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jueves, 30 de julio de 2026

Los dos son una sola carne - Génesis 2, 24 -.

Los dos son una sola carne - Génesis 2, 24 - 

En el relato bíblico de la Creación, es Dios quien decide convertirse directamente en protagonista de la creación de la mujer. 

Y lo hace provocando un letargo (el término hebreo indica que se trata de un letargo profundo que solo Dios puede otorgar, cfr. Génesis 15, 12 o 1 Samuel 26, 12) que subraya cómo en lo que está a punto de suceder no hay ninguna intervención ni intención del hombre. 

El hombre no sabrá nada del proceso de formación de la mujer. Para él seguirá siendo siempre un misterio y un don de Dios. 

El camino de la humanidad estará destinado a una acogida recíproca de lo que Dios ha creado en la diferencia de género y en la posibilidad de ser el uno para el otro un apoyo, de igual a igual, como frente a frente. 

En medio de este letargo tiene lugar la acción que el relato narra así: Dios le quitó una de las costillas y cerró la carne en su lugar […] y formó con la costilla, que le había quitado al hombre, una mujer. 

Pocas imágenes bíblicas han marcado tan profundamente la imaginación de toda la humanidad occidental como la de la costilla de Adán. 

Pero también hay que decir con la misma fuerza que son muy escasas las representaciones literarias y pictóricas del episodio que respeten la formulación hebrea del texto. 

El término que se utiliza, de hecho, nunca significa el hueso que nosotros llamamos «costilla». Más bien, su significado más común es el de «lado», «parte». 

Incluso el texto griego de la Biblia lo había traducido así: «Dios tomó uno de los dos lados del cuerpo y volvió a cerrar la carne en su lugar». Solo será el latín el que propondrá simplemente «Deus tulit unam de costis eius et replevit carnem pro ea», lo que facilita el desliz hacia el hueso en el que estamos tan acostumbrados a pensar. 

Si se trata de un costado o de una parte de huesos y carne de Adán que Dios utiliza para formar a la mujer, esto significa básicamente dos cosas. 

La primera es que el Adán inicial no existe tal y como había sido creado, y el resultado final es la existencia de un hombre y una mujer que Dios presenta el uno al otro

Es decir que no debemos pensar que al principio existiera un varón y que, a costa de uno de sus huesos perdidos, Dios añadiera una mujer. 

El relato bíblico sugiere más bien la idea de que el Adam solitario ya no existe

En su lugar, existe lo que el texto ya había propuesto: «Y Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó: varón y mujer los creó». 

Es curioso que precisamente a partir de este conocimiento del significado original de los términos, la teología rabínica siempre ha propuesto la idea de que el Señor Dios partió en dos a un ser humano hasta entonces indiferenciado, llegando incluso a proponer para el ser humano originario una forma casi esférica. 

Separado de esta manera, Dios formó, por un lado, cerrando la carne, al ser humano varón y, por otro, al ser humano mujer. 

La segunda consecuencia es que la mujer, a diferencia de los animales, formados del suelo, está formada de la misma materia que el hombre. Es igual en todo y en todos los aspectos al hombre. 

Hay que subrayar además que, en la lengua hebrea, «hombre» y «mujer» son simplemente el masculino y el femenino de la misma raíz - respectivamente, ish e ishah -. 

Desde esta perspectiva no es posible ninguna supremacía. La diversidad no es más que la posibilidad de estar frente a frente en la relación. 

De hecho, Dios, que los conduce el uno hacia el otro, sella el final del proceso. 

A partir de ahora, la humanidad estará constituida por dos géneros diferentes, que no pueden concebirse independientemente el uno del otro. 

Ni uno ni otro podrán pretender invocar un derecho a la plenitud, o a la bondad, en su propia «soledad». 

Solo a partir de la aceptación recíproca de la «igualdad en la diversidad», de la ayuda recíproca como dos que se encuentran frente a frente, se pueden configurar las propias identidades de género. 

El relato bíblico permite de esta manera configurar buenas relaciones entre lo masculino y lo femenino en la humanidad. 

