Una llamada a la conversión y a la misión - San Mateo 4, 12-23 -
Este pasaje del Evangelio presenta el comienzo de la vida pública de Jesús con un mensaje de vida y esperanza: Él es verdaderamente el nuevo comienzo, ha venido a traer vida nueva y abundante para todos (cf. Jn 10,10).
Él es compañero de viaje, aliado y amigo de
todos los pueblos y culturas. Ha venido a dar plenitud y a cumplir las
aspiraciones más profundas de cada persona y de todos los pueblos.
Desde sus primeras manifestaciones en público, Jesús
se presenta como un misionero itinerante: de pueblo en pueblo, enseña,
predica la Buena Nueva del Reino, cura a los enfermos, llama a discípulos....
No comienza su misión en el Templo, ni en otros
lugares importantes y religiosos como Jerusalén, sino en zonas
periféricas, entre los alejados, los heterodoxos, los menos religiosos,
los semipaganos, los impuros en contacto con los paganos. Así eran
(considerados) los habitantes de Galilea, región al norte de Palestina.
Dejando Nazaret, Jesús se va a vivir a Cafarnaúm, una
ciudad fronteriza, con una aduana para las mercancías en tránsito por la «vía del mar», el camino imperial
que unía Egipto, Palestina, Siria y Mesopotamia. Desde la antigüedad, por lo
tanto, Galilea era una zona de cruce de pueblos, un cruce de caminos sometido
al paso de tropas y al control del tráfico, con las consiguientes contaminaciones,
corrupción y repercusiones morales.
El evangelista Mateo ve que con la presencia de Jesús
se inicia una misión
llena de esperanza, basada, sin embargo, en un exigente programa de
conversión a Dios y de compromiso con su Reino: «Convertíos, porque el
Reino de los cielos está cerca».
Con esta elección inicial, Jesús muestra que los primeros destinatarios de su Evangelio y del Reino no son los justos, los observantes o los que se consideran tales, sino los alejados, los excluidos... Es el humilde comienzo de una misión que tendrá horizontes universales y que será llevada adelante por los discípulos y sus sucesores, llamados a seguir a Jesús para ser, en todas partes del mundo, «pescadores de hombres».
La vocación al Reino implica siempre un éxodo, una
partida, a menudo también
geográfica, dejar a alguien y algo; siempre hay un desprendimiento, una salida
del propio egoísmo y del propio entorno limitado.
Aquí Jesús deja Nazaret; Abraham salió de su tierra y
de su parentela; así, dos grupos de hermanos, llamados por Jesús a seguirlo,
dejan las redes, la barca y al padre. En cualquier caso, la vocación nunca es
una partida hacia el vacío: es dejar algo para seguir a Alguien,
una partida al encuentro de Otro. En primer lugar está siempre el encuentro y
el apego a la persona de Jesús.
Esta vocación-misión tiene sus raíces en una
conversión («Convertíos...»), un cambio de mentalidad, una nueva orientación
hacia Dios y su Reino, del que Jesucristo es la plenitud.
La conversión a Cristo implica el seguimiento y la
misión, estar bien arraigados en
Él y bien insertados en los caminos del mundo: «Os haré pescadores de hombres».
La propuesta misionera y vocacional de Jesús es global: se articula en cuatro momentos:
· 1. mirada a la
situación del mundo: poblaciones lejanas y periféricas, poco
religiosas;
· 2. invitación a
la conversión del corazón hacia Dios y su Reino;
· 3. encuentro y seguimiento
de Cristo: «Venid en pos de mí...»;
· 4. misión en el mundo: «pescadores de hombres», dedicados sobre todo a los débiles y enfermos.
La misión pública de Jesús comienza en la Galilea de
los gentiles y, según el Evangelio de Mateo, Jesús resucitado la concluirá
también en Galilea (cf. Mt 28,7.10.16), enviando desde allí a los discípulos en
misión a todas las naciones (Mt 28,19).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario