Nacer a la Luz - San Mateo 4, 12-23 -
La experiencia de la salvación expresada como irrupción de la luz en un contexto de oscuridad es un mensaje de esta página evangélica.
Jesús, la salvación de Dios hecha persona, se dirige a
la zona del norte de Israel, donde se asentaban las tribus de Zabulón y
Neftalí, zona periférica y marginal, tierra en la que se mezclaban diferentes
pueblos y culto.
Si la salvación realizada por Dios para las zonas
septentrionales de Israel aparece como un renacimiento de un pueblo de zonas
anteriormente reducidas a no-pueblo, la venida de Jesús a Galilea provoca el
renacimiento de algunos hombres galileos, simples pescadores, a pescadores de
hombres, a discípulos de Jesús.
La luz que es Jesús irradia y suscita una llamada a
seguirle y un envío en misión: la salvación es un nuevo nacimiento, un salir a
la luz.
La referencia a la luz indica que la salvación se
expresa aquí con un lenguaje simbólico. Se trata de un resplandor de luz en las
tinieblas que opera un paso de las tinieblas a la luz. Es un éxodo, un camino
de liberación de una situación que puede situarse bajo el signo de la oscuridad
y la tinieblas hacia otra de signo opuesto. Un paso de la muerte a la vida.
La salvación como éxodo, como paso o, si se quiere,
como nacimiento, exige una salida, una ruptura, un corte con el antes, así como
el corte del cordón umbilical es necesario para el nacimiento del niño. Solo
así se viene a la luz, se nace verdaderamente.
Un eco de todo esto está en la página evangélica sobre
todo por el corte, la ruptura que se exige a las dos parejas de hermanos para
iniciar una nueva etapa de su vida bajo el signo del seguimiento de Jesús.
El renacimiento de los pescadores de hombres a
pescadores de hombres pasa por el abandono del trabajo y de la familia: Simón y
Andrés «dejaron las redes y le siguieron»; Santiago y Juan «dejaron
la barca y a su padre y le siguieron».
Lo que a todos los efectos parece un salto al vacío, es interpretado por el Evangelio como un paso hacia la luz, como una iluminación. El cambio existencial radical de la vida doméstica al seguimiento itinerante de Jesús dentro de un grupo de personas exige un corte, una ruptura, un distanciamiento, una renuncia que tiene el valor y la función de permitir el arraigo en la nueva situación.
Mateo escribe: «Desde entonces, Jesús comenzó a predicar diciendo...».
La luz se conecta con la predicación del Reino. Si la luz que Jesús trae,
símbolo de la salvación, es la luz de su anuncio del Reino, entonces el
contenido de esa luz se expresa plenamente en el resumen que concluye el texto:
«Jesús
recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del
Reino y curando toda clase de enfermedades y dolencias del pueblo».
La luz de la salvación, esa salvación que está
inherente al mismo nombre de Jesús, como recordó el ángel que dijo a José: «María
dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su
pueblo de sus pecados» (Mt 1,21), está destinada tanto a los hijos de
Israel como a las gentes.
Esta salvación consiste en el Evangelio del Reino (cf.
Mt 4,23), el que Jesús proclama con palabras y acciones: enseñar, anunciar,
curar son las tres acciones en las que se concreta el Evangelio del Reino. Por
lo tanto, palabras y acciones.
«Jesús recorría todas las ciudades y aldeas,
enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y sanando toda
enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35).
Por otra parte, si bien Jesús limita su predicación
dentro de las fronteras de Israel, en realidad el poder de su mensaje traspasa
esas fronteras y llega a los pueblos paganos, por ejemplo, a la provincia
romana de Siria (cf. Mt 4,24).
Además se muestra a un Jesús que reconoce la fe de un
extranjero como el centurión que obtiene la curación de su siervo (cf. Mt
8,5,13) y también la fe de una extranjera, una mujer cananea, que arranca a
Jesús la curación de su hija (cf. Mt 15,21-28). Es decir, la luz que Jesús es y
lleva irradia sobre hombres y mujeres que no pertenecen al pueblo de Israel.
Y todo el Evangelio concluye en Galilea, donde Jesús
había comenzado su predicación. Y precisamente en Galilea, el Resucitado envía
a los discípulos en misión destinándolos a todos los pueblos: «Id y
haced discípulos a todas las naciones» (Mt 28,19). Allí donde Jesús
había comenzado, ahora deben comenzar los discípulos. Desde esta perspectiva,
la manifestación de la luz de la salvación en Galilea es una prefiguración del
anuncio del Evangelio a todos los pueblos por parte de sus discípulos.
¿No es a los discípulos a quienes Jesús dijo: «Vosotros
sois la luz del mundo» (Mt 5,14)? Mateo, al narrar la llamada de los
cuatro primeros discípulos, muestra los primeros frutos de aquellos que
llegarán a formar su comunidad itinerante llamada a «hacer brillar su luz delante de
los hombres» (Mt 5,16).
La llamada de Jesús es transmisión de luz a través de
la palabra que abre un camino y señala una dirección («Venid en pos de mí»: Mt
4,19), que formula una promesa abriendo un futuro («Os haré pescadores de hombres»:
Mt 4,19). Pero la llamada también ilumina a través de la mirada: Jesús «vio»
a las dos parejas de hermanos (cf. Mt 4,18.21).
Aquella mirada de Jesús exige responsabilidad y
compromiso, establece la libertad y, sobre todo, transmite amor y suscita
confianza. Y así también es una mirada que ilumina. Al verse vistos por Jesús,
Pedro y Andrés, Santiago y Juan vieron una gran luz. Y el recuerdo indeleble y
luminoso de esa mirada acompañará a estos hombres todos los días venideros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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