domingo, 30 de agosto de 2026

La dichosa normalidad.

La dichosa normalidad

Doy tantas vueltas al concepto de «normalidad».

 

De hecho, conocidos políticos califican de «normales» a los ciudadanos de piel blanca frente a los de piel oscura, que serían, por tanto, «anormales», es decir, «fuera de la norma», y constituirían una minoría estadística.

 

Hay quien califica de «normales» a las personas sin discapacidad frente a las personas con discapacidad, quienes, precisamente por ser «anormales», deberían asistir, desde pequeños, a colegios «especiales».

 

Hay quien considera «normales» a las personas con orientación heterosexual —mayoritaria— y «anormales» a las personas homosexuales —minoritarias—, a las que, por lo tanto, no se les deberían conceder demasiados derechos.

 

No soy quién para profundizar en el concepto de «normalidad» que subyace a ciertas afirmaciones… pero una posible reflexión podría ser la siguiente.


Normal, tal y como recogen los principales diccionarios, es un término derivado del latín que, sobre todo en su acepción moderna, indica efectivamente cualquier característica que se presente de forma mayoritaria, en relación con un aspecto específico (color de la piel, funcionamiento psicofísico, orientación sexual, etc.), en una población determinada.

 

En algunas afirmaciones con las que he comenzado, por lo tanto, el concepto de «normalidad» se utiliza de manera adecuada.

 

Pero me parece que dichas proposiciones van más allá del uso correcto del término.

 

De hecho, lo utilizan de manera indebida, no tanto para constatar situaciones mayoritarias, sino para hacer pasar, de forma subrepticia, estas condiciones como «naturales» y las minoritarias como «antinaturales», con el efecto de reforzar muchos prejuicios.

 

Pero el error de esta operación radica en el hecho de que de la «normalidad» no se puede deducir en modo alguno la «naturalidad».

 

La «normalidad», que describe cómo son las cosas empíricamente en un determinado contexto, no puede, de hecho, indicar cómo deberían ser idealmente.

 

En términos más generales, ninguna proposición descriptiva (por ejemplo: «la mayoría de los ciudadanos tiene la piel blanca», «no tiene discapacidad», «es heterosexual», etc.) puede legitimar indicaciones prescriptivas de carácter ético-político, sean cuales sean.

 

El paso del género descriptivo al prescriptivo, al igual que cualquier paso deductivo entre géneros diferentes —caracterizados como tales por principios distintos—, constituye, de hecho, tal y como demostró Aristóteles, una forma falaz de argumentar.

 

El significado de «normalidad» puede ser correcto pero no siempre lo es el uso que se hace de él.

 

Y a mí me parece importante señalar esta distinción.


La utilidad del concepto de «normalidad», en el plano descriptivo, es, de hecho, difícilmente refutable. Esto queda demostrado indirectamente por el hecho de que incluso quienes no lo utilizan recurren, para indicar los comportamientos más frecuentes, en esencia a sinónimos como «tipicidad», «ordinariedad» o «regularidad», cuyos respectivos contrarios suenan simplemente menos discriminatorios que «anormalidad».

 

Por este motivo no creo que haya que centrarse tanto en el concepto de «normalidad» sino en su uso capcioso.

 

«Normalidad» y «naturalidad» no son sinónimos, ni de la primera pueden extraerse disposiciones relativas a la segunda. La evidencia empírica «normal», por ejemplo, muestra que los gatos tienen, «por naturaleza», cuatro patas. Esto, sin embargo, no es un buen motivo para considerar «contranatural», y por lo tanto motivo de discriminación, a los gatitos nacidos con tres patas, para los que, en todo caso, se requiere un mayor cuidado.

 

La naturaleza tiene sus propias reglas, pero las reglas admiten excepciones que, aunque sean minoritarias, siguen perteneciendo al ámbito natural.

 

Se trata de un ejemplo naturalista, pero el lector inteligente podrá extenderlo a todos los posibles casos de discriminación social de condiciones minoritarias, sobre todo aquellos más ventajosos en el plano electoral: el color de la piel, el funcionamiento psicofísico, la orientación sexual; no es casualidad, precisamente, que estos sean los temas más utilizados a veces…


La tesis filosófica central que subyace a ciertos comentarios es, por tanto, hacer pasar lo «anormal» —en el sentido de minoritario— como «antinatural», aprovechando la caracterización semántica negativa de estos términos.

 

A este respecto, aunque se está de acuerdo en que, en la realidad, a menudo la «normalidad» y la «naturalidad» se solapan —es decir, que, por lo general, la situación más «normal» es también la más «natural»—, hay que señalar, no obstante, que las cosas no siempre son así, ya que la naturaleza admite a la vez reglas («normalidad») y excepciones («anormalidad»).

 

Lo que es «natural», de hecho, como por ejemplo un eclipse, puede no ser «normal», ya que se produce de forma excepcional, del mismo modo que lo que es «normal» puede no ser «natural», como por ejemplo la vida que llevan millones de animales criados, con fines lucrativos, en naves industriales.


Lo que es «anormal» no por ello es «antinatural».

 

Las personas de color que residen en un país occidental, las personas con discapacidad que intentan integrarse en un contexto que discrimina a las personas con discapacidad, las personas homosexuales que desean vivir con su pareja en una sociedad predominantemente heterosexual, pueden ser una minoría, pero su comportamiento no es en absoluto «contrario a la naturaleza».

 

De hecho, constituye una de las posibilidades que la propia naturaleza pone a nuestra disposición, que no perjudica a nadie y que, por lo tanto, debe respetarse.


Digo esto para reafirmar que el uso del concepto descriptivo de «normalidad» con fines prescriptivos —es decir, para imponer, por ejemplo, políticas de repatriación para las personas de color indeseadas, o políticas segregadoras para las personas con discapacidad, o incluso políticas injustas para las personas homosexuales— resulta contrario, además de a muchos mandatos constitucionales, a la propia esencia del concepto en el que se basan estas mismas tesis.

 

De hecho, cuando se emplea para prescribir, el concepto de «normalidad» se utiliza de forma indebida, es decir, para respaldar de manera arbitraria actitudes prejuiciosas, discriminando a millones de personas.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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