La esperanza es un nombre de la paz… con Mercedes Sosa
Esta reflexión comienza con una audición de una canción de la grande Mercedes Sosa. Por favor, antes de proseguir su lectura, escúchala: https://www.youtube.com/watch?v=o7_iYUgTX7E
Dicen que la esperanza ha quedado sepultada bajo los escombros. Que esperar es un optimismo ingenuo, algo alejado de la realidad que no sirve para nada. La pregunta en realidad es: ¿de qué esperanza estamos hablando?
Si la esperanza es un principio, el «todavía no», entonces es la energía que renace siempre y en todas partes, es lo que nos impulsa a seguir adelante. No dejar de imaginar mundos diferentes es el primer acto de esperanza e insumisión rebelión que hay que proteger.
La palabra «esperanza» parece hoy silenciada, enterrada bajo los escombros. En el ruido de las guerras, en la injusticia que se repite, en los escombros físicos y morales que nos rodean, es fácil considerarla un lujo, una palabra ingenua o incluso ofensiva. Sin embargo, justo cuando parece desaparecida, vuelve como una necesidad vital, como una pregunta que no podemos sofocar.
Creo que se lo debemos a todos aquellos que han perdido la vida, que la perderán mañana, que si sobreviven tendrán que huir de nuevo, ser expulsados de nuevo, vagar de nuevo en busca de una tierra que los acoja. Como los refugiados de hoy que nadie quiere, como los de ayer que llamaban en vano a las puertas del mundo.
Es para mantener vivo el diálogo con ellos, con los muertos y con los vivos que sufren. Porque quienes han visto, quienes han oído, quienes desaprueban, no se rindan a la inercia, no pierdan la fuerza, no se dejen vencer por la oscuridad.
Todos los que empuñan las armas, que pronuncian frases irrepetibles porque se sienten victoriosos, han ganado, sí. Pero su victoria está hecha de escombros y muerte. Nosotros buscamos otra victoria: la mínima e inmensa de la esperanza que se convierte en motor, en resistencia, en lucha.
Alguien, superviviente de Auschwitz, contaba cómo en los campos de concentración se buscaba la esperanza en los gestos más pequeños: un trozo de pan compartido cuando se tenía hambre, una palabra susurrada en la noche, el recuerdo de un poema recitado de memoria.
No eran grandes visiones de futuro, sino pequeñas chispas que impedían que la oscuridad fuera total. Incluso en el lugar más inhumano algo resiste. Es ese algo lo que nos sigue haciendo humanos.
La esperanza de los campos de concentración no era optimismo. Era la supervivencia del alma cuando el cuerpo ya había muerto. Era el rechazo a entregar completamente la propia humanidad a los verdugos. Cada acto de solidaridad, cada gesto de cuidado hacia el otro se convertía en una forma de resistencia, un acto político contra la maquinaria del exterminio.
Emily Dickinson, desde su silenciosa habitación, la describe como «esa cosa con plumas que se posa en el alma y canta la melodía sin palabras, y nunca se detiene».
No pide nada a cambio, no tiene pretensiones de grandeza. Está ahí, obstinada como un pájaro que canta incluso en la tormenta, incluso cuando parece que ya no hay nadie para escucharla.
José Saramago, en su Ensayo sobre la ceguera, muestra un mundo sumido en la ceguera colectiva, donde los hombres pierden no solo la vista, sino también la humanidad. Sin embargo, incluso allí, la esperanza se enciende cuando alguien cuida de otro, cuando una mano busca otra mano en la oscuridad, cuando una voz dice: «No estás solo».
La verdadera luz no vuelve con la recuperación de la vista física, sino con el reencuentro de los lazos. Para José Saramago, la esperanza no es ver el futuro, sino poder ver al otro, incluso cuando todo parece perdido.
Ernst Bloch nos enseña que la esperanza no es un consuelo fácil, sino «Prinzip Hoffnung», el principio de la esperanza. Es la fuerza del «todavía no», la energía que empuja más allá del presente, que rechaza que lo que es deba permanecer así para siempre.
«Sin esperanza —escribe Ernest Bloch—, el hombre deja de soñar y de actuar». La esperanza es, pues, subversiva: imaginar un mundo diferente es el primer acto de rebelión contra la injusticia del mundo presente.
Paul Ricoeur vincula la esperanza a la memoria, pero no a la que aprisiona en el pasado. La memoria viva es la que transforma el recuerdo en promesa de justicia.
Recordar a los muertos, recordar las injusticias sufridas, no para quedarnos paralizados por el dolor, sino para impedir que se repitan, para honrar a quienes ya no están y seguir luchando.
La esperanza nace del acto de fidelidad: fidelidad a los muertos, fidelidad a los valores traicionados, fidelidad al sueño de justicia que aún no se ha realizado. Es la memoria que se convierte en futuro, el pasado que no se resigna, sino que promete.
David Grossman, voz israelí que ha conocido el duelo y la guerra, nos transmite la esperanza a través de la palabra. En sus libros, escritos a menudo tras terribles pérdidas, insiste en que la narración es lo que nos queda cuando lo hemos perdido casi todo.
Escribir, contar, testificar: en cada palabra pronunciada o escrita hay la posibilidad de renacer, de dar sentido al dolor, de transformar la herida en fuerza. La palabra es la última trinchera del ser humano, el lugar donde la esperanza se convierte en resistencia concreta.
Ante las ruinas de nuestro tiempo, ante pueblos enteros a merced de verdugos que tal vez tengan abuelos que sobrevivieron a campos de concentración —paradoja atroz e impensable de la historia—, la esperanza no puede ser solo un consuelo privado. Debe convertirse en un acto político, en una elección de bando, en un rechazo a la resignación.
Esperar hoy significa: recordar para impedir que el olvido haga posibles nuevos horrores; dar testimonio para que la verdad no muera bajo los escombros de la propaganda; acoger a quienes huyen, para que nadie se quede solo ante la violencia; resistir a la indiferencia, a la costumbre del mal, a la normalización del horror; construir lazos de solidaridad que traspasen fronteras y diferencias.
Así, la esperanza, en las voces de Dickinson, Saramago, Bloch, Ricoeur y Grossman, aparece bajo diferentes formas: un gesto mínimo, un suspiro interior, un vínculo recuperado, el principio de un futuro, la promesa de justicia, una palabra que salva. No es optimismo superficial, ni huida de la realidad. Es la fuerza frágil y necesaria que impide la rendición total.
No esperamos porque el mundo sea menos duro, pero sin esperanza no hay futuro, no hay memoria viva, no hay palabra que resista. La esperanza es la forma mínima y a la vez radical de nuestra humanidad.
Es por los muertos que pedimos justicia. Es por los vivos que buscamos la luz. Es por los que vendrán después de nosotros que no nos rendimos.
Puede que los poderosos hayan ganado una batalla, pero la guerra por la humanidad continúa. Y en esta guerra, cada acto de esperanza, por pequeño que sea, es un acto de resistencia, un rechazo a entregar el mundo a la barbarie.
La esperanza es lo que queda cuando todo parece perdido. Es lo que debemos custodiar, alimentar, transmitir. Por ellos. Por nosotros. Para seguir siendo humanos.
Todavía cantamos, todavía pedimos, todavía soñamos, todavía esperamos…: https://www.youtube.com/watch?v=o7_iYUgTX7E
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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