Mostrando entradas con la etiqueta Fiducia Supplicans. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fiducia Supplicans. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de enero de 2025

Sois uno en Cristo Jesús.

Sois uno en Cristo Jesús 

La bendición de las parejas homosexuales ha encontrado mucho espacio en los medios de comunicación, suscitando reacciones favorables, reacciones contrarias, muchas distinciones, muchas reservas, etc. En realidad, ha encontrado poco espacio en las realidades eclesiales, parroquiales o comunitarias concretas, donde se encuentran experiencias humanas reales. 

En cualquier caso, todo el debate, con las controversias que ha generado, no parece captar el meollo de la cuestión. Todavía hay mucha desconfianza, vacilación, incertidumbre e inhibición cuando la comunidad cristiana aborda el tema de las parejas homosexuales. 

En la base está el temor oculto de que podamos acabar equiparando las relaciones homosexuales con el matrimonio o de que podamos acabar legitimando una unión considerada "irregular y desordenada". El homosexual es visto como alguien que ama la promiscuidad, sin ver que, la mayoría de las veces, es sólo un ser humano, que busca una relación personal con otro individuo del mismo sexo. Los fenómenos de promiscuidad, que tienen alguna frecuencia en el mundo gay, tienen su origen precisamente en la represión y discriminación a la que son sometidos los homosexuales. 

Hay que mirar la causa que produce el efecto, no detenerse a mirar el efecto, que aparece en la superficie. Comprender y no juzgar son expresiones de la caridad cristiana. Muchos homosexuales, después de un largo curso de psicoterapia o después de una liberación liberadora, han logrado reconciliarse con su homosexualidad y liberarse de muchas adicciones sexuales o de muchas disfunciones psicológicas. Desde hace varias décadas, las ciencias humanas ven la homosexualidad como una de las formas en que se expresa la propia sexualidad. No menos alegre, satisfactoria, creativa y fecunda que el modo heterosexual. 

La comunidad cristiana, hoy, puede realizar una gran tarea "histórica": ayudar a las personas a emprender caminos de liberación interior, a vivir su homosexualidad, en una relación interpersonal, en fidelidad y comunión de vida. 

Pero necesitamos dar un salto cultural y también ético en la comunidad cristiana. 

Quizás el punto de partida para llegar a una visión objetiva, serena y equilibrada de la cuestión sea mirar, en primer lugar, el sufrimiento que experimentan internamente las personas homosexuales, creyentes y no creyentes. La sociedad, a pesar de tanto progreso y muchas aperturas, sigue siendo esencialmente homofóbica. Los derechos LGBTQ+ se están reivindicando en las plazas, en el Parlamento, etc. pero, en la vida cotidiana, la sociedad sigue expresando actitudes y sentimientos homofóbicos. Los adolescentes que se enfrentan a este aspecto de sus vidas lo saben bien. También los padres cuando descubren tener un hijo homosexual. El miedo a salir del armario, el miedo a expresar la propia orientación sexual, el sentimiento de culpa por ser diferente, los conflictos internos que de ello se derivan, etc., producen lo que, en términos científicos, se llama "homofobia internalizada". Y es a este sufrimiento al que se debe, en primer lugar, mirar la una comunidad cristiana, de inspiración evangélica. 

Los autores de los textos bíblicos aún no conocían el complejo desarrollo de la identidad sexual y de género y la posible existencia de diferentes identidades sexuales y de género. Pero todo el mensaje bíblico, aunque esté condicionado por la mentalidad patriarcal de la época, es un mensaje de liberación del hombre de toda forma de esclavitud y sufrimiento. 

Desafortunadamente, todavía escuchamos a menudo que la homosexualidad es una desviación o que es una expresión inmadura de una evolución que no ha sido completada o que está fuera de la normalidad: concepciones todas ellas que ahora han sido superadas por la ciencia. La normalidad, entonces, no reside en el hecho de pertenecer a la mayoría. La normalidad, en todo caso, es aceptar la diversidad, en todos los ámbitos de nuestra vida. La diversidad es una riqueza, que es buena para todos, nos hace más humanos, más tolerantes, más profundos, más abiertos, más sensibles, más solidarios unos con otros. 

