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miércoles, 6 de mayo de 2026

El militarismo o comulgar con ruedas de molino.

El militarismo o comulgar con ruedas de molino

Hay un rasgo común en los discursos públicos actuales sobre el rearme: la rapidez con la que se ha dejado de cuestionar el aumento del gasto militar. Lo que hasta hace unos años habría generado debate, oposición e interrogantes éticos y políticos, hoy transita casi sin resistencia en el espacio público.

 

Ya van unos cuantos años consecutivos de aumento… No sé si estamos aún en los tiempos de la Guerra Fría… pero Europa sí está dispuesta a seguir sumando cantidades en el gasto militar…

 

Todo esto se presenta como un proceso natural, casi inevitable, como si fuera una respuesta automática a condiciones externas y no una elección política deliberada. Sobre todo, como si no tuviera consecuencias directas sobre la sociedad civil.

 

El lenguaje que acompaña a esta transformación dista mucho de ser neutral. Se habla de «capacidad productiva», de «resiliencia industrial», de «equilibrio entre sistemas de alta gama y armamento de bajo coste», de «software actualizado semanalmente».

 

La guerra se trata progresivamente como un problema de eficiencia, logística e innovación tecnológica. Ya no es una cuestión política, moral o humana, sino una variable industrial que hay que optimizar.


En este desplazamiento semántico, la palabra «paz» desaparece. No se cuestiona: simplemente, ya no es necesaria. En su lugar surge un léxico técnico que anestesia el conflicto, lo vuelve abstracto, lo sustrae de la esfera de la experiencia humana.

 

Me explico. Las víctimas ya no son el centro; en el centro están los sistemas, el rendimiento, las cadenas de producción. Es un lenguaje que no niega la guerra, sino que la hace aceptable.

 

Las guerras recientes han acelerado esta transformación.

 

El conflicto en Ucrania se ha convertido en un laboratorio para el uso de drones de bajo coste, fácilmente replicables, adaptables y actualizables.

 

Paralelamente, otras potencias han seguido invirtiendo en armamento altamente sofisticado: aviones de última generación, sistemas de defensa integrados, bombarderos estratégicos.

 

Tanto el sistema basado en la economía de escala y la accesibilidad, como aquél basado en la superioridad tecnológica conducen a la misma conclusión: hay que producir más, más rápido y durante períodos más largos.


La guerra ya no es un acontecimiento excepcional, sino una condición para la que hay que prepararse de forma permanente. En este contexto, la innovación tecnológica se presenta como inevitable. No como una elección orientada por prioridades políticas, sino como una trayectoria obligatoria. El futuro parece ya escrito: automatizado, militarizado, acelerado.

 

El punto crítico no es solo la cantidad de armas producidas, sino el imaginario que las sustenta. Hablar de «guerras del futuro» como si fueran un fenómeno meteorológico —algo que llega, independientemente de las decisiones humanas— significa renunciar a la política como espacio de posibilidades.

 

Este imaginario construye una forma de resignación: la diplomacia se convierte en un residuo del pasado, la prevención de conflictos en un lujo que ya no nos podemos permitir, la cooperación internacional en una ingenuidad.

 

En nombre del realismo, se acepta un mundo en el que el conflicto es permanente y la preparación para la guerra es la norma. Pero este «realismo» es, en realidad, una construcción. No se limita a describir el mundo: contribuye a producirlo.

 

Hay además una afirmación que se repite a menudo. Son las armas, no los presupuestos, lo que desalienta. Pero es precisamente en los presupuestos donde se leen las decisiones más profundas. Las armas son el resultado visible; los presupuestos son el proceso que las hace posibles.


Cada aumento del gasto militar implica una redistribución de los recursos. Significa restar fondos a sectores como la educación, la sanidad, la construcción pública o la investigación civil. Significa dar prioridad a la industria armamentística frente a la cohesión social. Significa, en última instancia, redefinir las prioridades de una sociedad.

 

No se trata solo de cifras, sino de dirección. Un presupuesto es siempre un acto político: indica qué se considera urgente, qué es prescindible, qué se quiere construir a largo plazo.

