siempre da un nuevo impulso a nuestra vida, incluso allí donde ya no nos sentimos capaces de hacerlo.

 

Dios es el gran rey de la parábola que perdona en un acto de caridad que siempre da un nuevo impulso a mi vida. Si conseguimos saborear cómo Dios perdona de esta manera, quizá al salir de esa habitación interior, que es nuestro íntimo, donde hemos recibido el perdón de Dios, Padre de misericordia, entonces podremos perdonar de corazón a quien tenga una pequeña deuda con nosotros.

 

Este camino del perdón que da un nuevo impulso al futuro es un camino que cuesta caro y requiere mucho tiempo y mucha voluntad.

 

El perdón no se encuentra en las estanterías del centro comercial, tal vez allí donde hay ofertas, sino que se construye día tras día en nuestro corazón, acogiéndolo como un don de Dios para luego volver a regalárselo a nuestro hermano en la vida cotidiana.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 10 de septiembre de 2026

Cada uno de nosotros somos hijos de un perdón original - San Mateo 18, 21-35 -.

Cada uno de nosotros somos hijos de un perdón original - San Mateo 18, 21-35 -

La palabra «perdón» está muy manida. Al igual que la palabra «amor».

 

«¿Perdona usted?», pregunta sin reparos el periodista a quien, tal vez, ha sido víctima de un abuso o de una violencia. .

 

«Perdono, pero no olvido», reconocemos, a veces, con franqueza.

 

«Perdono, pero no olvido», afirmamos cuando el bálsamo del olvido no forma parte de nosotros.

 

El camino hacia la madurez está marcado por no pocas situaciones conflictivas, a veces incluso por motivos muy tontos.

 

La historia de Caín y Abel, que tiene su origen en la envidia por un trato diferente, está ahí como recuerdo perenne para todas las generaciones venideras.



A menudo pensamos en nuestra propia vida como esa realidad a la que tantos le deben algo: casi como si el partido se jugara solo en el terreno de lo que se recibe.

 

De hecho, no son pocas las veces en que nuestras vidas están amargadas porque nos parece que no hemos recibido lo que, según nuestras legítimas expectativas, nos correspondía.

 

Pero el Evangelio va más allá al ayudarnos a comprender que nuestra vocación es convertirnos en constructores de la humanidad. Por eso no basta con preguntarse «¿quién cuida de mí?»

 

De hecho, uno se hace adulto no cuando se pasa la vida quejándose por no haber tenido un padre sino cuando se toma conciencia de que a nosotros, en primer lugar, se nos han confiado otros para que los cuidemos.

 

¿Y hasta cuándo estoy obligado a cuidar del otro?, pregunta el Pedro de turno. ¿Hasta siete veces, creyendo ya que he sido lo suficientemente generoso?



Porque —parece decir Pedro— sin duda es hermoso ser capaz de perdonar, pero la verdadera naturaleza del hombre es poner un límite y volver por fin a mostrar su carácter.

 

Desde que el mundo es mundo, no se vive la vida siguiendo una lógica perdedora y dejando que el otro se imponga. Hay un límite para todo, sugiere de nuevo Pedro: ir más allá sería una capitulación, una imprudencia e, incluso, una injusticia.

 

Y, sin embargo, según lo que cuenta Jesús con la parábola del siervo malvado, nosotros, antes incluso de ser hijos de una culpa original que, en mayor o menor medida, exige una reparación, somos hijos de un perdón original.

 

Somos hijos, es decir, no de un acto debido, sino de la pura gratuidad del amor del Padre.

 

Por eso, nuestra identidad constitutiva no consiste en tener la última palabra sobre el otro, sino en no dejar nunca de cuidarlo, pase lo que pase, porque así lo ha hecho Dios con nosotros.

 

El mal, de hecho, no se repara infligiendo más mal.

 

Si respondo a la ofensa con otra ofensa igual, no hago más que elevar el nivel de violencia.

 

Las heridas no se curan hiriendo a nuestra vez.

 

Por eso, la propuesta del perdón se dirige a quien ha sufrido el mal, porque está llamado a ser grande de corazón. Las simetrías del odio, de hecho, deben romperse.



¿No debías tú también tener piedad?

 

He aquí el quid de la cuestión: hacer lo que hace Dios, quien siempre tiene el valor de adelantarse a los acontecimientos porque, incluso antes de pasar página sobre lo que ha sido, nos permite proyectar lo que tenemos por delante.

 

El perdón es la defensa obstinada del bien.

