jueves, 16 de abril de 2026

Recordar la inocencia original.

Recordar la inocencia original

Me pides que hable del pecado original…

 

Y yo, en cambio, y mejor aún en estos tiempos, hablaría más bien de inocencia. Una inocencia original.

 

¿Seré ingenuo? ¿Sentimental? No. Creo que soy consciente.

 

«Pero decidme, hermanos, ¿qué sabe hacer el niño que ni siquiera el león era capaz de hacer? ¿Por qué el león depredador debe convertirse también en niño? El niño es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí sola, un primer movimiento, un sagrado “sí”» (Las tres metamorfosis – Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche).

 

He aquí que las palabras de Nietzsche adquieren realmente un significado determinante al menos para mí.

 

En primer lugar, el niño es inocente.

 

Ahora bien, es necesario intentar desde el principio no utilizar este término con ese significado válido solo para el mundo de los adultos.

 

Hoy en día, de hecho, se utiliza únicamente para eximir al acusado de la acusación.

 

A menudo se oye decir: «Pero era tan inocente de pequeño». Esta es una afirmación incorrecta, ya que o se es inocente, o no se es.

 

No se puede medir cuantitativamente la inocencia, sino solo definirla cualitativamente: el uso de «tan» es significativo, ya que nos recuerda cuánto está arraigada la idea de culpa en nuestra cultura.

 

Al principio éramos tan castos y puros, pero luego el pecado se abatió sobre nosotros de forma devastadora.

 

Por eso yo siempre recuerdo, por ejemplo cuando he bautizado a alguien (especialmente a niños recién nacidos o con pocos meses de vida), que “inocente” deriva del latín in (no) nocens (que hace daño): aquel que no hace daño y, por lo tanto, no lo hará. No aquel que debe defenderse de la acusación de haberlo hecho.

 

Este significado es fundamental, ya que, incluso en el lenguaje coloquial, solo es válido para los niños: ellos no tienen en potencia la facultad de hacer daño, mientras que los adultos sí.


La inocencia es olvido.


¿A cuántos de nosotros no nos viene a la mente un hermoso abismo profundo y tenebroso? ¿Acaso el olvido no es la nada?

 

En absoluto. El olvido es la falta de recuerdo: al niño no le hace daño, pues, olvidar para poder empezar de nuevo.

 

Esto es lo que el niño sabe hacer, y el león no: un nuevo comienzo, un nuevo impulso.

 

Si echamos un vistazo a nuestros pequeños, nos damos cuenta enseguida de que no tienen ninguna noción del concepto de fin. Mil veces viendo la misma película, cientos de veces al papá bajando el cochecito por la rampa. Una y otra vez. Nunca se cansan.

 

La infancia es el lugar de la repetición siempre diferente. Solo existe una eterna repetición del comienzo.

 

Y finalmente llegamos al sagrado acto de decir sí.

 

Pues bien, hoy en día el término «sagrado» está en boca de todos y cada uno le da un poco el significado que quiere.

 

En realidad, «sagrado» significa separado, es decir, cautivado por una experiencia que no tiene nada de humano.

 

Si lo pensamos un momento, un objeto sagrado conlleva un significado que remite a una experiencia más allá de las posibilidades del hombre. Los lugares sagrados físicos están, de hecho, separados de todas las demás estructuras comunitarias.

 

Lo contrario de sagrado es pro-fano (delante del templo), para indicar el lugar en el que deben permanecer aquellos a quienes no se les concede el acceso a lo sagrado.

 

Sagrado y profano son, por tanto, adjetivos de lugar, que indican una separación física. Cuando se mezcla lo sagrado con lo profano se hace que coexistan físicamente dos cosas que no tienen nada que ver entre sí.

 

El niño no puede hacer daño ni a sí mismo, ni mucho menos a los demás, en virtud de ese olvido que lo separa del hombre.


Vuelvo a lo que he tratado de decir antes. La inocencia no es solo lo contrario de la culpabilidad.

 

Es una cualidad propia de los niños… y de los que aprenden el arte de volver a ser como niños.

También en los arquetipos más humanos, el Inocente es el punto de partida del itinerario del Héroe.

 

Es la apertura, la confianza en el mundo, y es fácil ver en ello a un niño, pero para continuar su viaje, el Inocente deberá probar y experimentar el mundo y, así, saborear la amargura.

 

Muchas veces se habla precisamente de la pérdida de la inocencia y, en los cuentos de hadas, a menudo se representa como perderse en el bosque y/o enfrentarse al personaje malo o, en cualquier caso, al antagonista.

 

Entonces, ¿podremos perder la inocencia para siempre?

 

Yo no diría eso.

 

A veces, cuando se dice que en la vida es importante levantarse tras cada caída, me pregunto: «Sí, es importante, pero ¿cambiará algo en la forma de ver el mundo?».

 

Porque a menudo ocurre que quizá alguien se levante, pero vea el mundo de manera diferente, y si bien esto puede ser bueno, no lo es cuando el cambio te vuelve rencoroso.

 

¿Sabemos cuando alguien dice -y permíteme la expresión hasta coloquialmente burda -: «Como los demás han sido unos capullos conmigo, yo lo seré con todos los demás»?



¿Y la inocencia?

 

Por inocente se entiende a menudo una persona que no sabe, un simplón.

 

Pero si etimológicamente significa el que no hace daño, pienso que el Inocente es una persona que intenta no hacer daño a nadie.

 

También creo que el Inocente es la persona capaz de curar el mal que le han hecho, las heridas que le han infligido.

 

El Inocente es el nombre que se le da a la persona que cura a los demás. Jesús de Nazaret es, también en este sentido, el Inocente.

 

Estas son algunas de las poderosas ideas que hay detrás de la inocencia.

 

Se considera no solo una actitud destinada a evitar el mal a los demás o a uno mismo, sino también una capacidad de restablecerse y reintegrarse a uno mismo (y a los demás).

 

Pero integrar en uno mismo esta inocencia, entendida ya no como ingenuidad, es igual de amargo, si no más.

 

Si a veces sentimos la amargura cuando experimentamos las aristas de la vida, las complejidades de la historia y las dificultades del mundo, también hay otra amargura: aquella necesaria para no abandonarse resignadamente a la idea de que el mundo es solo un montón de escombros, que no hay nada qué hacer, que no hay ni salida ni solución….

 

Además, no querer hacer daño también puede significar que se ha experimentado ese daño y, por lo tanto, se sabe bien lo que puede significar.

 

Se sabe no solo porque se ha informado, se ha estudiado el tema, sino también porque se ha vivido en carne propia.

 

Y por eso Jesús de Nazaret es también el Inocente, precisamente porque es el Siervo Sufriente, el Vir Dolorum.

 

Podría parecer casi fácil volver a la inocencia inicial… pero se trata de un auténtico desafío. Y, por eso, la gracia que hay que invocar para volver a nacer de nuevo y a ser niño.

 

Sigo pensando que el Inocente es aquel que sabe ver con claridad y sabe poner remedio. Este simple acto de ver no siempre es fácil porque, para poner remedio, debo desprenderme un momento de mi juicio y no siempre cuenta la experiencia vivida, ya que el mismo hecho puede tener resultados diferentes que dependen del tipo de persona.

 

También significa ver cada posibilidad, ver cómo se desdoblan los caminos y considerar los diferentes aspectos.

 

Además, esta enseñanza no va acompañada de letargo, sino de una aguda vigilancia y de una confianza en la propia intuición.

 

De hecho, se trata de auténtico aprendizaje en el arte de la inocencia cuando se trata de no resignarse fatalmente a un estilo de vida que contemple al otro como una cosa, un objeto,…

 

O de no resignarse a una vida que siga un esquema en el que todo está ya predeterminado.

 

O de no resignarse a un modelo de persona que se aleja de sí misma y que, cuanto más avanza y crece y se desarrolla (y tiene y consume y…), más parece que está viviendo. 


Todos hemos sido niños, pero ¿qué queda dentro de nosotros de esa mirada llena de asombro que es fruto de aquella inocencia? 

Nos hemos pasado la vida escuchando que nos dijeran «¡crece, hazte adulto, sé mayor!» y ahora podemos presumir de ser fuertes y maduros. Sabemos desenvolvernos en la corriente de la vida, esquivando golpes y lamiéndonos después las heridas. 

No, definitivamente no queremos volver atrás, nos ha costado demasiado esfuerzo crecer. 

Pero recuperar nuestra inocencia no significa eso. 

Si en nuestro camino por la vida hemos dejado atrás el asombro del niño, liberándonos de él como de un lastre, lamentablemente hemos perdido nuestra parte más auténtica: nuestra esencia. 

Ser inocentes significa estar abiertos a todas las posibilidades. Disfrutar de las pequeñas cosas, dejarnos encantar ante la repetición de los fenómenos naturales. 

Ya no somos capaces de ser niños que descubren el mundo, porque la mirada con la que lo observamos está desencantada. 

Nuestras experiencias pasadas se convierten, a su vez, en verdaderos lastres, ya que afrontamos cada situación como expertos conocedores del mundo. 

Quizás ya no tengamos tiempo para deleitarnos con una puesta de sol que se vuelve molesta porque se refleja en nuestro parabrisas. 

Ya no somos capaces de sentir el aroma de la lluvia, porque estamos demasiado ocupados sorteando los charcos. 

Desde un punto de vista espiritual, la persona inocente es aquella que pertenece al Paraíso, donde no hay pecado y no existe ni el bien ni el mal. 

Estar en la inocencia significa sentir que todo es Uno y que solo en su conjunto encontramos la Luz. 

Ser inocentes es volver a los orígenes, donde todo es Amor, pero solo porque todo se vive en su totalidad como un don, un regalo,... como una gracia.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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