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domingo, 6 de septiembre de 2026

Encuentro y diálogo.

Encuentro y diálogo 

Dos historias, dos religiones que se encuentran, dialogan y no se demonizan. 

Se despiden con respeto, y el Sultán ofrece a Francisco unos regalos. 

Entre ellos, un cuerno de marfil, un instrumento creado para la caza o para llamar a la oración, convertido en símbolo de una tregua real. 

Recordar esta historia en tiempos como estos es un acto de resistencia civil y espiritual. 

De hecho, de forma latente, crece un desprecio hacia el otro y hacia su fe que se alimenta de algoritmos, ignorancia, cinismo, miedo, fobia...  

Vivimos en la era de la polarización exacerbada, donde la identidad se construye por sustracción: yo existo en la medida en que te destruyo, te menosprecio o te demonizo. 

El diferente ya no es un misterio por descubrir ni alguien con quien confrontarse, sino un blanco cómodo sobre el que proyectar nuestros miedos colectivos. 

Sino una amenaza de la que hay que protegerse con alambradas, reales o mentales. 

En un escenario alimentado, lamentablemente, también por muchos que se profesan cristianos, lo que ocurrió en Damieta en 1219 deja de ser un capítulo desvanecido de la historia medieval y se convierte en un manifiesto geopolítico de gran actualidad. 

Alrededor de aquella tienda se oía el estruendo de la Quinta Cruzada, convocada por el Papa Inocencio III para golpear el poder musulmán en Egipto y utilizarlo como moneda de cambio para recuperar Jerusalén: la sangre, el fanatismo ideológico, los cálculos de poder, el derecho de la fuerza. 

Afuera se clamaba por la «guerra santa» desde ambas orillas del Mediterráneo. 

Pero dentro de esa tienda, Francisco y Al-Malik al-Kamil llevaron a cabo el único milagro verdadero posible en tiempos de guerra: se miraron a los ojos sin que el prejuicio se interpusiera entre ellos. 

Ninguno de los dos cedió ni un milímetro en su fe. 

No hubo lugar para un sincretismo débil o de fachada. 

Francisco siguió siendo el loco de Dios, el cristiano radical; el Sultán siguió siendo el firme defensor del Islam. 

Y, sin embargo, descubrieron que la fidelidad a las propias raíces no tiene por qué cavar trincheras, sino que puede tender puentes. 

Hablaron no a pesar de su fe, sino a través de ella, reconociendo en el otro el mismo deseo de lo Absoluto. 

El cuerno de marfil es el vestigio arqueológico de una paz olvidada. Ese regalo nos dice que el encuentro siempre deja huella, influye en el futuro y desarma las manos. 

Hoy, mientras el desprecio insidioso amenaza con adormecer nuestras conciencias, necesitamos desesperadamente recuperar el valor de Damieta. 

El valor de cruzar las líneas enemigas, no para conquistar o convertir por la fuerza, sino para dar cabida a la escucha. 

Porque la alternativa al diálogo no es la victoria de una civilización sobre otra, sino la ruina común y definitiva de nuestra humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Posdata:

Lo dejo como un último apunte de mi reflexión. El vértigo de acontecimientos y de documentos me asusta. Y en medio de todo ello, y como dice un hermano mío, la memoria es una facultad que olvida. 

Quisiera traer a colación otro encuentro y diálogo. Uno que tuvo lugar en este siglo XXI: el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi. También, entonces, dos líderes religiosos cristiano y musulmán, se dieron un abrazo. Eran el Papa Francisco y Ahmed-el Tayeb (Gran Imán de Al-Azhar de El Cairo). 

Tengo para mí que es un documento quizá hasta ya olvidado (en este vértigo de documentos y acontecimientos) pero de una grande actualidad en el presente y de una gran inspiración para lo que quisiéramos esperar y promover en el futuro.