Y hacer esto es decisivo por ejemplo: 

a.- frente a visiones integristas (de carácter religioso y no religioso) que apelan continuamente a la dependencia absoluta de la mujer respecto al hombre, 

b.- y frente a visiones absolutistas, que apelan continuamente a supuestas definiciones de dignidad de lo masculino y lo femenino, independientemente de su relación recíproca de ayuda como entre iguales. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 25 de junio de 2026

¿Y si fuera la mujer a predicar la homilía?

¿Y si fuera la mujer a predicar la homilía? 

Entre las prohibiciones actuales que muchos en la Iglesia Católica discuten con respeto, seriedad, profundizaciones doctrinales y sin disputas ni lógicas de poder a adquirir, hay una en particular que concierne a los fieles laicos, mujeres y hombres, quienes, si bien pueden participar de diversas maneras en el servicio litúrgico, no pueden ofrecer la homilía durante la celebración eucarística. 

El Código de Derecho Canónico establece claramente que “la homilía… está reservada al sacerdote o al diácono” (canon 767, § 1). 

Si esta es la legislación que debe respetarse, no es ilegítimo plantear preguntas, solicitar aclaraciones y expresar expectativas y deseos de que la autoridad competente revise la legislación actual. ¿Existen razones para tal debate? 

Así lo creo, como ya lo han hecho teólogos de gran competencia y autoridad, entre ellos Jean-Hervé Nicolas e Yves Congar. Junto a ellos cabe preguntarse: ¿la disciplina actual responde a una necesidad doctrinal u obedece a otras razones...? Y, llegado el caso ¿a qué razones? 

He leído que la predicación homilética encomendada a algunos laicos y laicas elegidos y nombrados por el Obispo no sería una novedad en la larga historia de la Iglesia desde la antigüedad. Baste recordar aquí que en la Edad Media, antes de la prohibición de predicar a los laicos establecida en 1228 por Gregorio IX, los Obispos y el Papa concedieron el mandatum praedicandi a algunos laicos y laicas, en un fecundo ejercicio de renovación dentro de los movimientos evangélicos laicos que se desarrollaron en el tiempo de la reforma gregoriana. 

Pero recordemos que esto fue posible también para algunas mujeres, entre las que destaca Hildegarda de Bingen (1098-1179), proclamada Doctora de la Iglesia por Benedicto XVI, abadesa que predicó en diversas catedrales convocada por los Obispos y tuvo entre sus oyentes a Eugenio III. 

¿Y hoy? En la Iglesia postconciliar, desde que el Papa Juan XXIII con su discernimiento profético identificó entre los “signos de los tiempos” la entrada de la mujer en la vida pública, hemos escuchado repetidamente voces – empezando por las de los Papas – que se alzan para pedir una mayor valorización de la mujer en la Iglesia, una mayor participación en las diversas instituciones que la gobiernan y organizan, un reconocimiento de todas las facultades que como mujeres bautizadas poseen por derecho propio. 

No faltan voces que piden la admisión de las mujeres al diaconado o al orden presbiteral, pero sobre este tema hay pronunciamientos recientes y rotundos (al menos por el momento) del Magisterio. 

Hay, en cambio, un camino bastante decisivo para la valorización de la mujer en la Iglesia, una posibilidad que concierne a los fieles más generalmente, hombres y mujeres. Una posibilidad ya experimentada en la historia de la Iglesia y de hecho presente, a pesar de la disciplina actual, en muchas Iglesias Locales: la toma de la palabra en la asamblea litúrgica por parte de fieles laicos, hombres o mujeres. 

Y creo que no sólo que las mujeres saben predicar la Palabra de Dios tan bien como los hombres, sino que, leído e interpretado por mujeres preparadas y competentes, el Evangelio adquiere armonías nuevas y diferentes. La Iglesia será más rica cuando las mujeres puedan predicar. 

No pocos han advertido contra la “clericalización de las mujeres”, temiendo el peligro de que las mujeres llenen las sacristías en lugar de ser cristianas en el mundo. Creo, sin embargo, que al permitir a algunos laicos ofrecer a veces la homilía durante la liturgia eucarística, no se les está clericalizando, sino que más bien se está reconociendo un don en aquellos que posean ese don. 