 

La cuestión no es negar la complejidad del contexto internacional, ni ignorar la existencia de amenazas reales. Sería una simplificación ingenua. El problema es aceptar sin discusión que la única respuesta posible sea la expansión continua del armamento.

 

Cada euro en armamento está sustraído a otros ámbitos: a la medicina, a la gestión de emergencias, a la investigación medioambiental, a… Los millones de euros destinados a un sistema de misiles es un cero invertido en políticas sociales. Cada decisión de gasto construye un determinado tipo de futuro, en detrimento de otros posibles. Presentar el rearme como algo inevitable significa cerrar el campo de alternativas incluso antes de que se formulen.

 

La era del rearme no es un destino. Es el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales. Y precisamente porque es construida, puede ser cuestionada.


Repensar la seguridad significa salir de una lógica exclusivamente militar. Significa reconocer que la estabilidad de una sociedad depende también —y quizás sobre todo— de factores como la justicia social, el acceso a los servicios, la reducción de las desigualdades y la calidad de las relaciones internacionales.

 

La seguridad no nace solo de la disuasión, sino de la confianza, de la cooperación y de la capacidad de prevenir los conflictos antes de que estallen.

 

En un panorama dominado por la retórica de la eficiencia militar, imaginar alternativas se convierte en un gesto radical. No porque sea utópico, sino porque rompe con la idea de que existe un único camino viable.

 

Recuperar un espacio de imaginación política significa volver a situar en el centro las preguntas fundamentales: ¿qué sociedad queremos construir? ¿Qué riesgos estamos dispuestos a aceptar? ¿Qué prioridades pretendemos defender?

 

El verdadero realismo, tal vez, no consiste en aceptar pasivamente un mundo armado, sino en reconocer que cada elección es contingente, discutible, modificable. Y que, incluso dentro de una realidad compleja e inestable, siempre existe la posibilidad de pensar —y construir— algo diferente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 21 de abril de 2026

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado.

La fuerza bruta tiene miedo del Crucificado

El Crucificado es una persona, frágil, un hombre.

 

Es alguien que vivió pobre entre los pobres, mal visto por los poderosos, despreciado por los bien-pensantes y santones religiosos, condenado injustamente, víctima a la vez del poder político y religioso, sufriendo entre los condenados a muerte.

 

Es el emblema de toda injusticia humana, de toda opresión sobre los débiles… ¡y decía ser Dios!

 

¿Quién puede seguir teniéndole miedo, quién puede temer de un hombre clavado en una cruz?

 

Toda confesión cristiana tiene como emblema la Cruz y al Crucificado; para los musulmanes, Jesús es un profeta venerado; para los budistas, ninguna religión supone un problema; y para los hindúes, un dios más no molesta en absoluto.

 

¿Quién puede sentirse ofendido por un Crucificado?

 

Sin duda, a los poderosos y a la fuerza bruta le molesta esa indefensión desarmada y desnuda.

 

Todo credo, ya sea laico o religioso, aspira al dominio. La convicción de tener la ley y la razón de su parte sustenta la arrogancia de los poderosos.

 

La misma cruz se ha utilizado como signo de poder y superioridad a lo largo de la historia. La cruz sí, es cierto, pero el Crucificado no.

 

La cruz por sí sola es un simple signo. Pero es algo muy distinto si hay un hombre clavado en ella.


Porque muestra —a quienes tienen en sus manos la acción política, social o religiosa— al ser humano con sus límites y fragilidades.

 

Porque indica cuál es el lado correcto de la historia: el que protege a los pobres y a los frágiles del poder desmesurado de los poderosos; de lo contrario, la historia no es más que la ley de la selva elevada a derecho.

 

Porque recuerda que la justicia a menudo condena a los inocentes, cuando es el camino más fácil.

 

Porque revela que toda condena a muerte es una violencia. Y pide que quien sufre en cuerpo y alma sea protegido, socorrido, consolado.

 

Es un hombre, el Crucificado, el que impide —a quien usa el poder para su propia soberbia— proclamar que tiene a Dios de su parte.

 

La cruz puede ser un objeto de moda, el Crucificado, en cambio, habla de violencia y muerte.

