Hermana muerte
Estamos acostumbrados a tratar el dolor como un problema técnico. Un fallo que la medicina debe corregir, una molestia que la farmacología debe acallar.
No, no estoy diciendo que el dolor tenga un valor en
sí mismo, que deba aceptarse como un destino o soportarse como una prueba.
Estoy en las antípodas de todo eso.
La pregunta no es si el dolor tiene sentido. A menudo
no lo tiene.
La pregunta es: ¿quién decide cuándo es evitable y
cuándo no? ¿Sobre qué base? ¿Con qué derecho?
En el Cántico
de las Criaturas, San Francisco de Asís hace algo extraordinario: llama
a la muerte «Hermana». No enemiga, no castigo, no fin de todo —hermana. La
inserta en un entramado de relaciones cósmicas, junto al sol, a la luna, al
viento, al agua. La muerte entra en la familia de la creación.
Esto no es pietismo medieval. Es una postura
filosófica profunda: reconocer la finitud como parte del orden real, no como un
incidente que hay que corregir. Ningún hombre vivo puede escapar
escribe San Francisco. La necesidad biológica se transforma en igualdad
universal.
Sin embargo, San Francisco no se detiene en la
resignación. Su gesto final —morir desnudo sobre la tierra desnuda— es un acto
de libertad, no de derrota. Es la restitución de su propio fin a la misma
gratuidad con la que se recibió la vida. La muerte no sufrida, sino habitada.
Esta intuición dialoga con el filósofo alemán Martin
Heidegger, quien en su obra Ser y
tiempo dice algo aparentemente sencillo pero de gran fuerza: somos
los únicos seres vivos que saben que deben morir. Y esta conciencia —si
nos la tomamos en serio en lugar de reprimirla— lo cambia todo.
Saber que nuestra vida terminará nos obliga a
preguntarnos qué queremos hacer realmente con ella. La muerte, para Martin Heidegger,
no es el fin de la vida: es la lente a través de la cual la vida adquiere peso
y dirección. Quitar esa lente —engañarnos creyendo que podemos vivir como si
nunca fuéramos a morir— no nos hace más libres: nos hace más distraídos, más
superficiales, más dependientes de lo que los demás esperan de nosotros.
Hans Jonas da un paso decisivo hacia la ética. En El principio de responsabilidad,
la vulnerabilidad de la vida no es solo un dato ontológico: es el supuesto de
un deber moral.
El límite —la finitud— se convierte en la medida de la
acción. Somos responsables precisamente porque somos frágiles, precisamente
porque tenemos un final.
Y esta responsabilidad no se agota en el presente: se
proyecta hacia quienes vendrán después de nosotros, hacia las generaciones futuras
que heredarán el mundo que dejamos y la forma en que habremos elegido vivir —y
concluir— nuestra existencia.
Vuelvo a la pregunta con la que empecé: ¿qué
sentido tiene el dolor? Ninguno. Cuando ese dolor es evitable.
El dolor de un parto que podría aliviarse y no se
alivia, por falta de recursos o por una idea errónea de lo natural, es una
injusticia.
El dolor de morir cuando es soledad institucional,
cuando es abandono de la sociedad, cuando es un sufrimiento que la medicina
sabría aliviar pero que el sistema no garantiza, ese dolor no tiene sentido. O
mejor dicho: tiene un sentido preciso, y es nuestra responsabilidad colectiva.
Es el signo de una sociedad que aún no ha decidido cuidar de sus miembros en
los momentos en que son más vulnerables: al principio y al final.
San Francisco de Asís, despojado de todo, tendido
sobre la tierra desnuda, no estaba sufriendo la muerte: la estaba habitando.
Estaba realizando el último acto de libertad de quien ha vivido según una forma
de vida coherente.
Ese gesto es la imagen de lo que deberíamos garantizar
a todos: no la muerte como rendición, sino la muerte como acto humano. No el
parto como prueba que hay que soportar, sino el nacimiento como acontecimiento
acogido con todos los cuidados disponibles.
«Hermana Muerte» no es una metáfora
consoladora. Es una ética. Es la pretensión de que el final tenga la misma
dignidad que la vida y que la vida tenga la misma dignidad que venir al mundo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF



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