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sábado, 11 de julio de 2026

Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra y la cumplen - San Mateo -.

Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra y la cumplen - San Mateo 13, 1-23 -

Ésta es una página del Evangelio que ha inspirado tantos comentarios. La parábola del sembrador es una de las más famosas y «fáciles» de entender porque, en todos los evangelios sinópticos, contamos con la explicación autorizada de Jesús. ¿Qué más se puede añadir? 

Podría resultarnos útil preguntarnos qué quiso decir Jesús a sus discípulos aquel día, aquella mañana, al salir de casa y sentarse a orillas del mar. De repente, se reúne a su alrededor mucha gente y el maestro comienza a hablar; pero ¿para decir qué? 

Mateo se empeña en decirnos que Jesús, aquel día, contó muchas parábolas. La de la semilla, por tanto, parece casi solo un ejemplo: «Jesús les habló de muchas cosas en parábolas; por ejemplo, dijo…». 

En este relato del Evangelio aprendemos que, ante la Palabra, estamos llamados a escuchar (el verbo «escuchar» aparece cinco veces) y a comprender (hacer espacio en nuestro interior) con una actitud dócil, llena de deseo de dejarnos fecundar y transformar. 

Pero no basta con acoger (la semilla es esparcida abundantemente por el labrador, que no pide permiso a la tierra) ni tampoco con limitarse a escuchar. Los terrenos (el corazón humano) en los que ha caído la semilla de la Palabra se caracterizan, los cuatro, por haber acogido la Palabra y, a continuación, haberla escuchado, tal vez incluso con alegría y entusiasmo. 

Pero, solo uno de ellos ha dado fruto; solo es fértil el terreno que es como «el que escucha la Palabra y la comprende». La actitud de escuchar y comprender depende, por tanto, del poder del Espíritu, además de la libertad del hombre. 

La belleza de la parábola no solo nos dice que los tres primeros tipos de terreno describen una acogida superficial de la Palabra de Dios, sino que destaca sobre todo la tenacidad y la confianza del sembrador, que sigue echando la semilla sobre todo tipo de terreno. 

Parece que el labrador de la parábola siembra sin prestar atención, encontrando obstáculos de todo tipo, desde pájaros hasta piedras, desde la falta de tierra suficiente hasta las zarzas o el calor abrasador del sol. 

Alguien podría pensar que existe una estrecha correspondencia entre el terreno bueno y aquellos que escuchan con fe, y es cierto. 

Pero si nos detuviéramos solo aquí, cometeríamos un grave error al pensar que Jesús establece preferencias, es decir, que distingue entre quienes están dispuestos a escuchar y quienes no tenían ni tienen ningún interés, entre quienes le seguían de cerca y quienes, en cambio, escuchaban distraídamente y pasaban de largo. 

En realidad, sabemos que no es Jesús quien utiliza dos varas de medir, sino que somos nosotros, los seres humanos, quienes tenemos con Él una fe «de altibajos, de idas y vueltas». 

Dios concede a todos conocer los misterios del Reino, es decir, entrar y adherirse a la lógica con la que Él reina en la historia, pero su don se quiebra y no puede hacer nada allí donde los ojos humanos están cerrados, los oídos tapados, el corazón y la mente embotados, el terreno sin labrar. 

El sembrador sigue sembrando con confianza porque está seguro de la fecundidad de la semilla que lanza. Confía en ella, está seguro de que sabrá ser más tenaz que los límites objetivos de los terrenos en los que se siembra. 

Más que detenernos en la calidad del terreno, deberíamos ser capaces, ante todo, de reconocer la calidad de la semilla donada y quién es Aquel que siembra. 

La semilla de la Palabra de Dios será sin duda cada vez más resistente y fuerte que todas las dificultades, que incluso podrá superarlas hasta dar un fruto extraordinario. 

Pero también es necesario conocer cada vez mejor y examinar el terreno de nuestra vida para poner a prueba realmente nuestro deseo y nuestra capacidad de escucha, porque la invitación es a convertirnos en terreno fértil en el que la semilla pueda desplegar toda su fecundidad y producir su fruto sobreabundante. 

Quien tenga un corazón dócil, abierto y atento a la Palabra, la comprenderá de forma cada vez más profunda y lúcida, y la lógica del Reino le resultará familiar; pero quien cierre sus sentidos a la escucha de Dios, presumiblemente tendrá cada vez más dificultades para reconocer su Voz, perdiendo poco a poco la sensibilidad que Dios le ha concedido desde siempre. 

¿Cuál es la tierra buena? ¿Cuáles son sus características? 

De hecho, la parábola no lo dice. Mientras describe con detalle las tres primeras tierras estériles, no dice nada sobre las características de la cuarta tierra o, mejor dicho, «se limita» a afirmar que es una tierra buena si «escucha y comprende». 

