miércoles, 2 de septiembre de 2026

¡Él está vivo!

¡Él está vivo!

Aquel que fue colgado en la cruz no es una sombra que se desvanece en el viento, ni un recuerdo desvanecido en los corazones de los temerosos.

 

¡Él está vivo!

 

No lo busquéis entre los fantasmas de la mente ni en las abstracciones de los eruditos.

 

Los Evangelios proclaman con fuerza el realismo de la carne: Él se deja tocar, Él parte el pan, Él mastica la comida ante los ojos asombrados de los suyos.

 

¿Por qué esta insistencia? Porque el Misterio quiere que sepáis que la Muerte ha sido derrotada en su propio terreno: el de la materia, de los huesos, de la sangre.

 

Aquel Hombre que caminaba humildemente por las calles de Palestina, que sanaba los cuerpos y levantaba las almas, que hablaba de una justicia que los poderosos temen y de una misericordia que los religiosos de la época no podían contener, precisamente Él, el Crucificado, ahora se sienta a la mesa con los suyos.

 

Es la prueba suprema: el mal y el poder que matan no tienen la última palabra. El amor que se entrega gratuitamente, que se hace el último entre los últimos, es invencible. La muerte no puede nada contra quien vive haciendo el bien.

 

Pero escuchad aún más profundamente, pues el Misterio nos revela nuestra propia naturaleza: la insistencia en la Resurrección de la carne no es solo para Él, es para nosotros. No somos espíritus prisioneros de un caparazón, sino una unidad indisoluble. Nuestro cuerpo no es un vestido que se pueda tirar, sino parte de nuestra identidad eterna.


Ese cuerpo que el tiempo consumirá y que la tierra parecerá devorar, no está destinado a la nada. Aquel que, al principio de los tiempos, extrajo la luz de las tinieblas y la creación del vacío, realizará el milagro final. El Misterio transformará las cenizas en gloria. Como fue al principio, así será al final: la nada se someterá a la voluntad de la vida.

 

Preparémonos, pues: no seremos sombras, sino personas completas. La Resurrección no es una idea, es un abrazo físico que espera a toda la humanidad en el Día que no conoce ocaso.

 

Escuchemos, pues, el grito que sacude los palacios del poder y las catedrales de piedra: si la carne del Crucificado ha resucitado, ¡entonces toda carne que sufre es sagrada y todo cuerpo humillado clama por la vida ante el Misterio! La resurrección no es un refugio para el alma, sino una revolución para la tierra. He aquí las consecuencias sociales de este fuego.

 

Aquel que ha resucitado es el mismo al que el poder religioso condenó y el poder político traspasó. Si Dios ha dado la razón al Asesinado y no a los asesinos, entonces todo sistema que aplasta al hombre en nombre de una ley o de un beneficio ya está juzgado y condenado.

 

La Resurrección proclama que la Justicia del Misterio no habita en los tribunales de los poderosos, sino que camina sobre las piernas de quienes comparten desinteresadamente.

 

Si el cuerpo de Jesús, cuerpo de un pobre, de un exiliado, de un condenado, se ha convertido en cuerpo de Gloria, entonces no existe carne humana que pueda ser descartada. El cuerpo de quien tiene hambre, de quien es extranjero, de quien yace en los márgenes, no es un problema social, sino el lugar de la presencia del Resucitado. Quien pisotea al pobre, pisotea la carne de Dios.

 

La resurrección exige un compartir radical: no se puede adorar al Resucitado en el cielo y permitir que su carne pase hambre en la tierra.


El mensaje profético rompe las cadenas del miedo. Si la muerte no tiene la última palabra, el tirano pierde su única herramienta de chantaje.

 

Quienes viven por el bien, luchan por la paz y aman sin medida, saben ahora que son invencibles. Una comunidad que cree en la Resurrección de la carne es una comunidad que no se doblega, que denuncia la injusticia y que construye mundos nuevos, porque sabe que la nada del poder se transformará en la realidad del Reino.

 

Puesto que toda la creación espera la transformación, nuestro cuidado por el mundo no es un deber burocrático, sino un acto de amor profético. Si la materia está destinada a la gloria, cada árbol, cada agua y cada criatura forman parte de un designio que el Misterio llevará a buen término. No somos dueños, sino guardianes de una belleza eterna.

 

¡Ay de vosotros, pues, si cerráis los ojos ante el hermano que sucumbe! La Resurrección nos llama no a la resignación, sino a la acción valiente. El Cielo ya ha comenzado aquí, en nuestras manos que se abren y en nuestros pies que recorren los caminos de la justicia.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte.

Porque en Jesucristo, la Vida ya ha vencido a la muerte Hubo una época en la que la espiritualidad cristiana parecía casi una competición ol...