Te invito a refrescar su lectura y reflexión: https://www.vatican.va/content/francesco/es/travels/2019/outside/documents/papa-francesco_20190204_documento-fratellanza-umana.html

domingo, 30 de agosto de 2026

La dichosa normalidad.

La dichosa normalidad

Doy tantas vueltas al concepto de «normalidad».

 

De hecho, conocidos políticos califican de «normales» a los ciudadanos de piel blanca frente a los de piel oscura, que serían, por tanto, «anormales», es decir, «fuera de la norma», y constituirían una minoría estadística.

 

Hay quien califica de «normales» a las personas sin discapacidad frente a las personas con discapacidad, quienes, precisamente por ser «anormales», deberían asistir, desde pequeños, a colegios «especiales».

 

Hay quien considera «normales» a las personas con orientación heterosexual —mayoritaria— y «anormales» a las personas homosexuales —minoritarias—, a las que, por lo tanto, no se les deberían conceder demasiados derechos.

 

No soy quién para profundizar en el concepto de «normalidad» que subyace a ciertas afirmaciones… pero una posible reflexión podría ser la siguiente.


Normal, tal y como recogen los principales diccionarios, es un término derivado del latín que, sobre todo en su acepción moderna, indica efectivamente cualquier característica que se presente de forma mayoritaria, en relación con un aspecto específico (color de la piel, funcionamiento psicofísico, orientación sexual, etc.), en una población determinada.

 

En algunas afirmaciones con las que he comenzado, por lo tanto, el concepto de «normalidad» se utiliza de manera adecuada.

 

Pero me parece que dichas proposiciones van más allá del uso correcto del término.

 

De hecho, lo utilizan de manera indebida, no tanto para constatar situaciones mayoritarias, sino para hacer pasar, de forma subrepticia, estas condiciones como «naturales» y las minoritarias como «antinaturales», con el efecto de reforzar muchos prejuicios.

 

Pero el error de esta operación radica en el hecho de que de la «normalidad» no se puede deducir en modo alguno la «naturalidad».

 

La «normalidad», que describe cómo son las cosas empíricamente en un determinado contexto, no puede, de hecho, indicar cómo deberían ser idealmente.

 

En términos más generales, ninguna proposición descriptiva (por ejemplo: «la mayoría de los ciudadanos tiene la piel blanca», «no tiene discapacidad», «es heterosexual», etc.) puede legitimar indicaciones prescriptivas de carácter ético-político, sean cuales sean.

 

El paso del género descriptivo al prescriptivo, al igual que cualquier paso deductivo entre géneros diferentes —caracterizados como tales por principios distintos—, constituye, de hecho, tal y como demostró Aristóteles, una forma falaz de argumentar.

 

El significado de «normalidad» puede ser correcto pero no siempre lo es el uso que se hace de él.

 

Y a mí me parece importante señalar esta distinción.


La utilidad del concepto de «normalidad», en el plano descriptivo, es, de hecho, difícilmente refutable. Esto queda demostrado indirectamente por el hecho de que incluso quienes no lo utilizan recurren, para indicar los comportamientos más frecuentes, en esencia a sinónimos como «tipicidad», «ordinariedad» o «regularidad», cuyos respectivos contrarios suenan simplemente menos discriminatorios que «anormalidad».

 

Por este motivo no creo que haya que centrarse tanto en el concepto de «normalidad» sino en su uso capcioso.

 

«Normalidad» y «naturalidad» no son sinónimos, ni de la primera pueden extraerse disposiciones relativas a la segunda. La evidencia empírica «normal», por ejemplo, muestra que los gatos tienen, «por naturaleza», cuatro patas. Esto, sin embargo, no es un buen motivo para considerar «contranatural», y por lo tanto motivo de discriminación, a los gatitos nacidos con tres patas, para los que, en todo caso, se requiere un mayor cuidado.

 

La naturaleza tiene sus propias reglas, pero las reglas admiten excepciones que, aunque sean minoritarias, siguen perteneciendo al ámbito natural.