 

El perdón es permanecer fieles al proyecto de Dios sobre la humanidad sin dejar que la mente y el corazón se vean intoxicados por el engaño presuntuoso de la violencia.

 

Setenta veces siete, es decir, de forma ilimitada e incondicional.

 

El perdón es más un estilo de vida que un acto ligado a la transgresión; es una forma de comportarse ante el otro y ante su debilidad, que no surge exclusivamente a raíz de la caída, sino que, más bien, a veces puede impedirla, porque es un estilo de bondad, comprensión y magnanimidad, el estilo de quien no se fija en lo que el otro merece, ni se escandaliza ante su miseria.

 

¿Por qué? Porque la persona misericordiosa no puede olvidar que ella misma ha caído tantas veces sin ser condenada.

 

Preguntarse si, en un mundo de venganzas crueles, de represalias directas o indirectas, de lenguaje violento, de odios que se arrastran durante años, tiene sentido el perdón, sería como preguntarse si, en un periodo de gran sequía, tiene sentido la lluvia.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -.

La misericordia es vida - San Mateo 18, 21-35 -

El capítulo 18 del Evangelio de San Mateo tiene como tema la Iglesia. Desde un punto de vista general, lo interesante es que, cuando Jesús habla de la Iglesia, no piensa en la jerarquía ni en la institución, sino en la relación entre hermanos dentro de la comunidad.

 

Por lo demás, sabemos bien cuánta atención prestaba Jesús al diálogo cotidiano con sus discípulos, hasta el punto de que, tras cada parábola, les dedicaba tiempo para explicarles los pasajes, de modo que pudieran comprenderla.

 

Es desde esta perspectiva, pues, desde la que hay que leer este pasaje del Evangelio, porque su contenido revela un aspecto que, para Jesús, es fundamental que esté presente en la comunidad: el perdón.

 

El reino de los cielos se asemeja a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos.

 

La parábola que cuenta Jesús sirve para explicar el misterio de la misericordia.

 

Son dos episodios que se superponen y provocan un contraste estridente. Dos episodios con un contenido y una dinámica similares, pero con un desenlace opuesto. Mientras que en el primer caso el hombre que suplica al señor obtiene el perdón, en el segundo no. Conclusiones diferentes, pero relacionadas entre sí.

 

De hecho, en la parábola se encuentra la explicación a la pregunta de Pedro que aparece al principio del pasaje: Pedro se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tendré que perdonarle? ¿Hasta siete veces?». Y Jesús le respondió: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

 

No solo está en juego el problema del perdón, que de por sí no es sencillo, sino también la repetitividad del gesto: setenta veces siete, es decir, siempre.

 

¿No debías tú también haber tenido piedad de tu compañero, así como yo he tenido piedad de ti?

 

Este versículo es el núcleo de toda la parábola: debemos perdonar a nuestros hermanos porque nosotros mismos hemos sido perdonados. Nuestra vida de fe nace de una elección de misericordia de Dios hacia la humanidad.

 

La propia creación es un acto de amor que manifiesta el sentido de la vida como una salida de uno mismo hacia los demás. Perdonar significa, desde esta perspectiva, colaborar en el proyecto creador de Dios, que desea la vida para todos y todas.

 

Cada vez que no perdonamos a nuestro hermano o hermana, no permitimos la posibilidad de un nuevo comienzo y provocamos caminos de desesperación. Por el contrario, el perdón permite a la persona afectada levantarse para retomar el camino. La misericordia es vida.


Si es cierto, además, que estamos llamados a perdonar porque primero hemos sido perdonados, la falta de perdón hacia nuestros hermanos pone en tela de juicio la autenticidad de nuestro camino de fe.

 

Quien no perdona está lejos del Evangelio porque no está permitiendo que el Espíritu Santo entre y actúe. De hecho, uno de los aspectos más significativos del Espíritu Santo es que, en todos aquellos que lo acogen con fe, reproduce en nosotros los mismos rasgos de la humanidad de Jesús.

 

En otras palabras, el Espíritu Santo nos cristifica, como dice San Pablo cuando, en la Carta a los Gálatas, afirma: «¡Hijos míos, a quienes vuelvo a dar a luz entre dolores hasta que Cristo se forme en vosotros! (Gálatas 4,19). Y entre los rasgos de la humanidad de Jesús que el Espíritu forma en nosotros se encuentra, sin duda, el perdón y la misericordia. Por eso podemos afirmar con toda seguridad que quien no perdona a su hermano y a su hermana de la comunidad está muy lejos de Cristo.

