Esta mujer que llamáis adúltera es también hija de Abraham
El soplo del Espíritu está sacudiendo las columnas de
yeso de nuestros templos.
Ha llegado la hora en que el velo se rasga.
Durante demasiado tiempo hemos llamado «voluntad
divina» a lo que no era más que el cálculo de los hombres.
Hemos construido recintos de piedra y dogmas de
hierro, no para señalar el Cielo, sino para impedir el paso de los pequeños y
los pobres.
Nuestra religión ha sido un laberinto que conducía
siempre a la misma sala: la del Tesoro.
Hemos impuesto un peaje a la esperanza, pidiendo
monedas a cambio de una misericordia que Dios ya ha derramado gratuitamente en
la sangre de la vida.
El soplo de la Profecía hoy no se detiene en los
umbrales de nuestras catedrales, sino que las atraviesa para sacudir el polvo
de nuestros simulacros vacíos.
Es hora de desenmascarar el engaño: hemos transformado
la casa del Padre en una aduana del espíritu, una oficina de recaudación donde
la gracia se pesa, se mide y se pone a la venta.
La religión de los hombres ha llegado a su ocaso.
Aquel que camina entre las llamas y el viento no lleva
piedras para lapidar, ni códigos para condenar.
Jesús marca el fin de la religión de los hombres.
Él no ha venido a ratificar nuestras oficinas legales,
sino a volcar las mesas de quienes se lucran con la culpa.
Observemos cómo se mueve entre el polvo de un mundo
forjado por el patriarcado.
Los hombres levantan piedras, apretando entre los
dedos la ley como un arma de destrucción. Citan tradiciones antiguas para
cubrir su propia desnudez moral y utilizan las Escrituras para sofocar la vida.
Pero la mirada de Jesús no se deja manipular. Él no ve
a la pecadora definida por vuestros códigos; Él ve a la Hija.
Ante la mujer a la que querríamos lapidar con nuestras sentencias morales, Jesús no hojea los manuales de derecho canónico ni nuestras doctrinas seculares ni nuestros catecismos...
Él la mira con una mirada que ignora la arrogancia del
poder y la fuerza de la tradición.
Es una mirada que abandona el tribunal para habitar en
el corazón.
Jesús no condena, porque su interés no es la
conservación de una institución, sino la restauración del Alma.
Su mirada es una espada de luz que corta las tramas de
la arrogancia popular.
Mientras el mundo clama venganza, Él escribe en la
tierra el nombre de la libertad.
Jesús no busca el respeto de la ley formal, sino el
respeto a la dignidad humana.
En ese contexto impregnado de opresión, Él se erige
como el único y verdadero guardián de lo sagrado: no lo sagrado de los ritos,
sino lo sagrado de la carne ofendida.
¿Por qué tiemblan los poderosos?
Porque la mirada de Jesús es firme y serena. No se
agita en el odio, no responde a la violencia con violencia.
Es esta calma divina la que asusta a los guardianes
del patriarcado: una firmeza que pone al descubierto la falsedad de unas leyes
creadas ad hoc para mantener el privilegio y la sumisión.
Jesús no juzga. Jesús acoge.
Y en ese abrazo de miradas, la mujer ya no ve su
condena, sino su verdadera imagen reflejada en los ojos de Dios.
Ya no queda rastro de vergüenza bajo esa caricia
invisible que envuelve el alma y se la devuelve a sí misma.
Este es el momento en que se cumple la profecía: la
mirada misericordiosa de Jesús es la única fuerza capaz de hacer que el mundo
sea habitable.
No serán los tribunales de los hombres los que nos
salven, ni las tradiciones que excluyen.
Será solo la ternura que no transige con la
injusticia.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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