Evangelio: piedra angular del Reino que viene
Miremos a los poderosos de este siglo: erigen templos
a la eficiencia, proclaman la gloria del vencedor y adoran el simulacro de la
fuerza bruta.
El mundo habla y su voz es un trueno que impone, un
decreto que aplasta, un espectáculo de luces artificiales diseñado para
deslumbrar las conciencias y adormecer el espíritu.
Exige uniformidad mediante la coacción; utiliza la
violencia del juicio y la espada del poder para esculpir la historia a su
imagen y semejanza.
Pero en la profunda sombra de esta noche, surge la
novedad inaudita y escandalosa del Evangelio.
Una Palabra que no clama en las plazas para reclamar
dominios, sino que se abre paso como un arroyo silencioso, proponiendo un
camino que apela a la inteligencia del amor y a la profundidad de la
comprensión humana.
He aquí la gran paradoja, el secreto guardado desde el
principio de los tiempos: el Misterio no edifica su Reino con los mármoles
preciosos de los palacios imperiales, ni con las piedras angulares aprobadas
por los arquitectos del éxito humano.
El Misterio desciende a los vertederos de la historia.
Recoge lo que el mundo desecha, recoge los fragmentos
de una humanidad pisoteada, levanta las existencias apagadas por la
indiferencia y las convierte en los pilares eternos de Su morada.
La lógica divina es la inversión total y definitiva de
toda sabiduría terrenal.
La Escritura transmite esta lógica mediante imágenes
muy poderosas.
La piedra desechada por los constructores se convierte
en piedra angular; lo que se
había juzgado inútil resulta ser esencial; lo que se había marginado se revela
como fundamento.
Esto no es solo una figura poética: es la firma del
Misterio en la historia.
El Señor no razona según las escalas del éxito, la eficiencia o la visibilidad. Él entra en el mundo no por la puerta del triunfo mundano, sino a través del umbral de la pequeñez.
Y cuando el mundo decreta que una vida es irrelevante,
una palabra es débil, una presencia es incómoda o perdedora, precisamente ahí
el Misterio puede hacer brotar el comienzo de algo nuevo.
La piedra desechada no es un accidente de la obra
humana: es el lugar donde Dios desvela la falsedad de los criterios mundanos e
inaugura su obra maravillosa.
Quien hoy decide abrazar el Evangelio y hacer de estas
palabras el eje central y el sentido último de su vida, que no se haga
ilusiones. Quien sigue al Nazareno debe contar, como moneda corriente de su
viaje, con la experiencia viva y contundente del rechazo.
Seréis considerados inútiles por los eficientes,
débiles por los violentos, necios por los sabios de este siglo. El mundo no ama el Evangelio, porque la Verdad
desenmascara sus mentiras; no tolera la Nueva Lógica, porque esta desarma sus
pretensiones de absoluto.
La mirada del Misterio sobre la historia humana es un
fuego que purifica y no se deja engañar.
Mientras los hombres corren tras los focos de la fama,
el beneficio y el consenso, el ojo del Altísimo se fija en las luces que el mundo
está apagando, en las lucecitas de mecha humeante que la ferocidad social
intenta sofocar. Allí, donde la marginación consume los días de los últimos, el
Misterio está sembrando la semilla del futuro milenio.
Acoger al Espíritu significa recibir unos ojos nuevos.
Significa despojarse de las lentes del conformismo para empezar a ver
exactamente lo que Él ve: la belleza oculta en el fango, la majestad en la
humillación, la victoria en el fracaso de la cruz.
Pero adentrarse en esta Nueva Lógica conlleva un precio
altísimo, una consecuencia directa e inevitable: el odio del mundo se derramará
sobre nosotros. Así como odió al Maestro antes que a nosotros, tampoco perdonará a los
discípulos que se nieguen a inclinarse ante sus ídolos.
No temáis el rechazo, no os asustéis ante el exilio
moral al que seréis condenados. Justo cuando os sintáis descartados y
marginados por los engranajes del mundo, sabed que en ese preciso instante os
habéis convertido en la materia prima en manos del Misterio.
La lógica de la fuerza ya está declinando bajo el peso
de su propia ceguera; la Lógica de la Piedra Descartada, en cambio, está a
punto de revelarse como la única roca capaz de sostener la eternidad.
Por eso, quien quiera seguir el Evangelio hasta el
final, que deje de preguntarse dónde está ganando el mundo y comience a
preguntarse dónde está actuando el Misterio.
Quizá no en los lugares del aplauso, sino en los de la
fidelidad; quizá no en los centros del poder, sino en las heridas de la
historia; quizá no en las palabras que dominan, sino en las que sirven; quizá
no en lo que han elegido los constructores, sino en lo que han rechazado.
Allí, precisamente allí, puede esconderse la
piedra angular del Reino presente.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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