 

Habla de nosotros. Sin palabras, grita a los oídos de un poder político que ha perdido de vista —si es que alguna vez la tuvo— el sentido de su deber que no es otro sino el  servicio al ser humano.

 

Toda institución debería colocar bien a la vista a ese Hombre clavado en la cruz.

 

Ecce Homo! Él es el Hombre: el que ha dado esperanza a miles de millones de personas a lo largo de dos milenios de historia y ha inspirado a la humanidad y algunos de sus mejores ejemplos.

 

Toda persona a quien se le ha confiado el destino de otros debería subir a ella, a la cruz, para mirar desde allí el mundo y la historia, junto a ese Hombre, para descubrir su propia fragilidad, su propia necesidad de justicia y fraternidad, para hacerse compañero de camino de cada uno.

 

Seguramente, desde arriba de la cruz, la maquinaria del poder político al servicio de la fuerza bruta se descubriría ser humano como todos y al servicio del lado correcto de la historia que tiene que ver con el derecho del débil y la justicia del inocente. Lo contrario a eso es una profanación de lo más sagrado que es precisamente la vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 16 de abril de 2026

No hay justa guerra.

No hay justa guerra

A estas alturas no sé hay que dedicar tiempo, que es siempre un tesoro, a explicar lo ineficaz que resulta hablar de «guerra justa» tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. 

Uno recuerda aquel párrafo 67 de Pacem in Terris y aquella expresión «alienum a ratione», en la que el Papa Juan XXIII sostiene, de manera inequívoca, que en la era nuclear la guerra ya no es compatible con la razón moral y política, porque sus efectos destructivos superan cualquier posible control proporcional o selectivo. 

Y, con todo, al observar lo que ocurre en esta época de desorden mundial, a veces pienso que no estaría mal recuperar algunas intuiciones relacionadas con la «guerra justa». 

Un concepto antiguo, ya imaginado por Cicerón, iniciado por San Ambrosio y San Agustín, quienes en un mundo cristianizado intentaron conciliar el Evangelio con la realidad de la guerra, y luego sistematizado en la Edad Media por Santo Tomás de Aquino, quien definió sus criterios fundamentales. 

La doctrina de la guerra justa nació como un dique de contención, no como una justificación. 

Es decir, era un intento, quizá ingenuo pero necesario, de imponer límites morales a la violencia organizada. 

Y lo hacía estableciendo condiciones rigurosas: una causa justa, una autoridad legítima, el último recurso, la proporcionalidad. 

No era una luz verde a la guerra, sino una barrera contra su abuso. 

Hoy esa barrera ha sido demolida, pieza a pieza. 

Las guerras contemporáneas rara vez cumplen siquiera uno de esos criterios. 

La «causa justa» se ha convertido en un eslogan elástico, plegado a las conveniencias geopolíticas. 

La defensa se transforma fácilmente en ataque preventivo, la seguridad en expansión de influencia. 

El lenguaje moral sobrevive, pero está vaciado de contenido: sirve más para legitimar que para limitar. 

La autoridad legítima es otro mito en declive. 

Decisiones que en otro tiempo habrían requerido un amplio consenso son tomadas por ejecutivos reducidos, a menudo sin un control democrático real. 

Las guerras se inician sin declaraciones formales, sin responsabilidades claras, en una zona gris que disuelve todo vínculo. 

Aún más grave es la desaparición del principio de último recurso. 

La diplomacia se ha convertido en un trámite formal, no en un intento serio. Las negociaciones son a menudo simulaciones, instrumentos para ganar tiempo o construir consenso interno, mientras que la opción militar permanece siempre sobre la mesa, lista y ya planificada. 

Y luego está la proporcionalidad, reducida ya a una palabra vacía. 

Las tecnologías modernas permiten una destrucción precisa, pero la precisión no equivale a justicia. Zonas enteras son devastadas en nombre de objetivos limitados. Los daños colaterales se prevén, se aceptan, se contabilizan. No se evitan. 

El principio de distinción entre civiles y combatientes es quizás el más abiertamente traicionado. 