 

El rencor y la ira son cosas horribles, y el pecador las lleva dentro. Quien se venga sufrirá la venganza del Señor, que siempre tiene presentes sus pecados. (Eclo 27,33s).

 

El tema del perdón lo encontramos en una forma avanzada, es decir, muy similar a los argumentos del Evangelio, también en algunos pasajes del Antiguo Testamento.

 

Sabemos que el tema de la venganza y la lógica del «ojo por ojo y diente por diente» fue uno de los ejes de la ley mosaica; sin embargo, poco a poco, también a través de la predicación profética, la reflexión bíblica llega a percibir la importancia del perdón como manifestación de la misericordia de Dios.

 

Los versículos del libro del Eclesiástico, que, por cierto, es muy reciente y casi contemporáneo a Jesús, demuestran este camino espiritual. Perdona la ofensa a tu prójimo y, por tu oración, te serán perdonados los pecados.

 

Existe la percepción de que el perdón de los pecados influye en la vida espiritual: ¿por qué? Cada vez que perdonamos colaboramos en el proyecto creador de Dios y no interrumpimos el deseo de vida que brota de Él, deseo que queda bloqueado cuando la persona se endurece en sus posiciones y no perdona.

 

La verdadera espiritualidad, por tanto, aquella que nace del encuentro con Jesús, conduce al perdón y a la misericordia y, cuando esta se pone en práctica, regenera a la comunidad.

 

Él perdona todas tus culpas, sana todas tus enfermedades, salva tu vida de la fosa, te rodea de bondad y misericordia (Sal 102).

 

Incluso las palabras del Salmo nos recuerdan la acción del Señor en nuestra vida, que nos perdona y nos salva de la fosa para que tengamos vida en abundancia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Esta mujer que llamáis adúltera es también hija de Abraham.

Esta mujer que llamáis adúltera es también hija de Abraham

El soplo del Espíritu está sacudiendo las columnas de yeso de nuestros templos.

 

Ha llegado la hora en que el velo se rasga.

 

Durante demasiado tiempo hemos llamado «voluntad divina» a lo que no era más que el cálculo de los hombres.

 

Hemos construido recintos de piedra y dogmas de hierro, no para señalar el Cielo, sino para impedir el paso de los pequeños y los pobres.

 

Nuestra religión ha sido un laberinto que conducía siempre a la misma sala: la del Tesoro.

 

Hemos impuesto un peaje a la esperanza, pidiendo monedas a cambio de una misericordia que Dios ya ha derramado gratuitamente en la sangre de la vida.

 

El soplo de la Profecía hoy no se detiene en los umbrales de nuestras catedrales, sino que las atraviesa para sacudir el polvo de nuestros simulacros vacíos.

 

Es hora de desenmascarar el engaño: hemos transformado la casa del Padre en una aduana del espíritu, una oficina de recaudación donde la gracia se pesa, se mide y se pone a la venta.


La religión de los hombres ha llegado a su ocaso.

 

Aquel que camina entre las llamas y el viento no lleva piedras para lapidar, ni códigos para condenar.

 

Jesús marca el fin de la religión de los hombres.

 

Él no ha venido a ratificar nuestras oficinas legales, sino a volcar las mesas de quienes se lucran con la culpa.

 

Observemos cómo se mueve entre el polvo de un mundo forjado por el patriarcado.

 

Los hombres levantan piedras, apretando entre los dedos la ley como un arma de destrucción. Citan tradiciones antiguas para cubrir su propia desnudez moral y utilizan las Escrituras para sofocar la vida.

 

Pero la mirada de Jesús no se deja manipular. Él no ve a la pecadora definida por vuestros códigos; Él ve a la Hija.


Ante la mujer a la que querríamos lapidar con nuestras sentencias morales, Jesús no hojea los manuales de derecho canónico ni nuestras doctrinas seculares ni nuestros catecismos...

 

Él la mira con una mirada que ignora la arrogancia del poder y la fuerza de la tradición.

 

Es una mirada que abandona el tribunal para habitar en el corazón.

 

Jesús no condena, porque su interés no es la conservación de una institución, sino la restauración del Alma.

 

Su mirada es una espada de luz que corta las tramas de la arrogancia popular.

 

Mientras el mundo clama venganza, Él escribe en la tierra el nombre de la libertad.

 

Jesús no busca el respeto de la ley formal, sino el respeto a la dignidad humana.