En esta posibilidad se podría ver el reconocimiento de la presencia de dones que el Espíritu dispensa como y cuando quiere, manteniendo siempre el necesario discernimiento y reconocimiento por parte del Obispo. 

De otra manera, ¿por qué la única voz que proclama el Evangelio en la liturgia es siempre la de un hombre y nunca la de una mujer? 

La Iglesia puede expresarse con dos voces, masculina y femenina, porque la lectura y la interpretación de las Sagradas Escrituras adquieren en ambos casos acentos diferentes, lo que sólo puede enriquecer al Pueblo que escucha a Dios. 

Pensemos también en la situación de las comunidades monásticas femeninas, donde el capellán, siempre y sólo él, ofrece la homilía cada día y las monjas sólo lo escuchan a él, sin tener nunca la oportunidad de predicar, aunque sean un grupo pequeño y capaces de hacer oír sus respectivas voces de manera autorizada en la liturgia eucarística. 

Además, ¿cómo olvidar que Jesús predicó en las sinagogas de Nazaret y de otras ciudades sin ser ni sacerdote ni rabino ordenado, sino que lo hizo por carisma profético y por encargo de los dirigentes de las distintas sinagogas? 

Si el Apóstol Pablo pudo escribir en el siglo I - «Las mujeres callen en las congregaciones, porque no se les permite hablar» (1 Co 14,34) -, hoy, que estamos en el siglo XXI, existe la necesidad, al menos en Occidente, de que en las asambleas de la Iglesia también se dé la palabra a las mujeres que tengan ese carisma y se les permita hablar con esa autoridad. 

¿O va a ser a verdad a estas alturas que el derecho a la palabra en las asambleas litúrgicas es 'cosa de hombres' emulando el eslógan de aquel anuncio publicitario de cierto brandy español? 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 14 de abril de 2026

Mujeres de Pasión.

Mujeres de Pasión

 

A menudo son las mujeres las que hacen 

que la humanidad sea humana, 

que la sociedad sea social, 

que la comunidad sea común, 

que la población sea un pueblo… 

Su amor une, construye, fecunda y engendra.

Es un amor presente allí donde la vida es amenazada y agoniza. 

A menudo es su corazón el que da vida al tejido humano.

 

Las guerras son también plagas del alma. Su virus de violencia se extiende, contagia, actúa a distancia e infecta los corazones de muchas más personas que las directamente implicadas en el conflicto armado.

 

Es un mal común y global de la humanidad, que merma el bien de todos y hace que la Tierra pierda su belleza. Ya habíamos salido enfrentados de tantos y tantos conflictos, pero el enfrentamiento se sigue multiplicando…

 

El Evangelio de Marcos, el más antiguo de los Evangelios nos dice que bajo la cruz solo había mujeres, y entre ellas María Magdalena; mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea hasta Jerusalén.

 

Los hombres habían huido todos. No solo Judas lo había traicionado, sino que también Pedro y todos sus Apóstoles lo habían traicionado.

 

Las mujeres no. Todos huyen del Crucificado, las mujeres se quedan. 


Quizás fueron esas mujeres las que contaron a Marcos y a los evangelistas la escena de la Pasión y así ha llegado hasta nosotros: entre nuestros ojos y esos hechos hay ojos de mujeres, que vieron, amaron y contaron. Una compañía femenina fiel y maravillosa.

 

Las mujeres están, saben estar bajo las cruces de los amigos. Siempre lo han hecho y siguen haciéndolo.

 

Este cuadro de carne es un homenaje a todas las mujeres, una imagen erigida para todas aquellas mujeres anónimas y olvidadas que supieron y saben estar bajo las cruces.

 

El stabat es el verbo de la madre, es el verbo de las mujeres.

 

La imagen recrea una escena viva de la verdadera pasión, encarnada, crucificada. Es una imagen que nos hace revivir el Gólgota, que saca ese relato de la literatura y lo hace resurgir.

