No hay justa guerra
A estas alturas no sé hay que dedicar tiempo, que es siempre un tesoro, a explicar lo ineficaz que resulta hablar de «guerra justa» tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.
Uno recuerda aquel párrafo 67 de Pacem in Terris y aquella expresión «alienum a ratione», en la que el Papa Juan XXIII sostiene, de manera inequívoca, que en la era nuclear la guerra ya no es compatible con la razón moral y política, porque sus efectos destructivos superan cualquier posible control proporcional o selectivo.
Y, con todo, al observar lo que ocurre en esta época de desorden mundial, a veces pienso que no estaría mal recuperar algunas intuiciones relacionadas con la «guerra justa».
Un concepto antiguo, ya imaginado por Cicerón, iniciado por San Ambrosio y San Agustín, quienes en un mundo cristianizado intentaron conciliar el Evangelio con la realidad de la guerra, y luego sistematizado en la Edad Media por Santo Tomás de Aquino, quien definió sus criterios fundamentales.
La doctrina de la guerra justa nació como un dique de contención, no como una justificación.
Es decir, era un intento, quizá ingenuo pero necesario, de imponer límites morales a la violencia organizada.
Y lo hacía estableciendo condiciones rigurosas: una causa justa, una autoridad legítima, el último recurso, la proporcionalidad.
No era una luz verde a la guerra, sino una barrera contra su abuso.
Hoy esa barrera ha sido demolida, pieza a pieza.
Las guerras contemporáneas rara vez cumplen siquiera uno de esos criterios.
La «causa justa» se ha convertido en un eslogan elástico, plegado a las conveniencias geopolíticas.
La defensa se transforma fácilmente en ataque preventivo, la seguridad en expansión de influencia.
El lenguaje moral sobrevive, pero está vaciado de contenido: sirve más para legitimar que para limitar.
La autoridad legítima es otro mito en declive.
Decisiones que en otro tiempo habrían requerido un amplio consenso son tomadas por ejecutivos reducidos, a menudo sin un control democrático real.
Las guerras se inician sin declaraciones formales, sin responsabilidades claras, en una zona gris que disuelve todo vínculo.
Aún más grave es la desaparición del principio de último recurso.
La diplomacia se ha convertido en un trámite formal, no en un intento serio. Las negociaciones son a menudo simulaciones, instrumentos para ganar tiempo o construir consenso interno, mientras que la opción militar permanece siempre sobre la mesa, lista y ya planificada.
Y luego está la proporcionalidad, reducida ya a una palabra vacía.
Las tecnologías modernas permiten una destrucción precisa, pero la precisión no equivale a justicia. Zonas enteras son devastadas en nombre de objetivos limitados. Los daños colaterales se prevén, se aceptan, se contabilizan. No se evitan.
El principio de distinción entre civiles y combatientes es quizás el más abiertamente traicionado.
Las guerras de hoy se libran en las ciudades, entre las personas, y los civiles se convierten inevitablemente en objetivos. No por error, sino por la estructura del conflicto. Cuando todo es campo de batalla, nadie está realmente protegido.
La verdad es más incómoda: los vínculos morales no se han superado, se han abandonado. No porque se hayan vuelto obsoletos, sino porque son incómodos. Limitan la acción, imponen responsabilidades, exigen coherencia. Y la coherencia es el primer sacrificio de la guerra moderna.
Se sigue hablando de valores, derechos, justicia. Pero son palabras que ya no frenan nada. Funcionan como tapadera, no como guía. La distancia entre lo que se dice y lo que se hace nunca ha sido tan grande.
La doctrina de la guerra justa, con todas sus limitaciones, tenía al menos el mérito de tratar de reconocer que la guerra es un mal que hay que contener.
Hoy, en cambio, la guerra se gestiona, se administra y se normaliza. Ya no se percibe como la excepción extrema, sino como un instrumento más en la política de los conflictos. De manera brutal, se llega incluso a considerarla una posible —y cada vez más inevitable— solución a las tensiones políticas e internacionales.
Y cuando la guerra se convierte en un instrumento, los límites desaparecen. No porque ya no existan, sino porque ya no conviene respetarlos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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