 

En ese contexto impregnado de opresión, Él se erige como el único y verdadero guardián de lo sagrado: no lo sagrado de los ritos, sino lo sagrado de la carne ofendida.


¿Por qué tiemblan los poderosos?

 

Porque la mirada de Jesús es firme y serena. No se agita en el odio, no responde a la violencia con violencia.

 

Es esta calma divina la que asusta a los guardianes del patriarcado: una firmeza que pone al descubierto la falsedad de unas leyes creadas ad hoc para mantener el privilegio y la sumisión.

 

Jesús no juzga. Jesús acoge.

 

Y en ese abrazo de miradas, la mujer ya no ve su condena, sino su verdadera imagen reflejada en los ojos de Dios.

 

Ya no queda rastro de vergüenza bajo esa caricia invisible que envuelve el alma y se la devuelve a sí misma.

 

Este es el momento en que se cumple la profecía: la mirada misericordiosa de Jesús es la única fuerza capaz de hacer que el mundo sea habitable.

 

No serán los tribunales de los hombres los que nos salven, ni las tradiciones que excluyen.

 

Será solo la ternura que no transige con la injusticia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 26 de agosto de 2026

Y aunque no sé qué es el perdón (relato de corte autobiográfico) - San Mateo 18, 21-35 -.

Y aunque no sé qué es el perdón (relato de corte autobiográfico) - San Mateo 18, 21-35 -

La vida sigue su curso, la vida es maravillosa, la vida a menudo duele. La vida deja cicatrices que no se pueden perdonar.

 

Setenta veces siete es el dolor, setenta veces siete la injusticia, setenta veces siete es el mal. Setenta veces siete: no se puede olvidar lo que no se debe olvidar.

 

Habrá que dejar de maltratar el «perdón», un concepto degradado, reducido a un simple borrón y cuenta nueva de las maldades humanas.

 

Habrá que romper ese vínculo peligroso que reduce la fe a la supuesta capacidad de sonreír al verdugo.

 

Habrá que tener el valor de mirar a la vida a la cara: ¿qué significa perdonar a quien ha dado una paliza a tu hijo? ¿Qué significa perdonar a quien, por intereses económicos, no ha sabido garantizar la salud de tu padre? ¿Cómo se perdona a quien mata al amor de tu vida? ¿Qué significa perdonar a quien viola, a quien humilla, a quien se aprovecha de tu confianza para traicionarte?

 

Habrá que tomarse en serio el lado oscuro de la vida antes de hablar de perdón.

 

Y luego, cuando se haya encontrado la honestidad para reconocer que la vida es injusta y perversa, que alguien se ve humillado por la vida, que no hay justicia igual para todos, en ese momento, y solo en ese momento, intentar comprender cómo estar en esta vida. Cómo permanecer en ella. Cómo aceptar, a pesar de todo, vivirla.

 

«El rencor y la ira son cosas terribles», dice el Eclesiástico.

 

Pero «son cosas», existen, nos habitan, son el grito —a menudo justo— contra una promesa de felicidad incumplida. Serán terribles, pero están ahí. Y hay que reconocerlas.

 

El rencor y la ira indican que estamos vivos y que aún no nos hemos acostumbrado al mal y a la injusticia.


 

No sé qué es el perdón; sé que la Biblia me señala una lucha que debo emprender, una lucha que no terminará antes del día de mi muerte, una lucha para no dejar que el rencor y la ira se apoderen por completo de mí y desfiguren mi vida. Una lucha.

 

Porque si me han hecho daño, estaré enfadado y el rencor a menudo saldrá de mi boca y de mi corazón y se desbordará en llanto. Y en ese momento no me sentiré culpable, lo reconoceré, lo llamaré por su nombre, me aceptaré a mí mismo como alguien habitado por la ira.

 

Pero también pienso en las personas a las que yo he hecho daño, seguramente sin quererlo, pero no pretendo que no me guarden rencor. Lo acepto.

 

No pretendo que el perdón lo borre todo. Tengo la edad suficiente para sentirme cómplice del mal. Me reconozco como causa de ira y de rencor.

 

Luego leo el Sirácida y lo único que puedo hacer es «recuerda del fin y deja de odiar, de la desintegración y de la muerte», y entonces pienso de verdad en ese límite último que es la muerte, aquella que he visto tantas veces, ese último aliento, ese paso hacia lo desconocido.

 

Pienso a diario en la muerte; lo hago a menudo cuando escucho mi colección de Misas de Difuntos, y dejo que mi mirada se pierda y pienso en las tantas personas que ya no están.