Me parece poder decir que la pregunta queda abierta. 

¿Es el terreno bueno aquel que carece de todas las características negativas de los tres primeros? ¿Sin piedras, sin zarzas, protegido del calor del sol? 

¿O es un terreno que, aunque plagado de algunas de estas limitaciones, confía de todos modos en el poder y la fecundidad de esa semilla? 

Un terreno que sabe que la cosecha abundante, más que de su propia bondad, depende de la de la semilla, como recuerda el profeta Isaías: «… así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sin haber hecho lo que yo deseo y sin haber cumplido aquello para lo que la envié» (Is 55,11). 

Es buena la tierra que se deja fecundar y transformar; es buena la tierra que se deja convertir por la Palabra de Jesús. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de julio de 2026

La siembra del Evangelio - San Mateo 13, 1-23 -.

La siembra del Evangelio - San Mateo 13, 1-23 - 

«Aquel día…». Aquel día fue un día especial. Sus familiares habían ido a buscarlo y Jesús, cuando le dijeron que sus parientes lo esperaban, se dejó llevar por una expresión que casi parecía distanciarse de ellos: «¿Quién es mi madre? ¿Quiénes son mis hermanos?». 

Ese mismo día, precisamente, comenzó a hablar en parábolas, no mediante un discurso que obligara a aceptar lo evidente, sino hablando por alusiones, suscitando interrogantes sin forzar, respetando la libertad del otro y lo que este es capaz de comprender. 

Isaac el Sirio afirma con razón: «Haz que quien no puede sacar provecho del conocimiento se beneficie más de tu silencio que de tu palabra de sabiduría. Rebájate a su nivel según su debilidad». 

Así lo hace Dios: se rebaja según mi debilidad para llegar a mí y respeta los tiempos y las capacidades de cada uno, siempre y cuando nadie se pierda. 

Ante quienes se preguntaban por qué Dios llegaba incluso a tener en cuenta el fracaso de su obra y se preguntaban por qué Jesús era rechazado, ante quienes casi constataban la inutilidad de la fe, por un lado, y lo irrecuperable de la maldad humana, por otro, he aquí a Jesús cruzando el umbral de la casa para hablar de Dios, que sale a sembrar el futuro. 

Jesús, de hecho, no es propiedad de nadie, ni siquiera de sus familiares, y por eso su misión es ofrecer nuevas posibilidades, crear oportunidades: «He aquí que el sembrador salió a sembrar». No razona basándose en prejuicios o exclusiones: inventa oportunidades sin preverlo todo de antemano. 

Dios sale continuamente y, con paciencia y perseverancia, no le importa desperdiciar su oferta de comunión y amistad. Surca una y otra vez el terreno de nuestra vida, en cada época y en cada circunstancia, tanto cuando estamos más dispuestos a acogerlo como cuando nos sentimos tentados a dejar que todo se nos escape de las manos. 

Y siempre lo hace con la pequeñez de la semilla, es decir, con algo que puede parecer imperceptible a simple vista. Sigue visitándonos aunque sabe que tres de cada cuatro veces no encontrará la acogida que merece. Y es precisamente por esa última ocasión por la que sigue buscándonos sin rendirse. 

Si hay un hombre de por medio, nunca es en vano entablar un diálogo con él y esparcir la semilla del Evangelio. Poco importa lo que suceda a partir de ahí. Prefiere que la buena semilla se esparza por todas partes antes que aumentar el nivel del depósito en el que se guarda. 

Las adversidades y los obstáculos forman parte del juego, se tienen en cuenta de antemano, pero eso no impide que se siembre la semilla. ¡Al contrario! 

Dios siembra en todo terreno, y lo hace a manos llenas, sin escatimar, porque en cada terreno imagina que hay posibilidad de acceso a la comunión con Él: eso es su palabra, su sabiduría, su inteligencia de las cosas. 

A veces, sin embargo, lo que supone un obstáculo es el camino, es decir, el desgaste de lo cotidiano, la repetición de tópicos y de una religiosidad sin alma, una realidad lisa, impermeable, una experiencia sin pausas, que ha perdido el sentido de la vida, sin apertura a algo más, a alguien más. 

En este caso, todo queda en la superficie, nada se asimila, hasta tal punto que llega el maligno, el adversario por excelencia del éxito del hombre, y le roba el código para acceder a la comunión con Dios. 

A veces, en cambio, lo que supone un obstáculo es la tierra hecha de piedras, es decir, una experiencia de rigidez, de observancia formal, momentos en los que predomina el miedo a equivocarse y, por lo tanto, todo se reduce a obligaciones, deberes e imposiciones. 

Es el terreno en el que las cosas se hacen por tradiciones de las que ya no se sabe dar razón. Es el terreno en el que dominan las expectativas ajenas, un terreno sin raíces personales consolidadas. Por eso falta el abono de la constancia. 

