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lunes, 7 de septiembre de 2026

La muerte médicamente asistida.

La muerte médicamente asistida

En 1974 se firmó - con la firma también de premios Nobel como Jacques Monod - un llamamiento a favor de la eutanasia benéfica, que se publicó en la revista Humanist (vol. 34, n.º 4).

 

El llamamiento señalaba como «cruel y bárbaro» mantener con vida a una persona en contra de su voluntad cuando «la dignidad, la belleza y el sentido de la vida se han desvanecido y se ve afectada por un sufrimiento intolerable».

 

Para aquellos años, fue como lanzar una piedra gigantesca a un estanque en completa quietud.

 

Desde hace más de 50 años, los términos de la cuestión se han mantenido sustancialmente así, con un sinfín de argumentos a favor y en contra que, aún hoy, se entrecruzan.

 

Prueba de ello son los numerosos artículos publicados por las principales revistas médicas internacionales, las declaraciones públicas de políticos, las tomas de posición de personas influyentes en el ámbito científico o ético y, naturalmente, los documentos oficiales de la Iglesia Católica y de los Comités Nacionales de Bioética…

 

«¿Qué harías si pudieras decidir, al final de tu vida, exactamente dónde y cuándo debería producirse tu muerte? ¿Qué harías si, en lugar de morir solo y en plena noche, en una cama de hospital, pudieras estar en tu casa en el momento que tú eligieras? Podrías decidir quién debería estar en la habitación contigo, tomándote de la mano y abrazándote mientras dejas este mundo. ¿Y qué harías si un médico pudiera asegurarte que la muerte sería cómoda, pacífica y digna? ¿Qué harías si pudieras planificar una última conversación con cualquier persona a la que quisieras? Nunca más podrías volver a ver la muerte de otra manera» (Extraído de Stefanie Green, This is assisted dying (en castellano ‘Esto es la muerte asistida’), 2022).

 

Me parece que aquí se resume de manera gráficamente bastante clara cómo la muerte asistida se considera una opción que puede ofrecerse como muestra de compasión y humanidad, y a la que es muy difícil resistirse.

 

La muerte médicamente asistida significa, por tanto, permitir que los médicos y enfermeros ayuden a una persona que se encuentra al final de su vida, en determinadas circunstancias específicas, a elegir entre dos opciones posibles: la autoadministración por vía oral de medicamentos en dosis letales (suicidio asistido) o la administración de medicamentos directamente en vena por parte del médico o del enfermero.

 

La condición, similar y compartida por todas las legislaciones que la han introducid, es que exista una solicitud voluntaria por parte de una persona plenamente capaz de comprender y decidir, y, obviamente, sin ningún tipo de coacción; que haya un sufrimiento grave e intolerable, un deterioro irreversible y una muerte natural previsible.

 

Siempre en función de la legislación, se prevé una segunda evaluación independiente realizada por otro médico, un psicólogo y un médico especialista en cuidados paliativos, quien informa sobre la posibilidad de recibir una asistencia adecuada en un hospicio.

 

Todo el procedimiento debe estar debidamente documentado y evaluado por un juez para que pueda considerarse un acto médico despenalizado, tal y como prevén las leyes vigentes en el Estado.

 

La eutanasia, la muerte médicamente asistida y la propia expresión «ley sobre el final de la vida» no suponen en absoluto que sean simplemente «lo mismo», sino que encierran en su esencia un profundo cambio cultural sobre cómo, en su conjunto, damos sentido a la vida en momentos de grave sufrimiento cuando nos acercamos a la muerte.


Desde la percepción instintiva y censurable de la eutanasia como supresión de la vida (en pocas palabras, considerada un homicidio) hasta la ayuda médica, tan esperada por algunos, para una muerte rápida, digna y serena.

 

La oferta de la muerte asistida se ha ido convirtiendo en una realidad y muchos de nosotros tendremos que enfrentarnos a esta posibilidad.

 

Decir «» o «no» creo que podría convertirse en nuestro desafío existencial más personal, y conviene no esperar demasiado para buscar en lo más profundo de nuestra vida las razones de la decisión que tomaremos.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 5 de junio de 2026

Hermana muerte.

Hermana muerte

Estamos acostumbrados a tratar el dolor como un problema técnico. Un fallo que la medicina debe corregir, una molestia que la farmacología debe acallar.

 

No, no estoy diciendo que el dolor tenga un valor en sí mismo, que deba aceptarse como un destino o soportarse como una prueba. Estoy en las antípodas de todo eso.

 

La pregunta no es si el dolor tiene sentido. A menudo no lo tiene.

 

La pregunta es: ¿quién decide cuándo es evitable y cuándo no? ¿Sobre qué base? ¿Con qué derecho?

 

En el Cántico de las Criaturas, San Francisco de Asís hace algo extraordinario: llama a la muerte «Hermana». No enemiga, no castigo, no fin de todo sino hermana. La inserta en un entramado de relaciones cósmicas, junto al sol, a la luna, al viento, al agua. La muerte entra en la familia de la creación.

