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sábado, 8 de agosto de 2026

Honrar la vida - con Mercedes Sosa -.

Honrar la vida - con Mercedes Sosa - 

Vamos a escuchar una canción. ¿Te parece? Te propongo esta canción de la siempre grande Mercedes Sosa: https://www.youtube.com/watch?v=WdfHQf18oUU 

Hace ya tiempo que descubrí que la clave de la gratitud reside en el perdón, que etimológicamente significa «hacerse un regalo». 

Me siento agradecido cuando me doy cuenta de que, antes que nada, debo sentir amor por mí mismo; es decir, debo aceptarme diciendo: «Aquí estoy, esto es lo que soy, este soy yo». Para poder aceptarnos, de hecho, debemos vivir sin vergüenza. 

Este momento histórico, más que muchos otros, está desvelando el «sueño» de la rutina que acompañaba nuestros días y nos mantenía ciegos ante nuestras necesidades internas. 

La pausa con la que uno camina me invita, de hecho, a ver quién soy realmente, qué hago con mi vida y, si me esfuerzo por profundizar aún más, también me muestra en qué puedo convertirme, porque puedo ser mucho más de lo que soy ahora. 

La pregunta que quizá nos podamos hacer no es: «¿Quién soy?», sino: «¿En quién puedo convertirme, si me pongo en camino?». 

Para alcanzar la conciencia de en quiénes podemos convertirnos, debemos dar un primer gran paso, que implica el perdón. Cuando soy capaz de mirarme a mí mismo a los ojos y no sentir vergüenza de quién soy, de lo que he hecho, porque me doy cuenta de que de cualquiera de mis errores puedo aprender a ser mejor, entonces (y solo entonces) comprendo la necesidad de honrar el regalo que se me ha hecho: el regalo de la vida. 

Algunas personas culpan a la vida de su malestar, ¡pero se equivocan! 

La vida no es más que un regalo: el de poder despertarnos de la ilusión de ser lo que no somos y comprometernos a ser lo que podemos llegar a ser, aprendiendo a resistirnos a aquello que nos destruye, a esa oscuridad que a veces nos invade hasta el punto de hacernos negar la vida misma, y a rendirnos a —lo que yo denomino— aquél que es el mejor de nosotros mismos. 

En los monumentos antiguos, la gratitud se representa mediante la figura de una mujer que sostiene en la mano un ramillete de flores de habas y a la que sigue una cigüeña. 

La cigüeña es la que anuncia la vida, mientras que las habas han tenido a lo largo de la historia dos significados simbólicos, ya que en un principio estaban relacionadas con el mundo de los muertos y, posteriormente, con el renacimiento, la abundancia y la riqueza. Esta mujer representa el alma, la parte femenina, creativa y generativa, capaz de cuidar de la vida que hay en cada uno de nosotros. 

Es precisamente esta misma vida que fluye en nuestro interior la que nos regala este instante, y solo sumergiéndonos en él podemos honrar la vida —y, por tanto, a nosotros mismos— disfrutando plenamente de su fruto, que es, precisamente, la presencia. 

Quiero retomar aquí una cita de la película Kung Fu Panda, magnífica por su claridad al respecto: 

«Te preocupas demasiado por lo que fue y lo que será. Hay un dicho: ayer es historia, mañana es un misterio, pero hoy es un regalo. Por eso se llama presente». 

La gratitud pasa, por tanto, por captar el verdadero sentido del perdón que nos permite comprender la gratuidad de este instante. Descubrir que hay cosas que no se pueden comprar, sino que, por el contrario, necesitan que nos entreguemos a ellas para vivir, nos permite adentrarnos en una nueva sensibilidad, haciéndonos encontrar con la vida a otro nivel. 

«Aquí estoy, esto es lo que soy, esto soy yo» significa que no me fijo en mi límite —que no niego porque ya lo conozco y del que no huyo—, sino que lo acepto como punto de partida para aprender a superarme. 

Cuando desato el nudo del miedo, de la incertidumbre, de no sentirme reconocido, de la necesidad de ser aclamado, puedo crecer y relacionarme con una dimensión más amplia. 