Luego está el terreno ahogado por las espinas: habría todas las condiciones para que la semilla eche raíces, pero prevalecen las preocupaciones por el papel que se desempeña, la imagen, la posición social, la gestión de las relaciones, el nombre y el éxito. Lo que prevalece es la necesidad de acumular bienes. Esto acaba sofocando todo deseo de bien. 

Y luego está la tierra buena, aquella que finalmente reconoce en la semilla esparcida a manos llenas el camino a casa, la comunión con Dios, y por nada del mundo permite que se la arrebaten. 

Todos somos, en cierta medida, cada uno de esos tipos de tierra, según las situaciones y los momentos de la vida. ¿Cuál es la señal más auténtica de que la semilla de la Palabra ha echado raíces en nosotros? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 6 de julio de 2026

Sembradores - San Mateo 13, 1-23 -.

Sembradores - San Mateo 13, 1-23 -

En fin, vamos, seamos sinceros.

 

Tras dos mil años de cristianismo, ¿dónde están los cielos nuevos y la tierra nueva en los que la justicia tendrá su morada permanente? ¿Dónde está la salvación si estamos presenciando, horrorizados e impotentes, la guerra entre dos naciones cristianas? ¿Dónde está el Reino si el orden mundial antepone el lucro (incluso entre pueblos evangelizados desde hace siglos)?

 

Y, en nuestras comunidades eclesiales desorientadas, ¿dónde están los frutos de tanta siembra, de la catequesis a los niños, de procesos de iniciación cristiana? ¿Dónde están los matrimonios cristianos? ¿Dónde está la profecía de un mundo diferente en nuestras relaciones, en nuestros grupos y movimientos?

 

Y tenemos la impresión de que todo es inútil. Solo una mínima parte de la siembra da fruto.

Pues bien: estamos en buena compañía.

 

Son las preguntas que se planteaba la comunidad de Mateo, abrumada por la represión del Imperio romano, que había llegado hasta el punto de destruir el templo. Una catástrofe, el fin de un mundo, incluso de un mundo de fe: Dios había sido aparentemente derrotado por el águila romana.

 

Mateo, como respuesta, propone a su comunidad desanimada —y a la nuestra— la parábola del sembrador. Propone ver las cosas desde el punto de vista de Dios.

 

He aquí: el sembrador salió a sembrar. 

 

En el centro de la parábola, Jesús sitúa la semilla: ella es la protagonista; todos los verbos utilizados en este breve relato tienen como objeto precisamente nuestra semilla. Semilla que es la Palabra revelada por el Padre a través de Jesús y luego acogida y transmitida por Mateo a su comunidad y, de esta, al mundo.

 

El mensaje es claro: la semilla actúa por sí misma, independientemente de todo; es eficaz más allá de la destreza del sembrador o de la calidad del terreno, como la lluvia que cae del cielo y fecunda la tierra.

 

Si bien es evidente para todos que tres cuartas partes de las veces la siembra está abocada al fracaso, es igualmente cierto que una de cada cuatro veces el resultado es asombroso, muy por encima de las expectativas.

 

La parábola es un estímulo, una invitación a la confianza, una mirada positiva a la realidad.

Narra la lógica de un Dios que nos deja libres para acoger y escuchar su mensaje.

 

O para rechazarlo. O para acogerlo parcialmente, para luego dejarlo secarse y morir. 

 

La Palabra se siembra a manos llenas. Por parte de Dios, de Cristo, de nosotros, los discípulos. Magnífico.

 

¿Y luego qué ocurre?



El relato se retoma más adelante, en una especie de apéndice al texto, una explicación privada de Jesús dirigida a los discípulos. Una especie de homilía ante litteram.

 

La parábola, entonces, se convierte casi en una alegoría y el ánimo se transforma en una advertencia.

 

Si eres un anunciador, mantén la serenidad. Keep calm y deja que la semilla actúe.

 

Pero, antes de ser evangelizador y discípulo, eres alguien que acoge la Palabra, eres el terreno: así que presta atención a cómo la acoges.

 

Mira tu corazón: primero acoge, luego anuncia. Porque solo anuncias lo que acoges.

 

Es el propio Jesús quien habla de ello y explica sus palabras.

 

La semilla cae en el camino, sobre un corazón endurecido. Endurecido porque ha sido pisoteado por muchos.

 

Jesús no entra en detalles, constata que hay corazones aparentemente impermeables a cualquier estímulo de fe, incapaces incluso de permitir que algo haga mella en sus certezas inquebrantables. Lo saben todo. Sobre Dios, sobre la fe, sobre los cristianos. Lo saben todo. No necesitan nada.

 

En estos corazones, la semilla rebota. Luego viene Satanás y se la lleva, como un cuervo que se abalanza sobre el grano. Da escalofríos.