 

Esto no es pietismo medieval. Es una postura filosófica profunda: reconocer la finitud como parte del orden real, no como un incidente que hay que corregir. Ningún hombre vivo puede escapar a la muerte escribe San Francisco. La necesidad biológica se transforma en igualdad universal.

 

Sin embargo, San Francisco no se detiene en la resignación. Su gesto final —morir desnudo sobre la tierra desnuda— es un acto de libertad, no de derrota. Es la restitución de su propio fin a la misma gratuidad con la que se recibió la vida. La muerte no sufrida, sino habitada.


 

Esta intuición dialoga con el filósofo alemán Martin Heidegger, quien en su obra Ser y tiempo dice algo aparentemente sencillo pero de gran fuerza: somos los únicos seres vivos que saben que deben morir. Y esta conciencia —si nos la tomamos en serio en lugar de reprimirla— lo cambia todo.

 

Saber que nuestra vida terminará nos obliga a preguntarnos qué queremos hacer realmente con ella. La muerte, para Martin Heidegger, no es el fin de la vida: es la lente a través de la cual la vida adquiere peso y dirección. Quitar esa lente —engañarnos creyendo que podemos vivir como si nunca fuéramos a morir— no nos hace más libres: nos hace más distraídos, más superficiales, más dependientes de lo que los demás esperan de nosotros.

 

Hans Jonas da un paso decisivo hacia la ética. En El principio de responsabilidad, la vulnerabilidad de la vida no es solo un dato ontológico: es el supuesto de un deber moral.

 

El límite —la finitud— se convierte en la medida de la acción. Somos responsables precisamente porque somos frágiles, precisamente porque tenemos un final.

 

Y esta responsabilidad no se agota en el presente: se proyecta hacia quienes vendrán después de nosotros, hacia las generaciones futuras que heredarán el mundo que dejamos y la forma en que habremos elegido vivir —y concluir— nuestra existencia.


 

Vuelvo a la pregunta con la que empecé: ¿qué sentido tiene el dolor? Ninguno. Cuando ese dolor es evitable.

 

El dolor de un parto que podría aliviarse y no se alivia, por falta de recursos o por una idea errónea de lo natural, es una injusticia.

 

El dolor de morir cuando es soledad institucional, cuando es abandono de la sociedad, cuando es un sufrimiento que la medicina sabría aliviar pero que el sistema no garantiza, ese dolor no tiene sentido. 


O mejor dicho: tiene un sentido preciso, y es nuestra responsabilidad colectiva. Es el signo de una sociedad que aún no ha decidido cuidar de sus miembros en los momentos en que son más vulnerables: al principio y al final.

 

San Francisco de Asís, despojado de todo, tendido sobre la tierra desnuda, no estaba sufriendo la muerte: la estaba habitando. Estaba realizando el último acto de libertad de quien ha vivido según una forma de vida coherente.

 

Ese gesto es la imagen de lo que deberíamos garantizar a todos: no la muerte como rendición, sino la muerte como acto humano. No el parto como prueba que hay que soportar, sino el nacimiento como acontecimiento acogido con todos los cuidados disponibles.

 

«Hermana Muerte» no es una metáfora consoladora. Es una ética. Es la pretensión de que el final tenga la misma dignidad que la vida y que la vida tenga la misma dignidad que venir al mundo.


 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 27 de marzo de 2026

Descansa en Paz Noelia Castillo.

Descansa en Paz Noelia Castillo

En teoría, algunas personas consideran que todo el mundo tiene la libertad de dejar de amar su propia vida y ponerle fin.

Pero luego, ante el caso concreto de una persona, todos se preguntan qué se podría haber hecho para evitar, por ejemplo, una eutanasia.

Ante la eutanasia de Noelia Castillo muchos se preguntan de quién es la responsabilidad y por qué no se hizo lo suficiente para evitarlo.

Todos sabemos que la eutanasia de una mujer joven de 25 años es triste. De lo contrario, no estaríamos hablando precisamente de esto, de qué se podría haber hecho para ayudar,…

De lo contrario, diríamos: ella lo quiso, es una elección libre, ¡hizo bien!

Creemos saber bien, aunque a veces solo inconscientemente —y son episodios como este los que despiertan en nosotros el sentido de la vida— que la vida es buena.

Precisamente por eso queremos que se haga todo lo posible para ayudar a quien piensa en la posibilidad de una eutanasia a redescubrir, en cambio, su dignidad y a no rechazar esa realidad bendita que es vivir.

Esto no quita que sea legítimo debatir también sobre el contexto en el que se ha producido ese gesto aunque sepamos que la vida hasta es un bien… en línea de principio (aunque con matices como señalaré adelante).