 

Se trata de un ejemplo naturalista, pero el lector inteligente podrá extenderlo a todos los posibles casos de discriminación social de condiciones minoritarias, sobre todo aquellos más ventajosos en el plano electoral: el color de la piel, el funcionamiento psicofísico, la orientación sexual; no es casualidad, precisamente, que estos sean los temas más utilizados a veces…


La tesis filosófica central que subyace a ciertos comentarios es, por tanto, hacer pasar lo «anormal» —en el sentido de minoritario— como «antinatural», aprovechando la caracterización semántica negativa de estos términos.

 

A este respecto, aunque se está de acuerdo en que, en la realidad, a menudo la «normalidad» y la «naturalidad» se solapan —es decir, que, por lo general, la situación más «normal» es también la más «natural»—, hay que señalar, no obstante, que las cosas no siempre son así, ya que la naturaleza admite a la vez reglas («normalidad») y excepciones («anormalidad»).

 

Lo que es «natural», de hecho, como por ejemplo un eclipse, puede no ser «normal», ya que se produce de forma excepcional, del mismo modo que lo que es «normal» puede no ser «natural», como por ejemplo la vida que llevan millones de animales criados, con fines lucrativos, en naves industriales.


Lo que es «anormal» no por ello es «antinatural».

 

Las personas de color que residen en un país occidental, las personas con discapacidad que intentan integrarse en un contexto que discrimina a las personas con discapacidad, las personas homosexuales que desean vivir con su pareja en una sociedad predominantemente heterosexual, pueden ser una minoría, pero su comportamiento no es en absoluto «contrario a la naturaleza».

 

De hecho, constituye una de las posibilidades que la propia naturaleza pone a nuestra disposición, que no perjudica a nadie y que, por lo tanto, debe respetarse.


Digo esto para reafirmar que el uso del concepto descriptivo de «normalidad» con fines prescriptivos —es decir, para imponer, por ejemplo, políticas de repatriación para las personas de color indeseadas, o políticas segregadoras para las personas con discapacidad, o incluso políticas injustas para las personas homosexuales— resulta contrario, además de a muchos mandatos constitucionales, a la propia esencia del concepto en el que se basan estas mismas tesis.

 

De hecho, cuando se emplea para prescribir, el concepto de «normalidad» se utiliza de forma indebida, es decir, para respaldar de manera arbitraria actitudes prejuiciosas, discriminando a millones de personas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 19 de agosto de 2026

Espacios de humanidad.

Espacios de humanidad 

«En un mundo incomprensible y en constante cambio, las masas habían llegado al punto de creer simultáneamente en todo y en nada, de pensar que todo era posible y que nada era verdad». 

Son palabras de Hannah Arendt, en su obra clásica sobre el sistema totalitario. Son palabras que pueden ilustrar tal vez una parte del clima actual de nuestra sociedad. 

Por un lado, anuncios futuristas sobre una sociedad digital que nos garantizaría, en el marco de una globalización feliz, un futuro maravilloso. 

Por otro, personas elegidas en los parlamentos políticos que se lanzan mutuos reproches por escándalos de todo tipo, guiándose por las encuestas que les sirven de brújula. 

Esta yuxtaposición de un mundo en el que el progreso técnico hace creer que «todo es posible» y de una clase política que deja cada vez más al ciudadano con el sabor amargo de que «nada es verdad» contribuye a la crisis de la convivencia. 

¿Cómo podría funcionar de otra manera una sociedad con un individualismo exacerbado y para la que la economía y las finanzas se han convertido en la medida de todas las cosas? 

Una sociedad no puede sobrevivir eternamente a este doble juego en el que Hanna Arendt ve el nacimiento del totalitarismo. De hecho, yuxtaponer el «todo es posible» y el «nada es verdad» conduce al «todo está permitido». 

Ante este riesgo, ya no basta con invocar el bien común, la ciudadanía y la famosa modernización. Hay que comprometerse en un trabajo crítico sobre las llamadas evidencias que nos impiden pensar en el arte de vivir en lo cotidiano. 