 

U recordaba hoy que el ágape es imprudente, parcial, partidista, desequilibrado y por eso fue crucificado. Otros en lugar de Jesús habrían encontrado una salida del Calvario, habrían encontrado compromisos y salvaciones menos complejas y difíciles, más económicas.

 

Jesús no; su fidelidad a su propia vocación lo llevó hasta el final, hasta la cima, y allí fue clavado de verdad, murió de verdad y, por tanto, resucitó de verdad.

 

Las mujeres acompañaron a Jesús y cuidaron de Él en cada etapa de su ministerio. Los Evangelios nos dicen que las mujeres también fueron, de hecho, discípulas: financiaron su ministerio, abrieron sus casas a Jesús y a los suyos durante sus itinerarios y mucho más.

 

Y un grupo de estas mujeres también estuvo presente en la crucifixión, presenciando el acontecimiento. A algunas de ellas se las nombra, pero a muchas otras no.

 

¿Cuántas «otras mujeres que habían subido con él a Jerusalén», como dice Marcos, estaban presentes?


 

Los Evangelios también nos dicen que fueron las mujeres las que siguieron el cuerpo mientras lo llevaban al sepulcro, para ver dónde era enterrado y poder celebrar los ritos del entierro. A lo largo de toda la historia de la crucifixión, las mujeres estuvieron allí.

 

Independientemente del Evangelio que se lea para comprender el acontecimiento de la pasión, las mujeres mencionadas en los cuatro relatos evangélicos eran las guardianas de la cruz, y éste es un hecho innegable.

 

Si examinamos con atención los relatos de la Pasión, descubrimos que Dios repara la injusticia de la crucifixión de Jesús ANTES de la resurrección, cuando reúne a la amada comunidad de mujeres en torno a Jesús para que le asistan en su Pasión y Muerte en Cruz.

 

Si bien solemos decir que el origen de la Iglesia tuvo lugar en el Cenáculo, en el acontecimiento que conocemos como Pentecostés, está claro que, si consideramos atentamente la crucifixión, la muerte y la resurrección de Jesús, Dios construyó la comunidad de Jesús en la Cruz, donde las mujeres velaron.

 

No se puede subestimar la importancia de esta observación. La Iglesia de Jesús fue formada entorno a la Cruz, con la plena participación de las mujeres.

 

Con las mujeres, nuevas cireneas, podemos nosotros subir a todos y cada uno de los Calvarios, sentir en nuestra carne los demasiados clavos y lanzadas que siguen crucificando a hombres y mujeres, y por fin ver al Hombre de Dolores.

 

Una contemplación así hasta nos puede ayudar a asomarnos más y mejor a la realidad de los crucificados de la historia: sacramento concreto y real, eficaz y vivo del Ecce Homo desfigurado.

 

Y pienso que la resurrección comenzó dos días antes, bajo una madera más viva de lo habitual. Porque las verdaderas resurrecciones no comienzan en el sepulcro vacío... sino que lo hacen en el Gólgota. Y allí, siempre están algunas mujeres.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

martes, 7 de abril de 2026

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real.

Esa forma de violencia difusa… pero concreta y real 

Se intenta por todos los medios demostrar que, en nuestro país, la violencia se concentra únicamente en algunos casos llamativos, como, por ejemplo, el asesinato y el feminicidio. Algo anecdótico, esporádico,..., casual.

Ignoramos —o queremos ignorar— que la violencia no se agota en estos episodios: existen formas encubiertas que deberían ser reveladas porque se manifiestan como un susurro continuo, un murmullo que atraviesa los días, una forma de estar en el mundo que hemos aprendido a llamar normalidad. 

Es una presión que se siente en los huesos, en los pasillos de las oficinas, en las esperas en las consultas, en las frases que pasan de boca en boca sin que nadie las cuestione. 

No sirve de nada negarla: basta con dejarla fluir, como una corriente subterránea que todos perciben pero que nadie quiere nombrar. 

Llevamos años diciéndonos que la violencia de género coincide casi exclusivamente con el homicidio, mientras que se ejerce de muchas formas sobre las mujeres, las personas mayores y los niños. 

Todo lo demás —la explotación, la precariedad, la soledad institucional— se considera un complemento, un detalle, un ruido de fondo. 

Es una forma cómoda de no mirar la estructura. De no ver que la violencia no es un incidente, sino una infraestructura. No es un gesto, sino un entorno. No es un hecho privado, sino una forma que atraviesa la vida cotidiana. 

La violencia se reconoce en los contratos a tiempo parcial impuestos, en las entrevistas en las que se pregunta «¿tiene intención de tener hijos?», en las madres que vuelven al trabajo como si el parto fuera un paréntesis que hay que cerrar rápidamente. Se reconoce en las consultas vacías, en los servicios que se desvanecen, en las ciudades diseñadas sin pensar en quienes se mueven con un cuerpo vulnerable. 

Se reconoce en los titulares de los periódicos que convierten a una chica asesinada en un enigma que hay que resolver a través de lo que llevaba puesto, por dónde caminaba, qué llevaba consigo. Es siempre el cuerpo de la mujer el que tiene que justificar su propia existencia. 

La violencia está dentro del trabajo precario, mal pagado, menospreciado... tantas veces "en negro".

Hay episodios que parecen «no tener nada que ver», pero que en realidad hablan y deberían cuestionar nuestra supuesta madurez adulta. Episodios que no deben moralizarse sino escucharse. 

No son un meteorito caído del cielo. Hay un entorno donde la violencia está presente en formas sutiles pero generalizadas. Se deja sola a la escuela, se deja solos a los mayores, los jóvenes crecen en un clima social, político y económico que no enseña a convivir con el otro, sino a defenderse y a competir. 

No son casos aislados: son un síntoma. Los síntomas no se juzgan, se interpretan. 

Convertir la violencia contra las mujeres en un paradigma analítico puede ayudarnos a superar las reducciones que definen a las mujeres a través de su relación con un hombre —madre, hija, esposa— y nunca como cuerpos que deciden, desean, actúan. Nunca como sujetos políticos, nunca como presencias autónomas. Es una reducción que no surge por casualidad: es un dispositivo. 

Y sirve para mantener el orden, para garantizar que la libertad femenina siga siendo siempre un poco sospechosa, un poco excesiva, un poco que hay que contener. Es una forma de decir: puedes ser todo, siempre y cuando no sea demasiado. 

Hay un antifeminismo que no necesita declararse. Vive en los tonos suaves, en las frases de cortesía, en los comentarios que parecen cumplidos y, en cambio, son una cruz. Vive en el paternalismo que dice «te protejo» mientras decide por ti. 

Vive en la retórica que invita a respetar a las mujeres «porque podrían ser vuestras madres», como si la dignidad fuera un reflejo y no un derecho. Es un antifeminismo que no ataca: acompaña. No prohíbe: sugiere. No impone: orienta. Es una mano en el hombro que parece afecto y, en cambio, es control. 

Cuando las mujeres salen del lugar que se les ha asignado —cuando salen a la calle, ocupan el espacio, pintan una pared, rompen la quietud— la superficie se agrieta. La rabia emerge. 

La misoginia, que parecía haber desaparecido, vuelve a salir a la luz con la rapidez de un reflejo. Nunca se fue: solo estaba esperando un pretexto. Basta un gesto fuera de lugar para hacerla estallar. 

Las instituciones viven en esta hipocresía. Por un lado celebran la igualdad, inauguran campañas, organizan jornadas dedicadas; por otro, restringen los espacios de autodeterminación, recortan los servicios, tratan la libertad como un problema de orden público. 

Es una esquizofrenia que permite decir todo y lo contrario de todo: alabar a las mujeres mientras se limita su autonomía, condenar la violencia mientras se ignoran las condiciones que la hacen posible. Es una forma de mantener la distancia de seguridad: reconocer el problema sin llegar nunca a tocarlo de verdad. 

En este escenario, la resistencia es una de las pocas fuerzas que aún habla desde lo concreto, no desde la abstracción. Es una resistencia que no se conforma con la retórica, que no se deja domesticar. Vive en las plazas, en los consultorios, en los colectivos, en los centros antiviolencia. 