El matrimonio entre un hombre y una mujer, para la iglesia, es un sacramento. Es un signo extraordinario del amor de Dios por los hombres. ¡Genial! Es la forma más elevada de comunión entre dos seres humanos y se propone como modelo para todas las demás relaciones. ¡Ciertamente! Pero, ¿la unión entre dos hombres o dos mujeres, aunque no sea un sacramento, no puede representar un ejemplo de comunión fecunda para todas las demás relaciones? 

Si dos hombres o dos mujeres son fieles el uno al otro y expresan su sexualidad en una relación interpersonal intensa, ¿no son una pareja modelo? La fecundidad no se puede experimentar a nivel biológico sino a otros niveles: podría ser la adopción de un niño abandonado o, si esto no es posible, la apertura a formas de compromiso en el voluntariado, la política, la iglesia, la cultura, etc. La sexualidad y las relaciones de pareja deben ser siempre "generativas", en un sentido más amplio que el meramente biológico. Y muchas riquezas ocultas saldrían a la superficie, en beneficio de toda la sociedad. 

La comunidad cristiana debería llegar a decir, con valentía, que la homosexualidad, como la heterosexualidad, es un regalo de Dios. Mientras permanezcamos en concesiones o verdades a medias, no ayudamos a esclarecer. Proponer e indicar caminos para una homosexualidad integrada en una relación no sólo ayudaría a las personas homosexuales a liberarse de sufrimientos internos o de formas de adicción sexual, sino que sería una valiosa contribución para liberar a la sociedad de su profunda homofobia, que es una forma real de violencia. Sin dejar de lado que la visibilización de las parejas homosexuales estables y fieles ayudaría a la sociedad a liberarse de estereotipos y prejuicios sobre el mundo homosexual. 

Bendecir a la pareja de dos personas del mismo sexo no es equivalente al matrimonio cristiano: significa sólo potenciar el bien que está en el corazón de la relación, para que llegue a ser madura y fecunda. Si la comunidad cristiana logra avanzar en esta dirección, dará una contribución extraordinaria a la humanización del mundo. Ser capaz de captar los signos de los tiempos y dar un salto de calidad cultural, ética y espiritual en este ámbito es una tarea que luego se extiende a otros ámbitos de época: la inmigración, la transición ecológica, la paz, la inteligencia artificial,... 

La palabra y el mensaje cristianos todavía tienen mucho que decir sobre todos estos temas y tantos recursos que ofrecer para avanzar en el camino de la liberación de la humanidad de los bloqueos y la esclavitud que la oprimen. En este sentido, los cristianos serían verdaderos signos de profecía, ¡así como "sal de la tierra y levadura en la masa"! 

No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3, 28). 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 10 de enero de 2025

¿Bendecir o no bendecir las parejas homosexuales?

¿Bendecir o no bendecir las parejas homosexuales? 

Trato de comprender bien y aprecio firmemente las intenciones de apertura que el Papa Francisco quiso fijar como objetivo para las Congregaciones - Dicasterios especialmente de fe y de culto. 

Pero para realizar verdaderamente un giro pastoral, una apertura real, es necesario comprender y fundamentar las intenciones en un nivel sistemático, institucional y jurídico. Porque cuando "formas de vida" están implicadas en una disposición magisterial, el reconocimiento formal se convierte en parte constitutiva y decisiva de bienvenida y de carta de ciudadanía. Una acogida sin reconocimiento es una contradicción. 

Sin embargo, si se accede a una pastoral que adopta esta forma "no oficial", el punto de inflexión no alcanza su objetivo, porque siempre y sólo actúa "bajo la superficie": es decir, no adquiere realmente el concepto de "pastoral" que el Concilio Vaticano II introdujo con nueva autoridad. Una “bendición pastoral” que no profundiza en la elección que “Tametsi” hizo hace casi 500 años en otro mundo, sino que sigue siendo víctima de ella, está condenada al fracaso. 

¿Qué es una bendición que no tiene espacio, tiempo, forma ni circunstancias? ¿Qué es una “pastoral” que se reduce casi a un ejercicio casi clandestino del ministerio ordenado? Una "tradición" que no puede "hacer tradición", porque no deja ni puede dejar ninguna huella escrita de sí misma, corre el riesgo de convertirse en una mistificación, no en una verdadera realidad pastoral. Tener el coraje de "otra oficialidad" (con toda la prudencia geográfica e histórica, pero también con toda la determinación necesaria) es el camino obligado para orientar verdaderamente la conciencia común y la conciencia individual. 

La tarea de la acogida pastoral requiere, por tanto, la elaboración de al menos dos prioridades: 

1.- Desarrollar una nueva definición de "formas de vida de relación (incluida la sexual)" respecto de las cuales podamos ejercitar el discernimiento de la bendición: sin estandarizar diferentes situaciones, pero dando reconocimiento a cada condición por lo que cada relación logra en términos de "bien". 

Éste es el modo de poder bendecir, en formas diferenciadas, un espectro de situaciones más amplio de lo que la "institución sacramental" puede prever. La identificación entre litúrgico y sacramental y la falta de "articulación litúrgica" de la acción eclesial son aquí las cuestiones que siguen cansando o completamente bloqueadas a nivel doctrinal. Dar reconocimiento a las formas de vivencia del bien relacional no es sólo una posibilidad, sino una tarea eclesial. Aquí la Iglesia no se enfrenta a una eventualidad accesoria, sino a una tarea original y esencial. 

2.- Salir de la sombra de una "competencia exclusiva" de la Iglesia en materia de matrimonio, de relaciones de pareja, de comunión de vida implica una precisa diferenciación de las identidades entre bautismo y matrimonio, lo que exige escapar doctrinalmente a los automatismos que “Tametsi” asumió desde las posiciones teológicas de la época, y que luego cristalizaron en la rigidez decimonónica contra el Estado liberal, primero con Pío IX, luego a través del Código de 1917 hasta el código de 19831. 

Esta línea doctrinal ofrece todavía una reconstrucción directa e inmediata de la relación entre bautismo y matrimonio, que ya no permite leer otras "formas de vida". En esencia habrá que llegar, eclesialmente, al reconocimiento de formas de unión entre bautizados que no son sacramento del matrimonio, tal como la doctrina supo reconocer incluso después de 1563, al menos hasta el siglo XIX y antes del CJC que impuso jurídicamente lo que hoy se puede discutir pastoral y teológicamente. La ley no está por encima de la teología, sino por debajo. Imponer teológicamente una norma jurídica no siempre es un signo de fidelidad a la tradición (como efectivamente dice Amoris Laetitia 304)

Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano. Ruego encarecidamente que recordemos siempre algo que enseña santo Tomás de Aquino, y que aprendamos a incorporarlo en el discernimiento pastoral: «Aunque en los principios generales haya necesidad, cuanto más se afrontan las cosas particulares, tanta más indeterminación hay [...] En el ámbito de la acción, la verdad o la rectitud práctica no son lo mismo en todas las aplicaciones particulares, sino solamente en los principios generales; y en aquellos para los cuales la rectitud es idéntica en las propias acciones, esta no es igualmente conocida por todos [...] Cuanto más se desciende a lo particular, tanto más aumenta la indeterminación». Es verdad que las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar, pero en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares. Al mismo tiempo, hay que decir que, precisamente por esa razón, aquello que forma parte de un discernimiento práctico ante una situación particular no puede ser elevado a la categoría de una norma. Ello no sólo daría lugar a una casuística insoportable, sino que pondría en riesgo los valores que se deben preservar con especial cuidado” (Amoris Laetitia 304). 

Estos dos frentes no resueltos convergen en una condición, por lo menos, paradójica: 

a.- por una parte, no se desea traducir de ningún modo la doctrina, que sigue construida de tal modo que asegura una definición de la «condición de las relaciones homosexuales» como condición de pecado; 

b.- por otra parte, se desea abrir un espacio de maniobra de carácter pastoral, pero sin elaborar una noción de bendición que no sea una especie de «oficialización» y de «regularización». Así, la «bendición pastoral», si ha de existir, debe protegerse tanto del objeto de la bendición como del instrumento que emplea. 

Es evidente que, en estas condiciones, una «bendición pastoral» ni siquiera es concebible como «ente de razón». Sin una debida elaboración tanto del juicio eclesial sobre las «formas de vida» como de los instrumentos con los que la Iglesia toma iniciativas pastorales, la finalidad de la intervención puesta en marcha por “Fiducia Supplicans” puede fácilmente resultar sin efecto sustancial

Si alguien quisiera 'ungir a los enfermos' en secreto, inmediatamente estaríamos dispuestos a censurarlo. Algo parecido ocurre hoy con esta «bendición», captada, por una parte, por una comprensión unilateral de la Iglesia como «garante del orden establecido», privada así de toda profundidad profética. Por otra, obligada a cultivar y practicar sólo casi «a escondidas» formas de «cercanía» manchadas de paternalismo clandestino

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de enero de 2025

¿Quién soy yo para juzgar?

