viernes, 23 de enero de 2026

Nacer a la Luz - San Mateo 4, 12-23 -.

Nacer a la Luz - San Mateo 4, 12-23 -

La experiencia de la salvación expresada como irrupción de la luz en un contexto de oscuridad es un mensaje de esta página evangélica.

 

Jesús, la salvación de Dios hecha persona, se dirige a la zona del norte de Israel, donde se asentaban las tribus de Zabulón y Neftalí, zona periférica y marginal, tierra en la que se mezclaban diferentes pueblos y culto.

 

Si la salvación realizada por Dios para las zonas septentrionales de Israel aparece como un renacimiento de un pueblo de zonas anteriormente reducidas a no-pueblo, la venida de Jesús a Galilea provoca el renacimiento de algunos hombres galileos, simples pescadores, a pescadores de hombres, a discípulos de Jesús.

 

La luz que es Jesús irradia y suscita una llamada a seguirle y un envío en misión: la salvación es un nuevo nacimiento, un salir a la luz.

 

La referencia a la luz indica que la salvación se expresa aquí con un lenguaje simbólico. Se trata de un resplandor de luz en las tinieblas que opera un paso de las tinieblas a la luz. Es un éxodo, un camino de liberación de una situación que puede situarse bajo el signo de la oscuridad y la tinieblas hacia otra de signo opuesto. Un paso de la muerte a la vida.

 

La salvación como éxodo, como paso o, si se quiere, como nacimiento, exige una salida, una ruptura, un corte con el antes, así como el corte del cordón umbilical es necesario para el nacimiento del niño. Solo así se viene a la luz, se nace verdaderamente.

 

Un eco de todo esto está en la página evangélica sobre todo por el corte, la ruptura que se exige a las dos parejas de hermanos para iniciar una nueva etapa de su vida bajo el signo del seguimiento de Jesús.

 

El renacimiento de los pescadores de hombres a pescadores de hombres pasa por el abandono del trabajo y de la familia: Simón y Andrés «dejaron las redes y le siguieron»; Santiago y Juan «dejaron la barca y a su padre y le siguieron».


Lo que a todos los efectos parece un salto al vacío, es interpretado por el Evangelio como un paso hacia la luz, como una iluminación. El cambio existencial radical de la vida doméstica al seguimiento itinerante de Jesús dentro de un grupo de personas exige un corte, una ruptura, un distanciamiento, una renuncia que tiene el valor y la función de permitir el arraigo en la nueva situación.

 

Mateo escribe: «Desde entonces, Jesús comenzó a predicar diciendo...». La luz se conecta con la predicación del Reino. Si la luz que Jesús trae, símbolo de la salvación, es la luz de su anuncio del Reino, entonces el contenido de esa luz se expresa plenamente en el resumen que concluye el texto: «Jesús recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando toda clase de enfermedades y dolencias del pueblo».

 

La luz de la salvación, esa salvación que está inherente al mismo nombre de Jesús, como recordó el ángel que dijo a José: «María dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21), está destinada tanto a los hijos de Israel como a las gentes.

 

Esta salvación consiste en el Evangelio del Reino (cf. Mt 4,23), el que Jesús proclama con palabras y acciones: enseñar, anunciar, curar son las tres acciones en las que se concreta el Evangelio del Reino. Por lo tanto, palabras y acciones.

«Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia» (Mt 9,35).

 

Por otra parte, si bien Jesús limita su predicación dentro de las fronteras de Israel, en realidad el poder de su mensaje traspasa esas fronteras y llega a los pueblos paganos, por ejemplo, a la provincia romana de Siria (cf. Mt 4,24).

 

Además se muestra a un Jesús que reconoce la fe de un extranjero como el centurión que obtiene la curación de su siervo (cf. Mt 8,5,13) y también la fe de una extranjera, una mujer cananea, que arranca a Jesús la curación de su hija (cf. Mt 15,21-28). Es decir, la luz que Jesús es y lleva irradia sobre hombres y mujeres que no pertenecen al pueblo de Israel.

 

Y todo el Evangelio concluye en Galilea, donde Jesús había comenzado su predicación. Y precisamente en Galilea, el Resucitado envía a los discípulos en misión destinándolos a todos los pueblos: «Id y haced discípulos a todas las naciones» (Mt 28,19). Allí donde Jesús había comenzado, ahora deben comenzar los discípulos. Desde esta perspectiva, la manifestación de la luz de la salvación en Galilea es una prefiguración del anuncio del Evangelio a todos los pueblos por parte de sus discípulos.

 

¿No es a los discípulos a quienes Jesús dijo: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14)? Mateo, al narrar la llamada de los cuatro primeros discípulos, muestra los primeros frutos de aquellos que llegarán a formar su comunidad itinerante llamada a «hacer brillar su luz delante de los hombres» (Mt 5,16).

 

La llamada de Jesús es transmisión de luz a través de la palabra que abre un camino y señala una dirección («Venid en pos de mí»: Mt 4,19), que formula una promesa abriendo un futuro («Os haré pescadores de hombres»: Mt 4,19). Pero la llamada también ilumina a través de la mirada: Jesús «vio» a las dos parejas de hermanos (cf. Mt 4,18.21).

 

Aquella mirada de Jesús exige responsabilidad y compromiso, establece la libertad y, sobre todo, transmite amor y suscita confianza. Y así también es una mirada que ilumina. Al verse vistos por Jesús, Pedro y Andrés, Santiago y Juan vieron una gran luz. Y el recuerdo indeleble y luminoso de esa mirada acompañará a estos hombres todos los días venideros.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La esperanza es un nombre de la paz… con Mercedes Sosa.

La esperanza es un nombre de la paz… con Mercedes Sosa   Esta reflexión comienza con una audición de una canción de la grande Mercedes Sosa....