¡Él está vivo!
Aquel que fue colgado en la cruz no es una sombra que se desvanece en el viento, ni un recuerdo desvanecido en los corazones de los temerosos.
¡Él está vivo!
No lo busquéis entre los fantasmas de la mente ni en
las abstracciones de los eruditos.
Los Evangelios proclaman con fuerza el realismo de la
carne: Él se deja tocar, Él parte el pan, Él mastica la comida ante los ojos
asombrados de los suyos.
¿Por qué esta insistencia? Porque el Misterio quiere
que sepáis que la Muerte ha sido derrotada en su propio terreno: el de la
materia, de los huesos, de la sangre.
Aquel Hombre que caminaba humildemente por las calles
de Palestina, que sanaba los cuerpos y levantaba las almas, que hablaba de una
justicia que los poderosos temen y de una misericordia que los religiosos de la
época no podían contener, precisamente Él, el Crucificado, ahora se sienta a la
mesa con los suyos.
Es la prueba suprema: el mal y el poder que matan no
tienen la última palabra. El amor que se entrega gratuitamente, que se hace el
último entre los últimos, es invencible. La muerte no puede nada contra quien
vive haciendo el bien.
Pero escuchad aún más profundamente, pues el Misterio
nos revela nuestra propia naturaleza: la insistencia en la Resurrección de la
carne no es solo para Él, es para nosotros. No somos espíritus prisioneros de
un caparazón, sino una unidad indisoluble. Nuestro cuerpo no es un vestido que
se pueda tirar, sino parte de nuestra identidad eterna.
Ese cuerpo que el tiempo consumirá y que la tierra parecerá devorar, no está destinado a la nada. Aquel que, al principio de los tiempos, extrajo la luz de las tinieblas y la creación del vacío, realizará el milagro final. El Misterio transformará las cenizas en gloria. Como fue al principio, así será al final: la nada se someterá a la voluntad de la vida.
Preparémonos, pues: no seremos sombras, sino personas
completas. La Resurrección no es una idea, es un abrazo físico que espera a
toda la humanidad en el Día que no conoce ocaso.
Escuchemos, pues, el grito que sacude los palacios del
poder y las catedrales de piedra: si la carne del Crucificado ha resucitado,
¡entonces toda carne que sufre es sagrada y todo cuerpo humillado clama por la
vida ante el Misterio! La resurrección no es un refugio para el alma, sino una
revolución para la tierra. He aquí las consecuencias sociales de este fuego.
Aquel que ha resucitado es el mismo al que el poder
religioso condenó y el poder político traspasó. Si Dios ha dado la razón al
Asesinado y no a los asesinos, entonces todo sistema que aplasta al hombre en
nombre de una ley o de un beneficio ya está juzgado y condenado.
La Resurrección proclama que la Justicia del Misterio
no habita en los tribunales de los poderosos, sino que camina sobre las piernas
de quienes comparten desinteresadamente.
Si el cuerpo de Jesús, cuerpo de un pobre, de un
exiliado, de un condenado, se ha convertido en cuerpo de Gloria, entonces no
existe carne humana que pueda ser descartada. El cuerpo de quien tiene hambre,
de quien es extranjero, de quien yace en los márgenes, no es un problema
social, sino el lugar de la presencia del Resucitado. Quien pisotea al pobre,
pisotea la carne de Dios.
La resurrección exige un compartir radical: no se
puede adorar al Resucitado en el cielo y permitir que su carne pase hambre en
la tierra.
El mensaje profético rompe las cadenas del miedo. Si la muerte no tiene la última palabra, el tirano pierde su única herramienta de chantaje.
Quienes viven por el bien, luchan por la paz y aman
sin medida, saben ahora que son invencibles. Una comunidad que cree en la
Resurrección de la carne es una comunidad que no se doblega, que denuncia la
injusticia y que construye mundos nuevos, porque sabe que la nada del poder se
transformará en la realidad del Reino.
Puesto que toda la creación espera la transformación,
nuestro cuidado por el mundo no es un deber burocrático, sino un acto de amor
profético. Si la materia está destinada a la gloria, cada árbol, cada agua y
cada criatura forman parte de un designio que el Misterio llevará a buen
término. No somos dueños, sino guardianes de una belleza eterna.
¡Ay de vosotros, pues, si cerráis los ojos ante el
hermano que sucumbe! La Resurrección nos llama no a la resignación, sino a la
acción valiente. El Cielo ya ha comenzado aquí, en nuestras manos que se abren
y en nuestros pies que recorren los caminos de la justicia.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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