Y por mucho que se diga que este es un tiempo de silencio y respeto. Lo es, sin duda: pero desde la difusión viral de la noticia de esta eutanasia de Noelia Castillo, este es también un tiempo en el que necesitamos encontrar un hilo al que tratar de aferrarnos para buscar y encontrar algún sentido…

Incluso con el más que posible riesgo de caer en palabras obvias y convencionales ante la empresa imposible de adentrarse en explicaciones que den respuesta al «¿por qué?».

Yo recordaba algo, no solo ahora por Noelia Castillo, sino por cada criatura que se enfrenta a un dolor que llega a vivirse sin esperanza. Hay un umbral muy doloroso respecto al cual cualquiera, incluso una persona joven como es el caso, puede entrar en la otra cara… el de la desesperanza.

A menudo los seres humanos solemos recurrir a una frase para consolar a alguien que está pasando por un mal momento: “No te preocupes, la esperanza es lo último que se pierde”. Y parece que todos nos agarramos a ese dicho para convencernos de que todo tiene solución en esta vida… menos la muerte.

No me cabe la menor duda de que la esperanza es el motor que nos conduce hacia delante. Pero, de la misma manera, también creo que en situaciones en las que parece no existir una salida, esa esperanza puede ser lo primero en difuminarse… hasta desaparecer… y perderse.

Una segunda resonancia amplía el círculo: «¿Pero quién cuidaba de ella? ¿No tenía a nadie cerca que la apoyara?». La cuestión es espinosa. Algunos nos hemos visto en ella: ¿se puede ayudar a alguien que tal vez ya no quiere ser ayudado? ¿A alguien que es tan consciente de su fragilidad que decide abandonar la lucha y dar por perdido el combate de vivir?

La tercera resonancia podría sonar así: «¿Qué hay que cambiar en nuestra sociedad? ¿Qué hay de individual o personal (y, por tanto, irreducible) y qué hay, en cambio, de estructural (es decir, reformable y revisable) en nuestra sociedad en este tipo de fenómenos como el de Noelia?

La historia de Noelia Castillo toca fibras profundas y me impone silencio, respeto y compasión. Ante el dolor real y el deseo humano de no sufrir, el primer impulso no puede ser otro que la compasión. La forma lúcida y pública con la que Noelia comunicó su decisión también merece respeto.

Pero precisamente porque su gesto se ha convertido conscientemente en un acto público, una declaración —como ella misma quiso consciente y libremente—, es justo y necesario intentar pensar también en la dimensión pública de su elección.

Se puede estar sinceramente conmovido por su historia, llorar su fin y, al mismo tiempo, preguntarse si una sociedad que reconoce jurídicamente el derecho de la eutanasia no está dejando de ofrecer un horizonte de esperanza a los más frágiles.

La mía es una pregunta. No es una afirmación. Es solamente una duda. Y la manifiesto con el más exquisito de los respetos.

Soy de los que creo que la ausencia de un fin unívoco que se imponga a todos los seres vivos con la misma claridad indica que el fin principal por el que cada uno de nosotros está en el mundo es el ejercicio responsable de su propia libertad. Lo que significa auto-determinación.

Con mayor razón cuando se trata de la propia existencia. Y es lo que, a mi modo de ver y al fin y al cabo, ha realizado Noelia Castillo.

En otras palabras, el sentido de la existencia humana consiste en un ejercicio continuo de la libertad. Para mí el valor supremo y absoluto es la dignidad de la vida que se realiza como libertad de poder decidir sobre uno mismo.

Alguien me podrá decir que la primacía objetiva de la verdad permanece. Y, llegado el caso, yo le responderé que esa primacía no es tal que suprima la libertad de conciencia, que puede incluso llegar a rechazar la supuesta verdad.

La afirmación de la primacía de la vida como don no puede ejercerse en detrimento de quienes no reconocen ese don o ya no lo quieren. Si la vida es un don, debe seguir siendo un don y no convertirse en un yugo. Y todo apunta a que para Noelia Castillo era un yugo insoportable.

Noelia tenía ante sí un pasado, un presente y un futuro duros y despiadados. Sé que otros enfermos que sufren tratan de buscar y encontrar cada día un sentido, una forma, una dignidad nueva dentro de esa vida. Pero éste no fue el caso de Noelia.

La verdadera cuestión social hoy no es juzgar una elección tan dramática como consciente, libre y soberana de Noelia Castillo, sino esperar que nuestra sociedad siga invirtiendo todo lo que pueda en cuidar también y muy especialmente de las fragilidades.

Acabo ya.

Hay para mí, discípulo de creyente cristiano, una última resonancia que me atrevo a señalar en voz tan libre como discreta: una palabra de Jesús que resuena en mí en acontecimientos de este tipo, y a la que yo mismo, con temor y temblor, me he atrevido a hacer referencia al presidir funerales de hermanos y hermanas fallecidos: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y oprimidos, y yo os daré descanso».