 

La Palabra que cae en el camino está destinada a desaparecer.

 

Un corazón endurecido, petrificado, asfaltado, es impermeable a la Palabra y, por tanto, a Dios.

 

Aparentemente, es imposible cambiarlo.

 

No para Dios, que siembra incluso sobre el asfalto. Insiste, el optimista incorregible. 

 

Jesús continúa: si la semilla encuentra aunque sea una pizca de tierra, germina.

 

Pero necesita constancia para crecer. Así les ocurre a algunos discípulos.

 

De inmediato acogen la Palabra: con entusiasmo. Hay personas así, adultos que redescubren la fe gracias a un viaje, a una jornada de retiro, a una amiga creyente que les anima a participar. Y es hermoso ver en su mirada el asombro de descubrirse amados por Dios y el deseo de conocer.



El primer corazón está endurecido. El segundo es inconstante.

 

La fe se convierte en un paréntesis en la vida, feliz, sin duda, pero un paréntesis.

 

Jesús tiene razón: la semilla hay que cultivarla, hay que protegerla del sol demasiado intenso, de las inclemencias del tiempo.

 

La Palabra hay que custodiarla, profundizar en ella, meditarla, rezarla.

 

Jesús continúa. Diferente es la situación de quien tiene constancia, de quien acoge la Palabra y la custodia, pero a su alrededor crecen otros intereses que se hacen cada vez más grandes y, al final, ahogan la Palabra, que permanece, pero no da fruto. Está presente, pero es inútil.

 

Llegan las preocupaciones del mundo, el pre-ocuparse, el ocuparse antes, antes de tiempo; y en lugar de vivir el momento presente, de saborear el tiempo, lo amplificamos, lo prolongamos, y así la preocupación continua contagia nuestra vida y nuestra alma. Y la ahoga, como una mala hierba.

 

Y también la codicia ahoga la semilla, es decir, el deseo desmesurado, autorreferencial, fuera de control. Por el dinero, la casa, la comida, el sexo… Todo corre el riesgo de convertirse en un ídolo y de engrandecerse hasta tomar el control de nosotros mismos, hasta marginar nuestra alma.

 

Pero existe una última posibilidad. Menos mal. 

 

El tono de la parábola cambia. Es un final lleno de esperanza.

 

Existe un terreno bueno que acoge y da fruto, mucho fruto. En el que la Palabra cala en los corazones, cambia la vida, modifica las decisiones. Convierte.

 

Y produce una gran cosecha: treinta, sesenta, cien por uno. Jesús utiliza una hipérbole para indicar que la semilla produce mucho más de lo que imaginamos o esperamos.

 

Y eso es precisamente lo que ocurre: frente a tanto fracaso, a los ojos de los hombres, queda el hecho de que millones de personas, al acoger el Evangelio, han cambiado radicalmente su vida.

 

Nosotros, entre ellos. Yo, entre ellos.

 

¿Quién es el terreno bueno? Quien se haya reconocido en los terrenos anteriores, al meditar sobre la parábola. ¿Quién, al leer, ha admitido ante el Dios de toda ternura que está endurecido, asfaltado, que tiene un corazón distante? ¿Quién ha sentido el inmenso deseo de dar fruto, de convertirse en terreno fértil que hace florecer la vida?

 

Vale la pena reflexionar sobre este aspecto: leer nuestra vida, nuestras vicisitudes, nuestro pasado para ver cuánto nos ha cambiado el encuentro con el Evangelio. Y también nosotros podemos decir que haber acogido el Evangelio en nuestra vida ha supuesto alguna renuncia. Pero nos ha dado cien veces más (Mt 19,29).

 

Vivimos tiempos difíciles, al parecer.

 

Pero extraordinarios. De verdad, de conversión, de pasión.

 

Arde, Cristo, en nuestros corazones.

 

Somos sembradores de una Vida a cuya sombra no descansaremos.



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Siembra de vida - San Mateo 13, 1-23 -.

Siembra de vida - San Mateo 13, 1-23 -

Les habló de muchas cosas mediante parábolas. La magia de las parábolas: un lenguaje que contiene más de lo que dice. Un relato breve, que funciona como un motor: lo lees y despierta ideas, evoca imágenes, suscita emociones, te lleva de viaje.

 

Jesús observa la vida y de ahí surgen las parábolas. Observa a un sembrador y, en su gesto, intuye algo de Dios. Tomaba historias de la vida y las convertía en historias de Dios.

 

Y las cuenta flotando sobre las aguas del lago, en una barca, desde ese púlpito oscilante, a pocos metros de la orilla.

 

El sembrador salió a sembrar.

 

No «un», sino «el» sembrador, que se identifica con la siembra, que no hace otra cosa que lanzar semillas divinas, dar vida, fecundar.

 

Sembrador: uno de los nombres más bellos de Dios.

