Jesús se pone en camino - San Mateo 4, 12-23 -
Esta página evangélica presenta una sucesión, un paso
del testigo.
Jesús, que había sido discípulo de Juan Bautista («El
que viene detrás de mí es más
fuerte que yo», Mt 3,11), una vez que Juan fue arrestado, y solo
entonces, le sucede continuando su anuncio, como un verdadero discípulo frente
a su maestro.
Al mismo tiempo, Jesús comienza a hacer discípulos
llamando a los hombres a seguirlo («Venid
tras mí») y convirtiéndose él
mismo en maestro. Jesús comienza su ministerio situándose en continuidad con su
predecesor.
De hecho, las palabras de su predicación son las
mismas que las de Juan: «Convertíos, porque el reino de los cielos se
ha acercado» (Mt 4,17; cf. Mt 3,2).
Pero en las palabras pronunciadas por Juan, el acento
recaía en la conversión, mientras que en las pronunciadas por Jesús, en la
proximidad del Reino: Jesús mismo, en su persona, narra el reinar de Dios, es
el Dios que reina sobre la humanidad de una persona.
El arresto de Juan Bautista marca el fin de su
ministerio público y el comienzo del ministerio de Jesús. La relación de
discipulado entre Jesús y Juan hace que lo que podría haber sido solo un final
se convierta en un nuevo comienzo.
Mateo señala que el lugar interior y espiritual en el
que el final se convierte en comienzo es el retiro: Jesús «se
retiró a Galilea».
Jesús se retira y, en la soledad y el silencio del
retiro, toma conciencia de la situación, la lee con realismo, reconoce el fin
del ministerio de Juan y asume su responsabilidad de discípulo decidiendo el
comienzo de su propio ministerio.
El retiro, es decir, la soledad y el silencio del
retiro, se convierte en el lecho de gestación del que nace un Jesús renovado.
El retiro aparece como un lugar de elaboración de la pérdida, de confrontación
con el miedo, de asunción de la soledad, de lectura de la realidad a la luz de
la Palabra de Dios, de acogida de una herencia y, finalmente, de elaboración de
una decisión.
El cambio que Jesús instaura en su vida, al iniciar su
ministerio público, también está marcado por un cambio geográfico. Jesús se
traslada de Nazaret, «su patria» (cf. Mt 13,54), a
Cafarnaúm, que se convertirá en «su ciudad» (cf. Mt 9,1).
Jesús se establece en una zona más al norte de
Nazaret, una zona limítrofe, una zona más marginal, y casi vive en primera
persona esa ruptura que luego pedirá a quienes quieran seguirlo: la ruptura con
la familia y con el trabajo para llevar una vida itinerante. De Santiago y Juan
se dice que «dejaron la barca y a su padre y lo siguieron» (Mt 4,22).
Este comienzo («Desde entonces Jesús comenzó...»)
aparece como la llegada de una novedad, como un nacimiento, un salir a la luz.
El comienzo de su predicación es el comienzo de la iluminación que Jesús
irradia.
La llamada que Jesús dirige es a seguirlo, porque Él
está siempre en movimiento. En este pasaje, Mateo anota que Jesús «caminaba»,
«iba
más allá», «recorría...» (Mt 4,23). Jesús es el hombre que camina.
Te invito a contemplar a un Jesús que camina. Camina
sin descanso. Va aquí y allá. Pasa su vida en unos sesenta kilómetros de largo
y treinta de ancho. Y camina. Sin descanso. Se diría que el descanso le está
prohibido... Se diría que vivir es como su camino: sin fin.
Caminar, de hecho, es un gesto humano elemental y
básico, es una experiencia del cuerpo y del espíritu, es una forma de conocer
el mundo de manera humilde y paciente, es la recreación del espacio y del
tiempo en la mansedumbre.
Caminar no solo tiene que ver con el espacio, sino
también con mantener una relación amistosa con el tiempo y con los demás.
Incluso, mientras camina, Jesús ve a dos parejas de hermanos, les dirige la
palabra y los llama para que lo sigan. El camino se convierte en una
oportunidad para crear una comunidad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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