En las sociedades primitivas, el individuo venía definido por su matriz micro-social de origen. Se pertenecía a un pueblo, se profesaba la religión del propio clan, se ejercía el oficio de los padres, y las relaciones matrimoniales dejaban de lado las subjetividades para garantizar el fin primordial de la perpetuación del grupo. 

En esos universos, caracterizados por la escasez, las leyes de la hospitalidad y la solidaridad del clan eran condiciones de supervivencia. La solidez de esa solidaridad tenía como contrapartida la negación de la libertad individual. La supervivencia colectiva se imponía a todos. 

La historia de la modernidad está formada por «átomos sociales» que han roto con esa matriz sociológica primaria. 

Esta ruptura fue preparada por la evolución filosófica del pensamiento individual: en el ámbito religioso en Occidente, por Lutero y la Reforma; en el ámbito político, por la Ilustración; y en el ámbito económico, por la urbanización y la industrialización. 

El contrato de trabajo indefinido fue el instrumento jurídico que permitió a cada individuo existir al margen de su propio clan. Pero la desaparición de las formas tradicionales de regulación de la vida colectiva ha dejado a los individuos cada vez más sumidos en su soledad.

Y la urbanización, al igual que la gran industria, ha creado «las masas», un término que carecía de sentido en una sociedad tradicional. 

Dos «líneas maestras» han pretendido guiar a estas «masas»: el «socialismo científico» y el mercado. 

Ante la alienación de las masas urbanizadas, desarraigadas de su matriz original, algunos buscaron y encontraron una «ciencia» del desarrollo de las sociedades de tipo marxista como referente político. Bastaba con que un partido político portador de dicha ciencia tomara el poder, y se habría avanzado hacia el más dichoso de todos los porvenires. 

En cambio, hemos sufrido trágicas secuelas. 

El liberalismo ha confiado la gestión del individuo desarraigado a la «mano invisible» del mercado. Las crecientes fracturas sociales, los desastres humanitarios y ecológicos desmienten cada día la capacidad del mercado para hacer frente a las crisis actuales. 

Entonces, es grande la tentación de volver «al origen». Es el comienzo de todo integralismo, de todo nacionalismo, de todo fundamentalismo. 

Cuando uno ya no sabe adónde se va, cuando ya no se tienen proyectos, se corre el riesgo de caer en la tentación de la regresión. 

¿No habría que intentar pensar y actuar de un modo alternativo? 

En lugar de buscar aquello que hemos perdido, la tarea podría consistir en dar a luz un mundo nuevo. 

Si tantas personas descubren que están y que son, que nacen y que mueren «solas», como decía Blaise Pascal, ¿no habrá que crear oasis de humanidad y de fraternidad? 

Yo recuerdo que la pandemia nos pilló por sorpresa. No sé si a partir de aquello hemos aprendido o no a acostumbrarnos a que surja lo inesperado. 

Tantas veces no vivimos más que lo inesperado y la costumbre de las crisis. En nuestro mundo se despierta tantas veces la imaginación creativa, pero por otro también este mundo provoca miedos y retrocesos mentales. Buscamos la salvación providencial, pero no sabemos cómo. 

Y, sin embargo, hay que aprender que, en la historia, lo inesperado ocurre y vuelve a ocurrir. Creemos que vivimos de certezas, de estadísticas, de previsiones y de la idea de que todo es estable. 

Pero… muchas cosas han comenzado y siguen comenzando a entrar en crisis. A veces no nos damos cuenta. Y debemos aprender a vivir con la incertidumbre, es decir, con el valor de afrontar y estar preparados para resistir también a las fuerzas negativas. 

La crisis nos vuelve más locos y más sabios. Ambas cosas. La mayoría de la gente pierde la cabeza y otros se vuelven más lúcidos. La crisis favorece a las fuerzas más contrarias. 

Yo creo pertenecer al grupo de los que quisieran creer que sean las fuerzas creativas, las fuerzas lúcidas y aquellas que buscan un nuevo camino las que se impongan, aunque todavía estén muy dispersas y sean débiles. 

Podemos indignarnos con razón, pero no debemos encerrarnos en la indignación. 

Hay algo que olvidamos. Hace años, no me atrevo a cuantificar, ha comenzado en el mundo un proceso de degradación. La crisis de la democracia no se da solo en los países europeos… Predomina el beneficio ilimitado que lo controla todo en todos los países. Lo mismo ocurre con la crisis ecológica. 

La mente debe afrontar las crisis para dominarlas y superarlas. De lo contrario, somos sus víctimas. 

Hoy vemos cómo avanzan elementos del totalitarismo. Un totalitarismo que no tiene nada que ver con el del siglo pasado. Disponemos de todos los medios de vigilancia: drones, teléfonos móviles, reconocimiento facial... Y existen todos los medios para dar lugar a un totalitarismo de la vigilancia. 

El reto es impedir que estos elementos se unan para crear una sociedad totalitaria e inhabitable para nosotros. ¿Qué podemos desearnos? Podemos desearnos fuerza, valor y lucidez para no caer en la lógica terrible de la ley de la selva... Necesitamos crear y vivir en pequeños oasis de humanidad. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 17 de agosto de 2026

Una reflexión a propósito de Aliança Catalana.

Una reflexión a propósito de Aliança Catalana 

La humanidad nunca ha sido una estatua inmóvil, esculpida de una vez por todas en la piedra del origen. Se asemeja más bien a un mosaico en perpetuo movimiento: un conjunto de piezas vivas, frágiles y luminosas, que se rozan, chocan, se alejan, se buscan, a veces se rompen y a veces se funden, generando figuras que ninguna mente habría podido prever. 

Cada pueblo, cada lengua, cada rito, cada memoria colectiva, cada… es una pieza de este diseño inestable, pero el diseño nunca está concluido, porque la historia no conoce marcos definitivos. 

Allí donde una frontera parece cerrarse, la vida abre una brecha; allí donde una identidad pretende bastarse a sí misma, el encuentro con el otro la obliga a cuestionarse, a temblar, a renacer. 

En este escenario variado e inquieto, la mezcla cultural se presenta como una de las fuerzas más vitales del progreso humano. 

No es un accidente marginal de la historia, ni un simple adorno de la convivencia: es una de sus leyes más profundas. 

Las culturas existen porque se transmiten, pero sobreviven porque se transforman. 

Una tradición que rechaza todo contacto se endurece; una civilización que teme toda mezcla acaba confundiendo la pureza con la esterilidad. 

Por el contrario, en el diálogo, en el intercambio, en la propia fricción entre diferentes visiones del mundo, se produce esa energía creativa que permite a los seres humanos imaginar nuevas formas de vida, nuevos lenguajes, nuevas instituciones, nuevas bellezas… 

La mezcla no debe entenderse como una pérdida mecánica de uno mismo, sino como una experiencia del umbral. 

De hecho, todo encuentro auténtico tiene lugar en una frontera: no solo geográfica, sino también simbólica, emocional y espiritual. 

En el umbral, la identidad no desaparece; más bien queda expuesta a su propia ser in-completo. El otro, con su lengua diferente, con sus gestos, con sus mitos y sus preguntas, nos revela que lo que llamábamos «mundo» era quizá solo una de sus posibles interpretaciones. 

En este sentido, la cultura ajena no es simplemente lo que está fuera de nosotros: es un espejo oblicuo, capaz de mostrarnos lo que en nosotros permanecía invisible. 

De ahí surge la belleza del encuentro. No es solo entusiasmo, sino también vértigo. 

Cuando las culturas se tocan, se observan, a veces se enfrentan y se mezclan, el horizonte de lo posible se amplía. Lo que parecía natural se revela de repente como histórico; lo que parecía necesario se revela como contingente; lo que parecía ajeno se convierte, poco a poco, en parte de nuestro vocabulario interior. 

La belleza es precisamente esta desorientación fecunda: el momento en que el ser humano descubre que no es prisionero de la forma que ha recibido, sino capaz de habitar otras, de traducirlas, de reinventarlas. 

A lo largo de la historia, los grandes florecimientos de lo humano han surgido a menudo de cruces, préstamos y encuentros: rutas comerciales, migraciones, traducciones, conquistas, exilios, escuelas, puertos, bibliotecas, ciudades abiertas al paso. 

Las lenguas se han enriquecido gracias a las palabras extranjeras; las cocinas han inventado sabores inesperados al acoger ingredientes venidos de lejos; las artes han generado nuevos estilos entrelazando técnicas y simbologías diversas; incluso el pensamiento filosófico ha encontrado a menudo su fuerza en el enfrentamiento con lo que lo superaba. 

Ninguna civilización es realmente una isla: incluso cuando se imagina autónoma, ya lleva en sí misma rastros de encuentros olvidados. 

Pero sería ingenuo celebrar la mezcla sin reconocer sus sombras. 

Cada encuentro conlleva también el riesgo de la dominación, de la apropiación, de la reducción del otro a mercancía, adorno o curiosidad exótica. 

No toda mezcla es diálogo; no todo intercambio es recíproco; no toda apertura es justa. 

Para que la mezcla sea verdaderamente generativa, debe custodiar una dimensión ética: la escucha, el respeto, la conciencia de las asimetrías, la voluntad de no devorar lo que se encuentra. 

El encuentro auténtico no asimila al otro borrándolo, sino que le deja resonar en su diferencia. 

Aquí se abre el problema filosófico más profundo: ¿cómo seguir siendo uno mismo sin cerrarse, y cómo abrirse sin disolverse? 

La respuesta no puede encontrarse en la nostalgia de identidades puras, porque tales identidades son a menudo ficciones retrospectivas, construidas por miedo al cambio. 

Pero tampoco puede consistir en una fluidez sin memoria, en la que todo se vuelve intercambiable y nada conserva profundidad. 

La humanidad necesita raíces y viento: raíces para no perder su propia memoria, viento para no convertirla en una prisión. La cultura está viva cuando sabe recordar y, al mismo tiempo, dejarse atravesar. 

La mezcla cultural, social,…, pues, no es una amenaza para la belleza del mundo, sino una de sus condiciones. Hace visible el carácter plural de lo humano: nadie posee por sí solo toda la gramática de la existencia. 

Cada cultura guarda una respuesta parcial a las preguntas fundamentales: cómo vivir, cómo morir, cómo amar, cómo recordar, cómo dar sentido al dolor y a la fiesta. 

Cuando estas respuestas entran en relación, no siempre se armonizan de inmediato; a veces producen disonancia, conflicto, esfuerzo. Pero incluso la disonancia puede convertirse en música, si se escucha no como un ruido que hay que suprimir, sino como la posibilidad de una composición más amplia. 

En el fondo, la belleza del encuentro es la experiencia de una libertad mayor: la libertad de no coincidir por completo con lo que hemos sido, de descubrir que nuestra identidad no es una fortaleza, sino un camino. 

El otro no viene a quitarnos nada; viene, cuando el encuentro es acertado, a multiplicar nuestra forma de estar en el mundo. Nos enseña que la pertenencia no tiene por qué excluir necesariamente la apertura, y que la diferencia no es lo contrario de la comunión, sino su materia viva. 

Así, el mosaico de la humanidad sigue moviéndose. Sus piezas no pierden valor por cambiar de posición; al contrario, adquieren nuevos reflejos al estar cerca de las demás. 

La belleza que nace de la mezcla no es la fría de la simetría perfecta, sino la ardiente de lo imprevisto: una belleza hecha de transiciones, heridas, traducciones, injertos, reconocimientos. 