Las guerras de hoy se libran en las ciudades, entre las personas, y los civiles se convierten inevitablemente en objetivos. No por error, sino por la estructura del conflicto. Cuando todo es campo de batalla, nadie está realmente protegido. 

La verdad es más incómoda: los vínculos morales no se han superado, se han abandonado. No porque se hayan vuelto obsoletos, sino porque son incómodos. Limitan la acción, imponen responsabilidades, exigen coherencia. Y la coherencia es el primer sacrificio de la guerra moderna. 

Se sigue hablando de valores, derechos, justicia. Pero son palabras que ya no frenan nada. Funcionan como tapadera, no como guía. La distancia entre lo que se dice y lo que se hace nunca ha sido tan grande. 

La doctrina de la guerra justa, con todas sus limitaciones, tenía al menos el mérito de tratar de reconocer que la guerra es un mal que hay que contener. 

Hoy, en cambio, la guerra se gestiona, se administra y se normaliza. Ya no se percibe como la excepción extrema, sino como un instrumento más en la política de los conflictos. De manera brutal, se llega incluso a considerarla una posible —y cada vez más inevitable— solución a las tensiones políticas e internacionales. 

Y cuando la guerra se convierte en un instrumento, los límites desaparecen. No porque ya no existan, sino porque ya no conviene respetarlos.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 11 de abril de 2026

No hagas daño.

No hagas daño

El 27 de enero de 1945, el mundo tomó conciencia del profundo y oscuro mal de los campos de concentración.

 

Una página terrible de la historia de la humanidad que estamos llamados a transmitir para que algo así no vuelva a suceder jamás... bajo ninguna forma.

 

No basta con narrar a las nuevas generaciones esta espantosa manifestación del mal. Es necesario preguntarse seriamente si es posible ir más allá del mal.

 

Filósofos, estudiosos, teólogos, literatos, científicos, hombres y mujeres de cultura, tras la Segunda Guerra Mundial, se preguntaron cómo, después de Auschwitz, se podía hablar del bien, de la humanidad, de Dios, de la religión y del futuro.

 

Uno siempre queda desconcertado cuando piensa en aquella frase que figuraba en la hebilla del cinturón de los soldados nazis. «Dios está con nosotros» (Gott mit uns). Era una frase que aparecía en relieve.

 

Y, en medio de mi desconcierto, quiero pensar que precisamente esto es la negación de todo lo que yo he creído aprender sobre la religión y sobre Dios hasta ese momento.


No es posible que el Dios tan invocado por mujeres y hombres acabe caricaturizado como en el cinturón de los nazis.

 

Por desgracia, la instrumentalización de la religión y del nombre de Dios no es un tema inusual en la historia de la humanidad.

 

La Europa de las largas y agotadoras guerras de religión ha ido adquiriendo poco a poco una laicidad plural, continuamente puesta en peligro por extremismos nostálgicos o por posturas intelectuales alejadas de la realidad cotidiana que vive la gente.

 

Dios ha vuelto con fuerza a la escena política cuando, el día de su toma de posesión, el presidente de lo MAGA interpretó el resultado del atentado que sufrió como una señal divina inscrita en la historia, no solo para salvarlo a él, sino para elevar con prepotencia a los Estados Unidos de América por encima de todas las demás naciones.

 

Como revelan los conflictos difundidos por los medios de comunicación, lo divino se utiliza ahora para justificar un sistema cultural, ahora para conquistar territorios y sumir en la miseria y la muerte a miles de personas.

 

Todo esto, creo, muestra lo absurdo de asociar el nombre de Dios a las guerras, al exterminio, a la muerte, a las divisiones y a las opresiones, en lugar de al amor, a la comunión y al bien de toda la humanidad.


La práctica y la realidad de la deshumanización no solamente no son ajenas a nuestra época sino que es como la mano del mal que mece la cuna…

 

Mientras las imágenes del niño sirio de tres años Alan Kurdi siguen conmoviendo nuestra conciencia años después, las grandes potencias mundiales, fomentan una cultura de las formas de odio y de violencia, de alta o baja intensidad.