 

Un sembrador ilógico, que deposita su esperanza incluso en las piedras, en las espinas, en el pisoteo del camino; un pródigo incurable. Un soñador que ve vida y futuro por todas partes, convencido de que incluso la maleza puede transformarse en jardín.

 

De las imágenes de Jesús surge una visión conmovedora del mundo: esta historia nuestra es un seno materno, la tierra está preñada, a nuestro alrededor todo germina, brota, se ramifica, madura.

 

El Reino se refleja en la primavera de la confianza en la vida que crece.

 

El sembrador, al que dirías distraído o desprevenido, es, en cambio, nuestro Dios que quiere abrazar la imperfección del campo, y nadie queda excluido.

 

Estamos heridos, opacos, duros, espinosos, inconclusos, todos, pero Él abraza nuestra imperfección, porque nos ve más allá de nosotros mismos, nos ve como un seno materno, como una historia en marcha, ve primaveras en nuestros inviernos y espigas futuras, profecía de un hambre saciada.

 

De hecho, el verbo central de la parábola es «dio fruto».

 

La ética del Evangelio es una ética del fruto, no de la perfección; una moral de la cosecha abundante, no de una ilusoria ausencia de problemas o defectos.

 

Cada corazón, incluso el mío, mi corazón retorcido, es un puñado de tierra capaz de dar vida a las semillas de Dios.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Y dio fruto - San Mateo 13, 1-23 -.

Y dio fruto - San Mateo 13, 1-23 -

Les habló de muchas cosas mediante parábolas. Así salieron las parábolas de la boca del Maestro. Escucharlas es como escuchar el murmullo del manantial, el momento inicial, fresco y primigenio del Evangelio. Las parábolas no son un recurso de emergencia ni una excepción, sino la cúspide más elevada y genial, la más refinada del lenguaje de Jesús.

 

Amaba el lago, los campos de trigo, las extensiones de espigas y amapolas, los gorriones en vuelo, la higuera. Observaba la vida y de ahí nacían las parábolas. Tomaba historias de la vida y las convertía en historias de Dios, revelando que «en cada cosa está sembrada una sílaba de la Palabra de Dios» (Laudato si’).

 

El sembrador salió a sembrar. Jesús imagina la historia, la creación, el reino como una gran siembra: todo es sembrar, un volar del trigo en el viento, en la tierra, en el corazón. Todo es germinar, brotar, madurar. Cada vida se narra como un amanecer continuo, una primavera tenaz.

 

El sembrador salió, y el mundo ya está lleno de vida. Y he aquí que el sembrador, que puede parecer ingenuo porque parte de la semilla cae sobre piedras, espinos y el camino, es, en cambio, quien abraza la imperfección del campo del mundo, y nadie es discriminado, nadie excluido de la siembra divina.

 

Todos somos duros, espinosos, heridos, opacos; y, sin embargo, nuestra humanidad imperfecta es también un terrón de tierra fértil, siempre apta para dar vida a las semillas de Dios.

 

Hay en el campo del mundo, y en el de mi corazón, fuerzas que se oponen a la vida y a los nacimientos. La parábola no explica por qué ocurre esto. Y tampoco explica cómo arrancar las malas hierbas, quitar las piedras o ahuyentar a los pájaros.

 

Pero nos habla de un sembrador confiado, cuya confianza al final no se ve traicionada: en el mundo y en mi corazón está creciendo el trigo, está madurando una profecía de pan y de hambre saciada. Así lo explica el verbo más importante de la parábola: «y dio fruto». Hasta cien veces más. Y no es una piadosa exageración.

 

Ve a un campo de trigo y verás que, a veces, de un solo grano pueden brotar varios tallos, cada uno con su espiga. La ética evangélica no busca campos perfectos, sino fértiles. La mirada del Señor no se fija en mis defectos, en las piedras o en las zarzas, sino en el poder de la Palabra que remueve los terrones pedregosos, cuida de los nuevos brotes y se rebela contra toda esterilidad.

 

Y hará de mí tierra buena, tierra madre, cuna acogedora de gérmenes divinos.

 

Jesús nos habla de la belleza de un Dios que no viene como segador de nuestras escasas cosechas, sino como el incansable sembrador de nuestros páramos y matorrales.

 

Y aprenderé de Él a no necesitar cosechas, sino grandes campos que sembrar juntos, y un corazón que no haya sido despojado; necesito al Dios sembrador, al que mis arideces nunca cansan.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios es sembrador - San Mateo 13, 1-23 -.

Dios es sembrador - San Mateo 13, 1-23 -

Les habló de muchas cosas mediante parábolas. La magia de las parábolas: un lenguaje que contiene más de lo que dice. Un relato breve, que funciona como combustible: lo lees y enciende ideas, despierta emociones, inicia un viaje totalmente personal.

 

A Jesús le encantaba el lago, los campos de trigo, las extensiones de espigas y amapolas, los gorriones en vuelo. Observaba la vida (las pequeñas cosas no están vacías, son un relato de Dios) y de ahí nacían las parábolas

 

Hoy Jesús observa a un sembrador e intuye algo de Dios. El sembrador salió a sembrar. No «un» sembrador, sino «el» sembrador, Aquel que se identifica con la siembra, porque no hace otra cosa que sembrar germen de vida en el corazón y en el cosmos.

 

Uno de los nombres más bellos de Dios: no el segador que hace cuentas con nuestras pobres cosechas, sino el sembrador, el Dios de los comienzos, el que da inicio, el que es la primavera del mundo, fuente de vida.

 

Todos tenemos en la mente la imagen de tiempos antiguos: un hombre con una bolsa al cuello que recorre un campo, con un amplio gesto de la mano, sabio y solemne, profecía de pan y de hambre saciada. Pero la parábola solo coincide hasta aquí.

 

Lo que sigue es desconcertante: el sembrador arroja generosas semillas también sobre el camino y entre las zarzas. No está distraído ni es torpe, sino que es alguien que deposita su esperanza incluso en las piedras, un pródigo incurable, imprudente y confiado. Un soñador que ve vida y futuro en todas partes, lleno de confianza en la fuerza de la semilla y en ese puñado de tierra y zarzas que soy yo.

 

Que habla incluso de un fruto de cien por uno, algo inexistente, irrealista: ningún grano de trigo se multiplica por cien. Una hipérbole que expresa la esperanza altísima y amorosa de Dios en nosotros.

 

Sin embargo, por muy buena que sea la semilla, si no encuentra agua y sol, el brote morirá pronto. El problema es el terreno fértil. Por eso quiero convertirme en tierra fértil, tierra madre, cuna acogedora para el pequeño brote. Como una madre, que sabe lo tenaz y deseoso de vivir que es la semilla que lleva en su seno, pero también lo frágil, vulnerable y necesitada de cuidados que es, dependiente de ella en casi todo.

 

Ser madres de la palabra de Dios, madres de cada palabra de amor. Acogerlas en nuestro interior con ternura, custodiar las y defenderlas con energía, criarlas con sabiduría.

 

Cada uno de nosotros es un terrón de tierra, cada uno es también un sembrador. Cada palabra, cada gesto que sale de mí, se va por el mundo y da fruto. ¿Qué me gustaría producir? ¿Tristeza o brotes de sonrisas? ¿Miedo, desánimo o fuerza para vivir?

 

Si tuviéramos ojos para contemplar la vida, si tuviéramos la profundidad de la mirada de Jesús, entonces también nosotros compondríamos parábolas, hablaríamos de Dios y del hombre con parábolas, con poesía y esperanza, tal y como hacía Jesús.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Semillas de vida - San Mateo 13, 1-23 -.

Semillas de vida - San Mateo 13, 1-23 -

Les habló de muchas cosas mediante parábolas.

 

La magia de las parábolas: un lenguaje que contiene más de lo que dice. Un relato breve, que funciona como combustible: lo lees y enciende ideas, evoca imágenes, despierta emociones, inicia un viaje.

 

A Jesús le encantaban los campos de trigo, las extensiones de espigas, de amapolas y de acianos; observaba la vida y de ahí nacían las parábolas. Hoy observa a un sembrador y, en su gesto, intuye algo de Dios.

 

El sembrador salió a sembrar: la parábola no pierde el tiempo en preámbulos ni análisis, narra un hecho o una experiencia.

 

El sembrador, no uno cualquiera; el Sembrador por excelencia, Aquel que se identifica con la siembra, porque no hace otra cosa que esto: dar vida, fecundar. Sembrador: uno de los nombres más bellos de Dios.

 

Y de inmediato, la imagen de una época antigua nos llena los ojos de la mente: un hombre con una bolsa colgada al cuello que recorre un campo, con un amplio gesto de la mano, sabio y solemne. Pero el cuadro solo coincide hasta aquí.

 

El sembrador de la parábola es diferente, excesivo, ilógico: lanza generosas puñadas incluso sobre el camino y entre las zarzas. Es alguien que deposita su esperanza incluso en las piedras, un pródigo incurable, imprudente y confiado. Un soñador que ve vida y futuro por todas partes.

 

Una lluvia continua de semillas de Dios cae cada día sobre nosotros. Las semillas del Evangelio llenan el aire. Se desprenden de las páginas de las Escrituras, de las palabras de los hombres, de sus acciones, de cada encuentro.

 

Pero por muy buena que sea la semilla, si no encuentra agua, luz y protección, la joven vida que nace de ella morirá pronto. El Sembrador arroja la semilla, pero es la tierra la que le permite crecer.