Es la belleza de un mundo que no se deja reducir a una sola voz, sino que busca, en la pluralidad de sus voces, una armonía siempre provisional y siempre necesaria. 

Y tal vez el progreso humano no sea más que esto: aprender, de época en época, a transformar el choque en diálogo, el miedo en curiosidad, la distancia en creación. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

En un mundo de ignorantes.

En un mundo de ignorantes 

Casandra lo sabe. Sabe que Troya caerá. Sabe que el caballo de madera esconde la ruina de la ciudad. Sabe que la catástrofe ya ha traspasado las murallas que los habitantes creen haber defendido. Y, sin embargo, nadie le cree. 

Desde hace siglos interpretamos esta historia como la de una profecía ignorada. Pero quizá Casandra habla de algo más inquietante. 

No de la ignorancia de quien no sabe, sino de la ignorancia de quien sabe y sigue creyendo lo contrario. 

Su tragedia, como tantas veces la nuestra, no nace de la falta de información. 

Todo se ha dicho, todo se ha mostrado, nada está oculto. 

Lo que falta es la capacidad de reconocer como cierto lo que se sabe. 

Es una situación que me resulta sorprendentemente familiar. 

A nuestra época le encanta considerarse como aquella que finalmente ha declarado la guerra a la ignorancia. 

Nunca antes los seres humanos habíamos tenido acceso a una cantidad tan vasta de información: cada pregunta parece encontrar una respuesta inmediata, cada incertidumbre, una laguna temporal que subsanar. 

Y, sin embargo, algo no cuadra. 

Nunca hemos sabido tanto y nunca nos hemos sentido tan a menudo incapaces de comprender el mundo en el que vivimos. 

La pandemia, las guerras, la crisis climática y la inteligencia artificial han puesto de manifiesto una paradoja inesperada: la acumulación de conocimiento no coincide con un aumento de la comprensión. 

Cuanto más sabemos, más crece lo que ignoramos. 

Tal vez ni seamos capaces de definir con exactitud qué es conocer… aunque tampoco la ignorancia se deja delimitar. 

Quizá porque la ignorancia no coincide con la ausencia de información: el problema nunca ha sido solo lo que sabemos, sino la relación con lo que sabemos. 

La cultura occidental ha concebido el saber como una frontera en avance —lo desconocido que retrocede, la razón que conquista—: una de las imágenes más poderosas de la Ilustración. 

Pero otras voces - la filosofía, la literatura,… - dicen otra cosa: el saber no avanza contra la ignorancia, nace de ella y se encuentra con ella como su propio límite. 

La ignorancia no coincide con la falta de información, sino con su gestión. 

En un mundo que pretende que todo sea calculable, el saber se reduce a una función administrativa: se recogen datos, se elaboran previsiones, se construyen modelos… 

Pero esta proliferación genera nuevas formas de ceguera ignorante. La ignorancia no se elimina: se incorpora a los dispositivos que pretenden gobernarla. 

Es verdad. Ojalá la nuestra fuera la ignorancia que hiciera posible el pensamiento, aquella que abriera un espacio para la investigación, para el deseo, para la invención... Ojalá ésta fuera nuestra ignorancia. 

En nuestra cultura occidental Sócrates es quizás el primero en comprenderlo: el «sólo sé que no sé nada» no es modestia, sino el descubrimiento de que el pensamiento nace de una carencia. 

No se busca lo que ya se posee; la pregunta solo es posible allí donde una certeza se desvanece. 

Ojalá la nuestra fuera aquella ignorancia docta de un tal Nicolás de Cusa. 

Pero me temo que, salvo honradas excepciones (y yo no soy una de ellas), no es así. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 15 de agosto de 2026

Tiempo al tiempo.