 

Además, en todo Occidente, las corrientes políticas nacionalistas aumentan sus filas a través de discursos en los que se deduce que una parte de la humanidad —a menudo exigua y alimentada por culturas en flagrante necrosis— se considera prioritaria respecto al resto (American first, primero los españoles, etc.).

 

¿No será que vivimos en un clima de pleno egoísmo en Europa, y quienes nos preocupamos nos sentimos completamente impotentes? 


Por ejemplo, hablamos de invasión de migrantes y nos sentimos víctimas de la invasión… ¿pero nos damos cuenta del engaño que nos quieren hacer creer con tamaña mentira?


Ante los retos de la contemporaneidad hay que recordar el pasado tanto para interpretar el presente como para iniciar procesos de cambio cultural y político.

 

De hecho, es inútil decir que no podemos cambiar el mundo. Lo importante es hacer, hacer sin parar. Contribuir a cambiar, a lo largo de la vida, aunque solo sea a cinco personas, tiene sentido, porque la supervivencia de todos debe tener sentido.

 

Del mal más sombrío sigue surgiendo una importante lección basada en la humanidad y en el sentido de esta última. Por eso hacer memoria es un paso necesario paso para construir el futuro y, por tanto, para ir más allá del mal.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de abril de 2026

Dios nos ha llamado para vivir en paz.

Dios nos ha llamado para vivir en paz

Hay quienes se proclaman «hombres de un Dios cristiano», «hombres de Yahvé, el Dios único», «hombres del Dios de Abraham, el misericordioso». Hay quienes dicen actuar por «su voluntad» o en nombre de sus promesas.

 

¿En nombre de quién actúan así? ¿En nombre del Dios, que es amor, compasión, misericordia, perdón y Padre de todos los hombres? ¿Quién es Dios? ¿El Dios de los ejércitos, el Dios de la destrucción y de la muerte de los enemigos? ¿Utilizan el nombre de Dios para sus ideologías, voluntades, visiones e interpretaciones?

 

«Cristiano» significaría «ser de Cristo», es decir, ser testigo de la pertenencia a la persona de Jesús de Nazaret, de quien se dijo: «Ecce homo», porque al adherirse a Él, se pueda decir lo mismo de todo ser humano en la tierra.

 

«Ecce homo»: el hombre de la Palabra, del cuidado de las personas, de la amistad, de la fraternidad, del compartir, de la relación, del encuentro, que no empuñó las armas, que confió en el Padre, que nos dijo a todos: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado», que, en lugar de matar a sus oponentes, se dejó matar por ellos.


Dios es vida y amor dado a todos, incondicionalmente, incluso a aquellos, que lo traicionan porque están matando. De Él deberíamos aprender la gratitud por la vida, el amor y la confianza en el hombre, la responsabilidad de dar a todos la posibilidad de una vida digna, respetando las diferencias.

 

Los pueblos no quieren la guerra, sino ayuda, para vivir mejor, con más seguridad para el mañana, con más libertad de expresión, pan y agua y servicios fundamentales para todos.

 

En cambio, el panorama del poder, con su orgullosa soberbia, nos ofrece algo muy distinto: conquistas estratosféricas, apropiación violenta de los bienes de la tierra para dominar a las naciones...

 

Los superhombres no ven el error: una visión distorsionada del origen de la vida y del destino del hombre; el superdios, que traspasa todo límite, traspasando sin control los límites de la humanidad, ha sido puesto en el lugar del verdadero Dios. Y esto les vuelve ciegos y perversos.


El uso de la guerra para demostrar la fuerza pone de manifiesto la debilidad: el miedo a no ser hombres de verdad, la falta de confianza en la razón y en el alma humana, el miedo a la confrontación leal, el miedo al fracaso sin la fuerza bruta.

 

Los superhombres no creen en el hombre, por lo tanto, no creen en Dios, que hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y así no tienen la Sabiduría, don de Dios.

 

Los superhombres ignoran al Espíritu Santo que Dios, a través de Cristo Resucitado, ha entregado a todos, con sus dones, los cuales, si son acogidos y vividos en el amor y la obediencia a Él, hacen de quien los observa en lo cotidiano el «ecce homo», el hombre que ama, que respeta toda vida, única cosa sagrada junto a Dios.