Adiós, Noelia. Descansa en aquella Paz que deseaste, porque la soñaste y te pertenecía, y que aquí no sentiste encontrarla en nosotros. Has elegido que éste era el momento para regresar a casa. No me cabe la más mínima duda de que el Padre, cuando te ha visto de lejos, ha corrido hacia ti para abrazarte y cubrirte de besos. Y se ha puesto a servirte.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


martes, 20 de enero de 2026

Juegas al ajedrez, ¿verdad?

Juegas al ajedrez, ¿verdad?

Un título 'extraño' para una reflexión que trata uno de los temas más delicados, dramáticos y controvertidos de todos los tiempos: el final de la vida y el silencio de la muerte.

 

Que la vida de todos tiene un final natural es indiscutible, pero el cómo y, sobre todo, el por qué siguen siendo un misterio doloroso.

 

Y si, hasta hace poco, el sentido de la vida y de la muerte estaba bastante grabado en la mente, la secularización, al poner en crisis la dimensión ultraterrena, también ha puesto en cuestión la fidelidad a la tierra, tan ensalzada por los maestros de la sospecha.

 

Pero, ¿por qué recurrir a uno de los juegos de mesa más famosos?

 

La frase, que da título a esta reflexión, aparece al comienzo de la película El séptimo sello, producida en 1957 por el director sueco Ingmar Bergman.


En una Edad Media sombría, marcada por la peste y el terror, el cruzado Antonius Block, preparado en espíritu, pero no en cuerpo, se encuentra con la Muerte, que lo esperaba a la orilla del mar.

 

No hay aplazamiento, no hay piedad para quien implora un poco más de tiempo. Y me vienen a la mente las palabras del Evangelio: «¿Quién de vosotros, por mucho que se preocupe, puede alargar aunque sea un poco su vida?» (Mt 6,27).

 

Pero un destello de ingenio en la mente del caballero puede cambiar el rumbo de la conversación: «Juegas al ajedrez, ¿verdad?», y la Muerte, orgullosa de no haber perdido nunca una partida, accede a suspender su tarea para participar en el desafío.

 

Sabes jugar al ajedrez, ¿verdad?, le dice Antonius Block a la Muerte, con la esperanza de ganar tiempo. Sabes jugar al ajedrez, ¿verdad?, le preguntan a la Muerte el hombre y la mujer de hoy ante el juego de la vida, con la esperanza, al menos, de que la libertad y la dignidad se salven, a través de la nada, de la nada inminente.

 

Cómo se manifestará esto es igualmente oscuro: «Sabemos que algo debe suceder, pero no sabemos qué», este es el sentimiento que aterroriza a la humanidad ante el final de la vida y ante el silencio de la muerte.

 

Es una duda legítima en el escenario de una inquietante soledad.


Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo un silencio en el cielo durante aproximadamente media hora y vi a los siete ángeles que estaban delante de Dios y se les dieron siete trompetas (cf. Apocalipsis 8, 1ss).

 

Ahora, utilizando las palabras del libro del Apocalipsis que inspiran la película El séptimo sello, me viene a la memoria un detalle pequeño pero útil para adentrarnos en el silencio delante de la muerte en el final de la vida.

 

Es curioso, pero el apóstol y evangelista San Juan, cuando quiere destacar al lector la importancia de un acontecimiento, indica sus coordenadas temporales: por ejemplo, en el episodio de la llamada de los dos primeros apóstoles, Andrés y otro que permanece sin nombre, el primer encuentro con el Señor está marcado por una hora, la hora décima, es decir, las cuatro de la tarde.

 

El Apocalipsis, aún más, en su lenguaje simbólico, comienza con una visión bien situada en el tiempo; el autor afirma: «Fui arrebatado por el Espíritu en el día del Señor» (Apocalipsis 1,10).

 

Es el tiempo que transcurre, rápido o lento, con un ritmo sostenido o con un curso circular, lo que marca nuestra existencia, lo que se convierte en oportunidad, lo que muestra que nuestro ser como criaturas finitas es una experiencia de espera positiva del Otro.

 

Saber que la vida es un don que hay que custodiar es una de las certezas más liberadoras de algunas tradiciones religiosas, al igual que ser consciente de que se nos pedirá cuenta del modo en que hemos empleado el tiempo es uno de los impulsos más fuertes para obrar por el bien. Sin embargo, se trata de un nivel de conciencia que necesita profundas raíces religiosas.


La vida no es un objeto poseído, un espacio ocupado, un territorio conquistado para uno mismo.

 

La vida es tiempo que se despliega, es un proceso que se convierte en significado, es un camino hacia la plenitud del potencial que cada uno puede alcanzar.

 

La vida es un potencial que no se mide en términos de eficiencia ni de perfección sino en términos de humanidad construida. Y no hay sufrimiento que pueda apagar esta realidad, no hay dolor que pueda destruir esta certeza.

 

Entonces, el silencio que sigue a la apertura del séptimo sello será el símbolo del misterio que envuelve la vida humana, revelada en el proyecto de Aquel Otro —a veces manifiesto, a veces oscuro—. 