Así es como me preparo para dejar atrás aquello a lo que me había aferrado para «avanzar hacia», es decir, para evolucionar. 

Cuando dejo ir mi necesidad de avanzar hacia mi ego y su deseo de imagen, de poder, de reconocimiento… mi vida se vuelve increíblemente productiva. 

Ya no estoy apegado a tantas cosas. Y aún me queda margen para desapegarme de aquellas a las que sigo apegado. Me gusta que las cosas se encuentran a una distancia adecuada, lo que me permite determinar, cada día, quién soy realmente y qué es lo que de verdad me importa, y vivir en consecuencia. 

La vida como gratitud permite dejar con el tiempo la huella viva de nuestra presencia. 

Este es el momento en el que estoy llamado a ser agradecido y a convertirme en amante de la vida, honrándola y mereciéndola.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 23 de enero de 2026

La esperanza es un nombre de la paz… con Mercedes Sosa.

La esperanza es un nombre de la paz… con Mercedes Sosa 

Esta reflexión comienza con una audición de una canción de la grande Mercedes Sosa. Por favor, antes de proseguir su lectura, escúchala: https://www.youtube.com/watch?v=o7_iYUgTX7E

Dicen que la esperanza ha quedado sepultada bajo los escombros. Que esperar es un optimismo ingenuo, algo alejado de la realidad que no sirve para nada. La pregunta en realidad es: ¿de qué esperanza estamos hablando?

Si la esperanza es un principio, el «todavía no», entonces es la energía que renace siempre y en todas partes, es lo que nos impulsa a seguir adelante. No dejar de imaginar mundos diferentes es el primer acto de esperanza e insumisión rebelión que hay que proteger.

La palabra «esperanza» parece hoy silenciada, enterrada bajo los escombros. En el ruido de las guerras, en la injusticia que se repite, en los escombros físicos y morales que nos rodean, es fácil considerarla un lujo, una palabra ingenua o incluso ofensiva. Sin embargo, justo cuando parece desaparecida, vuelve como una necesidad vital, como una pregunta que no podemos sofocar.

Creo que se lo debemos a todos aquellos que han perdido la vida, que la perderán mañana, que si sobreviven tendrán que huir de nuevo, ser expulsados de nuevo, vagar de nuevo en busca de una tierra que los acoja. Como los refugiados de hoy que nadie quiere, como los de ayer que llamaban en vano a las puertas del mundo.

Es para mantener vivo el diálogo con ellos, con los muertos y con los vivos que sufren. Porque quienes han visto, quienes han oído, quienes desaprueban, no se rindan a la inercia, no pierdan la fuerza, no se dejen vencer por la oscuridad.

Todos los que empuñan las armas, que pronuncian frases irrepetibles porque se sienten victoriosos, han ganado, sí. Pero su victoria está hecha de escombros y muerte. Nosotros buscamos otra victoria: la mínima e inmensa de la esperanza que se convierte en motor, en resistencia, en lucha.

Alguien, superviviente de Auschwitz, contaba cómo en los campos de concentración se buscaba la esperanza en los gestos más pequeños: un trozo de pan compartido cuando se tenía hambre, una palabra susurrada en la noche, el recuerdo de un poema recitado de memoria.


No eran grandes visiones de futuro, sino pequeñas chispas que impedían que la oscuridad fuera total. Incluso en el lugar más inhumano algo resiste. Es ese algo lo que nos sigue haciendo humanos.

 

La esperanza de los campos de concentración no era optimismo. Era la supervivencia del alma cuando el cuerpo ya había muerto. Era el rechazo a entregar completamente la propia humanidad a los verdugos. Cada acto de solidaridad, cada gesto de cuidado hacia el otro se convertía en una forma de resistencia, un acto político contra la maquinaria del exterminio.

 

Emily Dickinson, desde su silenciosa habitación, la describe como «esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta la melodía sin palabras, y nunca se detiene».

 

No pide nada a cambio, no tiene pretensiones de grandeza. Está ahí, obstinada como un pájaro que canta incluso en la tormenta, incluso cuando parece que ya no hay nadie para escucharla.

