sábado, 29 de agosto de 2026

Perder para encontrar, dejar para recibir, morir para nacer - San Mateo 16, 21-27 -.

Perder para encontrar, dejar para recibir, morir para nacer - San Mateo 16, 21-27 -

Pedro acababa de confesar: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Jesús lo había llamado bienaventurado y le había confiado las llaves del Reino.

 

Pero basta un instante para que esa misma fe se convierta en resistencia.

 

Cuando Jesús anuncia que tendrá que subir a Jerusalén, sufrir, ser rechazado, morir y resucitar, Pedro se lo lleva a un lado y le reprende: «Dios no lo quiera, Señor; eso nunca te sucederá».

 

Pedro ama a Jesús. Pero aún lo ama según la lógica de los hombres. Quisiera ahorrarle el dolor. Alejarle de la cruz. Protegerle de la muerte. No comprende que lo que Jesús está anunciando no es una derrota. Es un nacimiento.

 

Todo nacimiento pasa por un estrecho. El niño, antes de salir a la luz, debe darse la vuelta.

 

Bajar la cabeza. Dejarse llevar por un pasaje que no controla. También la madre debe dejarlo ir. Si lo retuviera en su vientre, ambos morirían.

 

Quizá Pedro sea precisamente como ese niño. Se resiste. Se da la vuelta. No quiere nacer. Le gustaría quedarse en el seno de sus imágenes de Dios. De un Mesías victorioso. De una gloria sin heridas.

 

Por eso Jesús le dice: «Sígueme». Vuelve a ponerte detrás. Vuelve a ser discípulo. Déjate guiar.

 

La Pascua es precisamente esto. Un nacimiento que atraviesa la muerte. La cruz no es el triunfo del dolor. Es el parto del amor.

 

Inmediatamente después, Jesús añade: «Si alguien quiere venir en mi seguimiento, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

 

Quizás podríamos escuchar estas palabras así: Si alguien quiere venir conmigo, que asuma el yugo del amor, todo el amor del que sea capaz, y que me siga.

 

Porque la cruz es el nombre que toma el amor cuando decide no echarse atrás.


Luego llega la frase decisiva: «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará».

 

Durante siglos hemos puesto el énfasis en el perder. Como en la parábola del tesoro y de la perla. Jesús lo pone en el encontrar. Perder para encontrar. Dejar para recibir. Morir para nacer.

 

Es la física secreta del amor.

 

Toda madre lo sabe. Cuando da a luz a un hijo, acepta perderlo. Lo separa de sí misma para que pueda vivir. Si lo retuviera, lo asfixiaría. Es precisamente en el acto más doloroso de su amor donde el hijo recibe la vida.

 

Así ocurre también con el discípulo. Quien retiene la vida, la pierde. Quien la entrega, la encuentra.

 

«No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he constituido para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca», (Jn 15,16). No es la madre quien elige al hijo. Es el hijo quien llama a esta mujer a una elección, constituyéndola madre, precisamente en el momento en que ella acoge esa primera separación al darlo a luz.

 

Jesús ya había rescatado a Pedro muchas veces. A orillas del lago, ante la pesca milagrosa, Pedro había gritado: «Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador». Jesús se había acercado a él. Lo había levantado cuando se hundía en las aguas.

 

Y le había entregado las llaves del Reino. Ahora, en cambio, lo rechaza: «¡Vete detrás de mí, Satanás!» Palabras muy duras.

 

Porque Pedro, sin darse cuenta, vuelve a plantear la tentación del desierto. Un Mesías sin cruz. Una salvación sin entrega. Una gloria sin amor entregado.

 

Y así, también él, como cada uno de nosotros, se hunde cada vez que piensa según los hombres y no según Dios. Resuenan entonces las palabras de Pablo: «No os conforméis a la mentalidad de este mundo, sino transformaos renovando vuestra forma de pensar, para poder discernir la voluntad de Dios». La conversión comienza siempre con una mirada nueva.

 

¿Cuál habrá sido el estado de ánimo de Pedro tras aquella reprimenda?

 

Pedro aún tendrá que recorrer un largo camino. Pasará por la negación. El llanto amargo. La vergüenza. El perdón.

 

Hasta que el Resucitado lo renueve en el amor. Solo entonces comprenderá que la cruz no era el final del camino. Era el lugar del nacimiento.

 

Y, por fin, seguirá a Jesús hasta el final. Ya no delante de Él. Ya no para retenerlo. Sino detrás de Él, como un hombre que por fin ha visto la luz.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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