Aquella será la pausa de trepidación de una libertad donada y la atmósfera de la última jugada en el juego de la existencia.


Y ahora, si quieres, puedes escuchar esta obra clásica - Funeral Sentences for the Death of Queen Mary - de Henry Purcell un maestro inglés del barroco: https://www.youtube.com/watch?v=GzN_c3YeYuc


1. El hombre nacido de mujer 

tiene poco tiempo para vivir

y está lleno de miseria.

Surgirá y será cortado como una flor;

huirá como una sombra

y nunca permanecerá en un mismo lugar.

 

2. En medio de la vida estamos en la muerte:

¿a quién podemos acudir en busca de socorro,

sino a ti, oh Señor,

que por nuestros pecados estás justamente enojado?

 

Sin embargo, oh Señor, oh Señor todopoderoso,

oh Salvador santo y misericordioso,

no nos entregues a los amargos dolores

de la muerte eterna.

 

3. Tú conoces, Señor, los secretos de nuestros corazones;

no cierres tus oídos misericordiosos a nuestras oraciones;

sino perdónanos, Señor santísimo, oh Dios todopoderoso.

 

Oh Salvador santo y misericordioso,

tú, Juez eterno dignísimo,

no permitas que, en nuestra última hora,

por los dolores de la muerte, nos apartemos de ti. Amén.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


miércoles, 24 de septiembre de 2025

Sentido de la vida y final de la vida.

Sentido de la vida y final de la vida

La cuestión del final de la vida se determina considerando, también con honestidad intelectual, «el fin» de la vida. Es decir, es el fin, entendido como propósito, el que regula el final, entendido como cese, cuando se trata de la vida. ¿Y cuál es el fin de la vida?

 

Me lo pregunto: ¿cuál es el fin de la vida? ¿Por qué estamos aquí? ¿Porque la naturaleza nos ha engendrado, esperando que tarde o temprano degeneremos?

 

Seguramente cada uno de nosotros tendrá sus ideas claras al respecto, pero la cuestión es que pensamos. Cuando se trata de la cuestión más importante de todas, que es el sentido o el sinsentido, y qué sentido y qué sinsentido, de nuestra existencia aquí, nos encontramos tan diferentes entre nosotros, incluso dentro de nuestra propia familia.

 

Al observarla en su desarrollo concreto, sin visiones ideológicamente condicionadas, es decir, al observarla tal y como se despliega cada día ante los ojos de todos nosotros, creo que no es posible identificar en la vida una lógica unívoca que se imponga necesariamente a todos y que pueda constituir la base de la ética y el derecho.

 

Basta con plantear esta pregunta para darnos cuenta de nuestra incapacidad: ¿es justa la vida? ¿Es justa la vida para los vivos? ¿O es injusta, e incluso tiránica? ¿O a veces es justa y otras veces no, con el resultado de ser arbitraria, caótica, caprichosa y, por lo tanto, de no contener ningún punto firme sobre el que construir una norma de nuestro comportamiento hacia ella?

 

Y si la vida no siempre es justa con los vivos ¿por qué todos los vivos deberían «siempre» serlo con ella? Si la vida a veces no respeta a los vivos, ¿por qué los vivos deberían estar «siempre» obligados a respetarla?

 

Aquí entran en juego nuestras visiones del mundo, tan diferentes entre sí.

 

Para algunos, los sufrimientos que provienen de la vida no constituyen en modo alguno un motivo para abandonarla, sino que, exactamente al contrario, invitan a permanecer en ella y a aceptarlos como una oportunidad de purificación, de expiación, de sacrificio por el bien de los demás.

 

Son sentimientos muy nobles, y si alguien pensara que el Estado no puede permitirse invertir recursos y camas en los hospitales para permitir que quienes lo deseen vivan su final de esta manera, sería totalmente condenable por irrespetuoso con la libertad ajena.

 

Pero lo mismo se aplica a quienes quieran obligar a aceptar el sufrimiento incluso a aquellos que tienen una visión del mundo y de sí mismos completamente diferente, hasta el punto de no encontrar ningún sentido ni propósito en el sufrimiento.

 

¿Qué idea tenemos del sufrimiento y de su sentido? ¿Qué haríamos si nos tocara vivir durante años en condiciones cada vez más incapacitantes, hasta depender totalmente de los demás y de las máquinas? ¿Nos gustaría tener la posibilidad de elegir entre decir «más» y la contraria, pero complementaria, de decir «basta»?

 

Voy llegando a ese punto, no sé si conclusivo, de que, para quien quiera ser realmente honesto y racional en su consideración de la vida, hay una cosa que se impone: el respeto por la visión de los demás.

 

De hecho, hay mil razones para negar el sentido de la vida y otras mil para reconocerlo.

 

Incluso la Biblia presenta elementos en un sentido y en otro.