 

José Saramago, en su Ensayo sobre la ceguera, muestra un mundo sumido en la ceguera colectiva, donde los hombres pierden no solo la vista, sino también la humanidad. Sin embargo, incluso allí, la esperanza se enciende cuando alguien cuida de otro, cuando una mano busca otra mano en la oscuridad, cuando una voz dice: «No estás solo».

 

La verdadera luz no vuelve con la recuperación de la vista física, sino con el reencuentro de los lazos. Para José Saramago, la esperanza no es ver el futuro, sino poder ver al otro, incluso cuando todo parece perdido.

 

Ernst Bloch nos enseña que la esperanza no es un consuelo fácil, sino «Prinzip Hoffnung», el principio de la esperanza. Es la fuerza del «todavía no», la energía que empuja más allá del presente, que rechaza que lo que es deba permanecer así para siempre.

 

«Sin esperanza —escribe Ernest Bloch—, el hombre deja de soñar y de actuar». La esperanza es, pues, subversiva: imaginar un mundo diferente es el primer acto de rebelión contra la injusticia del mundo presente.

 

Paul Ricoeur vincula la esperanza a la memoria, pero no a la que aprisiona en el pasado. La memoria viva es la que transforma el recuerdo en promesa de justicia.

 

Recordar a los muertos, recordar las injusticias sufridas, no para quedarnos paralizados por el dolor, sino para impedir que se repitan, para honrar a quienes ya no están y seguir luchando.

 

La esperanza nace del acto de fidelidad: fidelidad a los muertos, fidelidad a los valores traicionados, fidelidad al sueño de justicia que aún no se ha realizado. Es la memoria que se convierte en futuro, el pasado que no se resigna, sino que promete.


David Grossman, voz israelí que ha conocido el duelo y la guerra, nos transmite la esperanza a través de la palabra. En sus libros, escritos a menudo tras terribles pérdidas, insiste en que la narración es lo que nos queda cuando lo hemos perdido casi todo.

 

Escribir, contar, testificar: en cada palabra pronunciada o escrita hay la posibilidad de renacer, de dar sentido al dolor, de transformar la herida en fuerza. La palabra es la última trinchera del ser humano, el lugar donde la esperanza se convierte en resistencia concreta.

 

Ante las ruinas de nuestro tiempo, ante pueblos enteros a merced de verdugos que tal vez tengan abuelos que sobrevivieron a campos de concentración —paradoja atroz e impensable de la historia—, la esperanza no puede ser solo un consuelo privado. Debe convertirse en un acto político, en una elección de bando, en un rechazo a la resignación.

 

Esperar hoy significa: recordar para impedir que el olvido haga posibles nuevos horrores; dar testimonio para que la verdad no muera bajo los escombros de la propaganda; acoger a quienes huyen, para que nadie se quede solo ante la violencia; resistir a la indiferencia, a la costumbre del mal, a la normalización del horror; construir lazos de solidaridad que traspasen fronteras y diferencias.

 

Así, la esperanza, en las voces de Dickinson, Saramago, Bloch, Ricoeur y Grossman, aparece bajo diferentes formas: un gesto mínimo, un suspiro interior, un vínculo recuperado, el principio de un futuro, la promesa de justicia, una palabra que salva. No es optimismo superficial, ni huida de la realidad. Es la fuerza frágil y necesaria que impide la rendición total.

 

No esperamos porque el mundo sea menos duro, pero sin esperanza no hay futuro, no hay memoria viva, no hay palabra que resista. La esperanza es la forma mínima y a la vez radical de nuestra humanidad.

 

Es por los muertos que pedimos justicia. Es por los vivos que buscamos la luz. Es por los que vendrán después de nosotros que no nos rendimos.

 

Puede que los poderosos hayan ganado una batalla, pero la guerra por la humanidad continúa. Y en esta guerra, cada acto de esperanza, por pequeño que sea, es un acto de resistencia, un rechazo a entregar el mundo a la barbarie.

 

La esperanza es lo que queda cuando todo parece perdido. Es lo que debemos custodiar, alimentar, transmitir. Por ellos. Por nosotros. Para seguir siendo humanos.

 

Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos… todavía resiste nuestra esperanza: https://www.youtube.com/watch?v=o7_iYUgTX7E

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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