miércoles, 2 de septiembre de 2026

Esta mujer que llamáis adúltera es también hija de Abraham.

Esta mujer que llamáis adúltera es también hija de Abraham

El soplo del Espíritu está sacudiendo las columnas de yeso de nuestros templos.

 

Ha llegado la hora en que el velo se rasga.

 

Durante demasiado tiempo hemos llamado «voluntad divina» a lo que no era más que el cálculo de los hombres.

 

Hemos construido recintos de piedra y dogmas de hierro, no para señalar el Cielo, sino para impedir el paso de los pequeños y los pobres.

 

Nuestra religión ha sido un laberinto que conducía siempre a la misma sala: la del Tesoro.

 

Hemos impuesto un peaje a la esperanza, pidiendo monedas a cambio de una misericordia que Dios ya ha derramado gratuitamente en la sangre de la vida.

 

El soplo de la Profecía hoy no se detiene en los umbrales de nuestras catedrales, sino que las atraviesa para sacudir el polvo de nuestros simulacros vacíos.

 

Es hora de desenmascarar el engaño: hemos transformado la casa del Padre en una aduana del espíritu, una oficina de recaudación donde la gracia se pesa, se mide y se pone a la venta.


La religión de los hombres ha llegado a su ocaso.

 

Aquel que camina entre las llamas y el viento no lleva piedras para lapidar, ni códigos para condenar.

 

Jesús marca el fin de la religión de los hombres.

 

Él no ha venido a ratificar nuestras oficinas legales, sino a volcar las mesas de quienes se lucran con la culpa.

 

Observemos cómo se mueve entre el polvo de un mundo forjado por el patriarcado.

 

Los hombres levantan piedras, apretando entre los dedos la ley como un arma de destrucción. Citan tradiciones antiguas para cubrir su propia desnudez moral y utilizan las Escrituras para sofocar la vida.

 

Pero la mirada de Jesús no se deja manipular. Él no ve a la pecadora definida por vuestros códigos; Él ve a la Hija.


Ante la mujer a la que querríamos lapidar con nuestras sentencias morales, Jesús no hojea los manuales de derecho canónico ni nuestras doctrinas seculares ni nuestros catecismos...

 

Él la mira con una mirada que ignora la arrogancia del poder y la fuerza de la tradición.

 

Es una mirada que abandona el tribunal para habitar en el corazón.

 

Jesús no condena, porque su interés no es la conservación de una institución, sino la restauración del Alma.

 

Su mirada es una espada de luz que corta las tramas de la arrogancia popular.

 

Mientras el mundo clama venganza, Él escribe en la tierra el nombre de la libertad.

 

Jesús no busca el respeto de la ley formal, sino el respeto a la dignidad humana.

 

En ese contexto impregnado de opresión, Él se erige como el único y verdadero guardián de lo sagrado: no lo sagrado de los ritos, sino lo sagrado de la carne ofendida.


¿Por qué tiemblan los poderosos?

 

Porque la mirada de Jesús es firme y serena. No se agita en el odio, no responde a la violencia con violencia.

 

Es esta calma divina la que asusta a los guardianes del patriarcado: una firmeza que pone al descubierto la falsedad de unas leyes creadas ad hoc para mantener el privilegio y la sumisión.

 

Jesús no juzga. Jesús acoge.

 

Y en ese abrazo de miradas, la mujer ya no ve su condena, sino su verdadera imagen reflejada en los ojos de Dios.

 

Ya no queda rastro de vergüenza bajo esa caricia invisible que envuelve el alma y se la devuelve a sí misma.

 

Este es el momento en que se cumple la profecía: la mirada misericordiosa de Jesús es la única fuerza capaz de hacer que el mundo sea habitable.

 

No serán los tribunales de los hombres los que nos salven, ni las tradiciones que excluyen.

 

Será solo la ternura que no transige con la injusticia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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