 

Un libro bíblico escribe sobre los seres humanos: «Ellos son bestias, pues el destino de los hombres y el de las bestias es el mismo: como mueren estas, así mueren aquellos; hay un aliento vital para todos» (Eclesiastés 3,18-19). Parece que se escucha a los exponentes del naturalismo contemporáneo, que no encuentran ninguna diferencia entre los seres humanos y los demás seres vivos, animales y vegetales.

 

Otro libro bíblico escribe, también sobre los seres humanos: «Dios los revistió de una fuerza igual a la suya y los formó a su imagen. A todos los seres vivos infundió el temor del hombre para que dominaran sobre las bestias y las aves... Les dio la ciencia y les legó la ley de la vida» (Eclesiástico 17,3-4 y 11). Aquí, por el contrario, la diferencia entre los seres humanos y los demás seres vivos es inmensa y consiste en el hecho de que los seres humanos han recibido en herencia «la ley de la vida». ¿Cuál? La libertad.

 

De hecho, basándose en la libertad, el mismo autor bíblico, que vivió unos dos siglos antes de Jesús, llega a declarar poco después: «Mejor la muerte que una vida amarga, el descanso eterno que una enfermedad crónica» (Eclesiástico 30,17). La libertad es tal que te permite elegir incluso tu fin.


 

Según la Biblia, en ella nunca se condena el suicidio. En varios lugares se narran casos de suicidio, pero el texto sagrado nunca adopta una postura clara de condena hacia quienes lo han cometido, ni siquiera en el caso de Judas.

 

Así lo observaron en el siglo XX los principales teólogos contemporáneos, entre ellos Karl Barth, Dietrich Bonhoeffer y Hans Küng. Karl Barth escribe: «El suicidio nunca se prohíbe explícitamente en la Biblia», lo cual, añade, es «un hecho realmente molesto para todos aquellos que quieran comprenderla y utilizarla en sentido moral».

 

Es más, un suicida, Sansón para ser exactos, es incluso recordado en el Nuevo Testamento entre los padres de la fe. Por lo tanto, no deben sorprender las palabras del Eclesiástico mencionadas anteriormente sobre el hecho de que «mejor es la muerte que una vida amarga, el descanso eterno que una enfermedad crónica».

 

En el discurso de la montaña, Jesús dijo: «No juzguéis». Si hay una situación en la que estas sabias palabras tienen sentido, también es cuando un ser humano decide poner fin a su vida.

 

Entre los grandes filósofos hay quienes condenan el suicidio (Platón, Aristóteles, Kant, Hegel) y quienes no (Epicuro, Séneca, Montaigne, Nietzsche). Durante los años del nazismo, Karl Jaspers siempre llevaba consigo un frasco de cianuro, listo para usarlo en caso de que él y su esposa Gertrud, judía, fueran arrestados.

 

Después de dedicar su vida a estudiar la naturaleza para comprender su lógica, Charles Darwin llegó a escribir en una carta a Joseph Dalton Hooker en 1870: «No puedo considerar el universo como el resultado de un caso ciego. Sin embargo, no veo ninguna prueba de un diseño benévolo». He aquí, una vez más, el principio de la contradicción: ni azar ni diseño, es decir, un poco de uno y un poco del otro, es decir, una vez más, la libertad que nos impulsa a pensar y luego a elegir.

 

El sentido de la vida es la base sobre la que legislar dignamente sobre el fin de la vida, y el único fin que se desprende del contraste entre las diferentes perspectivas es la libertad.

 

La falta de un fin unívoco que se imponga a todos los seres vivos con la misma claridad indica que el fin principal por el que cada uno de nosotros está en el mundo es el ejercicio responsable de su propia libertad. Lo que significa autodeterminación. Con mayor razón cuando se trata de la propia existencia.

 

El sentido de la existencia humana consiste en un ejercicio continuo de la libertad.

 

Recuerdo haber leído unas palabras del Cardenal Carlo Maria Martini: «Es importante reconocer que la continuación de la vida humana física no es en sí misma el principio primero y absoluto. Por encima de ella está el de la dignidad humana, dignidad que, en la visión cristiana y de muchas religiones, implica una apertura a la vida eterna que Dios promete al hombre. Podemos decir que aquí reside la dignidad definitiva de la persona... Por lo tanto, la vida física debe ser respetada y defendida, pero no es el valor supremo y absoluto».

 

¿Cuál es, entonces, el valor supremo y absoluto? ¿No será la dignidad de la vida que se realiza como libertad de poder decidir sobre uno mismo?


A veces tengo la sensación de que los católicos seguimos sin tener las ideas claras en materia de libertad de conciencia. Me explico.


La reivindicamos contra el Imperio romano cuando éramos minoría, luego la negamos cuando nos convertimos en mayoría, llegando incluso (¡nosotros, que hoy defendemos a los embriones!) a matar quién sabe cuántos miles de herejes solo por el hecho de ejercer su libertad de conciencia. Aquella represión de la Iglesia estaba motivada por la defensa de la verdad, objetivamente superior a la capacidad subjetiva de comprenderla.

