miércoles, 2 de septiembre de 2026

Volvamos a la carne del Resucitado.

Volvamos a la carne del Resucitado

Tantas veces vagamos por las brumas de la duda y las abstracciones del espíritu.

 

No se nos ha anunciado un mito, ni se nos ha entregado una vaga sombra entre las sombras.

 

El Verbo se hizo Carne, y esa Carne traspasada, humillada, depuesta, no quedó presa de la tumba.

 

El Nuevo Testamento clama hoy a vuestros corazones una verdad que sacude los cimientos de la historia:

 

¡Jesús ha resucitado con su cuerpo!

 

No lo busquemos entre los fantasmas de nuestra imaginación; no lo releguemos a las teologías descoloridas de quienes temen a la materia.

 

Él está aquí, con la solidez de quien ha vencido el frío de la muerte.

 

¡Contemplemos la paradoja divina, la locura del Misterio que confunde a los sabios de este mundo!

 

En un mundo que exaltaba al fuerte y silenciaba al pequeño, Él eligió la nada para proclamar el Todo.


Las mujeres, cuyas voces se consideraban débiles como las de los niños, testigos sin valor según la ley de los hombres, fueron las primeras en ser colmadas de Luz.

 

¿Por qué precisamente ellas?

 

Porque el Señor de la Vida quiso que el acontecimiento más extraordinario de la historia se apoyara en el testimonio de quienes no contaban para nada.

 

Este es el sello de la veracidad: Dios no buscó la validación de los poderosos, sino la pureza de quienes saben acoger lo Increíble.

 

¡Inclínate también tú, oh humanidad incrédula!

 

Mira a esas mujeres que se acercan al Resucitado.

 

No ven una visión etérea; abrazan Sus pies.

 

¿Sientes el calor de esa piel, la solidez de ese encuentro?

 

Es un realismo brutal y glorioso que disipa toda fantasía.


¡Cristo está vivo y lo hemos tocado!

 

No hay mentira que se sostenga, no hay asalto del enemigo que pueda hacer mella en la roca de una experiencia sensible.

 

¿Qué hay más auténtico que el cuerpo que se encuentra con el Cuerpo?

 

¿Qué hay más verdadero que un amor que se deja abrazar para decir: «Soy yo mismo, no temáis»?

 

Las mujeres no cedieron.

 

Defendieron esa verdad frente al asedio del fango y del silencio impuesto por los palacios.

 

Guardaron en sus ojos la imagen de aquel Crucificado que ahora se yergue, vivo, ante ellas.

 

¡Despertemos!

 

No permitamos que nuestra fe se convierta en una idea.

 

Volvamos a la carne del Resucitado.

 

Volvamos a ese abrazo a sus pies que transforma el dolor en danza y la muerte en un umbral ya franqueado.

 

La Resurrección no es un recuerdo: es el impacto de la realidad que aún hoy quiere tocar nuestra vida.

 

Él está vivo.

 

¡Tocadlo y vedlo!


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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