Someterse al «Príncipe de este mundo» conduce inevitablemente a ideologías humanas aberrantes, que se convierten en obsesiones, en gusanos corrosivos que solo llevan a acciones autodestructivas, destructivas y al contagio del mal.

 

La oración por la paz también nos ayuda a decir: Padre, perdónanos porque no sabemos lo que hacemos y perdónanos, también, porque somos corresponsables en nuestra inmovilidad e impotencia.

 

Pidamos al Espíritu Santo del Padre, que Jesús nos entregó desde la cruz, que sea acogido y conocido por todos nosotros, para que podamos, solo por su gracia y nuestra adhesión, siguiendo las huellas del «Ecce homo», vivir en Su Luz. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

miércoles, 4 de marzo de 2026

De la Bestia… líbranos Señor.

De la Bestia… líbranos Señor

La bestia que hay en nosotros se desata bajo el efecto de estímulos incontrolados de codicia, de poder sin límites, de ambición absurda, de instinto feroz…

 

Hoy asistimos al espeluznante espectáculo de lo inhumano, al que nos estamos acostumbrando dramáticamente. De hecho, el horror se está convirtiendo en normalidad, en una práctica cotidiana.

 

Las películas de terror y de la realidad son, de hecho, indistinguibles. Las ojivas nucleares se exhiben junto con los tanques de última generación y se publicitan como prendas de alta costura. El precio de los instrumentos de muerte es incalculable, los intereses son demenciales,…, es más, todo es demencial.

 

De ahí aquella reflexión anterior “La nave de los locos” (https://kristaualternatiba.blogspot.com/2025/01/la-nave-de-los-locos.html).

 

Hay quienes llegan a decir que el desarme global es cosa de enfermos mentales. ¿No será que los locos que hay que internar son precisamente los fabricantes de armas, sus comerciantes, sus clientes sanguinarios y sus consumidores?

 

Sin tener en cuenta que hoy en día una guerra «seria» no se libra con armas convencionales, basta con una bomba atómica o una ampolla de virus letal...


La corrupción y la mentira imperan, desde la política hasta la economía. Gran parte de la información está al servicio del poder y, por lo tanto, difunde impunemente mentiras macroscópicas.

 

Las redes sociales son el marcador de la maldad y la superficialidad rampantes. Basta con leerlas para comprender inmediatamente de lo que es capaz el cerebro humano, habitado por la mentira y la maldad cargada de envidia y odio hacia cualquiera que piense de forma diferente.

 

Debates insoportables e inaudibles, llenos de insultos e intolerancia destructiva, a veces falsos y tendenciosos, con lenguaje vulgar. La carga de odio y violencia ha alcanzado niveles similares a los del Holocausto de la Segunda Guerra Mundial. Por poner un ejemplo.

 

La insensibilidad y el racismo feroz campan a sus anchas sin pudor. Se puede matar a una mujer (compañera, esposa, ex…) y luego ir al bar de siempre a tomar una cerveza con la cuadrilla antes del partido de fútbol.

 

Es desconcertante quien clama contra la eutanasia y el aborto, pero guarda silencio ante las miles de personas desesperadas que mueren en el Mediterráneo. No digamos ante los miles de asesinados en Gaza.

 

Se necesita un pacto firme para recuperar una ética común, partiendo de los valores fundamentales que son indispensables para resurgir, empezando por las familias, la escuela, la política, las asociaciones, el deporte, las religiones…

 

Hay mucha gente aparentemente silenciosa e invisible, a la que hay que buscar e involucrar. Creo que son muchos los que discrepan de la cultura efímera de la nada, de la muerte, de la avaricia asesina, del egoísmo, del cinismo, del fanatismo religioso, de la crueldad violenta, del nacionalismo exacerbado,…, hecha de palabras y acciones.

 


Creo que todavía somos muchos pero, por desgracia, todavía demasiado silenciosos e intimidados. Debemos «hacer lío» (según aquella expresión del Papa Francisco), es decir, armar jaleo, movilizarnos unidos, independientemente de todas las diferencias que nos caracterizan, en una única visión del mundo en la que nadie quede excluido, para entrar en la «aldea global» que tiene la Humanidad como arquitecto y arquetipo.
 

