Volvamos a la carne del Resucitado
Tantas veces vagamos por las brumas de la duda y las
abstracciones del espíritu.
No se nos ha anunciado un mito, ni se nos ha entregado
una vaga sombra entre las sombras.
El Verbo se hizo Carne, y esa Carne traspasada,
humillada, depuesta, no quedó presa de la tumba.
El Nuevo Testamento clama hoy a vuestros corazones una
verdad que sacude los cimientos de la historia:
¡Jesús ha resucitado con su cuerpo!
No lo busquemos entre los fantasmas de nuestra
imaginación; no lo releguemos a las teologías descoloridas de quienes temen a
la materia.
Él está aquí, con la solidez de quien ha vencido el
frío de la muerte.
¡Contemplemos la paradoja divina, la locura del
Misterio que confunde a los sabios de este mundo!
En un mundo que exaltaba al fuerte y silenciaba al
pequeño, Él eligió la nada para proclamar el Todo.
Las mujeres, cuyas voces se consideraban débiles como las de los niños, testigos sin valor según la ley de los hombres, fueron las primeras en ser colmadas de Luz.
¿Por qué precisamente ellas?
Porque el Señor de la Vida quiso que el acontecimiento
más extraordinario de la historia se apoyara en el testimonio de quienes no
contaban para nada.
Este es el sello de la veracidad: Dios no buscó la
validación de los poderosos, sino la pureza de quienes saben acoger lo
Increíble.
¡Inclínate también tú, oh humanidad incrédula!
Mira a esas mujeres que se acercan al Resucitado.
No ven una visión etérea; abrazan Sus pies.
¿Sientes el calor de esa piel, la solidez de ese
encuentro?
Es un realismo brutal y glorioso que disipa toda
fantasía.
¡Cristo está vivo y lo hemos tocado!
No hay mentira que se sostenga, no hay asalto del
enemigo que pueda hacer mella en la roca de una experiencia sensible.
¿Qué hay más auténtico que el cuerpo que se encuentra
con el Cuerpo?
¿Qué hay más verdadero que un amor que se deja abrazar
para decir: «Soy yo mismo, no temáis»?
Las mujeres no cedieron.
Defendieron esa verdad frente al asedio del fango y
del silencio impuesto por los palacios.
Guardaron en sus ojos la imagen de aquel Crucificado
que ahora se yergue, vivo, ante ellas.
¡Despertemos!
No permitamos que nuestra fe se convierta en una idea.
Volvamos a la carne del Resucitado.
Volvamos a ese abrazo a sus pies que transforma el
dolor en danza y la muerte en un umbral ya franqueado.
La Resurrección no es un recuerdo: es el impacto de la
realidad que aún hoy quiere tocar nuestra vida.
Él está vivo.
¡Tocadlo y vedlo!
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario