La dichosa normalidad
Doy tantas vueltas al concepto de «normalidad».
De hecho, conocidos políticos califican de «normales»
a los ciudadanos de piel blanca frente a los de piel oscura, que serían, por
tanto, «anormales», es decir, «fuera de la norma», y constituirían
una minoría estadística.
Hay quien califica de «normales» a las personas
sin discapacidad frente a las personas con discapacidad, quienes, precisamente
por ser «anormales», deberían asistir, desde pequeños, a colegios «especiales».
Hay quien considera «normales» a las personas
con orientación heterosexual —mayoritaria— y «anormales» a las personas
homosexuales —minoritarias—, a las que, por lo tanto, no se les deberían
conceder demasiados derechos.
No soy quién para profundizar en el concepto de «normalidad»
que subyace a ciertas afirmaciones… pero una posible reflexión podría ser la
siguiente.
Normal, tal y como recogen los principales diccionarios, es un término derivado del latín que, sobre todo en su acepción moderna, indica efectivamente cualquier característica que se presente de forma mayoritaria, en relación con un aspecto específico (color de la piel, funcionamiento psicofísico, orientación sexual, etc.), en una población determinada.
En algunas afirmaciones con las que he comenzado, por
lo tanto, el concepto de «normalidad» se utiliza de manera
adecuada.
Pero me parece que dichas proposiciones van más allá del uso correcto del término.
De hecho, lo utilizan de manera indebida, no tanto para constatar situaciones
mayoritarias, sino para hacer pasar, de forma subrepticia, estas condiciones como «naturales» y las
minoritarias como «antinaturales», con el efecto de reforzar muchos prejuicios.
Pero el error de esta operación radica en el hecho de
que de la «normalidad» no se puede
deducir en modo alguno la «naturalidad».
La «normalidad», que describe cómo son las cosas
empíricamente en un determinado contexto, no puede, de hecho, indicar cómo
deberían ser idealmente.
En términos más generales, ninguna proposición
descriptiva (por ejemplo: «la mayoría de los ciudadanos tiene la piel blanca»,
«no tiene discapacidad», «es heterosexual», etc.) puede legitimar indicaciones
prescriptivas de carácter ético-político, sean cuales sean.
El paso del género descriptivo al prescriptivo, al
igual que cualquier paso deductivo entre géneros diferentes —caracterizados
como tales por principios distintos—, constituye, de hecho, tal y como demostró
Aristóteles, una forma falaz de
argumentar.
El significado de «normalidad» puede ser correcto pero
no siempre lo es el uso que se hace de
él.
Y a mí me parece importante señalar esta distinción.
La utilidad del concepto de «normalidad», en el plano descriptivo, es, de hecho, difícilmente refutable. Esto queda demostrado indirectamente por el hecho de que incluso quienes no lo utilizan recurren, para indicar los comportamientos más frecuentes, en esencia a sinónimos como «tipicidad», «ordinariedad» o «regularidad», cuyos respectivos contrarios suenan simplemente menos discriminatorios que «anormalidad».
Por este motivo no creo que haya que centrarse tanto en
el concepto de «normalidad» sino en su
uso capcioso.
«Normalidad» y «naturalidad» no son
sinónimos, ni de la primera pueden extraerse disposiciones relativas a la
segunda. La evidencia empírica «normal», por ejemplo, muestra que
los gatos tienen, «por naturaleza», cuatro patas. Esto, sin embargo, no es un buen
motivo para considerar «contranatural», y por lo tanto motivo de
discriminación, a los gatitos nacidos
con tres patas, para los que, en todo caso, se requiere un mayor
cuidado.
La
naturaleza tiene sus propias reglas, pero las reglas admiten excepciones que,
aunque sean minoritarias, siguen
perteneciendo al ámbito natural.
Se trata de un ejemplo naturalista, pero el lector
inteligente podrá extenderlo a todos los posibles casos de discriminación
social de condiciones minoritarias, sobre todo aquellos más ventajosos en el
plano electoral: el color de la piel, el funcionamiento psicofísico, la
orientación sexual; no es casualidad, precisamente, que estos sean los temas
más utilizados a veces…
La tesis filosófica central que subyace a ciertos comentarios es, por tanto, hacer pasar lo «anormal» —en el sentido de minoritario— como «antinatural», aprovechando la caracterización semántica negativa de estos términos.
A este respecto, aunque se está de acuerdo en que, en
la realidad, a menudo la «normalidad» y la «naturalidad»
se solapan —es decir, que, por lo general, la situación más «normal»
es también la más «natural»—, hay que señalar, no obstante, que las cosas no
siempre son así, ya que la naturaleza admite a la vez reglas («normalidad»)
y excepciones («anormalidad»).
Lo que es «natural», de hecho, como por ejemplo
un eclipse, puede no ser «normal», ya que se produce de forma
excepcional, del mismo modo que lo que es «normal» puede no ser «natural»,
como por ejemplo la vida que llevan millones de animales criados, con fines
lucrativos, en naves industriales.
Lo que es «anormal» no por ello es «antinatural».
Las personas de color que residen en un país
occidental, las personas con discapacidad que intentan integrarse en un
contexto que discrimina a las personas con discapacidad, las personas
homosexuales que desean vivir con su pareja en una sociedad predominantemente
heterosexual, pueden ser una minoría, pero su comportamiento no es en absoluto «contrario a la naturaleza».
De hecho, constituye una de las posibilidades que la
propia naturaleza pone a nuestra disposición, que no perjudica a nadie y que,
por lo tanto, debe respetarse.
Digo esto para reafirmar que el uso del concepto descriptivo de «normalidad» con fines prescriptivos —es decir, para imponer, por ejemplo, políticas de repatriación para las personas de color indeseadas, o políticas segregadoras para las personas con discapacidad, o incluso políticas injustas para las personas homosexuales— resulta contrario, además de a muchos mandatos constitucionales, a la propia esencia del concepto en el que se basan estas mismas tesis.
De hecho, cuando se emplea para prescribir, el
concepto de «normalidad» se utiliza de forma indebida, es decir, para
respaldar de manera arbitraria actitudes prejuiciosas, discriminando a millones
de personas.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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