De hecho, ella - la Humanidad - está viviendo en nosotros y en cualquiera que haya elegido seguir siendo humano.

 

Pienso esto también ante la enésima… guerra ya en marcha. 

Yo pensaba que hacer la guerra era convertirse en asesinos múltiples, renunciar a la Humanidad, maldecir el don de la vida para convertirse en sus amos. Que no había nada peor. Y lo sigo pensando. 

El debate, la oposición, la confrontación… humanas son una variedad natural y positiva de la vida humana. Convertirlas en un absoluto destructivo es una traición a la Humanidad. Esto hay que decirlo y vivirlo. Solo esto es política humana. 

Todas las guerras son actos de asesinos. Los rusos hicieron mal al invadir Ucrania, pero también fueron muy provocados por la OTAN desde 1989. Una cadena maldita. Una espiral de muerte. Tenemos razón al condenarlos.

 

Pero el mal es también un misterio profundo y espantoso. Nadie es puro, incluidos nosotros, todos incluidos.

 

También el antídoto contra el mal es un gran misterio, que hay que invocar. Se trata de la necesidad de Dios, el Viviente (sea cual sea la invocación religiosa o no), para poder vivir como seres humanos.

 

La guerra le quita sentido a nuestra existencia. Es imposible hacerla encajar en lo humano, porque demuele lo humano, el reconocimiento mutuo: las víctimas inocentes - los niños,…- son testigos de esta nada que viola el ser.

 

La ley es un frágil dique cuando se hace uso de la fuerza bruta. Hoy, peor que usada, se niega la ley.

 

El sheriff del mundo tiene menos pudor que los demás y lo declara fanfarrón: “la ley soy yo”. Hace daño no solo matando, sino también suprimiendo el último pudor de la ley.


Hay quien dirá que la realidad es ambigua. Es verdad. Por eso hay que elegir siempre y únicamente opciones más claras que redunden en Humanidad.

 

La verdadera fuerza humana es la que no es violenta. La que ayuda a reconocerse mutuamente en la diferencia. Incluso en la discrepancia.

 

La cuestión es la esencia. No se trata en absoluto de disculpar a Putin, o de condenar a Trump. Ni lo contrario. Tampoco se trata de empobrecer la tragedia humana. Cada decisión y acción particulares tienen su peso de incertidumbre y de falibilidad.

 

Pero quien hace la guerra, siempre hace la guerra a la Humanidad.

 

Después de 1945, la humanidad comenzó a construir el derecho internacional, por encima de las potencias soberanas que había traicionado la Humanidad. Hoy en día, la única tarea es reafirmar el derecho internacional, sin concesiones para nadie.

 

Toda guerra es asesinato. Responder a la guerra con la guerra es convertirla en una regla desesperada. Iniciar una guerra es una traición a toda la Humanidad.

 

El juicio final, anunciado por el Profeta de Galilea en el capítulo 25 del Evangelio de San Mateo, y que es una página intuida en toda espiritualidad humana sea de la confesión que sea, es que no vivirá quien no ayude a vivir, quien despliegue enemistad, dominio, guerra,…, y que vivirá quien ayude a otros a vivir.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 


Disuasión avanzada: cuando a la desolación le llamamos paz

Disuasión avanzada: cuando a la desolación le llamamos paz

En nombre de la hegemonía occidental en Oriente Medio (y de la liberación de las mujeres de esa inmensa prisión que en el imaginario colectivo es el Islam), la ofensiva impulsada por Israel y Estados Unidos (con el silencio-consentimiento de la vieja Europa en proceso de rearme) comienza a arrasar ciudades.

 

Y se entierran bajo decenas de bombas quirúrgicas a jefes de Estado escondidos; se desarticula el sistema nervioso productivo y defensivo del país; se causa daños colaterales irrelevantes… como la muerte de niñas de una escuela femenina.