 

Por eso quiero convertirme en tierra buena, tierra madre, cuna acogedora para el pequeño brote. Como una madre, que sabe cuán tenaz y deseosa de vivir es la semilla que lleva en su seno, pero también cuán frágil, vulnerable y necesitada de cuidados, dependiente casi por completo de ella.

 

Ser madres de la palabra de Dios, madres de toda palabra de amor. Acogerlas en nuestro interior con ternura, custodiar y defenderlas con energía, criarlas con sabiduría.

 

Cada uno de nosotros es un terrón de tierra; cada uno es también un sembrador que camina por el mundo esparciendo semillas. Cada palabra, cada gesto que sale de mí, se va por el mundo y dará fruto. ¿Qué me gustaría producir? ¿Tristeza o brotes de sonrisas? ¿Miedo, desánimo o fuerza para vivir?


«El cristiano es alguien muy consciente de que su vida dará fruto, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene, sin embargo, la certeza de que ningún acto de amor a Dios se pierde, ninguna labor generosa se pierde, ninguna paciencia dolorosa se pierde. Todo ello circula por el mundo como una fuerza de vida». (EG. 278-279).

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una Palabra de vida - San Mateo 13, 1-23 -.

Una Palabra de vida - San Mateo 13, 1-23 -

He aquí que el sembrador salió a sembrar. Y enseguida se convierte en una profecía de verano, de pan, de mesas bien puestas, del fin del hambre. Jesús observa a un sembrador y, en su gesto, intuye algo de Dios.

 

La alegría de imaginar a Dios tal y como lo revela Jesús: un Dios campesino que esparce a manos llenas sus semillas de vida, fecundador incansable de nuestras vidas, obstinado en la confianza, un Dios sembrador: mano que se abre, comienzos que florecen, primavera.

 

Dios es como la primavera del cosmos; nosotros deberíamos ser el verano del mundo, que lleva a maduración las semillas divinas, perfumado de frutos. Cada corazón es un terrón de tierra buena, apto para dar vida a las semillas de Dios. ¡Pero cuántas veces he detenido el milagro! Yo, que soy camino, senda pisoteada, campo de piedras y guijarros, yo, que cultivo espinas en el corazón...

 

Mientras sembraba, una parte cayó junto al camino; vinieron los pájaros y se la comieron.

 

El primer error lo cometo cuando soy camino, alguien que nunca se detiene. La palabra de Dios pide un minuto de descanso, un minuto de pasión: quien corre siempre se ve despojado de sentido, despojado de la sed de infinito que constituye nuestra dignidad.

 

Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra…

 

El segundo error es el corazón poco profundo, un corazón que no conserva, no guarda, no medita. Así actúa el cristiano adolescente que hay en mí, que se conforma con sensaciones y no profundiza.

 

Otra parte cayó entre las zarzas, y estas crecieron y la ahogaron.

 

El tercer error es la ansia de riquezas y bienestar; y luego la espina de lo cotidiano, debida al esfuerzo de conciliar trabajo y familia, de resistir el desánimo, la soledad, la inseguridad ante el mañana... Una espina que ahoga la confianza y te hace creer que en ti no hay espacio para que germine una semilla divina, un gran sueño.

 

Pero el centro de la parábola no están los errores del hombre; el protagonista es un Dios generoso, que no priva a nadie de sus dones.

 

Surge entonces la alegría y la confianza de que, por muy árido, apagado o estéril que esté, Dios sigue sembrando en mí, sin descanso. A pesar de todas las zarzas y espinas, a pesar de todas las piedras y caminos, Él ve una tierra capaz de acoger y florecer, donde el pequeño brote acabará por triunfar.

 

Me conmueve este Dios que ha sembrado tanto en mí para cosechar tan poco. Él sabe que tres veces, dice la parábola; infinitas veces, dice mi experiencia, no respondo; pero luego, una vez respondo, y es treinta, sesenta, quizá cien por uno.

 

Amo a este Dios labrador, lleno de confianza en la fuerza de la semilla y en la bondad del puñado de tierra que soy yo, al mismo tiempo campo de espinas y tierra capaz de hacer florecer las semillas de Dios.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Dios sembrador de vida - San Mateo 13, 1-23 -.

Dios sembrador de vida - San Mateo 13, 1-23 -

El sembrador salió a sembrar. Ya solo esta frase vibra de alegría y de profecía, está llena de promesas y de cosechas, presagio de pan y de hambre saciada.

 

Aún hoy Dios sale a sembrar, y esparce a manos llenas sus semillas de vida, y los caminos del mundo y del alma se regocijan ante Dios, el fecundador incansable de nuestras vidas. Dios no es el segador que evalúa y pesa la cosecha, sino el sembrador: mano que da, fuerza que sostiene, día que comienza, voz que despierta.