Vive en las palabras que no piden permiso. Vive en los gestos cotidianos de quienes se niegan a ser educados en el miedo. Vive en las mujeres que ya no aceptan que otros hablen por ellas. Vive en la conciencia de que la libertad no es un concepto: es una realidad. 

No hace falta negar la violencia para perpetuarla. Basta con hacerla invisible. Basta con transformarla en estadística. Basta con contarla como un problema individual, no estructural. Basta con trasladarla a otra parte: a otra región, a otra clase social, a otra narrativa. 

La tarea del feminismo hoy es precisamente esta: impedir el desplazamiento. Mantener la violencia en el centro del discurso, sin permitir que se diluya, se suavice, se normalice. Devolverle su peso, su materia, su presencia. 

Porque la violencia existe. Es sistémica. Mientras no la nombremos por lo que es, seguirá fluyendo bajo la superficie, como una corriente que atraviesa los cuerpos y los expone. 

La política, si quiere estar a la altura, debe partir de aquí: del cuerpo que permanece, del cuerpo que resiste, del cuerpo que ya no acepta ser tratado como un detalle. 

Se necesitaría una educación en la no violencia masiva que comenzara en la escuela primaria: la no violencia no puede ser solo una cuestión para los pacifistas, sino que debe convertirse en un estilo de vida social. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 20 de febrero de 2026

¿Y tú cómo ligas?

¿Y tú cómo ligas?

Una amiga me decía que hasta puede haber un machismo asintomático: el de quienes aparentemente defienden la igualdad legítima entre los sexos, pero sin creer realmente en ella en su interior. 

Wikipedia identifica el «machismo» como una «actitud o forma de pensar basada en la supuesta superioridad del hombre sobre la mujer». La breve definición describe bien el concepto, resaltando el hecho de que la presunción básica no se extiende solo a la acción, sino también y sobre todo al pensamiento. A veces, principalmente al pensamiento. 

El Señor Alfonso Carlos Serrano Sánchez-Capuchino, en defensa del alcalde de Móstoles, preguntaba a un periodista: “Y tú, ¿cómo ligas?”: https://www.dailymotion.com/video/x9ze4ws 

No sé si la pregunta puede ser calificada de una o de otra manera teniendo en cuenta el contexto en el que ha sido formulada. Tal vez, y llevada hasta el extremo, hasta pueda representar una forma de pensamiento degradante y machista referida a la figura femenina en general, enmascarado por una ocurrencia hasta con pretensión de divertida. 

Fruto de siglos de cultura impuesta, se esconde incluso en una formulación aparentemente inocente: el pensamiento machista a veces se disimula y no da señales de su presencia, hasta que se revela a la luz de la palabra de la persona que le da voz. 

No es objeto de mi reflexión el hecho de que esta pregunta - “Y tú, ¿cómo ligas?” - esté formulada por un representante de una determinada sigla política. En este caso del Partido Popular de España. No es ese mi tema. 

Si traigo el ejemplo a colación es porque seguramente se trata de uno de los mayores males de nuestra sociedad, precisamente por su dificultad para ser identificado, así como por la tendencia común a justificarlo y considerarlo inofensivo: el machismo asintomático del que me habla una amiga. 

Somos portadores de él algunos hombres. No lo sé, porque no soy mujer, si también las mujeres lo llevan. Ellas, si quieren, lo podrán decir. 

Hablo de personas normalmente cultas, que aparentemente defienden la legítima igualdad entre los sexos, pero sin creer realmente en ella en su interior. Algunos inconscientemente, forjados en la crisálida de una educación de nivel que ni los estudios ni la vida han logrado erosionar por completo; otros, racionalmente conscientes de la contradicción que los atenaza. 

Los primeros se dejan llevar por pequeños comportamientos y/o frases sexistas, sin reconocer sus graves y contradictorias implicaciones. Los segundos optan por una máscara particularmente pesada. 

Los machistas asintomáticos somos conscientes de la estupidez del concepto de machismo, así como del juicio negativo que nos rodearía si admitiéramos nuestros pensamientos más profundos. 