 

Hoy que la Iglesia se ha convertido en paladín de la libertad de conciencia en el mundo, ¿se ha vendido a bajo precio la primacía de la verdad? No, simplemente se ha dado un paso adelante, comprendiendo que la relación del ser humano con la verdad pasa necesariamente por la conciencia.

 

La primacía objetiva de la verdad permanece, pero no es tal que suprima la libertad de conciencia, que puede incluso llegar a rechazar la verdad.

 

Exactamente lo mismo se aplica a la vida física. La afirmación de la primacía de la vida como don no puede ejercerse en detrimento de quienes no reconocen ese don o ya no lo quieren. Si la vida es un don, debe seguir siendo un don y no convertirse en un yugo.

 

En el Evangelio es evidente la libertad de la que se disfruta: los hijos pueden irse de casa, las ovejas alejarse del rebaño, incluso las monedas pueden perderse. Dios respeta la autodeterminación de cada individuo. Si no fuera así, lo que nos une a Él no sería la fe, sino la evidencia que no admite desviaciones.

 

Me queda la fe en el Espíritu Santo: así como la Iglesia ha llegado a aceptar la libertad de conciencia sobre la doctrina, también llegará a aceptar la libertad de conciencia del sujeto con respecto a su propia vida biológica - ¡la suya, no la de los demás! -.

 

Porque creo que le corresponde a la persona decidir; no a los médicos (a quienes hay que escuchar), ni a los obispos (a quienes hay que escuchar), no a…, sino a la persona, a cada uno de nosotros.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 28 de marzo de 2025

Muerte y morir.

Muerte y morir 

¿Qué diremos cuando llegue nuestro momento? ¿Qué diremos en ese momento que con razón se llama “fatal”, porque marcará irrevocablemente el encuentro con el destino supremo? ¿Qué palabras surgirán de nuestro corazón ante la muerte que veremos venir? 

En la noche del 28 de febrero de 2025, le tocó al Papa Francisco llegar a esa situación y, por la entrevista en el Corriere della Sera al Dr. Sergio Alfieri, jefe del equipo médico que lo atendía, supimos que las palabras del Papa fueron las siguientes: “È brutto”. El médico añadió que “quienes estaban a su alrededor tenían lágrimas en los ojos”, subrayando el trágico nivel emocional de la situación. 

¿Cómo se muere? ¿Cómo viviremos nuestra muerte? ¿Pueden estas oscuras palabras del Papa enseñarnos algo? 

Creo que hay demasiadas variables en juego: dependerá de nuestra edad, del tipo de enfermedad que nos consuma, de si estamos solos o si alguien nos toma de la mano, de nuestra psique, de si estamos resignados o no, de si somos capaces de decir el sí supremo al destino (como deseaba Nietzsche: “¡De ahora en adelante solo quiero ser alguien que diga sí!”) o de si se resiste hasta el final. 

Se dice que Kant murió murmurando “Es ist gut” (Es bueno), pero no se sabe si se refería a su vida o a la cantidad de agua que fue vertida sobre él. Lo mismo ocurre con Goethe, de quien se dice que murió diciendo “Mehr Licht” (Más luz), pero no se sabe si se refería al deseo de encontrarse con lo eterno o de abrir un poco más las contraventanas. 

Hay grandes hombres que han muerto pacíficamente y otros trágicamente, y todo se resume en las últimas palabras de Jesús que para dos evangelios fueron de desesperación (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”) y para otros dos de consuelo e incluso de victoria (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, “Todo está consumado”). 

¿Pero qué vale más? ¿Decir sí a la muerte que llega o decirle no? ¿Un sí obediente o un no obstinado? ¿Un sí que dice “fiat voluntas tua” y se deja llevar, o un no que se aferra a la vida y sigue existiendo? 

No sé qué responder más que con un lacónico "depende". La pregunta es tan imponderable, tan subjetivamente determinada. 

Imagino, sin embargo, que mucho depende del pensamiento que uno cultiva sobre lo que viene con la llegada de la muerte. Cuando llega la muerte, ¿qué viene con ella? ¿La nada o Dios? ¿El fin de todo o la vida sin fin? 

¿Cómo juzgar la muerte y su presencia en el mundo? ¿Es algo natural dentro de la vida, o es una tragedia que ocurrió después, y que en vida no debería haber estado ahí? Para decirlo en términos teológicos: ¿fue la muerte prevista por Dios o llegó inesperadamente como resultado del pecado? 

La historia de la espiritualidad cristiana no ayuda en la respuesta porque dos grandes figuras como San Pablo y San Francisco de Asís piensan de manera opuesta. Para Pablo las cosas eran así: “Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte”, así que hay un vínculo directo entre pecado y muerte, en el sentido de que si hay muerte es porque primero vino el pecado, y de hecho para San Pablo la muerte es un enemigo: “el último enemigo”. 