 

No sé qué es el perdón, pero sé que me hace bien sentir cómo el viento agita las copas de los árboles que ya estaban mucho antes que yo y que seguirán ahí mucho después de mi muerte.

 

No sé qué es el perdón, pero siento que el viento disipa un poco la ira y el rencor. Y me siento mejor.

 

Y no hace falta olvidar, las cicatrices permanecen, pero al menos el aliento del Silencio las acaricia.



No sé qué es el perdón, pero leo el Eclesiástico y creo en él cuando aconseja pensar en la «disolución».

 

A mi alrededor hay una naturaleza que, antes de volver a empezar, se disuelve. Y yo respiro esa disolución. Siento que hay sabiduría en ello.

 

No sé qué es el perdón, pero siento la fuerza de tanto dolor disuelto. Pienso en las muertes antiguas, en los rostros olvidados; a veces pienso en los caídos en guerras de las que ya nadie se acuerda.

 

¿Dónde ha ido a parar todo ese dolor?

 

Creo que yo solo soy una pequeña parte, única, pero también infinitamente pequeña. No tengo miedo; siento que la disolución también llegará para mí. Siento que ya ha comenzado.

 

Solo espero que Alguien me acoja.

 

Esta es mi fe.

 

Alguien que, con ternura, me acompañe en mi último aliento y, llorando, me pida perdón.

 

Por una vida que no pedí y que no ha sido fácil.

 

Por tanto dolor.

 

Por haberme pedido que llevara este ser incómodo.

 

Perdón por este corazón que me he encontrado en el pecho y que lleva en su interior una pesada sensación de insuficiencia y culpa. Que hace llorar.

 

Si estoy seguro de mi arrepentimiento, más seguro estoy de que Él lo reconozca y, conmovido, lo acoja.


 

«Ninguno de nosotros vive para sí mismo», mientras tanto busco a alguien por quien vivir, porque sin alguien a quien amar, el rencor y la ira se apoderarían fácilmente de mí.

 

Busco a alguien a quien amar y lamento no tener hijos a quienes bendecir.

 

Intento comprender para quién vivo, intento encontrar una forma de hacer sentir mi presencia.

 

No sé qué es el perdón, pero sé que desde luego no puedo vivir para mí mismo. Que el amor siempre busca a alguien y que la ira y el rencor pueden impedir este destino vital.

 

Y luego, no siete, sino setenta veces siete.

 

No sé qué es el perdón, pero comprendo, gracias al Evangelio, que el único camino para no morir resentido con la vida, para no morir traicionando el amor, es el de abrirme, de abrirme siempre, de dejar que el corazón siga esa mirada.

 

Buscar un horizonte infinito, mirar al cielo y dejarme llevar.

 

No, no olvidaré; no, el mal no desaparecerá; claro que el dolor sufrido seguirá estando presente ahora y siempre, y habrá cambiado el aspecto de mi corazón y habrá apagado un poco la luz de mis ojos; claro que nada volverá a ser como antes, pero al menos habré pasado la vida abriéndome para no implosionar, dejándome llevar para no cerrar las manos en un puño.

 

Y lloraré, y alzaré la voz, y lanzaré preguntas al cielo como se lanzan piedras contra un enemigo. Y no entenderé qué es el perdón, pero habré luchado para no implosionar en el resentimiento.


 

No sé qué es el perdón, pero creo que seguiré pensando en el final, y lo invocaré como se invoca un milagro, un límite a todo el dolor del mundo.

 

Al dolor de ayer, de hoy, de mañana. A mi dolor, que espero que siempre encuentre el valor para unirse al de los demás.

 

No sé qué es el perdón, pero imploraré la disolución que llega, como una caricia ligera, para disipar los sufrimientos. Para diluirlos en lo Eterno. Pensaré en mí mismo: no soy más que cien denarios arrojados a un tesoro de diez mil talentos.

 

No sé qué es el perdón, pero creo que pasaré el resto de mi vida pensando en la muerte, como único destino creíble, como única esperanza, como se piensa en un regreso a casa; no olvidaré el dolor infligido ni el sufrido, contaré las cicatrices y lloraré por las personas a las que he herido; no habrá pacificación, solo un camino hacia la muerte.

 

Caminaré hacia una puerta tratando de prepararme para posar la mirada en el Amor.

 

No sé qué es el perdón; solo espero estar tan ocupado con el camino como para no quedarme atascado en el odio y el rencor.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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