¿Quién soy yo para juzgar? 

Recordaba una frase que el Papa Francisco había pronunciado el 29 de julio de 2013 en respuesta a un periodista, en su viaje de regreso de la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil, que le cuestionó sobre la homosexualidad: “¿Quién soy yo para juzgar? 

Estas palabras son, en mi opinión, una de las claves para entender cómo nuestro enfoque se debe inspirar directamente en el Evangelio. Es una manera de recordar y poner en práctica las palabras de Jesús invitándonos a no juzgar: “¡No juzguéis! 

Cada vez, creo, voy teniendo un poco más claro y haciendo más explícito en mí cómo los cristianos debemos provocar una profunda ruptura con el tradicional papel de moralizadores que con demasiada frecuencia hemos asumido, para afirmar, siempre y en toda circunstancia, la dignidad de toda persona humana e ir más allá de las fronteras de lo permitido y lo no permitido. 

No porque no deba haber normas, pero éstas no pueden impedirnos ver que deben ir precedidas de la aceptación de lo humano, no como nos gustaría sino como se nos presenta para producir un acercamiento y una comprensión mutua en lugar de juzgar. En todas las situaciones en las que se vislumbre la marginación, hay que saber «acompañar» en lugar de distanciarse y juzgar y condenar. 

Esta es la tensión emocional que, en mi humilde opinión, brota de una de las páginas más bellas del Evangelio que con demasiada frecuencia hemos trivializado, la parábola del hijo pródigo. Demasiadas veces hemos comprobado que tendemos a encontrarnos en el hijo mayor y en su falta de voluntad para comprender el camino del padre. 

Porque la moral no puede limitarse a lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, sino que nos obliga a ser creadores de caminos sociales, políticos y culturales que valoren a la persona con la que me encuentro y siempre aspiren a «celebrar y alegrarse» con ella. 

Sería de esperar que el Evangelio “pure et simpliciter” produjera en cada uno de nosotros nuevas posibilidades que vayan más allá de las prescripciones tradicionales y abran la vida y las relaciones. Esa es una alternativa significativa y relevante del Evangelio del Reino. 

Y pienso que hay que hacer un esfuerzo, aunque cueste, para comprender que cada uno de nosotros está formado por múltiples y variados elementos que nos hacen ricos y únicos.  Más aún, cada uno de nosotros es el resultado de una intersección, que nos hace pertenecer a diferentes esferas que se cruzan y se superponen de tal manera que la frontera entre «nosotros» y «los otros» se vuelve extremadamente móvil y porosa. 

Y también somos el «otro» de alguien que puede mirarnos con una mirada tan perpleja, incluso hostil, como curiosa y benévola. ¿Ese «otro» está condenado a seguir siendo un extraño o está siempre invitado a formar parte de la relación que constituye mi yo?  Esto exige ver en él a una persona hacia la que me comprometo a respetar, a considerar al otro como otro yo para poder reparar juntos el tejido desgarrado del mundo y de la sociedad. 

Formemos parte de los «tejedores» que se esfuerzan por reparar aunque sea un pequeño trozo de este tejido desgarrado a través de nuestros intercambios, nuestras reflexiones, nuestros momentos de convivencia. Es verdad que todo es siempre tan rico en matices y que, ante todo, hemos de seguir reproponiendo toda forma de reconexión con lo que significa «no juzgar», que debe entenderse como que nadie puede ser apartado, sino acogido y acompañado, no marginado. En realidad, se trata de un ejercicio de saber bendecir. 

En estos tiempos convulsos marcados profundamente por la guerra, el cambio climático,…, que amenazan con producir una extinción de la especie humana, se convierte en un imperativo categórico no predicar los preceptos de la vieja moral sino ser servidores de la ternura y la misericordia, lentos para la ira y llenos de amor. En este sentido también interpreto la dimensión política de la no violencia. 

Tantas veces he lamentado que en las homilías de la misa dominical se hayan dedicado pocas palabras a la «Fiducia Supplicans», también a la «Fratelli Tutti», no digamos a la «Dilexit Nos». Sin embargo, uno siente la necesidad de estas palabras si quiere contribuir con todas las personas de buena voluntad a hacer germinar un mundo más humano y solidario. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...