 

¡Pero cuántas veces he ralentizado el curso del milagro! Yo, que soy camino, yo, que soy campo de piedras y guijarros, yo, que soy maraña de espinas, corazón pisoteado, superficie de piedra, que cultivo espinas y raíces venenosas...

 

Me gusta tanto este Jesús que cuenta en parábolas: el sembrador salió a sembrar y el mundo está lleno de vida. La parábola hace hablar a la vida.

 

La vida no está vacía, no es ausencia: hay algo de Dios en la vida. Si tuviéramos ojos para contemplar la vida, si tuviéramos la profundidad de los ojos de Jesús, también nosotros, en esta vida, compondríamos parábolas, hablaríamos de Dios con parábolas y poesía, como lo hacía Jesús.

 

Estamos llamados a ser sembradores de la Palabra, a difundirla, con la obstinación confiada de la parábola; con confianza, porque la fuerza no está en el sembrador, sino en la semilla; la fuerza no está en mí, sino en la Palabra. Que no volverá a Dios sin haber dado fruto.

 

El sembrador salió a sembrar: hoy, esta mañana, ahora mismo, sigue saliendo a sembrar; y es grande este Dios sembrador, este Dios labrador: es grande porque cree en la bondad y en la fuerza de la Palabra más aún que en los frutos visibles. Cree en la Palabra incluso más que en los resultados de la Palabra: es la Palabra la que es verdadera, no sus resultados.

 

Él me llama a un acto de fe purísima, a creer en la bondad del Evangelio incluso más que en los resultados visibles de esa Palabra, a creer que Dios transforma la tierra y a las personas incluso cuando no veo los frutos.

 

Él me llama a amar su promesa incluso más que el cumplimiento de la promesa, a amar a Dios incluso más que las promesas de Dios.

 

Este acto de fe gozosa y firme es lo que nos propone hoy el Evangelio.

 

No necesito cosechas, solo necesito grandes campos que sembrar y un corazón que no haya sido despojado; necesito un Dios sembrador, al que mi aridez nunca canse. Y así, los caminos del mundo podrán volver a rebosar de vida.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La fuerza de la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -.

La fuerza de la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -

Nuestro corazón es un terrón de tierra, tierra dispuesta a dar vida a las semillas de Dios.

 

Ser tierra abierta, capaz de acoger, feliz de recibir nuevas semillas; ser, como la tierra buena, capaces de multiplicar la vida: esa es nuestra vocación.

 

Un sembrador salió a sembrar. Ya solo esta frase vibra de alegría y de profecía, llena de promesas y de veranos, presagio de pan y de hambre saciada. Una vez más, Dios sale a sembrar, esparce a manos llenas sus gérmenes de vida, y los caminos del mundo y del alma se regocijan.

 

Del Evangelio surge la imagen de un Dios que quiere ser el fecundador incansable de nuestras vidas, mano que da, fuerza que sostiene, voz que despierta. Él es la certeza de que mañana estaré más vivo.

 

Gracias a sus semillas en mí, que soy a la vez un campo de piedras y espinas, tierra buena y corazón pisoteado. Dios es como la primavera del cosmos, nosotros como el verano perfumado de frutos.

 

A través de mí, Dios multiplica frutos y vida; sin embargo, en mí se puede interrumpir el curso de sus maravillas. A menudo no por malicia, solo por distracción. Pero sé que mi fuerza está en la siembra incansable y majestuosa de Dios.

 

Sé que tres veces, como dice la parábola, infinitas veces, como dice mi experiencia, no respondo, detengo el curso del milagro. Entonces ocurre que, una vez, respondo: con treinta, sesenta, cien por uno.

 

La parábola no habla de un labrador torpe en su trabajo, sino de una confianza: el fruto llegará, la pequeña semilla prevalecerá. Contra todas las zarzas y espinas, más allá de las piedras y los transeúntes, siempre hay una tierra que acoge y que florece.

 

Y aunque la respuesta sea negativa tantas veces, al final brotará el germen. También en mí, que siento el peso de mis «noes» y el retraso de los frutos que no maduran; en mí, tierra de zarzas y piedras, de pasos perdidos y de aves rapaces. Porque la fuerza está en la semilla y «no volverá a mí —dice el Señor— sin haber dado fruto» (Isaías 55,11).

 

Estamos llamados a ser sembradores de la Palabra, a difundirla con la obstinación confiada de la parábola; la confianza de que la fuerza no está en mí, sino en la Palabra.

 

Si predicara del Evangelio lo que soy capaz de vivir, ni siquiera tendría que abrir la boca. Pero yo no predico lo que he logrado, sino la vida de Dios que habita en la más pequeña de sus palabras.

 

Intento expresar el poder de la Palabra, más fuerte que mis cobardías, que derriba las piedras de las tumbas, enciende las primaveras y se rebela, junto con la creación, contra toda esterilidad.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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