 

Y en medio de este panorama desolador… hay quien se echa las manos a la cabeza por los retrasos aéreos en Dubái… Lo que importa a nuestra opinión pública, una vez más, será poner a salvo a todos nuestros compatriotas.

 

Al final, sin embargo, intentaremos imponer, a través de nuestra prepotencia, gobiernos y refundaciones institucionales compatibles con nuestros intereses capitalistas y occidentales que, decimos, democráticos y liberales.

 

Asistimos al ajuste de cuentas en torno a uno de los últimos intentos del siglo XX de escapar del orden capitalista y democráticos occidentales - faltan Cuba, Corea del Norte,… -.


Sorprenden los comentarios en los que la crítica mediática occidental traiciona, de forma meridiana, los lugares comunes en torno a la cultura islámica y la demonización obtusa de los símbolos histórico-religiosos y de la relación entre «sociedad civil» y «religión» en esos mundos.

 

Utilizamos la cuestión global de las libertades femeninas como palanca para desmontar toda credibilidad histórica de las comunidades que se quieren ser alternativas a lo que para nosotros es la única perspectiva no de convivencia civil, sino de desarrollo económico ordenado según nuestros intereses.

 

En un pasado reciente se justificó la subyugación y la devastación de Afganistán en nombre de la liberación del burka, fingiendo de mala fe que las organizaciones socioculturales seculares podrían ser desmanteladas en pocos años y bajo la amenaza de nuestras armas.

 

Ni sucedió. Ni podía suceder. Lo mismo se quiere presumir en Irán.

 

Está por ver cuál será el giro que tome esta historia.

 

Occidente quiere la occidentalización precipitada y liquidadora de todo bajo la diosa «prosperidad» en cuyos altares se sacrifica toda decencia y todo escrúpulo.

 

Mientras tanto tendremos que lidiar con los escombros y el desencanto que provocan aquellos que, con aparente espíritu de liberación, confían en la redención de la tiranía a base de misiles.



En lugar de dotarnos de un mínimo de conciencia histórico-cultural como requisito previo para confrontarnos e interactuar diplomáticamente con las mil experiencias históricas legítimamente diferentes que llamamos “Islam”, y en lugar de plantearnos el problema de cómo reconocer, en el respeto mutuo, el derecho de esos mundos a un papel y un futuro autónomos,…, en lugar de todo ello a Occidente le interesa que los «otros» sean compatibles a nuestros ‘intereses’, a nuestro ‘crecimiento’, a nuestro ‘desarrollo’…

 

Y en esta tesitura Occidente exige a los otros que no se armen por esa misma disuasión en nombre de la cual nosotros exigimos rearmarnos y usar las armas.

 

En realidad, Occidente no tiene nada que reconocer y garantizar, salvo la subordinación de los otros y la arrogancia del dominio occidental. En el lenguaje moderno a esto se le llama la disuasión avanzada. Porque, como dice el Presidente de la República francesa: “En este mundo peligroso e inestable, para ser libre hay que ser temido”.

 

Hay algo de loco en los tiempos que vivimos y que nos deja impotentes y al borde del abismo. Con Oriente en llamas, uno teme que nada bueno saldrá de esta guerra.

 

Todo tiene su vuelta y su revuelta. Tiempo al tiempo. O nosotros, o los que nos sucedan, pagaremos el odio.

 

Me recordaba alguien que hay una frase extraída de una obra escrita hace casi dos mil años por el historiador romano Tácito. Una frase para el recuerdo. Son las palabras de un jefe británico, Calgaco, mientras arengaba a sus hombres antes de la batalla. Los romanos estaban conquistando Britania, que hoy llamamos Gran Bretaña. La campaña militar estaba dirigida por el general romano Julio Agrícola.

 

Ésta es la frase en cuestión: «A la desolación la llaman paz». Las palabras de Calgaco deberían recordarnos que las cosas de cierto modo de entender y ejercer el poder en realidad no ha cambiado esencialmente en estos 2000 años. Como para decir que la historia enseña... cuando repetimos los mismos errores.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

Una mirada inocente.

Una mirada inocente   Llegará un momento en que el hombre ya no soportará el vacío que tiene ante sus ojos.   Y buscará imágenes capaces d...