Tiempo al tiempo 

Miro lo que ocurre en el mundo y me convenzo de que, si la inteligencia humana se refleja en sus acciones… la inteligencia empieza a escasear, mientras que la estupidez, los egoísmos de aquellas prioridades nacionales y el desprecio por los derechos van viento en popa a toda vela… 

Hay una mala conciencia contemporánea: aquella de la anestesia moral de la costumbre. Multiplicado por mil, el dolor del individuo pierde su rostro y se convierte en estadística. El sufrimiento se reduce a ruido de fondo, mientras que la costumbre o la inercia se convierten en la etapa suprema de la deshumanización. La pérdida de humanidad es el verdadero drama de nuestro tiempo. Es la medida de nuestra decadencia ética. 

En las masacres del Mediterráneo o entre los escombros del genocidio en Gaza, o en… el horror compartido anula la singularidad del drama. 

Contemplamos a la multitud que se agolpa contra las vallas de Ceuta, pero no percibimos la desesperación humana, la mujer desplomada o el niño que llora. Vemos cifras, no personas. Es aquella deshumanización indispensable para tolerar lo intolerable. 

La palabra clandestino se utiliza en el discurso público para infundir miedo, evocar amenazas y ocultar rostros. La humanidad en fuga se convierte en «humanidad excedente», aquella que hay que descartar, por decirlo con el Papa Francisco en Fratelli tutti, un llamamiento que hoy no se escucha. 

También el Papa León XIV tiene palabras de fuego contra la deshumanización de la política, pero apenas encuentra eco. 

En este vacío ético echa raíces el virus del soberanismo. La idea de Nación (prioridad nacional y análogos y sinónimos…) se ha transformado en un instrumento para sembrar el odio, un tótem identitario que lanzar contra el extranjero. 

Es la miseria política de los patriotas al mando: un Estado contra otro, una persona contra otra, una frontera moral contra el vecino. Cuando los derechos dejan de ser universales y se vinculan a la ciudadanía o a la fuerza, el derecho se reduce a privilegio. Y el privilegio exige muros. Así es como se está matando a Europa. 

Ante esta locura identitaria, la realidad es más sencilla: la vida es un cruce de culturas, una identidad formada por estratificaciones y migraciones. 

Podemos y debemos acoger sin perder nuestra identidad, porque la acogida no destruye nuestra sociedad, sino que la hace más humana. 

Pero Europa hace lo contrario: cede al miedo, vuelve a abrir la puerta a los viejos nacionalismos identitarios y corre el riesgo de acabar a merced de las derechas más groseras. 

Los migrantes son los invisibles que ponen al descubierto este devastador dislate. Con su presencia, hacen patentes las abismales desigualdades de la globalización: económicas, sociales, políticas y medioambientales. Son el espejo incómodo de nuestra mala conciencia.

Y es aquí donde se forja la ideología de la nueva derecha: convierte la solidaridad en delito. Hoy en día, cualquiera que intente humanizar a estos cuerpos extraños, los migrantes, y reivindique el derecho a la libre circulación para una vida digna es tachado de peligroso subversivo. 

La compasión se convierte en culpa, el derecho internacional en un obstáculo. 

En este clima se produce la erosión de la democracia. Su fuerza no reside en el conformismo impuesto ni en la paz garantizada por el miedo, sino en la capacidad de gestionar la complejidad a través del choque pacífico de ideas. Cuando las derechas sustituyen el debate por el culto a la frontera, la democracia pierde su savia vital. 

Las próximas citas electorales serán una prueba de fuego decisiva para nuestro futuro. Nos dirán si encontraremos el valor para defender nuestros valores fundacionales o si nos deslizaremos definitivamente hacia el oscurantismo soberanista que, como nos enseña la memoria, nunca ha sido defensor de la convivencia pacífica. 

Entonces, no antes, sabré si estas líneas están dictadas por un exceso de pesimismo o por una visión cruda e inevitable de la realidad. 

Pero una cosa parece ya muy clara: la deshumanización del otro siempre acaba deshumanizando a quien la practica… y a quien la tolera. 

Si la indiferencia sigue imponiéndose, la primera víctima real de la caída seremos nosotros. 

Tiempo al tiempo. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...