El problema es que no se puede evitar partir de una premisa machista en cada enfoque: como un drogadicto que sabe que se está haciendo daño, pero que no puede renunciar a su dosis. La premisa fundamental es que, precisamente, se piensa que defender la igualdad es conveniente para las mujeres, no lo más justo y mejor también para todos, hombres y mujeres. 

Incluso por eso el machismo asintomático puede ser considerado un problema grave: es el eslabón oculto - asintomático, invisible,… - de la cadena que nos ata a un determinado sistema de cultura, de valores,…, que llamamos ‘patriarcal’. 

Ese tipo de machismo, que a veces incluso ocupa cargos importantes de responsabilidad política y social, nos hace hipócritas. Un machismo así impide el cambio real, ahora más que conveniente… porque es necesario. 

Seguramente hay que tener la cultura suficiente para reconocer lo erróneo de manifestar un pensamiento así. 

¿Cómo se reconoce los machistas asintomáticos? Bueno, es muy complejo, ya que se hace todo lo posible para no ser descubierto. Es la versión sofisticada del «No soy racista, PERO...». 

Una primera pista pueden ser algunas afirmaciones. Se hace una broma de… y se atribuye el comentario al humor… Pero, en realidad, la única ironía real es que el machista asintomático es víctima de sí mismo, en su convicción de inclinarse por la simplicidad... 

Uno se pregunta cómo pueden coexistir la cultura y el machismo. Este tipo de machismo asintomático quizá no tiene que ver con determinada inteligencia ni coeficientes. Es un machismo que surge del miedo y de la inseguridad, de la baja autoestima y de la sensación de no estar a la altura, y, por lo tanto, no solo de la ignorancia. 

No hay que dejarse engañar por la duda de que una afirmación inocente y trivial, que incluso invita a sonreír (por ejemplo la susodicha pregunta ‘Y tú, ¿cómo ligas?’), puede llevar consigo, en el contenido y en la forma un elemento machista asintomático, teniendo en cuenta el contexto en el que está formulada (y que es la acusación realizada contra el alcalde, también del Partido Popular como Alfonso Serrano, de una ciudad por una presunta agresión sexual hacia una mujer además de otras agresiones). 

Mientras la sociedad no comprenda la necesidad del respeto por encima de la ocurrencia divertida, la lucha por la igualdad seguirá siendo una asignatura pendiente. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


viernes, 6 de febrero de 2026

Calladita estás más guapa.

Calladita estás más guapa

Seguramente ya nadie se acuerda de aquella vez en la que un Presidente de un Estado democrático se dirigió a una periodista con las palabras «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, mientras ella le pedía aclaraciones sobre los documentos relacionados con un caso.

 

Me refiero a este hecho: https://www.youtube.com/watch?v=ayM_qd2JrBU

 

No es la primera vez, ni será la última, que el Presidente de los Estados Unidos de América utiliza un lenguaje de este tipo hacia una mujer.

 

Dándole vueltas a algunos de los acontecimientos recientes del circo político en el que vivo - prefiero obviar nombres de los líderes políticos en cuestión - hasta imagino que cierto tipo de gesto no debe interpretarse como un episodio puramente personal, sino que forma parte de una dinámica social consolidada que está experimentando un nuevo resurgimiento.

 

Calladita estás más guapa”. “Más discreta estás mejor”. “El silencio te favorece”. “Te ves mejor en silencio”,…, son algunas frases de cierta arrogante preponderancia masculina… Estas, y otras, son formas más o menos groseras y obscenas del lenguaje para herir la dignidad de las mujeres.

 

El lenguaje siempre ha funcionado como un instrumento de poder: el cuerpo y la voz femeninos se convierten en el terreno en el que poder reproducir y ejercer un orden de género muy arraigado.

 

Por ejemplo, la historia muestra un patrón claro: los hombres hablan de los cuerpos de las mujeres, los juzgan y los ridiculizan, mientras que las mujeres rara vez hablan de los cuerpos masculinos y, cuando lo hacen, su impacto público es mínimo.

 

La voz masculina es la medida del mundo y casi siempre son los hombres los que se permiten gestos y comentarios de esta magnitud. 

La crítica a una mujer en base a su forma, talla o apariencia de su cuerpo - en inglés se llama ‘bodyshaming’ - representa el primer campo de batalla. 

El primero porque a él se suman otras formas de menosprecio, como las formas de comentarios indeseables, gestos poco elegantes, silbidos, persecuciones, insinuaciones sexuales persistentes y manoseos - catcalling - y aquellas otras formas en las que se explica algo a alguien en un modo que sugiere que la otra persona es estúpida, y que es usado especialmente cuando un hombre explica a una mujer algo que ella en realidad ya entiende - mansplaining -. 

Nada de esto es anecdótico, episódico, ocasional…, sino casual porque refleja una construcción cultural milenaria en la que el poder, público y privado, es históricamente masculino y se ha normalizado toda forma de arrogante prepotencia.

 

Hablar, juzgar y ridiculizar a las mujeres sigue siendo, en parte, socialmente tolerado, mientras que la voz femenina, cuando intenta imponerse, se percibe como anómala, fuera de lugar o agresiva.

 

El privilegio masculino también se manifiesta en la libertad de utilizar el lenguaje como arma sin sufrir consecuencias equivalentes.

 

Alguien pensará que las arenas del poder han cambiado. Puede ser. Pero, incluso si así fuera, la estrategia persiste: se declina en las redes sociales, en los editoriales y en los debates públicos.

 

Las formas cambian, la función permanece. 


Por ejemplo, cuando se discrepa. Discrepar no significa necesariamente hacerlo con agresividad, pero parece que para muchos hombres esta es la única forma posible.

 

El cuerpo de las mujeres ha sido considerado históricamente como una propiedad, una metáfora moral y un objeto de control, y la frecuencia con la que los hombres lo comentan sigue indicando la sistematicidad del sexismo lingüístico.

 

Hablar de ello es un ejercicio de dominio y, aún hoy, el lenguaje cotidiano conserva estos códigos, a menudo sin plena conciencia.

 

Este mecanismo también se observa en las interacciones cotidianas: los comentarios sobre la ropa, el peso, la voz o la forma de hablar siguen siendo objeto de debate o denigración, aunque de forma diferente.

 

No es una cuestión de «políticamente correcto» o de deslizamientos morales individuales, sino una cuestión cultural.

 

Cada insulto, cada comentario ofensivo, cada…, contribuye a consolidar jerarquías y a definir roles sociales.

 

Para las generaciones jóvenes, crecer en un contexto en el que la voz femenina se ve sistemáticamente minimizada significa interiorizar normas de desigualdad. Por eso, el reto es cultural.

 

No basta con decir «no insultes», sino que hay que explicar cómo el lenguaje estructura las relaciones de poder, hay que mostrar que cada palabra conlleva una historia, un contexto y un peso simbólico.

 

Hay que educar en la conciencia semántica, mostrando que la palabra puede construir o destruir, liberar o dominar. Seguramente, también necesitaríamos una educación en afectividad… pero eso es otra historia.

 

Aquel episodio «Quiet, piggy» - ‘Cállate, cerdita’ -, lo traigo aquí porque es otro claro ejemplo de cómo el sexismo se reproduce en privado y en lo público, incluso también en las más altas esferas de nuestra política estatal.

 

Ignorarlo significa legitimar un orden de género existente, mientras que lo que deberíamos hacer es comprender, denunciar, debatir y transformar. También los partidos políticos.

 

Sí, hay que censurar ciertos términos o comportamientos. Negro sobre blanco. Sin paliativos. 


Pero se trata también de educarnos y enseñarnos a leer la cultura del lenguaje, a reconocer códigos y jerarquías y a desarrollar el sentido crítico. 


Solo así, tal vez, podamos construir espacios públicos en los que reconocer la dignidad de la mujer y en los que habitar de manera más equitativa.

 

Si has llegado hasta aquí, te propongo este ejercicio para tu reflexión. Se trata de ver y de escuchar. Y ojalá, también, de reflexionar: https://www.youtube.com/watch?v=l7iNejWP3kE

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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