San Francisco de Asís en cambio en el Cántico de las Criaturas define la muerte como “hermana” y alaba al Señor por ella: “Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la Muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar”. Añadió esta estrofa más tarde, cuando estaba casi ciego y sentía que estaba a punto de morir, como de hecho ocurrió poco después. 

La misma contradicción se encuentra en el judaísmo: el libro de la Sabiduría afirma que la muerte no fue querida por Dios sino que “entró en el mundo por envidia del diablo” y por tanto es ontológicamente mala, mientras que el libro del Eclesiástico la define como “el decreto del Señor para todo hombre”, considerándola ontológicamente buena. 

¡Misterio! Un libro bíblico declara que la muerte es deseada por el diablo, otro por Dios. Un gran santo habla de la muerte como de un “enemigo”, otro no menos grande, como de una “hermana”. ¿Cuál de las dos perspectivas deberíamos favorecer? 

Cada uno tiene que enfrentarse a sí mismo, a su propia conciencia y sobre todo a su propia existencia. Por lo que a mí respecta, estoy con San Francisco y Sirácida. Es decir, considero la muerte no como un castigo por el pecado sino algo natural, siempre inscrito en la lógica de esta vida. En mi opinión, aceptarlo es signo de sabiduría y genera libertad. 

Estamos aquí por el trabajo y la muerte de otros, y estamos llamados a trabajar y morir por la existencia de otros. Esta es la lógica que nos da la vida. Aceptarlo significa “negarse a sí mismo”, para utilizar una conocida expresión de Jesús, es decir, no hacer del propio yo el centro del mundo, sino ponerlo al servicio de algo más grande. ¿Acerca de? Un proceso cósmico. 

Los cristianos lo llamamos “nueva creación” y creemos que proviene directamente de Dios, una idea compartida por judíos y musulmanes; otros la llaman con otro nombre, atribuyéndole otro origen, llegando a sostener, como Spinoza, que coincide con la perfección del ser y que por tanto no hay diferencia entre Dios y la Naturaleza: “Deus sive Natura”. 

Lo que es cierto es que el proceso cósmico contiene a todos: monoteístas, panteístas, agnósticos, ateos, y la tarea de la mente es entender qué relación establecer con él y orientarse en consecuencia. ¿El proceso cósmico que nos generó y que inevitablemente nos llevará a la degeneración es un enemigo o un aliado de nuestra vida? Considerarlo como un aliado significa aceptarlo tal como es, incluida la presencia de la muerte, y esto, en mi opinión, es una adhesión madura a la vida. 

Por supuesto, todo esto no implica que no debamos luchar por mantenernos vivos, cultivando la fuerza más primordial que hay dentro de nosotros, es decir, el instinto de supervivencia. 

Cuando uno se enfrenta a una enfermedad, siempre hay que querer curarse y ayudar a otros a curarse. Los médicos están llamados a hacer esto y esto es lo que debemos hacer los pacientes, porque la vida se honra ante todo viviéndola, además de que este mundo es bello y vivir en él es una maravilla de la que debemos tomar conciencia cada día con una alegría profunda y agradecida hacia el proceso cósmico (de cualquier manera que lo consideremos y llamemos). 

Concluyo con dos citas. La primera es de Montaigne: “La meditación sobre la muerte es una meditación sobre la libertad; quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir; saber morir nos libera de toda sujeción y coacción”. 

La segunda es la más antigua, consiste en las bellas palabras finales del Ave María, repetidas quién sabe cuántos millones de veces en la historia del mundo: “Ahora y en la hora de nuestra muerte”. Ahora y en la hora de nuestra muerte. 

¿Por qué se sintió y se siente la necesidad de rezar a Nuestra Señora para que ruegue por nosotros en la hora de nuestra muerte? Porque en esa ocasión todas nuestras ideas filosóficas y teológicas pueden derrumbarse y nos encontramos solos, asustados, frente a la oscuridad del fin. Esto es posible, real, muy humano y por eso rogamos a la Madre de Dios que ruegue por nosotros. 

¿Por qué el Papa Francisco dijo “È brutto”? No tengo ni idea, pero ciertamente creo que lo que dijo el Dr. Alfieri sobre su resistencia le ayudó mucho: «Creo que el hecho de que todo el mundo estuviera rezando por él también contribuyó a ello». 

La oración del Ave María termina diciendo “Amén”, expresión hebrea que significa “Así sea”, significando el sí que Nietzsche hubiera querido ser respecto al proceso cósmico: “¡De ahora en adelante, sólo quiero ser alguien que dice sí!”. Lo cual significa que el abandono confiado al proceso cósmico es independiente de creer o no en Dios, y concierne a quienes una vez se llamaron "hombres de buena voluntad". 

Y es que tomar la vida en serio también significa aceptar su finitud con firmeza, con rigor y con la mayor serenidad posible. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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